Nostalgias

Nostalgia que pinta los recuerdos
de barnices ahumados
dibujando colores que el tiempo difumina.
 
Añoranzas que retornan a veces
cuando un olor, un recodo, un paisaje
nos recuerda que no hace tanto
aún éramos niñas jugando en las cunetas.
 
Niñas, que corríamos veloces
agitando el espejo, dando prisa al tiempo
como si no fuera él, quien trotara
sin dejarnos aliento, ni atisbo
en la memoria.
 
 
Queríamos volar, cuando apenas
las alas brotaban y dábamos bandazos
jugando con la suerte
adversa o favorable, contraria o tolerable
cual ruleta dispersa…
 
Oh, tiempo de cerezas
en donde corríamos felices
cual aves que a poco
abandonan el nido y parten
hacia un mundo, que ignorábamos
hostil, a fuerza de carreras.
 
Cuando hoy, los olores a yerba,
a yodo, a vino y a frambuesas
nos sugieren, cual pájaros esquivos,
recuerdos y memorias
que casi creíamos cautivos
del tiempo y la pereza.
M. Toca
Santander- 26-07-2020. 18,57
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Memoria

Se me hace de pensar que la memoria

guarda el dolor en frente con anaquel abierto

para poder tomar, con tiempo,  el recuerdo

y leerlo con calma a cada poco.

Se me hace que la memoria guarda

la iniquidad y el sufrimiento

en huellas mojadas en cemento

para que no se olviden y se guarden bien seguras,

a dispensa de que sean guarecidas

de los oscuros vientos del olvido.

En cambio, aquella risa, la mirada feliz,

el suave borboteo de unos besos

o el canto del pájaro matutino

que nos encontró envueltas en sudor

entre abrazos, vino y pasión …

esas cosas ¡ay amiga! esas cosas

se diluyen como azúcar en agua

 a poco de vividas trotando entre meandros

corriendo siempre, raudas, río abajo.

Se hacen humo, tan breves, como   pábilo

se consumen a poco de disfrutadas

sin dejar más huella y sementera

que en la piel,  leve caricia

empolvada entre olvidos renuentes

y dichas gozadas entre sueños.

Que selectiva es, que mal nacida,

la memoria, que nos deja desnudas,

sin historia, y nos trae con voz amarga,

esa maldita, memoria, tan ladina

lo que mejor yaciera en el olvido

sin dejar más poso que el triste aprendizaje

y el mensaje de que todo es vanidad de vanidades.

  1. Toca

Santander-18-07-2020. 23,35

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Vida

Tú no programas la vida,
te sale así.
Te encuentras con el dolor en una esquina
lo ves, lo contemplas desde la distancia
y no puedes evitar mezclarte en barro,
indecente barro donde la vida
chapotea y se ennegrece.
Otro día te encuentras con la cara del destino
con la abyecta proyección en desafio
con la verdad, oculta, tras el velo
de mil llagas sangrantes
que respiran.
Mañana pondré cara al horror
y luego, quizá, viva para contarlo.
M. Toca

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Mujer modelo

Parece como si nunca hubieran visto a una mujer desmayada. Como si fuera nuevo el espectáculo de una mujer entrada en años a la que se le cae la tensión. O algo parecido, malo no creo que sea, la verdad, porque yo mal no me encuentro, si acaso un poco mareada que llevo días con la cabeza dando vueltas y el equilibrio como cuando nos subimos a la lancha marinera que nos lleva al Puntal. Pero no es para tanto. Llevan varios pinchazos, analítica va y viene, cuchichean entre ellas que piensan que no me entero pero sí. Me entero y veo las medio sonrisas que se dedican entre ellas,  que si digo la verdad no sé a qué vienen y resultan molestas. Porque a ver, no es que sea una enferma pero merezco el mínimo de respeto. Estoy en urgencias. Me han traído desde casa al encontrarme la niña –digo niña por costumbre pero la verdad es que tiene veintiséis- tirada en el suelo de la cocina. Derretida sobre el linóleo  recién fregado que hasta para eso tengo puntería. Me desmayo al terminar de fregar y a punto de provocar un incendio. El pollo andará carbonizado,  menos mal que no me dio tiempo a poner la sartén que quedó llena de aceite sobre  la encimera como recuerdo de lo que pudo pasar.

Una desgracia, mismamente. Lo cual no les da motivo para las miradas altaneras que me lanzan mirando de soslayo, que digo yo, malo no debe de ser lo que tengo porque no las veo serias. Preocupadas y silbeantes sí. El médico ha venido como de pasada, con los aires  superiores de los que andan a mayores. Se le nota que lo mío no le preocupa demasiado. Les ha dicho: “Seguid el protocolo, B12 a pasto, comunicárselo a la familia, proponer ingreso y dar dirección. El protocolo porque son altos los niveles”

Que digo yo qué de que niveles habla, porque a mí no me explican nada. Hablan como evitando palabras. Tampoco pregunto; prefiero eludir que saber. Sí he de ser sincera algo sospecho pero no quiero dar a mayores la intuición. Y es que me he pasado. Lo sé. Me llevo pasando demasiado tiempo…

Quizá me engañe y no sea lo que pienso, pero esas miradas y las caras de sabiondas sin piedad que me dirigen  van confirmando la sospecha. Y la B 12, que o poco entiendo yo o sé bien porqué se pone. Y no. No es para tanto. Esto mío ha sido una bajada de tensión como una casa. Vale que en los últimos tiempos quizá me haya excedido pero no para tanto. Si ellos supieran menos sonrisitas llevarían en la cara. Seguro.

El cuerpo da para lo que da. Llevo tiempo tan cansada, abusando de la Dexedrina por la mañana, en la que me apoyo como si fuera el salvoconducto que me pone en forma, sabiendo que  sin ella no podría ni dar un paso. Levantarse a las seis día tras día sin tener un descanso porque el mayor dispendio se produce el domingo y pocas veces puedo bajar de las siete y media en el día del Señor, que ya me digo, será del señor porque a las señoras nadie nos concede ni día ni hora.

El padre apenas duerme durante la noche  moscardoneando  hasta verme de pie. Estoy tan agotada que sin la Dexedrina no podría dar un paso. Que no tome seguido, me dice el de cabecera con cada receta ¿no tome de seguido? y ¿qué hago entonces? De dónde saco las fuerzas, dónde busco la energía para atender al padre, lavarle entero, dejarle cambiado y recostado, preparar el desayuno de todos porque en casa ni  dios pone el café. Qué bien les gusta pero nadie se acuerda de  hacer una sola cafetera. Luego toca la casa, corriendo, sin respiro dejo las cosas más o menos acaldadas, porque soy consciente de que necesitaría una buena limpieza a fondo más que el socorrido lavado de cara habitual. No puedo hacerlo, que ya es bastante lo realizado. Me apaño con un poco de orden y la limpieza justa para no mostrar desaliño.

Salgo para el trabajo a las ocho menos cuarto,  menos mal que me recoge Primitiva porque  sin ella la mañana no me daría de sí. Vuelvo a las tres…a veces encuentro la mesa sin recoger. No, a veces no, siempre. Los demás han comido  dejando hasta  las migas y los platos en la mesa como si no pudieran ser más decorosos. ¿Cómo voy a prescindir de la Dexedrina? Le pregunto al doctor, y pienso para mis adentros: sin matar a mi familia.

Al llegar del trabajo estoy tan cansada, tan absolutamente rota que las más de las veces ni como no por falta de hambre sino por el agotamiento que me invade. Vuelta a limpiar al padre, cambiarle el pañal, darle le vuelta, atender sus quejas que son muchas y con razón, mi pobre. Toda la mañana solo, sin moverse de esa cama que le tiene preso hasta que la vida se le expire, que dios me perdone, a veces  hasta lo deseo. Y no, porque ha sido bueno a morir. Sin él no tendríamos ni casa. Nos ha ayudado siempre con sus pequeñas (a veces no tan pequeñas) aportaciones que han ido salvando  los naufragios. Desde que Tadeo se quedó en paro, allá por el 2008 con la niña estudiando y el chico pequeño. Sin él no sé qué hubiéramos hecho. Siempre estuvo cuando le necesitamos.

Que menos que cuidarle en su vejez si todo lo que tenemos se lo debemos a él. Los demás parecen olvidarlo considerándole un estorbo pero yo no. Es mi padre y ha sido nuestro salvador. Aunque me confieso que  no puedo evitar mirarle y pensar: “papa, que ya  ha vivido usted bastante, total para qué. Cruzado en esta cama que está sin más visión que la pared de enfrente porque hasta la ventana da a patio. Descansaría usted, padre si se fuera”  Me mira con esos ojillos lunáticos, vidriosos, con la muerte escapando por  ellos y se me parte el alma.

En ese momento cuando tengo que echar mano de la copa de vino. Para compensar la mala conciencia. Y que bien me sabe. Cinco minutos, poco más, porque hay que poner lavadoras, preparar la comida del día siguiente, recoger a Santiago, llevarle a karate, hacer la cena. Y la tarde se va en nada. Antes de cenar otro volteo al padre…que suele ser el peor.

A media tarde se va. El esfínter se le suelta y enfanga hasta la cama. Con suerte no moja las sábanas pero pocas veces ocurre, que tengo el olor a muerte y a heces dentro de la piel. Por mucho que la enjuago, que la raspo con esponja de crin no sale el maldito olor. Hasta Tadeo me lo dice en la cama: “Joder, Encarna, hueles a viejo” Y a que quiere que huela el sinsorgo. Si él al menos me echara mano…No, que no es su padre, me dice, bien que cogió el dinero cuando nos arregló la vida. Bien que aceptó el piso cuando nos acogió al perder el nuestro. Hueles a viejo, me dice. Él no. A él le llueve la colonia y la gomina cuando sale al bar todas las tardes con la disculpa de la partida, del futbol…o de cualquier cosa. Hasta pienso si no tendrá a otra. Pero no, ¿quién va a querer  a semejante mueble? Claro que agradecería algo de ayuda. Pero no, Tadeo es de la vieja escuela, me dice siempre. “No me enseñaron Encarna, hija, y los dedos se me hacen nudos en la cocina o haciendo camas. Luego te veo a ti tan bien dispuesta  riñéndome si lo hago mal, que me da cosa” Que le da cosa, dice. Pues aprende, que otras cosas bien las aprendes. Hasta creo que lo hace a posta. El atabalearse, digo, porque no es normal que un hombretón sea incapaz de hacer una cama o de fregar un plato.

Esa copita me sabe a gloria. Cinco minutos sola…con ella. La casa quieta, silenciosa, yo en el sofá como si no hubiera mundo…Claro que no es solo una, pueden ser dos, a veces tres. Por alargar el momento, no por beber, que para mí el alcohol, fíjate tú ni fu ni fa.

Luego, mientras hago la cena caen alguna más. No más de dos…quizá son tres…

Al acabar estoy tan rendida que hasta el sueño sale corriendo. Cabeceo a eso de las diez, me llega el sueño en oleadas hasta perderlo del todo porque no puedo acostarme cuando entra . Creo que si a esa hora pudiera echarme evitaría el Sedonat…pero no puede ser. También podría dejarles la cena en la mesa y pasar de todo, pero no puedo. Como si una voz o una soga me atara a las obligaciones que me he creado y no merecen.

Tadeo torna del bar a las nueve y media, la niña a eso de las diez, el día que viene que no son todos porque los más se pierde hasta la madrugada sin que sepamos ni dónde ni cómo. Hay que ponerle un poco de freno a esa deslenguada, porque no es vida. Con tanto trasnoche, no me extraña la pelea que tengo al levantarla para el trabajo. Poco le puedo decir, porque es tan linda mi Margarita. Por eso la espero hasta que dan las doce, por si llega y cena. Luego sí, volteo al padre, le acurruco en su cama, mientras sus ojos se me clavan muy adentro. Quizá es el miedo a que la muerte le sorprenda en la soledad nocturna sin que podamos hacer nada por rescatarle de su mano. Me mira y siento que me desfallezco…A veces musita: “ay Encarni, hija mía, cuanta lata de doy y qué cansada andas”Va a darme la lata, padre, que va. Son esos desnaturalizados que no me ayudan” le respondo. Y a su forma me sonríe y se me ablanda el alma.

Entonces tomo el Serosat con otra copita y duermo sin pausa. Es un sueño denso, repudiado,  con pesadillas que nunca recuerdo. Por eso al sonar el despertador mi cuerpo necesita química para obedecer porque de no ser por ella mis piernas, mi entendimiento no responderían. Y sí, claro que me paso que bien me lo dice el de cabecera cuando receta pero ¿qué puedo hacer?   Y estos me miran como si fuera una delincuente. Poco saben ellos la batalla diaria que libro sin refuerzos. Poco saben ellos lo que cuesta estar viva, más que morirse.

Fin.

María Toca

Imágenes Paula Rego.

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Barrios

Siempre me interesaron más los barrios

que las grandes avenidas,

rimbombantes  de oropeles,

luciérnagas de falsa luz

de lujos sin ambages.

Soy más de callejuelas inconstantes

rincones de sombras con orines,

claroscuros, penumbrosos

con balcones que miran a la calle

con obscena curiosidad de mal vecino

que derrocha la vida a raudales.

Y cuando la luna se cuelga de la noche

busco la zozobra que me asalta

entre los viejos setos  encumbrándome

sobre vergeles de arbustos

que se abrazan a flores mal cuidadas

en los rincones ebrios y oscuros

de los malos barrios, donde habito.

Prefiero caminar entre peligros y rizomas

que en el lustre del gozo falso y conocido,

andando los caminos escarpados de los barrios,

que se decoran con la plata

que le sobra a la luna

cada noche en su melena.

Barrios de colores prístinos,

con churretones de rocío mañanero;

barrios de polvo, vivos

donde los niños gritan

y la madre alevosa

se asoma fulgurantes a la tronera,

con el aviso, a gritos,

de que ya está servida la pitanza

y el padre se impacienta

sentado, como cada día,  en la mesa.

María Toca

El Puntal- 27-06-2020. 13,28.

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Muñecas rotas

En tiempo me maquillaban. Como a ella. La que está en la silla de al lado, ante la que despliegan todo su encanto las becarias con ínfulas de maquilladoras y la regidora que ha corrido a recibirla obviando al resto, demostrando que somos morralla de relleno, sin disimulo, haciendo comparsa de una crueldad innecesaria.

En tiempos era yo la que cruzaba el umbral del set y se producía un silencio que denotaba respeto o curiosidad. Una intriga que me acariciaba como pluma suave. Conforme caminaba se apagaban las conversaciones tal que  fueran luces al dejar la estancia y los ojos se levantaban hacia mí con regocijo teñido de admiración. Recibía el agasajo como algo propio. Caminaba ente ellas, tal que una diosa destronada que podía mostrarse magnánima y generosa bajando del Olimpo a las sucias cloacas de la televisión.  No imaginaba la levedad del periplo ni la fragilidad de la admiración mostrada por la pléyade de comadres que pululan, como moscas de mierda, sobre los populares que, como flor de un día, nos adentramos en el meollo de esta furibunda plaza de fracasados que es la televisión.

Y me maquillaban. Con tímido recato, volteaban hacia mí las cabezas y las manos sorteando con cautela mi persona para complacerme más y mejor. Para matar la espera me ofrecían bebidas y panecillos dulces con la generosidad que da la sumisión.  Me daba cuenta que discutían entre ellas –las maquilladoras, que en esa época había varias- por ser quien me tomara bajo su mano. Discutían por ver a quien le tocaba yo porque consideraban un honor maquillar a una estrella. Hoy, paso ante ellas y no levantan la vista impregnadas de un manto de indiferencia infame que me hiere aunque intento disimular el rastro de sangre que voy dejando a mi paso  por no provocar más burlas.

 

 

Ahí va la que pudo ser…” “Mírala con lo que hizo y ahora…” “¿No es la que salía en las pelis de Moncada? ¿No es una de las chicas Moncada…?” Las oigo, aunque levanto  la barbilla alzándome sobre mis alzados zapatos para no denotar el desgarrón de espanto que  me producen los comentarios. Cierro los oídos ante los rumores pero los escucho, aunque me niegue a darme por enterada de los chascarrillos que se forman sobre mí, los escucho y aletean durante días en mi mente, propiciando la desesperación que acarrea mi bajada al infierno televisivo.

Han reducido gastos, me explican; como soy de la casa, tengo experiencia y vengo a menudo debo maquillarme yo misma. Así me dijo la corregidora con la voz meliflua de niña pija acostumbrada a torear con estrellas en horas bajas. Cierto es que lo prefiero, porque saco más partido de mis facciones que esas advenedizas que pululan por el set con esponjas mugrientas mil veces untadas en los pankaques  baratos que usan. Son becarias haciendo méritos para un currículo que saben inútil porque se verán atadas a un trabajo mal pagado que las irá derivando a servicios varios, como traer cafés y sándwiches a los invitados, recoger la basura y limpiar el set cuando todo acaba. Por eso prefiero hacerlo yo, con mis propios productos que no serán de primera categoría pero al menos no me trasmiten el herpes de la anterior boca que tocaron.  Ni la conjuntivitis de un ojo enfermo de mirada aviesa. Aunque añoro lo de antes, no puedo negarlo aunque sí disimularlo revestida de autosuficiencia y marcando la distancia precisa entre ellas, viles subalternas, y yo, que tengo detrás una profesión. De imaginarse mi añoranza por estas pequeñeces sí que harían chanzas las que parecen ignorarme y de sobra conocen mis devaneos, tanto como para reírse a mis espaldas.

Yo fui… No, soy…No quiero conjugar el verbo en un pasado que duele por lo que supone de puerta cerrada y espacio vacío. Fui y soy guapa. Por encima de todo, soy guapa aunque los desgarrones de la edad han dejado más huellas que las deseables labrando rictus de amargura donde antes había juventud, intrascendencia y alegría. Me envuelve el manto ajado del tiempo provocando el  gesto amargo en la boca, tal que si libara limón. Se han hundido mis ojos tanto que ni el mejor iluminador de perfumería los saca de la sima violácea,  mientras yacen rodeados de caminitos que surcan el marasmo de la ojera como si contaran las risas, las lágrimas y los insomnios que los desasosegaron. Eran hermosos mis ojos. Negros como lumiacos, festoneados por unas pestañas a modo de telón azabache que se arruinaron demasiado pronto. Hoy las prótesis han sustituido a la naturaleza pero no es lo mismo, porque nada devolverá la luz a unos ojos que dejaron de reír hace mucho porque vieron demasiado.

Hay quien me acusa de haber abusado mucho del tuneo. Del relleno montaraz al que he sometido a mis pómulos, a mis labios. He atiborrado mis facciones de toxina hasta el paroxismo que apenas me deja  parpadear,  borrando a base de silicona barata el surco añoso que dejaba el tiempo. Que me dejen en paz. Me quedo con mi cara hinchada y artificial antes de que al contemplarme en el espejo, como hago ahora, me devuelva la imagen de una mujer ajada, torturada por los recuerdos que refleja un rostro que cuenta demasiado bien la historia de mi vida. Prefiero mi cara de muñeca trágica que una contando los años y las vivencias sin demasiada piedad.

Soy una mujer guapa. Una mujer guapa que llegó a Madrid para triunfar convencida de que mi maleta contenía los ingredientes exactos que el tiempo requería. Y así fue. Pases de modas privados,  anuncios de prensa, music-hall desvergonzado que mostraba cuerpo, porque ni canto ni bailo pero hacía presencia y mi cuerpo surtía el escenario.

Y cuando estaba en pleno esplendor llegó él. El director  Moncada con su troupe de volatineros de lujo que me acogieron como a una diosa. Llegaron poco después los papelitos, no muy grandes, pero suficientes para ser considerada una más de la camada de fieles, que le seguíamos como adeptas de secta, por los mejores saraos capitalinos. Fueron no más de siete años gloriosos en los que teníamos el foco de forma perenne delante del rostro. Entonces llegaba aquí como personaje de culto. Justo cruzando el umbral de la puerta donde ahora comadrean las becarias y los ojos se quedaban prendados mientras las bocas se cerraban en un silencio atronador mechado de respeto y quizá de envidia. Salía a recibirme el director del programa todo sonrisas, todo manos extendidas y amabilidades.

Era brillo más que dinero lo que tuvimos en aquel tiempo. Un brillo esplendoroso que volteaba cabezas, abría puertas, sellaba bocas y abría bolsillos ante nosotras. El dinero no llegó nunca, a decir verdad y si llegó saltó por la ventana o se acurrucó en bolsillos más apretados que supieron aprovechar el tirón de la fama. Nosotras éramos vulgares mariposas que aleteábamos alrededor de la luz que emanaba del genio sin preocuparnos más que de lucir y dar color a su séquito. Formamos parte del grupo variopinto que aleteábamos sin fisura alrededor del director mientras él se dejaba querer mostrándose como un dulce tirano con sus adeptas haciéndonos competir, cual caballos de carreras, en pos del siguiente papelito, de la posición más cercana a la suya y de su favor, haciéndonos adictas a sus sonrisas, muestras de afecto, como luego nos arrancó del séquito con el desprecio del amo que ha sustituido parte de la comitiva.

Me amó, lo sé. Fui favorita por un tiempo glorioso. Me gusta recordarlo anudado a mi brazo dando envidia a los hombres cuyos ojos  perseguían mi culo mientras yo solo tenía ojos para él. Y su gloria. Que era la mía, mal que me pesara porque dependía de seguir a su sombra como del aire que respiraba. Fueron años memorables que merecen una vida y debiera sentirme privilegiada por haberlos vivido si no fuera tan agria la añoranza y el desfalco sufrido al ser expulsada del paraíso.

Se hizo mayor. Nos hicimos mayores. Buscó otro tipo de cine, más maduro, más serio, decía,  en él yo no tenía cabida porque soy una tía buena sin mayor historia. Así me dijo, con la crueldad característica de los gurús cuando  dejan de tener interés en la estrella rutilante de turno. Yo no tenía historia. Mi cara era guapa, sin historia, sin el dramatismo que le ofrecen actrices de método. Lo espetó  una tarde aciaga en la que le propuse participar en la película que estaba horneando. “Eres una guapa sin historia” dijo, contemplándome con los ojos vacíos y pasando páginas de un libro que ojeaba. Una tía buena que se usa como ganzúa y luego se abandona en un arrollo enlodado de lujos y apetencias varias.

Da igual” me dije, caminando de vuelta a casa desfondada de dolor al comprobar que ya no había sitio en la troupe del genio porque mi plaza y la de todas las demás que le acompañamos en los principios estaban ocupadas, por las que él llamó, actrices de método. ¿Método?.. Palabra aprendida y repetida con ínfulas de gloria nacional cuando solo era un gamberro hueco que hacía películas gamberras e iconoclastas festejadas como geniales porque en su mayoría escandalizaron a la burguesía confundiendo el descaro con el arte. Haciendo ese cine de método  tuvo  sonoros fracasos envueltos en finos premios y festivales de papiroflexia pero con salas vacías desvalijadas por la crítica.

Y así se forjó el descalabro que culmina en estos lares a donde llego pasada la cincuentena -aunque niego y negaré hasta quedarme ronca que paso de los cuarenta-a los programas basura, a vender exclusivas montadas con burdas historias que nadie se cree y duran el tiempo que producen un ficticio escándalo que deriva en morboso placer ante el declive humano.

Y el declive es mío. Vendo una maltrecha dignidad, obligada por una rueda de pagos urgentes, de recursos precarios a desdoblarme en una caída cada vez más profunda cavando una sima imposible de salvar. Comenzar con esto es obligarte a no salir jamás del engranaje siniestro de  programas basura, de opinar sobre lo que ignoro, de gritar y acusar a gente, tal como yo, que aspira a ganar unos miserables euros a cambio de vender la dignidad. O a ser insultada. Porque ya se abandonó el respeto que en tiempo tuvieron hacia mi trayectoria profesional para sustituirlo por un pushing ball que me noquea a veces y otras me deja irritada hasta el sufrimiento. Sufrimiento que mato con más degradación que obscenamente aplacan la ira hasta la próxima vez .

Lo dijo en una ocasión una invitada a la que se aleccionó: “Has hecho papelitos de tía buena, te has desnudado y has dejado que te follara algún actor que luego triunfó en Hollywood , salvo eso ¿qué más hiciste? No pasarás a la historia por actriz, ni por modelo, solo has sido guapa. Y ya no lo eres porque te has ajado en el camino

Somos muñecas  rotas obligadas a insultarnos entre nosotras, sin piedad ni rescoldo de respeto ante la dignidad humana. Ofrecemos carnaza a espectadores aburridos que necesitan , cual yonquis televisivos, cada día una sesión más fuerte, más barahúnda y más alboroto porque de esa forma olvidan sus tétricas vidas en donde nada reluce ni brilla jamás.

Con un papel aprendido, guionizadas las lágrimas, los enfados, los insultos y las reconciliaciones, hasta que alguna vez se va de las manos y aflora toda la rabia contenida, todo el maltrato recibido y te lanzas hacía la compañera o al compañero con la saña de la desesperación. Pasó una vez. Al escuchar que una  sinsorga me llamaba vieja  y declive postmoderno, me levanté de la silla, crucé la sala y le abofeteé la cara soltando toda una sarta de improperios -algunas ciertos, otros inventados-  sobre su madre, actriz de mi época,  que luego tuve que desdecir ante la amenaza de una  querella con visos de ser perdida por falta de pruebas. Ese día perdí los estribos y el respeto que me tenían en el equipo, si algo quedaba, que lo dudo.

A partir de entonces conformo la morralla que utilizan cuando no tienen otra cosa de la que tirar. A partir de entonces ya no podía revestirme de dignidad cuando era agredida y hacer valer mi pasado de actriz, que fue de inmediato olvidado ante el efecto visual de una mujer abofeteando a una niña y soltando una bacanal de improperios bajunos por la boca. Arrastré mi pasado quedándome desnuda y descalza ante el público con la única imagen de una loca desatada que no soporta que la llamen vieja.

Es dura la vida con nosotras. Es duro darse cuenta que la belleza con la que nacemos es bien efímero e inmerecido que se apaga de pronto cuando menos se espera. Es duro el tiempo con las mujeres que lucimos cuerpo y brillamos durante un corto espacio formado por algo tan injusto y marchitable como la belleza. Un soplo que no dura más de una década y que jamás se sabe utilizar. Nos hacen creer que tenemos derecho a toda la gloria y es mentira. El derecho es de los que aprovechan nuestra naturaleza, hacen caja con ella para luego abandonarnos como a juguetes inservibles y rotos que ni un niño de suburbio quisiera.

Por eso ya no hay maquilladora para mí, ni rutilantes vestidos cedidos por las marcas, ni sala de espera solitaria, ni tan siquiera bollitos de crema  y gintonics en la intimidad de un camerino privado como era de antes. Ahora convivo con toda la morralla que como yo sobrevive bajo el brillo de los focos aunque debajo tenga harapos, falta de nutrientes y el corazón roto. Mientras me maquillo frente al espejo que mantiene los estragos de quienes estuvieron antes que yo contemplando el desfalco que el tiempo produce y ante el que estamos indemnes.

 

Fin.

María Toca©

 

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Cuando todo nacía

Cuando dolía todo

y la piel era tersa,  la risa

jeribeque tan dulce

que espantaba jilgueros

con sus trinos trovados.

Laceraban cupidos

como antorchas salvajes

que luego se fundían

entre oscuros deseos

y placeres prohibidos.

Nos dolían apegos

que nacían de noche

y acaban, sin luces,

cuando el alba atisbaba

 dejando,  luego, solo

más que un leve recuerdo.

El cuerpo se retorcía

en contorsiones leves

mientras el fuego ardía

y la banda sonaba.

La piel era muy tersa

la sonrisa tan amplia

que iluminaba estancias,

sonreíamos al sol

y todo nos sorprendía.

Estrenábamos vida

cuando todo era inédito

y la vida aún no discurría

entre venales fondos

de simas inviables.

Cuando todo dolía

levantábamos tapas

y sacábamos furias,

como de la chistera,

el mago, sacaba los conejos…

Cuando todo era breve.

Cuando todo nacía.

  1. María Toca

Santander 13-06-2020. 20,00

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Si pudiera

Reposan las piedras, en el silencio aguado

prendidas por bramante de la tierra

que aposentan las pisadas furtivas

de las verdes praderas, regadas por el río

que recorre el sendero trazado por el tiempo.

Si pudiera ser agua para abrevar los prados

y las fuentes manaran la savia

que mi humilde sangría dejara en poso firme,

me sentiría grande y sencilla cual puerta

que se abre, para que bebiera el destino.

Bajar por la montaña, en busca de las lomas

y de las praderías. Correr brava

en pos de la llanura

y allí, sin más, apacentar la sed

y hacerme tierra firme,

alimentando umbríos.

Si pudiera ser guijarro tras del rio

canto rodado que entonara la voces

y  por la noche acunarte con mimo.

Dejaría la vida, sería fin y principio

y sin pensarlo apenas, cubriría

mis sueños con una amanecida.

Si pudiera ser agua, o piedra,

o tan solo escarcha que cubriera

de un manto dulce a mi tierra

me quedaría quieta, absorbida por ella.

María Toca

Santander, 06-06-2020. 0,12.

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Cada día

Cada día, al cerrarse el sol

entre las tibias sombras

siento que muero un poco,

solo un poco, un instante

en el que todo acaba

y luego, la vida recomienza.

 

Se escapan los jirontes

de alientos encendidos

entre las sombras, huyen,

encelados, por las altas montañas

que esconden al sol muerto

hasta que la madrugada

lo libere de nuevo.

 

Torno a la nueva vida,

a la morada abierta

que me nace. Revivo,

torno a mí. Me sublevo

como si cada nuevo día

fuera tal que como la primera.

Por eso cuando de noche

cierro el telón de mis ojos

y cerceno la vista…

escapo, tal que penada

hacia cumbres bien altas,

sobrevolando rauda

al fin, al otro lado,

donde tienen morada

los no vivos, los que andamos

con pasos y sudarios.

M.Toca

Santander-7-06-2020.11,27.

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Abriría gargantas.

Buscaré un puñal con empuñadura

de plata bien labrada

y afilada punta que horadara la carne,

limpiamente de un  tajo.

Con él,  abriré las gargantas

dejándolo  al socaire

que salgan palabras

por la piel bien abierta

y luego, cuando broten y broten

convertiría en escarcha

todo lo que  nació

de la herida ardiente,

 abierta en la garganta.

Que se riegue la tierra

con la sangre bien fresca,

que la siembre de versos

nacidos desde el alma,

socavando sus fauces

y dejando en barbecho

los orgullosos ciegos,

los falsos temores

también  los sortilegios.

 Luego, ya si acaso

se  podrían trepanar las heridas,

cuando se hayan sembrado

con los  fértiles versos,

con dóciles palabras

y con  humildes cuentos.

  1. M. Toca

Santander- 07-06-2020. 0,22.

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