Abriría gargantas.

Buscaré un puñal con empuñadura

de plata bien labrada

y afilada punta que horadara la carne,

limpiamente de un  tajo.

Con él,  abriré las gargantas

dejándolo  al socaire

que salgan palabras

por la piel bien abierta

y luego, cuando broten y broten

convertiría en escarcha

todo lo que  nació

de la herida ardiente,

 abierta en la garganta.

Que se riegue la tierra

con la sangre bien fresca,

que la siembre de versos

nacidos desde el alma,

socavando sus fauces

y dejando en barbecho

los orgullosos ciegos,

los falsos temores

también  los sortilegios.

 Luego, ya si acaso

se  podrían trepanar las heridas,

cuando se hayan sembrado

con los  fértiles versos,

con dóciles palabras

y con  humildes cuentos.

  1. M. Toca

Santander- 07-06-2020. 0,22.

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Reposan las piedras, en el silencio aguado

prendidas por bramante de la tierra

que aposentan las pisadas furtivas

de las verdes praderas, regadas por el río

que recorre el sendero trazado por el tiempo.

 

Si pudiera ser agua para abrevar los prados

y las fuentes manaran la savia

que mi humilde sangría dejara en poso firme,

me sentiría grande y sencilla cual puerta

que se abre, para que bebiera el destino.

 

Bajar por la montaña, en busca de las lomas

y de las praderías. Correr brava

en pos de la llanura

y allí, sin más, apacentar la sed

y hacerme tierra firme,

alimentando umbríos.

Si pudiera ser guijarro tras del rio

canto rodado que entonara la voces

y  por la noche acunarte con mimo.

Dejaría la vida, sería fin y principio

y sin pensarlo apenas, cubriría

mis sueños con una amanecida.

Si pudiera ser agua, o piedra,

o tan solo escarcha que cubriera

de un manto dulce a mi tierra

me quedaría quieta, absorbida por ella.

María Toca

Santander, 06-06-2020. 0,12.

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Días como estos.

Hay días como este

donde tornan fantasmas

a poblar los espacios

que dejaron vacíos

el viento y la penumbra

de las viejas historias.

El abuelo en la silla,

 mientras la abuela cuenta…

los silencios hablaban

y el miedo crujía.

Son historias antiguas

contadas por los viejos.

Una guerra cruenta,

siniestros que rodaron

por años y por vidas.

Fueron tiempos pasados

que dejaron un ruido

y las sombras perdidas

de una vieja contienda.

Dicen que somos dos Españas,

que no hablan entre ellas,

dicen que no podemos

iniciar el descanso

que nos deje dormir

en la paz de los justos.

Dicen    que nos odiamos,

dicen que somos malos.

Mas yo tan solo veo

unas confusas odas

plenas de luz y llanto,

madres que devoraron

el solaz y la muerte.

Regaremos con paz

las simientes de miedo,

hablaremos  después

y quizá escuchemos

el lamento encendido

de quien habla lo mismo.

  1. M. Toca.

Santander. 24-05-2020. 0,33.

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No tienen nombre

No son nostalgias,

aunque bien pudieran serlo,

ni dolores cautivos de otros males

¿melancolías hueras? puede ser

aunque, a fuer de ser sincera…

no puedo estar segura que lo sean.

Es una desazón tibia, insegura

que me mantiene latente y cabizbaja,

una emoción sin voz, una cantata

que apenas tiene melodía.

Son tañidos que no se oyen,

escorzo de figura desalentada

y sombras, muchas sombras,

que se enhebran,  caminando

en franca retirada.

Son versos sin rima,

son palabras no dichas,

apenas ni pensadas

que crecen, cual mala hierba

y que germinan,  cada noche,

escondidas, debajo de mi almohada.

Allí se sienten bien seguras

por eso, cuando duermo,

se me infiltran entre el sueño y la penumbra

trepando por mis sabanas

y en el despertar de madrugada,

cual hiedra fresca,

se agarran a la memoria,

la hacen presa.

Me silban tristuras en el alma

me cuecen las penas olvidadas

y cuando crecen los esbirros  que me abrasan,

brotan raudas, cual ramas bien regadas.

Por eso, tomo la pluma,

papel o folio descarnado

y uso balas, en forma de palabras

     …como forma de exorcizarlas

a base de romances,  cual metralla,

que aunque viles y sencillos,

me sirven un poco  de terapia.

  1. Toca©

Santander 13-05-2020. 10,57.

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Imaginación

Hay veces que a una le llegan controversias, o comentario censores casi siempre de algún humano que provocan una especie de cascada de imágenes. Lo confieso, no puedo evitar que mi mente juntaletrera se dispare. Me los imagino con un terno gris, caspa en los hombros, pelo plegado de grasa vieja, dando chupetadas largas y salivosas a un puro encebollado que lo mantienen entre  unos dedos amarillos de tanto humo y calzando botines decimonónicos. Se percibe el olor a guano y a cerrado reconcentrado en un cuarto relleno de legajos y carpetas de contabilidad de principios del siglo XX que apesta al visitante, mientras ellos, con ojos aguachirlados y legañosos, que se escudan detrás de un monóculo, conspiran contra cualquier tipo de modernidad.

La fámula viejuna, como ellos, les sirve una sopa de ajo aguada en  loza descascarillada, mientras la pata de la mesa oscila con puntual ritmo.
Que lo mismo son haters que escuchan a Metalica, pero así es la mente que calzo: calenturienta.

  1. Toca©
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Los Libros

No conozco barrotes que me prendan

o  encarcelen mis días

si entre ellos hay páginas, papeles

que mi mano deslice abriendo el enrejado

que aprisiona mi mente.

No conozco más cárcel si hay libros que custodien

la libertad mientras una alas muy grandes

se desplieguen y vuelan

sobre aquellos papeles que pasean mis ojos,

abriendo las paredes.

Porque con ellos formo élitros volanderos

y mis ojos se convierten de pronto en ganzúas

que arrebatan y abren

las puertas, los barrotes y  las prisiones  regias.

Con ellos vuelo alto, por montañas y valles,

por llanuras, y los ríos que visito

me bañan toda entera,  sin haberme mojado.

También  abro las puertas,

horado piedra y labro

las bonitas historias que me cuenta la vida

…o la crean conmigo.

Ellos forjan mis sueños, amantes y sutiles

como nubes de escarcha que brotan, fascinadas

por el suelo… y me habitan.

Jamás habrá cárcel, barrote o cerrojo

de la que no me escape

si en mi mano poseo un libro, una historia

 o un poema perdido

que contarme, tranquila,

 mientras tanto… espero

a que lleguen los hados.

María Toca

Santander- 23-04-2020. 23,18

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Morirse bien

Hay momentos en los que a la memoria se le vuelve la cara y nos trae historias que se plegaron en olvido, por poco importantes o indecisas con el devenir diario. Es tiempo de reposo y confinamiento, quizá por eso asoman

Estaba yo acompañando a una médica que debía realizar un curso de capacitación a fin de desempeñar un trabajo en mi empresa en un centro médico piloto de Bilbao. Al ir de acompañante mi tarea era  supervisar que todo fuera bien y en un momento determinado ejercer de cobaya de los trabajos realizados por mi doctora. Poca cosa. Lo cual me permitió confraternizar con personas, que como yo, acompañaban al resto de médicos/as. Enseguida  entramos en charla entretenida  -ya saben ustedes que las mujeres somos rápidas en entablar contacto intimo- Una de las chicas, que como yo esperaba,  me resultó agradable desde el principio y el charloteo se bifurcó por sendas conocidas.

Era enfermera del Hospital Universitario de Navarra. Ya saben ustedes, el Hospital del Opus, donde se trata la élite de este país y donde van a morir los ricos. Tal cual me explicó ella, la segunda aseveración que yo desconocía. Intrigada intensifiqué las confidencias, es lo que tiene dedicarse a esto de contar historias, nos convertimos en escuchadoras compulsas.

Hablamos de los tratamientos de su hospital y en un momento surgieron nombres que me eran familiares. No por mis lazos con las elites palatinas, sálveme dios, sino porque a través de mi trabajo había conocido a las personas citadas por mi circunstancial amiga, que no nombraré por la lógica discreción que debe guiar un relato como este.

Una de las referidas personas, era un magnate de un laboratorios internacional,  francés, aristócrata por familia con castillo en el Loira incluido, investigador, medico y biólogo de mucho tronío. Un tipo que conocí bastante, por ser en diversos cursos,  del que aprendí mucho; gracias a él, años más tarde, realicé mis estudios de Nutrición y Dietética debido a que me supo influirme el interés y la importancia de la alimentación en la salud. El hombre se había casado en segundas nupcias con una joven (cuarenta años menor que él, por lo menos) cosa que yo conocía.  Sorprendida por conocer sus últimos días, que la indiscreta enfermera me refirió con detalle, quedé espantada ante el trato vejatorio que sufrió de manos de su esposa. Abandono total, insultos variados. Me contaba que el mismo día en que le dijeron el poco tiempo que le restaba de vida (tres meses, creo recordar) ella se ausentó debido a que tenía cita en el spa del hotel. Le dejó solo ante la sentencia. Y solo ante la noche negra en que sabes que tus días en la tierra están contados.

Las visitas, recordaba la enfermera, era torturantes para el personal sanitario porque los gritos, los insultos y los desprecios eran escuchados por la amplia  planta del hospital. Eran de ida y vuelta, no se crean que el enfermo andaba corto de dispendios oratorios. Eran trifulcas notables. Nadie más le visitó. Tenía varios hijos, bastantes sobrinos…Nunca se vio a nadie por allí salvo  la cruel esposa que, por supuesto, heredó a su muerte el total de las propiedades del finado. Murió solo o peor, confinado entre desprecio y vejación. Era inmensamente rico y poderoso.

La segunda conocida era una mujer. Dueña a su vez, de otro laboratorio, quizá el más importante de España, extendido por todo el mundo, pionera en muchos avances de la cosmética vanguardista, con patentes importantes y miles de empleados en sus empresas. Toda una multinacional española fundada por ella en los años sesenta del pasado siglo.  Tenía una amplia familia, con varios hijos, sobrinos, hermanos…La enfermera confidente refería con ironía que ingresó con un impresionante abrigo de visón que combinaba con pijamas y camisones lujosos durante toda la estancia (en esas clínicas no hay batas desculadas, por favor, eso es cosa de plebeyos) Un peinado crépado y lacado hasta dejar la capa de ozono bajo mínimos y un cofre que portaba entre sus manos y cerca del corazón. Siempre que se movía lo hacía con el y el cofre, que portaba cual alma en pena por consultas, pruebas y exámenes médicos. ¿Quieren saber que portaba el cofre? Joyas, naturalmente. Las mil y una noches en versión oro, platino, diamantes , esmeraldas, perlas y todo lo imaginable. Joyas. Solo joyas. También llevaba consigo una almohada que controlaba con preciso ojo. Buenas broncas se hicieron merecedoras las enfermeras que no trataban a tan regio cabezal como es debido y sobre la que la digna señora aposentaba su cabeza cada noche. Nunca durmió sin ella.

Contaba mi interlocutora que recibió pocas visitas, de lo cual se alegraba nuestra confidente porque en ellas los gritos, aspavientos y juramentos araméicos  se escuchaban en  todo el hospital. En dichas discusiones, siempre se hablaba de dinero. La señora del visón y el cofre, fue al hospital a morir, tenía un cáncer terminal y  la única opción era tratar a la desesperada. Como les digo, a morir pagando caro. Y sus visitantes aplomaban las visitas con gritos y amenazas, en algún caso hubo que entrar a separar peleas que pasaron de lo semántico a las manos.

La señora murió sola, con su cofre bien amarrado en el pecho, la cabeza entornada en su almohada de pluma de cisne sudafricano (perdonen la licencia, que no sé si tales cisnes existen) y sola. Sin mano amiga ni familiar que meciera su último suspiro.

Por supuesto los funerales fueron multitudinarios en la sede de sus empresas. Los hijos/as y demás familia , asistieron enlutados y lloroso cual es menester en esos eventos. Todo el mundo glosó la genialidad de pionera de la señora del visón y será recordada por los años de los años como gran benefactora de la empresa privada, con fundaciones solidarias y dando nombre a alguna plaza de su pueblo.

Entenderán que asistí ojiplática al relato, preguntado enseguida si eso era excepcional. Esa forma abrupta y solitaria de morir, me refiero. A lo que mi confidente respondió con una risa franca. No, no era excepcional, dijo, en los siete años que llevaba en el puesto de jefa de planta, lo excepcional, lo terriblemente excepcional era que alguien tuviera una familia cariñosa. No más de dos o tres casos pudo recordar. Siete años. Planta de terminales. Dos o tres casos de familias cariñosas…El resto, me dijo en susurro no exento de jolgorio,  o morían solos (lo cual era preferible por el personal, y hasta por los finados) o convulsionados por una familia que asemejaba más a manada de lobos hambrientos que ignoraban al enfermo/a o directamente le maltrataban.

Eso sí, una vez consumado el mortuorio las exequias eran puro lujo de contrita pena, trajes de marca y coches de gama alta.

Este relato no tiene moraleja, ni epilogo. Quizá en estos tiempos tan malogrados para la vida se me tornó a la cabeza como forma de pensar en eso de que “vanitas, vanitatis…” Por decir algo, vaya.

 

María Toca©

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Comodidad

Que cómodo me sería pasar siempre en puntillas
por las cosas molestas,
no percibir las voces que gritan los silencios
ni escuchar el lamento
de los nadie, que a veces, entran en mis oídos,
a pesar de que sordos, los quisiera, o hundidos
en las voces corrientes, las comunes
que a toda hora se oyen.
Que más quisiera yo que poder hacer flecos
con el vestido viejo de una realidad fea,
que lacera y escara
las carnes de vecinos. O la mía…
Asistir a aquelarres, ausente,
nadando siempre, a favor de corriente.

No me guía interés, ni gana, se lo juro.
Ni merito, ni rabia, ni elección,
nada de eso es consciente,
a veces hasta me pienso que un hado
me tiene, presa en el subsconscuente.

Pasar entre las olas, a favor de los vientos
y jamás despertar entre nubes y sombras
que asolan las costumbres
y me pierden entre unas horas largas
que asolan y que muerden.
M. Toca

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Demonios

Tenemos que atar bien en firme

los demonios que llevamos dentro

en lugares oscuros, sin tiento,

y luego tirar la llave  abajo

en un lugar que llamamos infierno.

Atar los  demonios con fuertes cadenas

para que no salten, con furia

y asolen con garras el pequeño cielo

que tenemos conformado

con todos los sueños.

Porque al fin, ellos, los demonios

andan trasteando por los andurriales

que conforman  la justa parcela,

junto con los otros, los buenos,

peleando, entre ellos…

como buenos hermanos.

Y así, en confrontación

se pasan  la vida, mientras yo opto

por uno o por otro, intentando

que guarden la paz y un debido decoro

sin menoscabo de verlos peleados.

María Toca©

Santander.11-04-2020. 18,47.

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Cosas pequeñas

Tengo que rellenar las horas de cosas tan pequeñas,

sutiles, frágiles, inútiles cosas

que llegan como humo y apenas vistas

marchan, tal que vinieron, sin dejar más huella

que un bienestar en la memoria

y un tenue rayo de luz en mi alcoba.

Cosas, como el aire que respiro

el sol que salta entre las nubes

para acariciarme la piel en escorzo cada tarde.

El olor a hierba cuando llueve

a estío si la solana calcina, a ratos, la ventana

y una sonrisa esbozada,

 por esa desconocida que  entre sombras,

me contempla soslayada y sorprendida,

 cada tarde en el  espejo de mi casa.

Cosas pequeñas, variadas

que llegan volando esas jornadas

de cansada escritura cuando una música amiga

se posa en mi ventana para recordarme

que aún con todo, queda vida

y la gente, ahí fuera,

tiene un alma que entregarme.

La llamada de mi niña…

el recuerdo vago del olor de su piel recién bañada

y el pelo desparramado por  mi almohada.

Cosas pequeñas, como la mirada cómplice

del vecino que jamás habla y que ahora

se asoma a la ventana

buscando el calor de otras miradas…

Cosas pequeñas,  tan simples y fútiles

que me construyen a tajos una almena

donde me refugio y parapeto

esperando que pase la tormenta

para tornar a la tierra donde habito.

María Toca©

Santander- 10-04-2020. 12,47

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