Esperanza

Alguna vez fue cristal, frágil, quebrado al menor soplo,

fue hoja seca, crujida o pasto de senderos que la vuelan,

fue ave. Paloma leve que alza el vuelo

y brujulea por amplias nubes en espera

de amplio espacio donde la lleve su locura.

Fue gota breve, sonrisa fulgurante en rostro de niña

entusiasmada con juguete.

Risa, llanto en espera, bajo el telón de  parpado ciego

sutil, como esperanza de amor primero.

Efímera ilusión, tarde en espera

de aquelarre con besos y abrazos

en la antesala del encuentro.

Perecedera cinta que rodea al regalo

que se espera, con ansia redoblada por el miedo

de ver frustrada la lenta dilación de la prebenda.

Como el ave, levanta el vuelo…

sale de noche, torna de madrugada

mientras los sueños y las alforjas se le amortajan

en la escalera. Fiel compañera.

Esperanza y finta de agua derramada.

Así la sueño, así la espero, como alma enamorada

en los rincones del jardín que esconde sementeras

que han ido haciendo los pasos quedos

que me rondaron  en las madrugadas

cerca muy cerca de los  rincones de  mi morada.

María Toca Cañedo©

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Poeta

No sé quien es poeta, o que es ser poeta…

un libro con hojas veleidosas,

un hueco trazado dentro de un alma

desposeída por inquieta…

Ignoro qué es ser poeta,

un susto, un miedo o una hoja volandera

que pende cual calendario de pared

de una frágil chincheta de madera.

No sé si es un ser que mira lejos

o solo contempla con pereza

los surcos y rincones de la tierra

cuando, con parsimonia,

se despereza de sus sueños.

Es posible que un poeta solo sea

un muerto que vive de milagro

esperando, tan solo, tornar a su vereda.

Un fantasma que recorre a paso quedo

las sendas horadadas que vivencia,

o simplemente, un alma suelta

que anida en el Universo y lo fecunda

abriendo surcos con la verdad sobre la tierra.

Una poeta pudiera ser tan solo

un aspaviento que camina por la vida

atado con cadenas, superviviendo a la condena

de saberse vivo en una ciudad

que está solo habitada por los muertos.

María Toca©

Santander- 03-10-2021, 19,25

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Nos vendimos muy barato

¿Cuándo vendimos la esperanza

y dejamos el cielo encapotado

para que se nos nublaran madrugadas

y se nos velaran los sueños,

convirtiendo los tibios despertares,

en prosaicos, lúgubres, altivos

y prácticos desvelos

que nos llevaron derechas al barranco?

¿Cuándo se nos llevó en vuelo el alma

para dejarnos hojas secas y cautivas

en el prosaico calendario

que conforma día a día un  diario

mientras los sueños yacen bien cubiertos

del polvo acre de un siniestro cementerio?

Vendimos muy barata la inocencia;

la libertad -también barata- la vendimos,

al cabo, nos dimos cuenta que las manos

se vaciaron y en el pecho quedaba un hueco,

donde antes había una guarida

que contenía al corazón contrachapado.

María Toca Cañedo©

Santander-29-09-2021. 16,04.

 

 

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La Modesta de Cañedo

A Luis, por siempre, para siempre.

 

 

 

Poco he hablado de ella, quizá porque el protagonismo se lo llevó el abuelo Juan. Él fue una figura ensoñada de mi infancia, murió siendo yo muy pequeña y el recuerdo engrandece lo que no se conoce bien y más si está aureolado del misterio que el velo de  silencio y tristeza que le rodeaban. Su historia brotó siempre de los labios de ella. Él estaba demasiado herido para contarla, tan solo afirmaba con sus ojos de agua las palabras que a ella le brotaban como espadas cada vez que recordaba.

Ella era la Modesta.  La abuela recia de caderas amplias, hombros cuadrados y las piernas desconjuntadas. Una bonita, tersa con la piel muy blanca y juvenil, la otra horadada de una variz sinuosa que la recorría como vía de tren. En los barrios donde nací el artículo precedía siempre al nombre. No, no siempre, porque él nunca fue “el” Juan, era tan solo Juan, o Cañedo. Ella en cambio siempre fue “la” Modesta.

Años después descubrí que había una sima social infranqueable, las niñas que portábamos ese denigrante artículo –que en catalán es normal- y las que tenían su nombre a secas. No era lo mismo ser “laMari o “la” Jesu que ser María o María Jesús…Por eso detesté siempre que ella y algunas más apoyaran mi nombre en el artículo. Desclasada que era. Arribista de clase que fui. Para mi vergüenza, claro.

All-focus

Modesta Rodríguez Rivero, siempre fue “la” Modesta, como digo, porque al revés que yo, ella jamás se desclasó. Fue hasta su muerte una mujer de barrio. Del barrio adoptado por matrimonio porque su origen era algo más “burgués” que el de su marido, Juan Cañedo. Pero las mujeres recias eran así. Para lo bueno y para lo malo se enzarzaban en la simiente marital hasta la muerte.

No es que mostrara afectos, jamás la vi dar un beso o cariñosear con nadie. Ni con nostras, mi prima y yo que éramos unas niñas pequeñas con las que quizá solazara su amargura a ratos. Quizá había vivido tanto, visto tanto espanto que se le secó la ternura como savia inútil en los tiempos que la tocaron en suerte. En mala suerte. No digo que no sintiera amor, pero era un amor abroncado, fuerte, de hechos y no dichos. Un amor que la desbordaba el pecho mirando el desconsuelo de su hombre sentado en una sillita de enea en la cocina, hundido en sus pesares mientras ella trasteaba sin tregua.

Le debió de amar mucho, porque siendo como era de puro acero toleraba la debilidad y el sufrimiento silente de su hombre y pobre del que se acercara con malas intenciones, entonces se topaba con una fiera encelada capaz de arañar. En una ocasión, en plena postguerra, un guardia golpeó a Juan. Fue una hostia a mano abierta. Sin más motivo que los antecedentes de rojo y porque sí, porque podía. Así eran los tiempos. Saltó “la” Modesta como fiera enjaulada zarandeando al guardia y soltándole la corbata. Algo debió de ver la autoridad del tricornio en la mujer que su fuerza bruta se diluyó en vanas amenazas. A su hombre no le ofendía nadie. Para eso estaba ella.

Quizá se le adjetivara como “la de Cañedo” porque, nobleza obliga, él era querido y respetado a pesar de la tristeza que le galopaba entre las sombras que cubrieron su vida a partir de 1937. Mientras que  las copas de sol y sombra  le atravesaban las venas llevando un poco de paz a un corazón herido con timbales de una guerra muy perdida. Aún con todo se le respetaba. Porque era, en el buen sentido de la palabra bueno, y porque a los perdedores, sobre manera los que pierden sin menoscabo de la dignidad, se les respeta.

Es posible que quedaran posos del recuerdo de lo que fue. Un luchador en la sombra, un tejedor de sueños alrededor de un tiempo que duró muy poco. Quizá se recordara como escribía, apenas sin saber, como hablaba, apenas sin leer, como tejió una red de conexiones cuando el comunismo era una utopía que llenaba la cabeza de ensoñaciones de libertad y de dignidad obrera. Quizá los que le vieran trastabillar con más vino del debido le recordaran brioso cuando asistía a los mítines y convencía a los vecinos para que se afiliaran porque de la mano de Dolores estaba la libertad de tener pan y trabajo. Rusia era un sueño que había dejado de ser conjetura y los obreros del mundo si se unían acabarían con las cadenas. Debió de escucharlo o leerlo en algún sitio. Y se lo creyó forjando un sueño impreciso pero tangible.

La Modesta,  en cambio, el respeto lo impuso. Fue siempre brava y definitiva. Tuvo cinco hijos y perdió a cuatro. Al final la sobrevivió la menos querida, la más imperfecta y  prescindible. Mala suerte.  Pasó la guerra, el hambre y la humillación sin perder bravura ni el orgullo de clase que tuvo a raudales.

Contaba, en noches de silencios sonoros, como se tiraba a la calle a buscar pan …o lo que fuera. Como le volcó a la vecina rica, estraperlista, el carromato donde vendía a cinco duros (del año 39 o 40) unos repollos malnacidos en tierra de esquilmadores de pobres que  se hicieron ricos y respetados a base de robar al hambriento. Se lo tiró enviándola a tomar por el culo porque “la Modesta” no era bien hablada ni se mordía la lengua. Y pedir cinco duros a quien se muere de hambre merece una blasfemia muy gorda.

Cada hijo perdido fue un cachito de corazón que le arrancaron de cuajo, hasta dejarla en puros cueros cardiacos, quizá por eso vivió hasta casi los cien años. Tenía solo una carcasa que latía a golpe de recuerdo y de amor desmedido. Un amor extraño, ya he dicho que no daba besos, ni cucamonas, al contrario, cuanto más quería más exigencia, más furia devastadora formaba a su paso para moldear la felicidad de los que la rodeábamos. No nos quería débiles. Sobre todo a nosotras, las mujeres, quizá porque sabía de seguro que en el mundo al débil se lo traga la vida como se lo tragó a él. Y más si naces mujer. Nos lo quería evitar…a su manera.

Nunca supo callar. Hablaba mordiendo las palabras, creando un sarcasmo duro, casi cruel, que dejaba sin fuerza al adversario. Que tenía pocos, se me entienda, porque  ella era mujer de su casa y bastante tenía con criar a cuatro o cinco nietos de uno de los hijos muertos, con expurgar cada mañana los colchones que tiraba por la ventana sin que valiera el argumento de que a los colchones modernos no les hacía falta  ventearlos cada día. O vaciar cada semana armarios y alacenas  para limpiar hasta el último rincón. “Antes te quiero puta que cerda, niña” decía con esa lengua afilada que padecía. Se tiraba cada tarde  al suelo para pulir y abrillantar   las pulidas baldosas a base de fregoteo, desgaste de rodillas y manos enervadas por el detergente o el jabón del Chimbo. Nunca quiso mocho en su casa porque “eso no friega, niña, solo recoge la mierda y la lleva a los rincones” O trepaba cual araña por las paredes puliendo con blanco España las junturas del azulejo para que quedase como un espejo sin negruras en los rincones.

Por eso no tenía tiempo de fiesteos. Ni le gustaban porque “las mujeres pobres tienen que ser limpias como chorros de oro, y muy decentes, niña, que una rica puede ser un pendón y desordenada  pero a una pobre no se le perdona”.

Nadie fue capaz nunca de contrariarla. Te jugabas la integridad. Cuando sus ojos se anegaban de rabia tenías que retirarte al momento porque te arrasaba. Yo fui la nieta mayor pero no la favorita, quizá por ser demasiado parecida a ella y jamás la enfrenté…Bueno sí una vez.

Estaba construyendo mi despertar político y portaba debajo del brazo una revista con la bandera de la hoz y el martillo. Nada subversivo, no se crean. Eran los tiempos de la legalización del PCE y la revista era Cambio16. Los exabruptos que me lanzó solo me provocaban la risa. No hubo forma de convencerla…Marchó mascullando palabras gruesas, anegados los ojos de agua y rabia ante mi indiferencia. Como he lamentado después mis risas. Como he lamentado no haberla abrazado para quitarle el miedo a reproducir lo que, no más de treinta años atrás, había vivido. El ricino, el miedo, las bombas, el odio, la humillación que veía asomar por las imágenes de la inocente revista. Inocente para mí, no para ella que llevaba los costurones en el recuerdo demasiado frescos.

La Modesta era fuerte y compacta como un mulo viejo. A veces me contemplo las expresiones y me reconozco más de lo debido. En ella. Aunque mi admiración y respeto estén con él,  entiendo  no sin pesar, que la coraza de bronce de mi abuela me contamina más de lo previsto.

Me enseñó a ser fuerte y no callar jamás. Y me enseñó la historia, porque en su  pobre e inmaculada cocina de azulejo blanco hasta el techo, tachonada las juntas de  blanco España, te contaba las historias de la guerra, del hambre, de las sirenas cuando avisaban bombardeo, de las carreras para llegar al refugio, del lloro de los niños, de los silencios, de la oscuridad y del ruido de los camiones cargados de pobres que caerían a balazos traidores sobre el muro de Ciriego.

 

Contaba, mordiendo la rabia, las humillaciones que esos cabrones (sic) le hicieron al abuelo Juan. La represión,  la detención en la Plaza de Toros de Santander y como le sacó a base de tirarse a la calle, buscar y buscar quien la escuchase y se apiadase del pobre Juan, que eran tan bueno, honrado y cabal. Que no podía morir porque tenía que criar tres hijos.

Lo consiguió. Se lo arrebató a los fusiles que  soltaban balas contra gente inerme, tan débil y buena como mi abuelo. Se lo arrebató a la muerte pero no pudo hacerlo con la depresión (entonces no se llamaba así porque aún no se llamaba nada)  ni al alcoholismo. Al final la muerte se lo ganó por la mano llevándoselo a los 56 años. A Juan se le rompió el corazón de puro desgaste. Se le paró  la vida a base de derrotas.

Cuando murió había visto morir a dos hijos, un hermano, perder una guerra, muchos amigos y los ideales que le infundieron  fuerza durante unos años. Los mejores de su vida cuando forjaba los sueños de que un obrero podía mirar al cielo y a los ojos del jefe sin miedo.  Es posible que muriera el día que derrotado volvió a casa dejando al hermano pequeño en la plaza de toros. El día en que las tropas traidoras entraron en su ciudad y constató que el sueño de justicia social y vida digna volaba en mil pedazos como las casas de los pobres ante las bombas alemanas.

A ella no. Con ella no pudo más que la senectud. Enterró a cuatro hijos, crio a cuatro nietos con más de ochenta años y cuando consideró que había terminado la tarea se murió sin molestar. Con 99 años, tan solo le quedaba una semana para cumplir 100.  Como si los dramas no la rozaran, o como si el blindaje la eximiera de morir. Que por cierto, a punto estuvo, porque la muerte la había pasado de largo tantas veces que todas creímos que se había olvidado de ella. O que la tenía miedo.

 

María Toca Cañedo©

In memorian Modesta Rodríguez Rivero. La de Cañedo.

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Llena la maleta

Tengo demasiado llena la maleta

con posibles, probables y seguros,

por eso me pesa tanto la valija

teniendo que descansar a cada paso.

Los posibles son sueños que he perdido,

los probables,  aquellos ideales que están muertos

y los seguros son las vivencias que he tenido

y que andan saturadas de certezas.

Hay demasiadas cosas, va completa

de rotas esperanzas o de  anhelos

que han huido, dejando a su paso

un rastro de húmeda pereza.

Decepciones hubo ya  las suficientes

para dejar de creer en la esperanza

o saber que todo sueño va preciso,

al posible anaquel de lo inconcreto

donde están anquilosados los proyectos.

Ya os dije que queda  escaso hueco en mi equipaje

quizá por eso sé que el camino se endereza

y a poco, muy poco, iré directa

al descanso y el buen reposo en la tierra

o que el viento se me lleve en forma de ceniza.

María Toca Cañedo©

Santander 19-09-2021. 18,49

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Empuño de nuevo el estilete

que me pone en la mano la palabra,

cual bala de plata bien dispuesta

para el tiro en la sien de la contienda

que me revuelve el corazón

y hasta las tripas.

Soñadas, nos sueñan perversos contrayentes

que hacen de la vida juego infame

mientras se entretienen con las brisas

que mueven nuestras almas a contraste

de facturas y males evitables que se amparan

en ser solo la diversión de dioses falsos.

 

No me resigno a ser solo juguete,

o complacencia de unos pocos,

cumplir con lo esperado, previsible,

y dar, luego, pasto a los gusanos.

Me revuelvo, me uno al grito del infame,

del rebelde, de la  causa que dirime la costumbre

y encalabrino la faz, me hago  un soplo torpe,

para no concurrir en masa informe

y ser lo que se espera que yo sea.

Rabia, la rabia, incluso el odio, me badea

en momentos… otros en cambio,

la paz se hace bandera

y me convierto en mansa fierecilla

que espera la caricia o el remanso.

 

Me niego a ser masa informe, adecuada,

al tiempo que me corresponde,

mirando atrás, ojos inciertos,

con miedos ancestrales y concisos

que entorpecen la marcha

mientras en el camino hay pedregales

y en la cunetas yacen muertos ideales.

Saco la cabeza de la plebe,

revuelvo el aire con mis alas

que, quizá se plegaron y no vuelan,

pero por lo menos hacen oreo

a la costumbre, al tedio, a  la miseria.

María Toca Cañedo©

Santander- 06-09-2021. 17,05

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Hacer poesía

Y de pronto, me entraron ganas de poesía

sin más remangos que el anhelo

de que me torne la voz en lírica templanza…

Así, sin preparaciones, ni  acicales

ni falsas rimas que me enconen,

de forma simple, tal que si hablara

con el alma, esa que siempre me acompaña.

Me vi vociferante, contrariada

con amplias guerras tamizada

 buscando la soledad, el soliloquio

o la prebenda, para nutrir bien la sustancia

y mantenerme -o al menos, intentarlo-

lucida, presente y en abierto.

Abrí las puertas de mi pecho

dejando el corazón en expedito

camino, soltando amarras y canciones

para drenar nostalgias viejas

turbaciones extrañas y temores.

Y aquí me tenéis, en contrabajo

posando escarcha en un pañuelo…

soltándolo, al fin echando al vuelo

las viles estrofas que presento.

María Toca Cañedo©

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Debía de ser eso…

Debía de ser eso, la soledad enmarañada de costumbre

librando batalla con el miedo

y saltando sobre la nostalgia.

Debía parecer lo que se teme,

desde lejos, cuando la carne florece,

el arrebol tiñe las mejillas

y la vejez era tan lejana

como una selva inespugnable.

Debían ser los días consecuencia

de noches turbulentas, sin avio

vividas con prisas, bebiendo el aire

y sorbiendo de unos labios ajenos

la pasión y el aquelarre.

Debía de ser eso, la vieja pesadilla,

reincidente, que tuve…

Era eso, la realidad que hoy anda teñida de costumbre.

María Toca.

Santander.

 

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Y ser lo que he sido

A veces se me olvida
que el mundo está en crisis,
que todo fenece, que muere la risa
y que las amapolas, de pronto,
marchitan.
Se me olvidan guerras,
amores baldíos, o tristes recuerdos.
La luz me ilumina
y lo que antes fue un fuego
se torna pavesa, y luce de nuevo
como las luciérnagas
en campo de hielo.
A veces me olvido…
y sueño que vuelvo
a nacer cada día, con sueños
y un largo albedrío
A veces, me alegra vivir todavia
y ser lo que he sido.
M. Toca
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Cenizas

Entre brasas, quedaron las cenizas

de un amor abrasado que pugna por no irse

convertido en humo o en pavesa

soplada por el viento o urdida entre espinos.

Sin ánimos ni risas, sin alma, apenas nada,

solo resmas de aire y favela diluida

entre barros que  la lluvia difumina,

tal que sombras teñidas del destino.

Nos quedó el recorrido de unas manos

por la piel, que hambrienta recibía,

la dulce caricia o el respingo

del sabor salado de unos labios.

En medio del vientre se abría un fuego,

a cada poco tiempo renovado

luego de apagarse, quedaban los rescoldos,

que iluminaban la mañana,

antes de que la luz asomara

y dejara la penumbra para luego.

Asidero de miedos, fue bastante

el amor crecido como un río

-desbordado- camino del despeñe

o del roquedal donde las aguas,

se diluyen, o son tragadas por el hambre

de una  tierra sedienta de rocío.

Tierra seca, baldía, que se toma

el fruto de nuestra pasión, alimentada,

por los rescoldos y brasas encendidas

que ni una cruda  tormenta nos lo apaga.

¿Quedó algo de la falla de aquel tiempo?

o solo las cenizas hacen peso

entre el laberinto  perdido de los  besos

y las banderas arriadas del destierro.

María Toca

Santander. 28-07-2021. 20,42.

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