Definición y autobiografía

Cuando los ojos se hacen agua

y se porta el corazón en bandolera

con desgarros varios, cicatrices,

y costurones antiguos, por bandera.

Cuando el alma yace desgarrada

en  tibias sábanas de madera

porque la muerte, que se encela,

ya confeccionó , con premura, la mortaja;

salgo de casa, busco palabras

por ver si encuentro un refugio

que me ampare del desasosiego,

de la tormenta que arrecia, sin dar tregua.

Me escondo en lívidos parajes,

remolinos de arbustos y follajes

que arañan la conciencia, la reviven

y poco a poco, con medicina de poesía,

me percato, que otra vez, y otra y más,

revivo a base de la lírica.

Con yodo vivo cauterizo

heridas nuevas, mientras las viejas,

se abren en franca sintonía

para hacer enorme llaga

y recordar que sigo viva.

Quizá respire por la herida,

o sobreviva a base de curarla…

puede ser que solo siga el camino

que empedrado de desavenencias,

me tocó por suerte  en la vida.

María Toca Cañedo©

Santander- 18- Mayo-2021. 11,05.

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Me la roban

Siento que me la arrebatan,

me la hurtan o  amilanan

con el cobarde tintineo de unos sables,

invisibles que relucen entre sombras

zigzagueando sobre nuestras tímidas cabezas.

Siento que robaron silabas atonas,

consonantes, rimas despegadas,

 como hilachos pasionales

que hasta hace poco salían en tromba

e inundaban mi regazo. Era disfrute

ver crecer un poema sin  esfuerzo

ni menoscabo de ilusiones concentradas.

 

Poco a poco me los llevan,

los roban con la lentitud del artificio

y siento que en vez de lírica y borrachera de poesía

me brotan exabruptos, dialéctica epistolar

-disturbios que intentan entender la nueva vida-

desbordada por la ola de cruda realidad.

Me robaron la poesía,

ese verso pequeño, compuesto en soledad,

entre silencios, a veces plañidos del alma

alimentados por añejas nostalgias y penumbras

de esas creativas…quizá hasta placenteras.

Ahora solo resta el discurso,

la diatriba, lucha cuerpo a cuerpo

con la amarga realidad de un tiempo

que se nos nubla a poco de empezar.

María Toca Cañedo©

Santander-29-04-2021. 18,00

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El sol y ella.

El sol hace daño a estas horas, más cuando sales de la boca oscura de un antro como el mío. En donde la noche es un túnel en el que entras a eso de las ocho de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente alumbras al exterior. Una boca negra que absorbe la vida entre copas de gintonic, o whisky barato con  hielos que tintinean en vasos de tubo y un olor acre  a orines viejos, sudor, guano de tiempos pretéritos y cuerpos macerados por el deseo y la búsqueda de imprevistos. Detrás de la barra se conoce al mundo. Me lo dijo, Tonino cuando empecé: “chaval, fíjate bien, detrás de la barra vas a ver el reverso del mundo. Los colores, la vida cual luciérnaga, están afuera, aquí tenemos el suelo barroso de las copas derramadas, el agua jabonosa y mugrienta donde aclaramos los vasos y la bebida agarrafonada que servimos. El anverso  y el reverso , chaval. Desde dentro de la barra contemplamos con impunidad a la gente desnuda porque dejan la vestimenta para el frente. A nosotros nos dan la espalda y no temen mostrarnos las vergüenzas.  Mala cosa la noche, chico, te roba la vida porque cuando los demás se divierten tú trabajas, y cuando ellos curran, tú duermes. Pero entiendes cosas que de no ser por esta frontera de la barra no entenderías.  Total, te quedas sin vida, pero la entiendes mejor”

Hace tantos años que el Tonino me contó esa copla que no sé como la recuerdo. Era para poco, le dije entonces. “Será poco tiempo, este trabajo es transitorio, Tonino, mientras termino los estudios, para sacar algo y poder tirar” Recuerdo bien la sonrisa, teñida de socarronería y los ojos chispeantes que me ofreció al escucharme “He oído eso muchas veces, chaval. Esto te atrapa, porque como no vives no sales del agujero y no buscas. Si no buscas no encuentras…Y como se gana bien pues te resignas. Entonces te conviertes en murciélago. Te vuelves un puto animal nocturno que no sabe vivir de día porque la luz del sol ciega los ojos  obstruidos de tanta noche”

Tenía razón el jodido viejo. Aquí sigo. En el túnel por donde circulo como un ratón apresado que no sabe salir ni encontrar puertas por donde huir. Cada día me prometo escapar. Buscar, hacerme hombre de día, dejar las sombras y tornar al otro lado. Tornando cada  jornada tan doblado al  tugurio donde vivo que me desparramo sobre la cama hasta las seis, con el tiempo justo para hacerme un bocadillo, tomar una cerveza contemplando el techado del vecino y salir corriendo hacia el túnel. Así hasta la libranza, que me coge maltrecho y desarmado y con ganas de no moverme en todo el día, hasta que la noche me alcanza y se me despierta el ánimo. Los ojos veloces se tornan lobos inquietos que me prometen los placeres de caminar de barra en barra pero del otro lado. Convertido, por una noche semanal, en la comuna de los otros. Encontrándome con los que, como yo, habitan las tinieblas  rompiendo el tiempo a base de gintonics con hielos bailarines en nuestros vasos de tubo. Por una noche me convierto en servido, no en servidor. Por unas horas me torno en luciérnaga de luz que no se arredra ante nadie.

Y así pasamos el tiempo. Los dientes se ennegrecen, los ojos se apaciguan y se acomodan a las luces de neón y a la oscuridad. A base de no ver no soportan la luminaria ardiente del sol mañanero o tardío. Las carnes se acolechan, plegándose a los huesos de puro consumidas. La tez blanquea, con el color cetrino del polvo de escayola que nos convierte en seres fantasmales, solo visibles en cuanto la luna sale. Y el olor a bar viejo, a humedad y sombras se nos adhiere quedándose debajo de la piel.

Olemos a alcohol  macerado por un hígado cirrótico que envejece a pasos de gigante.

Durante tantas noches nuestro hábitat es  el recocido del barro que pisamos, el serrín derramado para despegar miasmas del suelo y el olor a desinfectante con que rociamos el tugurio para matar la mierda y que no nos ahogue. Todo ello se nos traspasa debajo de la piel. Olemos a noche. A cuerpo macerado en sudor y copas mal digeridas. A mierda vieja de baño mal aseado. Y ya nunca se va. Por eso nos movemos entre gente del gremio, por el olor. Nos reconocemos enseguida, por la blancura dispersa de una piel ajada y porque olemos a borrachera.

Hoy es sábado y verano. Días gloriosos donde los garitos se llenan, se hacen buenas cajas, caen propinas porque el calor da vida y suelta el talego. Mi bar no es sitio de lujo, ni tan siquiera está demasiado de moda por lo que apenas se nos mueve con los vaivenes verbeneros de los veranos donde el turismo llega con el ansia de estrenar una libertad atorada en pocos días y muchas ganas. En mi bar (que ironía decir mi, cuando solo es un lugar de trabajo)  solo caen los despistados que huronean la ciudad buscando flecos diversos.

Es un tugurio para fieles, con música viva algunas veces, las más eludimos modas transitorias y nos atenemos a lo que pervive. Rock viejo, jazz mechado de facilidades para no asustar. Incluso alguna vez flamenco.

La clientela la conforman los fieles, los gustosos por chigres sencillos con la aquilatada solera de muchos años sin cambiar ni la pintura de paredes ni el embaldosado. Chigres de copas baratas, que dejan caer al menor atisbo de hartura, con música leal. Casi siempre la misma. Con las mismas caras, con los mismos parroquianos que noche tras noche dejan la soledad en la puerta de entrada para solazarse con la soledad de otros, ajenas entre sí, las soledades. Sin apenas tocarse, identificándose como iguales, o al menos como similares. Casi formando tribu o un símil condescendiente de una familia desigual.

Allí trabajo y sobrevivo.

Hoy es sábado, ya lo dije. Hubo más gente de lo habitual. Llegaron algunos  turistas que  visitan los  pubs desconocidos como si exploraran un mundo soliviantado y perdido recalando en nuestra puerta como pudieron hacerlo en otra.

El cansancio y las copas que he tomado de soslayo, mientras el encargado rondaba por afuera, cierran mis ojos. Y este maldito sol que me deslumbra. Fue un error marchar caminando hasta casa. Me despedí de los demás, diciéndoles “Caminaré ,  necesito el sol, coño, que estamos draculeados, de tanta noche. Tengo la piel transparente” Insistieron -los amigos que me recogen al cierre-  en que me acercaban con el coche. Me negué con la determinación de una decisión no bien tomada pero ya era tarde para arrepentirme. Y el sol ciega. La ropa es inadecuada. Y el camino me arrasa. Quizá suba la cuesta y tome un taxi en cuanto pase uno libre y se jodieron las propinas con la carrera…

 

Es una hora extraña. Justo cuando el sol aprieta recién nacido sin que la brumosa ternura del rocío nocturno nos haya abandonado. Algunos, los más, van  retirándose de una noche de fiesta, los menos se reintegran a la jornada de trabajo con la cara malhumorada de recién levantado. Y más siendo sábado.

Aquí, es zona de playa y veraneo. No se nota tanto el trasiego laboral como en plena ciudad, la gente que me voy encontrando anda deshilachada de copas y de penuria al saberse que la noche no le fue tan propicia como para irse acompañado a casa y doblar la esquina del portal entre besos y promesas de sexo maltrecho.

Quizá  subiendo la cuesta, enfilando a la ciudad, se vean los madrugadores que  andan deprisa sin meta, tan solo por andar. O los que corren a por la prensa y unos churros para volver al calor del hogar y compartir desayuno y noticias. Algunos salen despistados, a pasear al perro, en la confianza de encontrar un día soleado y de asueto. Mientras los noctámbulos sestean con el ánimo inquieto y la duda de  seguir prolongando la noche un poco más o plegarse a lo que el cuerpo manda.

Dormir con la ropa pegada, el rímel en los ojos o la almohada compartida entre desconocidos. Amores frugales que se cimentan bajo techado, aliñados por  alcohol, dolores de cabeza y luces que difuminan y falsean un tétrica realidad consumándose en casas desconocidas, entre cuerpos que no se reconocen y que entablan una sutil batalla de egoísmos reconcentrados en minutos de placer que apenas dicen nada. Es la hora de la contienda, de la recogida, del carraspeo agrio porque las gargantas se han secado con alcoholes, tabaco o lo que sea que haya que tomar para mostrar una alegría falsa que no sale de dentro pero hay que tener colgada de la boca, a menos que queramos sentirnos dentro del oprobio y del fracaso.

Es la hora de la verdad. Cuando el vestido lustroso de hace horas se ha convertido en  harapo torcido que apenas da para cubrir la piel. Cuando el pincelado de humo de los ojos ha corrido cuesta abajo tiñendo las ojeras tornándolas violáceas y lívidas en su desamparo. Y unos labios resecos y escarchados muestran el cárdeno resto de un carmín barato y repintado a lo largo de horas y de besos malsanos.

La escarcha de luna se ha perdido, el brillo cenital de las luces que embellecen o amortiguan las imperfecciones tanto como el sol las descubre con el descaro que tiene cada día cuando ilumina sin vergüenza la cara oculta y fea de humanos que quieren ser lo que no son. Las luciérnagas cuando se apagan las luces tornan a ser la torva gusanera que siempre fue.

De pronto, como un rayo que me deslumbra con el esplendor de la ropa fresca recién tendida, tengo la visión más excepcional que se puede tener a estas horas. Una moto cárdena, dejando destellos que radiaban los ojos, ruge con el espanto de la espera. Encima, la galopaba un tipo con cabellera rubia,  macerada por el desorden de una brisa leve y falta de peine durante horas. Erguido sobre la maquina, estaba hermoso con la juventud rozando una madurez prevista a golpe de playa en verano, esquí en invierno, buena fruta y mejor vida, con unos ojos velados por unas Rayban  autenticas, no como las que vende el negro que nos visita cada noche con la mochila plena de imitaciones.

De pronto se las quita para contemplar algo que debe avanzar hacia él. Unas pupilas verdes, como carne de kiwi, sonríen entreveradas de venillas con el cárdeno haciendo juego con la moto. Los ojos se le arrugan en mueca desafecta con el brillante sol matutino y un esbozo de sonrisa satisfecha. Torna a ponerse las gafas y grita al vacío: “¡Joder Laura!  Llevo media hora esperando. ¿Vienes o no? Venga, que te llevo a casa y luego ya vemos…”

La sonrisa se le amplia mostrando  a las claras lo que desea ver y lo que espera hacer. El pelo se le enrabia mecido por la brisa, mientras por las escaleras del último pub de la mañana, donde se ve amanecer a ritmo de reggae mientras se toma el último o el penúltimo combinado, sube una especie de paloma alada, toda blanca, vestida con una especie de capa que baila al compás del viento que sube con ella escaleras arriba, justo desde la orilla del mar que murmura al compás. Un largo escote decora su espalda,  en la cabeza lleva un sombrero de ala muy ancha que la cubre hasta los hombros y torna sus ojos en espejismo buscado.

La mujer sube seria. Despacio. De pronto se vuelve, levanta su mano y saluda a los que deja detrás que la gritan zumbones:

¿A dónde vas Laura? no marches aún que queda tiempo, no seas gafe…– le dicen.

Ella sonríe, o intuimos que lo hace porque el sombrero vela la realidad hasta hacerla incomprensible. Responde al momento:

-Me voy, Patxi me lleva a casa en la moto. Hace tiempo que espera y estoy cansada-

-Tú, cansada…¡golfa! lo que pasa es que es Patxi y quieres acabar el día como dios manda. Hala vete, cabrona y no vuelvas más ¡Qué suerte tienen las guapas! nada menos que con Patxi” – le responde uno de los del grupo con profusión de pluma.

El sonido de su risa se sobrepone ante el aullido feroz de la moto que se mantiene expectante ante la mujer. Ríe y sigue subiendo, ahora más deprisa como si la ferocidad de la maquina le recordaran, de pronto, que un tipo llamado Patxi, rubio como la ceniza, con los ojos color carne de kiwi, fornido y bello la espera desde hace tiempo.

 

Imagino que no son nada. Se trata de uno de esos encuentros mañaneros que rematan una noche voraz de copas, risas, baile y quizá alguna droga. Suave, porque la gente tan bella no necesita sucedáneos. Les basta con la vida. Les sobra con el placer que les proporciona un cuerpo fibroso y bello, pleno de loca juventud.

Se para frente al tipo, que torna a subirse las gafas hasta la frente dejando los ojos sonrientes, plegados ahora al deseo y al placer de contemplarla. Ella también le   mira desde el final de los escalones. El  rostro se le abre a la sonrisa. También se levanta las gafas,  contemplándole alertada por su gritos, voltea la mano con un gesto que quiere decir: espera, o quizá le promete horas de placer difuso o simplemente le saluda con afecto.

Su vestido es inmaculadamente blanco para haber pasado una noche entre sombras. El sombrero también es blanco, lívido y maleable, con alas anchas que enmarcan un rostro que se adivina bello pero se esconde aún. Las gafas, por el contrario son negras, como azabache,  cubriendo la mitad de la cara. En la mano lleva un bolsito de perlas engarzadas, blanco también, que  rauda se cuelga en el  hombro para avanzar con brío. Calza sandalias que enseñan deditos maquillados de un rojo ensangrentado, con un tacón trasparente, que apenas se distingue haciendo que sus pasos se asemejen al andar de paloma.

Al llegar a la acera, le sonríe arrobada, lo que no convence al otro, que la apremia con la mano:

Joder,  Laura! que llevo más de media hora esperando…-

-Nadie te ha mandado esperarme, si lo haces es porque quiere- Le responde ella ufana.

Salvas de conquista, me digo, mientras contemplo la escena acodado en la barandilla que sirve de contención al paseo de la playa. Mis ojos no pueden apartarse de la pareja, contemplan el hipnótico encuentro entre dos amantes ocasionales y sus ganas de fundirse en aquelarre de sudor, placer y besos hasta hacerse uno y entrelazar los cuerpos en una sinfonía que será tan efímera como su belleza.

Ella,  le contempla desde la indiferencia de sus gafas negras que agigantan sus ojos. El tipo suelta un bufido que puede ser asentimiento o resignación. Es posible que piense que un polvo matutino bien merece la espera.

Quien coño te llevaría a casa, si no te espero yO-

Le dice,  fingiendo un enfado que no siente, porque la espera le sirve de maceración a su deseo.

-Oh, qué pena. Seguro que no hay taxis en toda la ciudad… o simplemente otro que pudiera llevarme-

La sorna se le trasparenta demasiado en una voz melosa, que quiere ser dulce y le sale con demasiado sarcasmo. Tanto que el otro la mira por detrás de las gafas con el ceño fruncido. Marca un acelerón a la moto, como si con ello ratificara que la paciencia -su paciencia- tiene un límite  mientras  ella aprieta el paso hasta llegar al borde de la acera donde está él. Quizá el deseo fugaz la aprieta ahora a ella.

La visión del tipo encima de la moto con el pelo destiñéndose con el ensalmo de un brillante sol, la estimulan.

Lanza una pierna encima de sillín, para ello sujeta el vestido, lo levanta hasta el final del muslo dejando a la vista del mundo una pierna musculada, fuerte, con la piel de chocolate con leche, pespunteado por el brillo de un vellito que adorna más que molesta. Esa pierna acaballada en la moto reluce entre los vapores de su vestido blanco. Con la mano que sobra levanta el sombrero dejando al aire un pelo que se alegra por la libertad y le besa la espalda bajando suavemente por los hombros camino del escote que casi toca cintura. Se adhiere al hombre, lo enlaza con sus brazos,  que ya la está esperando a punto de partir y con la ventolera y el grito de veinticuatro caballos de moto lustrosa arrancan. Ella, al abrazarse con ambas manos,  deja libre el vestido que flota impulsado por el viento que provoca la huida,  pareciendo más  unas  alas de paloma en busca de un nido que vestido de punto veraniego. Las piernas amarran a la máquina hasta fundirse con ella.

Desde lejos contemplo aquel tornasolado blanco que cabalga a lomos del caballo rojo y se tuerce por la primera curva en busca del placer que dan dos cuerpos bellos, que se despedirán a media tarde después de sudar y amarse como si fueran almas solitarias recién encontrada y me siento más solo que nunca. Acodado en la barandilla que brilla con el azul, tal que imitando al cielo. Contemplo la estela de aire que dejó la pareja y comprendo que nunca volaré con alguien parecido. Me siento ave nocturna. Ave de paso que anida en zonas oscuras y lóbregas donde nunca da el sol y si da es para otros. El sueño me alcanza. Ha sido una noche muy dura y comienzo a caminar.

Durante el camino, imagino cómo será la llegada. Subirán a la casa a golpe de besos y regocijo, con las manos aceleradas sobrevolando sus cuerpos y buscándose piel. Al llegar, ni darán tiempo a que la puerta cierre y comenzarán el baile del deseo cumplido. Ella, soltará su vestido de golpe, tirará el sombrero y el bolso encima del sofá y dejará su cuerpo al abrigo de la mirada del tipo que tomará en sus manos los pechos duros y pequeños que le miran desde el descaro. Luego fundirán su deseo una y otra vez hasta caer exhaustos uno al lado del otro. Quizá al mediodía despierten, salgan a comer después de una ducha conjunta o conversen mientras devoran una pizza de la noche anterior. Por la tarde él marchará con las huellas de la piel de ella, a su casa. Hasta el próximo sábado o hasta la eternidad. Ella, gatuna, se aletargará en el sofá mientras lee un rato o contempla,  entre vapores de modorra, lo que echan en la tele. Hasta la noche, que dormirá con la placidez de un cuerpo bien servido.

Cuando llego a mi casa, el portal se muestra más desvencijado aún que cuando lo dejé. Ya dije, que el sol saca defectos nuevos donde la oscuridad pone discreción. Las escaleras se inclinan hacia el lado derecho. Al subirlas el cuerpo se escora y pierde estabilidad, como si el mundo estuviera torcido.  Se escucha a un niño llorar desconsolado en uno de los rellanos. Tras de las puertas vecinas sale un olor a col vieja, a ajos fritos en aceite barato y a frituras de antaño. La puerta de mi casa me devuelve al mundo que habito y que pronto traspasaré para fundirme en un sueño que es posible me torne a montar una moto de alta cilindrada con una paloma alada a mi trasera.

Mientras, cuento las horas que me restan para volver al túnel y me digo que hay vidas que no saben vivirse.

 

Fin.

 

María Toca Cañedo©

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Caminos…

Y si al doblar la esquina

tu sombra me precede

tomaré tu mano con la mía

para caminar juntos

y que me abras compuertas

del infinito ausente…

del tiempo que no pasa.

Caminar  bien erguidos

sobre el asfalto ciego

y las nubes corridas

pondrán techo a las horas.

Entre sombras y luces,

entre rocío y agua

tendremos el destino

hasta el fin de los tiempos.

Con tu mano en la mía

con tu luz en mis ojos

con tu pecho ardiente

que anidará con celo

mi corazón ausente.

Y así, por tiempos  y en presente

andaremos la senda

del camino escarpado

que conduce, tranquilo,

hasta la eternidad.

Tú, yo, y de paso

todo lo que hemos amado,

 las luchas que libramos

cada día, alguna que evitamos

también será llevada

en la dulce maleta

que ambos aportamos.

María Toca

Santander 11-04-2021. 11,26

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Se me fueron los sueños

Me quedé sin mis sueños…

caminando de noche por la vereda umbría.

Se marcharon despacio, silentes,

sin hacer ningún ruido,

por la dolida herida

que produjeron sables de filo contenido.

Se diluyeron las viejas esperanzas

que arracimadas, fructificaban en una dulce espera,

envueltas entre linos de ilusiones gestadas.

Marcharon, las quimeras,

entre estertores tibios y penas  irradiadas.

 Huyeron livianas…

-que difícil, ahora, se me hace el camino-

Sin sueños, con el cielo perdido,

con noches largas, impías,

 que nublan hasta la madrugada;

el destino se agria, con los pasos cansinos

caminando en silencio, con la frente apagada…

hasta el sosiego duele.

Se me fueron los sueños…

como marcha el olvido,

con pasitos pastueños y casi sin sentirlos.

Buscaré entelequias

o labrar nuevas metas,

utopías diversas que llevar adelante,

porque caminar  sin anhelos

es como andar desnuda

y vivir entre fríos,

en el fiero destemple, bañada de rocío.

María Toca

Santander 7-04-2021. 19,30

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Me llevaré

Me llevaré el estío. El vuelo de paloma

y el olor de los pinos, cuando amanece en sombra.

El pedregal del río, cuando corre entre cantos

y se escurre entre prados regándolos de vida.

 

Me llevaré las horas pasadas frente al sol

derramando palabras en el lienzo perdido,

o contando historias y tejiendo  poemas…

imaginando sombras teñidas de vacío.

 

Me llevaré nostalgias, valles de nubes negras,

los recuerdos, los ayes y las falsas palabras

que escuché y que me dieron la pauta y la tristura

de saberme enviudada, viviendo en soledad

con alma cercenada.

Y al fin, portaré maleta bien liviana

con las pocas certezas que mantuve, seguras

y mil soles de certezas  muy plenas.

Como el otro poeta: ligera de equipaje,

porque, al fin, sola naces y más sola feneces

dejando la simiente de una sementera

más o menos sembrada de verdad o  ardides

con la senda olvidada y los pasos borrados.

Porque al fin somos polvo, mas polvo de un camino

que borramos a veces, o que sirve de ensamble

de más pasos perdidos.

María Toca

Santander-04-04-2021. 20,58

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Los Acompañantes

Ahí estaba la prueba. Sentaditos en la descalzadora de la habitación que mantenía la penumbra de las casas sombrías porque nunca las habitó la paz. Me contemplaban, ambos, con los ojos vidriosos de cristal empañado por el tiempo y el polvo. Casi les vi sonreír cuando me vieron entrar, como si  saludaran a una vieja conocida perdida en la memoria.

Ahí estaban los dos, mudos y descoloridos quizá por haber recibido rayos de un sol amortiguado por los faldones perversos de una cortina gastada o por limpiezas sucesivas durante años. Callados, como corresponde a los silentes que guardan el guano del tiempo para hacerlo saltar en el momento oportuno. Ahora. A mí. En ese mismo momento en que buscaba, acelerada con la cuidadora, ropa para llevar al hospital.

No pude menos que sonreír cómplice y pasmada. Habían traspasado la frontera de más, bastantes más, de cincuenta años y me contemplaba con la misma serena confianza de haberme conocido cuando peinaba  trenzas prietas, cinta blanca que sujetara las orejas, que ella me convenció que eran de soplillo y no. Eran orejas normales. Me convenció de que había que espantarlas y domarlas a base de la cinta blanca que dejaba libre un flequillo trazado a cartabón y regla y las apretaba hasta doler. Las mártires orejas de niña orejuda pero que era mentira.

En un primer momento pensé que no eran ellos. Imposible…después de tantos años. Al fijarme mejor, mis pies se clavaron y los ausculté con mirada de juez. Sí. Mi Tumbelino.  El pobre que nunca tuvo más nombre que el genérico. Tumbelino. Y la otra. Creo que ella sí tuvo bautizo y nombre. La llamé Maite por no esforzar demasiado la imaginación intuyendo que nunca serían míos. Porque no lo fueron.

La  cuidadora me contemplaba  con  ojos de ciervito asustado por el momento que acababa de vivir. Te desparramaste en la cocina dejando por minutos un cuerpo descalabrado e inerte jugando a escapar de la muerte para luego revivirte y mutar en un ser rellenado de odios ancestrales, mitos pequeños que los entendidos llaman paranoias y hace cien años hubieran llamado, simplemente y con más acierto, posesión demoniaca. La chiquilla poco preparada para contemplar a la muerte merodear una limpia cocina estaba tan asustada que al verme dudar en la entrada del cuarto, el susto la cohibió más.

-Yo no puedo abrir sus armarios, señora. Ella no me deja. Ni tocar sus cosas…No sé donde están las camisas nuevas-

Y la mirada se le huía, alternando del armario a la silla donde estaban ellos y que yo seguía contemplando arrobada. Con el susto creciéndole en el cuerpo, quien sabe si pensando que la locura era hereditaria y estaría delante de la depositaria de mayores tormentos.

-Está bien, Yulia, no te apures. Yo asumo la responsabilidad, venga vamos a abrir los armarios y escogemos la ropa-

Respondí con la inercia que da la costumbre y la corrección hipócrita lustrada por los años. Pero no podía apartar los ojos de aquellos dos que seguían sentados, juntos, con los ojos apaisados y muertos.

-Desde cuando están esos ahí Yulia- pregunté para romper el hielo.

-Desde siempre. Cuando yo empecé a cuidarla ya los tenía. Siempre en esa sillita, los sienta de  la misma manera, porque a mí no me deja tocarlos-

-Ya. Es que no se pueden tocar-

-¿Por qué? Si le digo la verdad, señora Lupe, desde el principio me han dado miedo. Es entrar en el cuarto y encontrarme con esos ojos clavados en la puerta como si esperasen a que volviera algún fantasma del pasado. Ella nunca los deja tocar…Los limpia, los habla, los coloca a su forma. Siempre igual-

-Sí. Quizá es que me esperaban a mí-

-¿A usted?-

En las pocas conversaciones mantenidas con la bella ucraniana no conseguí que apeara el tratamiento, condicionada por ella. Aunque no fuera de raigambres sociales, que más bien le daban un poco igual, solo por marcar distancias. A ella lo que de verdad le importaba es que la supieran rica. Que le rindieran la pleitesía debida al dinero que supo acumular con el escarnio del aprovechamiento, la especulación más descarnada y también con el robo disimulado de buenas intenciones. Ese era el poder que le gustaba ejercer. Gran señora adinerada, hecha a sí misma, obviando que todo partió de un origen  distinto. El que la llamaran señora o doña Guadalupe la traía al pairo.

Ella solo quería ser rica. Y lo era. Como lo son los grandes avaros literarios. Sin parecerlo, viviendo en la penuria, escondiendo las sábanas de hilo y durmiendo en las de basto algodón embolado de ponzoñas y remiendos. Viviendo en una casa ensombrecida y pequeña pudiendo hacerlo en un palacio vistoso. Le daba igual no estar cómoda. O parecer pobre. Ella sabía que no lo era y con sus garfios malsanos ensamblaba suficientes palabras para enhebrar el miedo en sus interlocutores y hacerles saber que era rica, que poseía el cetro de la maldad. Una maldad sin fisura ni líneas que no se pudieran cruzar. Porque para ella no había veda. Ni fronteras. Era mala y rica.

-Sí, Yulia, me esperaban a mí. En realidad son míos-

-No lo entiendo-

-Ya, es normal. Vamos a buscar la ropa no sea que se despierte y la tiren de urgencias. No hay nadie que la recoja de no ser yo-

Comenzamos a buscar entre el marasmo de camisolas desconchadas, cuellos macerados por el uso , camisas de colores chillones que  usaba en mezcolanza atroz de vieja que niega que lo es. Conseguimos una camiseta violeta y un jersey, torturado de bolas, de color lavanda. Mala combinación, me dije, que le hará parecer más esperpento aún. Sonreí para adentro, contemplé a los dos de la silla de soslayo y busqué algo de ropa interior. La repulsión se apropió de las buena intenciones, nada más abrir uno de los cajones, en los que suponía guardaba bragas enlodadas de tantos lavados que estaban plegadas como papel y enormes sujetadores que habían dado forma a unas ubres agriadas que alguna vez me amamantaron. Unos zuecos y ya. Habíamos completado el ajuar que llevaría al hospital para volverla de vuelta al mausoleo desolado que tenía por casa.

Al salir los contemplé con simpatía y pena. Pobres. Habían compartido el sueño con ella durante mucho más de cincuenta años. Habrían escuchado sus ronquidos de hiena, el respirar ambiguo de una vida disfrazada de inutilidad cuando solo era una vileza consentida por una sociedad que acoge a seres como ella y los protege. Habían estado mientras ella ladraba insultos o tejía tramas para el expolio o las malas artes que luego de día ejecutaba.  No se habían separado de su lado en dos casas. Todos los días. Todos los meses y todos los años en lo que el resto de humanos tuvimos que huir ante la ponzoña de su vaivenes personales. Ellos, no.

Me despedí, sobre todo de Tumbelino, que fue mi favorito porque ya sabemos que a las niñas nos convence la historia de que hay que tener bebés, cuidarlos y mimarlos para perpetuar la estirpe. No lo consiguieron  aunque cuando llegaron a mí, la mañana de Reyes de hacía más de cincuenta años me prometí ser una buena mamá para mis nenes recién llegados. Los mismos que hoy me contemplaban con los ojos vidriosos y sin vida. Los mismos que ella -después de jugarlos durante no más de una hora-  retiró colocándolos en la descalzadora donde ahora reposaban.

-Los muñecos no son para ti, que los rompes. Los muñecos son para adornar. Y que no te vea yo tocarlos nunca, que los manoseas y se estropean-

No le hice caso. En las innumerables horas de soledad de una infancia desconchada  los tomaba en mis brazos, los acunaba e inventaba una familia feliz con que rodearlos de amorosos cuidados. Luego, cuando intuía que llegaba la hora de su regreso y se nublaban las luces matinales satinadas por la pérgola gris de su mirada escrutadora por toda la casa, los devolvía a la descalzadora donde ahora reposan, cuidando de que mantuvieran la misma postura y no hubieran sufrido magulladura alguna.

Hoy, al verlos tan formales con los ojos marchitos, supe que había tenido la “suerte” de ser parida por un monstruo. Y esa certeza no me convenció ni aplacó las dudas sobre mí misma, pero extendió un ligero manto de sutura sobre varias heridas.

 

María Toca Cañedo©

 

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Con cada nuevo embate

se me cansan los huesos

– se me entienda- andan viejos, maltrechos

sin atender, a veces, a las ordenes prestas

de correr escaleras.

Lo confieso: dolientes están,

desde hace  muchos años…

Ocurre que he corrido tan rauda

en pos de varias utopías

-quizá solo ha sido para apreciarme un poco-

o reconstruir despacio lo que al nacer torcieron.

Con cada paso un trueno,

en cada esquina un miedo disparado,

mas yo, presta, me  construí techados

y ladrillo a ladrillo, levanté la guarida

donde esconderme,  poniéndome a cubierto.

Luego llegaron vientos y muchas tempestades

que alzaron las tenadas, arrumbaron paredes.

Más tarde  tornó el frío…

el aire cruzó la estancia, barriendo los detalles

y otra vez, los caireles, sonaron al oído.

Vuelta a levantar muros,

 guarecerme en baluartes,

conquistando rincones…conociéndome un poco.

-Fíjate- me dije, hasta llegué a apreciarme…

Dejé de sentir frío, de andar entre las sombras

conquistando, en reñida batalla, ejércitos de voces,

poesía, muchos cuentos

y escribí algunos libros.

Todos o casi todo, lo hice, es  posible, sin cuenta

…para quererme un poco

hasta que el viejo lobo, asaltó las defensas.

Atacó con sus fauces, los sembrados que había.

Y yo de nuevo,  me torné a la intemperie

quedándome desnuda y temblado de muerte.

María Toca Cañedo©

Santander-31-03-2021.  19,35 (comenzado) (terminado) 1-04-2021. 14,29.

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Sin perdón

Se volvió abrir la sima  engullendo las buenas intenciones,

los susurros tornáronse en ladridos

y las palabras mordieron con sus fauces

dejando al descubierto a las viejas heridas

que sangraron de nuevo

como si, al punto, se tornaran primicias.

Costurones de espanto, brotaron de la fiebre

-parecía tan débil- pero no, tornose luego en lobo.

Segó con tanto odio, las pasadas penurias

tiñéndose de rojo, la sala en que yacía,

ladrando obscenidades, sudando odio encendido.

Luego se hizo de noche, el espanto torció

la esquina, como antaño. Por el desagüe fueron,

las promesas  ungidas. La calma, el resurgir

y las horas calladas que cubría el sosiego.

No habrá más cercanía, ni reposo de paz.

No volverán las luces a empañar los crisoles

en donde me sentía segura, pensando,

que con los años, algo, sutil, breve…

pero había cambiado.

Y no. El lobo jamás pierde ni las fauces ni el diente

cuando puede te abraza con su larga mirada

para, de cerca, hundirte, una cruel dentellada…

Soñaré que no existe. Sacaré su vidriosa mirada

de mis horas, y luego, enterraré muy hondo

lo que de ti me llama.

María Toca Cañedo.

Santander-26-03-2021.  23,18

Solo la muerte expurgará las vidas.

Las hará olvidables, borrará lo pasado y llegará el olvido.

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Augurios

Anda el futuro incierto,

 manchado de grisuras con nubes plenas

de lluvia oscura,henchidas de tormentas

prestas a descargarse al menor tino.

 

Bronco está  el horizonte,

allá, a lo lejos,  saltan tormentas…

 que en  lontananza desatan truenos.

Detrás de las montañas se huele la hojarasca

que arrebolada y brava

se torna hacia la casa, cual viento agreste

marchando, torvo, por las  alcobas.

 

Está la tarde triste,

cubiertas las montañas de  malos cirros;

cual  pozos  humeantes

sobrepasan los cielos

y se adivina cerca tormentas bravas

que, de soslayo,  rodean lindes, invaden tierras.

 

Se acerca sigilosas adversidades

que en forma de colmenas se abren y cortan

el cielo y su raigambre cada mañana.

Los miedos se me acechan, ojos y luces

escrutan en la esquina de la morada

que llenan de nimbos negros los aledaños

y se intuyen lobos fieros tras de  los vanos.

 

Niña, refúgiate en la casa

que mi regazo abierto sea tu cuna,

no me salgas deprisa al extrarradio

que la galerna augura

males pasados.

 

Tornan viejos desmanes, odios inciertos,

regresan, con lento paso,  torbos rencores .

 

Vente niña, entra en la casa

donde mi cuerpo sirva de parapeto

para que la tormenta no te arrebate

ni los malos vientos se me adelanten.

María Toca Cañedo©

Santander-17-03-2021. 16,51

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