Días como estos.

Hay días como este

donde tornan fantasmas

a poblar los espacios

que dejaron vacíos

el viento y la penumbra

de las viejas historias.

El abuelo en la silla,

 mientras la abuela cuenta…

los silencios hablaban

y el miedo crujía.

Son historias antiguas

contadas por los viejos.

Una guerra cruenta,

siniestros que rodaron

por años y por vidas.

Fueron tiempos pasados

que dejaron un ruido

y las sombras perdidas

de una vieja contienda.

Dicen que somos dos Españas,

que no hablan entre ellas,

dicen que no podemos

iniciar el descanso

que nos deje dormir

en la paz de los justos.

Dicen    que nos odiamos,

dicen que somos malos.

Mas yo tan solo veo

unas confusas odas

plenas de luz y llanto,

madres que devoraron

el solaz y la muerte.

Regaremos con paz

las simientes de miedo,

hablaremos  después

y quizá escuchemos

el lamento encendido

de quien habla lo mismo.

  1. M. Toca.

Santander. 24-05-2020. 0,33.

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No tienen nombre

No son nostalgias,

aunque bien pudieran serlo,

ni dolores cautivos de otros males

¿melancolías hueras? puede ser

aunque, a fuer de ser sincera…

no puedo estar segura que lo sean.

Es una desazón tibia, insegura

que me mantiene latente y cabizbaja,

una emoción sin voz, una cantata

que apenas tiene melodía.

Son tañidos que no se oyen,

escorzo de figura desalentada

y sombras, muchas sombras,

que se enhebran,  caminando

en franca retirada.

Son versos sin rima,

son palabras no dichas,

apenas ni pensadas

que crecen, cual mala hierba

y que germinan,  cada noche,

escondidas, debajo de mi almohada.

Allí se sienten bien seguras

por eso, cuando duermo,

se me infiltran entre el sueño y la penumbra

trepando por mis sabanas

y en el despertar de madrugada,

cual hiedra fresca,

se agarran a la memoria,

la hacen presa.

Me silban tristuras en el alma

me cuecen las penas olvidadas

y cuando crecen los esbirros  que me abrasan,

brotan raudas, cual ramas bien regadas.

Por eso, tomo la pluma,

papel o folio descarnado

y uso balas, en forma de palabras

     …como forma de exorcizarlas

a base de romances,  cual metralla,

que aunque viles y sencillos,

me sirven un poco  de terapia.

  1. Toca©

Santander 13-05-2020. 10,57.

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Imaginación

Hay veces que a una le llegan controversias, o comentario censores casi siempre de algún humano que provocan una especie de cascada de imágenes. Lo confieso, no puedo evitar que mi mente juntaletrera se dispare. Me los imagino con un terno gris, caspa en los hombros, pelo plegado de grasa vieja, dando chupetadas largas y salivosas a un puro encebollado que lo mantienen entre  unos dedos amarillos de tanto humo y calzando botines decimonónicos. Se percibe el olor a guano y a cerrado reconcentrado en un cuarto relleno de legajos y carpetas de contabilidad de principios del siglo XX que apesta al visitante, mientras ellos, con ojos aguachirlados y legañosos, que se escudan detrás de un monóculo, conspiran contra cualquier tipo de modernidad.

La fámula viejuna, como ellos, les sirve una sopa de ajo aguada en  loza descascarillada, mientras la pata de la mesa oscila con puntual ritmo.
Que lo mismo son haters que escuchan a Metalica, pero así es la mente que calzo: calenturienta.

  1. Toca©
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Los Libros

No conozco barrotes que me prendan

o  encarcelen mis días

si entre ellos hay páginas, papeles

que mi mano deslice abriendo el enrejado

que aprisiona mi mente.

No conozco más cárcel si hay libros que custodien

la libertad mientras una alas muy grandes

se desplieguen y vuelan

sobre aquellos papeles que pasean mis ojos,

abriendo las paredes.

Porque con ellos formo élitros volanderos

y mis ojos se convierten de pronto en ganzúas

que arrebatan y abren

las puertas, los barrotes y  las prisiones  regias.

Con ellos vuelo alto, por montañas y valles,

por llanuras, y los ríos que visito

me bañan toda entera,  sin haberme mojado.

También  abro las puertas,

horado piedra y labro

las bonitas historias que me cuenta la vida

…o la crean conmigo.

Ellos forjan mis sueños, amantes y sutiles

como nubes de escarcha que brotan, fascinadas

por el suelo… y me habitan.

Jamás habrá cárcel, barrote o cerrojo

de la que no me escape

si en mi mano poseo un libro, una historia

 o un poema perdido

que contarme, tranquila,

 mientras tanto… espero

a que lleguen los hados.

María Toca

Santander- 23-04-2020. 23,18

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Morirse bien

Hay momentos en los que a la memoria se le vuelve la cara y nos trae historias que se plegaron en olvido, por poco importantes o indecisas con el devenir diario. Es tiempo de reposo y confinamiento, quizá por eso asoman

Estaba yo acompañando a una médica que debía realizar un curso de capacitación a fin de desempeñar un trabajo en mi empresa en un centro médico piloto de Bilbao. Al ir de acompañante mi tarea era  supervisar que todo fuera bien y en un momento determinado ejercer de cobaya de los trabajos realizados por mi doctora. Poca cosa. Lo cual me permitió confraternizar con personas, que como yo, acompañaban al resto de médicos/as. Enseguida  entramos en charla entretenida  -ya saben ustedes que las mujeres somos rápidas en entablar contacto intimo- Una de las chicas, que como yo esperaba,  me resultó agradable desde el principio y el charloteo se bifurcó por sendas conocidas.

Era enfermera del Hospital Universitario de Navarra. Ya saben ustedes, el Hospital del Opus, donde se trata la élite de este país y donde van a morir los ricos. Tal cual me explicó ella, la segunda aseveración que yo desconocía. Intrigada intensifiqué las confidencias, es lo que tiene dedicarse a esto de contar historias, nos convertimos en escuchadoras compulsas.

Hablamos de los tratamientos de su hospital y en un momento surgieron nombres que me eran familiares. No por mis lazos con las elites palatinas, sálveme dios, sino porque a través de mi trabajo había conocido a las personas citadas por mi circunstancial amiga, que no nombraré por la lógica discreción que debe guiar un relato como este.

Una de las referidas personas, era un magnate de un laboratorios internacional,  francés, aristócrata por familia con castillo en el Loira incluido, investigador, medico y biólogo de mucho tronío. Un tipo que conocí bastante, por ser en diversos cursos,  del que aprendí mucho; gracias a él, años más tarde, realicé mis estudios de Nutrición y Dietética debido a que me supo influirme el interés y la importancia de la alimentación en la salud. El hombre se había casado en segundas nupcias con una joven (cuarenta años menor que él, por lo menos) cosa que yo conocía.  Sorprendida por conocer sus últimos días, que la indiscreta enfermera me refirió con detalle, quedé espantada ante el trato vejatorio que sufrió de manos de su esposa. Abandono total, insultos variados. Me contaba que el mismo día en que le dijeron el poco tiempo que le restaba de vida (tres meses, creo recordar) ella se ausentó debido a que tenía cita en el spa del hotel. Le dejó solo ante la sentencia. Y solo ante la noche negra en que sabes que tus días en la tierra están contados.

Las visitas, recordaba la enfermera, era torturantes para el personal sanitario porque los gritos, los insultos y los desprecios eran escuchados por la amplia  planta del hospital. Eran de ida y vuelta, no se crean que el enfermo andaba corto de dispendios oratorios. Eran trifulcas notables. Nadie más le visitó. Tenía varios hijos, bastantes sobrinos…Nunca se vio a nadie por allí salvo  la cruel esposa que, por supuesto, heredó a su muerte el total de las propiedades del finado. Murió solo o peor, confinado entre desprecio y vejación. Era inmensamente rico y poderoso.

La segunda conocida era una mujer. Dueña a su vez, de otro laboratorio, quizá el más importante de España, extendido por todo el mundo, pionera en muchos avances de la cosmética vanguardista, con patentes importantes y miles de empleados en sus empresas. Toda una multinacional española fundada por ella en los años sesenta del pasado siglo.  Tenía una amplia familia, con varios hijos, sobrinos, hermanos…La enfermera confidente refería con ironía que ingresó con un impresionante abrigo de visón que combinaba con pijamas y camisones lujosos durante toda la estancia (en esas clínicas no hay batas desculadas, por favor, eso es cosa de plebeyos) Un peinado crépado y lacado hasta dejar la capa de ozono bajo mínimos y un cofre que portaba entre sus manos y cerca del corazón. Siempre que se movía lo hacía con el y el cofre, que portaba cual alma en pena por consultas, pruebas y exámenes médicos. ¿Quieren saber que portaba el cofre? Joyas, naturalmente. Las mil y una noches en versión oro, platino, diamantes , esmeraldas, perlas y todo lo imaginable. Joyas. Solo joyas. También llevaba consigo una almohada que controlaba con preciso ojo. Buenas broncas se hicieron merecedoras las enfermeras que no trataban a tan regio cabezal como es debido y sobre la que la digna señora aposentaba su cabeza cada noche. Nunca durmió sin ella.

Contaba mi interlocutora que recibió pocas visitas, de lo cual se alegraba nuestra confidente porque en ellas los gritos, aspavientos y juramentos araméicos  se escuchaban en  todo el hospital. En dichas discusiones, siempre se hablaba de dinero. La señora del visón y el cofre, fue al hospital a morir, tenía un cáncer terminal y  la única opción era tratar a la desesperada. Como les digo, a morir pagando caro. Y sus visitantes aplomaban las visitas con gritos y amenazas, en algún caso hubo que entrar a separar peleas que pasaron de lo semántico a las manos.

La señora murió sola, con su cofre bien amarrado en el pecho, la cabeza entornada en su almohada de pluma de cisne sudafricano (perdonen la licencia, que no sé si tales cisnes existen) y sola. Sin mano amiga ni familiar que meciera su último suspiro.

Por supuesto los funerales fueron multitudinarios en la sede de sus empresas. Los hijos/as y demás familia , asistieron enlutados y lloroso cual es menester en esos eventos. Todo el mundo glosó la genialidad de pionera de la señora del visón y será recordada por los años de los años como gran benefactora de la empresa privada, con fundaciones solidarias y dando nombre a alguna plaza de su pueblo.

Entenderán que asistí ojiplática al relato, preguntado enseguida si eso era excepcional. Esa forma abrupta y solitaria de morir, me refiero. A lo que mi confidente respondió con una risa franca. No, no era excepcional, dijo, en los siete años que llevaba en el puesto de jefa de planta, lo excepcional, lo terriblemente excepcional era que alguien tuviera una familia cariñosa. No más de dos o tres casos pudo recordar. Siete años. Planta de terminales. Dos o tres casos de familias cariñosas…El resto, me dijo en susurro no exento de jolgorio,  o morían solos (lo cual era preferible por el personal, y hasta por los finados) o convulsionados por una familia que asemejaba más a manada de lobos hambrientos que ignoraban al enfermo/a o directamente le maltrataban.

Eso sí, una vez consumado el mortuorio las exequias eran puro lujo de contrita pena, trajes de marca y coches de gama alta.

Este relato no tiene moraleja, ni epilogo. Quizá en estos tiempos tan malogrados para la vida se me tornó a la cabeza como forma de pensar en eso de que “vanitas, vanitatis…” Por decir algo, vaya.

 

María Toca©

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Comodidad

Que cómodo me sería pasar siempre en puntillas
por las cosas molestas,
no percibir las voces que gritan los silencios
ni escuchar el lamento
de los nadie, que a veces, entran en mis oídos,
a pesar de que sordos, los quisiera, o hundidos
en las voces corrientes, las comunes
que a toda hora se oyen.
Que más quisiera yo que poder hacer flecos
con el vestido viejo de una realidad fea,
que lacera y escara
las carnes de vecinos. O la mía…
Asistir a aquelarres, ausente,
nadando siempre, a favor de corriente.

No me guía interés, ni gana, se lo juro.
Ni merito, ni rabia, ni elección,
nada de eso es consciente,
a veces hasta me pienso que un hado
me tiene, presa en el subsconscuente.

Pasar entre las olas, a favor de los vientos
y jamás despertar entre nubes y sombras
que asolan las costumbres
y me pierden entre unas horas largas
que asolan y que muerden.
M. Toca

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Demonios

Tenemos que atar bien en firme

los demonios que llevamos dentro

en lugares oscuros, sin tiento,

y luego tirar la llave  abajo

en un lugar que llamamos infierno.

Atar los  demonios con fuertes cadenas

para que no salten, con furia

y asolen con garras el pequeño cielo

que tenemos conformado

con todos los sueños.

Porque al fin, ellos, los demonios

andan trasteando por los andurriales

que conforman  la justa parcela,

junto con los otros, los buenos,

peleando, entre ellos…

como buenos hermanos.

Y así, en confrontación

se pasan  la vida, mientras yo opto

por uno o por otro, intentando

que guarden la paz y un debido decoro

sin menoscabo de verlos peleados.

María Toca©

Santander.11-04-2020. 18,47.

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Cosas pequeñas

Tengo que rellenar las horas de cosas tan pequeñas,

sutiles, frágiles, inútiles cosas

que llegan como humo y apenas vistas

marchan, tal que vinieron, sin dejar más huella

que un bienestar en la memoria

y un tenue rayo de luz en mi alcoba.

Cosas, como el aire que respiro

el sol que salta entre las nubes

para acariciarme la piel en escorzo cada tarde.

El olor a hierba cuando llueve

a estío si la solana calcina, a ratos, la ventana

y una sonrisa esbozada,

 por esa desconocida que  entre sombras,

me contempla soslayada y sorprendida,

 cada tarde en el  espejo de mi casa.

Cosas pequeñas, variadas

que llegan volando esas jornadas

de cansada escritura cuando una música amiga

se posa en mi ventana para recordarme

que aún con todo, queda vida

y la gente, ahí fuera,

tiene un alma que entregarme.

La llamada de mi niña…

el recuerdo vago del olor de su piel recién bañada

y el pelo desparramado por  mi almohada.

Cosas pequeñas, como la mirada cómplice

del vecino que jamás habla y que ahora

se asoma a la ventana

buscando el calor de otras miradas…

Cosas pequeñas,  tan simples y fútiles

que me construyen a tajos una almena

donde me refugio y parapeto

esperando que pase la tormenta

para tornar a la tierra donde habito.

María Toca©

Santander- 10-04-2020. 12,47

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La Ley del señor Prole

El reloj  sonó como cada mañana, exactamente a las  seis cuarenta y cinco con treinta tres segundos. Con la precisión suiza que tanto valoraba el señor Prole. Confiaba ciegamente en su reloj de sobremesa que todas las noches, sin dejar una, programaba de forma manual a fin de despertar con el alba, tal como le gustaba y de esa forma comenzar las rutinas cotidianas con puntualidad.

El señor Prole estaba jubilado. Hacía cinco años exactamente que fue liberado por el Estamento Publico de todo trabajo. Recibió, hasta el presente con puntualidad, no suiza, pero  sí la del país, Llewro, que era el suyo, el día de la misma manera. Los llowrelianos era puntillosos y eficaces como los suizos, se dijo el señor Prole. O más. Bien que le constaba al señor Prole ese axioma que hoy, precisamente hoy, se repitió con una lejana y triste certeza.

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Lo sabía porque él tenía mucho que ver en la estructura perfecta del poder. El señor Prole había sido diputado en la Cámara Principal de la República de Llewro. Por sus manos pasaron muchas de las leyes que hoy enorgullecían a la población, casi podría decirse que el mundo al completo admiraba la programada felicidad y el progreso de su país. Llewro. Al apagar el timbre desafecto que durante cincuenta años no había faltado ni una sola mañana a la cita se lo pensó también. Y sin reticencias porque el señor Prole era justo, con un sentido cabal y coherente de la justicia de la que se enorgullecía. Hoy también realizó la jaculatoria de admiración y agradecimiento a su país. Salvo por la pequeña fisura que se abría paso entre sus seguridades, era un día como cualquier otro. Salvo por la fisura, ya decimos.

Al poner el pie en el suelo una baldosa chirrió al tiempo que la piel pedestre se quejó de frío. La baldosa se movía como tantas en el apartamento 101 de la calle Silencio Numérico de la ciudad de Charrintong, en el país de Llewro, como hemos dicho. Hacía tiempo que las baldosas no se ajustaban al suelo padeciendo un bamboleo ruidoso que marcaba los pasos, la humedad y los años las habían removido de unos fijos cimientos. El señor Prole lamentó no haber tomado medidas al respecto. No era bueno ese vaivén que se producía al andar,  el tintineo de sonidos que ocasionaban a su paso  rompía el dulce silencio matinal.

Abrió el ventanal que dejó pasar un aire comprimido de frío y desolación invernal acompañado de un ligero aullido producido por  la brisa que remozaba las escasas hojas desprendidas de unos árboles canijos y encallados en el asfalto. El señor Prole no se dejó intimidad por la destemplanza del clima de esa mañana. Al fin comenzaba la estación invernal y era lo que tocaba, se dijo con aire resignado. Pronto la nieve volvería la turbiedad de la calle en manto níveo decorando la grisura de unas aceras desconchadas en un raso de pura y lechosa blancura. Y eso le gustaba al señor Prole.

Contemplar el paisaje nevado, impoluto, mientras la tibia madrugada rompía la nocturnidad con alevosa calma, trasformando, aunque solo fueran unos minutos a la plomiza ciudad en un decorado níveo, le entusiasmaba. Quizá fuera porque recordaba los lejanos años de la infancia cuando Llewro no se llamaba así ni él vivía en el apartamento 101 de una calle sin alma y trotaba feliz entre los árboles que a su paso desplomaban la nieve en forma de virutas que se le escondían entre el cuello del abrigo haciéndole cosquillas y hacía bolas con sus manos para estamparlas en la falda plisada de la niña Letal. Letal, corría y reía a la vez como un diablillo lúdico zigzagueando para luego parar y suplicar perdón. El pelo de Letal era como un manto dorado que se desplegaba a ráfagas sobre la nieve.  Él, avariento, la besaba en los labios. Unos labios que le sabían a bosque, a hierba fresca y a veces hasta a frambuesa.

Hoy el señor Prole recordaba a Letal y a la arboleda en donde pasó la infancia; al hacerlo la frente se plegó casi en dos mitades ante la certeza de que jamás volvería a correr entre la espesura ni besaría a Letal ni tan siquiera volvería a ver la nieve. Algo parecido a una preocupación enfrentó al señor Prole al día presente. Lo cual no fue obstáculo para realizar, como todos los días, sus ejercicios gimnásticos frente a la ventana. Era rutina fija. Como la del reloj. Durante cincuenta años a esa hora exacta, las siete y doce minutos , el señor Prole emprendía una tanda de ejercicios que duraba exactamente treinta minutos. Si algo distinguía a los habitantes de Llewro y a él en particular,  que era claro exponente de un sistema exitoso, era la disciplina. Y la puntualidad.  Realizada la tabla programada, tenía tres diferentes para no acostumbrar el cuerpo a una amoldada rutina, salió de la habitación dejando la ventana abierta a fin de despejar el apartamento 101 de las miasmas del sueño.

 

Encaminó los pasos hacia el baño a fin de asearse. Como cualquier día, quizá hoy fuera un día especial pero el señor Prole no estaba dispuesto a dispensar ni una sola de las rutinas que habían conformado su vida durante cincuenta años.

En su marcha le acompañó el ruido del tintineo baldosil porque durante el largo pasillo que confinaba su estancia al fondo de un lóbrego espacio había varias, muchas, bastantes al menos,  baldosas despegadas. Era imperdonable el descuido, se lamentó el señor Prole. De todos modos, se dijo, ahora ya poco importa. Y una sonrisa leve convirtió sus finos labios en mueca agria, que bien podría ser también un gesto de incierta amargura.

El agua de la ducha  salió fría, como todos los días. Ellos aseguraban que era la temperatura lógica para la estación, pero no. Estaba fría. El señor Prole se había quejado en repetidas ocasiones sin mayores consecuencias, ni mejoras. Seguía igual. Un lento escalofrío recorrió su cuerpo al dejar que el agua recorriera su espalda enjabonada hasta correr hacia la turbia cloaca que absorbía las miasmas.

Enjabonó su cuerpo y su cabeza con el  dudoso jabón que olía a rancio y a guano antiguo  restregando su  torso con furia debajo del chorro de agua fría por ver si lo templaba. No ocurrió. Al fin, saltó hacia el suelo dejando que el agua contornease el cuerpo secándolo con fuerza inusitada para su edad. Porque el señor Prole hoy cumplía setenta años. Se dijo con el orgullo de mantener la piel tersa, el pelo arrebolado, aunque veteado de plata, lo cual, casi le hacía más interesante, se  pensó, contemplando el conjunto mientras apuraba un afeitado exhaustivo y preciso. Los brazos lucían fuertes, marcando el bíceps y el tríceps sin colgajos externos. La tripa no se había desbordado jamás del ancho merecido. Y las piernas firmes también,  le asentaban sobre el suelo que pisaba con garbo juvenil. No, no podía quejarse el señor Prole de su aspecto. Aunque hoy cumplía setenta años.

Se peinó, luego encaminó los pasos hacia el dormitorio en busca de la ropa, que como todos los días de su vida activa  durante los cincuenta años anteriores, se había preparado con esmero la noche anterior  esperándole lustrada y perfecta en el galán de noche. Terno gris, camisa azul cielo que combinaba perfecto con sus ojos. Unas pupilas de un azul aplomado que le habían producido ventajas al provocar tentaciones entre las mujeres que con ese motivo y otros menos confesables le agasajaron y le complacieron a lo largo de su productiva vida. Algunas se le asomaban a la memoria ahora. Solo las importantes. No muchas la verdad, porque el señor Prole fue buen degustador pero pronto se hartaba así que en los recambios se le fue la intención. Pero sí. Algunas se asomaron a la memoria ese día, precisamente el día que cumplía setenta años. Porque hoy era el cumpleaños del señor Prole.

Con la calma debida se deshizo del albornoz que con los costurones y los deshilaches marcaba el tiempo que llevaba protegiendo el cuerpo del señor Prole, antes azuzó el edredón a fin de que soltara los restos del calor de su cuerpo y del sueño, acaldó el resultado y procedió a vestirse. Despacio, dando a cada prenda el tiempo preciso para acostumbrarse al cuerpo y tallar su figura impoluta. Comprobó el resultado en el anciano espejo que desde el renqueante armario le miraba con sus ojos y moteado en óxido. Satisfecho, dejó el overol colgado del galán para proceder al refrigerio. Café solo, tostada de pan rexeso con algo que simulaba mantequilla y no era más que un engrudo espeso fabricado en masa como alimento básico en los bien pertrechados talleres alimentarios de Llewro.

El café tampoco era café porque desde hace mucho, el brebaje adorado,  no era más que un recuerdo. Hacía tantos años que los cafetales, antes tan prolíficos, se habían esquilmado que ya ni  se acordaba del sabor de la bebida añorada. El olor, en cambio, sí lo recordaba. Y podía olfatearlo a veces tal como cuando de niño despertaba y el padre había puesto al fuego la vieja cafetera de hierro forjado que rebullía al poco, soltando un chorro del aroma soñado que los ponía en pie porque era, ese olor y no el despertador, quien auguraba un nuevo día y un amanecer lleno de sorpresas.

Hoy en cambio, al señor Prole, el engrudo que le distribuían los puntuales oficios del estado, le supo a la misma lejía que le sabía siempre. Al menos le calentó, se dijo con confianza el señor Prole. Porque él siempre había sido conformista y  tuvo en alta estima y  agradecimiento el que jamás faltase suministro.

El señor Prole volvió a sentir la satisfacción de ser un buen ciudadano aunque hoy, no sabía –o sí lo sabía pero prefería obviarlo- porqué la desazón y una cierta repulsa ante el devenir se le sobrepuso a la innata resignación tan valorada por sus superiores. Una incierta añoranza que se sobreponía al amargor de boca le moscardoneaba al señor Prole hasta incomodarle. Un poco, no se podría decir que fuera alta traición.

Estaba listo. Enjuagó ligeramente la taza, recogió con paño de cocina las miguitas soltadas por el frugal desayuno, aposentó los utensilios en el escurridor y salió de la escueto recinto apagando la luz. Ya dijimos que comenzaba el invierno y el apartamento del señor Prole, el 101 de la calle Silencio Numérico, era casi todo interior, salvo el rincón esquinado donde el señor Prole  realizaba los ejercicios de gimnasia. Contempló que todo estaba en orden,  esperó en silencio a que el coche oficial le viniera a buscar.

Hoy era el día señalado. Hoy cumplía el señor Prole sus setenta años. Hacía poco más de treinta y cinco, cuando el señor Prole campaba por el Parlamento como diputado honorable del partido oficialista, había formado parte de la Comisión Parlamentaria que estudió, defendió y aprobó la Ley T4. Mientras esperaba, recordó con satisfacción como le tocó defenderla y el empeño que puso en hacerlo.

El presidente de la nación le felicitó con ganas por ello. Recordaba bien el señor Prole, como fue recibido en palacio y las breves palabras que el Presidente Narg Onamreh, le dedicó: “Usted, diputado Prole, ha hecho con su trabajo un gran servicio a la patria. No se olvidará su aportación. La T4 es una ley que traerá prosperidad a Llewro, ahorrando los enormes costes que supone el mantenimiento de efectivos sociales no productivos. Creemos que con cinco años de asueto, al acabar la vida laboral a los sesenta y cinco, es más que suficiente para garantizar la felicidad comunitaria”

Claro que se sintió orgulloso el señor Prole aquel día y muchos después. Claro que aportó a la historia de Llewro un ahorro importante al enajenar la vida de los ciudadanos improductivos al llegar a los setenta años.

Un largo pitido le anunció que habían llegado a buscarle. Cerró la puerta, dejó la llave colocada en la cerradura para que los servicios sociales vinieran con el nuevo inquilino al que se le adjudicaría el apartamento 101 de la calle Silencio Numérico y se encaminó hacia el coche que le conduciría, hoy sí, a finiquitar su vida en la Sección Especial 14J13, dispensario del Estado de Llewro donde tenían efecto las eutanasias selectivas que él había defendido y programado en el Parlamento Nacional.

 

Una sombra de duda  se le erigió al salir a la calle. Se sentía bien. Se sentía fuerte, sus pasos cimbreaban la calle y se dijo a si mismo que era una pena que el fin hubiera llegado tan pronto. Quizá si fuera hoy no  defendería la ley con el ímpetu que lo hizo, se pensó el señor Prole entrando en el vehículo en el que estaban dos guardianes de la revolución para escoltarle hasta el edificio de la Sección Especial 14J13. El señor Prole contempló la calle Silencio Numérico silenciosa y desértica a esa hora  y pensó que era una pena que ese año no la vería nevada.

 

María Toca©

Santander- 02-04-2020

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A falta de…

A falta de mar , de calle, de páramos extensos

donde la vista abarca la distancia…

a falta de anchuras, de cielos despejados

el refugio es fácil. Entro en la sementera

de mi casa, de mis viejas costumbres, de mis cielos

y me descubro los adentros, junto a los recovecos

que encienden velas y ponen flores a los muertos.

A falta de caminos largos

esponjados de viento y tempestades

pongo la dirección hacia el adentro

y me recorro calles y veredas de un alma

que está demasiado callada, agitada por veloces

y temerarias tormentas, tan dispares.

Contemplo los recovecos de ese lugar,

desconocido, lúgubre, ignorado por tiempo

y escondido, donde habita mi corazón

y mi costumbre.

María Toca

Santander,9º día de reclusión. 22-03-2020. 21,39

 
 
 
 
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