La Historia

Tanto dolor que nos trajo la historia

envuelta en bretes de los heroicas trances

esos que se escriben en las crónicas

con letras grandes, bien manchadas de sangre.

Conflagraciones abruptas,

elocuentes discursos

que plagan el mundo de miasmas,

cual basura semántica que siembra

de dolor a gente tan pequeña

que apenas cuenta. Y sufre

batiendo las espadas

cual guadañas, restauradas

 y cuerpos doloridos.

Batallas ganadas, perdidas,

heroicas las batallas,

que siempre pierde el pueblo

y deja al poderoso socorrido.

…Tanto dolor, tantos juguetes rotos

que la infancia se nos quedó prendida

de una bala, o fuego  de granada,

con los ojos  hilvanados de brasas.

Y en la boca, la triste plegaria

de una niñez cortada.

Juegos heroicos, historias mal contadas

donde el pueblo pone su sangre

mientras el festín recorre las estradas

que, para taparla, se cubren con espadas

mientas los poderosos,

 se reparte, cual cuervos,  la soldada.

María Toca Cañedo©

Santander 9-08-2022. 10,51.

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Justicia

Dicen que la justicia es ciega,

neutra, equidistante y refulgente.

Cuentan que su vara sustenta  la equidad,

nunca se tuerce

y mantiene en equilibrio sus verdades.

Dicen que la justicia no se dobla

ni conoce más mira que hacer firmes sentencias,

aunque con ellas

se camine a paso  inalienable hacia la muerte.

Dicen que la justicia es inmutable,

estable, vara con  que medir distancias

entre lo permitido y lo proscrito.

Dicen…cuentan y lo escucho

con amplia desconfianza por mi parte,

quien quiera razonarme,

como ser justa, haciendo tabla rasa,

entre el fuerte

y la parte débil de la historia.

Porque si de algo puede enorgullecerse esta señora,

debiera ser, la protección a los más frágiles,

que los fuertes,

ya tienen bastión donde agarrarse.

María Toca Cañedo©

Santander-7-08-2022. 21,07

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Nostalgias II

A veces las nostalgias se nos ponen rebeldes

provocan un incendio en un solo minuto,

con tal ímpetu, bravo, que no puede apagar

el raciocinio escaso del cerebro guardián.

El sentimiento grávido, ni sofocarlo puede

porque se adhieren fuerte, como musgo a la piedra.

Los recuerdos tenaces que brillan en la frente

se anclan con premura fagocitando todo…

y se nos hacen fuertes.

Carisma de horas leves

que vivimos entonces, cuando éramos tan jóvenes

que el mundo en un instante se abría como nuevo

y cruzaba los valles de aventuras y lances.

Tiempo en que todo era estreno,

leves horas, como nubes, tan leves,

que apenas se  han visto,

raudas se desvanecen.

Las horas y los días, discurrían deprisa

tan lene que no nos percatamos

que el tiempo   volaba tan veloz, como ave de paso

que no anida ni espera.

Envueltas en pasiones, regodeando días

con música estridente, apagando los fuegos

que las burdas pasiones, levantaban del suelo.

Y nosotras amábamos, a cada rato un poco,

tomando el cielo en pedazos,

mordiendo con ansia los minutos

y comiendo los ígneos ardores

de nuestros cuerpos jóvenes

que corrían veloces

en pos de eternidades.

Felices, éramos tan felices

que siempre lo ignoramos,

pendientes, como estábamos,

de vivir aquelarres, fiestas o besos suaves.

Porque en tiempos felices

la alegría es tan amplia

-tal que una borrachera de buen vino que alegra –

que apenas se distingue, el tiempo,

de los daños…leves, colaterales.

Es el recuerdo

quien hace el diseño y coloca

las cosas en anaqueles breves

donde ahora que fue ido,

lo buscamos deseosas

de volver a sentir, como entonces,  instantes,

tal que tea encendida, en rescoldo, tan solo,

sin brío, apenas un pábilo a medio consumir.

Al fin todo torna añoranza

de volver a encontrar en las esquinas idas

los momentos de entonces,

las horas bien vividas y los besos robados

Envuelto en celofán gastado

enmohecido y leve…

así están los recuerdos,

guardados en trinchero cerrado.

María Toca Cañedo©

Santander, 24-07-2022. 21,38

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Cosas que no dije

Hay cosas que no dije

guardándolas, impunes,

en la alacena del albañal perdido;

quizá por no haber palabras

que nos cuenten silencios, abandonos o heridas.

Son sílabas oscuras que jamás se pronuncian.

Por eso no lo cuento…

y porque la sangre trasporta  lento veneno

que no mata, de momento,

pero lleva distancia

abriéndonos un hueco que el tiempo no restaura.

Por eso no lo cuento.

Levanté parapeto, por sentirme segura,

o bien pueda ser que fuera el pudor

que me impulsó a cerrar muchas puertas,

bloquear las ventanas, huecos,

que hacen los recuerdos,

varándose, inseguros, tras los vados sesgados.

Quizá fuera por eso, se sellaron mis labios

para no abrir la herida que cubierta de barro,

selló los difíciles rotos

en que las horas, dilataban silencios,

y el cielo se nublaba

entre cumbres de espanto.

Por eso no os cuento…

aunque, ahora que lo pienso,

¿qué son estos versos

más que gritos silentes

que la boca, lanza rauda,  al viento?

María Toca Cañedo©

Santander-24-07-2022. 9,59.

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Ilusión. Humo. Hoja pérdida

 

 

Leí en una hoja perdida

que apenas somos ilusión de un cerebro

que concibe los mundos, como está programado.

Nada, tangible, humo, apenas somos nada,

quizá sea por eso, que la niebla nos cubre

y las ganas se marchan,

cuando el sol se dispersa

y la cortina  descorre la realidad rasgada.

Porque no somos nada,

la mera fantasía que se mezcla

a redoble de un birlibirloque;

humo, nubes dispersas

que caminan despacio

y se pierden al paso de un tiempo

que no nos pertenece.

Ilusión, niebla, emanación sutil

de los cuerpos celestes.

Apenas un suspiro, un susurro perdido

del viento que nos mece

una hoja extraviada,

en la que no escribe nadie.

María Toca Cañedo©

Santander- 22-07-2022, 13,28.

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Las Vírgenes

Conocí a Mati en su ocaso y  el mío. Ella languidecía repartiendo el tiempo en diversos trabajos para llevar sustento a casa donde vivía entre sombras y largos quejidos de la madre enferma. Enferma perenne, según confirmaba Mati y quienes la conocían, nunca la vieron salir de casa, ni levantarse de la cama más que para ir al baño, con paso renqueante y mirada vacía, como de muerta, con los ojos cristalinos que no miraban nada, la boca subsumida por el dolor y un tono cetrino en la piel que amarilleaba cada día más.

Comencé a visitarlas, a la madre y a la hija, al poco de irme a vivir a la escalera. Nuestras puertas se miraban por su ojo dorado de la mirilla, contemplando las maderas roídas por los años, de la solemnes puertas que se enfrentaban con soberbia mediando el rellano. La mía pintada de verde inglés, en una vana pretensión de modernidad, la suya, luciendo un tórrido color madera barnizada que el tiempo desdibujó arrebantadole el brillo por las partes más usadas. Hacían, ambas puertas, un ruido como de tos profunda al cerrarse, debido a los atalajes que las decoraban y a los viejos cerrojos que fueron poniendo las sucesivas estirpes familiares que las vivieron.

A Mati la conocí en el portal, un día de lluvia que, insolente y poco solidaria con mi mudanza, adornó  la jornada en que trasladaba el grueso del mobiliario a mi nuevo domicilio. El  caballete de pintor frustrado, mis innumerables tubos de pintura casi seca,  las telas, el sofá corroído por tantas sentadas o siestas dominicales, las sillas de enea, heredadas de la casa de mamá, algún armario decorado con el modernismo de una restauración precaria y la escasa ropa que conformaba mi  colorido vestuario. Mati, contempló el zafarrancho del portal con ceño ligeramente fruncido. Su boquita, cárdena y escasa, se engullía a si misma con gesto agrio dejando escapar la desafección por los ojos. Temiendo que una reprimenda agria conformara nuestro primer contacto, le dije a modo de disculpa.

-Estoy invadiendo todo el portal, le ruego me disculpe. He llegado con la furgoneta y he desmontado todo corriendo para que no se mojara. Me la dejó un amigo y se tenía que marchar. La furgoneta, digo-

Intenté disimular mi pluma como forma de autodefensa, engolando la voz y silbando cada palabra con voz de barítono. Muchos años de entreno para despistar la prudencia que me acorazaba frente a los extraños.

-No pasa nada. Si quiere que le ayude a subirlo puedo hacerlo. Compruebo que mi madre esté bien, la levanto al baño y bajo de nuevo a echarle una mano-

Con las últimas palabras, Mati, que aún no sabía que ese era su nombre, corría escaleras arriba mientras la voz se deslucía por la distancia. Sentí el chirigoteo de la puerta al cerrarse con un golpe seco y profundo y di por hecho que su piso debía andar cercano al mío por la distancia de sus pasos.

Nuestra casa era una mansión decimonónica con balconada a la calle Pintor Seneca, que esquinaba con La Razón. Una zona que fue de posibles y se había depauperado hasta  pasar a ser un barrio desclasado. Alguna casa rondaba la decencia (la nuestra) otras clamaban piqueta o un buen acicalado. El edificio, no tenían ascensor y ninguna de la vecindad pasaba de los cuatro pisos de altura. La fachada languidecía de un azul desvaído y corrido de churretones que la lluvia había decorado con delectación, haciendo juego con el resto de la manzana, en lo desconchado y los colores perdidos o fundidos por el espanto de la senectud. Ventanales amplios, como ojos saltones, contemplaban la calle con la curiosidad de lo bien visto. Eran casas de techos altos enlodados con filigranas de escayola blanca que formaban volutas y angelotes en el centro como culmen a unas lámparas de las que pendían lagrimas como tirabeques. Había conservado las viejas arañas que soniqueaban al compás del aire componiendo un himno alegre de dulces musiquillas. Respeté la vieja cocina en la que presidía un hogar tamizado de purpurina plateada que en los días de invierno argenteaba y llenaba de humo casi toda la casa. También calentaba por muy poco dinero, lo cual me compensaba de la tos que las humaredas me producían mientras intentaba sacar algo más que  manchurrones de pintura barata en las telas compradas a tanto la libra.

Mati, bajaba cuando yo acarreaba los primeros atalajes hacia mi casa. Tuvo que parar en el rellano para que pudiera pasar , con el perchero amacizado de ropa vieja y casi inservible.

-Ya  he dejado tranquila a mi madre, sabiendo que estoy aquí. Ahora puedo ayudarle. Me llamo Mati y vivo en el segundo derecha-

-Vaya,  somos vecinos de rellano, Mati. Yo me llamo Alfonso y vivo en el segundo izquierda-

-Con tantos pisos vacíos que hay en el edificio, vamos a vivir enfrente, ¡qué cosas!-

Dudé en ese momento, si Mati lo decía con desconsuelo por quebrar la paz de su rellano o si había conformidad en sus palabras, tal era el tono neutro usado en la conversa.

-Bajo y cojo algo, ¿qué prefiere que suba antes? –

-La verdad es que le agradezco su ayuda, Mati, pero no se si debe…Me parece un abuso que usted llegará cansada del trabajo-

-No se preocupe. Me alegra que venga gente nueva al edificio. Se  fue despoblando casi sin darnos cuenta. Éramos como una familia, sabe. Hace años estaba lleno, teníamos confianza con todo el mundo. Bueno, con casi todos, porque había una familia viviendo en el principal que eran muy raros. Al final se llevaron a la cárcel al padre y desmontaron la casa entera un día de invierno en que parecía que el mundo se acababa, lo recuerdo bien. Vino la policía y rajó hasta los colchones. Tuvimos mucho susto el resto del vecindario que nos hicieron bajar a la calle, fíjese, a la intemperie en pleno invierno, mientras ellos examinaban y descerraban el piso entero, buscando sabe dios qué. Luego nos enteramos que eran rojos, comunistas de esos. Salvo ellos,  los demás éramos como una gran familia. Mi madre tomaba chocolate con picatostes todas las tardes con dos señoras de su misma edad que se reunían cada día en una casa. Estaba buena entonces, no como ahora…-

Seguimos varadas por unos minutos en la escalera hasta que mis manos y la espalda protestaron lo suficiente como para disculparme y subir el armatoste que pesaba lo suyo.

-Si quiere ayudarme suba alguna silla…y de verdad, no hace falta. Tengo tiempo de sobra-

-No se preocupe, Alfonso, hasta las diez no cena mi madre y puedo estar con usted-

Me di cuenta que Mati necesitaba contacto humano más que tiempo. Y yo ayuda, pensé en la conveniencia de confraternizar con el vecindario, escaso y oculto, según había constatado mientras duraron los arreglos del piso.

En los días anteriores a la mudanza, había pintado las paredes con alegres colores intentando dar luminosidad a una casa que rezumaba vejera por los cuatro costados. Un pasillo largo, sinuoso con desnivel en el baldosado que chancleteaba a cada paso,  fue cubierto por un linóleo plastificado que daba apariencia de modernidad, mientras las paredes coloreadas y cubiertas de mis cuadros no vendidos (casi todos) alegraban un rostro avejentado, casi como si fuera una careta sobrepuesta sobre cara de anciana.

Conservé también las camas que fueron adornadas por cobertores blancos y cojines multicolores. Las cortinas pulcras y desmayadas hasta el suelo componían un cierto amasijo que pretendía modernidad o tan solo aliviar el decaimiento de una casa en franco abandono.

Había perdido la capacidad de tener un piso decente. Apenas vendía cuadros y mis clases de dibujo daban lo justo para malvivir, salir algún sábado empujando con la nocturnidad las ganas de diversión y sexo que languidecían a pasos agigantados al contrario de mis ganas de amar y ser amado.

Conforme mi  cintura se desparramaba, mi pelo fallecía sin alaracas, mis ojos se recorrían de tenues caminitos que bocas mal sonadas llamaban patas de gallo y el rictus de mi boca se enrejaba dentro de un paréntesis amargo, los amantes ocasionales huían o se tornaban esporádicos o mal intencionados. Yo seguía buscando el amor, aunque cada día desesperaba de encontrarlo y me iba conformando con malos sucedáneos que me producían un desgaste emocional difícil de asumir. En realidad, esta nueva casa formaba parte del declive personal emprendido diez años atrás cuando Eusebio me abandonó dejándome la cuenta corriente sin fondos y llevándose los pocos cuadros de valor que en aquella temporada gloriosa, por la juventud y el momento pleno vivido, había pintado. Luego me enteré  que los había vendido por debajo de su valor, casi regalados y que su despeñe era tan raudo como fue su agonía y su bajada al infierno.

Sentí que el mundo se hundía dejándome debajo de la losa profunda de la soledad. A partir de entonces, de forma lenta e inexorable, el descenso, aunque lento, fue constante. Perdí el trabajo en el colegio  que me proporcionaba nomina escasa pero segura y mi supuesto talento se ralentizó. Lentamente la floreciente economía y mi rutilante juventud se fueron apagando hasta llegar al momento presente que apenas quedaban resmas de lo vivido.

En realidad, Mati y yo languidecíamos de la misma condición.  Conformamos una pareja para los que la vida era una colección de derrotas. Aun con todo, las derrotas y las grietas por donde se nos escapó el entusiasmo, al menos a mí me restaba algo de esperanza. Ignoraba si a la vecina sorpresiva que acababa de conocer, le ocurríalo mismo.

Acarreamos muebles, ropa a pura brazadas y subimos los pisos a cojetones. Mati, al contemplar mi casa, mostró un exagerado entusiasmo que yo estaba lejano a sentir. Cuando, al cabo de varias semanas, conocí la suya, comprendí el porqué del pasmo de alegría.

La casa de Mati conservaba el mobiliario inicial. De principios de siglo XX, quizá. Muebles de madera maciza con torneados poderosos, de color oscuro. Cortinas de cretonas descoloridas por miles de solanadas que amputaban el sol y la misma claridad que pugnaba por adentrarse en los cuartos  rezumantes de tristura por los cuatro costados. El pasillo, que en mi casa ya mostraba angostura, en la suya era sima profunda que se adentraba en un oscuro pozo que conformaban las estancias agrietadas por los años pasados en ellas.

Un olor a guano, a polvo almacenado por el tiempo, intangible, porque la casa estaba limpia, pero  de forma sutil se mostraba la polvorienta cara de la senectud.

Con grititos felices, Mati se adentró en mi casa, abriendo puertas con la sorpresa que un niño recibe los regalos de Reyes. Contemplaba extasiada mis mediocres cuadros que colgaban, perdidos, en la inmensidad de las paredes coloreadas. El salón comedor, magenta, pintado casi con la rabia de un grito. Mi habitación, de azul…Siempre fueron de color azul. El estudio de pintura, blanco;  para que molestarme en poner color si en breve los manchurrones y salpicones de los oleos y de los aceites de pincel decorarían y cubrirían el lienzo de las paredes, sin piedad ni perdón.

En la cocina respeté el azulejado, pero le decoré con figuras animalescas de infinitos colores convirtiendo una lúgubre estancia con porte de quirófano antiguo con fresquera debajo de la ventana, como vestigio de tiempos pasados, en un amasijo de estampas coloreadas sin apenas mesura.  Había otra habitación más, que enseguida titulé, con un autoengaño que me hizo sonreír, de invitados. Bien sabía yo que no habría invitados. Con una familia desgañitada por el desprecio ante mi liberación después de años manteniendo el velo que cubría una condición sexual que me pareció una pesada cadena hasta que la solté y asumí la vida como algo llevadero y sin más compromiso que ser medianamente feliz a ratos. Los amigos escaseaban , los que quedaban vivos después de la remesa de fatalidad que arrasó los años ochenta y noventa, y aún los en el dos mil, se escondían, como yo, entre la soledad, el miedo y la fatalidad. El entusiasmo con que comenzamos la vida,  se la llevaron las resmas de una bacanal de libertad gritada y vivida sin miedo. Como si pagáramos las consecuencias de querer quebrantar el destino de los diferentes, la fatalidad nos premió con la peste. Tantos fenecieron que los que quedamos andábamos patizambos y alicaídos como pidiendo perdón por haber sobrevivido.

 

No habría invitados pero eso no me privó de pintarla de color salmón para amortiguar la grandilocuencia de un viejo aparador que no tuve fuerzas para remozar y se fue quedando en espera de tiempo para realizar la reforma que nunca se dio. Una cama cuyos muelles sonaban sin contención y un armario de luna que quedaba en el piso de sus antiguos propietarios y que utilicé, pensando que pronto me desharía de él cosa que no ocurrió.

Con el baño no tuve valor de entablar un remozamiento profundo. Adquirí un armario, colgué unas baldas, un espejo que sustituyó al moteado de manchas oscuras que cubría de pared a pared, la parte principal, dejando, en cambio, el lavabo de pie que más parecía baptisterio que lavamanos. La bañera era profunda, larga, lucía cuarteada cual loza desechada pero fue agasajada debidamente por baños de inmersión con los que me premiaba después de mis salidas o de las extenuantes noches de actuación, donde dejaban las escarchas y lentejuelas del maquillaje que al fin, se iban, por el agujero del agua.

Porque no he contado. Dos o tres noches al mes actuaba en un lugar de ambiente, dando rienda suelta a mi otra afición. El travestismo y la farándula.

Me convertía por unas horas en Lola Flores, o Isabel Pantoja, o Lola Picón, que era una creación personal ante la que derrochaba mi arte entremezclado de contoneos y de una voz que a veces saltaba por encima del playback dejándome llevar y produciendo gallos que el personal cercenaba con sus protestas.

 

 

Lola Picón era Alfonso Secadas, o el reverso de Alfonso Secadas. No es que me sienta mujer, que no. Es que me siento artista y el deseo de ser admirado subido a un escenario, aunque sea tan ficticio y falso como las prótesis que me ponían debajo del traje, me producía alta satisfacción. Esas noches confabulaban la soledad y compensaban en parte una existencia amarga y triturada por la nostalgia.

Colocamos al fin los atalajes de la nueva casa. Mati, con una amabilidad que agradecí mucho me ayudó a poner algo de orden en el desaguisado de cajas, paquetes y bolsones que cubrían el espacio común. Al rato, marchó a dar la cena a la madre  y también hacerlo ella , al poco, tornó con timbrazo breve a mi puerta,  con una cacerolita de sopa de pollo con tropiezos de huevo cocido, trocitos de carne y pimiento rojo, además de  una tortilla francesa.

-Te dejo esto, Alfonso, para que cenes porque imagino que no tendrás ganas de hacer nada, con tanto trasiego-

-Ay, Mati, cuanta amabilidad, por dios. Más que ganas es que no tengo nada en la nevera. No tuve la precaución de hacer la compra, agobiado como estaba, por el traslado-

-Ves, pues tienes la cena, al menos. Mañana preparo café y te lo traigo de mañanita, si no te molesto-

-Como vas a molestar, mujer, al contrario, no puedo menos que agradecerte…-

-Nada, nada. Los vecinos se ayudan, quien sabe lo que nos depara la vida por lo que debemos estar hoy por ti, mañana por mí-

La tomé de los brazos, emocionado. No acostumbraba a sentir el calor humano desde hace tiempo, forjado por el caparazón de la autodefensa que se convierte en aislante del vecino más que caparazón venturoso.

Mati se convirtió, a partir de esa primera noche, en alma protectora de mi soledad y poco a poco forjamos una complicidad simple, con las palabras justas y el entendimiento preciso para hacernos compañía sin molestar.

Todas tardes al llegar de sus variados trabajos, antes de la sumergirse en la cena y el adecentamiento de la madre, pasaba a casa y nos regalábamos el rato de conversación que reducía el día y sus avatares a unas sencillas anécdotas sin mayor trascendencia pero que nos complacía compartir.

Tomábamos un café y unas pastas o bizcocho que yo solía preparar para endulzar la jornada, anodina y cansada por parte de ella. Anodina, sin más, por mi parte.

Mati, limpiaba casas. Trabajaba en una empresa de cuidados y limpieza de hogares ajenos;  cada día le adjudicaban un domicilio al que debía prestar todo empeño para dejarlo repulido y adecentado, aunque en origen fuera auténtica cloaca. A veces me refería a lo que se enfrentaba en su dura jornada y no podía reprimir la náusea. Ella lo tomaba tal como era, sin alarde de repulsión o desdoro. Fue educada para ser esposa y madre, dominó sus manos para primorosos bordados de un ajuar inútil, confeccionaba platos exquisitos que nadie degustaba (ahora yo, porque alentada por mis parabienes, cocinaba  ricuras que me pasaba a poco que mostrara interés. Es más, creo que mi presencia la espoleo a hacer más y mejor) La sumisión, el recato y las buenas maneras conformaron sus conocimientos. Sabía distribuir una mesa con rigor, planchar y coser con alevosa paciencia y hablar con decoro y calma bien sentada con las piernas juntas y plegando los pies en pareja. Por lo demás, Mati, no tenía más pericia que las cosas inútiles que ya no se valoraban, por eso, al frustrarse la vida prevista, el descalabro la cogió a contrapié. No se quejaba, ni parecía molesta con el destino que la tocó. Lo aceptaba con el estoicismo de las personas sabias. O doloridas sin esperanza.

Sus manos, enrojecidas y callosas, reflejaban a las claras el duro trabajo que desempeñaba. Había tenido un marido que unos imprecisos años atrás la abandonó, hastiado de compartir tiempo con una vieja que hacía de la queja y el suspiro profundo norma de vida además de que  el olor vetusto   a enfermedad antigua suplirían la amalgama vital que pudo ser su vida. Mati no lamentaba el abandono. Ni lamentaba la dedicación a la madre que apenas sentía, aletargada ya en nubes de medicamentos que la adormecían sin evitarle dolores imprecisos. Pero Mati tenía una salida, una afición que compensaba su tedio de vida y le replicaba a la nostalgia con cierta alharaca de placer. Una afición donde vertía el virtuosismo de unas manos atenazadas de sabañones y calcinadas de lejía pero que no perdieron el apresto de conformar la belleza labrada con aguja e hilo.

La afición de Mati había partido del casi olvidado viaje de novios. El marido, andaluz que llegó a las tierras del norte, como tantos, en busca del trabajo que pudiera liberarle de ser un  bracero como sus antepasados. Conoció a Mati cuando para ambos aun la juventud brillaba con expectativas. Le habló con las eses brincándole en la boca y  a toda hora de la luz del sur, de la alegría de su tierra, y del tedio que le invadía ante el sopor de las tardes invernales vestidas de plomo y alejando la euforia a golpe de lluvia fina. Cuando se casaron, decidieron pasar la luna de miel  realizando un recorrido por diversos puntos de esa Andalucía que tanto añoraba el marido y a Mati la dejó sin aliento, con tanto chirigoteo, jarana y vino. La agotó tanto sol, la tierra seca o la exuberancia del olor a azahar y los naranjos floridos. La atoró el cosquilleo de la chachara dichosa que rezumaban la familia sureña. Llegó agotada y añorante pero portando la visión que le quedó prendida para siempre en sus pupilas adentrándose con paso firme hacia su corazón.

Mati, en Andalucía, se enamoró de las vírgenes. Quedó deslumbrada por las hermosas caras que reflejaban los sentimientos más preclaros del sufrimiento y de la santidad. Los mantos, las joyas que adornaban a las señoras que pernoctaban en las hornacinas, la encendieron la imaginación, provocando un  abrasamientode pasión que no remitió al volver a las lúgubres tierras norteñas. Al contrario. Con la ausencia se incrementó el deseo de  la mujer de vestir a las vírgenes que poblaban las escasas ermitas de Villamar.

 

No era su ciudad ni su tierra amante de folklorismo coloridos como los andaluces. Las vírgenes norteñas eran lánguidas madres o penumbrosas señoras que lloraban al soslayo del altar mayor contemplando desde la distancia los sinsabores de una madre huérfana de hijo. Con mantones oscuros, velos que nublaban el rostro y manos limpias de oros, no como en el sur que el redoble de luceros que manaba del joyerío matritense obnubilaba a los fieles con su esplendor. Mati, se propuso cambiar eso.

El deseo se volvió obsesión hasta el punto de realizar encargos de nuevas imágenes que vestía de arriba abajo con lo más lujoso y policromado que encontraba a su paso. Decía, casi con enfado, que nuestras vírgenes no tenían expresión. No miraban ni sonreían, tampoco lloraban como las del sur, que eran todo un torpedeo de sentimientos profundos que empujaban a la veneración. Las nuestras era frías, gélidas como el paisaje que saliendo de verdes y el terroso de los días de plomo, no había más paleta.

Después del abandono marital, a Mati se le agrandaron aún las ganas de las vírgenes y mantenía en su casa un habitáculo dedicado al menester de forjar las vestimentas de unas cuantas  señoras angelicales de la región.

Ganada la fama con las primeras, se corrió el rumor de parroquia en parroquia  hasta llegar a los pueblos más perdidos que demandaban su arte queriendo adecentar a sus  icono con los mantones,  vestidos y escapularios de santa María. Acabó extendiendo su arte al Niño Jesús, que le fue engalanando con los lujos procedentes de una reliquia lujosa.

Nada más ver el caballete y comprobar que en mi casa había un estudio concibió la idea de que yo decorase sus caras, labrase a golpe de pincel gestos mayestáticos, tristes o amoroso de sus señoras. Al poco, lo amplió a encargos de cuadros y lienzos que engalanaba con sus confecciones ofertando a los curas párrocos una especie de virgen pintada en lienzo pero vestida con ropajes y agasajada por primorosos bordados en oros y platas, incrustados cenefas por piedras multicolores.

Agradecí el impulso que Mati ofreció a mi precariedad y me apresté a cumplir los variados encargos que pronto salieron de las fronteras de Villamar para adentrarse en comunidades vecinas, así como a particulares envidiosos del arte purpureo de su santas vírgenes.

Un sábado, que yo no actuaba ni tenía previsión de diversión mayor, concebimos con celo una merienda que por primera vez sería en su casa. Notaba el pudor que sentía mi querida vecina por mostrar sus aposentos, que sentía anticuados en contraste con mi floreciente habitáculo porque para esas alturas, las flores crecían en ventanas y lustraban jarrones en cada esquina, así como las escasas solanadas se adentraban en los cuartos llenando la casa de un cálido rumor a calle y a foro encendido.

 

-Tu casa me recuerda a Andalucía. Tanta luz, tanta flor, tanto color, ¿no te abruma tener siempre las ventas abiertas?-

-No, al revés, me ahogo si cierro. Aun en invierno prefiero gastar en calentarme que cerrar a cal y canto. Hay que ventilar, Mati, que nos come la miseria si dejamos cerrado-

-Tienes razón, por eso eres tan alegre. Yo, en cambio, con lo de mi madre, no puedo abrir mucho por si entra frío y se pone peor-

-Que va, el aire no ha matado a nadie, mientras que la oscuridad y la falta de oxigeno apagan a las plantas. A las personas, igual, Mati. Ventila, mujer, que entre el poco sol que tenemos en esta tierra tan cansina de grises-

Al adentrarme en su casa percibí el olor sutil que debe tener la muerte cuando se aposenta, cómoda, en una vivienda. De refilón vi a la anciana, que yacía en la cama bordeada por sábanas de hilo festoneadas por tira bordada y un cobertor de sublime y enmarañado ganchillo que desdibujaban la blancura nívea de un rostro que era reflejo exacto de las representaciones mortuorias. Frascos de medicinas se arracimaban en la mesilla de noche, una bacinilla de porcelana blanca pulcramente decorada con florecillas azules, asomaba debajo de los flecos del ganchillo, también unas zapatillas chancleteadas sacaban el hocico por debajo del cobertor. El galán de noche se vestía de una luenga toquilla negra y un crespón que bien podía ser manta de acompañamiento. Una tenue luz se filtraba por los rieles de una persiana bajada pero no del todo mientras el parpadeo de una capillita de San Antonio presidia la otra mesita de noche escoltando y dando amparo a la vieja.

 

-Ahí la tengo. Pobrecita. Así va para veinte años, desde que un mal día se le cruzó un derrame y me la dejó inutilizada para todo. Ni viva ni muerta, porque la parca, parece que  anda en el pasillo por donde se transita, contemplándola,  mientras ella  quedó atrapada. A veces pienso, que no morirá nunca y será considerada un ser transitorio-

Contemplé a Mati mientras caminaba por el pasillo hasta el estudio donde confeccionaba sus mantones y tenía preparado el refrigerio, dándome cuenta que lo decía completamente en serio, sin un atisbo de sarcasmo en sus palabras.

Al abrir la alcoba, el ambiente tornó muy distinto. Lo que fuera era oscuridad  se tornó calidez. Lo que se mostraba siniestro en el resto de la vivienda, aquí era pura dulzura. Contemplé los numerosos cortes de terciopelos, cretonas, sedas, cashmire, crepe, chalis, tules, plumetis. También había telas más vastas, popelín, viscosa, lino, chifón y alguna de algodón que servía para reforzar interiores. También había hilos multicolores que adornaban los diversos baulitos con las hilaturas y las diversas agujas para la labor. Una mesa, que debía servir para cortar, se había despejado y lucía lo que bien podría ser  el esplendor envidiado por la mesa de un marqués. Mati había dispuesto un servicio de té, con tacitas minúsculas y afiligranadas, la tetera briosa soltaba humo por el pitorro mientras unas pastas multicolores también reposaban en la bandeja de plata con más filigrana que haya visto en mi vida. Dos taburetes pulcramente labrados cuyos sillines mostraban un encaje impoluto nos esperaban para sentarnos.

-Mati, me deslumbras con este lujo de reina-

-No recibo a nadie en mi casa, así que es un honor poder agasajarte con las cosas que llevan guardadas desde tiempo que no puedo recordar. Son vajillas de mi madre o de la suya, porque era de familia con posibles. Venida a menos, como podrás ver, pero casi de aristocracia-

Sentados, mordisqueando las pastas y tomando a sorbitos el té, dejando que enfriara nos contamos la vida mientras la tarde decaía hasta sorprendernos la noche sin apenas percibir el paso del tiempo.

Esa jornada fue el inicio de una tradición. Cada sábado, en cuanto daban las cuatro campanadas tenues en el reloj del salón, donde Mati sesteaba después de la jornada de trabajo y de comer frugalmente “para hacer sitio para la merienda, Alfonso”  preparaba el ágape. A las cinco y cuarto, de forma inexcusable, yo cruzaba el pasillo que separaba nuestras puertas y el din don del timbre, anunciaba mi presencia y el menudeo de una tarde festiva que fue y sigue siendo para ambos, motivo de regocijo. Algunas veces se atreve a dejar a la madre sola con la lamparita del santo bien encendida como protección y se engalana como quinceañera para ver mi espectáculo. Le dedico alguna que otra copla, de las que se le gustan. He tenido que desempolvar a Marifé de Triana, pero por Mati lo que sea. Disfruta como niña chica y yo no puedo sentirme más orgulloso de que sea por mi arte.

Mati, sigue confeccionando mantos para sus vírgenes. Yo pintando los cuadros que las parroquias me encargan, de forma que me he convertido en el artista aclamado por todas las beatas de varias provincias y con los ahorros, nos proponemos hacer un viaje a Roma, para inspirarnos.

Claro, que será cuando la muerte se acuerde de la señora que languidece en la habitación y nos tememos que esté demasiado entretenida con otras gentes.

 

Fin.

 

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Mañana

  • He cerrado la bancada, puse en sombra
    los trabajos y desvelos que hoy cubrí
    con la seda de mis manos y el sudor
    que dibujó perlas agrias en mi piel.
    He llegado al final del nuevo día
    sin estrellas en la frente ni rasguño en alma,
    más que un tímido temblor de incertidumbre
    y cansada, muy cansada
    de andar sola, sin más voz en la casa
    que los gritos sulfurados de algún ave
    que se anida, sin premura, en el alero
    de mi hogar. Hoy abierto, al exterior.
    Volverá mañana el día,
    volveré a ver la luz,
    a tener vaga añoranza,
    a buscar tu corazón en otros ojos,
    a escuchar en otra voz
    el tañido de palabras que no escucho
    y por ello, añoradas con viveza.
    Y por ello, hoy cierro los ojos poco a poco
    por ver si, en mi sueño,
    recupero lo perdido
    y me encuentro un avio de esperanza
    o de razón.
    M. Toca
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Los pies en el cieno

 Después de caminar por rincones oscuros,

albañales perdidos que mueven aguas negras,

y de rendir las ausencias…

                                                               mucho tiempo después,

añoramos los sueños

concebidos entonces, cuando todo era blanco

sin nubes ni ocasos

y las torpezas nos sabían a nuevas.

Apenas caminando por pretiles del río

-el sendero serpenteante

cubierto de cantos rodados, luengos, fríos, muy fríos-

cubriéndonos la ausencia

                                                                   con sonrisas de hielo…

quizá fuera entonces, cuando todo nacía.

Y el futuro desplegaba sus alas

sin cautelas ni espantos

forjando recovecos con cristales tallados

de unos ojos brillantes,

que titilaban, frescos,  prestos a  descubrir

                                                                       la vida  tras de cada ventana.

Desvelamos visillos,

descubrimos secretos,

 ancestros bien perdidos,

que  también  fueron  miedos

y lento, con el paso pastueño

se nos llegó el otoño, se nos murió el estío

alfombrándose el suelo

con  crepitantes  hojas

que cayeron del cielo.

                                                                     Hoy las sienes platean,

las manos van plenas de  zozobras

y en el pecho nos crecen los fracasos

y el dolor de mil noches

que se fueron pasando, entre sollozos hueros

sin un brazo que, amante,

amparase el destierro

ni en la frente una mano,

que borrara recuerdos.

Hoy, en la noche estrellada

apenas queda tiempo

de cruzar unos puentes

                                                                            de salir de la alcoba…

y trazar el sendero que nos cruce hasta el cieno

donde los pies se hunden

y el viento se hace eterno.

María Toca Cañedo©

Santander-07-06-2022, 17,49

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Paraisos

Buscaba rincones despejados,

iluminados apenas por el sol de la mañana

que refugien a gente inadaptada

y sean parapeto de infelices.

Buscaba lugares donde las estrellas

brillaban como luciérnagas altivas

y las nubes no fueran apagadas

con humos desechables por  las heces

de esta sociedad mal encarada.

Rastreaba con ojos bien abiertos

y con manos temblorosas

por el ansia de encontrar a cualquier precio

un paraíso en esta tierra malhayada…

Tonta de mí, no lo hallé

porque desde siempre,

había estado cerca, muy cerca;

se encontraba en la casa donde vivo

encerrado en el pecho de un ausente

donde intento refugiarme cada día.

María Toca Cañedo©

Santander-6-05-2022.  12,54.

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Desamparos

Como sin querer, se me instaló el desamparo

que ni tiene causa, motivo o razón

para sentirlo a cada rato

hasta llegar, helado, al corazón.

No es pena, ni nostalgia que se ampare,

tampoco miedo…aunque de todos lleva piezas,

 trazos conversos de tristezas

que se unieron a viejas pesadumbres

y amalgamaron la prisión

en que se encierran hoy las carnes.

En mi descargo habla la suerte,

-absurda suerte- que hizo apaño

entre truenos y soliloquios

con algo parecido al accidente.

Mas no, no solo me acompaña

por esos lares, los viejos dolores conocidos,

porque a cada paso surgen  nuevos contratiempos

acompañando a las viejas  soledades

que saltan, cual fieras, al camino

que trazo cada mañana al levantarme.

Se me apagaron las estrellas

que lucían itinerantes por la vía

en que, paciente, caminaba a destemplanzas

de contratiempos y desgracias.

La luz difusa que manaba

del amor perpetuo que nutría

esta pobre alma, tan difusa,

que se nos perdió sin remisión,

y aunque ando renqueante y buscando

sustituto perentorio al desencanto,

a cada paso que voy dando…

siento más y más la turbia sensación

de que apenas queda tiempo

entre el despeño y la intención

de acabar pronto el camino

o intentar una nueva  redención.

Siento que llevo, como lastre,

las viejas nostalgias mal cuidadas,

y un bagaje precario de certezas

que laceran con rabia el corazón.

Por eso refiero en esta esquela

que, sin darme cuenta ni razón,

se llenó mi casa de un enjambre

de soledades, tristuras mientras las penas

 laceran y siembran con reparo

el desamparo que me abruma,

me cansa,  me deja exhausta

sin apenas pausa ni quebranto

desesperanzada y sin posibilidad de redención.

María Toca Cañedo©

Santander-01-05-2022. 18,10

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