Arden las alas

Hoy se prendieron, mis las alas,

se me  abrasaron con rabia

y de sus llamas ardientes,

 puñales se les abrieron,

por acercarse callando

 al sol que luce en el cielo,

ardieron vivo, las alas.

Y me quedé sin sustento.

Si se quedaran plegadas

a buen seguro, que nunca

convertirían en fuego

el aire de su mirada.

De volar a contraluz

y cruzar mil madrugadas

se tornaron fuerte, bravas,

las alas que se encendieron.

Luego quedaron en nada,

ceniza, polvo que el suelo

las recibió con denuedo;

se fundieron con la tierra

y a poco se deshicieron.

Ya sin alas, no hay vuelo

tan solo quedan palabras

que derramar en el aire

y subir a las montañas.

María Toca

Santander- 20-05-2018. 18,04

 

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El pasado

Se quiebran los estantes

de la casa, donde crecí, y me escucho

lamentar el desfalco

de perder la memoria

a base de vivir de espaldas al pasado

y no contar con nada

que pudiera, tal que entonces,

ser, con ganas,  recordado.

 

Porque todo es olvido

en este charco ciego

donde bato mis alas

y dejo a buen recaudo

las prisas y un alma

desgajada por vientos

que agitan, hoy, las ramas

de aquél acebo seco

que batía sus brotes

como un acaudalado

agita sus billetes,

mirándolos con gula, sonrojado,

de no saber qué hacer

con tanto, labrado de pecado.

 

Se rompen anaqueles

que sujetaban, con tiento,

el pasado, los libros no estudiados,

las fotos marchitadas

envueltas en el polvo

que depositó el aire,

que, a ciegas, se cernió

por los muebles, los estantes,

cubriéndolos de olvido

mientras, en el jardín,

cimbreándose,cautos,

los lirios se crecías, altivos,

contemplando,como todo el paisaje,

se cubría con la pátina

de un aciago olvido.

María Toca

Santander-16-05-2018. 19,29

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El tiempo se repite

Se repiten los días, como lenta agonía

y se siente lo mismo

que ayer se sentía.

Se repiten los logros, los fracasos

las músicas que escuchaba

al oído de lo que más quería.

Y la lenta agonía que adolece

la pérdida,  el tiempo que se marcha

y deja huella firme

en la piel, horadando cual sima

con caminos de barro

y estelas que ha labrado la piedra.

Mientras la frente amplia,

se marchita, quebrándose en perfidia

cubriéndose de nieve

tornándose de plata

el cabello que antes relucía.

Mientras el tiempo pasa

y el futuro repite

el sonsonete firme de una lúgubre historia.

Hoy, mañana, ayer.

Disidentes del tiempo

que acorta los estigmas

de soledades hueras

y de perdidas vanas.

María Toca

Santander 13-05-2018. 0,07

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Su sonrisa en mi espalda

En el sitial sentada

donde concibo sueños

y esculpo sensaciones

de palabras labradas.

 

En el sitial, escucho

su respirar pausado

mientras su frente ancha

y sus ojos cerrados

me indican que ya duerme

que se siente segura,

mientras, yo, me inclino

a escribir, con su calma

colgada de mi espalda.

 

Son las noches de sábado

completa jaculatoria

de dicha entreverada

de su lenta mirada

y su mano, tan dulce,

que se pierde en la mía.

 

Abrazada a su cuerpo,

la siento tan segura

que por fuerza, me inclino

a pensar, que hoy,

han bajado a verme,

los caireles del cielo.

María Toca- 13-05-2018, 0,11

Dedicado a Jimena, que duerme mientras escribo, convirtiendo el momento en gozo infinito.

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Ángulos muertos

En el rincón donde desaparezco
cada día, fundiéndome con el espacio,
tiempo y causa de desafueros
y de cosas, que al hacerme humo
se me escapan. Se evaden tiempos
y nostalgias que reverdecen
y acompañan, cuando los momentos,
tal que cristales, se me empañan
y se nubla la vista, quedando fuera
del ángulo del ángulo de visión,
los pormenores,
que a modo de paisaje me poblaron.

Hay en mi casa, un ángulo muerto
donde me escondo a cada paso
cuando la vida se pone cuesta arriba
y me deja exhausta la persistencia
de seguir viva, de sentir, aunque me agote
el alma de amores olvidados,
tiempos de escarcha…
y tantos olvidos recurrentes y forzados.

Porque, aunque no quiera estoy aquí,
atada de pies a manos a la vida,
encerrada en cárcel de barrotes varios
mientras se me escurre el alma río abajo.

María Toca
Santander- 12-05-2018, 23,18.

 

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Vivir para contarme

El agua sigue siendo sinfonía que nos compone la tarde. Sentimos, como de lejos, el chapoteo que hace al caer en el suelo del balcón y el gorjeo que somete a la cristalera, mientras, las gotas, raudas, se deslizan en suave bajada hacia el suelo. Dentro nos sentimos seguros, amparados en este pequeño remanso que hemos formado a base de luz tenue, velas encendidas que nos amparan del frío exterior, porque no hay calefacción, ni falta que hace. La suplimos con una raída manta y un sofá que amenaza desvencijarse bajo el peso de nuestros cuerpos desvaídos por el ímpetu que poco antes nos ha debatido.  Nos caldeamos con el lento peso de las miradas cuando los ojos se chocan, como sin querer, porque tú miras lejos, por encima de mí, que reposo sobre tu vientre, que me acoge como lecho seguro, como antes el mío acogió tu embestida.

Hemos hecho el amor varias veces, tantas como nos ahogó la palabra. No hemos mirado el reloj ni una sola vez, no hay conciencia del paso del tiempo cuando se está en contacto con las nubes. La lluvia ha troquelado los objetos en plomo;  tras las ventana se intuye la anochecida que llega paso a paso, hasta inundarnos de penumbra.

Los cuerpos se reconocen, primero, con el sonámbulo deseo de lo nuevo, de descubrir lo desconocido, luego ya, con la calma que da andar caminos descubiertos, recorrer sendas que hace poco se anduvieron y vuelven a sonar los clarines de ese deseo ciego que ampara la soledad de dos náufragos que convergieron en un momento, en un lugar del mundo inabarcable. Solos. Con una música tenue de fondo que apenas amortigua el suspiro de unos labios que rezan el sahumerio del placer. Con tu voz contando la vida que me antecedió.

Me la regalas. Cada palabra es un don que me haces y yo recojo con la fascinación de asistir a una obra de teatro que se desarrolla ante mis ojos. Nada más dulce que esas horas pasadas cuando los cuerpos se construyen a si mismos y las mentes se comunican con miles, millones de palabras. Inabarcables palabras que brotan de tus labios y van, en tropel desordenado, llegando a mi mente. La horadan, la sucumben. Me doy cuenta, escuchándote que el resto de mi vida será subsidiaria de estas horas que estoy pasando ahora. O no. Quizá no siento la permeabilidad del suceso, casi milagro, que consiste en que se encuentren dos almas vestidas con el desamparo que da la soledad mientras navegan por mares profundos, con el alma al aire y una bandera pirata como bastión y suerte.  Yo, con hambre de saber. Tú,  con un estómago tan lleno de vivencias, que para poder seguir viviendo tienes que soltarlas. Y me las regalas no se bien si por necesidad o por pura y simple generosidad.

 

Me regalas las historias de la ría, de los tiempos en que vivir era nacer cada día. Cuando llegaba la amanecida y  te palpabas el cuerpo con las manos turbias de descargar las sacas  comprobando que estabas vivo, que remoloneaba el corazón dentro del pecho pero  seguía latiendo con el ritmo paulatino de la vida . Que el mundo no se ha parado mientras volabais desde alta mar con las turbias planeadoras por encima de las olas. Mirabas a lo lejos, comprobando que  la gente se desperezaba mientras tú recogías la mercancía a pie de playa y emprendías el camino de casa. O de algún chiscón que llamabas hogar por llamarlo de alguna manera. Contento porque seguías vivo. Alegre porque llevabas en un bolsón lo que te haría feliz por unas horas y llenaría tu bolsa de dinero  mientras  salías al puerto,  justo cuando se encendía la luminaria que despierta al pueblo.

Agarrado a mis senos, como el naufrago que eres, hablas y hablas, como si nunca lo hubieras hecho. Quizá es que nunca contaste…Y ante mi curiosidad te desprendes, como de un viejo caparazón, de aquella historia que pesa como losa de mármol. Y la sueltas con la prontitud de un rezagado de la vida. Mientras a mí se me siembra la mente con las imágenes que cuentas; con el desafío de apretar el paso cada madrugada para jugarse de forma coyuntural y frívola, una vida tan joven que casi no te pertenece.

Mientras la lluvia sigue golpeando los cristales del viejo balcón que parece charco infame de agua turbia. Tú y yo adentro, como en el útero salvador que durante las horas que vivimos nos sentimos a salvo de la nada. Más tarde,recordaré esos días como la balsa de felicidad que salvará la vida. Como el instante perpetuo donde se vuelve cuando la realidad se hace torva y oscura. Esa tarde lluviosa, cuando el cielo se aplomaba y el vendaval azoraba la arboleda cercana, sentimos que dentro de aquel minúsculo hogar, se tocaba el cielo con las manos. Tú, contabas. Yo escuchaba. Ahora que lo pienso, conformaste en aquellas jornadas de poca luz, amor ardiente y mucha palabra, lo que luego hizo argamasa de una obra que te es subsidiaria. Que te debo, como los momentos vividos y la dulce experiencia que llaman felicidad . Quizá esa fuera la misión de tu vida, o al menos del encuentro fortuito que forjamos en una estación sin nombre. Vivir para contarme

 

María Toca

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Al aire…

A veces se me rompe el cristal

que deja ver desplantes y grisuras

quedándose al aire las preguntas

cortadas por biseles y por dientes

que ese vidrio dejó como costuras.

Entonces, con el roto,

se me quiebran las viejas conjeturas

entretenidas, como están,

en contemplar el mar,

y como el tiempo barre las esquirlas

del vidrio y las convierte

en frío pedernal, que está pleno

de viejas seguridades,

de temblores ancianos

y de todas las cosas que recogieron,

con premura,  mis manos.

Y, sin bozal ni freno

se me escapan los versos

convertidos en brasas

que incineran al viento…

para  luego, esquivos,

escaparse corriendo,

dejando tras de si

caireles sin sonido

que rompen, en la huida,

las cadenas del miedo.

María Toca

Santander- 07-05-2018. 16,48

 

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