Camino del infierno

Tal que el temblor del visillo en la ventana

o la hoja reseca que bulle por el viento

y la cosecha agraz, fenece en el cañizo,

se me escarchan las carnes cuando sale el olvido

y se me arrumban entre el dolor y el miedo.

A vivir encelada en rumores de sueño

se le llama vivir, mas yo creo que es vano

el camino que se anda, en pos de los senderos

esos en que la nieve, los decora en invierno.

Si persiguen las sombras y las nostalgias viejas

se preñan de las nubes que prenden a lo lejos,

el cielo se ennegrece y se mutilan solos

 gritando tal que orates, los caireles de espanto.

El dolor se hace río, se humedecen los paramos

y la fuente de olvido, se estremece al paso,

de las viejas nostalgias, de los temores viejos.

El olvido, se mece. El silencio se cierne

y yo huyo encelada, rauda,

camino del infierno.

María Toca

Santander-19-11-2017. 20,41

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Paseo nocturno

Camino por la ciudad nublosa,

se me ocurre pensar en las iluminadas bocas

-los balcones iguales que guardan soledades-

y alifafes de gente, que como yo caminan

portando las nostalgias en una maleta vieja.

A veces los cristales se tiemblan

ante el portazo ciego. Se escuchan tempestades,

que atruenan, detrás de los  dinteles;

 luego, se quedan quietos. Las sombras se reportan

y todo vuelve a quedar callado,

como en un cementerio.

 

Unas vidas tan ciegas tal que como la mía,

 me engullen en la tibieza

que da la curiosa presencia,

de los pasos cansinos

por el atormentado asfalto, mojado, hoy en ruina.

Triste, como día de entierro. Lúgubre,

como boca sin dientes,

rajada con tajo de gubia impenitente,

o con el sonido vano, valseando los puentes

que cruzan el destierro

de unos transeúntes, que en nada se parecen

y sin embargo, son iguales que  sombras

proyectadas, sobre el asfalto fiero.

El frío, encajonado , se siente más intenso,

entre calles sombrías que retuercen las sombras.

 

El paso se acelera

como huyendo del miedo.

Un quejido de rama, se entrecruza con viento

y de lejos, las nubes se aclimatan

a este nuevo invierno.

Las luces se hacen agua,

el agua se hace sombra

y entre muchos caminos el alma se desquicia,

expuesta como carne desnuda

al albur de  estrellas, hoy, cubiertas y ciegas.

 

Sin nada que la cubra, la piel se hace un erizo

y corro destemplada, por entre los burdeles

con el demonio en celo

agarrado a mi falda.

María Toca

Santander-19-11-2017. 11,47

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Sombras

Hoy las sombras caminan mansas

por la playa que olvidé y que visito

con la oquedad en la memoria

y la quietud pausada,

que siempre me domina.

Así es ayer, hoy es mañana,

mañana será futuro

mientras  las rompientes olas bravas,

descansan y buscan su camino

entre espuma y  promesas quebradas.

Arriba el cielo limpio  contempla la bajura

con la displicencia  que  lo bello le inspira,

mientras una nube panzuda

avanza sin descanso,  aleteando, tras la brisa

 mientras el corazón disfruta, alborozado,

 del surco preciso, que labra a la intemperie,

al dolor, a las sombras,

esta calma tan fiera.

Mansa quietud, luz y costumbre

que a veces llegas, otras te busco

y algunas se me muestra

en su arduo desnudo, entre el mar y la tierra

María Toca

Santander-18-11-2017. 0,07

 

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Tiempos de embestir

Tiempos propicios a la nada,

esa nada cubierta de estertores

de cantos de victoria y de banderas

que nublan, como poco, la cabeza.

Tiempo de nublos, de tormentas

y de encumbrarse, quien por loco

o por orate se bien precia.

Tiempo de miedos, de amenazas,

de dolores, que estampan contra el suelo

la certeza de caminar hacia atrás

o estar parados, en medio

de los entresijos de una historia

que no por repetida, se mejora.

Tiempo de embestidas de  testuces

de esas que piensan lo mínimo

y espetan sangre y esputos de ira

por la boca.

Tiempos de cólera, de ciega incertidumbre

que a la gente de paz la dejan quieta.

Tiempos malditos, en que ponen rejas

a la razón, al corazón y a la cabeza.

María Toca

Santander-5-11- 2016, 12,41.

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Cadaqués

Fue una sorpresa. Sabíamos que llegaba un nuevo director y las expectativas no eran muy altas. Alguien que envían desde la capital, con ínfulas de novedad que pretenderá arreglar los entuertos pasados y recalificar lo que andaba con el orden incierto de las cosas sencillas. El día que llegó levanté la vista con la curiosidad justa para saludarle con la corrección indiferente que se da en esos casos. Algo noté en su andar que resultaba familiar aunque me diera la espalda. Un aire desaliñado y firme que encendió una luz en la memoria aplastada por años de vivencias. Y su pelo. Esa melena corta me recordó de pronto, a otra más larga y ondulada, un pelo rotundo que llegaba a veces a besarle los hombros. De pronto  di un respingo que  sobresaltó a Martina que trasteaba en la mesa de al lado.

-Es David- dije .

-¿Quién?-

Contemplé a Martina, sorprendida. En realidad me lo dije a mí misma sin esperar que nadie me escuchara. Negué con el consabido, nada, nada, porque era evitable  que supieran que conocí a ese hombre en tiempos, cuando a ambos no nos horadaba la sien las canas que ahora nos adornan, cuando la piel era tersa y el cuerpo cimbreaba musculado y seguro.

Al avanzar, tuve la certeza de que él reconoció mi cara. Me miró con la perplejidad reflejada en sus ojos. Se detuvo y solo avanzó cuando yo bajé la cabeza intentando demostrar que no le recordaba o si lo hacía no quería menciones. Caminó raudo hacia el despacho. A partir de ese día nos hemos visto mucho, evitando que los ojos chocaran o quedarnos solos en la intimidad del ascensor.

Hoy no ha sido posible derrotar a la casualidad y cruzamos el baño común que compartimos. Él, replegaba las mangas de la camisa. Hacía mucho calor en la oficina. Era pronto, pero el sol arrasaba  el ventanal que iluminaba la sala común. Yo caminaba decidida con el vestido mojado después de haberme enjuagado la frente y el escote. Una desvergonzada gotita corría en pos del interior de mis senos, caminando hacia abajo. Esa mañana al mirarme en el espejo me vi guapa.  Hay días que una no se soporta y otros que el espejo devuelve la sensación que reconcilia con el recuerdo. Hoy. Le sonreí sin mayor pretensión, habían pasado meses desde su llegada y jamás hizo falta corregir su desmán. No pensé que hoy podría ser distinto.

Se paró ante mí.

-Es curioso, mantengo el recuerdo de la vez que te vi corriendo mojada por la playa –

Sentí como el rayo de la evocación me inundó toda entera. De pronto llegaron en tropel los recuerdos. Un verano. Cadaqués. Un tiempo de cerezas que compartí con Simona y  Pablo, mis amigos del alma. Le conocí cuando faltaban cuatro días para marchar. Fueron cuatro días con mezcla de agua, sol y sudor de nuestros cuerpos desmadejados y sorprendidos por el empuje de un deseo con alas. Conversaciones sin freno debajo de la sombra alucernada de una luna de Agosto que auguraba la decadencia del verano, miradas furtivas que reavivaban  los rescoldos de un deseo que acababa de saciarse.  Noventa y seis horas juntos, porque no nos separamos más que los momentos de intimidad en el baño, y no todos. Al marcharme le dejé somnoliento mientras su figura se me desdibujaba entre el asfalto del autobús de vuelta.

No nos dimos ni teléfono, ni dirección, ni nada que atara ese verano a algo más concreto. Nada que pudiera romper el prosaico encanto de lo breve, de lo milagroso. Con los años, creí que todo fue un sueño. Una fantasía de mente puberal en verano glorioso. Y no le volví a ver.

Hoy le tenía ante mí, me mira y me recuerda lo que fuimos y de pronto aquél verano me ha dejado presa. Han pasado treinta años. Él lleva un anillo en su mano derecha, yo otro que lacera mi dedo y pesa más de lo conveniente. Su melena clarea, y muestra unas sospechosas entradas; apunta su cintura una no desdeñable  laxitud y sus ojos no reflejan el agua clara de ese azul añilado que tiene el mar en Cadaqués. Da igual. He respirado cerca, he olido su perfume y he sentido otra vez la borrachera de un verano perdido envuelto en buganvillas, deslumbrados, los dos, por el blanco perpetuo de aquellas callejuelas.  Por unos segundos, Cadaqués ha vuelto  a revivirse en un baño de una oficina de un edificio inteligente.

Y él, recuerda los detalles.

María Toca

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Calza mis pies

Por un ratito toma mis ojos, dame los tuyos
por un momento entra en mis pies, camina un rato
con mis zapatos
y luego mira de ver cómo ando yo por tu camino.

Mira al revés, déjame ver… por tu mirada
quizá entonces, juntos, podamos reír despacio
o llorar suave lo que nos une. Por un momento
suelta el envite y abraza un poco.

Date la vuelta, que yo me gire

para que juntos, podamos ver, ese paisaje,

quizá entonces, a ti y a mí,  la perspectiva

nos cambie un poco.

Calza despacio el frío polvo

de los caminos… Mira despacio,

que yo contemplo tu libertad

y tú la mía, tal vez entonces,

no te moleste, incluso

la quieras asegurar.

Ponte mis alas, deja las tuyas que las enhebre

a mi mitad. Volemos alto,

entre las nubes y la verdad.

 

Nada te pido que no te dé,

nada me des que no te pida,

solo un silencio una mirada

se yergue fuerte contra el espacio

que nos limita.

Calza mis pies, mira en mis ojos

que yo los tuyos los haré míos.

Vamos despacio en pos del sueño

que levantemos, de libertad

María Toca

Santander-1-11-2017. 12,16

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Me voy

Casi me voy, con el viento del norte

porque ya el vivir me dejó hastiada.

Marcho, con los brazos caídos

y la frente arrugada,  con el mar por delante

y la vista cansada de mirar hacia el frente

 buscando la batalla que me desgaste menos.

Me voy, despacio, de mañana…

Marcho, hacia el sur o poniente

que no tengo muy claro mi destino,

sin aflojar las sogas que me tienen cautiva

de una historia, de una causa, de una afrenta

que no calma la sed ni se detiene nunca.

Por eso, ya me canso, de remar

en contra la corriente y vigilar la espalda

por si el enemigo se embosca

y me deja lisiada, sin  fuerza. En remanente,

 perdida la batalla, sin causa ni apariencia,

fluctuación de la maraña que me apresa

y nunca se detiene ni me calma  .

Casi abandono la batalla

y me derroto sola, cansada de gritar

en soledad, sin nada a lo que asirme

y me dejo perder, entre la niebla

de una mañana oculta, sin sol, ni despertar

que me descubra.

Oculta, desviada y sin soldada

marcho ligera, apenas  prendido el sol de la mañana.

Me voy, cansada, casi sin despedirme

de lo amado, susurrando el silbido de los vientos

envuelta en nostalgias y pensando

en que el día torne sin mi presencia acidulada

y me pueda diluir sin hace nada.

María Toca

Santander- 31-10-2017

 

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