Cortas, las palabras

Que cortas, que banales se me quedan las palabras

que busco y apenas encuentro, que breves

y concisas son a veces.

Las palabras,

cuando quieren contar tantos desmanes

dolores, heridas, cicatrices

y no encuentro vocablos que den alas

a lo que quiero expresar, con mis palabras.

Que breves y precarias son las voces

con las que intento contar tantas historias.

Viejos cuentos que socavaron vidas

batallas perdidas y sufridas sin decoro.

Derrotas, derrotadas, poseídas de mil flores

que llevar, cautas y sentidas, a sus muertos.

Ellas, las mujeres. Ellas que lucharon silentes,

ardorosas, cuando la negra noche

vino a llevarse a los hijos concebidos en su vientre.

Oscuras mujeres, que tomaron las riendas

y callaron, sorbiendo lágrimas de espanto

aguadañadas en la esquina de la muerte.

Por eso digo, que breves, que concisas,

que erróneas son siempre mis palabras

para contar tanto dolor y tanta lucha

de las que perviven en la memoria

y se hacen eco de tanta función inacabada.

María Toca

A todas las que fueron y serán reprimidas, víctimas de guerras, de represiones tan oscuras. Las hermanas, las mujeres.

Santander -07-10-2019. 19,24

 

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Vestido

Ha llegado el otoño y con él los días se acortan dejando en sombras la casa cuando vuelves. Se anuncia presuroso por la ventana abierta que ya no trae soles bravos o la brisa cálida que acaricia el pelo como mano de amante. La humedad traspasa el cristal y las gotas de rocío sustituyen al vaho del verano recién enterrado. El paisaje se agrisa, cubriendo de gredales los vibrantes verdes que tanto te emocionan. Ha llegado la hora del cambio.

No es que te moleste, al contrario. El otoño son días lánguidos donde la melancolía se explaya calmando la furia del verano en que no hay resquicio al descanso y los días se suceden sin orden ni concierto. El otoño son tardes melosas con el café en la mano, el libro al alcance y la suave mantita que cubre las piernas arropando el sueño que nubla los oídos cuando la tarde cobra sentido. El sol acariciando tamizado por el vidrio de la ventana que apacigua el desasosiego de algún resfriado a contratiempo.

El otoño es tiempo de calma, de escritura, de conversación pausada con alguna amiga perdida y reencontrada. Te gusta el otoño. Y hay que hacer el cambio.

 

Recoges la ropa de verano, la escrutas porque hay piezas que se desechan y prometes

–de forma tan fútil como siempre- que serás comedida en el consumo. La tierra está esquilmada, te dices… y tú con tanta ropa. Te enfadas porque la conciencia ecologista te abruma con razón.  El invierno ha de ser comedido y el próximo verano no adquirirás ni una prenda. Lo juras –tan el falso como siempre-  sobre el montón que almacenas en el altillo de un armario que estalla por los cuatro costados. Prometes en firme abandonar el consumismo y hasta te lo crees un poco.

 

Luego te pones a ello. Como todos los años. Compruebas que siguen  vivos, que ninguna polilla o  la crueldad del tiempo se los haya comido y siguen contando las viejas historias que algún día decoraron, cautivos de tu cuerpo.

Son ellos, los vestidos. Los que engalanaron fiestas, amores o se arrebataron por manos olvidadas en algún lecho extranjero que ya ni lo recuerdas. Con éste me besó, te dices. Con éste asistí a la boda escarchada de alegría, cuando todo era nuevo y los júbilos eran breves pero continuados. Con éste subí la cuesta enmarañada en sus manos, haciendo a cada paso una parada para besar su boca, porque no daba el tiempo a calmar el hambre de los cuerpos. Con la chaqueta negra velé al hijo muerto. Con el vestido azul, ese que te niegas a exiliar de tu vida aunque te abre las heridas, escuchaste la sentencia que abría la sima del dolor. Con el verde fui una Nochevieja a cortejar el futuro.

Y sigues con unos cuantos. Apenas notas como laceran el alma los momentos vividos y cuando no puedes más los encierras en la cárcel de plástico, bien sellada, para que no escape ni un solo recuerdo. Los guardas y sacas los abrigos que han de cubrir las carne que lleva tantas cicatrices que  te niegas a cerrar. Quizá porque entre ellas y los vestidos cautivos está escrita tu historia.

María Toca

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El día X

Quizá te diste cuenta antes por la costumbre de dormir con la ventana abierta. Te gusta despertar con el alba mientras la caricia de la brisa fresca arrastra el mal sueño. Ver la luz en cuanto sales de las sombras.

Hoy llegó el aire inconfundible, por eso lo supiste nada más despertar. En vano languideciste más tiempo del necesario en la cama, postergando la triste premonición que ya era certeza llenándote de susto.

Hoy es el día, te has dicho mientras te posee una languidez teñida de amargura. ¿Cómo es posible que siga siendo tan duro? te preguntas mientras preparas un desayuno que compense –aunque sabes que es imposible- el desafuero de lo que tiene que acontecer inexorablemente.

Hoy es el día. Aciago día. Con pasos lentos te diriges al trastero, buscar la bolsa, compruebas que sigue ahí, contrahecho, arrugado, tal como lo dejaste el día que lo pusiste en su lugar con la satisfacción de haber ganado una batalla. Hoy lo recoges con el sabor de la derrota en la boca. Te sabe a polvo, a enemigo viejo. Y lo sacas.

Te has preparado. Durante días has visionado imágenes, visualizaste formas de hacerlo, tensaste los músculos del cuello en la tímida confianza de aprender a hacerlo. Hoy sabes que todo es inútil. Habrá lucha. Una guerra enconada en la que perderás fuerzas, paciencia y hasta ganas. Pero es inevitable. Hay que hacerlo.

Lentamente le sacas del envoltorio. Lo extiendes en el pavimento de tu cuarto. La funda está alineada. Tomas impulso.

Una hora después yace en tu cama. Un año más lo has conseguido. Has enfundado el edredón de plumón en la funda, esta noche dormirás agotada pero caliente.

María Toca

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Se gastan las palabras

Se gastan las palabras…

se manosean cada poco

y apuran su esencia

quedándose luego hueras

solas y sin contenido.

Vacías, huecas, sin sentido.

A fuerza de usarlas

menguan, se hacen pequeñas

cada día. Se diluyen

en el marasmo de locuaz

indiferencia; pierden fondo.

Del uso y el abuso

se quedan quietas,

pierden brío

se escurren cual despojo

por el desagüe…

van al pozo

donde se hacen escarcha

o lodo pertinaz.

Desaparecen,

los antes importantes: vocablos

que fueron expresión del sentimiento.

Dejan sin brío al corazón

aunque se esfuercen…

Se desgastan, las palabras,

del mal uso, del abuso

de hacerlas bailar a nuestro antojo.

María Toca

Santander-29-09-2019. 11,25.

 

 

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Instantes

No son más que instantes,

milagros, lejanías, momentos

que se pierden apenas se han cruzado

porque son eso, humo feliz

que apenas divisamos

cuando solaces, se diluyen en la nada.

 

Como el niño ata el globo a su mano

e intenta, feliz, que le perdure

su alegre marcha hacia los cielos…

así, mortales al fin, lo sujetamos

con cinta frágil a las garras

para, sin darnos cuenta,

que de tanto asirlo,

al fin lo destrozamos.

Frugal, etérea, volátil fe

de ser feliz, pasamos la vida

corriendo en pos de una utopía

sin darnos cuenta de que el momento

es el que pasa en silencio,

con paso quedo, apenas sin oír

porque luego, sutil, corre elevado

dejándonos con el sabor dulce

de haber sido felices sin notarlo.

María Toca

Santander- 29-9-2019. 21,09.

 

 

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Sótanos

Hay abajo un mundo oculto y encerrado

donde se guardan las piezas bien amadas

y se diluyen las cicatrices que  labraron

a golpe de cimitarra afilada.

En el sótano del edificio oscuro

donde se guardan fragmentos que han quebrado

entre miradas de odio, soslayadas

y figuras quietas y encerradas.

A veces visitamos la guarida

donde se esconden sombras al acecho,

por un rato, contemplamos el desfalco

que la vida nos hizo con despecho.

Luego tornamos al mundo en que habitamos,

cerramos la puerta con cerrojos

y amainan los recuerdos poco a poco

para quedarse quietos entre guanos.

Tornamos a nuestro mundo sin recuerdos

que siguen encerrados en la cripta

a contraluz y lanzando aullidos cada poco.

María Toca

Santander-29-09-2019.  10,59

 

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Historia

Tengo guardado en un cajón

muchas preguntas sin respuesta

alguna inseguridad, muchas enmiendas

y temores ciegos,

sin que pierdan su vigencia,

aunque los tenga soslayados.

En anaquel bien custodiado

tengo la fe que profesaba

antes de que me nacieran las escamas

y la ilusión se me pavimentara

de tristes constataciones demostradas.

Entre algodones guardo los viejos amores,

porque los nuevos ya no llegan

y de hacerlo vienen en desguace

 con lentos arredros pertrechados.

Algún beso preservo olvidado

aunque le tenga en conserva cual regalo

en el cajón de las venturas

que viví, en los viejos tiempos

cuando la piel era tersa y la sonrisa

se abría al cielo inocente, blanca y pura

como lluvia que refrescara el estío.

Por último guardo entre las espinas

de las rosas marchitas y enceladas,

los amores que viví, los que olvidé

y alguno que no mereció mejor memoria.

Soy reo, esclava y guardiana de mi historia

Maria Toca

Santander-28-09-2019. 23,07.

 

 

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