Sin oídos

Se rompen los ojos ante ellos,

el misterio de no saber que hacer

ensimismados en la propia procedencia

y ahítos de comer.

Ellos, ellas, las madres que amamantan

el miedo y el despertar vacío

cuando la nube enmaraña la montaña

y el miedo hace de guardián.

Aquí, fulminados por la inercia

acallados por vacuos despertares

nos gritan. No oímos. Dejamos fuera

la duda… seguimos andando.

Andando por el camino

que esculpe la inercia

y la memoria se finge

vacía, sin nada que contar.

Los ojos ciegos al espanto,

la mano cerrada, sin demora

para que nada se nos escape

y los oídos, cerrados a la suplica

que clama, la carne yerta del que huye.

María Toca

Santander-21-01-2018, 20,40

Publicado en poema | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Despedida

Y de noche.
Y llegaron las sombras a mi casa,
que se sumió en penumbra
hasta que iluminé con mis ojos las dudas
que acechantes andaban detrás de las cortinas.
Con las primeras luces
se me cubrieron las pestañas de gloria
y un telón levantado, dejó ver a mis ojos.
Y tan solo era noche.
Mañana amanecía.
 
María Toca
Publicado en poema | Etiquetado , , | Deja un comentario

Patria

 

A golpes de rebuznos y regüeldos

se construyeron patrias

se vaciaron ríos

y se llenaron los pozos

con hediondas arterias y excrementos.

Así, con pléyades de sangres

y dejándose la piel algunos muertos

se tendieron los puentes,

se amalgamaron las banderas

que cubren los osarios

y son usados de cimientos

a esa patria creada,

a base del espanto y de la rabia

de aquellos que enviaron

a la guerra, contra otros

que eran iguales.

O mejores,

contra el viento y en marejada

de espejuelos,

se cruzaron los páramos salvajes

que hoy se riegan con la sangre

de algunos, mientras otros,

hollan sus cimientos.

Patrias, pedestal de masacres.

Patrias, cementerio de libertades,

patrias pequeñas, grandes, patrias,

de esas que acaban con la suerte

y hacinan gente noble

en la fría extensión que se convierte,

a poco de ser patria,

en moritorio de mortales.

María Toca

Santander-5-1-2018, 21,15

Publicado en poema | Etiquetado , , , | Deja un comentario

El Ancestro

¿Cuándo te hiciste viejo? ¿cuándo te poseyó la furia del ancestro hasta esculpir tu rostro a su medida? ¿Cuándo se te creció en el alma la penuria y el moho que te hace mezquino, resentido y opaco? Con los años, querido, y los desfalcos del tiempo se te oxidaron las sonrisas que aplacaban la miseria que debías portar en el bagaje y con ello se quedó al descubierto la mueca obtusa de la verdad lacerante: eras un ser pequeño que quería ser grande, un ser mezquino que añoraba ser generoso. Tendías puentes para degollar con mano firme a quien osaba transitarlos hacia ti. En conclusión, querías ser otro porque no te gustabas. No te gustabas nada, menos que nada, es más, te aborrecías. Por eso en tu desprecio a ti mismo salpicaste tanto. Hasta pringar a los que te rodeamos. Y en eso te hiciste viejo, amargado, solitario y te creció el ancestro, solo que no te diste cuenta porque cuando te contemplas en el espejo ves otra figura. Si vieras tu rostro, no dudo ni un momento que romperías el arquetipo que te devuelve la faz del otro. Ese que decías aborrecer y no es verdad por mucho que te empeñes.

Lentamente, ha invadido con paso calmo tus ojos, tus fauces caballunas, esa frente que se despeja camino de una alopecia ruin. Se escapa por tus ojos la mirada del otro. Y no quieres verla, por eso rompes espejos y almas que la reflejan. Huyes arrasando a tu paso cualquier obra humana que te recuerde que tú no has hecho nada.

Y te haces viejo sin pausa y sin recato. Vas desgranando carcunda enfebrecida con la voz que trona en tono disuasorio y engolado. Tal que la de él.

Ha invadido tu garganta. Se contrachapó en tu faringe, fagocitó tu corazón y ahora escupe proclamas por tu boca. Tú no te das cuenta porque no te oyes, pero es él quien habla. Yo que te escucho y le escuché a él detrás de los visillos siglo a siglo, sé de lo que hablo. Allí, en los rincones del palacio de invierno cuando el arrullo del agua amansaba las furias y tormentas, su voz sonaba como ahora la tuya y los goznes de cadenas con que apresaba las almas de quien no se sometía a su vesania son regüeldos de los tuyos de ahora

El mismo aire se condensa y se amalgama al paso del discurrir de los días en que tú, o él, camináis planos sobre la cimentada sombra del tiempo y a ladridos obscenos expulsáis de los laterales del camino a quien ose, con su sombra, oscureceros. Ambos. Porque él habita en ti y tú ahora eres él.

Con su muerte comenzó el trasvase. Una trasmisión etérea, vacua del mensaje envuelto en miedo y en cadenas que arrebolan de nubes cavernosas cualquier atisbo de luz que suponga entrever una realidad medrosa.

Es el miedo. Esa es la enfermedad que le mató y que te matará. Miedo a perder lo que nunca se tiene. Miedo a perder lo que es evanescente y se regala, mientras él, y ahora tú y él, emprendéis guerras abiertas para conquistar lo que es gratis.

De golpe se te cayeron lustros sobre la osamenta. Se te apelmazaron las carnes, amojamándose el alma a golpe de espuelazo cruento que desangra la sangre juvenil y la torna, espesa, solidificando el plasma que renovaba a duras penas la estulta cavidad de la cabeza. Y se te avinagró el escaso sentimiento, convirtiéndose en odre seco donde anida el guano y el verdín.

Por eso te he reconocido. Y con la misma clarividencia que lo hiciera siglos atrás, huí o me desintegré sin parsimonias ni espejuelos quedándome inerte, colgada de la pared donde anidan los lienzos del esperpento humanizado de esta gran familia de monstruos que han asolado el valle durante los siglos y seguirán por tiempos venideros.

María Toca

Publicado en microrrelato | Deja un comentario

Mi historia

 

No me quites las cicatrices

ni las heridas que aún supuran.

No me quites nada de lo que te encuentras a tu paso,

por el camino que te abres en mi alcoba.

Todo es mío,

me pertenece el desafío

de haberme construido a golpe de errores

de contumaz persistencia en la falacia

y de tropezarme una vez y otra

en las piedras que hollaron la piel

dejándola con marcas indelebles

y ahíta la memoria, del dolor de no hacer nada.

No me borres ningún costurón de la memoria.

Son míos, es mi  historia;

me pertenece

la zozobra,  el desconcierto, el error

que a buen seguro tuve a bien y a cada hora,

cometer. Por eso, no me borres la memoria.

No te atrevas a resarcirme

de la contienda bien vivida

ni a borrar con besos en la piel

la cronología del tiempo y las huellas

de mi ser.  Es mi esencia

esa que cuidé, con mimo,

cosechando el error a toda hora.

No borres el dolor. Ni las arrugas,

no ves que en ellas existen los renglones

donde se ha incrustado el testimonio

urdido por mis pasos a lo largo de una vida

vivida, plena y a deshora.

Por eso, no me quites el peso de vivir

 ni el dolor, ni la amalgama

de obituarios, efemérides.

¿No lo ves? Son mis huellas.

Es mi historia. Por eso, no me borres

ni las cicatrices ni las glorias

Maria Toca

Santander-29-12-2017, 13,49.

Publicado en poema | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

El Portero

Volvía, como cada noche. Envuelta en la bufanda y el plumas que la aislaba del frío y de la intemperie de miradas ajenas. Cubría su cabeza, para disuadir  a la gelidez de penetrar dentro del pensamiento, un gorrito impermeable, al menor atisbo de nube enredadora. Si, por el contrario, arreciaba el frío seco, lo cambiaba por un borsalino desgastado por el uso y la costumbre de portarlo aun con sol. En los pies, siempre botas rematadas en piel de borreguillo, que la llegaban a la rodilla, tapando unas piernas deslavazadas, casi de pollo. Los muslos se cubrían con pantalón de franela o  pana, alternando el tejido según conveniencia o capricho. Esa era su indumentaria durante el invierno que para ella comenzaba en Octubre y acababa, entrado Mayo, incluso ya pasado. Durante el tibio verano que nos adornaba, en poco variaba la  vestimenta, haciéndose, al menos, más liviano el tejido, pero seguía calzando botín, cubriéndose con pantalón agreste, aunque en vez de plumas, llevaba chaqueta bien atada y la cabeza la adornaba el minúsculo sombrerito que apenas dejaba entrever la timidez de una pelambrera escasa, aunque horadad por peine y por la contumaz costumbre del disimulo. Vano intento, porque la señora era casi calva.

La recibía en silencio. Apenas una leve inclinación de cabeza, un hola o un adiós musitado entre dientes, con la mirada seria y ni una sola vez en estos veinte años, dejé escapar la sonrisa. No fuera a molestarla como entonces.

Entonces, éramos, ambos, jóvenes. Bueno, yo lo era, ella, siempre padeció la torva contumacia y seriedad que le hizo ser adulta cuando púber, y anciana cuando adulta. Recién llegado a la conserjería del núcleo de la urbanización de lujo, sobrecogido aún, por el ruido de una ciudad que apenas conocía y agradecido a la comunidad que supo elegirme para el puesto que me reportaría, además de lo justo para vivir con una cierta decencia, un  chiscón  sin apenas adornos ornamentales, pero justo lo que necesitaba para mi vivir cotidiano. Era lo que ansiaba mi escasa ambición. Un lugar pequeño donde en, no más de veinticinco metros, comía, dormía, tenía un baño diminuto, y un sofá donde ver la televisión. Poco más. Porque escribía en el cubículo de la portería, que era la antesala de mi minúscula vivienda. Incluso cuando no estaba activo, me encerraba en él, con una tenue luz que apenas se percibía desde fuera y producía los escritos que luego, se publicaban a nombre de Arturo Peña de Montemayor. Mi seudónimo. El mejor personaje creado por mis dedos.

Arturo Peña de Montemayor, concebía en la estrechez de la portería historias truculentas, con crímenes de manoseado interés que se vendían como churros a dos euros la unidad como si fuera material consumible. Con esa intención salí del pueblo y estudié la carrera. Luego como forma de supervivencia, busqué un trabajo tedioso y aburrido, que me permitiera dedicarme a lo que más ansiaba: contar crímenes. Concebir mentes asesinas, psicópatas peligrosos que hicieran temblar a la ciudad entera. Y enamorar a mujeres esplendorosas, como Alejandro Gijón, el detective de la policía científica que resolvía lo insoluble. Ambas cosas las tuve  de sobra siendo portero de esta urbanización. Por eso no ansiaba nada y me sentía satisfecho de mi suerte, aunque muchos me consideran mediocre y falto de anhelos.

 

A ella, la conocí a poco de llegar. Entonces aún tenía pelo. No abundante, es cierto, pero el desfalco posterior no se intuía. No era guapa, nunca lo fue. Era extraña. Con una cara difusa, en la que había que fijarse varias veces para memorizarla. Una nariz bien grande, torcida, que amparaba unos ojos despiertos, de un raro color, entre azul y verdosos, tal que  vidrio de botella. La frente despejada, con unas cejas potentes, que al menor indicio se enervaban con gesto entre displicente o de interrogación. El cuerpo, menudo, pero bello, aún no se marcaba la cojera que ahora, era tan evidente. Liviana, casi como un soplo. Extraña y silenciosa tal que ave de paso.

Bajaba la escalera, con andares de paloma perdida. En silencio cruzaba el corredor, con el paso cansino, que ahora, simplemente es de anciana y entonces, aún tenía su encanto. Clavaba los ojos en el suelo, como si temiera mirar al mundo y que este la devorara. Ganó mi atención al verla desvalida, sola, paseando a su perro, el anterior al de ahora. Jamás la vi con nadie. Jamás nadie la vino a buscar. Nunca la trajeron en coche, o alguien se despidió de ella con amor o al menos con atisbo de algo similar a la pasión. Nunca descongeló el rictus amargo de su boca, ni la frialdad de hielo de sus ojos azules, o verdosos, o ciegos. Alguien me contó que fue niña enferma. Sin familia, los padres habían muerto años atrás. Nació al infortunio en familia mayor, adinerada, eso sí, culta y melómana, eso me aseguraron. Y poco más. Y que era escritora. Que también me lo contaron. Escritora de serio, me entiendan. No como yo de folletón a dos euros.

Quizá fueran los pocos años, la rutina del pueblo en donde todos éramos saludables y conocidos, lo que me hizo intentar intimar con la vecindad. Mis sonrisas y mi socorrida servicialidad,  consolidaron buenas relaciones con casi todos los vecinos. Algunos reticentes, marcaban las distancias como si fuera necesario el alambre de espino para separar las clases sociales. No osaba yo saltarlas, ni por asomo. Ni por interés. Que ya expuse que con mi cuarto, con la jornada de ocho horas y el tiempo libre que restaba tenía  más que de sobra para vivir mi vida. No tenía idea de casarme, ni de formar familia, tan siquiera de corroborar mi prestigio con alguna propiedad. Ni por asomo. Tan solo un cochecito, recio, pero con años, para poder hacer la compra semanal y acercarme al pueblo en vacaciones, Navidad (no todas, que a veces había entregas urgentes de algún número más difícil) y alguna escapada a la costa, por eso de ver el mar y poderlo contar. Poco más ansiaba. Carezco, ya lo dije, de eso tan común que se llama ambición. Mi vida me gustaba, tal como era y tal como es. Mis ratos de arreglar los parterres, el jardín con las rosas, los jazmines y cortar o regar cuando es menester, me conforman el gusto por la tierra. Una vez al día, friego y barro la escalinata, recojo la basura, mantengo el portal cual patena, puliendo los dorados, colocando los focos fundidos, regando las macetas, atiendo al cartero, subo o bajo recados urgentes. En fin, lo que se hace en un portal. Y luego me sumerjo en las historias que concibo a la luz de candil y me digo ¿para qué más?

Reconozco que a ella, la contemplé con incierta ansia. Que los saludos y quiebros, de entonces, eran con ganas de agradar. Que es posible que a fuer de ganas de alabarla o de hacerla feliz, me sobrara un ligero vestigio de amabilidad. Es posible. Pero ella lo quebró con la desgana con que cortó mis alas. Me devolvió el saludo (atento, y sonriente) con la más frugal mirada que pudo escoger. Lo intenté. Lo volví a intentar. Hasta que su gesto adusto cavó las barricadas entre ambos y yo retiré mis soldados hasta la retaguardia donde nunca volvieron a salir.

¿Cómo decirle ahora que jamás hubo mala forma? ¿Cómo explicarle que fue la curiosidad, o quizá una lejana atracción lo que me llevó a cogerle la bolsa aquella vez? Y mi desolación ante la brusca retirada de su mano, al intentar ayudarla. Su mirada de hielo posada en mis ojos que cegaron para siempre mi afectuosidad. ¿Cómo explicarle que no buscaba nada más que una conversación afín, una mutua confianza, un pedirle algún consejo sobre libros…o enseñarle algo escrito por mí? ¿Cómo romper el muro de la inquietante desconfianza que levantó cual empalizada ciega ante mi amabilidad?

Ahora regresa yerta, temblando por el frío. Su perro me contempla con la misma acritud de su ama. Alguna vez le dije si quería que yo le sacara a pasear. Con gusto le haría el favor. Fue un día en que la vi mayor. Andaba cabizbaja, renqueante, con suspiros de miedo y estornudos que convulsionaban su cuerpo menudo. Le ofrecí mi tiempo, como a un náufrago se le tira un balón.  Me miró displicente.

-Gracias, Andrés, pero no hace falta. A mi perro lo paseo yo-

-Lo sé, doña Clara, pero si algún día se encuentra mal o no puede salir, cuente que yo estoy aquí-

-Gracias. Pero no-

Salió camino de la calle. Con las botas raspando el asfalto y el gorrillo calado hasta dejarla casi sin vista. La contemplé mientras subía calle arriba, tirando de la correa del  chucho que olfateaba , a casa paso, el lugar indicado para hacer su necesidad. Ella cojeaba. Los hombros alicaídos y su encorvada  espalda le daban el aspecto de una señora mayor.

Ni una sola vez volvió sus ojos a mirar donde yo la estaba esperando. La perdí de  vista, y volví a mi cuarto a seguir con la saga. Al volver ya era tarde y había apagado la luz.

 

Fin

María Toca

 

Publicado en relato largo | Deja un comentario

Entre la soledad y el desamparo

Entre la soledad y el desamparo

me hallo, en ruina cotidiana

sin saber elegir ruta o sendero

que me conduzca hacia algún lado

o me mantenga entre las brisas

del tiempo acaballado del estío.

 

Entre guijarros y entre sombras

el alma me vadea en la ventana

de aquel pasado que nos llena

de una contienda plena de nostalgia.

 

Momentos de barrunto de tristezas

de tiempos idos, y no vueltos,

de alegrías marchitadas con el sol

que luce a mediodía. En batalla

lucida y espesa, plegada en el fracaso

de saberme viva y sin recato.

María Toca

Santander-25-12-2017, 17,53

Publicado en poema | Etiquetado , , | Deja un comentario