A Jairo León

Si tengo frío escucho

hablar a las estrellas,

porque en noches como esta

me mecía la luna

y las manos de madre

guarecían la escarcha

arrebatando al frío

su guadaña en mi espalda.

Yo dormía y soñaba…

que tocaban mis dedos

unas teclas ansiadas.

Con la luna testigo

con el corazón frío

y mis ojos velados

por las sombras robadas…

Me soñaba, acariciando suave,

con la dulce finura,

cual piel alabastrada,

de un piano que tocaba.

Era de noche y madre

caldeaba el invierno.

Era de noche y mis sueños volaban

en pos de una poesía

que la música hacía

y yo que la tocaba.

Era de noche…y soñaba

que mis manos brotaban

la música de mi alma.

Era de noche…

y mientras tanto…

 María  recitaba.

María Toca

Santander-5-01-2020. 0,30

 

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Los amos

Ladridos enfrentados,

alambradas de púas fieras los protegen

en soliloquio sobrado con viejas lunas

de esas que a fuerza de alumbrar, ya casi ciegan;

se levantan, hiriendo el espacio con sus sombras.

Se protegen, se crucifican entre sí con las soldadas

que unen el paso a contratiempo del progreso.

Ladridos, que lanzan hombres solapados  de privilegios

de esos que emanan de un pueblo callado, contrito,

yerto, lúgubre, pleno de esclavos desclasados.

Yo no sé si llegó la hora de arrebato.

No tengo idea

de si hay fusiles o ideas enfrentadas

aquí en la pequeña aldea donde habito

más creo -desde el silencio de mi cuarto-

que puede llegar la hora del concierto

entre los que callamos por los siglos

y los que acarrean un poder obtuso

como para no ver que despertamos.

Me cansa escuchar ladridos ciegos

de quien mantiene privilegios

sin  decoro, sin vergüenza, en menoscabo

de un pueblo, que calla, duda

y siempre ha  trabajado para ellos.

No sé si habrá llegado al fin la hora

de aleluyas enconadas y de avíos.

No lo sé. Pero les confieso, aquí

-en el silencio de mi cuarto-

que somos un pueblo muy cansado.

Ahíto de malhechores y malandros;

un pueblo de mansos, cierto…

pero ahora conformamos

una tribu   encabronada contra ellos:

los poderosos, los de siempre. Los amos

a los que hay que derrotar porque la soga

no puede ya apretarse con más brío.

María Toca

Santander- 4-01-2020. 17,24.

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Patria

La patria son retales de otras patrias

fundidos a deshora por manos trabajadas.

La patria son rincones que los ojos

pasean gustosos, solo a ratos.

La patria, la mía, es una gente

que mira hacia arriba y nunca se somete.

Lo demás, no son patrias… Son dementes.

Orates que gustan de sacar la violencia

y usan banderas por rescate.

La patria es pisar el barro de la gente

sufrir y acarrear historia, a veces enconada…

sin base, apenas un liviano sendero caminado

con ansia y con recelo.

Unirse, a veces, otras, las más, dispersarse

ante el exterior, espejo inabarcable

tan falso como las voces que esgrimen

el vocablo, con fines espurios. Caínes,

que dicen amarla y solo la restriegan

por el fango y solapan la verdad:

que no hay patria que merezca el dolor

ni la lagrima furtiva de unos hijos

que se dejan matar, a veces matan

por eso que algunos, a gritos,  llaman patria.

María Toca

Santander-03-01-2020. 13,10

 

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Ciclotímica y ausente

No sabría decirte, si María del Pilar era pesada o solo mantenía un nivel de intensidad en todos sus actos que apuraba hasta el límite la energía de todos los que la rodeábamos.

A ver, que la queríamos, no te vayas a pensar que no por mis comentarios. Era imposible no quererla porque desprendía una ternura ciega, como de pollito desvalido, en todos su actos. María del Pilar, era suave pero con púas encendidas en su piel que se activaban al menor indicio de desafección y pinchaban con veneno a quien se encontrara cerca. Necesitaba como el aire tenernos cerca; te atraía como las viejas sirenas a los navegantes, para perderte o para huir al momento de sentir sus cantos silenciosos de necesidad. Si no salías huyendo al principio, te quedabas prendido en una espesa red de desfalcos y desalientos en donde tenías que correr en pos de más y más cariño, dedicación y ternura.

María del Pilar nunca tenía bastante. Era insaciable en cuanto al amor. Necesitaba de forma continua demostraciones de afecto. Hasta ahogarte en la inacción por el sentimiento de no dar la talla. Cuando eso ocurría, ella, triunfante, proclamaba a los cuatro vientos su desamparo, entonaba el canto plegaria de lo previsto. Gritaba sin voz pero con una actitud doliente, cual virgen dolorosa, el infame destino de su soledad. Con lo que te quedabas maltrecho y desarmado, sintiéndote esbirro y ejecutor de un alma noble. Sensación, Amparo, que a decir verdad, no se te iba en años, porque María del Pilar, jamás soltaba el hilo invisible de la culpabilidad para azotarlo cuando fuera preciso, dejándote exhausto y sin más destino que un infierno de culpa.

En el principio era todo alegría, podrás comprender, Amparo, que de ser así al conocerla jamás nos aposentaríamos a su alrededor. Jamás, porque la condena que sumía ser poseído por María del Pilar, era perpetua y costosa. Pero no. Al conocerla desplegaba sus plumas de alegría y amor incondicional, convirtiendo al receptor o receptora de su interés en protagonista de una ficción tan excéntrica como  feliz. Te seducía con su sonrisa, con unos ojos habladores que desprendían luz envolvente que te apresaba para siempre jamás. Su parloteo brillante, porque María del Pilar, era brillante hasta el infinito en sus días luminosos, te envolvía con papel inviolable. Su risa emitía el sonido del fino cristal cuando lo chocas o de los caireles enloquecidos por viento a través. Todo alegría, puedo jurarlo, Amparo, todo alegría y juventud desbordante que inundaba cualquiera que  fuera el sitio donde se adocenara su cuerpo y el nuestro a su compás.

 

¡Ah! que tiempos divinos cuando a María del Pilar se le anegaba la casa de soles matinales y de sonrisas perpetuas. Tú, llegabas, te amostazabas a su vera para no querer moverte nunca más. Pero querida, pasado el tiempo de la seducción a María del Pilar, se le amonaban los ojos, se le oxidaba la risa hasta sonar a timbre viejo apagándose  la luz de los ojos hasta volverlos tristes como noche de invierno y se bajaba el telón de la fiesta. Llegaba la hora de tu concurrencia. De miles de cucamonas y jeribeques para que volviera la de antes porque la añorabas tanto que sufrías por su falta a la vez que con sus desprecios. Y nunca lo hacía. Al contrario, María del Pilar, entonces se convertía en fiera insaciable que devoraba amor incondicional. Jamás tenía bastante, te lo puedo jurar Amparo, porque lo intenté.  Juro por todos los dioses que lo intenté hasta ahogarme en mi propio fracaso.

Te esforzabas poniéndote delante de un ser absorbente, huido, con un pozo ingente por alma que nunca se llenaba solicitando de forma constante prueba de amor infinito, rendición incondicional y plegarias a un dios que ella conformaba a su imagen y que tú tenías que adorar. Jamás vi a nadie llegar a la cima. Jamás nadie pudo llenar, ni someramente su ansia de amor. Todos fracasamos en el intento, Amparo, y si fuimos todos quiere decirse que era imposible o al menos muy improbable que fuéramos todos los equivocados. El fortín que levantaba María del Pilar ante nosotros era inexpugnable.

Se acababa la fiesta de forma tan abrupta que te cogía a contrapié, añorando lo perdido, sin entender el por qué de la ausencia. Luego el tiempo se repartía intentando contentar su insufrible dejación y recuperar el motín de alegría de los días de gloria.

 

Por eso, te pido, Amparo, que no seas injusta en tus conclusiones y no nos descalabres ante la supuesta certeza del abandono. No, a María del Pilar, se la desamparaba porque ella, a empellones, nos arrojaba al infierno de su deserción. Para luego explotar gozosa con el viejo argumento de que nadie la amaba, todos la abandonábamos y nadie merecía el amor tan grande que nos dedicó.

 

María del Pilar era la Gorgona hambrienta que jamás tuvo bastante. Y la amamos hasta la extenuación, Amparo. Quizá el amor partiera de un cierto egoísmo, puedo concedértelo, Amparo, puedo…con reservas. Si hubo ese egoísmo puedo asegurar que pagamos con largueza el desafuero. Quiero pensar que llevaba una soledad tan profunda, una herida grave que nunca curaba en su alma inquieta de chiquilla loca, que nada ni nadie saciaba jamás. Y era esa herida la que debió sanar en vez de pedirnos a nosotros que colmaremos huecos que jamás intuimos.

María del Pilar era hermética. Me entiendas, Amparo, en su momento seductor contaba mil historias, porque era locuaz como pájaro alegre. Abrevaba la curiosidad de los que la rodeábamos con sombras espesas, como olas que calmaban nuestras percepciones. Pero nunca hablaba de ella. Jamás expresó sus alientos íntimos, quizá porque andaba huyendo, como alma endiablada y confusa, de toda verdad. O la desconocía, que todo puede ser.

Ni la conocimos nosotros, ni supimos nunca el manto de líquenes que debía cubrir sus sendas profundas. Y mira que lo intentamos. Que lo intenté, Amparo. No te suene a culpa pagada, que no lo es, ahora ya para qué iba a servirme la autojustificación. De nada, seguro, porque ya entendí el proceso, exprimí mi autoculpa y sané el desvío,  por eso intento explicarte.

 

Cierto que eran tiempos en que la locura y la diversión ocupaban espacios diurnos y nocturnos  amplios dejando poco tiempo para la introversión. Pero yo te juro que hubo horas, días, espacios de tiempo perdidos en la inmensa ola que sumió su tiempo, en que me paraba e intentaba escudriñar con ojo de águila el profundo interior de María  del Pilar. En vano, Amparo. No dejaba entrar a nadie porque escoltaba sus miedos profundos con un cancerbero armado e insomne.

 

Quizá es que temía desvelar el misterio que nos hacía rodar hacia ella por pura y genuina atracción de lo inexplicable. O bien pudiera ser que un enorme vacío ocupara el espacio que ella, con esfuerzo arduo, intentaba cubrir con aleteos de burdo teatro. Sea como fuera, agotados, ahítos, en derrota umbría, optábamos por la deserción.

Cuando yo me fui te juro Amparo que necesité de tiempo para recomponer mi corazón roto a fuerza de culpa y de desengaño. Labré una escalera de fría mecánica por donde subir y esbocé un futuro un tanto vacío.

Porque he de decirte, Amparo, que nadie que la conociera, que gozara de su amabilidad, podía escaparse impune. Tal era la fuerza, tal era el gozo que a partir de entonces todo era vacuo, ígneo , sin matiz. Por eso ahora, frente a su cadáver, entierro mi alma y te juro, Amparo, que daría todo por verla surgir de nuevo ante nosotros. Aunque con ello matara lo que construí, aunque tuviera que servir de lacayo de sus sentimientos, porque la existencia ha perdido el color desde que nos alejamos. Ahora, ante su cadáver y tus reproches siento el dolor, no de haber desertado, sino de su falta. Como si el mundo hubiera amputado toda la alegría.

 

María Toca

Santander-29-12-2019. 13,28.

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A Villa Agustina

Cuando el tiempo se pase
y las fuerzas se cubran de neblina y bajura.
Cuando mis huesos blandos
busquen el sol que ampara
y mi sonrisa, cuartee los labios yertos
volveré a los días que contemplé el paisaje
de las verdes colinas, del agua trasparente
cuando, sola y feliz,
caminaba, entusiasta
hasta Villa Agustina.
M. Toca
Santander 29/12/2019
Gracias Vera, Ramón y a todas las compas de estas reuniones gloriosas.

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Sin ganas

No hay gana. Simplemente no la hay. Y es extraño porque siempre la hubo. Aún en los peores momentos  hubo ganas de escribir. Siempre. Quizá en los peores más, de alguna manera al soltar la bilis y extrapolarla al folio se producía el exorcismo  atenuándose el dolor, o el cabreo, o la decepción. En forma de poema cuando el fárrago de sentimientos ahogaba tanto como para no dejar clarificar los conceptos y se vertían en forma rítmica asonante. Era algo críptico y oscuro, las más de las veces, lo que quedaba impreso con cierta forma versícular.

En cambio, si el problema se hallaba claro podía plasmarse en forma de artículo o relato;  siempre es bonito extrapolar los acontecimientos, verlos reflejados en un espejo cóncavo y labrar una historia deshilachando las hebras de unos hilos personales. Desdibujando la verdad para hacerla audible. Cuando el impacto era tan grande que soltaba monolitos dispares, llegaba la novela. Una lectura en periódico de noticia trágica o sorprendente que obnubila el pensamiento y se desgaja en conjeturas variadas. Y llega la novela con sonata de timbales porque no hay nada más hermoso, objetivamente claro está, que construirse un universo y sumergirse en él. Quizá al principio como una diosecilla omnipotente, para después quedar convertida en mera comparsa de una historia que navega con vida propia. Ahí llega la parte más hermosa, cuando se pierde el control y la historia camina con paso propio. Se me entienda, no es que a una la dicten los temas unos hados imperturbables, llamados inspiración, musas o zarandajas por el estilo. Que no, me canso de explicar que el oficio de escribir es eso: oficio. Trabajo, mucho trabajo, meditar bien cada paso, hacer un entramado firme donde asentar una trama, con voz, nudo, desarrollo y traca final. Pero ocurre, que al poco de comenzar, si la historia es digna de tenerse en cuenta, la que escribe queda como mero peón caminero, trazando sendas…y poco más. Al momento de cruzar un rubicón impreciso la trama toma vuelo y se desmanda de forma que solo puedes seguir la senda que has marcado de antemano porque los personajes viven solos y te necesitan como amanuense y poco más. Es cuando llega la gran borrachera, esa que genera un placer inusitado y adictivo. Nadie que lo haya probado se puede sustraer del mismo. No somos creadoras,  ni tan siquiera suscribidoras,  tan solo  conformamos una peonada de la escritura. El brazo o los dedos ejecutores de historias que vienen de lejos. Nuestro “talento” es dar forma bella a los cantos de sirena que nos atraen a las costas rocosas. Que son las historias que contamos. El meollo es como lo contamos.  Y poco más.

Pero ahora no. No es agotamiento de temas, porque los hay a espuertas, ni falta de inspiración, sea lo que sea esa cosa que apenas conozco y veo muy de vez en cuando. Son las ganas lo que ha huido. Se ha labrado una deserción costosa y dolorosa con el entusiasmo. Se ha cosido con hilo invisible de decepción ante lo inevitable y el trecho del entusiasmo entre lo posible y lo factible es tan largo y abrupto que me he quedado sin ganas.

Por eso me siento a contarlo, por la falta de ellas. Me asusta mucho porque les juro que yo sin ganas de escribir me diluyo como azucarillo en agua muy caliente. Son tan vitales como el oxigeno o la luz. Me aterra perderlas y que no tornen porque las necesito cada poco. Un día sin escritura no es un día, solo sería un borrón en el calendario vital de la escalera hacia la nada que transitamos sin esperanza. Mi savia y mi fe se basan en esto. Si lo pierdo no hay redención…

Pero…ahora que me doy cuenta llevo  más de un folio contándoles que no tengo ganas de contar. Ahora que me doy cuenta… hasta cuando no tengo ganas de escribir, escribo. Estoy abducida y no tengo remedio. Gracias a ese dios que habita en el Parnaso, también se lo digo.

María Toca

 

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Torpe manada

El gran engaño, falacia estulta en la que todos creen,

esa mentira  que a fuerza de decirnos, nos convence.

Vivimos libres, nos dicen, y nos envuelven en cadenas

bien argolladas a la piara que conforma la manada

que gregaria, se guarece justo en donde aprietan más los goznes.

Viles cadenas, que soportan una leve y quieta marcha,

simula,  algunas veces, la hilera de presos en cuerda

que avanzan por la senda vigilada.

Tú, yo y la gente, que aprieta el paso de oca

al compás de clarines y trompetas afinadas,

pensamos, vanos, que caminamos libres,

en solaz y libertaria marcha acidulada…

Tan solo somos rebaño, que torpe,

alinea su paso justo al compás de la manada.

María Toca

Santander-22-12-2019. 16,13

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