Cuanto hizo falta

Cuantos aldabones fueron necesarios

para condenar al cieno las brasas fundidas

de  los corazones ardientes y nunca callados

y cuantas miradas de odio, fueron conjuradas

para que el silencio llenara el vacío de sombras quebradas

… y el olor a muerto, asolara el amplio bastión de  tu falda.

Cuanto humilladero, cuanta lágrima seca

dentro de un pozo que nunca se llena.

Cuanto olor a lejía barata

cubrían tus manos, antes afinadas

y que hoy recogen las miasmas de aquella derrota

que ansias aplaca y calla la voz, que no dice nada.

Mujer ¡cuánto miedo hizo falta!

para dar por sellado el corazón roto

y los labios henchidos de rabia

se resquebrajaran, secos, mudos, quietos

cerrando palabras.

Te dejaron sola. Te dejaron seca. Te dejaron huera.

De tanto humillarte, de hacerte la vida

común sortilegio de manta quebrada

que apenas ampara la noche que llega callada,

mientras a lo lejos, suenan,  las pisadas

de cabalgaduras que atruenan la noche

y besan con fuego a la madrugada.

Mujer, ¿cuánto miedo  hizo falta?

Dedicado a todas las mujeres que sufrieron la represión macabra del fascismo.

María Toca

Santander-10-12-2017, 18,14

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La Envidia

No debía hacerlo. Sabía que no debía  fisgar  esas páginas de Facebook, vedadas o inconcretas. No tengo entrada en forma de permiso amistoso, por tanto hay riña de intereses y afinidad nula. Pero lo hago. Algo me arrastra a curiosear por donde no debo, a mirar por ese ojo de cerradura indiscreto de los tiempos modernos.

La conozco desde siempre. De niñas la veía caminar con su vestidito pulcro ribeteado en guipur con los calcetines de perlé deslizándose pacientes por sus piernitas morenas, calzando merceditas de charol, impolutamente blancas, mientras a mí los churretones de barro se me agrietaban de viejos entre las playeras desgastadas y el jeans arremangado, para no mojarle, que me ceñía unos muslos debaratados.   Ella, llevaba el pelo troceado por una raya milimétrica y dos coletas terminadas en lacitos rojos y blancos, a juego con el canesú del vestido. Impecable, perfecta, oliendo a agua de lavanda y a limpio mientras a mí las manos me sudaban y el pelo se arremolinaba en rizo trasversal delante de los ojos. Un inmenso soplido lo apartaba cada poco, haciendo que el telón dejara ver el paisaje de la vecina mientras andaba, metódica, de la mano de sus papás camino de la misa de doce. Yo vadeaba el porche, mientras mi padre daba gritos y ponía orden en la corralada  a los diversos animales que la habitaban. Mi casa, aunque cercana a la suya, la separaban costumbres y unos metros que en ese tiempo era frontera entre la buena vida o la mansedumbre ante la calamidad.

Dejé de verla durante bastante tiempo. Partí a estudiar. Imagino que ella debió  seguir caminando tan recta, con vestidos de guipur hasta que calzó el tacón del que jamás se bajó y los trajes ceñidos que amagaban el pecho hasta hacerle rozar la barbilla. El pelo ya no lo llevaba partido en dos mitades. Ahora peinaba melena fosca, mechada por ramitos de rubiez  discreta, que le daban un aire entre sofisticado y pijo al uso de las pequeñas villas. Yo, seguía con jeans y con playeras embarradas.

Coincidimos en algún evento, ella de figurante, yo de ponente. Marchamos, ambas, en pos de amores furtivos y bien intencionados (ella). Yo, en cambio, vivía pasiones fulgurantes y plegadas de  irredentos delirios. Volvimos a perdernos.

En el tiempo de coincidencias, por más que frecuentes , jamás nos saludamos. Pertenecíamos a galaxias tan dispares que ni nos oteábamos. Ella relucía, yo me plegaba al suelo que pisaba firme con los ojos bajos, contemplando la basura imperante, ora para contarla, ora para cambiarla. La atisbaba de soslayo, sonriendo y haciendo sorna de su compostura; ella, altiva y distanciada, acechaba mi presencia con la barbilla levantada y más ceñido el seno. A veces, entre risas de amigas, comentábamos que ese sujetador  tan adusto le estallaría algún día borrándole un ojo. Pasaron los años.

Ahora compartimos amigos. Son  tiempos, que a una la vuelven sistema mientras que a la otra se la oxida la altivez y la burguesía. Coincidimos a veces. Yo sigo con jeans, cada vez más anchos, ella continúa con el pecho altivo, la sonrisa congelada en gesto inamovible desde hace más de cuarenta años y los ojos  pétreos, velados, sin luz.

Luego, cuando vuelvo a casa después de algún encuentro fugaz, no puedo reprimir buscarla. Entro, tal que como furtiva, en sus sitios y contemplo su vida: sus viajes, sus amigas, todas de sonrisa fácil, de mecha arrubiada y de ojos vacíos. Observo al marido, impoluto, el mismo con el que se casó en boda de postín. Señor sonriente, que parece complacido contemplando sus tetas. Miro sus rincones. Esa casa al borde del mar, decorada con gusto de revista de moda un tanto atrasada. Los paseos playeros, los saltos que da con su perro (tiene perro, claro, recogido, con ello cumple con su dosis de altanera solidaridad) .  La veo, rozagante, posar en el porche,  mientras el viento hace bailar su larga melena, y ella  ciñe leggins que marcan una silueta cincelada a golpe de bisturí ciego. Con copa en la mano, con gafas de sol, con bikini y toalla en playa Caribe…Sé que no debiera. Que no está nada bien. Sin embargo, lo hago, y luego me irrito al saborear el regusto ácido de una envidia malsana que me hace pensar si debí quedarme, calzando charoles y  oprimiendo el pelo a la vez que hubiera sido más lógico pagarme  unas buenas tetas que diversos masters.

María Toca

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Con la espuma del mar, tengo bastante

 

Hay quien necesita de iglesias y de ritos

de canticos, plegarias encendidas,
a mí, me sobra la espuma del Cantábrico
el ruido de las olas y el recuerdo
de quién habita el corazón y lo conmueve.
Esa es mi plegaria, mi rezo, mi consuelo.

Rompe espuma gloriosa de mil mares. Rompe,
como espada victoriosa
que nutres la tierra con tu savia
y enjuagas los dolores de las llagas
mientras amortiguas el tormento
de las madrugadas en espera.

Con mi libertad como bandera

con penachos de dicha renovada;

 el cielo por  techo y la luna

por morada, así camino

rauda, al borde del sendero

enamorada y ahíta del amor

que siempre espero.

Con calma se me eleva al cielo

la oración, bien cimentada,

con ansia de ver las cuencas

de tus ojos, animadas

y volver a contemplar mientras espero,

tu frente bien amada.

Con eso, la espuma del mar

y mi velero…Con eso,

te juro, compañero,

que me llega para arribar a la morada,

donde se guarda el amor bien anidado.

Santander-30-12-2016. 23,07

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En el mismo sitio

Hoy visito el rincón,

donde  en  noches de tristuras trazadas

el bramido quebrado, rasgaba,

 el silencio aparente

mientras las olas seguían

 su camino, a romper contra el muelle,

dejando  un rumor sordo

de un baile indiferente.

Rasgaban el nocturno

aquelarre sombrío

el viento, y algún alma impenitente

que, tal como la mía,

clamaba contra el infierno.

Recuerdo cuando huía

de la casa, vencida,

por la antorcha encendida,

prendida de mi pecho,

 que nunca se  aplacaba.

Era dolor de ruina. Era ausencia,

era desgarro fiero

de una muy malquerencia.

Calzaba mis zapatos,

enhebraba mi suerte

y embozada en quejidos

de dolores; y en los labios

la amarga contractura

que mil gubias trazaron.

En los ojos, las sombras

y un velo bien cuajado

de lágrimas inertes.

Salía, en desespero,

aquejada de dolor incipiente,

luego, llegaba al dique

y sola, entre penumbra

le gritaba a la muerte.

Hoy, visito esos puentes,

contemplo el espigón calmado,

que resopla y emerge

de las olas, cautivo,

y recuerdo el tiempo

en que quebrada y viva,

clamaba aún por verte.

María Toca

Santander-3-12-2017. 17,09

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Camino del infierno

Tal que el temblor del visillo en la ventana

o la hoja reseca que bulle por el viento

y la cosecha agraz, fenece en el cañizo,

se me escarchan las carnes cuando sale el olvido

y se me arrumban entre el dolor y el miedo.

A vivir encelada en rumores de sueño

se le llama vivir, mas yo creo que es vano

el camino que se anda, en pos de los senderos

esos en que la nieve, los decora en invierno.

Si persiguen las sombras y las nostalgias viejas

se preñan de las nubes que prenden a lo lejos,

el cielo se ennegrece y se mutilan solos

 gritando tal que orates, los caireles de espanto.

El dolor se hace río, se humedecen los paramos

y la fuente de olvido, se estremece al paso,

de las viejas nostalgias, de los temores viejos.

El olvido, se mece. El silencio se cierne

y yo huyo encelada, rauda,

camino del infierno.

María Toca

Santander-19-11-2017. 20,41

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Paseo nocturno

Camino por la ciudad nublosa,

se me ocurre pensar en las iluminadas bocas

-los balcones iguales que guardan soledades-

y alifafes de gente, que como yo caminan

portando las nostalgias en una maleta vieja.

A veces los cristales se tiemblan

ante el portazo ciego. Se escuchan tempestades,

que atruenan, detrás de los  dinteles;

 luego, se quedan quietos. Las sombras se reportan

y todo vuelve a quedar callado,

como en un cementerio.

 

Unas vidas tan ciegas tal que como la mía,

 me engullen en la tibieza

que da la curiosa presencia,

de los pasos cansinos

por el atormentado asfalto, mojado, hoy en ruina.

Triste, como día de entierro. Lúgubre,

como boca sin dientes,

rajada con tajo de gubia impenitente,

o con el sonido vano, valseando los puentes

que cruzan el destierro

de unos transeúntes, que en nada se parecen

y sin embargo, son iguales que  sombras

proyectadas, sobre el asfalto fiero.

El frío, encajonado , se siente más intenso,

entre calles sombrías que retuercen las sombras.

 

El paso se acelera

como huyendo del miedo.

Un quejido de rama, se entrecruza con viento

y de lejos, las nubes se aclimatan

a este nuevo invierno.

Las luces se hacen agua,

el agua se hace sombra

y entre muchos caminos el alma se desquicia,

expuesta como carne desnuda

al albur de  estrellas, hoy, cubiertas y ciegas.

 

Sin nada que la cubra, la piel se hace un erizo

y corro destemplada, por entre los burdeles

con el demonio en celo

agarrado a mi falda.

María Toca

Santander-19-11-2017. 11,47

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Sombras

Hoy las sombras caminan mansas

por la playa que olvidé y que visito

con la oquedad en la memoria

y la quietud pausada,

que siempre me domina.

Así es ayer, hoy es mañana,

mañana será futuro

mientras  las rompientes olas bravas,

descansan y buscan su camino

entre espuma y  promesas quebradas.

Arriba el cielo limpio  contempla la bajura

con la displicencia  que  lo bello le inspira,

mientras una nube panzuda

avanza sin descanso,  aleteando, tras la brisa

 mientras el corazón disfruta, alborozado,

 del surco preciso, que labra a la intemperie,

al dolor, a las sombras,

esta calma tan fiera.

Mansa quietud, luz y costumbre

que a veces llegas, otras te busco

y algunas se me muestra

en su arduo desnudo, entre el mar y la tierra

María Toca

Santander-18-11-2017. 0,07

 

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