Heredera

Unas gotas de rocío  en mi mesa

que se llena de vagos estertores

cuando abro la ventana, cada día,

y me llegan, atenuados, los rumores.

En el vaso, me tomo la vida, cual cicuta,

en mi plato, alimentos que completan

el ruidoso perecer de un cuerpo

que a pasos de gigante se me enerva.

En el escritorio, un dios pequeño,

que me dicta a toda hora, las reservas…

Y  mi alma, anda a trompicones en destierro

de saberme usurpadora, a veces zafia.

Ordenado, por colores y prebendas,

andan las historias, a rebufo

de saberme subsidiaria de los hados

y heredera de pasiones fiduciarias.

María Toca

Santander-22-04-2019. 11,53

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Momentos

En vuelo rasante por tu piel

depositando mis redes en tus huecos,

caminando por tus sienes con mis dedos,

cual aves que se posan en arboleda soleada,

me deposito, entre tu cuerpo y mi camino.

Tal que ahora, parando en el reloj las viejas horas,

reposo mi cansancio entre tus brazos

y dejo que la poesía se me atrape

mientras, perdida, en los pozos inmensos de tus ojos

me tiembla hasta el último rincón de mi concierto.

De paso, continúo por el desaliento, que no vida,

me encuentro con la mano prendida y el reservo

de ser una isla, conquistada por tu ausencia.

Y así, de mis pasiones hice gala

porque fui de la soledad  hacia tu almohada

enredándome, entre tanto, en  las viejas costumbres

para envolverme, en tu ausencia, en la nada.

María Toca

Santander-21-04-2019. 11,08

 

 

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Muros

Rodeada de silencios,

cual muros  de argamasa cimentados,

inacabadas frases que apuñalan;

ojos cerrados…labios muy prietos,

no vayan  a escaparse las palabras.

Silencios. Como cárceles

en donde se esconden los furtivos

que son fuertes, soliloquios

amedrentando, locuaces, los vocablos.

Me rodearon, cual muros de granito,

los silencios

y en la cúspide de la pellada

que tornaron los adarves, infranqueables,

tú. Tú y tu efigie que empañaba

una mirada que escudriñaba el horizonte

sin dejar nunca que fuera la vista

más allá de la muralla,

que a base de hormigón, arena y grava,

amalgamada con silencios, construiste.

María Toca

Santander-19-04-2019. 13,00

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El fin de su camino

Desgastadas las manos de asir

las bridas escuetas de la muerte,

 los pies, con sangre, descalabrados

y con polvo de camino, ensangrentados,

de tanto andar y andar por las esquinas

de esta vida, que surca como un barco,

agazapada , en busca de  la suerte.

Pertrechada de soga,  cuchillo y cordel

con que hacer brida, me hallo,

encumbrada en lo alto de mi efigie,

contemplando como pasa la vida sin recato,

tornándose  gris el calendario.

Con mi cabello  trasformado en plata argenta

y la piel cuarteada con sigilo

del tiempo y su vieja costumbre,

de posar  huellas y dejar seña a su paso

entre los visillos de mi alcoba

desnudos y vaciados los armarios.

Así, me  halla quien espero,

el compañero de cuitas, avatares y reproches,

que llegue a mi puerta cualquier noche

y me  encuentra preparada para el viaje,

con maleta,  pertrecho bien anclado

y mi cuerpo abrigado para el invierno que ha pasado.

 

Así, de forma inesperada, haré el camino

que me resta por andar, en el estío

de la vida que a poco halla su meta

y el fin del recorrido, bien andado.

María Toca

Santander- 19-04-2019. 0,33

 

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Hasta encontrarte

Te buscaré en las rayas del camino
en el zócalo que esconden las ventanas ,
entre ruinas o sendas desvariadas.
Te buscaré…cada nuevo día de mi vida
y mientras tanto…Mientras tanto,
amor -hasta hallarte- te soñaré
en las noches encendidas,

mientras,  cantan las cigarras

y la luna se esconde, con recato.

Te buscaré a ciegas por el viento

que asola mi ventana solitaria

entre el cieno de soledad, que me desgarra

mientras se  me inunda  el lecho

de pasión soliviantada.

Amor, te buscaré, entre mis sábanas

o entre lunas de espejos, desvariada.

A cojetones, con los pies descalzos

y desnuda, te buscaré entre guijarros

y  sillares, de iglesias caducadas

que filtran el sol por las vidrieras

y contengan en un sagrario

mi corazón envuelto, afligido,

entre los velos de la espera.

Te buscaré con el alma transida de deseo,

con la razón pergeñada, en sementera,

del intenso camino que me espera.

Hasta encontrarte, amor, desesperada

y mientras tanto, ya te dije, amante,

te soñaré cada noche. Y en esas

me encontrará la madrugada

transida de amor y bien calmada.

María Toca

Santander-18-04-2019. 23,54.

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Nostalgias revisadas

Tiempos en que el día se cerraba entre amanecidas,
sonrisas y amores desatados,
que el despertar me hallaban cruzada

en brazos tan impíos cual soñados,
mientras el sol desnudaba nuestros cuerpos
y la brisa del ventanal  apaisaba mi cabello,

dejando el cuerpo en abandono y el sueño

decorando el pestañeo de mis ojos.

Tiempos con  dulce sabor de madrugada

 cultivando la pasión desalentada…

Tiempos, donde el escorzo de la juventud me rodeaba

campando por esquinas,  de risas contagiadas,

que llegaban  escondidas entre las ramas

del  un incierto jardín,  donde habitaba.

Días breves…noches largas

que se amenizaban entre hogueras

de  tormentas pasionales,  desatadas

cual fuego fatuo…y luego despeñaban,

huidas, entre alforjas y otros cuerpos

que atinaban, cual fantasmas,

dispuestos a  cubrir los  olvidos del pasado.

Esa luz de la luna me bañaba,

peinaba mi cabello, me adornaba .

Era joven, alegre, aunque ya asomaban las heridas

que poco a poco  dejaron la carne macerada.

Hoy, en cambio la plata me  adorna, cual bisel,

los cabellos, ayer lustrosos, hoy tristes y apagados

que peino con desidia entre las nubes

que retornan cada noche a mi morada.

Camino más despacio,  hago versos en mi almohada

me acuno entre dulces   melancolías

y duermo  abrazada a  soledades

mientras espero retornar al punto de partida

entre controversias, y mentiras bien contadas.

María Toca

Santander-12-04-2019. 13,22.

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Postguerra

Silencio. Sombras, penumbra. El decorado de aquellos años era una grisura que  empapaba el ambiente como si una nube preñada y a punto de romper en tormenta nos rodeara. Y silencios. Silencios densos que tapaban el aire, hasta oprimir el pecho a fuerza de contener la respiración. Hasta ahogarnos.

Las mañanas comenzaban muy pronto, casi de madrugada porque las cosas de la casa llevaban  avío y había que salir a buscar el sustento aunque era pura utopía ¿Dónde rascar la rémora del pan o la peladura de una patata para adormilar el hambre que ruge como fiera en los estómagos blindados a su suerte? Y adecentar la casa porque cuanta más  pobreza contuvieran los tristes hogares, más  bruñidas querían  las madres de familia que luciera la miseria reinante. La gente pobre es lo que tiene, reluce de limpia y de decencia, como si solo los ricos pudieran permitirse las licencias del desorden y el vicio.

Ser pobre. Ser honrada y limpia como los chorros del oro. Tal cual. Así gritaba la madre a la prole que la seguía como polluelos desconsolados y hambrientos. Como chorros de oro dentro de la miseria, les decía,  adornando los guiñapos con coseduras rancias y los zapatines gastados que dejaban asomar los dedos tal que boca de hambrientos, pulidos y rascados. Que luego ya en la calle se llenarían del lodo sin remedio en  las viejas cunetas repletas de guijarros y malas hierbas, pero de casa se salía como chorros de oro.

 

Y el silencio llenaba las estancias. Sin los gritos infantiles que los ahogaba el hambre y la soledad vivida de cuando las sirenas rompían la noche para convertirla en infierno inescrutable de bombas, lucernarios y algún cuerpo que no llegaba a tiempo al refugio y saltaba hecho pedazos. Madres arrastrando la prole como gata huida a sus hijos. Padres broncos, con la barba entreverada de guijarros de un cigarro mal fumado, apurado hasta el fondo. Viejucas que arrastraban una artrosis tan vieja como ellas. Ancianos imperturbables que no corrían porque, total, lo habían visto ya todo y poco quedaba que hacer en esta guerra estúpida.

Luego al volver a casa, la cama estaba fría, tal que las paredes y el linóleo quemaba como el hielo. Y seguía el silencio. Hasta que otra sirena lo rasgaba con saña y todo comenzaba otra vez.

Fueron años audaces en que cada jornada se enfrentaba con el ansia de terminarla, una y otra vez, sin pausa. Y el día se arrinconaba entre las nubes sucias, el miedo y el turbón que anunciaba más penurias. Si de algo estábamos seguras es que el mal nunca acababa, que de un día tétrico seguía otro peor. En hilera de a dos, caminábamos yertos, quizá no solo de frío sino de soledad, porque en este mundo pequeño y triste siempre nos parecía que éramos los últimos habitantes de esta tierra inhumana.

Las madres se rodeaba de silencios, como zona segura resguardaba el dolor en un manto de hierática dureza, una costra de temor la protegía del llanto o del desespero. Quizá porque intuían que una vez desatadas las lágrimas no habría ser humano que pudiera parar el caudal. Mejor el silencio y la distancia cegando sentimientos. Blindando los dolores porque eran tantos que no se podían soltar. Pocos besos, ningún abrazo, hay que hacerlos bien duros, se decía por dentro, con ganas de mecer a los hijos  entre los brazos hasta desaparecerlos y huirse de si mismas. Mas no, ni un abrazo, ni una debilidad. Hay que hacerlos bien duros.

Y los polluelos, aprendiendo a vivir con las suelas bien rotas, jirones en las calzas y en los ojos el miedo. Al avión, a la bomba, al delator, al padre que llegaba con una copa de más con semblante torcido. Sin juegos, sin alegrías porque eso era un lujo que no se podía dar. Grabándose a fuego que eran estirpe de la gleba. Pobres y como tal, perdedores. De esos que se iluminan cada  tiempo para luego apagarse y hundidos en pozos de oscuridad precaria se fenece hasta el fin.

Noches. Tan solo recuerdo noches. Sin luna, cubiertas de ese plomo que deja las calles sin luz y sin esperanza al alma. Así pasó la infancia hasta que sin darnos cuentas nos hicimos mayores y el sol seguía sin salir.

 

Fin

Santander.05-04-2019. 23,10.

 

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