Se rompen los ojos ante ellos,

el misterio de no saber que hacer

ensimismados en la propia procedencia

y ahítos de comer.

Ellos, ellas, las madres que amamantan

el miedo y el despertar vacío

cuando la nube enmaraña la montaña

y el miedo hace de guardián.

Aquí, fulminados por la inercia

acallados por vacuos despertares

nos gritan. No oímos, dejamos fuera

la duda… seguimos andando.

Andando por el camino

que esculpe la inercia

y la memoria se finge

vacía, sin nada que contar.

Los ojos ciegos al espanto,

la mano cerrada, sin demora

para que nada se nos escape

y los oídos, cerrados a la suplica

que clama, la carne yerta del que huye.

María Toca

Santander-21-01-2018, 20,40

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El beso

El viento hace anillos con tu pelo,

lo revuelve, lo ensarta entre los dedos

que forma con la brisa de mar embravecido.

 

Tú y yo caminando, de la mano, silentes,

tal que  náufragos en isla recorrida

entre guijarros viejos.

 

A veces te paras, contemplas arrobado,

con calma, el horizonte que ante nosotros  habla,

con mil azules y verdes en lontananza,.

 

Luego, muy despacio, te vuelves

contemplas el paisaje

y como sediento, tornas a mi boca

y dejas un beso tan liviano,

envuelto en sabor de salitre

y revuelto de gusto a la  utopía.

 

Porque el amor tan grande

no lo miden los cielos

ni lo sueñan los dioses,

que contemplan altivos

a los simples mortales.

María Toca

Santander- 18-02-2018. 0,03

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Retazos y recuerdos

Quisiera envolverme en grises taciturnos

y despertar cuando él sol desgarra la costumbre

inundarme de luz entre  gredales de brumas aparentes

y bañarme entre  sombras, de lucero encendida.

Soñar que sueño y tú estás conmigo,

bastardeando el tiempo que se llevó el olvido

y sentir, como sentía la niña endulzada de mieles

cuando el viento era puro, cuando aún no corría.

 Olvidar lo vivido, si con ello se fueran

los caminos trazados, los senderos de olvido

y bañarme mil veces, en la misma marea

en que crucé mis ojos, con tu luz tan inmensa.

Caminar sin destino. Vagar, como marcha la brisa;

sin punto fijo, sin buscar, arrastrando a su paso

los guijarros del miedo.

 Me seduce el intento de volver a mi casa,

aquella que dejé desde el umbral tardío

cuando, apenas era niña y el deseo azuzaba

buscando la sorpresa de emprender el camino.

Cuando baño mis ojos en los atardeceres

y me dejo besar las plantas por la brea,

me vuelven las nostalgias, las penas acabadas

y quisiera tornar a oler a la tierra mojada

y  la yerba, cuando el padre segaba.

Por eso, hoy, envuelta en la calima

que nos deja sin ansia, y sin ganas de nada

se me vuelven las ganas, se me escarcha el olvido

porque  en tardes aquellas, soleadas,

caminaba descalza,  sin blusa y sin enaguas,

entre cantos rodados, en busca de simientes

con que labrar el campo y volar,

 tal que ave lejana.

María Toca

                                                Foto: Tino Tezanos

Santander-17-02-2018, 23,28.

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Memoria

Pasar página, me dicen,

que olvidemos nuestra historia

que dejemos los rencores

que nos anclan al pasado.

Me dicen. Yo los escucho y observo

que con sus manos esculpen

muros de piedra y escarcha,

labran y socaban tierra

donde enterrar a los muertos.

Los que murieron sin nombre,

los que dejaron su sello

entre yerba y jara seca,

por  cunetas y por  zanjas

cavadas con manos negras

ensimismadas de odio.

Que calle, que no me queje,

que escuche a los que me dicen

que la historia hay que dejarla

que repose en el silencio.

Les  respondo que si callo,

ellos, los esqueletos vivientes

gritarán desde la tierra

donde germinan sus sueños.

María Toca

Grabados de Castelao.

Santander-16-02-2018, 23,57

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Encuentros causales©

No existe la casualidad. Siempre me lo recuerda mi querida Dominique. No existe.  Todo es causalidad. Por eso tus pasos te trajeron hasta aquí. O algún guía que mueve los hilos de tu microcosmos porque quiere protegerte. Lo ignoro. El caso es que llegaste. Rota y maltrecha pero con los labios rojos, el pelo cuidado y un aspecto de señora bien. Pero rota. Lo leí en tu espalda, que suele contarme secretos aunque no me importen, aunque no quiera saberlos.

Al final, cuando hacía tu ficha, contaste. Y a mí se me reblandeció la herida, que no es vieja porque respira cada día y se alimenta de recuerdos. Tú habías perdido al tuyo. Sacaste la foto de la cartera, era guapo, joven, con el dibujo de la vida en ciernes, mucha alegría en su sonrisa y unos ojos vivaces que contemplaban el mundo sin menoscabo de amarguras. Era joven: diecinueve años. Te abracé como se abrazan las náufragas perdidas en la inmensidad de un mar de dolor que hay que atravesar  sin remisión

¿Cuándo se pasa? preguntaste. Tienes solo cuatro meses de recorrido y me preguntaste: ¿cuándo se pasa, María? Te expliqué, sin muchos miramientos, que al llegar al primer año una vuelve a poder relacionarse, a caminar sin huir de la gente. En el segundo aniversario, quizá con suerte, se pase el agotamiento que te mantiene sumida en un letargo donde duele todo y el escaso sueño es la única esperanza. Al tercero, puedes reír sin sentirte culpable y disfrutar de tiempo libre entre pensamiento y pensamiento. Al cuarto, en el que estoy, se han soltado los amarres de amargura y se vive en paz.

¿Y el pellizco, cuándo se pasa? Preguntas con ojos anhelantes. Nunca, te respondo. Me contemplas, sé que has visto la humedad en mis ojos y no haces más preguntas.

Nos abrazamos como despedida. Te cuento que jamás se van, que andan por ahí, quizá por eso tus pasos no casuales, hoy, te trajeron  aquí. Lo ignoramos porque somos pequeñas y primarias. Tenemos vedado el ver lo que vela la naturaleza impía de nuestros pequeños cuerpos, de nuestra banal inteligencia que nos presenta como real un fotograma minúsculo de lo que existe. Están, no lo dudes, repetí.

Y me volviste a abrazar como despedida.  Marchas; te veo caminar, un poco encorvada. No dudo que al cabo de tres años, quizá endereces la espalda.

 

María Toca

Fotografía: Tino Tezanos

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Movida

Eran noches frías.  Salíamos casi con esfuerzo, en un primer momento,  recibiendo el viento gélido de la Meseta en el rostro protegido por capa de maquillaje y aderezos varios. Calaba hasta el tuétano porque no portábamos demasiada ropa, no fuera a mancillarse el afán provocador de los años en que saltarse las normas era la norma. El escote o la falda muy corta, o ambas, eran pauta que mantenía el coro de personalidades en nosotras. Ellos, variopintos, algunos con los ojos pintados,  con chaquetas floridas o desarrapados de lujo, calzando doctor Martens y Marithés  por compromiso con la modernidad.

Portábamos poco avío y escaso dinero, porque no hacía falta. No bebíamos alcohol, apenas fumábamos, alguno jugaba con algo más fuerte, aunque aún no habían llegado los tiempos de galopar a lomos de rayas incendiadas.  Nos bastaba solo con la música y la alegría que brotaba espontanea al sentirnos vivas, jóvenes y hasta guapas, aunque nunca lo fuimos. La risa nos calentaba el cuerpo y el espíritu. La complicidad nos mantenía en racha.

Caminábamos por aquel Madrid risueño pleno de tribus similares y nos escarchábamos de pura romería al poco de cruzar el umbral de nuestros siniestros portales. No quedaba mucho dinero para vivir, descontando la ropa reciclada del Rastro, o alguna marca, por aquello de parecer lo que no éramos. No quedaba mucho para el resto de necesidades que nos parecían pura zozobra innecesaria.  Comíamos lo justo, porque nos alimentaba  la risa y el compadreo de quienes a las doce de la noche no conocíamos pero a las cuatro de la madrugada  llegaba el enamoramiento fugaz para convertirse en el amor eterno a las siete de la mañana mientras caminábamos hacia lechos desconocidos. A las tres o cuatro de la tarde de domingos tardíos desenmadejábamos los cuerpos para  volvernos extraños y volver cada cual a su madriguera.

Eran tiempos de frío y rosas. Eran tiempos en que daba igual carecer de  seguridad porque labrábamos el día a día a golpe de música y de desamparo en compañía de las tribus que conformaban la familia elegida.

Cuando el sol tornaba avisándonos de que el domingo había amanecido, quien no adquirió compromiso con el sexo o una mera sutura de la soledad, abandonábamos los atalajes nocturnos, calzábamos zapato planto, jeans y cazadora de moda  y en manada dirigíamos los pasos hacia el Rastro. Buscábamos, entre la ropa usada, algo que nos enamorara o alguna pieza de color para las viejas guaridas que teníamos por casas. Caminábamos a empellones entre la multitud , amortiguadas las fuerzas por el sueño que ya entorpecía con un suave  telón  los ojos y los pies. Un desayuno a base de café, porras y un cigarrito  nos renacía de golpe la fuerza hasta el mediodía que devorábamos el pollo asado que erguíamos como trofeo adquirido en algún asador, que a modo de chiscón, pululaban por ese Rastro amado.

A veces se dormía. Un poco y entrecortado, porque no nos quedaba tiempo para ello. Estábamos viviendo. Algunas luego lo llamaron Movida, nosotras simplemente lo llamábamos vivir.

María Toca

Ilustraciones de Ceesepe y Costus

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Sutil, como la seda

Sutil, como la seda, tus palabras,

suaves, se deslizan por la arena

que forma tu alma con la mía

y dejan la huella del paso

de unos pies ligeros por la escarcha.

 

Suave, tu verbo,

a contrapecho del estío

ese que cubrió el tiempo

y los meses en que sobrevivimos

con el frío.

 

 Como caricia ciega

me sonaron  tus deleitosas conclusiones

y tal que seda, se deslizaron

por la piel, con la lentitud de un castigo,

tus caricias. Tus palabras,

dichas, mientras borboteando en el fuego,

languidecían las angustias

de una tarde envuelta en niebla;

 

yo envuelta en tu cuerpo,

tú, abrazando con dulzura, al destino.

María Toca

Santander-4-2-2018. 18,48.

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