Ya lo siento…

No sabría excusar mi falta ni mi ausencia

no me sobran los recuerdos, al contrario,

los fui labrando a golpe de vivencia…

de sabor involuntario de amargura

y alguno de risa, de esperanza o de fuego

que fue encendido por la yesca de un cuerpo

y un deseo. El de estar viva y vivir

conforme a la dirección que vira el viento

o la brújula infame del destino.

No estuve o no quise estar,  ya lo siento,

a la altura en todos los recovecos que he vivido.

No fui la equidistante, la sultana, la madre

o la amiga que esperaban. Ya lo siento.

Se fustigaron las carnes con olvidos

y las madrugadas se tiñeron, a veces,

de  pasiones que luego se enfriaron

hasta caer como hojas secas en el suelo.

No supe buscar los recovecos de la vida,

ni estar a la altura…ya te dije y lo repito

 que lo siento.

Hoy, cuando pasa el tiempo en descalabro

y se me llena de plata la cabeza,

te recuerdo como pieza sublime

guardada donde se archivan las joyas

que ni se compran ni se lucen sin desaire.

Y aunque no estuve o no supe hacer mejor

la guardia, me resisto a sublimarme en penitencias

porque, al fin, nadie enseña a vivir

y cada una en su caminar…

va labrando la vida como puede.

María Toca

Santander-22-08-2019.  19,30

 

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Los fantasmas

Dedicado a los pocos que quedan. A esos vagabundos de un amor perdido que abrazaron la muerte haciéndose amante eterno. A ellos. Aunque no lo sepan los abrazo.

  1. Toca

 

Están en la misma escalera, como cada mañana, son un grupo homogéneo, abrazados al cartón de Don Simón que les bautiza en cuanto llegan y les da la euforia que necesitan para  transitar por otro día más. Llegan bamboleantes con ojos ansiosos, tropezando con sus propios pies en un andar impreciso  que les lleva a los mismos sitios día tras día. No conocen más. Y si lo conocen lo han olvidado hace tiempo. Pasaron demasiados  años en la vorágine de ciudades sin nombre porque solo importaba el barrio donde se pillaba, la esquina donde llegaba el de turno con la dosis justa de felicidad. También importaban los sitios donde dar el tirón a la viejilla o asaltar la farmacia insegura, fácil, porque nunca fueron personas de grandes riesgos. Los justos para la felicidad. Y poco más.

Ahora pastorean su tiempo en las escaleras de la iglesia que les acoge casi como su hogar. Si llueve caminan perdidos por soportales donde se reúnen en el exilio de algo parecido a la camaradería. No es lo mismo. En la iglesia, en esas escaleras de antesala del templo,  está su sitio, cada uno con su cartón de vino agriado por el tiempo y las ganas,  la boca subsumida y huérfana de dientes que cayeron en batallas antiguas y no hay presupuesto para reponer. Algunos mantienen unas pocas guedejas largas, símbolo de pasado rockero , otros, los más, rapan su cabeza como disimulo al desacato del cabello que perdieron en  tiempo atrás. No están sucios, es pronto aún, luego quizá el barro y el polvo los envuelva un poco. Alguien se ocupa de ellos. Una madre solicita que no pierde esperanza de normalidad, de nietos escondidos en algún lugar de la memoria, de vida regulada. Algún centro de subsistencia donde se les obliga a la ducha y al decoro. Poco más porque en el camino dejaron amores, familia y cosas que olvidaron hace tiempo. Se amorran cada poco al cartón como si fuera el seno que los amamantó de pequeños. Quizá lo sea y mantienen la vida solo por libar ese vino en compañía. Unos con otros.

Son ellos, los fósiles. Los supervivientes de una década dichosa en que pensaron abrazar el océano y conquistar el mundo que contenía una simple jeringuilla calcinada de muerte. Y abrazaron el tiempo que les tocó vivir quemándose en el mismo. Hoy cuentan más, muchos más, muertos que vivos. Son como fantasmas de los que se fueron. Están en las escaleras como si fuera la antesala de una muerte anunciada  que esperan con paciencia. La paciencia que   que les da el cartón de vino don Simón cada día. Mantienen las ganas y la esperanza, aunque sea pequeña, de un nuevo abrazo de la dama que les encandiló de jóvenes y aún no se les pasó el enamoramiento. A ella supeditaron todo: vida, hacienda; muchos  hasta la dignidad. Creen que les compensó porque con un abrazo cálido de esa dama llamada heroína,  tocaron el cielo (aún lo tocan a veces) y con solo acordarse se les iluminan los ojillos perdidos en la frontera de la muerte y la escasa vida que llevan arrastrando como una cadena.

Eso dicen, que están vivos. Y que les compensó aunque llevan llorando muertos demasiado tiempo. Algunas veces también   lloran por ellos, aunque no lo digan y apenas lo parezca.

María Toca

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Se me agotan

Se me están agotando los inviernos,

las horas frías, la lumbre en el hogar,

el puchero sin alma en la cocina,

a base de añorarte.

 

Se me agotaron las lágrimas

que bañaron la tierra,

a falta de lluvia, en días de secano

y se agotan, también, las horas

en que, mansamente, rezaba oraciones

y me abstraía entre lirios y fríos despertares.

 

Se me agotaron las fuerzas de llamarte

y las manos, se dejaron la piel entre  las espinas

de todas las rosas que cultivé

por si volvías…

Se me agotaron los inviernos de esperarte.

María Toca

Santander 18-08-2019.  13,02

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Viviendo gota a gota

Ahora sé que el destino coge desprevenida,

toma la mano, casi sin darnos cuenta

y sigilosamente  la dirige hacia al despeño,

sin permiso, ni aviso que prevenga.

Ahora sé que las horas a veces se suceden

entre pozos profundos de amargura

o vanas alegrías, frágiles y breves

que duran apenas un suspiro

quebrado por  la  brisa de un azar  imprevisto,

las más veces, acidulado y triste.

Aprendí malamente

que al despilfarro de alegría

le sigue casi siempre

una alargada oda de tristura;

que si vuelas muy alto,

la caída es amarga, dolorida y más triste,

prueba de que el  vuelo era, a veces tan falsario,

apenas sueño irreal

tan solo juego o éter acidulado.

Comprobé en propia piel

que las amargas horas que siguen al  dolor

se viven siempre en soledad ungida

de amarga complacencia con la vida;

 que el sabor salado de las lágrimas

son solo antecedentes del miedo

que se instala en el alma, como fiera costumbre.

Aprendí muchas cosas, no solo esas,

también sentí la risa, el beso del amor

y el fuego que se instala en el corazón

cuando el amor o la pasión, lo prende.

 

Y se goza, y se ríe, y se piensa

que jamás pagaremos  soldada

que toda felicidad conlleva sin demora.

Lo aprendí aquí, viviendo

y exprimiendo la vida, gota a gota.

María Toca

El Puntal 17-08-2019, 13,08

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Quiero y no quiero

Quiero sostener manos,

enfriar frentes cuando la fiebre apriete

refrescar tempestades cuando arrecien los mares,

en tormentosas noches, arropar la cama desvalida,

acongojar el alma con las penas ajenas…

hacerlas mías. Y luchar  mil batallas,

aunque  gane, apenas unas pocas.

Quiero cabalgar por el aire

en busca de libertades varias,

escrutar horizontes, esos que me enseñan

a caminar en paz descubriendo colores.

Y al fin, quiero amar,  ser amada,

y si tengo que elegir, prefiero vivir sola

que encadenada con pulseras de honores

de esas que asfixian y ahogan el grito

que se expande y agrieta el muro

que labramos de contención y fuerza.

Lo que no quiero es atar con cadenas

diciendo que es amor, cuando solo es costumbre…

Mermar la libertad de nadie,

por más que me sustenten

las caricias y penas que me puedan socavar;

el dejar que los que amo

emprendan el vuelo, lejos,

de mí y de mis sentires.

 

Por más que me laceren las ausencias

y miedos, con sus fieros puñales.

Todo eso quiero…

María Toca

Santander-15-08-2019. 21,27

 

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Grito de mar

Hay una mezcla de rabia y de dolor
entretelada de ira contenida…
Hoy, mañana, quizá también pasado
me encuentre en la misma tesitura
de un enojo que me traspasa la conciencia.

Que grito daremos que se escuche,
qué fuerza tendrán que hacer las manos
de tantas como bregamos con la culpa
de unos pocos que labran los destinos
de los nadie, de esos que sobran
y no encuentran más cobijo
que una mar brava que los funde
con la aquiescencia del poder.

¡Qué inacción me ahoga!
que grito se me anuda en la garganta
cuando veo mercenarios de la muerte
empeñados en que son algo mejor
que los que nadan a contracorriente de la historia.

Nacieron en mal sitio, eso nos dicen,
nos vienen a invadir nuestra nación,
mil peligros acechan si se llegan,
a nuestras costas. Mas yo solo veo
gente común, niños con hambre,
mujeres solas, hombres desesperados.
Como yo. Como tú…casi como ellos.

No tengo voz para levantar
ni pulso en mi mano que empuñar…
me queda solo la palabra,
esta, que escribo, y la desolación
de saberme inane a la injusticia
incapaz de navegar en la ilusión
de conocer un mundo justo y limpio
donde cotice la justicia
y las lágrimas de un niño
sean una excepción.
M. Toca
Santander- 13-08-2016. 17,12

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Se marcha

De vuelta. Regreso al lento discurrir de horas

en somnolencia y grave cobardía,

de escuchar el sonido irrelevante

de un silencio condensado de detalles

que apenas marcan las horas con reproches.

De vuelta, a la costumbre, a la fiereza de los días

en que la rutina nos invade. Retorno

a la suave cadencia del  tiempo

que paso ensimismada o enarbolando

cuitas y desastres solapados

y dejo las preguntas, las risas y los ruidos

al socaire de otras vidas, ignoradas,

mientras en mi casa se desvanece

el dulce presagio del amor que torna

cada tiempo a renovar mi sangre y mis costumbres.

Marchó la alegría, las preguntas,

los abrazos somnolientos,

con que recibimos la mañana

y deja un vacío inabarcable,

cada vez más  profundo, insoslayable,

marchitando, de golpe, las respuestas

que en mis labios se brotan,

como flores incombustibles de alabanza.

Salió de mi casa la pequeña, firme,

con los ojos hechos de despedida,

tan  brillantes como  livianamente afligidos,

en la boca dibujada  una mueca de tristura

que deja, con sus huellas, en mi sangre

las pocas alegrías que me restan.

Por eso, apagué las luces de mi alcoba,

cerré puertas, vados y ventanas

y encendí la vela que alumbrará

tibias madrugadas, hasta el reencuentro

que emergerá breve

tal  como si no hubiera un mañana.

María Toca

Santander-11-08-2019.  20,11

 

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