Olvido

He conseguido en buena lid

que el recuerdo no duela.

O solo duela un poco;

cuando se me roza la herida,

aunque sea sin querer , de forma

liviana, comedida.

He conseguido, que el recuerdo

sea plácido, tranquilo,

sin la mueca de espanto

que doblaba mi espalda

y las buenas intenciones

de aquel tiempo, tan precario.

De entonces…

cuando todo era oscuridad

bien apretada y las heridas

supuraban pura lava.

Fue esforzado, no niego que costó

 someter bien fuerte  al miedo,

a la fiera de ese dolor que laceraba

cual soga, a cada paso que yo andaba.

Necesité brío, paciencia, destemplanza

para llegar a este punto

y no caer en desvarío…

Como sea, ahora acaricio los tiempos

en que yo te tenía, y tu presencia

me cubría gran parte de los días que vivía,

sin darme cuenta de que estabas.

Confieso que ya no duele,

el recuerdo, ni la memoria, ni el estío,

donde se dobló tu voz

y vi que poco a poco, te marchabas.

En cambio, ahora, puedo acariciar con embeleso

mi amor, y tú quedarte aquí conmigo.

Confieso, que no duele

pero, no puedo decir

que lo vivido aquellos mortíferos días

que vivimos,

se cubra con la nube del olvido.

#MariaToca

Santander-16-7-2017. 22,05

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Amigas

Tú vas corriendo por una calle, escapada del trabajo, a comprar fruta. Queda poca en casa y sin fruta, una no puede vivir. Corres porque el tiempo aprieta. Oyes una voz que te llama por un nombre que apenas reconoces. Desde tiempo inmemorial no te llaman así. En el colegio. Te vuelves y una desconocida te repite el nombre, e insiste: no me conoces…No, no la conoces pero finges muy bien.

Al poco te muestra el móvil con una foto de aquella amiga del alma que voló contigo de un colegio a otro, que era un hacha en Matemáticas y te ayudaba (o te dejaba copiar…) los trabajos, como tú la ayudabas (o le hacías con sumo placer) los trabajos de Literatura. Igual, está igual, solo que con el pelo blanco y con arrugas. Las mismas gafas, el mismo peinado, la misma cara de buena gente. Y la otra, la que te ha reconocido a pesar de los cuarenta años pasados, se ríe, te da su móvil: venga, hazme una perdida porque soy muy inútil con esto. Y quedamos como viejas glorias, y nos vemos y nos contamos.

Te vas sonriendo. Cuarenta años no es nada. Volverás a abrazar a la amiga que era buena en Matemáticas, que era buena en general, mientras tú fuiste una cabra loca que le gustaba la Literatura.

Amén y feliz.

#MariaToca

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El Desague

El desagüe desbordó la contención. El agua brotaba brujuleando con pequeños detritos que colapsaban el fregadero. Volvían las escamas de pescado, el minúsculo trozo de fruta olvidado, el soliviantado trozo de pan que emergía de la inmensidad de una tubería enlodada. Y allí contemplando las burbujas flotantes me quedé quieta, inerme ante el desastre. Cuando el agua amenazaba desbordarse, reaccioné.

En la repisa del aparador, ese que guarda el tiempo detenido en un cajón, conteniendo una amalgama de menudencias residentes de tiempos ya perdidos, estaba la vieja agenda, inútil en los tiempos de móviles y agendas electrónicas… Busqué, como un náufrago se aferra a un trozo de madera, mientras con mirada aviesa contemplaba cada poco como subía el volumen del agua que amenazaba  derrame y desastre.

 

Arrojé mis ojos sobre el nombre aquél, que solo la desesperación había hecho salir de ese armario  añejo donde guardamos lo falto de interés. Alberto (fontanero-contactado en Billilove en el 2009-no conocido) Recordé que hablé unas cuantas noches con él, cuando mi soledad dolía por el abandono. Hasta dejarle en un impasse por el interés que otro  despertó y mereció  mi tiempo. O  quizá fue el trabajo que me absorbió, o la falta de ganas. O la simple costumbre que me hizo olvidar el solitario desencanto para hacerme con él y disfrutarlo con ganas de no perderle nunca.

Jamás conocí a Alberto-fontanero, porque algo distendió mi interés o diluyeron las ganas de más experimentos. Hoy le había recordado por el desaguisado que amenazaba mi cocina, su nombre saltó a mi frente con el resorte de la desesperación. Fueron las burbujas de detritus las que me hicieron rememorar aquella frase: “moza, apunta mi teléfono. Conocer a un fontanero manitas en estas épocas es un tesoro. Verás cómo algún día me necesitas”  Reí con ganas al escuchar  su frase escrita del tirón, en aquel chat que se me antojaba antiguo, dicho por él que era lacónico y escueto en todo lo demás. Apunté  en el momento, diciéndome que bien estaba tener ese teléfono a mano, por si alguna necesidad precarizaba mi solitaria estancia en una soltería no buscada. Jamás utilicé su número. Jamás, hasta hoy, que el agua desborda mi fregadero y resurgen del abismo pepitas de melón fosilizadas, y escamas de mil pescados retenidos entre las tuberías.

 

Con aprensión marqué los números, estableciendo un dialogo conmigo: No estará. Habrá dado de baja el teléfono. No sabrá quién soy. A buenas horas. Debí llamarle entonces, establecer lazos de amistad. Un fontanero manitas es joya preciada en manos de una solitaria incapaz de hacer bricolaje. Me recriminaba con cierta acritud, mientras el tono del teléfono sonaba en mis oídos.

-Diga-

-Disculpa ¿eres Alberto?-

-¿Quién pregunta?-

-Soy Mónica. No me recordarás, claro. Hace mucho tiempo que  me diste el número. Hablamos en Billilove  ¿recuerdas?… Es que tengo un drama en mi cocina, y recordé que eres fontanero. Por si puedes ayudarme-

Un silencio escaso aplacó mis nubladas esperanzas.

 

-Ah, sí, la mozica aquella que acababa de dejarlo con su pareja y era muy arisca. No me llamaste nunca-

Su voz me hizo viajar en el tiempo, al momento justo que olvidé a base de obviarlo. El tono distendido encendió, de nuevo, mi esperanza.

-Ya, y lo siento. Yo…estaba un tanto desequilibrada entonces. Ahora te llamo por si puedes arreglarme el fregadero.  Está atascado. Mana agua a borbotones, temo que se desborde. Llevaba tiempo  trabándose y hoy ha petado-

-Que sí mujer, que voy para allá. Estoy en casa. Es domingo, no tenía nada que hacer. Ya sabes viendo la tele y está de pena. Me vendrá bien salir un poco-

-Gracias, pero esto es trabajo. No te pienses nada raro-

-Jodó, la Mónica. Ahora sí que te reconozco. ¿Quieres un fontanero o no?-

-Que sí, pero es que no quiero que pienses…-

-Mira moza, yo pienso poco y lo poco que pienso es bueno, así que cojo las herramientas y voy o no. Como quieras, bonica, que tú me has llamado-

-Está bien, gracias. No te moleste, era por aclarar. Ha pasado tanto tiempo…que dirás: esta loca a que llama-

-Yo no digo nada. Voy para allá-

Ignoro las razones de la mente que me impulsaron a correr a la ducha, alisar mi pelo mientras delineaba los ojos con el eye liner, en maniobra difusa, a la vez que me perfumaba. Poco después, colgaba de mi cuerpo un diminuto vestido con hombro caído en desigual factura. A poco de acabar, sonó el teléfono.

-Ricura, o me das la dirección o te busco con mis poderes mentales-

-Disculpa, calle Montessori número once, tercero derecha-

-Bien, estoy cerca, no tardo nada-

A los cinco minutos, contemplados por mis ojos expectantes en el reloj del salón, sonó el timbre del portal. Mientras subía, ahuequé los cojines, recogí las diversas revistas que yacían por el suelo en mero afán de atildar un desorden que ahora me parecía inicuo.

Salí al recibidor, dando la última visión al pelo  y a la raya del ojo. Abrí. Ante mí se ocultó el espacio que quedaba en el rellano. Un cuerpo amazacotado de hombre inmenso, que portaba un cajón de herramientas en una mano, la otra trotaba del timbre a su bolsillo, mientras una sonrisa amplia iluminaba un rostro picado de viruela, lo suficiente para hacerlo diferente pero no desagradable. El pelo le retozaba por la frente dando saltos ante los soplidos que soltaba por su boca abocinada para el caso.

-Gracias, Alberto, no sé qué habrás pensado, a estas alturas, llamarte para esto-

-Que voy a pensar, moza, que tienes un atasque. En el fregadero, digo. Venga, me vas a dejar pasar o te lo arreglo desde la puerta-

-Pasa, perdona-

Franqueé la entrada, con la inseguridad de ver profanada mi casa por los pasos de un gigante que movía el suelo a su paso. Hacía demasiado tiempo que un hombre no entraba en mi hogar, tanto que su presencia debía extrañar hasta a las paredes. Cautelosa, le conduje hasta la cocina, escuchando su tenso respirar cerca de mi cabeza, tanto que hasta el pelo resurgía a su paso produciendo un suave cosquilleo que no sabría decir si era por su respiración o por mi  hiperestesia.

 

Mostré el desaguisado, le dejé, cual cirujano sacar de  su cajete los instrumentos que me sobrecogían al verlos. Me fundí con la pared de al lado, quedándome muy quieta por si necesitaba algo de mí.

-No te quedes ahí de pasmarote. Si tienes algo que hacer, hazlo, esto va para largo-

Salí de la cocina, aliviada. El espacio era reducido. No me gusta cocinar, como liviano, cosas  sencillas que no requieran mayores estridencias. Una mesa ínfima, dos banquetitas, las alacenas que contienen mis útiles, electrodomésticos y poco más. Volví al salón intentando eludir la presencia hercúlea en mi espacio. Tomé el libro que poco antes dejara en la repisa.  Cuando lo tenía casi olvidado, atronó con su voz mi lectura ficticia.

-Esto ya está. Vaya montón de mierda que tenías, bonita. Cuida de que no se vuelva a atascar-

-No sabes cuánto lo agradezco Alberto, estaba desolada al ver la inundación-

-Sí, normal, es peligroso. Ya te dejo unos productos para que, de vez en cuando,  utilices para desatascar y limpiar el desagüe-

-Gracias. ¿Cuánto te debo?-

-Son cincuenta euros y una copa de vino. Sin copa te cobro la salida ,  que es jornada de domingo. Tú misma-

-Bien, entonces, espera que te sirvo el vino-

-No se trata de tomarlo solo. El trato es que lo tomemos juntos y charlemos. Si quieres, claro-

Tomé dos copas, obviando los diversos objetos que había en el suelo, esperando la mano que los volviera a colocar en su sitio. El vino reposaba en la nevera desde hacía lo menos una quincena de días, olvidado. Frío, casi helado empañó  las copas al servirlo. Le dirigí al salón donde los cojines seguían ahuecados. Él, desde la altura de su cuerpo, contemplaba la cálida tarde que se adormecía mientras acariciaba el ventanal. Un sol de primavera languidecía detrás de las montañas mientras en la bahía remoloneaba un barquito pequeño.

-Coño, moza, tienes una casa bonita. ¡Qué vistas!-

-Sí, por eso vivo aquí. Tener la bahía tan cerca, las montañas a mano, es como estar en el campo viviendo en la ciudad-

Tomó la copa de mi mano. Al hacerlo, su piel rugosa, áspera como esparto, melló la mía, fina, casi transparente. Yo ardía. Él volvió a sonreír.

-No me llamaste nunca, jodía y mira que me gustabas. Eras la más guapa de todas las que conocí entonces, y la más maja. Hablaba contigo muy cómodo-

-No estaba preparada. No fue nada personal. Acababa de romper mi relación…-

-Sí, ya sé, lo recuerdo con precisión exacta. Tu novio te abandonó por una buena amiga. Creías que el mundo se acababa y que ninguno merecía la pena-

-Veo que lo recuerdas. Así fue, tal como cuentas-

-Y ya lo remediaste. ¿Volviste a confiar?-

-Si me preguntas si me curé, sí, de largo. El tiempo es  medicina y aclara las ideas. Me di cuenta del favor inmenso que me hicieron. Llevaba una vida tediosa, con un hombre aburrido, que hoy posiblemente aburra a otra. O no, quizá con ella sea feliz. El caso es que no éramos para estar juntos. Claro que me volvió la confianza. Entonces estaba herida. Hoy ya estoy curada-

-¿Te casaste o tienes algo en quien pensar ahora?-

-No me casé. No me casaré nunca. No pienso en nadie-

-Mala cosa, maña. Mala cosa andar sola. Yo tuve una novia poco después de conocerte a ti. Murió hace dos años. Sigo solo desde entonces, porque tengo que cerrar heridas. Fue duro, una enfermedad corta, sin miramientos y una agonía tremenda y rápida-

-Lo siento-

-Ya voy curando, no creas, aunque fue duro, la quería sabes. Me rio, hablo con la gente. Tuve un tiempo que no quería ver a nadie. La quise mucho. Ahora ya solo me acuerdo de ella al dormirme y verme solo. El resto del día voy casi feliz-

El vino se había agotado en las copas. Volví a servir. La tarde caía con la dulzura de los atardeceres que todo lo atenúan. La bahía sembrada de luces comenzaba a titilar en el fondo. Al poco tiempo, me vi envuelta en sus brazos, atenazados mis pechos por unas manos grandes, que zarpeaban en busca del calor que irradiaba mi cuerpo.

El lunes, al despertar comprobé que Alberto dormía amarrado a mi cuerpo, mientras el descoyunte  que sentí me recordaba la noche vivida. Y por si la memoria fallaba, las dos copas más la botella vacía, que en el suelo yacían, me hicieron recordar.  No hice más que envolverme en su pecho, que velludo y recio me recibió con ganas. Hoy no haría nada más que seguir allí, anidada y segura. No trabajaba, las vacaciones habían comenzado dos días antes, justo cuando la tubería se atascó. El futuro quedaba detrás de la ventana. El sol, se asomaba, descarado inundando la estancia. Alberto resopló mientras su mano buscó oquedades que le esperaban receptivas y húmedas.

 

FIN

 

 

 

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Mi tiempo

El tiempo, derecho propio

que me arrebatas, a veces, sin motivo

ni causa conocida. El tiempo

que me robas, cada día,

es bien precario que acumulo

y tú, sin querer, a veces me lo quitas.

Sin permiso, sin motivo, invades el espacio

de mi bien más preciado: mi tiempo

frágil, escaso, siempre desconocido.

Tiempo, porción de vida

que vivo bien alegre, o triste

dependiendo del momento,

por tanto yo te pido, con respeto,

que me dejes vivir  tal como quiero.

Sin fisuras ni ambages, el tiempo

libre,  que corre sin demora

en pos de su destino,  tan escaso,

tal como te digo, mi tiempo amado,

 es el bien más preciado que poseo.

#MariaToca

Santander-11-7-2017. 16,21

 

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Liberación

 

Cerró la lavadora con la fuerza que guardaba dentro, parida por la rabia de muchas horas antes. Justo las que llevaba levantada. Insomne, o letárgica por la falta de descanso, la rabia se reconcentró en el gesto de cerrar esa puerta con la ropa que era pura quejumbre, oscura miasma.  Era la tercera vez que llenaba la máquina con las sábanas masacradas por los efluvios contenidos en un dique resquebrajado. Cansada. Demolida. Con el agotamiento contenido de muchas madrugadas a la intemperie. Con la fatiga que da no haber dormido de un tirón en los últimos seis años ni una sola noche. Con el agotamiento y la molicie de no atisbar escapatoria alguna para los días que se deslizaban sin descanso, uno tras otro, sin variación ni sorpresa.

 

Lucía, se llamaba, aunque perdió la conciencia de su nombre muchos años antes, cuando dejaron de llamarla así. Tan solo era Luli, la hija de la pobre doña Lucía y don Servando, tan buenos ellos, tan atildados. Él,  maestro nacional, de cuando se ganaba poco y se enseñaba con vara y  enciclopedia. Ella, como mandan los cánones, ama de casa, mujer de gobierno y dulce madre de Lucía, Luli para el mundo.

Y Luli se preparó para vivir tal como le contaron. Hizo magisterio, ejerció de interina en diversos pueblos durante años, hasta la debacle. Hasta que se les fue yendo la memoria y los dislates se sucedían día tras día y no quedó más remedio que renunciar a todo y volver al pueblo. Y enterrarse entre orines, heces y desvaríos.

 

Luli se vino, con la intención intacta de serles útil, de devolver el amor y la buena crianza de tantos años. Años en que los sacrificios, las economías renuentes de un maestro de escuela y los cuidados generosos de una ama de casa dieron para formarla, mandarla a Madrid, luego, dejar que viajara mundo adelante en pos de una profesión que si no la apasionaba, al menos la mantenía entretenida. Dispendios que la dejaron a la intemperie colmando el vaso de la gratitud. Hasta hace poco. Cosa de un año. Antes lo toleraba, o quizá entendió que sería menos el tramo recorrido. Pero  van seis años. Con cada aniversario el cuerpo se apoltrona, la mente se adocena, el ánimo se cansa y llega la desafección, el olvido de las buenas intenciones que la trajeron.

 

El corazón de don Servando está muy fuerte, le dice el médico. Puede durar diez o doce años más. Doña Lucía está más apagada, es cierto, pero puede tirarse mucho en ese estado que no es ni viva ni muerta, ni aquí ni allí, envuelta en una nube gris de incertidumbre, cesado todo movimiento humano que no sean los involuntarios. Doña Lucía mantiene un cuerpo que se reduce a cada hora, contenedor de pocos huesos y magra carne, es la que da más trabajo. Él aún controla algo esfínteres. Ella ni un poco. Por eso Luli siente que lleva bajo la piel las  miasmas, el olor insalubre de heces viejas, de muertos en vida. A veces se despelleja frotándose bajo la ducha. En intento vano de sacar fuera el tedio y el hedor que embarga la casa y toda ella. Tarea nula.

 

Menos mal que él no la ve. Ni que la siente. Tan solo hablan cada noche, alguna madrugada y poco más. Se escriben largos emails para alargar esa conjura que la distancia tiende a ensanchar. Sin él no puede. Sin sus palabras, hace tiempo que habría huido, o simplemente hubiera abierto la llave de ese gas amigo, y juntos los tres navegarían por el mar del descanso. Él, la ha salvado. Y él la va a salvar de nuevo. No tiene duda. Ya la ha salvado. De si misma, de su penuria, de los días lentos en que parece que el tiempo se detiene y no pasa nada.

La madrugada se encrespa con el vómito, la mañana se pasa mientras levanta alfombras y pasa la aspiradora, enciende un tenue fuego para poner la sopa o el puré. Ellos comen, cosas ligeras, son muy frugales. Hace tiempo que dejó de cocinarse otras cosas para ella, ahora economiza el tiempo y el dinero. Aprovecha lo sobrante del condumio que prepara para ellos,  añade algo de queso, algún fiambre y se desentiende. Por eso está tan delgada, se diría el viento transita por su cuerpo sin tocarla.

La tarde la coge dormitando levemente, dejando en el sofá parte del cansancio acumulado en las noches pasadas en blanco. Porque ellos la llaman una y mil veces. Escucha el lamento e intenta correr para llegar a tiempo de que no despeñe el intestino, para  poner la cuña ante el vómito,  o para cambiar las sábanas cuando lo anterior no pudo ser. Diez, doce veces. En una noche. Hasta adelgazarla el sueño y vivir en perpetuo desvelo.

La tarde calma el rigor. Ellos se adormecen con el estertor del tibio sol, o escuchando el tintineo de gotas en el cristal, si llueve. Se apaciguan como pajarillos en sus nidos y ella puede dejarse mecer por el silencio que se apodera de la casa, de todo el edificio, que a esas horas reposa ciego a la turbulencia del día a día. Luego, de noche se le arraciman las desventuras. Más tarde, enciende el viejo ordenador que le sirve de escape, de ventana por la que huye y se escapa muy lejos, justo hasta tocar sus manos, y dejar que los labios se susurren ternezas y de vez en cuando se posen uno encima de otro. En el silencio de la alcoba puede escucharle, contarle, mirarle a los ojos, y sentir, incluso a veces, el latigazo de un tenue placer, amalgamado por la mala conciencia de vejar el cuarto de cuando niña. Como si fuera más insidioso sentir deseo teniendo cerca a la muerte. A ellos y sus penurias.

Comparten mucho. Él, cuida de su  madre, anciana, desahuciada, con un Alzheimer que galopa en pos del desastre total, pero con buen corazón, como don Servando y doña Lucía, viuda de militar, que le sacó adelante con esfuerzo y dedicación plena, con un estanco que puso al enviudar y dio para estudios, una boda y luego un divorcio.

 

Pueden durar mil años Lucia, le dice. Y ella asiente, mientras mira por la ventana comprobando que esos barrotes imaginarios de la vieja prisión en donde vive, crecen y crecen. Pueden vivir más que nosotros, Lucía, le dice. Mientras coloca su mano rugosa, manchada de pintura, en la pantalla, queriendo rozar su piel, estrangular la distancia, ajar el cristal del monitor y saltar a su alcoba para sentirla, para deshacerse dentro de ella y ella de él.

Hay  llamadas, suspiros que parecen queja, requiebros de la realidad que los despierta del ensueño en que mecen los escasos minutos en que se contemplan y se hablan desde la triste ventana del pc. Cambio de sábanas. Otro camisón y otro pijama. Retorna a la alcoba. Retorna a él, con el alma contraída porque le huele el pelo, y en las manos, por mucho jabón que les eche, siempre se queda impregnado el aroma del vómito o de las heces. Él no lo sabe, pero ella siente repudio de su olor. Él, fuma puros. Dice que es su pecado y su humilde pasión. Se pone una copita de vino blanco, enciende un puro, abre la ventana del salón, que es donde él duerme, y comienza el rato de fuegos fatuos.

-Lucía van a enterrarnos. A este paso, jamás podremos vivir juntos. Esto no tiene fin-

Y ella asiente. Mientras se calla, porque en el fondo, muy en el fondo, siente una rabia que la inunda y la desborda. Ni tan siquiera tiene el recurso de ampararse en resentimientos. No tiene el consuelo de la agrura. No. Ni un ápice, porque han sido buenos padres, hasta la hartura. Buenos. Y la han amado mucho.

No puede odiarlos, ni despreciarlos. Sí, puede, pero en esa amalgama, a quien de verdad  odia, es a ella misma. Se lo confiesa. Llevan tres años de confidencias. Hace tres años  que se conocen sin conocerse, que se aman sin tocarse, que se desean sin acercarse. Saben los entresijos el uno del otro como si hubieran convivido , porque en la distancia,  más si está amalgamada por la desesperación, el alma se esponja, se abre con la contundencia de la desesperación. Y ellos lo han hecho. Hasta llegar al recóndito lugar donde se guardan los más mínimos resentimientos. Y se los vuelcan. Uno en el otro. Otro en el uno.

Hasta que saltó la idea. Ni recuerda de quien surgió, tan solo que fue bien recibida. Como si llevaran mucho tiempo concibiéndola. Una noche, lluviosa de puro Enero, se atrevieron a esbozar en palabras lo que el silencio guardaba bajo siete llaves.  Después de oírse, apagaron antes de costumbre la pantalla, asustados de su propia  osadía. Durante semanas nada dijeron. La idea flotaba en el entramado de las alcobas, como invitada molesta. Hasta que volvieron a esbozarla.

-No podemos eternizar esta tortura, Lucía. ¿Recuerdas lo que hablamos aquel día? Hay que volver a ello. Trazar un plan. No puede salir nada mal. No tienen más familia que nosotros, no conocen a nadie que pudiera extrañarse. No hay nada que nos entorpezca. Manejamos sus medicinas, sabemos que toman y cuánto. Será muy fácil, mi amor. Unos meses, porque hay que hacerlo despacio, sin que los médicos sospechen. Y luego se acabó  todo. Su tortura y la nuestra-

-Ángel, no quiero oírte. Es demasiado-

 

-No cariño. No debes preocuparte. A ellos los liberamos. ¿Tú crees que es vida? ¿Tú quisieras vivir así? No, al contrario. Haremos lo que debería hacer la medicina, la ley que no nos ampara. No es justo, vida mía. Tú llevas seis años. Yo llevo diez, sin vida, sin trabajo, sin juventud. Sin nada. Antes no me pesaba, al contrario, casi me liberó de mi anterior vida. A base de cuidarla y atender el estanco, olvidé mi divorcio, el descalabro de vida que mantuve hasta entonces. Ahora me pesa, cada día que pasa pienso que es uno perdido, sin ti, sin tenerte. Un día menos, me digo. Un día robado. No puedo más. Debemos hacerlo los dos, a la vez, dándonos apoyo y consistencia. No habrá problemas, verás. Todo saldrá bien-

-No estoy segura-

Y así durante semanas. Dando forma a los sueños. Dando forma al calendario. Acumulando medicinas de las letales, con mil disculpas, adquiriéndolas en diferentes zonas, suplicando a mancebos crédulos: que perdía la receta. Que se me quedó en casa…Convenciendo al médico de perdidas, de empeoramientos, de olvidos. Comprando, incluso, en el mercado negro. Acumulando, dosificando, preguntando. Mil maneras de acelerar el proceso que los llevará a la liberación.

En ello están. Ya queda poco.

 

Fin

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Me gustan los poetas

Me gustan los poetas, infames,
 
rapsodas inalterables de soberbia,
 
ególatras, poetas de aquelarre.
 
Y me gustan, sí, os lo confieso,
 
esos locos que apuestan cualquier parte
 
y se dejan la soldada y su birrete
 
colgados de una puerta que se abre
 
ante inmensos mares de rapsodias;
 
que por llevar, no van a parte alguna
 
dejándose la piel en composturas
 
hablando del amor y de la muerte.
 
 
 
Me gustan los poetas, esos locos,
 
que no escuchan ni ven más que su arte.
 
Narcisos, que cuentan los fantasmas
 
y en las tardes, solanadas con herrumbres
 
componen la lírica , sin percibir
 
el hambre, la cansina inoperancia
 
de ese arte: la poesía.
 
 
 
Me gustan los poetas, sí, mal vicio
 
que tengo, y me aqueja la enfermedad
 
sin cura, ni coartada, ni receta,
 
porque muerden,
 
desgarran el ego con ausencias
 
y son más que personas:
 
son poetas.
 
#MariaToca
 
Santander- 9-7-2017. 13,32

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Nadie llorara tu muerte

Cuanto entramos la sombra sacudió la soledad del pasillo empolvado por el tiempo y la dejadez de siete años de quietud absoluta. La madera crujió por falta de pisadas o quizá  fue un quejido al verse violentada por pasos de la gente. Tu cuerpo yacía quieto;  la pierna torcida con la sorpresa de verse sacudido por la visita impetuosa de una muerte certera que ni te avisó. Allí quedaste, entre ambas paredes. Con la pierna volteaste la puerta de la cocina, quizá salieras de ella, o quizá te dirigías a componer una cena solitaria, como fueron todas en los últimos meses. Te dejó seca el relámpago de la parca, sin avisar, siquiera, para haberte quitado el delantal y presentar un cadáver prestoso, para los que siete años después te llegarmos ver. No dio tiempo. Quedaste desparramada en el linóleo, cubierta por el polvo que los años van dejando en la casa.

No estabas corrompida, casi parecías figura de papel;  fue lo primero que notamos con extrañeza en toda aquella jornada, extraña. No te habías consumido, tan solo te quedó la piel acartonada como  muñeca vieja. Simulaba un despiece de papel, prensado y lentamente desprendido, a trozos, casi pelado. La cara del color de la cera mantenía la expresión de asilada que tuviste desde que ella se fue. El pelo, parecía amasijo de lana, entreverado en grises que surcaban un tejido  negro que pudo haber tenido lustre. Los ojos, acristalados, como esas viejas muñecas que duermen el silencio de los bazares viejos. Así fue como te encontramos.

 

Nadie se quejó del olor, ni de desorden. Nadie te echó de menos, como si no contaras, tal que si nunca tu cuerpo dejara huella alguna. Nadie añoró tu marcha. Nadie preguntó por tu ausencia. Nadie.

No tenías trabajo, lo perdiste pocos meses antes del desastre final. Cuando ella murió tú anunciaste a base de silencios y un llanto sin lágrimas, silencioso, como todo en ti,  que el desastre debía sobrevenir. Y llegó. Y te cubrió con su mano la soledad envuelta en el polvo de  años. Porque ya no quedaba nada por lo que vivir.

 

Labraste, a base de soledades y  un carácter inhóspito un futuro desolado, envuelto en  brumas de aislamiento. Ni a ella ni a ti os gustaron jamás los extraños, ni más relaciones que las imprescindibles. Un adiós, un hasta luego, nos vemos, pase buen día, o una inclinación de cabeza al toparos con alguien por la escalera, en la panadería o en el supermercado. ¿Para qué más? os confirmabais la una a la otra, si el mundo es hostil, si todo se diluye y no hay  nada que sea más importante que estas cuatro paredes donde estamos seguras.

 

Y  fueron pasando los años. Creciste, sin darte mucha cuenta,  desde el lejano día en que gritabas alegrías o canciones de moda, o jugabas a hacerte mayor y ponerte tacones para poder bailar. Pronto sucumbiste al silencio que ella te inculcó. Al miedo a lo desconocido, por eso os envolvió la casa y sus cuatro paredes el horror a salir, a encontraros con alguien que os pudiera herir. No, mejor solas, con el velo ceñido de nuestra compañía, porque dentro de casa nada puede pasar, y el afuera siempre es hostil. Da miedo.

 

Por eso, al  irse ella,  te quedaste envuelta en el nubloso silencio que ciñe a las almas solitarias que ahogan las palabras y con ellas se llenan los pulmones de una brea que desemboca en muerte. Por eso te moriste. Por eso, has estado siete años envuelta en el silencio de una casa segura, donde jamás pasa nada.

Tan solo cuando el dinero, amasado con calma y solicita paciencia se acabó, alguien dictó una vana sentencia de desahucio,  constataron que habían cortado la luz y el agua hacía tiempo y nadie se quejaba. Por eso hemos entrado. Quebrantamos tu sueño, mancillamos la casa donde estabas tan segura.

 

Ahora, querida solitaria, recogemos el despojo, con sumo cuidado, no te conviertas en polvo y nos dejes pringados con tu solitaria podredumbre que nos pese después. Recogemos las miasmas, los útiles que aclararán algo sobre lo sucedido, aunque los que hemos entrado, no necesitamos mucho para explicar. Cerramos la ventana, que descarada, aún sigue abierta como muda mirada sobre el hogar que fue seguro y en los últimos siete años se convirtió en sudario.

 

Nadie llorará tu muerte, querida solitaria. Nadie añorará tus besos, ni tu risa, ni tu palabra. Nadie, quizá, recibió tus caricias ni el brillo de tus ojos, se asomó en el momento en que el amor  aplacó un corazón helado. Nadie recordará que viviste, querida solitaria, tan solo, nosotros, los que quebrantamos el sagrado silencio que custodió tu sueño, jamás olvidaremos tu cuerpo encenizado, tus ojos de muñeca y la piel de cartón.

#MariaToca

 

FIN

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