El “amigo”

Me enfada, siento un revoleo en el estómago, unas burbujitas que suben garganta arriba hasta formar casi un grito de rabia o una blasfemia, aunque  fui fue educada por monjitas castradoras y las blasfemias me  quedan grandes. Pero juro que cuando le veo, se me forman en la parta baja del esófago. Las blasfemias, digo, y bien gordas.

Su rostro, aparece de forma aleatoria,  en una foto de hace años, con las ondas que marcaban su pelo, su sonrisa a la que aún no le saliera el paréntesis de tristura o mala fe que tuvo después, cuando aún la frente no se ampliaba hasta entrar en la frontera de su pelo. Me mira desde la foto con sonrisa bonachona y mirada juguetona,  mientras Facebook me pregunta si no me interesa su amistad. Entonces regurgito la rabia que explicaba y se anuda la blasfemia en mi garganta, raspándola como si fuera hiel.

No, no quiero esa amistad. No, no quiero ver esa cara que recuerda mi estupidez y su mentira. Porque le quise, porque la amistad se regala con la generosa alegría de compartir, de ofrecer lo que nos vale: tiempo, escucha, dedicación, esfuerzo, alegría. Y no la supo apreciar. Retracto, sí la aprovechó, claro que sí. A su forma, cobrando dos veces por un trabajo confiado, engañando para sacar unos euros a costa de mi trabajo…Traicionando cariño y vituperando preces. Claro que  fue provechosa la amistad. Disfrutó del resto de amigos que le abrieron puertas y ventanas, disfrutó de mi hospitalidad, de mi tiempo –cuantas horas escuchando cuitas, a fuer de sincera me aburrían, pero era mi amigo, eran suyas y le importaban- Aprovechó mi casa, mi comida. Quizá lo que menos perdono es que dilapidó mi tiempo y utilizó esa habitación de huéspedes que todo corazón lleva consigo, dejándola maltrecha y desguardada para los siguientes que llegaron.

Por eso, cuando Facebook pregunta si quiero ser su amiga, la rabia mechada de una blasfemia gorda y purulenta es la respuesta.

#MariaToca

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Aquí me tienen ingenua y renuente

aplancando con armas y bagaje

los estertores últimos que abrasan

el fuego de un incipiente corazón

que huye ensimismado de la muerte.

Contemplando con ojos de niña, evanescentes,

la música que se eleva con la suerte

 de haber nacido antes o después

-quién lo sabe- de que tocara,

por eso, juzguen indulgente

mi presencia, aquí, solicita y ausente.

Les presento con cautela y armonía

a una mujer, que a fuer de sincera

poco más ofrece.

Por tanto, me arriesgo a perder autonomía,

si les confieso que todo lo que implica

amar, me queda como forma, indiferente;

les contaré que paseo del brazo de las sombras

que, junto a mí, se desplazan con cautela

amparadas en la silente compañía

que ofrezco como alma que camina

por viejos senderos que se llegan

como ensalmo a casa de cualquiera.

#MariaToca

Santander-23-4-2017. 19,34

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Volaba…

Volaba la contienda

que con palabras vagas y errabundas

se adornaba. Volaba

el argumento, que blandía espadas

de acero bien templado. Se henchía

la conversación bien sazonada

hasta que una daga de acero y afilada

le arrebató su complacencia.

Volaban, los austeros vocablos

que en la nada, cubrían

con su prosaico canto

las preces, que entonaban hombres,

emocionados, aguerridos

haciendo de la palabra baluarte

y del canto, honor y dicha.

Sobrecogía el miedo

a perderte, a olvidarte

a nunca más gozar

de esa amable compañía,

que desde niña me prestó

como amante, como amiga, la poesía.

#MariaToca

Santander-16-4-2017. 18,22.

 

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Ahora

Más que nunca. Ahora que la ira se funde,

ahora que nos falta el pan.

Más que nunca, que la mar se hace brava

y que el cielo se rompe.

Ahora, más que nunca hace falta

los puños que levanten al cielo

la rabia, la espuma de ese mar.

Ahora, justo es el momento

que  con  ojos brillantes

miremos a lo alto

hacia esas  las cumbres lejanas

donde los ojos se pierdan en la nieve.

Ahora,  cuando nos hace más falta

porque  el silencio se aprieta

y la soga nos mella

la garganta ahogada con la sombra del mal.

Ahora.

Más que nunca.

En este mismo instante

blandimos la sonrisa, como un arma letal.

#MariaToca

Santander 22-4-2017. 0,00

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Encontrarse

Salieron de casa, ambos, casi a la misma hora. Él vivía en la parte alta de la ciudad, la noble, la que abarca a golpe de vista los tejados, las avenidas que se funden con el mar, en franco descalabro de caída libre. Ella, en cambio, vivía en la espesura de un barrio abigarrado, donde las calles serpenteaban, estrechas, chocándose unas contra otras. Era  jueves santo; con buen tiempo. El sol acariciaba con delicada mano la ciudad, por eso, poco antes el común  de habitantes huían hacia  playas o vermuts. Ellos no. O no tenían más compañía que la suya o vivían descarriados del concierto social.  Salieron de sus casas  -cada uno de la suya- silenciosos, él calzando auriculares, con música estridente, ella con el ansia de caminar en paz.

Subieron cuestas, las bajaron, la ciudad es lo que tenía, pasear por ella, era más escalar que andar a pasos ciertos. Con ligereza, como se camina cuando el motivo o la causa no tiene más prejuicio que ese: caminar. Ambos dudaron si entrar en aquel parque. Mostraba un emparrado desordenado y ciego, que ocultaba, casi, el resto del recinto. Unos bancos desvencijados, alguna papelera desguazada y una alfombrada mies de margaritas y tréboles conformaba el somero paisaje. Se decidieron, quizá porque ansiaban la soledad y algo de destemplanza; entraron. Así es el destino: fútil, como una decisión intrascendente. Ambos, cruzaron la empalizada, cada uno por un lado de la pequeña loma que conformaba el parque. Daba a dos calles, la una llegaba de la parte alta de la ciudad, la de él, la otra, del arrabal urbano de donde venía ella. Un perro correteando olfateaba las flores, quizá buscando el sitio preciso donde hacer sus necesidades. Ellos le contemplaron con curiosa incidencia. Al poco, levantaron los ojos, coincidieron en la sorpresa de descubrirse jóvenes, urbanos y solos.

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El Pañuelo

Nada más llegar me di cuenta que la ropa era inadecuada. Lucía el sol, pero era un sol de carcasa sin apenas fondo o contenido. El viento rolaba audaz sobre la arena, levantando pequeñas oleadas de minúsculos granos a su paso. Bajé del coche, cerré la puerta, ajusté la cremallera al cuello, ya que estaba allí decidí que daría el paseo, pero sería breve, apenas unos pasos por la playa, mientras respiraba el yodo que, eso sí, caía a raudales empujado por las rachas de aire. Llegaba húmedo, con minúsculas gotas de ese mar embravecido, que levantisco, compartía compás con la brisa en baile disfuncional.

 

Emprendí el paseo impulsado por el deseo de  quitarme la sensación de frío que me atoraba los músculos. Iría deprisa, todo lo que me permitiera la arena húmeda de la orilla. El viento empujaba de espalda ayudándome a andar. Luego con él de cara, sería más costoso, recuerdo que me dije, caminando con pensamiento banal, como casi siempre se encaran las cosas importantes.

 

Habría caminado no más de diez minutos cuando la divisé. Los músculos se habían calentado lo suficiente como para olvidarme de la impresión inicial. Iba tomando gusto al paseo, conforme avanzaba por el arenal. Eran poco más o menos, las tres de la tarde, lo recuerdo, porque me gusta pasear a esas horas en que la gente se recoge en el hogar para comer en familia. Son ventajas de quien ejerce la soledad como forma de vida, no tiene más horario que el que marca el propio cuerpo y sus necesidades. Era un domingo de Abril, cuando aún los días engañan si son vistos detrás de la ventana; el sol aparece con más fuerza que empuje y el frío sorprende al despistado que no desconfía.

 

Como fuere, el caso es que la playa estaba solitaria. A lo lejos, se veía algún paseante lanzando palos a un perro que perseguía con ímpetu y jolgorio alborozado. Poco más. El mar estaba umbrío, con ese color amenazante que augura tormentas o algo peor. Por el cielo avanzaban con garbo varias nubes panzudas, y el viento soplaba sin piedad. Aceleré mi paso, pensando llegar a un punto que divisé en la lejanía, dar la vuelta y volver al hogar para encontrar la manta y el libro abandonado, en pos de recibir aire, los rayos de ese sol escaso y pinturero, y disfruté del paisaje que a esas horas era sobrecogedor.

Ignoro si surgió de repente, o si llevaba tiempo caminando, lo cierto es que la divisé de golpe. No tanto la vi a ella, como al choque de tonos de aquel pañuelo insultante de colorido y vuelo.

Flotaba a lo lejos, como arco  iris hiriente entre el azul mechado de grisuras, de un cielo acadabrado, el verde del mar, el monocorde color de la arena que pisaba y algún guijarro que la marea había traído hasta el arenal.  Aquellas alas de múltiples colores alardeando ante mi campo visual atrajeron, como un imán, a mis ojos que vislumbraron la figura que caminaba delante. Estaba lejana, caminaba despacio, yo lo hacía deprisa, por tanto sería inevitable que alcanzara a la poseedora del pañuelo multicolor y podría contemplarla mientras la rebasaba. Caminaba con la espalda erguida, majestuosa, el pelo aleteaba al compás del pañuelo . Apreté bien el paso, con la intranquila sensación de invadir otra soledad con mi curiosidad. Me dio igual, los ojos seguían  a la coloreada tela casi hipnotizados.

Avanzaba más deprisa que ella, aún con todo,  la distancia se mantenía igual. Apreté el paso, tanto que al poco casi me sofoqué. De pronto un remolino de aire acaballado con arena, me cegó la mirada. Al volver los ojos, el pañuelo volaba libre del cuello que poco antes amordazaba. Se había convertido en  ave montaraz que repartía colores por un cielo que a pasos agigantados se encapotaba y nos dejaba inermes. El rugido del mar se acentuaba y pronto invadió todo dejando cualquier grito mudo.

Salté cuando la sorpresa me ordenó intentarlo. Corrí como un poseso detrás de aquellas alas que cada vez se me alejaban más. A lo lejos divisé su figura, quieta, hierática, contemplando la batalla que, en desigual contienda, manteníamos el pañuelo y yo.

Retrocedí, subí la duna, tropecé con unos matorrales que punzaron mis piernas. Nada me detenía, mientras la maldita tela bifurcaba la lejanía con su burla de bucles henchidos por el viento. Por un momento, bajó, para luego elevarse tal que si jugara conmigo a corre-corre-que-te-pillo. Salté una empalizada, casi me descalabro, y al fin, sentí que retrocede el vuelo, que planea, se para, para caer como losa pesada a dos metros de mí. Me lancé como si me fuera en ello, algo más que la casualidad. Lo agarré con ambas manos, con rabia, como si temiera que volviera a tomar altura y escaparse.

 

Retorné al camino andado hasta allí buscando la figura que antes  viera parada, titubeante, viendo volar al pañuelo y a mí correr tras él.

La playa mostraba una desolación austera. Las nubes  ganaron la batalla a ese sol que se batía en franca retirada. Un escalofrío recorrió mi cuerpo haciéndolo estrenecer y decidí bajar y buscarla.

En vano. Anduve hasta que aquellas nubes se abrieron y derramaron el agua que a alimentaron en su viente. El aire se arremolinaba en torno a la arena formando espirales de cirros abarcables. Empapado, cubierto de un agua que me despojaba del poco calor que la caminata me produjo, salí de la playa, pensando  entrar en el desvencijado bar que había en la salida.

Entré. Mi aspecto sobresaltó a la muchacha que somnolienta contemplaba la pantalla del altivo televisor que vociferaba noticias. Pedí un café, sacudí e intenté secarme el agua que corroía mi ropa, en vano intento de entrar en calor. Le pregunté si había visto a la dueña de aquel pañuelo que como bandera arriada colgaba de mi mano. Respondió, tal que si lo hiciera a un orate, que allí no había ni hubo más señora que ella, porque nadie osaba ir en un día tan inseguro a la playa.

Tomé el café con prisa, salí del triste chiringuito, encaminé mis pasos hacia el coche, en la esperanza de verla por el camino. Mientras, llevé el pañuelo a la cara, dejando que la suavidad de aquella seda, ahora mojada, empapara mi rostro. Olía a espliego, a jazmín, a lavanda, al poco de olfatearle, la mezcla de olores se adueñó de mi mente.

Desde entonces, sigo buscando a alguna mujer que huela parecido para regalarle el pañuelo.

#MariaToca

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