Descansar

Descansar, apoyar la cabeza sobre un hombro…

descansar, pensando que el mañana viene calmo

que no hay suceso que incomode

ni manifiesto que se escuche

mientras el alma se enarbola

y el corazón, presto, enardece.

Descansar, cerrar los ojos al instante,

sin querer ver más madrugadas

ni amaneceres sin ausencias.

Descansar, parar los pies, cerrar las manos

en oraciones sin escucha

 mientras hierve el agua en el hogar

deteniendo el tiempo en un instante.

Descansar, cerrando palabras sin escucha,

contando naderías a los nadie

sin jamás tener premura

ni saber quién nos espera en el instante

en que cerramos  la puerta a la costumbre.

Descansar, ansiado tiempo que deseo

sin menoscabo del sentido

que no busco siendo  apenas   sueño conciso

que no quiero perder ni ser perdido.

…Descansar,

bajo la losa de un sepulcro

o dejando huellas en el cielo.

María Toca

Santander-12-12-2018, 15,18

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No me lees

No me lees, pero te asomas

a mi vida cada instante,

no me lees pero cuestionas

cada paso que camino.

Juzgas, usurpas, restringes

sin mirar la luz, a oscuras,

siembras en otros terrenos

que no confluyen con nada

y me culpas de que tu siembra

no coseche ni se abra…

No me escuchas y me juzgas

sin piedad y con rebato

te eriges en juez y parte

y robas esa parcela

que con tino y con cuidado

guardo para mi alimento.

No me miras y crees ver

los fantasmas y la lumbre

que anexionan las costumbres

 de tus juicios tan opacos…

No me lees y te preocupas

de lo que a ti te preocupa

sin mirar a contemplar

el paisaje que circunda

parcelando la simiente

y dejándonos muy solas.

María Toca

Santander .09-12-2018. 18,36.

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El genio (momentos de un hijo de puta)

Al levantarme, como cada día, encuentro la mirada pausada, verde, brillante de esmeralda de Carolina. Avanza hacia mí con pasitos lentos y sensuales; se abocina entre mis brazos mimosa y complaciente. Es el saludo matinal que me templa el alma y me torna a la almena de la vida. Esa vida que contemplo desde arriba sin más patrimonio que mi intelecto y la brutal fuerza de mi ego. Catalina lo sabe. Intuye que necesito ese empujón de humanidad para recordarme quien soy, porque nací y que hago en este mundo de orates en el que me siento cada vez más extranjero. Pobre Carolina, tan paciente en su soledad de espera a que mis ojos abran la mañana y encuentre el pretexto perfecto para ronronear a mi alrededor. Carolina me pertenece. Yo a ella no, porque soy indisolublemente libre. Habitante de la caverna hecha a mí medida pero solapada por el medio. Ella en su soledad me ofrece un tiempo para caricias, para ligeros arrumacos antes de que la voz sumisa y compulsa de Elisa me indique que el desayuno ya está listo.

Desperezo el cuerpo. Expulso a Carolina con no disimulado desabrimiento, calzo las pantunflas desgreñadas por el uso y me tomo el primer café de la mañana. Mordisqueo el bollo suizo que Elisa ha subido poco antes  (muy poco antes, Elisa, te tengo dicho que fríos no me gustan) rezongo casi siempre ante los ojos desolados de la mujer que atiende mis necesarias trivialidades. Elisa se despista cada poco. Hay que zaherirla con rebenque de voz firme. Elisa se atora cuando le indicas más de tres cosas. Y eso me irrita mucho. Me crispa hasta el punto de amargarme el día. Carolina, presta a mi engreimiento, se roza con mis piernas. Enviste con su hociquito bigotudo la pernera que asoma por el pijama que siempre se acorta al levantarme como si quisiera consolarme de mi rabia mal contenido. El gesto de su cariño  me calma. Quizá por eso la mirada de Elisa la busca cada poco, como cómplice en caso de alteración mayor. Carolina es mi  ventura y la suya. De no ser por ese cuerpo tibio que templa destemplanzas habría arremetido más de una  vez contra la cara pánfila y obscena de Elisa sobre manera cuando me contempla como sin entender que es lo que quiero, cual es mi demanda. Que casi siempre es que desaparezca, que salga del habitáculo donde estoy en silencio, quedamente, sin aspavientos y no vuelva hasta que mi voz la demande.

 

Elisa es joven. Todo lo joven que se puede ser mirada desde la atalaya de mis sesenta años. No llega a la treintena por tanto no es que sea joven (las mujeres florecen a los veinte y marchitan fugazmente a los treinta, por mucho feminismo que se calcen siempre es así, cosas de la naturaleza) es joven para mí, quiero decir.

La conocí cuando era apenas una niña. Sus piernas gordezuelas, el pecho enhiesto, grande, cual ubre de matrona,  unos ojos vacunos y asentados me dejaron perplejo con la mirada puesta, sin recato ninguno, en su entrepierna.

Elisa estaba meando cuando la conocí. Meaba entre meandros de piedras limítrofes de campo. Aparecí de pronto. Escuché el chorrito que chispeaba contra las piedras y me lo imaginé. No tanto que fuera una cría, sino que  la curiosidad de mirón que me adornó desde siempre guió mis pasos hasta ella. Sí, me gusta mirar ¿cómo se puede ser escritor celebre de otra forma? Mirar y contemplar los entresijos de la vida para plasmarlos en papel. Es mi función y la misión encomendada de mi vida.  Me gusta sorprender al humano o a la humana (seamos correctos, hagamos inclusión) cuando está desprotegido, o perdiendo la dignidad que le ampara en momentos comunes. Elisa estaba meando entre unas piedras y esa imagen la sigo utilizando para follármela sin piedad cuando me antoja. Aunque le rechinen los dientes y no quiera. Aunque se le velen los ojos con el telón del sinsabor. Me la follo porque estaba meando aquella vez y no puedo resistir la tentación cuando lo pienso. Se lo digo cuando me contraría: “no hubieras sido tan cerda de mear en público. Fue y será ocasión de placer para mí. Y tu responsabilidad si no te gusta como quiero follarte” Elisa me mira con los ojos vacunos, asiente y se deja. Elisa siempre se deja, con esa lealtad porcina que tanto detesto y tanto necesito. No podría ser de otra manera y resistir el tiempo que resiste. Elisa se deja, tal como debe ser. Y Carolina nos contempla con pasividad, aunque creo que mi ritual la enerva el celo. Que todo puede ser.

 

Hace días que no la toco y está despistada. Hace días que Elisa no me motiva nada. No siento el hervor de antaño ante sus andares pastueños con los muslos deslavazados, cada vez más gordos, la papada que cuelga del belfo, los ojos alobados cuando me mira, inquieta. Sí, Elisa me ha dejado de gustar hace  mucho. Queda el rescoldo animal de una pasión furtiva, o casi, porque podría tomarse por mera pulsión de actividad sexual. Esporádica, perdida entre semanas. Ella lo sabe y lo siente. Me doy cuenta que anda sigilosa, cada día más dispuesta a agradarme por el miedo que respira a cada paso.

 

Miedo a perderme. Miedo a que la eche a la calle y se quede tan sola como merece su infame sumisión. Y bien que quiero esa sumisión, quizá ese sea el único motivo de soportarla aquí. En mi casa. Junto a mí perennemente, con los pasos contados, haciendo las labores del hogar insalubre que formamos;  corrigiendo los textos, cometiendo mil errores que, furibundo, le apunto.  Porque Elisa es torpe a posta o con  saña de una orate sin fin. Si no fuera por la labor que desarrolla dando forma a los escritos que realizo, o cubicando toda la utilería doméstica hace ya mucho tiempo que la hubiera expulsado de mi vida o al menos de mi casa.

A ver, las pasiones andan bien domeñadas. Son sesenta años que pueden no parecerlo pero son suficientes para, al fin, pasar de las mujeres. Se me entienda, que siempre pasé de ellas bastante, apenas fueron meros subterfugios gozosos en una vida intensa y triunfante. El sexo fue otra cosa. Atadura y milagro. Necesidad o forma descabellada de gozo. No pude prescindir de ellas, aunque a fuer de sincero las deteste cordialmente. A Elisa más que a ninguna, quizá porque la tengo cerca.

 

Noto que cada vez se distancian más las noches en que la busco. Y que puedo pasar perfectamente sin ella tiempo y tiempo, apenas sin notarlo. Pero aquí la dejo seguir. Aunque me pese su presencia lobuna y adormilada que no responde más que con monosílabos, siempre huidiza como si temiera el desenlace de algo imprevisto y negativo para ella. La traté siempre bien. No tiene queja de eso estoy bien seguro.

De vez en cuando una cena en la ciudad, alguna copa, un cine, sin más que ambos, porque no soy gregario y me molesta la presencia de extraños. Aunque a veces  añoro la complacencia de gente conocida, es cierto. La vaga diversión  de una discusión sobre arte, música o  literatura ¿Cómo percibir el prestigio de mi obra si no es contrastada por otras mentes que la admiren? tan solo que no compensa el ruido que produce el meandro de compartir con alguien mis querencias. No compensa tener que escuchar las memeces que el comportamiento social impone. No. Yo solo quiero hablar de lo interesante, no sobre las vaguedades e insustacias de otros que no tienen ni tino ni mente ni tan siquiera un poco de sentido común.

 

Por eso vivimos aislados. En Buenospicos, aldea segura donde no llegan visitas indeseadas. Que por llegar no llega ni el periódico, por eso baja cada día Elisa al pueblo más cercano, Corremás, a buscarlo. Y el pan y el vino. Y sube deslomada porque hay más de cinco kilómetros de  subida en canal. Con botellas, la compra y el periódico, que me pienso, no sé cómo puede tener esas ancas de vaca con tanto recorrido que realiza a diario. Luego la veo comer y me doy cuenta de que es inevitable. No es que coma mucho, que no, porque mis ojos la avisan, y si no obedece  llegan mis palabras como freno a su gula. No es eso. Pero al cabo del día la veo en plena faena de rumia permanente. Cual vaca regurguita  alimentos, la escucho masticar por la casa adelante. Aprovecha cualquier descuido o permanencia cerca de la despensa para robarse alguna chuchería, un pellizco al chocolate, una galletita de nada, algún snack. De poco sirven mis regañinas que la ofenden al máximo según cuenta en los escasos momentos de lucidez que tiene. Que se fastidie, me digo. Que se aguante por ser esclava de la gula. Por eso no me atrae, con esas ancas de vaca que mueve por instinto. Por eso y porque mi potencia sexual se canaliza en componer los versos que luego ella corrige. Y he de decir, que aún con errores garrafales y con la ortografía de una niña pequeña, les da buen tino. Les da el lustre que el pueblo llano exige.

Ella es la correctora de mi genio en apuros. Quizá porque los versos salen sublimes y hay que desmembrarlos un poco para hacerlos accesibles al gran mundo. Para eso sí que sirve. Cuando amenazo con echarla o me quejo de su apatía y silenciosa presencia siempre es el agente quien interviene y pone paz. Incluso un día me dijo que si ella marchaba con él que no contase…porque el genio está en la corrección. Me dijo el gran cretino, como si me hiciera falta, a mí, al genio verdadero, al escritor de fama,  la corrección de una simple sinsorga.

Fin

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De no verte

Se me heló el aliento de nombrarte

a fuerza de no encontrarte en las esquinas

y no saber ni donde hallarte,

se me heló la carne

que no tiene  ni sombra ni donaire.

 Se me heló el alma de no verte

en los amaneceres fríos de mi cama

envuelta de oropeles mi memoria

mientras las sábanas se enfriaban como escarcha.

Se cruzaron las manos en el fiero regazo

mientras la muerte gélida acechaba;

de no verte, se me nubló la vista

velada cual telón de terciopelo.

Y la sonrisa quedó cuajada para siempre,

cual helada flor de invernadero,

circunscrita tan solo a mi boca

mientras se agriaban estos labios

de no renacer al ser besados.

De no verte, se subsumió el alma

y bajó hasta el infierno la certeza

de saber que un futuro sin ti es aquelarre,

porque apenas   se vivir ya sin quererte.

María Toca

Santander-08-12-2018. 23,37.

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Encontrar el poema deseado

Me serpentea el aire por la espalda

 augurio de suave cadencia enardecida

del sol, que reverbera

y presto se cuela en el hogar

mientras las horas discurren

dejando el rastro de palabras

y la húmeda sensación de no ser más.

Sentada, ante la dulce espera

de encontrar  rimas perfectas,

asonante o consonante, qué más da,

 contando sílabas del infame poema

que no escribo, porque como agua

se diluye entre la manos,

mientras en la tierra brota

las flores que planté, en sementera.

Un rayo de sol sobre mi espalda

acaricia el quiebro de mi pelo

con el cuello –me dejo sorprender-

por el deseo, de ser otra, detener el tiempo

y no tornar jamás a lo habitual.

Por eso, el placer de encontrar la compañía

de sortilegios y verbos encendidos

me deja exhausta y feliz con el hallazgo

si de pronto, se ordenan los vocablos

y surge el poema  arrebolado

de inusitadas esperanzas en avío.

María Toca

Santander- 08-12-2018. 12,46

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Nostalgias de la casa

Un silencio que atruena la tormenta

que se desploma en lágrimas de lluvia

y mece a los árboles en contradanza

de la música tocada por el cielo.

Una tarde tranquila y silenciosa

truncada por el grito de la noche

que intenta apaciguar con suave barboteo

la luna en la cúpula del alma.

Meciéndose, suave, está la anciana

que recuerda los níveos estantes

proclamada, la memoria, vibrante

entre las llamas de su nostalgia

arrebolada de vida terminada.

Es la casa feliz de la costumbre

decorada con esparto y  dulces concordancias

de escuchas, de rumores, de risas,

de una infancia perdida y rebuscada

entre los viejos  anaqueles de la vida.

María Toca

Santander-2-12-2018. 0,24.

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Viejos olvidos

Viejos discursos, palabras viejas

hueco insurgente que cubre el cieno,

esquina leve donde hasta el polvo

se vuelve tenue y a contraluz

se funde el tiempo que nos unió.

Caminos yertos, vanas palabras

que llevó el viento, mientras

la casa se quedó fría y vacía,

envuelta  con manto de vieja  pátina

de polvo y guano.

Vanos discursos, léxicos rotos

que funde el tiempo con su fulgor;

mientras la nube  envuelve el río,

con su renuente canción de cuna,

 que la musitan hojas renuentes

de viejos álamos, para la muerte.

Vanos discursos que baten olas

guardando  viejas mentiras

que a fuer de dichas, funden

el tiempo, fenecen en el olvido

y lentamente, se van y mueren.

María Toca

Santander-25-11-2018. 16,02

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