Liberación

Cerró la lavadora con la fuerza que guardaba dentro, parida por la rabia de muchas horas antes. Justo las que llevaba levantada. Insomne, o letárgica por la falta de descanso, la rabia se reconcentró en el gesto de cerrar esa puerta con la ropa que era pura quejumbre, oscura miasma.  Era la tercera vez que llenaba la máquina con las sábanas masacradas por los efluvios contenidos en un dique resquebrajado. Cansada. Demolida. Con el agotamiento contenido de muchas madrugadas a la intemperie. Con la fatiga que da no haber dormido de un tirón en los últimos seis años ni una sola noche. Con el agotamiento y la molicie de no atisbar escapatoria alguna para los días que se deslizaban sin descanso, uno tras otro, sin variación ni sorpresa.

Lucía, se llamaba, aunque perdió la conciencia de su nombre muchos años antes, cuando dejaron de llamarla así. Tan solo era Luli, la hija de la pobre doña Lucía y don Servando, tan buenos ellos, tan atildados. Él,  maestro nacional, de cuando se ganaba poco y se enseñaba con vara y  enciclopedia. Ella, como mandan los cánones, ama de casa, mujer de gobierno y dulce madre de Lucía, Luli para el mundo.

Y Luli se preparó para vivir tal como le contaron. Hizo magisterio, ejerció de interina en diversos pueblos durante años, hasta la debacle. Hasta que se les fue yendo la memoria y los dislates se sucedían día tras día y no quedó más remedio que renunciar a todo y volver al pueblo. Y enterrarse entre orines, heces y desvaríos.

Luli se vino, con la intención intacta de serles útil, de devolver el amor y la buena crianza de tantos años. Años en que los sacrificios, las economías renuentes de un maestro de escuela y los cuidados generosos de una ama de casa dieron para formarla, mandarla a Madrid, luego, dejar que viajara mundo adelante en pos de una profesión que si no la apasionaba, al menos la mantenía entretenida. Dispendios que la dejaron a la intemperie colmando el vaso de la gratitud. Hasta hace poco. Cosa de un año. Antes lo toleraba, o quizá entendió que sería menos el tramo recorrido. Pero ya  van seis años de trayecto y se hace más largo de lo esperado.  Cada aniversario el cuerpo se apoltrona, la mente se adocena, el ánimo se cansa y llega la desafección, el olvido de las buenas intenciones que la trajeron hasta aquí. Ahora recuerda que el afán redentor se le acabó hace mucho.

El corazón de don Servando está muy fuerte, le dice el médico. Puede durar diez o doce años más. Doña Lucía está más apagada, es cierto, pero puede tirarse mucho en ese estado que no es ni viva ni muerta, ni aquí ni allí, envuelta en una nube gris de incertidumbre, cesado todo movimiento humano que no sean los involuntarios. Doña Lucía mantiene un cuerpo que se reduce a cada hora, contenedor de pocos huesos y magra carne,  aún con su brevedad, es la que da más trabajo. Él aún controla  esfínteres, no siempre, pero es más llevadero.  Ella ni un poco. Por eso Luli siente que lleva bajo la piel las  miasmas de esos padres que cansan. Va con ella, como nube letal,  el olor insalubre de heces viejas, de muertos en vida. A veces se despelleja frotándose bajo la ducha, en intento vano de sacar fuera el tedio y el hedor que embarga la casa y toda ella. Tarea nula.

Menos mal que él no la ve. Ni que la huele. Tan solo hablan cada noche, envueltos en la distancia arrugada que casi les deja tocarse de pura presencia intuida y amada.  Llegan a veces hasta la madrugada , hasta que agotados por la hora deciden apagarse e irse a dormir, cada uno con la imagen inventada del otro. Cada uno con el otro debajo de la piel. Con otro a la medida de su propia imaginación.

Luego, se escriben largos emails para alargar esa conjura que la distancia tiende a ensanchar.  Y Luli se conformaba, hasta hace poco, porque sin él no puede. Sin sus palabras, hace tiempo que habría huido, o simplemente hubiera abierto la llave de ese gas amigo, y juntos los tres navegarían por el mar del descanso. Él, la ha salvado. Y él la va a salvar de nuevo. No tiene duda. Lo hizo casi sin darse cuenta. La rescató de si misma, de su penuria, de los días lentos en que parecía que el tiempo  estaba detenido y no pasaba nada, como si la vida se hubiera colgado al estilo de una pantalla fija.

 

La madrugada se encrespa con el vómito. La mañana se pasa mientras levanta alfombras y pasa la aspiradora, enciende un tenue fuego para poner la sopa o el puré. Ellos comen, cosas ligeras, son  frugales. Hace tiempo que dejó de cocinarse otras cosas para ella, ahora economiza el tiempo y el dinero. Aprovecha lo sobrante del condumio que prepara para ellos,  añade algo de queso, algún fiambre y se desentiende. Por eso está tan delgada, se diría que el viento transita a través de su cuerpo sin tocarla.

La tarde la coge dormitando levemente, dejando en el sofá parte del cansancio acumulado en las noches pasadas en blanco. Porque ellos la llaman una y mil veces, la hacen huir del lecho o de la pantalla mientras conversa y se vuelve joven y bella, escuchándole a él. Oye el lamento e intenta correr para llegar a tiempo de que no se les despeñe el intestino, para  poner la cuña ante el vómito,  o para cambiar las sábanas cuando lo anterior no pudo ser. Diez, doce veces. En una noche. Hasta adelgazarla el sueño y vivir en perpetuo desvelo. Por ellos y por él.

La tarde calma el rigor. Ellos se adormecen con el estertor del tibio sol, o escuchando el tintineo de gotas en el cristal, si llueve. Se apaciguan como pajarillos en sus nidos. Ella puede dejarse mecer por el silencio que se apodera de la casa, de todo el edificio, que a esas horas, reposa ciego a la turbulencia del día a día. Luego, de noche se le arraciman las desventuras.

Más tarde, enciende el viejo ordenador que le sirve de escape, de ventana por la que huye y se escapa muy lejos, justo hasta tocar sus manos,  dejar que los labios se susurren ternezas y de vez en cuando se posen uno encima de otro. En el silencio de la alcoba puede escucharle, contarle, mirarle a los ojos, y sentir, incluso a veces, el latigazo de un tenue placer, amalgamado por la mala conciencia de vejar el cuarto de cuando era  niña y los pecados eran confesables. Como si fuera más insidioso sentir deseo teniendo cerca a la muerte. A ellos y sus penurias.

 

Comparten mucho. Él, cuida de su  madre, anciana, desahuciada, con un Alzheimer que galopa en pos del desastre total, pero con buen corazón, como don Servando y doña Lucía, viuda de militar, que le sacó adelante con esfuerzo y dedicación plena, con un estanco que puso al enviudar y dio para estudios, una boda y luego un divorcio.

Pueden durar mil años Lucia, le dice él, con el desamparo prendido de la voz. Y ella asiente, mientras mira por la ventana comprobando que esos barrotes imaginarios de la vieja prisión en donde vive, crecen y crecen. Pueden vivir más que nosotros, Lucía, le repite. Mientras coloca su mano rugosa, manchada de pintura, en la pantalla, queriendo rozar su piel, estrangular la distancia, ajar el cristal del monitor y saltar a su alcoba para sentirla, para deshacerse dentro de ella y ella  desgajar el grito de placer que le produzca  él.

Hay  llamadas, suspiros que parecen queja, requiebros de la realidad que los despierta del ensueño en que mecen los escasos minutos en que se contemplan y se hablan desde la triste ventana del pc. Cambio de sábanas. Otro camisón y otro pijama. Retorna a la alcoba. Retorna a él, con el alma contraída porque le huele el pelo, y en las manos, por mucho jabón que les eche, siempre se queda impregnado el aroma del vómito o de las heces. Él no lo sabe, pero ella siente repudio de su olor. Él, fuma puros. Dice que es su pecado y su humilde pasión. Se pone una copita de vino blanco, enciende un puro, abre la ventana del salón, que es donde él duerme, y comienza el rato de fuegos fatuos.

-Lucía van a enterrarnos. A este paso, jamás podremos vivir juntos. Esto no tiene fin-

Y ella asiente. Mientras se calla, porque en el fondo, muy en el fondo, siente una rabia que la inunda y la desborda. Ni tan siquiera tiene el recurso de ampararse en resentimientos. No tiene el consuelo de la agrura. No. Ni un ápice, porque han sido buenos padres, hasta la hartura. Buenos. Y la han amado mucho. Como ella a ellos.

No puede odiarlos, ni despreciarlos. Sí, puede, pero en esa amalgama, a quien de verdad  odia, es a ella misma. Se lo confiesa. Llevan tres años de confidencias. Hace tres años  que se conocen sin conocerse, que se aman sin tocarse, que se desean sin acercarse. Saben los entresijos el uno del otro como si hubieran convivido ;  en la distancia,  más si está amalgamada por la desesperación, el alma se esponja, se abre con la contundencia de la desesperación. Y ellos lo han hecho. Hasta llegar al recóndito lugar donde se guardan los más mínimos resentimientos. Y se los vuelcan. Uno en el otro. Otro en el uno.

Hasta que saltó la idea. Ni recuerda de quien surgió, tan solo que fue bien recibida. Como si llevaran mucho tiempo concibiéndola. Una noche, lluviosa de  Enero, se atrevieron a esbozar en palabras lo que el silencio guardaba bajo  llave.  Después de oírse, apagaron antes de costumbre la pantalla, asustados de su propia  osadía. Durante semanas nada dijeron. La idea flotaba en el entramado de las alcobas, como invitada molesta. Hasta que volvieron a esbozarla.

-No podemos eternizar esta tortura, Lucía. ¿Recuerdas lo que hablamos aquel día? Hay que volver a ello. Trazar un plan. No puede salir nada mal. No tienen más familia que nosotros, no conocen a nadie que pudiera extrañarse. No hay nada que nos entorpezca. Manejamos sus medicinas, sabemos que toman y cuánto. Será muy fácil, mi amor. Unos meses, porque hay que hacerlo despacio, sin que los médicos sospechen. Y luego se acabó  todo. Su tortura y la nuestra-

-Ángel, no quiero oírte. Es demasiado-

-No cariño. No debes preocuparte. A ellos los liberamos. ¿Tú crees que es vida? ¿Tú quisieras vivir así? No, al contrario. Haremos lo que debería hacer la medicina, la ley que no nos ampara. No es justo, vida mía. Tú llevas seis años. Yo llevo diez, sin vida, sin trabajo, sin juventud. Sin nada. Antes no me pesaba, al contrario, casi me liberó de mi anterior vida. A base de cuidarla y atender el estanco, olvidé mi divorcio, el descalabro de vida que mantuve hasta entonces. Ahora me pesa, cada día que pasa pienso que es uno perdido, sin ti, sin tenerte. Un día menos, me digo. Un día robado. No puedo más. Debemos hacerlo los dos, a la vez, dándonos apoyo y consistencia. No habrá problemas, verás. Todo saldrá bien-

-No estoy segura-

 

Y así durante semanas. Dando forma a los sueños. Dando forma al calendario. Acumulando medicinas de las letales, con mil disculpas, adquiriéndolas en diferentes zonas, suplicando a mancebos crédulos: que perdí la receta. Que se me quedó en casa…Convenciendo al médico de perdidas, de empeoramientos, de olvidos. Comprando, incluso, en el mercado negro. Acumulando, dosificando, preguntando. Mil maneras de acelerar el proceso que los llevará a la liberación.

En ello están. Ya queda poco.

Fin

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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