Irene La Fea

552966_399415916762945_621362469_nRevoleó el pelo ante el espejo, que punteado de óxido y de miasmas, la contempló silencioso, dejando que los medrosos ojos,  de mirada testicular y verdor falso de  lentilla, pasearan por una cara que a fuerza de rellenarla de sintéticas formas, apenas mostraba las aristas que anidaban en su recuerdo, cuando el rostro era un amasijo de osamenta que tensaba una piel lechosa, rezumante, formando grumos rojizos, y aldabazados alrededor de la nariz. Ese rostro solo anidaba en el recuerdo.

Con demasiada frecuencia salía a pasear por la memoria la escaramuza de rencor, que contenía la cara de antes, cuando mirarse era un tormento, que ocasionaba penurias y desapegos. Hoy, en cambio, contemplando, los pómulos rellenos, aunque veteados por las bubas de unos ojos saltones, que eso no hubo forma de aliviar, no sentía el repeluzno de antaño. Cierto, que esa autocomplacencia, era personal, no notaba mayor dispendio de halagos en los demás. El mundo no veía el cambio. Nadie la contemplaba con la mirada complacida, como ella, dando por bien invertido el  dinero, hacienda, tiempo y dolor. Los demás ignoraban el callado reposo que ahora sentía, contemplando los labios dibujados a cincel de pinturero bisturí, que cortó, atusó y rellenó la mueca agria de una boca, anidada en medio de un paréntesis cerrado, dejando dentro unos labios inexistentes, ladinos. Hoy, en cambio, al saborear con lengua golosa, el contorno de esa boca amplia, como sonrisa de orate, se regodeaba de sentir la carnalidad de unos labios diseñados a fuerza de verlos y envidiarlos. Boca que podía ser besada, no como la otra, que se hizo para morder o para musitar adjetivos dolientes.  La piel, antes áspera, encenizada, purulenta,  violentada por muchas manos, ácidos, suturas, pomadas y aquelarres,  que la amansaron, limando las asperezas, puliendo el color aceitunado, hasta hacerla parecer suave terciopelo, estrellado de sombras. Fue necesario, invertir dolor, dinero y paciencia para olvidarse de la figura detestada, que se llamaba, Irene, pero todos la conocían con la etiqueta de: La Fea. Irene, La Fea, esa fue ella.

Caminaba sin apenas dejar huella, con unas piernas tendinosas como ave de presa, que garreaban, sin piedad, la tierra que pisaban. Las caderas abotijadas, y disconformes, una más alta que otra. Al caminar, descomponían más, sus ya deformes y despatarrados pasos.  La operaron varias veces, intentando igualar lo que la naturaleza, en su capricho hizo deforme. Hoy con prótesis, calzando zapato ortopédico,  con alza de  ocho centímetros, bien disimulados  en el abotinado, pasa por natural, el bamboleo discontinuo de los andares.

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La gusta pensar que dejó en el camino a Irene la fea, renacida en un ser sensual, concordando con su fantasía. Porque Irene sueña. Desde siempre. Aun cuando sus andares no llevaban cadencia y lucían disconformes con la mesura, cuando el rostro agredía al mirarlo, Irene La Fea, soñaba. Se veía a sí misma, envuelta en tules lenceros, yaciendo en cama adoselada,  con el brioso pelo desparramado por la seda de la almohada, amojamándose en la espera de su hombre ideal. Tenía uno, que iba variando conforme las imágenes se le acercaban más o menos.

 

Comenzó a soñar de niña, cuando se quedaba arracimada a un lado del patio, contemplando como las demás saltaban a la comba, o jugaban a la pita, mientras ella, con sus piernas agarduñadas, se conformaba  contemplando, en la distancia, las risas, los saltos y el coro de voces amigables que formaban cada día. Se apartó y la apartaron. Quizá por el temor que ofrece lo diferente, a una edad donde mimetizar es primordial. Se alejó del cotarro de compañeras, que no la echaron de menos, ni intentaron rescatarla. Entonces, llegó Andrés Casinello a su vida. Rubio, con un flequillo en rebeldía, con el resto del pelo, que se acaldaba sobre una erguida cabeza, dejando, a veces, ciegos los ojos por el telón molesto que ofrecía. Un manotazo raudo, lo apartaba, dejando a la vista los ojos soñadores de un color cristalino, que con el sol, lucía esmeraldado. Si el día se abroncaba, un tono acerado de grises gredales, lo amainaba, zurciendo una lenta penumbra de grisura y tristeza. El cuerpo fibroso, alto, con  hombros hechos para proteger un cuerpo endeble, como el suyo, pensaba siempre que lo veía bracear, soñando en posar lentamente la cabeza en ese pecho, mientras los brazos masculinos, le ceñían la cintura. Las piernas algo torcidas de Andrés,  marcaban un andar deslavazado, que  resultaba irresistible. Irene, le contemplaba desde la verja, con un arrobamiento religioso, cuando, con pastueño paso, se acercaba a esperar a Teresa Río. En el sueño de Irene, era ese el momento en que la descubría a ella, contemplándole. Sus ojos cruzaban los estrechos márgenes de los barrotes del portón que separaba al mundo del pequeño cosmos de un colegio de señoritas. Al descubrir la poesía oculta en la mirada de Irene, olvidaba a Teresa Río, que desconsolada le esperaba día y noche, mientras ellos, se alejaban en pos de la eterna felicidad, de la cama con dosel, y sábanas de seda. Fue su primer sueño. La primera de muchas frustraciones que conformaron un carácter desapacible, reservado, rayando la altanería y malhumorado casi siempre.  Formó  la personalidad a golpe de desengaño, aunque no cejó en la espera de que él llegara, de cualquier manera, o de forma golosa. Irene La Fea, confiaba aún hoy, en que se aposentara en su vida un amor que barriera recuerdos, humillaciones y lágrimas pergeñadas en la soledad más absoluta.

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Hace tiempo que no cumplía cuarenta, pero los sueños seguían incólumes.  El tiempo pasó sin dar tregua a unas esperanzas esculpidas a golpe de voluntad, no de certezas. Perdió la esperanza de ser madre, cuando se la apergaminó el vientre que no debió de ser muy proclive a albergar más vidas que la suya. No la importó demasiado, porque Irene no deseaba hijos. Tenía un concepto demasiado ególatra de la vida, para concebir. Lo que sí sintió, es ver que se cerraba una puerta.  La oportunidad perdida de ofrecer un vástago al que llegara. Aunque bien pensado, mejor así, se decía Irene. Sería para ella la adoración, sin malquerencias ni llantos infantiles, que arrastran con la desazón, el milagro del romanticismo.

 

Andrés Casinello, desapareció de su vida, sin haber entrado en ella. Lo comprobó un día de Abril muchos años después, cuando Irene ya calzaba botín de alza, contoneaba la cadera abotijada,  y llevaba la mitad del relleno que ahora, en pómulos y maseteros. Se topó con él, figura inconfundible, aunque ya no portaba el brioso flequillo y los ojos se le habían apagado,  trasformando el azul de antaño en un cobalto difuso. Quedaba la mirada tortuosa, promesa de veleidades varias, la piel tibiamente acharolada y el andar deslavazado que propiciaban unas piernas torcidamente masculinas.

Al verle, Irene se alegró de haber tomado la decisión de portar sombrero. Lo pensó antes de salir de casa. Hacía viento, se corría el riesgo de que en la ventolera, volara el fieltro, mientras ella con su torpe paso, no podría salir tras él para capturarlo. Se lo puso, pensando que bien podría un galante caballero, atraparlo, y del hecho, surgir una pasión sin límite. Apaciguó los rizos, que rebeldes se resistían a la cárcel pamelar,  tiró de las alas sobradas del sombrero,  sobre ellos y rezó lo que supo para que no volara. O de hacerlo, que callera en manos debidas. Y ahora se alegraba, al ver andar de frente a su camino, al soñado Andrés.  En cuanto le reconoció, dibujó la ensayada sonrisa seductora, en su boca, durante varios metros, los que le iban acercando a él. Contempló el escarnio que el tiempo realizaba con alguien que no lo merecía. En cambio, ella, ya no era Irene la fea. Momento de desquite, se dijo, mientras sus ojos se agazapaban detrás de unas gafas oscuras. Levantó la cabeza, esbozó una sonrisa más amplia aún, levantó la mano, e hizo un saludo que a ella, le pareció el sumum de una distinción que mostraba al mundo. Gesto banal, pues no fue contestado. Al pasar a su lado, Irene, se paró.

-Muy buenas, Andrés. ¡Qué alegría volverte a ver, han pasado tantos años!-

-Perdón…No la he visto; como siempre nos vemos en el banco, ¿verdad?-

-¿En qué banco, Andrés?-

Sopesaba , que era imposible que él reconociera a la infame jovencita dentro de la exultante dama en que se había convertido.

-Perdón, ¿no es usted cliente del banco?- la perplejidad pintaba el rostro de Andrés.

-No, soy Irene. Irene Quirós. ¿No recuerdas? del Colegio Damas de María-

-No, perdona, pero no recuerdo-

-Salías con Teresa Río. Te envié notas durante meses, aceptaste conocerme un día. Quedamos en el café Artes. La ruin de Teresa Río, nos aplastó la cita, presentándose poco después. ¿Recuerdas ahora?-

-No tengo idea de que Teresa, me arruinara nada, de verdad, señora. No tengo el gusto-

Su cuerpo se rebullía de pura incomodidad, atestado por el sol, que abrasaba el pavimento, mientras él portaba overol y corbata.

-Da igual, nos hemos encontrado. Podemos tomar un café-

-Lo siento de verdad, llego tarde a una cita importante. Otro día, mejor-

-Está bien, Andrés, como quieras. Mejor otro día, más preparado, tienes razón.  No dejemos pasar este encuentro fortuito. Yo no creo en las casualidades. Te dejo mi tarjeta, para que me llames-50_anos_sin_marilyn_monroe_983418017_1200x800

Le extendió una dorada cuadricula, con letras góticas, adornadas con flores de lis y una guirnalda de buganvillas a modo de pespunteo por los bordes. Él, la tomó, con una mezcla de sorpresa y prisa, que le hicieron parecer poco amable. Irene se dijo, que sentiría incomodidad ante el encuentro en la vía pública. Estaría casado, con una mujer exigente y autoritaria. Decidió que lo mejor era esperar la llamada, preparándose para ella, esculpiendo su rostro y cuerpo con ardua disciplina. Durante más de seis meses, se aposentó cerca del teléfono. Apenas salió de casa, cuando lo hizo, dejó a alguien presto a recoger la llamada, si Andrés decidía solventar a la esposa y  retomar lo perdido. Hasta que el tiempo se diluyó con los recuerdos, como otras veces. Perdió la cuenta a base de sufrirla. Olvidó el desaire de Andrés, envolviéndolo en el abanico de los anteriores, y de los que seguirían. No los prestaba atención, los postergaba al armario de oportunidades perdidas por desafección.

 

Escudriñaba ventanas ajenas, sopesaba presencias en iglesias, calles, paseos, bulevares y parques, contemplando a hombres mesando canas, con el apresto de los años apaciguando el atractivo,  sin que el desescombro de la vida los invadiera. Si algo tenía Irene, era buen gusto, se decía con constancia. No se conformaba con la zafra que otras desechaban, al contrario, todo aquél que tuviera dueña,  espoleaba su deseo. En ello estaba la gracia, se decía en el silencio de una salita de mesa camilla, con portafotos rellenados de pasado, flores secas, amarilleadas por el sol de mediodía, donde reposaba su cuerpo dolorido por el esfuerzo de andar campante. Se lo confesaba a medias, con voz muy queda. Con un sutil pensamiento, mientras cabeceaba, después de la frugal comida, en la salita, reposando entre cojines abochornados por el paso del tiempo, y la mirada perpleja de unos familiares que, desde los estantes, la contemplaban en silencio renuente. Cuando volvía de sus paseos, desembarcaba en el rincón de la pequeña sala, dejando fuera, en el pasillo, los zapatos disconformes,  dejando con ellos, los andares y el porte distinguido. Entraba en su feudo, con la renqueante cojera acomplejada de antes. Antes, de que laceraran su cadera con hierros, contrachapas y tornillos, intentando nivelar lo que la naturaleza hizo disconforme. Se tumbaba, con desvalimiento, intentando no descomponer la figura del todo. Sintiéndose, aturdida, por el cansancio, mientras una leve brisa de autocompasión la invadiera. Ponía, entonces, en el viejo  aparato, la Traviata, dejando que los suspiros de amor desagraviado e imposible de la cortesana,  aliviaran  su contrahecha vida.

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Era el momento de pasar repaso a sus horas de calle. Se confesaba, sin cautela, que era cierto: todo hombre con dueña, le activaba el deseo. Vengaba, con esos sueños, a las que nacieron con el cuerpo en su sitio, con un rostro armónico. No podía dejar de aborrecer a esos seres hirientes, que bailaron, contemplaron despertares, envueltas en la zozobra de una noche de amor, que sintieron en sus ojos la mirada abrasada de deseo de uno o varios hombres. Ella, que solo cosechó una sarta de condescendencia o molestia, cuando escarbaba en la paciencia de los sujetos de sus sueños. Había veces que la rabia la ahogaba, desatando una ira contra alguna que cruzaba con sus pasos, de forma indebida. En la peluquería, donde  trataban sus ariscos rizos, en las consultas donde inflaban y levantaban su rostro periódicamente. Allí, podía ensañarse con la contumacia de la humillación, sin resultar ofensiva. El poder de un dinero que no tenía pero que buscaba con la desesperación de los malditos, le daba la posibilidad, no solo de reformar su rostro y su cuerpo, sino de humillar a las jóvenes, muchas veces hermosas,  con las que se topaba. Luego volvía a casa, con la satisfacción planeando sobre eso rizos atusados sin piedad, o el rostro ensartado de lanzadas de belleza. Por eso sabía que la satisfacción estaba en arrebatar la pieza a una cazadora con más suerte que ella.

 

Desechó alguno de los escasos pretendientes que a su paso salieron, buscando acomodo, o seguridad. El cojo, Enrique Llosa, con el zapatón de suela infame y negra, el pelo adocenado sobre un cráneo escaso, como lamido por lengua húmeda.  Intentó acompañarla a casa en las ocasiones propicias, desde la iglesia donde se apostaba con la caja, el cepillo, los betunes, y el banquillo donde se sentaba, presto a limpiar cualquier zapato que saliera del templo condenado por el polvo o las miasmas. Ella devolvía sus miradas y candorosos requiebros,   con otras, donde el desprecio salía a borbotón. Por mucho que siguieran  nombrándola, Irene La Fea, tenía clase y una belleza comprada y precaria pero evidente, al menos para ella, por tanto el cortejo del limpia, lo tomó a insulto, casi a humillación.  A base de desprecio, Enrique Llosa, dejó  las lisonjas para otra más proclive. Aún, hoy, la miraba con los ojos encariñados, estando emparejado con Amelia, la costurera. Sería por ello, que Irene, le veía con mejor ojo.

 

Las monjitas de la caridad, pretendieron emparejarla con Felisuco. Con esa buena intención, mechada de bajura morbosa, entendían, que ella, habiendo sido fea, pasada la edad de merecer,  se conformaría con cualquier cosa. No hizo falta decir nada a los requerimientos monjiles. Su madre, viva entonces, no le  perdonaría un desplante, por merecido que fuera, a las monjitas. Por ello, Irene, calló, cuando una monja atrevida le sugirió el arreglo. Miró a Sor Sagrario con la mirada más despectiva, atavalada por el borbotón de palabras que pugnaban por salir de sus labios. Calló, porque  abierta la espita, Irene, no sabría cómo parar el vómito de exabruptos dirigidos a la monja metomentodo. Felisuco, era un camastrón viejo, con  pómulos en perpetuo rubor, los ojos ataviados con una mezcla de mucosa lascivia, de mirar corrosivo y altanero. A ella no la engañaba la voz meliflua y suave del susodicho, observaba como miraba a las niñas al ir a comulgar. Se le afilaban los ojos, mientras  en los labios se le formaban buches de asombro, dejando escapar una salivilla por las comisuras, clavando la mirada en los botones que amenazaban en el pecho. Además era gordo, con una meliflua barriga que se bamboleaba con cada saltito de grillo,  que daba al caminar, Felisuco. De tanto estar en sacristía, olía a vela de entierro, a incienso y a mortaja. Hablaba bajo, siseando con una voz de eunuco viejo. Se acercaba mucho al interpelante, dejando caer el cuello hasta el contrario, como ave al acecho. Hubo veces, desde que Sor Sagrario, intentara congraciarlos, que se le acercó y con babosa mano, acarició su brazo, dejando tras de sí el rastro de un sudor pegajoso que traspasó la ropa. Al hablarla, en varias ocasiones, flechazos de saliva coronaron sus frases, yéndose a estrellar en el rostro de Irene, que salió de su círculo vital, estupefacta y asqueada por el atrevimiento.430685_447310341973502_1110906339_n

Avisó a madre, que a su vez, indicara a Sor Sagrario, que nunca, de ningún modo, estaría receptiva a semejante estrafalario. La monja, con su verborrea acida y correosa, contestó: “ Muy altanera es tu hija, pienso yo. A estas alturas de la vida andarse con melindres… Solterona se quedará por ser tan escogida. No es para tanto el desafuero del pobre Felisuco. Encantada debiera estar de  interesar a un buen hombre como él, tan piadoso, condescendiente y cuidadoso de todo lo pío” La madre, con el descarnamiento acostumbrado no  ahorró el comentario, dejándola ariscada y con un enfado que duró varios días, amén de la desafección a la iglesia, que desde entonces dejó de frecuentar.

 

La buena mujer, murió poco después. La dejó el piso, una pequeña suma que la permitía  vivir con estrecheces y sin demorar más que lo básico, y unas fincas perdidas en el pueblo de origen, que alguna vez visitaba, más por sentirse, soñadamente, terrateniente, que por la belleza o riqueza de lo poseído. Con todo, pudo pasar la vida, envuelta en sueños, dejando pasar los días, esperando un amanecer diferente, envuelta en el oropel de una cama adoselada, con sábanas de raso, arropada en el humo de un cigarro que su apuesto compañero, ahíto de amor, fumaría contemplándola con arrobo.

En esos avatares se le iban los días a la que fue y no era ya, Irene La  Fea.

 

Fin

 

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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