El Sabor Agrio del Triunfo (finalista del Concurso Relatos, Juan Martín Sauras) composición fotográfica realizada por Ángeles Sánchez Porro

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La cortina tornasolaba el poco sol que lucía en un cielo cuajado de nubes algodonosas cargadas de malas intenciones, apenas cruzaban el cuarto unas tibias remesas de ese día que se adormecía mecido por una tarde silenciosa y opacada. Rosario Matute Aguilar desperezó el sueño que abrazaba su maltrecho cuerpo. Enderezó el cuello, inclinándolo hacia delante como ave al acecho, intentando atisbar algún ruido que la acercara al mundo, a ese mundo que soñara desde que era niña y que hoy  tenía al alcance de su mano, pero que se la esquivaba con una cierta escondida ironía. Desde el abrazo mullido de su sofá, Rosario Matute, se sintió satisfecha, hasta cierto punto. Satisfecha porque sus sueños se cumplían con creces. El cierto punto lo ponía el paladar agrio que se la quedó al saborear el triunfo.

 

Nada sabe tan sabroso como los deseos cumplidos, se dijo Rosario Matute Aguilar, mientras se desperezaba.  En su mente  resonaban las palabras pronunciadas entre babas y esputos por Aquilino Mendieta, poco antes de morir, con ironía las recordó:

-Rosario, hija, vas a ver como no  mereció la pena tanto esfuerzo. La realidad no es para tanto. Te queda poco para saberlo –

Mientras lo decía,  se le destilaba por la comisura de los labios una babilla espesa y blanquecina, que Rosario se aprestó a limpiar. Hoy esas palabras y la sonrisa sardónica del viejo, volvían a su mente de  forma sorpresiva. Sí que importaba, sí que mereció la pena el esfuerzo de arrebatar horas a la vida, quitando babas, se dijo a sí misma, intentando borrar a base de perfume caro, el aroma de viejo y de muerte.  Hoy, se cumpliría un sueño. Y eso, viniendo de donde venía Rosario, merecía la pena.

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Recordaba, al hilo de las palabras del viejo, como estiraba  las sábanas procaces que se abultaban levemente empujadas por la suave corporeidad de Aquilino Mendieta, Rosario recordaba los días y las noches que se pasó en esta habitación. Las grageas que  suministró, las bacinillas que  limpió, el tiempo detenido entre las cuatro paredes de esta casa a la que el frío vestía de negro cada  noche. Mientras los ojillos acuosos y encapuchados del viejo Aquilino, seguían sus maniobras con la sonrisa colgada de sus labios de forma imprecisa.

 

Sabía  que Aquilino Mendieta, la conocía bien. Con la precisión que da el haber compartido noches y sueños, a la vez que días y vivencias. Él, sabía sus íntimos pensamientos, por mucho que  Rosario  Matute, pusiera ante su rostro la careta de fiel esposa sumisa y abnegada.  Nada engañaba, por aquella época, a Aquilino Mendieta,  La cercanía de la muerte levantó  el telón de la consciencia y observaba con esos ojillos vidriosos la la representación que ella,  con esforzado encono, desplegaba, para no se sabía que espectadores. Quizá, solo ante sí misma, se interpretara, para intentar creerse lo que no era y nunca sería.

 

Rosario Matute fue muchas cosas en la vida, quizá demasiadas, por eso se hastiaba tan pronto, pero lo que no fue, era abnegada y buena. Al contrario, nunca encontró, ni rebuscando en el fondo de su conciencia, el más leve atisbo que la asemejara a los demás, en un vano intento, de llegar a entender la compasión, la generosidad y el amor. Y bien que lo buscaba, o que  intentaba buscarlo. Desde niña se sintió fuera del grupo vital que le tocó en suerte. La sublevaba la resignación ante la pobreza, o  la suerte de nacer en un barrio, que dejaba su nombre  real para los envíos de cartas, siendo conocido por todos los que le habitaban como  La Aicirebla. Sinónimo de lumpen, de noches oscuras y encerradas en el miedo, de gritos vecinales incomprendidos, para nadie que no fuera habitante de La Aicirebla. Con el lodo en las cunetas sin pavimentar,  tiendas variopintas de comestibles , con las hogazas de pan reptando en cestos tirados en el suelo, negro de hollín, amalgamado por las pisadas y los esputos de los parroquianos, que en el mismo espacio tomaban unos vinos opacos, en vaso robusto y corto, no en copa fina, como lo tomaba ahora ella, en las noches de estío, cuando velaba al viejo y mataba la zozobra y el aburrimiento, con vino francés.

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Allí nació Rosario. Nunca se sintió parte del vecindario. Ni de niña, cuando jugaba sola con una comba y una despeluchada muñeca, que el padre trajo de la ciudad, con la ilusión de convertir en niña feliz,  a la desarrapada  con los ojos de hielo. Jugaba sola, en el porche del edificio desconchado, con lamparones de lo que un día lejano  fuera una pintura verdosa y hoy, solo quedaban restos macilentos de cemento enjalbegado. Sola, distanciada de los demás que se iban al Campo Grande, cerca del Campo de Aviación, inutilizado por el tiempo y el resentimiento. Atisbo de una guerra que fue, pero que apenas se hablaba de ella, más que en siseos y medias palabras.

 

Miraba desde lo alto, siempre con la  vista sesgada y doliente, a los demás niños, que la despreciaban por desclasada y cruel. A Rosario, no le importaba mucho, que, los otros,   la recibieran  a pedradas o con el desprecio pintado en un rostro pleno de churretes. Los fulminaba, con los ojos acuosos como limacos, y una sonrisa leve de niña que conoce el futuro y se maneja bien en el oscuro vientre de los desatinos.

A veces, contestaba con lengua rápida, los insultos agrestes que le dedicaban. Casi siempre,  evitaba el conato, como si al  acercarse a ellos, se le tornara la piel negruzca, se  entibiara la sangre, con ese frugal contacto. Iba siempre pulcra y repeinada. Durante el tiempo que los demás usaban en el sueño o en faenas caseras, Rosario, mesaba sin piedad su piel con agua de colonia, hasta pulirla como un diamante, lustrosa y limpia, con el tibio aroma de la lavanda. El pelo tenso, en dos trencitas, que luego reviraba hacia arriba de la cabeza, simulando una corona, que ceñía con vehemencia. La camisa blanca, con cuello almidonado, o la sola pechera, de albino lustre,  faldita tableada y calzas bruñidas por el tiempo, pero relimpias y relucientes.

 

Dejó de ser niña en breve. Pensó Rosario, mientras alimentaba el fuego de la alcoba, viéndolo crepitar y contemplando la vida pasada como un filme en blanco y negro. Quizá no fue niña, porque desde que se pensaba,  tuvo la lucidez y los pensamientos  esclarecidos. Nunca tuvo la inocencia banal, en la que flotan los niños, ni esa alegría refulgente que les hace sobrevolar sobra las cosas, apenas sin tocarlas. Los pobres no tienen tiempos para monsergas,  decía la madre, mientras arrastraba el capacho de ropa, camino del lavadero. Podía ser lo único que compartiera con esa mujer ennegrecida, surcada de arrugas y canas, con muchos más años de los que contaba su documentación. Rosario la despreció siempre, llegando a sentir un ansia irrespirable cuando se hallaba cerca, como si contaminara el aire, lo viciara con su vulgaridad. Por eso, entre otras cosas,  emprendió, pronto el vuelo. En cuanto le ofrecieron repartir pan en los barrios ricos de la ciudad, vio la ventana abierta a otras circunstancias donde dar forma a los sueños y el anhelo que cubría su imaginación.

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Cada mañana, sin despuntar  el día, Rosario, almidonaba la pechera de nácar, lustraba sus zapatitos desconchados y arteros, planchaba con mimo el tableado de la falda escocesa que se ponía para el trabajo, escogida entre los harapos que  la iglesia les entregaba con mano generosa y altiva, escurría por sus piernas las medias finas, compradas con el esfuerzo de tiempo de carga y sigilosa, salía de la covacha que era su hogar. Bajaba  despacio las escaleras, que mantenían perennemente el olor a col de comidas viejas,  con paso firme cruzaba el tramo hasta donde se hallaba la bicicleta para salir veloz en pos de la tahona, que era como entrar en la boca del sueño que desde siempre había trepado por su cabeza.

Apenas cruzaba gente a esas horas, los caminos encenagados del barrio, eran sombríos, con el alucernado que se produce antes de la madrugada.  Algunos transeúntes,  caminaban en  silencio apagado  por el lodo, se embozaban en un despertar sombrío,  acucañado por el tibio rescoldo de un lecho abandonado y por un destino incierto. En cuanto enfilaba la salida de la Aicirebla, vislumbraba las farolas humeantes de madrugada y las calles anchas asfaltadas y concisas, a Rosario se la espurría el alma. Se le esponjaban las carnes y dejaba de odiar.

 

Llegando a la tahona, tomaba el saco del pan aún tibio, embriagándose con el aroma solicito del alimento. Lo cargaba en el soporte de su vehículo, entre soplidos y requiebros, de los que a esas horas se retiraban del horno, con las manos enharinadas , el pecho sudoroso y la frente acristalada de las gotas que se arracimaban en ella. Contemplaban la aparición fresca, oliendo a lavanda de Rosario, casi como un milagro cotidiano, no por esperado, menos sorpresivo y alegre.

 

Empuñando el manillar, Rosario, cabalgaba hacia la ciudad a lomos de una desvencijada bicicleta roída de óxido y amohinada. Para ella era un corcel que la alejaba del triste destino mugroso y macilento de la Aicirebla. Sentía que desplegaba unas alas inmensas, hacia un  mundo de color. Trepaba el muro invisible del lodo y la mierda, escapando  de un lugar y una vida que detestaba.

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Entraba en casas tibias, acaloradas por estufas, calefacciones, o chimeneas lustrosas, mientras el olor a café recién hecho acharolaba la escalera. Rosario Matute, sentía que ese era su sitio. Que había nacido mal. Un destino acadabrado y confuso debió de ponerla en el lugar equivocado. En su mente se arracimaba la voluntad absoluta de torcer ese maléfico camino trazado por una voluntad que no era suya. Eso se pensaba, mientras calentaba el cuerpo, con el café que alguna parroquiana más compasiva le ofrecía, al ver su rostro cárdeno y las manos amoratadas por el frio de la madrugada.

Conoció portales que eran más tibios que su casa. Más acogedores que  los hogares, conocidas allá en la Aicirebla. Dibujó en la mente, habitáculos que la arropaban más que el suyo. Envidió  vidas. Deseó muertes. En fin, conoció lo que soñaba y le dio cuerpo.

En su cotidiano reparto, dibujaba una sonrisa alentadora para algunos. Para otros, era la tibia joven, que de madrugada sorteaba la vida para traer el pan. En cada casa que visitaba conseguía aquiescencia y simpatía. Tejía unas leves y envolventes ramas de complicidad por donde fuera. Ahí comenzó su gran carrera de intérprete de todo y actriz de nada.

 

El día que llegó a la casa de Aquilino Mendieta , se encontró con su futuro. Apenas se dio cuenta, y eso que Rosario siempre estaba  atenta a las esquinas que mostraba el destino, pero este se le esquivó con tanto ahínco, que tardó tiempo en  percatarse de que había llegado al término de su vuelo. Para anidar en una mansión acogedora pero ocupada por otra.

Rosario, entró en la mansión Mendieta, como el aire fresco de una madrugada primaveral.  Olvidaron  dejar en el porche, la bolsa bordada de pájaros azules con ramaje boscoso, que puntualmente se encontraba Rosario en su reparto: dos barras y un mollete, era el encargo cotidiano de la mansión Mendieta. Al no ver la bolsa, Rosario dudó. Pensó si no estarían en casa. En la duda estaba, cuando vio encenderse la luz de la planta principal de la vivienda, eso la decidió. Curiosa forma de encauzarnos la vida: pulsar un timbre. Con ese gesto, es posible doblar el destino. Eso no lo sabía en el momento del timbrazo, Rosario Matute, así que lo pulsó,  con la indiferencia que da la ignorancia.

Asomó  por el porche , una cabeza, en la que revoloteaban unas pinzas plateadas que sujetaban unos bucles blanquecinos,  envuelta en una redecilla negra de la que se escapaban pequeñas guedejas sueltas de la carcelaria red. El cuello estirado como si quisiera otear la madrugada, forzando la vista, para comprobar quien osaba llamar a esas horas.

-Perdone, señora. Soy la panadera. He llamado porque hoy no dejaron bolsa-

Rosario dibujó en el  rostro la mejor de sus sonrisas. Intentando que sus ojos reflejaran el encanto falso de lo bien interpretado. Aún no había desayunado y el apresto de  la casa,  merecía un esfuerzo.

-Amalia se olvidaría de dejar la bolsa, anoche. Esta mujer  cada día está más vieja. Pasa, muchacha , no te quedes ahí, que hay relente y se cuela en casa- dijo la mujeruca franqueando la puerta.

Al entrar Rosario, recibió en el rostro, el cálido aliento del hogar que aún mostraba sus rescoldos, o quizá iniciara su andadura ya que de lejos se sentía el trastabilleo de la cocina poniéndose en marcha. Despertando la casa. La recibió una estancia amplia, iluminada por una lámpara que pendía del techo bamboleante, un aparador, un paragüero repleto de paraguas negros como grajos y una bancada que invitaba a aposentarse en ella. A lo lejos, el olor a café y el resoplido de la cafetera la alentaron a entrar y quedarse.

-¡Pobrina! Estás helada. ¡Amalia! Te olvidaste la bolsa. Menos mal que la niña del pan llamó , si no hoy no tendríamos y a la hora de comer buena te caería. Sabes que Aquilino no sabe comer sin pan. Esta mujer, está chocha del todo-dijo bajando el tono, dirigiéndose con complicidad a Rosario- Pasa hija, pasa, no te quedes ahí-

-Gracias, no se moleste-

Rosario frotaba las manos con la fruición de quererlas calentar. Se mostraban enrojecidas e hinchadas por la temperatura sorpresiva del momento.

-Pasa a la cocina. Te preparamos un café ¿has desayunado niña?-

– No señora. Salgo de madrugada de casa. No hay tiempo-

-¿Desde dónde vienes niña?-

-Desde  la Aicirebla-

Bajó  la voz y los ojos, Rosario. Su procedencia era como un insulto entre las paredes acogedoras de la mansión Mendieta. Estaba acostumbrada al cambio obsceno de los rostros que escuchaban ese nombre. Como si pensaran: la niña es guapa, parece modosa pero viene de ese barrio…

-¡Qué lejos! ¡ Pobre y sin desayunar! ¡Amalia! Prepara un café con leche. También  pan con mantequilla. Ven a la cocina, niña, que ahí te calientas- dijo la mujer, tomando la mano de Rosario, dejándose ésta, llevar sumisamente.

-No quiero molestar, señora. Tengo que repartir y se me hace tarde-

-Tonterías. Desayuna, luego tendrás más brío. Verás tú, como vuelas en la bicicleta-

Se perdía el eco de las palabras de la mujer conforme se alejaba, caminando hacia la luz que asomaba por el oscuro pasillo, donde se oía el cacharreo de una cocina, cuando comienza a caminar  el día.P1010882lumi copia1

Entre rezongos y refunfuños siseados levemente para que no se oyeran, Amalia  preparó un café humeante con un buen chorro de leche, azúcar en abundancia. Unos trozos de la molleta que acaba de dejar la panadera, untados de amarillenta y cremosa mantequilla, completaban la  pitanza. Decir que a Rosario se le acristalaron los ojos de la emoción es decir poco. Llevaba más de una hora de reparto, desde que se levantara y echara a su cuerpo una tibia achicoria ennegrecida, de la noche anterior, por tanto el hambre y el frío los llevaba aposentados en el cuerpo. La simple visión de la generosa mesa,  aliviaba.

 

Se sentó. Tomó el desayuno, con la delectación de lo deseado, mientras, la llamada Amalia, trastabillaba con los pucheros y la pitanza del día, musitando por lo bajo imprecaciones imprecisas, por tener una extraña en su feudo. De vez en cuando la señora de la casa asomaba la cabeza por la puerta, y con ojillos legañosos pero sonrientes  preguntaba:

-¿Está bueno, niña? A que se recibe bien, algo caliente en la barriga. Verás ahora como vuelas, hija, ya verás-

Cuando salió de la casa de los Mendieta, enfrentándose a la calle, amanecía. Clareaba por el horizonte un sol tímido y escaso, que precedería a un día anodino como otros. La avenida estaba quieta, con varias ventanas desperezándose y algún transeúnte perdido en sus propios pasos.

 

A partir de ese día, a Rosario  Matute, la esperaba todas las mañanas,  el café caliente, la hogaza de mantequilla, en la casa de los Mendieta. En una de esas imprecisas jornadas, compartió mesa y pitanza con Aquilino. Desde ese día, al hombre, se le clavaron los ojillos averdados, como olivas frescas de la chiquilla, en el alma, para no abandonarle. Vio a Rosario  Matute, en la bancada de la cocina, soplando el café del que salía una ráfaga de humo  que se enroscaba en la nariz colorada y regia. La cara arrebolada por la cercanía del hogar, el pelo tensando la frente con las dos trenzas como una corona alrededor del rostro, la falda tableada a media pierna, el resto trasparentado por las medias que a duras penas sobrevivían las vicisitudes de la bicicleta. Una amplia sonrisa cercenó el rostro de la muchacha a la vez que estremeció el corazón de Aquilino para siempre jamás, cuando cruzaron las miradas. Quizá fuera el choque de ver un rostro juvenil que brillaba  en la invernal cocina, entre las dos mujeres, la suya y Amalia, que no le iba a la zaga en años. O quizá, fueran los últimos estertores de una energía vital que penaba por dejar paso a una senectud. El caso fue, que a Aquilino las horas se le hacían escarcha esperando la madrugada para desayunar con Rosario Mendieta. Desde ese día, madrugó sin esfuerzo para compartir mesa y minutos con la muchacha.

Allí, ente fogones, con mudas miradas, con escarceos de caídas de ojos, con tenues sonrisas, y parpadeos, se fraguó el destino, o el drama, dependiendo quien lo viviera.

 

Al poco tiempo, Aquilino surgía por las esquinas del reparto, sorpresivamente, como si pasara por allí de forma casual y fortuita. Rosario le recibía con la amplia sonrisa de la cocina, pero con un brillo malicioso en los ojos y la afirmación que sabía lo que él pensaba .Pronto comenzó a mostrar  receptividad a sus palabras, a sus manoteos desproporcionados,  a la tibieza de la piel del brazo, y del pequeño escote que ya mostraba. A veces, en un descuido forzado de la mano de Aquilino, rozaba la piel ambarina de Rosario, que mostraba entresijos de lo que podía ser y no era, de los paraísos que se mantenían encerrados en su cuerpo. Apresados por las conveniencias y las apariencias.

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El tiempo voló, como vuela el deseo. Rosario fue remisa a cualquier acto carnal  si antes no le ofrecían un cierto toque de legalidad, cosa que enloquecía a Aquilino, mientras hervía su sangre, con la poca energía que quedaba en ella, reconcentrada en el deseo de poseer a Rosario. Ésta no cedía. Pasaban los días, en un tira y afloja, mientras en la cocina de la casa, Amalia rezongaba más descarada y atrevida. La buena esposa, mantenía sus pinzas brillantes sosteniendo los rulos amparados en la redecilla, mientras escarchaba de mantequilla las molletas de Rosario, y le contaba la vida, a la muchacha,  tal como ella la vivía.

El vil recato, la concentrada frialdad de la muchacha, iban enloqueciendo al anciano, que contemplaba con impaciencia como la vida se le escurría entre los dedos. La decencia tiene un precio, pensaba Rosario. Cada día, dejaba entrever, un poquito más de piel, un poquito más de la suavidad aterciopelada de su cuerpo, velando el deseo del hombre. Mientras ella,  jugaba a ganar.

 

Se amalgamó el desastre, cuando Aquilino se perdió en la pasión. Un día, al toparse con Rosario, mientras ésta,  se lavaba ruidosamente en el baño de casa. Atisbó un cuerpo púber, y se dijo a sí mismo, que cualquier precio sería bueno con tal de emborracharse por un tiempo en la chiquilla. Cuando se quiso dar cuenta, la buena esposa, tenía preparada  la maleta, con lo puesto, y junto con  Amalia, tuvo que emigrar. La mansión Mendieta tenía otra dueña, que aposentaba sus reales sin ninguna duda, remordimiento, ni pudor.

 

Rosario abandonó la Aicirebla, tal como lo  soñó siempre. Caminando erguida, como una reina. Un coche negro la estaba esperando, para cumplir un sueño o un destino.

 

Hoy, cuando ya todo queda muy lejano. La niebla de la memoria se emborrona de recuerdos, el pobre Aquilino, yace en  panteón lustroso, lleno de flores, con ángeles de piedra llorando su muerte, Rosario Matute, cumplió  con todos los sueños.  Tuvo  que recoger muchas babas, muchas bacinillas. Ensordecer sus oídos a las palabras,  como lejanos murmullos, que le  intentaron herir. Ella, sabe bien, que aunque amargo, el éxito es su camino. Ese que se empedró de rabia por haber nacido en el  lugar equivocado.

 

Hoy, mirando de soslayo entre los visillos de la mansión Mendieta, Rosario conoce la longitud exacta del camino que recorrió  desde la Aicirebla hasta la parte más noble de la ciudad. Camino difícil, es cierto, que pocas son capaces de andar. Ella sabe, que ahora sí será definitivo. El viejo ha muerto. Será la única dueña, la imbatible propietaria de toda la hacienda. Tomará posesión de las propiedades, de forma definitiva. Sin ningún temor, ni arrepentimiento, con el amargo sabor del éxito conseguido, de los sueños que se cumplen a veces.  Rosario, se levantó del envolvente sueño que amparaba el sofá recién comprado, sin olor a vejez. Sin macula de muerte.  Lentamente se desharía  de todo aquello que le recordara la vida pasada, como antaño hiciera con la Aicirebla. Dejando en una repisa olvidada, los capítulos de su vida anterior, labrándose un futuro glorioso y solitario de propietaria poderosa.

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Debía prepararse para la visita rutinaria al notario. Vistió de un luto austero. Guardando el multicolor y florido vestuario que pensaba ponerse al volver a la casa. Camisa negra, falda negra, medias espesas, abrigo crespo. Luto roto, solo por unas perlas que colgaban de aretes discretos. Tomó el bolso, encaminó sus pasos hacia la notaría, donde recogería el fruto de su destino. Dueña absoluta de la mansión y propiedades de los Matute. Después comenzaría a vivir, se dijo Rosario Mendieta, dibujando una sonrisa escandalosa, casi como una carcajada. Salió a la calle. Caminó despacio, paseando, recibiendo el aire fresco  en pleno rostro, dejándose acariciar por el lento murmullo de los álamos vigorosos que coronaban el paseo.

 

Cuando llegó, Don Antonio Azcúe de la Vega, salió a su encuentro. Después de las consabidas condolencias, la hizo pasar. La oficina tenía una mesa grande, rectangular, con sillas en fila. En ella, estaban también la vieja esposa, y  Amalia, junto con dos mujeres de mediana edad, que mostraban una cierta complicidad con ellas. Rosario apenas saludó. Tomó asiento, con la duda dibujada en su rostro. “No pensaba encontrar a los carcamales aquí”, se dijo, espesándose el pensamiento.

 

Había caído la tarde. La noche avanzaba lenta entre los olmos. Rosario emprendió el camino de vuelta a lo que había sido su hogar,  con paso cansino, rellenados los ojos de acristalado odio y altanero desprecio. El viejo, a quien cuidó con desalentado esmero, la había atado a su presencia. Dos hermanas ancianas, de las que nunca tuvo noticias, la mujer abandonada y la vieja Amelia, compartían a partir de ese día vida con ella. Tenía que cuidarlas. Atenderlas. Ser enfermera, asistente, cuidadora perfecta, si no la Aicirebla, le estaba esperando, con sus fauces abiertas para engullirla entera. Volver al inicio o continuar. Ese fue el dictamen de unos papeles firmados hacía años, cuando a Aquilino le sobraba la edad y la ironía. En la mente de  Rosario se amalgamó la rabia con un hedor impío a viejo. Con ese rumor, los álamos del paseo, acunaban sus pasos. A Rosario Matute Aguilar, le pareció ese sonido, la carcajada siniestra del Más Allá.

 

 

FIN

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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