El Comisario

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La corbata ajusta más de lo imprescindible, forma una ola de bocio en el mentón, que hace parecer el rostro más rubicundo, como si una nube de grasa se posara debajo de la barbilla, cayendo, protuberante, encima de ese botón que ahorca. En cambio los ojos, encapuchados de parpados testiculares,  se regodean en la apariencia marcial que le da la camisa abotonada hasta el comienzo mismo del cuello, que acortado se prensa sobre la camisa, amalgamando el gollete y dejándolo cárdeno de la apretura. Esos ojos que se contemplan a sí mismos con un denuedo de placer infinito en lo que ven. Ven el poder que emana de un ropaje que hasta hace poco, yacía como bandera caída en la descalzadora, mientras él renqueaba en calzoncillos por la casa, componiendo una figura patética en su desnudez lechosa y blanda. Ahora, en cambio,  contempla como el color grisáceo de la camisa, el plomizo de la guerrera, el azul petróleo de la corbata y los ajustados correajes, prestos a desbarrarse de las costuras ya de por si forzadas por un cuerpo que tiende al desparrame, le dan apresto y relumbre . Relucen en la bocamanga los distintivos de grado, en la solapa plegada sobre un pecho que a fuerza de estrechez, parece bizarro, destacan los emblemas. Cada uno de ellos cuenta la fidelidad, la aquiescencia perruna que guió por el sendero firme de una persona fiel y aquiescente a la causa de la justicia. Por eso, Juan Espina Dosal, los bruñía con fruición todas las noches.

Al volver a casa, mientras desposeía a su cuerpo de la armadura que lo blindaba de la debilidad, de la rutina inherente a las personas poco brillantes, pulía con papel y linimento los dorados escasos de sus entorchados. Mantenerlos vivos en su lucida prestancia le parecía causa esencial para  alimentar el prestigio y el porte de su sufrida anatomía. Era, desde que le nombraron, el más pulido y refinado comisario de su destacamento. El honor y el rigor de su capitán  residían en que esos blasones siguieran vivos en su desconcertante altivez. Así lo gritaba, cuando formaban en cuadro, el capitán Manzano, y así lo creía él, a pies juntillas. Por eso bruñía sin descanso, incluso de forma compulsa, durante el día, con la bocamaga de la guerrera, no fueran, los entorchados,  a perder el brillo con el devenir del trasiego diario.

Cruzaba el pecho una banda multicolor, que solo en momentos especiales lucía. Hoy, con el apresto debido, sesgaba su guerrera. Daba brío  y luz a una cara cetrina y abotargada, decorada con ceño de cemento, mirada convulsa y boca cosida de fruta agria. Hoy era un gran día, se dijo Juan Espina Dosal, contemplando su figura, alejando del espejo los ojos, para abarcar todo el conjunto. Hoy llegaba la deseada condecoración, que reluciría en el pecho, acompañada de las pequeñas lucernarias de grado, mérito y destino. Poco importaba ya, que para conseguir la medalla, hubiera tenido que rebuscar tanta mierda debajo de la condescendencia de los que aún confiaban en él. Que hubiera tenido que alentar traiciones con el fin de conducir con paso quedo y seguro a los indefensos hacia el desastre, manipulados con mano firme y bien dirigida, por él. Poco importaba, que en el camino se le quedaran amigos o amaños de una amistad añeja, dulcificada por el paso de los años y las vivencias compartidas. No importaba que en los ojos de los traicionados, se dibujara con trazo firme, los ángulos de la decepción y el odio. Él, sabría, cincelar a golpe de miedo, el respeto que debían tenerle y no apreciaron en los tiempos pasados.

Le sonaban aún en los oídos, las canciones que de niño chico le cantaran en el patio, apresado por manos aquiescentes: “Juanito bribón, estás como un tizón. Juanillo, gordinflón, pareces un tritón” Aquellas muecas, que los niños, le mostraban a su paso. Una lengua voraz, partiendo las caras chorreadas por cieno y polvo, ya no le afectaban. Consiguió torcer el destino, con la mano firme de quien es desclasado y no sabe bien en que sitio está su cuna. Con los años se posicionó al lado del poder, de forma inequívoca, hasta conseguir formar parte de las fauces que devoraban a los que eran más listos, más guapos, menos gordos, más simpáticos. Y ahora quien reía era él. Veía con una delectación parecida al placer, como se sustituían las miradas de risueño desprecio, por algo parecido al temor, a su paso. Cuando visitaba las casas, de los que ahora decían ser sus amigos, y en tiempos coreaban los estribillos burlones, sus mujeres, sus novias o sus madres, se aprestaban a ofrecerle, obsequiosas, el vino mejor de la alacena. O en mejor jamón, para aplacar la ira ciega de un comisario que debe velar por la integridad del pensamiento único, el que emana del Gran Líder, y se torna sacramento en sus manos. Rechazaba la solicitud de las obsequiosas mujeres, sabiendo o intuyendo, que de la misma forma ofrecerían sus cuerpos, de él hacer demanda. Cada salida, cada visita, era una borrachera de un placer difuso que se llama poder, aunque a Juan Espina Dosal, se le olvidara nombrarlo.fascismo

Por eso, ahora, no recordaba las traiciones difusas que tuvo que ejercer para conducir a tibios, a inertes, a indiferentes ante el pelotón. Porque en el nuevo estado, no tenía cabida la neutralidad. O uno se posicionaba a favor del nuevo orden o salía del cercado de garantía   que ellos trazaron para la seguridad y la justicia de los súbditos. El nuevo estado no tenía plaza para tibios ni desafectos. El entusiasmo o se sentía de verdad o se fingía de cierto. No cabía el merodeo por el pensamiento libre. Y ese era su cometido. Regular, controlar, vigilar que ese pensamiento no se desmandase. Aherrojar toda disidencia entre los barrotes de un único pensamiento: el que emana cada día de los dictados inescrutables del Gran Líder. Su catecismo, su credo y su origen. Por eso, hoy, cuando clavaran en el pecho, la insignia dorada y roja de la medalla implorada con fruición a base de traiciones, medias verdades, impulsos desorbitados y ciega conducción a un desastre preconcebido a amigos viejos, no sentiría más que un suave regocijo y mucha paz interior.

Es lo que tienen los gregarios, que no tienen conciencia, se dijo, con una sonrisa. Y a él, le iba muy bien en la vida, siendo gregario.

 María Toca

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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