Como ama Marta

images (62)Siempre  fui buena. Desde que tengo recuerdos en mi mente, estoy preocupada por los demás, hasta el punto de sentirme desfondada. Sobre manera por él. Por Ramiro, que dio forma a mi vida, la moldeó a su antojo. Ignoro de donde viene esta forma de servir, de ver la vida a través de los ojos de él. De haber respirado con su aire, vivido y caminado a su paso.

Conocí a Ramiro casi siendo una niña. La primavera dejaba su nombre en pos de un verano glorioso, como solo pueden ser,  los del Mediterráneo. El olor a albahaca, en casa de la abuela, inundaba las habitaciones y los armarios. El suave viento acalorado, embargaba la mente y emborrachaba el alma, con una suave cadencia que nos mecía entre la desgana y la laxitud. Pronto sería San Joan. El tiempo se vestía de fiesta para recibirlo. En el jardín, los jacintos y las amapolas, lucían el esplendor candoroso de su color. Íbamos llegando  los primos con el goteo de un esperado reencuentro. La espera de la verbena,  nos convulsionaba, con la esperanza de reencontrar a los amigos de veranos anteriores, de juegos, de confidencias atrasadas desde el año pasado.

 

Habíamos terminado el curso pocos días antes. Los que  suspendieron,  arrastraban la frustración por los maizales, a escondidas, arracimando los primeros momentos de vacaciones, que sabían escasos. Los que, como yo, habíamos aprobado con nota, estábamos expectantes ante el glorioso verano que comenzaba. Cumplí quince años, pocos días antes de acabar el curso. Dejaba la celebración, que coincidía con exámenes, finales, con el esfuerzo mermado para festejar, justo hasta el día de San Joan, donde expandía el ánimo, con el verano incipiente. Se celebraba todo en casa de la abuela, era fiesta mayor por muchos motivos.  Al estar todos reunidos, tenía más sentido que en la grisura de mi casa, que ya en esos tiempos andaba un tanto descalabrada. Desde niña, la abuela con sus preparaciones, hacía de ese día el preludio del verano, como forma de paladearlo con la esperanza de cruzar umbrales de aventuras. Cuando la emoción de lo que habría de suceder en esos prometedores meses, nos mantenían en vigilia, suspendidos los pensamientos al deseo de novedades. Abríamos la puerta a la vida, con el entusiasmo de unos años precoces, sin que la macula de la desesperanza nos invadiera aún.

 

Desde el día antes de la fecha, la abuela se dedicaba a preparar una monumental tarta. Recibíamos el verano con agasajo y sin menoscabo de tristuras. Mi primo Mateo, celebraba también el cumpleaños por aquellas fechas. Hoy no puedo precisar cuantos cumplía él, no muchos más que yo, pero los suficientes, para considerarlo un adulto. Al ser las fechas cercanas, conjuntábamos siempre la celebración. La tarta portaba dos partes, una con mi nombre, y quince velas bamboleantes, la otra con el de Mateo, y posiblemente, dieciocho. Eso hacía que se formara un monumento de expectación y humo en torno a tal evento, como era el desfile tras de la tarta, mientras los agasajados esperábamos la entrada de la abuela y los demás integrantes de la tribu, en el salón.

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Año tras año, formábamos tropel  detrás de la Yaya, cuando ésta portaba la tarta,  con las velas humosas, que  refulgían, entre las penumbras del comedor. Se cerraban, previamente, puertas y ventanas, para que solo viéramos el espectáculo de  la fuliginosa tarta portada por ella, tras de la cual seguían en perfecta formación todos los primos, cantando el: “Cumpleaños feliz” en español y en francés, porque ambos idiomas eran los que se hablaban en verano en la Casa Grande, debido a los primos  Jean Marie y Mireille, que también anidaban con nosotros, a este lado de la frontera, bajo el manto protector de la Yaya Nieves.

 

El primo Mateo, compañero de cumpleaños, llevaba  en esas fechas, una sonrisa de autosuficiencia, como pasando de todo el jolgorio, cosa que yo no podía compartir. Mi ilusión, mi satisfacción era total,  al saberme protagonista por un día. Me hacía trasparentar una felicidad inusual y bendita. Cuando vuelvo la vista atrás, recuerdo esos días como luminosas horas inagotables, prendidas de sonidos de risas infantiles, canto de pájaros, y el ruido monótono del río cercano que nos refrescaba el ambiente de la pesada canícula.

 

Esperé el día que cumplí quince años, con ansiado deseo. Tenía el marchamo de  la inmersión en la vida de adulta. La imaginaba pletórica de felicidad y deseos cumplidos. Durante toda la etapa anterior, pensé , que al  cumplir, los quince años, enterraba del todo, la etapa de niñez, para entrar de lleno en la madura juventud femenina. Me sentía feliz,  capaz de conquistar un mundo que se abría ante mí, o dejarme conquistar por él. Portaba, como no, las ideas claras, el futuro abierto a las expectativas de conquista y felicidad, aunque no podía negar el sentimiento de leve temor ante lo intuido.

Se cumplió el ritual de la tarta, como todos los años. La Yaya Nieves, cada día más vieja, le costaba arrastrar esa pequeña mole de jugoso pastel hasta el comedor. Renqueaba. Hubo momentos, en que el bamboleo de luz fue  tembloroso,  nos hizo temer que volcaría en el suelo, la torre infernal, con sus velas encendidas. Tardó más que otros años en hacerla. La veíamos vieja, pero briosa, con la voz tronante que nos inundaba de una ternura o de respeto, según sonara, sosegada o marcial.

Invitábamos a los amigos más fieles del pueblo, que de año en año nos esperaban con ilusión. Éramos un tropel de niños, venidos de distintas ciudades, con cuentos nuevos,  experiencias renovadas por el acicate ciudadano, que a los del pueblo se les antojaba sofisticado y exuberante. Pocos elegimos para acompañarnos en esa fiesta anual, más que por elitismo, por no sobrecargar a la abuela, ya desbordada por  los nietos auténticos y algunos de sus hijos, que se iban intercalando a lo largo del verano. Pocos y muy escogidos, por tanto, eran los amigos que  vinieron a la fiesta de cumpleaños, que se convertía en anticipo del verano. Fiesta iniciática y precursora de lo que acontecería a lo largo de los meses estivales.

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Casi todos repetían, con mucho agrado, de año en año. Algunos, que no estaban, debido a  un cambio de vida o de residencia, intuíamos, que ese día estaría en su mente, la fiesta de San Joan, de la Casa Grande.  Todos los que alguna vez,  pasaron la fecha con nosotros, se  hacían presentes, con llamadas de teléfono, muy emotivas. Nosotros, por supuesto,  reunidos, recordábamos a los ausentes, dedicándoles un momento de pensamiento, rápidamente ensordecido por los cantos y los gritos de la fiesta que continuaba con los que estábamos, y a rey muerto rey puesto. En la algarabía que supone la primera juventud, donde la nostalgia y los recuerdos, aún no  anidan en la mente, ni en el corazón las nostalgias.

 

Ese año, Mateo, pidió permiso a la abuela para traer a un compañero de instituto, que lo estaba pasando mal, según sus palabras. Los padres del desconocido, se habían separado, cosa insospechada y grave en aquellos tiempos de familias cerradas y unidas, donde el matrimonio era para toda la vida, y lo que Dios unía, no lo separaba el hombre. Ramiro, se llamaba el proscrito. Mateo nos advirtió bajo pena de excomunión familiar, que no  mencionáramos nada de la separación paterna, ni mostrásemos gestos conmiserativos, hacía el amigo desconocido. Todo lo cual, hacía que el misterio y la incertidumbre rodeara al curioso muchacho.  Él,  venía para olvidar las guerras intestinas de sus padres, que se disputaban hasta los cubiertos,  encarnizándose, en una lucha fratricida por imponer mayor dolor al otro. En ocasiones, según contaba Mateo a costa  del chico.

Los primos nos quedamos perplejos  con  la historia, contada solo a los mayores,  con  sigilo, por el primo Mateo. Sí, acogeríamos a Ramiro como un hermano. Sí, le arroparíamos como a uno de los nuestros. No, no mencionaríamos nada de lo que sabíamos. Y sobre todo, le haríamos pasar un verano inolvidable dentro de los muros de la Casa Grande,  en el pueblo que se expandía en verano, con la llegada de los hijos pródigos venidos de fuera.

 

Ramiro  llegó el día anterior a la celebración, de noche. Subió directamente a la habitación de Mateo, por lo que no pudimos verle, cosa que nos hacía arder de  expectación y ganas de comprobar cómo era, atizados por la aureola de intriga que nos  produjo su historia.

 

La Casa Grande, era ante todo  la casa familiar, donde todos los integrantes de la tribu Sangar, y Folch,  llegado el caso, recalábamos cuando había dificultades, además del verano, algunas Navidades y en ocasiones especiales. Su enorme cancela, daba entrada a un jardín huerto, porque ambas cosas era. Tanto había plantadas, en una esquina,  rosas de belleza excepcional, como en el extremo opuestos, se erguían unas coles de grandes dimensiones que miraban al cielo, con altanería. Unas amapolas, bamboleaban al son del vientecillo en una esquina del huerto, mezcladas con ajosporros, que culebreaban a su alrededor.  Un velador cubierto, al abrigo de lluvia veraniega, con sillas y un parterre, completaba el jardín, que a poco de llegar nosotros, se veía mechado por bicicletas, patines, balones, y muñecos o coches de los más pequeños. El río cercano, discurría con la calma veraniega, dejando el rumor de su paso, por la finca, en forma de sonido vago, pero constante. Refrescaba el ambiente. En un recodo cercano a la finca, nos permitía zambullirnos con la alegría bullanguera de la juventud.

La entrada de la casa, daba paso a un salón comedor inmenso, en mi recuerdo. En las menos alegres visitas de mi vida posterior,  comprobé que era solo ligeramente espacioso. Nuestros recuerdos infantiles agrandan los sucesos y las cosas.  Todo era más bello, más grande y más glorioso, en la dorada época de mis quince años. Tenía el salón una chimenea en su extremo, bancada corrida, llena de cojines para aposentar a la nutrida prole, que nos congregábamos cada año. En el otro lado del recibidor, la cocina, que aún conservaba la económica, en aquellos años, donde la opulencia se atisbaba de lejos. Lo que recuerdo de aquella estancia, es sobre todo, la pulcritud que mantenía.  Imagino con gran esfuerzo, por parte de Allegra, la sirvienta y por la yaya Nieves, que se ocupaban en su limpieza casi todo el día. Por  aquella cocina, pasaban innumerables alimentos, que daban, cumplida razón al apetito juvenil. Perolas cociendo de considerables dimensiones, estaban casi permanentemente en  los fogones .El horno cociendo pan, pasteles, flanes, para los postres y los desayunos de cada día, sin descanso. Pero todo guardaba una armonía y un orden apenas menoscabado en los momentos de más actividad, antes del mediodía.

Una  gran mesa de madera, corrida por ambas paredes enfrente del fogón era ocupada por nosotros, en días de labor o desayunos. Los domingos, fiestas de guardar, o si había invitados, se comía o cenaba en el comedor. La blancura de las paredes iluminadas por el sol, que entraba a raudales por el ventanal que daba al patio,  hería la vista, en las  horas matinales.  Recién despertados, bajábamos a desayunar alentados por el olor a pan fresco. Nos recibía el aroma a café recién hecho, con el fogonazo de luz mediterránea  de los días soleados.

Arriba, estaban las habitaciones, los baños y en el último piso, el desván, que en  los tiempos a los que me refiero,  fue habilitado como cuarto de urgencia, si la cantidad de primos, tíos, y amigos se desmandaba. En las habitaciones había dos camas, menos en dos, que eran ocupadas por sendas  camas matrimoniales. Todas de forja, con altos colchones que dibujaban burbujas de lana, como nubes estancadas. Los cubrecamas blancos, inmaculados, que a lo largo del verano se  oscurecían y acartonaban. La madera del piso de arriba, tenía su propio lenguaje, hecho de quejidos y hablares, que intentábamos interpretar, los primos, como una lengua desconocida y misteriosa. En vano procuraban, los que llegaban tarde, de alguna francachela, disfrazar sus pasos de silencio. Indefectiblemente eran traicionados, por las maderas envejecidas por el tiempo y las huellas de la familia.  Nos contaban, a los que dormíamos, los pasos perdidos, y el estado del que arribaba a la casa a horas intempestivas.

 

Llegó la tarta del quince cumpleaños, como todos los años, seguida de alegría,  besos, regalos, de abrazos y  promesas. Todos estábamos expectantes ante la presencia errática del desconocido, Ramiro, que no participaba de nuestros arrebatos infantiles, más que con una sonrisa entre distante y tímida. Era evidente que tal disparada muestra de agasajo familiar lo dejaban un poco descolocado, cosa normal, por otro lado, ya que éramos conscientes todos, del dispendio sentimental, que suponía nuestra familia.

Mi  prima Conchi , unos meses, tan solo, mayor que yo, pero más atrevida.  La más díscola  y locuaz de la familia, consiguió hacerlo bailar en medio del salón. Al principio, él,  mostraba incomodidad, mirándonos a todos, como si estuviera en un matadero, pero poco a poco,  el empeño y la tozudez de la prima Conchi, consiguieron hacerlo participar de la jarana comunal, que formábamos.

Ramiro era alto. Tenía, como el primo Mateo, dieciocho años, pero le sacaba un palmo. Los hombros anchos y bien formados, el talle fino y fibroso, las piernas largas, delgadas, algo torcidas. Su pelo de un rubio trigueño, le caía rebelde sobre la frente, que a ratos, la despejaba con un manotazo firme. Unos ojos, que a veces se veían de un azul  marino, chispeado de sombras, otras de un verde lustroso. Otras, cuando se velaban por la rabia , el dolor o la ira, se tornaban grises,  con el color del acero, e igual de fríos. La boca carnosa, jugosa y dulce, dibujada por unos labios casi femeninos, le otorgaba  gracia a un rostro enormemente atractivo.31453_526281987417180_1133302082_n

Su media sonrisa de timidez y de autosuficiencia, se  tornaba mueca burlona, cuando no  tomaba en serio lo que se le decía. A veces, tomaba el  tono de ternura infinita,  si le convenía. Todo en él era atrayente, para unas niñas que abandonaban la niñez, sin haber llegado ni por asomo a la edad adulta. Nos pareció un ángel en medio del salón. El mejor regalo de cumpleaños o de San Joan, que nos podía hacer la vida. Eran  tiempos de ilusiones e ingenuidad, en la que nuestro cuerpo descubría sensaciones desconocidas, que nos perplejaban. El corazón saltaba al más minúsculo estimulo, con ganas.

 

Cuando consideramos que la fiesta en casa fenecía, marchamos, carretera adelante al pueblo, a continuar el festejo. La prima Conchi,  con una experiencia en novios bastante extensa. Eso decía ella, con cierta superioridad,  que le hacían ser la más conspicua y madura de todos, le monopolizó esa noche. Bailando sin parar, arrimando su mejilla al pecho del chico, dejando que él pasara su mano de la espalda a la parte menos decente de la misma. Las demás mirábamos,  de soslayo, interrumpiendo nuestra contemplación cuando alguien más miraba. Ariana con trece años, mostraba una falsa indiferencia que a nadie engañaba, Estefanía, que tenía, apenas, catorce,  los miraba entre enfadada y envidiosa. Y yo, irremisiblemente enamorada desde que lo vi entrar detrás de mi primo Mateo, entre la penumbra de luz que desprendía la tarta y su mirada huidiza por no conocer a nadie. Contemplé su figura, su rostro, completamente arrobada, desde la distancia que da la timidez y el saberme incapaz de conseguir ni una mirada de aquel dios veraniego, que mi primo Mateo había redimido para desasosiego nuestro.

Mis ojos se clavaron en sus pupilas, mis labios paladearon los suyos, desde el mismo momento que vi su sonrisa. Mis dedos supieron que habían nacido para acariciar y desenredar sus cabellos, y mis manos, no encontraban descanso hasta tocar su piel.

 

Posiblemente fuera bonita entonces. Yo no lo sabía, es más, me pensaba fea, larguiducha, descarnada, deshilachada. Hasta ver a Ramiro entrar detrás de Mateo, tras la Yaya y su jolgórica tarta, no reparé en mi aspecto, ni en la falta de brillo de mi pelo, ni el moreno de mi piel, falto de lustre. Ni en mis ropas montunas, solo preocupada, hasta entonces, en llevar pantalones que me permitieran subir al árbol más alto, pedalear más fuerte. Ser una chica entre chicos, sin ninguna gana de agradar.

Todo cambió, al tener a Ramiro cerca. Y cambió para siempre, porque la vida para mí nunca volvió a ser igual. Se  quedó prendida mi mirada en el azul marino de los ojos de Ramiro, en el  trigo cálido de sus cabellos, y en la figura deslavazada de su cuerpo.

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Cada noche soñaba con los ojos de Ramiro, con sus labios jugosos. Soñaba despierta y soñaba dormida. Despierta, conformaba yo el sueño, donde indefectiblemente acabábamos abrazados, después de una boda bullanguera y alegre, amándonos por los siglos de los siglos. No sin antes haber pasado mil vicisitudes y desencuentros, donde mi prima Conchi llevaba un destacado y maléfico papel. Vencíamos a la desgracia, a los sinsabores y a las separaciones, con nuestro amor. El rendimiento incondicional de Ramiro, ante mis encantos, que solo el tiempo y la paciencia harían brillar, así como, disminuir las tetas de Conchi, que eran un arma letal, para los chicos de entonces. Todo ello, conformaba el premio a un denodado esfuerzo en ser feliz. Me quedaba ahí, en el abrazo ensordecido de sentimientos donde me dejaba mecer por los brazo de Ramiro, así como se diluía mi cuerpo con el sabor acidulado de sus besos. No pasaba de ese episodio. La vida cotidiana, la imaginaba plena, sin los claroscuros de la cotidianeidad, que mechan el tiempo de desesperanza. Ramiro colmaba mis sueños de adolescente, como colmaría los de los años siguientes, sin ninguna piedad para  la realidad.

 

Pasó el cumpleaños, en que mi vida cambió radicalmente. Dejé de ser niña, me vi envuelta por primera vez en la amplia punzada que produce el amor, o mejor dicho, el desamor. Si vuelvo atrás los ojos, y revivo ese verano,  me quedan las presencias de Ramiro. Su cara, sus manos, su cuerpo. Incluso, puedo recordar las palabras y los mil pequeños sucesos en que vivimos ambos  inmersos en las vacaciones. Todo lo demás se desdibujó con  el rayado que produce el tiempo en los recuerdos. No sé si fue el tiempo o mi falta de atención a nada que no fuera él. La vida cotidiana se amalgamó en una nebulosa conformada con el sabor de confites, el olor de los jacintos, de la hierba al despertar la mañana y el sol dándome en los ojos, mientras sesteaba después de una carrera en bici hasta el pueblo.

 

Cuando dormía, soñaba cosas menos confesables, que me hacían despertar envuelta en sudor, y acalorada por las imágenes que la fiebre onírica  me producía. Terminaban, casi siempre, los sueños,  en el maizal, acunados por el viento, saboreando su boca, y acariciando su piel. Poco más podía soñar, porque desconocía todo lo concerniente a lo que seguía después del beso y las caricias. Las películas, que  vi hasta entonces, ahí  quedaban, y mis investigaciones no  fueron muy explicitas.

Ese verano fue pasando como los otros. Con alegría, juegos, remojones en el rio, verbenas propias o de pueblos vecinos, a las que nos dejaban ir a los mayores, siempre protegidos por Mateo que comenzaba a cansarse de ser el preceptor de tanto infante, como nos consideraba.  Llegaba Septiembre. Con él, el olor a Colegio, a rutina. El viento  barría los caminos, augurando un temprano otoño y la consiguiente vuelta a la ciudad y al exilio de la alegría loca, del afecto, de la risa y de la libertad. Abandonar la Casa Grande, era la pérdida anual, de la que lentamente nos reponíamos durante la dureza del resto del año.

Languidecíamos,  pensando y oliendo el final de ese verano. Nos adormecíamos, por las tardes, sin querer ir al rio con los pequeños, que se mantenían ajenos al anticipo de nostalgia, que nos sumía a nosotros. Los primos mayores, sobre todo las chicas, después de comer, nos quedábamos disfrutando del jardín con un libro, o la música  que más elocuentes recuerdos traía de los días pasados de ese mismo verano, o incluso del anterior. Poco más se extendían los recuerdos.603117_519279194784126_829750498_n

Los pequeños, aprovechaban hasta el último momento, del disfrute salvaje en el río, o machucando ligartesas por los caminos.   A veces, los mayores, íbamos,  también al río, casi como una concesión a la nostalgia prematura que nos invadía. Nos dábamos, los últimos baños. Aunque, aligerados del calor veraniego, preferíamos quedarnos en casa. Ariana , Estefanía y yo, con sendos libros, disfrutando del silencio de unas horas, en que los más bullangueros habían desaparecido.

 

Una tarde, ventosa y esquiva, por los nubarrones  grises, que amenazaban tormenta, me encontraba sola en el jardín, oyendo apenas, el ruido de la naturaleza. Allegra cacharreaba en la cocina, la Yaya Nieves, según costumbre, sesteaba en su cama. Las hojas crujían, mecidas por una ligera brisa que empujaba las nubes. Pensaba en disfrutar de unas horas de tranquila melancolía, sin nadie alrededor que me importunase. Decidí, entrar en la casa, al comprobar que Allegra ya no estaba y prepararme una horchata, que la abuela almacenaba en la fresquera. Me sorprendió, casi con  susto, la presencia de Ramiro en la cocina, detrás de mí, surgido del pasillo sin que  hubiera notado su presencia.

Llevaba los  ojos, enchalinados, de la siesta, con un brillo opaco y turbio. Quedé sin palabras, sin pensamientos, casi. Temblando,  derramé más horchata en el fogón que en el vaso.  Arrebató   el vidrio de mis manos. Me sirvió, a la vez , que él bebía, amorrado a la botella, cosa que la abuela detestaba, pero de mi boca no salió ni un solo reproche. Ensimismada, como estaba contemplándole en su belleza, amostazada por la sombra que su cuerpo emanaba sobre mí. Nada de lo que hiciera aquél hombre, podía ser malo. El mundo se podía equivocar, Ramiro nunca.

Sin palabras, sin decir nada, se acercó. Tomó una de mis manos, luego la otra, las puso en su cintura,  las dejó ahí, llevó las suyas a mi talle, acercándome a él. Cuando mi rostro rozaba su pecho, bajó su cara, a la vez que instintivamente yo subía la mía, y un largo, húmedo, y ansiado beso nos unió, dejando la horchata derramada en el fogón, mientras el fuego bruñía nuestras almas.

Ignoro el tiempo que duró ese beso, ni lo que pasó durante  los momentos que nuestros labios permanecieron unidos. Podía, perfectamente,  haber un desastre nuclear, o un terremoto. No me hubiera enterado, inmersa, como estaba, en dejar que la lengua de Ramiro, horadase mi boca, saboreando  el aroma atabacado de sus labios.  Sellando para siempre el sabor de Ramiro en mi cabeza.

Al desasirse de mí, me dijo quedamente:

-Tú y yo vamos a vernos en Barcelona-

Unos ojos poderosos como brasas se me clavaban dentro,  poseyéndome hasta el último átomo del cuerpo. Imagino que así son las posesiones diabólicas. Así fue  como me sentí yo esa tarde, con el vaso de horchata descansando en el fogón de la cocina de la Casa Grande, olvidado, mientras mi cuerpo levitaba entre los brazos de Ramiro. Poseída y contrita. Pertenecida por siempre a los lazos indivisibles que tejían sobre mí, los brazos de Ramiro.

Nada respondí a sus palabras,  me quedé  pegada a él. Con el tiempo parado. El corazón bombeando hasta salirse por la boca y el cerebro encendido como una tea, abrasando cualquier recuerdo, cualquier idea concebida hasta entonces.

10001424_599593073462035_565824523_nTomó la iniciativa, desasiéndose de mí, saliendo  de la cocina. Yo tardé en volver aún al patio, donde la sutil Allegra notó la palidez y los ojos de espanto.

-¿Qué te pasa Martita? Parece que has visto a un fantasma-

-Nada, que estoy un poco indispuesta, pero nada más- dije

Durante  un tiempo, no pude leer, ni pensar. Esa tarde, es algo perdido en mi memoria, como si se hubieran borrado las horas que pasé, después del beso de Ramiro.

En la cena, apenas probé la comida. Seguía en  estado letárgico, que intentaba disimular ante los comentarios de mis primos. La abuela se desvivía ofreciéndome distintos manjares. La mujer pensaba que una noche sin cenar voluntariamente, era  pronóstico de desastres variados.

 

En el tiempo que  quedaba de vacaciones, nos besamos varias veces, en rincones escondidos, en los lugares más recónditos, ocultándonos como furtivos. En el trastero, el  cuarto de la plancha. En zonas esquinadas y ocultas a la vista. En los recovecos del jardín. Incluso en el baño, donde me sorprendió una noche, al salir, después de lavar mis dientes antes de acostarme. Con cada beso, avanzaba  con sus manos hábiles, tras de mi carne ardiente. En una de sus incursiones, tentó debajo de mi camisa. Desperté, en parte,  del letargo que me sumía  estar cerca de él y le aparté las manos, apenas sin fuerza . Luego me  avergonzaba mi pacatería, pensaba en la desilusión que él sufría conmigo. Después de retirar su mano, él se quedó mirando mis ojos, entre desairado y desvalido. Le hubiera dado mi vida en ese momento. Me prometía, para la próxima vez, ser una díscola y frívola mujer de mundo,  aunque tendría que aprender mucho, para serlo.

Cuando llegó el final, del verano y de la estancia en la Casa Grande,   me pidió el número de  teléfono, de mi casa, en la ciudad. Prometió llamar, en cuanto regresara a su casa y vieran el despeño de lo que fuera su familia.  Me fui, de la Casa Grande,  con el sabor de sus labios, la música de sus palabras en mi mente. Flotando en una nube de felicidad llegué a mi hogar. Poco después retornaba a las rutinas invernales, intentando dejar en un rincón, el sol, los ruidos del verano, pero no a Ramiro. Él vivía bajo mi piel, escarchando mi tiempo.

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Pasaron días, semanas, en las que yo saltaba cada vez que sonaba el teléfono, como un resorte bien engrasado. Bombardeaba a mis padres, con preguntas, nada más llegar del Colegio. Si alguien me había llamado, insistiendo concienzudamente, en que recogieran todas las llamadas, que apuntaran si preguntaban por mí. Nada. Meses sin noticias. Mis esperanzas se iban diluyendo, como el agua de ese rio donde nos bañábamos en el tórrido verano. El dolor agrio, sustituyó a la ilusión del principio. Dolía fuerte la ausencia de Ramiro. Dolía no sentir su presencia, el tacto de sus manos en mi piel, se me escapaba por momentos, aunque yo hacía lo imposible por retener los recuerdos.

 

Llegando la Navidad, quedamos con los tíos, padres de Mateo, un domingo a comer.  Vivían fuera de la ciudad, en una  población importante .Por la tarde, salí con Mateo por el pueblo,  a dar una vuelta. En uno de los bares en los que paramos, estaba él. Lo supe antes de verle. Sentí su presencia antes de que mis ojos lo detectaran, entre la gente. Su cabello rubio enmadejado y más largo que en verano,  casi tapaba sus ojos. La mano siempre dispuesta a despejar la frente, manoteaba constantemente intentando mantenerlo a raya.

Sus ojos chocaron con los míos. Sonrió, me hizo un guiño, enseguida vino hacia mí.

-Martita…que guapa estás. Has crecido…de todo. Estás más mujer- el silencio dio respuesta por mí- Tienes que perdonarme, perdí tu número. No  he podido llamarte-

Ya estaba todo claro. Mi dolor, mis horas frente al teléfono. Todo, explicado y justificado. Inmediatamente, le disculpé. Incluso me sentí culpable por no haber pensado en ello, por juzgarle mal. En ningún momento, se me ocurrió pensar que era tan fácil como pedir mi número a Mateo.

Le di  de nuevo el número, y él me dio el suyo, para más seguridad: “Martita, quiero verte, no he hecho más que pensar en ti. Te necesito en mi vida”, musitaban sus labios perdidos entre mis cabellos, mientras el sonido de Jaques Brel  cantando:“Ne me quitte pas” , corroboraba sus palabras. Lo llamé yo, ese mismo lunes, por la tarde. Quedamos dos días  después, para ir al cine.

 

Comenzamos a salir sin que nadie lo supiera. Él, me pidió  que no rebelase nada de la relación, o como quiera que se llamase. Yo no entendía  bien el  por qué  ocultarlo, pero respetaba el pacto como si lo hubiera firmado con sangre. Ramiro era mi Dios,  eso lo hacía indiscutible. Yo era su sacerdotisa obediente.

Ese invierno continuamos con salidas esporádicas. En ocasiones, nos veíamos varios días de la misma semana, otras veces, pasaba un mes, sin quedar. Tiempo que se me hacía eterno, como si estuviera vacio, sin vida. Cuando Ramiro no estaba en mis días, era como si el sol se opacara, no había vida, cualquier cosa perdía su valor. Solo vacío y el instinto de permanecer alerta a los recuerdos, al tiempo que pasaba con él.

Mis horas se desarrollaban cerca del teléfono. Pendiente del sonido. Aún en sueños despertaba antes de que sonara, alertada por el ansia y por el sentimiento de preceder al tiempo. En el momento que sonaba, un resorte levantaba mi cuerpo  hacía el auricular. Como una fiera encelada y hambrienta de su voz, saltaba a su encuentro. Si no era él, lo que ocurría  a menudo, el chispazo de luz, se disipaba y volvía al letárgico discurrir de mis días.576180_539554412755853_1982564439_n

Si por el contrario oía el timbre de voz, con un familiar: “Hola Martita, hacemos un café…”. Como si me hubiera visto dos días antes  y no hubieran pasado semanas entre brumas de espera, mi corazón, todas las células de mi cuerpo despertaban, aleteando con prisa. Mostraba una total normalidad en la voz, atiplada y entusiasta, que hacía que se disipasen todas las  penas y las dudas.

 

Ramiro tenía una voz metálica, con un timbre alegre, que en momentos se tornaba sombrío.  A veces, también, se velaban sus ojos con alguna tristeza, que en esa época eran muchas. No me podía ver tanto como quisiera, por sus estudios. Por los sucesos familiares que fluctuaban entre el drama y el desatino de una madre llorosa y encelada, y el padre distante. Seguían inmersos en la disputa por la separación, que se prolongaba como si fuera una historia  interminable y alternativa, con visos de dramatismo, que él me desgranaba en cada cita. Yo intentaba consolarlo, considerándome la más egoísta de las mujeres por querer tenerlo más conmigo, siendo él azotado por los sucesos  envolventes de una vida enrejada.  No era óbice, para que participara en todas las fiestas estudiantiles, ya que, de vez en cuando, me llegaban noticias, por mis primas, por amigos comunes, de sus aventuras con otras. No prestaba muchos oídos a esos avatares, porque Ramiro, en cuanto me veía, tornaba sus ojos en un azul intenso, se refugiaba en mis brazos, con desesperación y amor, pedía mis cuidados, mi dedicación, mientras, yo percibía mejor que nadie, su fragilidad. Era la única que le podía entender, la que de verdad le conocía.  Entendía el gran dolor que agitaba su alma torturada. Los demás veían al seductor que eludía compromiso, el tarambana alegre que no estudiaba ni trabajaba, solo se divertía. Yo, en cambio, veía a un ser desvalido, enfrentado con el mundo hostil, que le devastaba.  Estaba decidida a ser su escudo y escudero, frente a todos.

 

En esos años, porque fueron años alternativos, nos vimos bastante, pero sin continuidad. Hubo épocas que estuvo desaparecido meses, sin saber nada de él. O sabiendo, que  era  peor. Hasta mí  llegaban noticias contradictorias. Unas veces, me decían, que estaba ennoviado con una modelo de pasarela, en otra ocasión, que tenía amores veraniegos con una francesa de colosales aptitudes físicas. Lo más doloroso fue, enterarme que mantuvo una relación paralela a la mía, con la prima Conchi. Eso fue, con mucho, lo más doloroso  de asimilar, y de perdonar. Las desconocidas eran, para mí, algo etéreo,  no tenían entidad ni cuerpo. El hecho de saber que mi prima Conchi saliera con Ramiro, fue una doble traición. Costó mucho convencerme de que había algo de cierto en esos rumores. Solo cuando me enseñaron fotografías de ambos, besándose en una  fiesta, con fondo de piscina azul y tumbonas de rayas, me percaté de la perfidia de la prima. Porque estaba claro, que él había caído en las redes maléficas de su coquetería, de sus generosos escotes y de la falta de decoro que la adornaba. Las escasas amigas que tenía por entonces, se enfadaban conmigo, ante mis respuestas, disculpando a Ramiro. Decían, que era él, y no la prima Conchi, quien me debía fidelidad. Yo conocía bien, los intrincados laberintos de su corazón herido, que le llevaba a no poder resistirse a una muestra de deseo o cariño por parte de otra mujer. Lo cual no menoscababa el amor que a ratos sentía por mí, ni la intensa felicidad sentida dentro de sus brazos.

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Cuando volvía,  le recriminaba durante algunos minutos. Mis lágrimas empapaban su camisa un rato,  justo lo que él consideraba que debía dejarme dar rienda suelta al dolor que me aquejaba. Luego paciente, me explicaba,  al principio con  calma cariñosa, luego casi exigiendo más que el perdón, la aquiescencia.

Todo eran patrañas, invenciones de los que envidiaban su amor por mí.  Si las evidencias eran  claras, y las pruebas demostraban su pecado, la explicación era, que su mente torturada estaba confusa. Yo era su amor, su asidero firme, las demás, aves de paso. Lo seducían sin querer él, hasta que rendían su cuerpo. Pero yo era el amor verdadero. Su roca más firme. Su asidero. Con esas palabras y otras similares, calmaba mi llanto, espoleaba de nuevo mi entusiasmo. Yo cándida, pensaba que esta vez sí, era definitiva. El amor ciego, nublado, invadiría el alma de Ramiro, llenándole de fuego y le bastara mi sola persona, para calmarle.

Sus ojos, sus manos, su piel, el pelo rebelde que le caía sobre la frente. La voz, sus caricias… todo reunido para apresarme, enlazarme en las redes más absolutas que pudiera enmarañar mi vida. Y yo que le amaba sin remedio, me dejaba mecer por sus palabras, sus caricias, sus promesas. Todo concurría para  que pasaran los años de mi primera juventud, esperando a Ramiro, soñando con él, y llorando su ausencia.

 

Algo pasó, quizá un desengaño mayor, quizá un desamor, quizá el miedo a la soledad. Lo ignoro, pero cuando yo  pasaba largo de los veinte años, y mi cuerpo florecía con desparpajo, habiéndome convertido, casi a mi pesar, en una mujer atractiva y apetecible,  propuso que nos casáramos. Después de una desaparición  larga, casi seis meses en que las noticias que me llegaron eran confusas y dolorosas. Estaba viviendo en Cadaqués con una francesa mayor, compartiendo casa con ella y su marido. El golpe mental me dejó noqueada. Nunca había pasado tanto tiempo sin volver a mí. Cuando lo hizo, yo me había instalado en el ambiguo paso de la nada. Casi me sentía adaptada a la herida que supuraba dolor en las esquinas del recuerdo.

Volvió una tarde. Yo estaba en casa, plegando la ropa. Era un domingo espeso, de final de verano, cuando el tiempo parece detenerse y el sol ha perdido la fuerza. Llamó al timbre, fui a abrir. Al oír su voz, el suelo tambaleó bajo mis pies. Había olvidado el sonido metálico y pegajoso de unas palabras que hacía demasiado tiempo, no oía: “Martita, baja, tengo que hablarte”. Pensé en sublevarme, en contestarle, rotundamente, ¡no! Pero nadie puede escapar a su destino, y en el largo libro de la vida, una mano invisible, quizá pérfida, escribió el mío: Él. Al menos, así lo sentí yo. Dudé, tardé en contestar. Dejé que pasaran unos minutos antes de poner el carmín en mis labios, rociar de perfume el hueco de mi cuello, que él solía besar, y bajar.  Él pensó que lo rechazaba. Lloró, imploró mi perdón. Y no era eso, simplemente no podía hablar, ni pensar. Estaba en estado catártico, mientras él con una verborrea encendida, calentaba la aterida fragua de unos sentimientos casi olvidados. Ramiro me proponía matrimonio, sería mío por fin. Viviríamos juntos para siempre, tendría hijos con él. Le cuidaría el resto de mi vida; me miraría en sus ojos. Me refugiaría en sus brazos todo el tiempo que me quedara de vida. El milagro soñado en mis noches infantiles se estaba cumpliendo. Esa idea anidaba con lentitud en mi mente, a la vez que  se me borraron las palabras de la boca, y los demás pensamientos .1009777_489020437846169_1581774777_n

Cuando pude articular palabras, le dije que sí. Puse solo una condición,  tendría que amarme, y permanecer a mi lado,  no podría desaparecer, como ahora. El juraba, prometía, me besaba la cara, las manos, imploraba mi perdón como un poseso.

 

Nos casamos. Un día  brumoso de primeros de Abril. Lo que más recuerdo de ese día fueron mis ojos, abultados como los de un sapo, por las lágrimas que derramé la noche y el día anterior. Porque Ramiro, los tres días  que precedieron a la boda, estuvo desaparecido e incomunicado. Nadie le vio. Nadie sabía nada, sin teléfono, sin respuestas. Nada.

La desesperación más absoluta, me embargó en esos días anteriores al soñado, por cercano, se me representaba en la mente, irrealizable. Mis padres estuvieron a punto de cancelar la ceremonia. En  la misma mañana del enlace,  llamó, como si nada hubiera pasado, para decirme que me quería, y que en unas horas sería suya…para siempre. Que estaría  a mi lado, amándonos, como si el tiempo fuera nuevo.

Así era Ramiro. No pasaba nada, sus actos no tenían consecuencias. En su ausencia la vida desaparecía. Al regresar, era como si el sol apareciera de pronto, y la naturaleza resurgiera del letargo que sus ausencias provocaban.

 

La  boda fue sencilla. Poca familia, ningún amigo, porque juntos no teníamos apenas, más que conocidos.  Él, aportó un pequeño número de fieles, con aspecto extraño y caras confundidas. Yo, por el mío también, pero sin demasiada intimidad. Mi vida desde los quince años, en aquella jornada de San Joan,  orbitó alrededor y pendiente de él. Nos juntamos, no más de cuarenta personas, en un pequeño restaurante de la costa, con una paella y poco más. Mi prima Conchi asistió. Estuvo durante tiempo augurándome las peores calamidades en mi vida de casada. Evidentemente no la escuché, y si la escuché,  pensaba en que ella solo sentía rabia y celos, por haber perdido a Ramiro, por no saber retenerle, y ser yo  la elegida.

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Los meses que siguieron a la boda,   discurrieron como en una especie de nube, algodonosa y efímera, que bien podría definir, de felicidad, casi absoluta. Ramiro, me amaba, o eso decía constantemente. Se dejaba cuidar tanto por mí, como por mi solicita madre que desplegaba todo el encanto de su desbordada bondad.   Yo, desde hacía unos años, era asistente, en la Biblioteca Municipal de Casteldefels.  Alquilamos un pequeño apartamento, cerca de mis padres, en Gabá. Recuerdo aún, su minúsculo balcón, adornado de geranios que yo regaba con parsimonia, esperando la hora de la cena, cuando tenía a mi disposición al flamante marido, hora que sentía como preludio de una fiesta posterior, que me mantenía en estado de emoción, durante el día. Luego en el dormitorio, desgranábamos la pasión y el amor, por los tiempos pasados, por la desesperanza, por lo sufrido. Mi cuerpo cimbreaba bajo el ardor de un hombre que sentía con fuego y con sus palabras susurradas a mi oído,  me evadía del mundo.

 

Fueron unos meses, nada más. Una vez que pasó el verano tropical que nos tocó aquel año, llegó el otoño. Los días se acortaron. Las noches se hacían largos pasillos de soledad. Ramiro comenzaba a llegar tarde, a veces, de madrugada, con disculpas variadas. Los viernes, era seguro que llegaba al amanecer. El sábado y los domingos, envuelto en mis amorosos brazos, rebullía como un león enjaulado entre las pequeñas dimensiones de nuestro hogar. Yo proponía paseos, excursiones, salidas inocentes, que él rechazaba con gesto cansino.

 

Mi desesperación, al ver que no tenía recursos para entretener ni retener a un hombre como él, se hacía cada vez más agudo. Comenzaron las desapariciones. Esporádicas, al principio, luego más  frecuentes, hasta ser casi común, mi soledad y su desesperanza.

Mi vida se desarrollaba entre el trabajo, la casa de mis padres, en la que me refugiaba para no soportar el grito de soledad de las paredes de mi apartamento. Y poco más. Bueno, sí, esperar a Ramiro. Algún viaje hice a la Casa Grande, que se desvencijaba, carcomida por los años, y por las ausencias. La  Yaya Nieves, se mantenía renqueante, por las dependencias de una casona solitaria, intentando atrapar los ruidos, y las voces infantiles, que solo anidaban en su recuerdo. Pasé con ella, algunos días, cuando la desesperanza y la soledad me ahogaban en el apartamento, y no tenía respuesta a  las preguntas de mis padres. Ella, sabía callar, y mecer mi soledad con su cariño silente y obcecado.

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No recuerdo bien cuando comenzó a adelgazar. Comenzaron a caer los cabellos,  el brillo de sus ojos y de su piel se tornó, oscuridad macilenta y opaca. Fue apergaminándose lentamente, sin que yo lo percibiera. Mis ojos seguían viendo al muchacho que entró en el salón, tras de la tarta en mi quince cumpleaños. Todo juventud, todo belleza, sin darme cuenta de que Ramiro languidecía  y que una dama muy celosa campaba por sus venas.

 

Me avisaron del bufete, una tarde, casi de noche. Habían ingresado a Ramiro esa tarde. Nada más. Corrí al Clínico, con el corazón atado a la garganta. Le encontré, en una habitación,  inmerso en una cama, con los ojos cerrados, y las manos apresando unas sábanas blancas. Bordeando los ojos, unas ojeras violáceas, como un lecho de muerte. Las manos, apresando la ropa de la cama,  huesudas, como mudas alarmas de lo que acontecía.

Me abracé a él, más por la visión, que por el dolor de lo que no sabía.  Abrió sus ojos, sonrió de la manera torcida que solía hacerlo. Le quedó una mueca en la boca, mero recuerdo de su sonrisa bella, de otros tiempos. Y me dijo, quedo: “me parece que la he liado bien fuerte, Martita, ahora sí que la he liado de verdad”.

 

Las  palabras atropelladas, salían de mi boca, como una catarata. “No era nada, mi amor, no podía ser nada. El era mío, él me tenía a mí para cuidarlo, curarlo y que fuéramos felices por siempre jamás. Yo era el escudo frente al cual se estrellaba todo lo malo que pudiera pasarle”

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Poco a poco llegaron las pruebas, las miradas de sospecha y contritas, del personal. Las preguntas obscenas, que me negaba a contestar. Me implicaron en las mismas pruebas, en las mismas miradas.

Él, seguía languideciendo, perdiendo poco a poco la lógica y la razón de sus pensamientos,  el uso de la palabra. Yo me quedaba a los pies de su cama. Día y noche, sin dormir, apenas sin comer. Tendiendo una lucha sin cuartel con una rival que pretendía arrebatármelo, sin piedad y con prisa.

 

Mi madre tomó el relevo cuando ya no pude más. Los meses, quizá años que siguieron a esos días están, como tantos otros de mi vida, borrados por una nube de plomo, de mi mente. Es tiempo no vivido. No he sido más que una mujer que cuidaba, lavaba, mecía a un hombre para que no se fuera en pos de una amante muy exclusiva.

El día que murió, lo tenía en mis brazos. Lavaba su rostro, mientras le contaba cómo le conocí, como le amé nada más verle.

 

Hoy hace tres años que se fue.  Estoy en esa cama del mismo hospital. Ramiro me dejó algo de él que  hará que le siga pronto. Hoy, quizá he tomado conciencia de que Ramiro me  condenó a muerte, de que mi amor me  dejó sin cuerpo, y pronto me dejará sin vida. De todos modos, nunca ha sido tan mío como cuando se fue, ni como ahora.

 

FIN

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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