La ultima noche

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Hoy no voy a revisar los papeles, ni tan siquiera los miraré, solo las cuatro ideas que se  han estancado en mi cabeza mientras preparaba el programa. Saltaré sobre las convicciones profundas que posiblemente han anclado mi vida a una cotidiana esclavitud de lo que hay que hacer, de lo correcto, del protocolo, de las obligaciones antes que las devociones. Esta noche me voy a permitir saltarme la moral que  ha encorsetado  mi vida.

Porque es la última noche, y me lo debo. Quizá si hubiera saltado las reglas tiempo atrás, cuando aún el brillo gris no adornaba mi cabeza y la luz brillaba en mis ojos, las cosas hubieran sido distintas. De todos modos, no me quejo, la vida ha sido tal cual la pensé. Posiblemente, los resultados y la satisfacción que he obtenido, fue sobrevalorada en mis sueños. Hoy no es momento para hacer cuentas, habrá tiempo de pasar revista a los años idos. De momento  queda finiquitar esta etapa de mi vida, que se llama radio.

Esta noche acaba lo que posiblemente comenzara muy atrás, en mi primera infancia, cuando me quedaba embelesada durante horas contemplando las rayas arenosas que emitían voces variadas, historias diversas y apasionantes, músicas que llenaron de color una vida gris, una casa gris, personajes  envueltos en grisura, que de no haber sido por el pequeño armario parlante que presidía la cocina, hubiera sido irrespirable. Una vida irrespirable en la agonía de la mediocridad.

Solo el aparato que reposaba en una balda, adornado con un tapete que cubría casi el dial, la carcasa granate, la parte delantera color arena sucia, con las ruedecitas que manejándolas cambiábamos el rumbo de la tarde o de la noche. Si la historia era triste, buscábamos alegría, música, concursos, pequeños espacios que nos hacían escapar de una realidad oscura y lóbrega. “Matilde , Perico y Periquín”, “El abuelo Porretas”. A veces nos dejábamos ir, caminando hacia las lágrimas, en historias de perenne sufrimiento: “Simplemente María”, “la Dama”, “Hija de nadie”. Labraron mi infancia, junto con el Parte, que indefectiblemente, mi padre escuchaba y nos hacía escuchar con el respeto trufado de miedo que tiempos anteriores, habían grabado a fuego en la piel del país, entonces llamado Patria.

Ahí comenzó el camino que hoy acaba, y eso es lo que voy a contar, liberada ya de los controles de audiencia, de la entrada de publicidad. Hoy me debo a mí misma y voy a  hacer lo que me dé la gana, así, sin más.

Entra David en el control. Buen chico David. Sentiré dejar de verle, ha sido el rostro inexpugnable de muchos años, casi la cara humana más vista por mí. A veces la única. Porque he revestido mi vida con el manto de la soledad, aislándome cada día un poco más, arrellanándome únicamente en el confortable sofá del trabajo, creyéndome una profesa de la radio, y dejando atrás otras cosas que me hubieran podido confortar. O no, porque he quedado que hoy no repasaré mi vida, queda tiempo, quizá hasta pueda escribir unas memorias que  podrían llamarse: “Memorias de una mujer de radio”, o “Memorias de ondas solitarias”. Mi tiempo, mis programas siempre han estado dedicados a ellos, a los solitarios, a todas aquellas personas, que como yo se han echado al lado del camino para dejar pasar a los demás, mientras  nos quedábamos contemplando el devenir de la vida. De pronto,  nos dimos cuenta que estabamos solos,  que no teníamos  a nadie al lado. Otros solitarios, compartían espacio,  en la misma orilla o en la de enfrente. Estábamos asidos a la contemplación de la vida ajena, sin hacer nada por la nuestra.

Mis programas siempre han sido para fracasados, o para solitarios fracasados, con una vida hueca, solo carcasa de voluntad, sin la contundencia de vivir una vida intensa.

David me mira extrañado. No sabe lo que pasa, le hago el gesto que espera, el de todas las noches. Suelto la mano, y ¡adelante!, estamos en el aire. El piloto rojo se enciende y eso produce en mí una descarga de adrenalina superior a cualquier amorosa caricia.

 

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Primer descanso, entra la publicidad. La pobre y desconchada publicidad que queda de lo que antaño eran kilométricos mensajes pagados a precio de oro. Aún recuerdo las llamadas intempestivas para que introdujera algún minuto más, adornado por mi voz, adornado por mi tiempo que era duramente medido y pesado a precios sin competencia. Hoy apenas cuatro mensajes de bajo costo. Todo acaba, todo fenece, eso me dijeron en dirección: “Teresa, las cosas han cambiado, ahora de noche se ve la tele, ya no hay almas solitarias perdidas que escuchen la radio. Ahora chatean buscando en el anonimato de la red, la fantasía que antes emanaba de las ondas” . El programa desaparece, no hay anunciantes, apenas hay oyentes, solo unos pocos fieles que pueden contarse en centenares, nada.    Copia de 252262_2886628705292_2014004881_n              526424_526299974082048_711173623_n

Volvemos al aire, David me hace gestos. Está asustado con mis palabras., intuyo su desasosiego. Nunca he cruzado con él más palabras de las precisas, las justas, y solo de trabajo. Ignoro si está casado, si tiene hijos, si es feliz, si le gustan las mujeres o los hombres. Años compartiendo un cubículo escaso y no sé nada de ese ser. Tampoco él  sabe nada de mí. Quizá el grueso cristal que nos separa, es como una frontera que divide el mundo e impide la comunicación. Pero ahora que lo pienso, en realidad sé muy poco del mundo que me rodea, solo mis historias y las que cuentan mis oyentes han tenido fuerza para mí, el resto ha sido mero atrezo, un decorado banal que ha servido para poner en escena la comedia de la radio.

Volvemos al aire,  David me mira como no lo ha hecho nunca, casi diría que hay cariño reflejado en sus ojos, una leve chispa de sonrisa tierna que adorna su mirada. Parece que incluso se ha peinado esa enmarañada melena que le da un aspecto leonino a su cabeza de niño desvalido. Le sonrío, creo que nunca he debido de sonreírle, y ha estado junto a mí durante  años,  en los que hemos vivido momentos de emoción, de crispación y de rabia sublimes. Sí, hoy dedico a David una sonrisa, para él solo, no compartida con una historia o con un oyente especial.

 

Seguimos el programa. Voy desgranando mi emoció544321_502911103100533_2114664812_nn, junto con mi rabia, porque ambas caminan de la mano por el camino de las ondas. ¿Qué haré ahora? Me pregunta un oyente fiel. Contesto lo que pienso: “dedicarme a vivir, quizá, a contemplar la vida tal como es, no bajo el prisma de la historia que hay detrás para ser contada en las ondas. Me dedicaré a dejar pasar el tiempo tras mi ventana. Leyendo cosas que no sé si me interesan. Escribiendo otras que creo pueden ser de interés, o no, ahora ya da un poco lo mismo. Me compraré un gato. Decoraré por fin la habitación vacía de mi casa impersonal y fría a base de no ser habitada. Dejaré que el cuerpo se me abandone tras las sábanas todas las noches, mientras posiblemente aprendo a chatear”.

Todo eso le conté al oyente, y me lo cuento a mí misma, pero no sé si será así como lo haré o tomaré una maleta, la vieja, con la que llegué a Madrid un día olvidado ya en las esquinas de la memoria, y regresaré al pueblo, a  esa casa olvidada, que apenas se tiene en pie. Cerraré el círculo de mi vida sumergiéndome en el tiempo de la infancia, adornándolo con el mercenario gusto de la madurez.

Sigue el programa, no hace falta que diga nada, David está utilizando mi música. Es curioso como alguien con quien apenas hablas, pueda conocer y pulsar tan bien los entresijos de la emoción, solo con conocer los gustos musicales. Suena ahora mismo el viejo Serrat, en versión juvenil, haciendo languidecer mis pensamientos, inmersionándolos en las tardes verdiazules, cálidas, luminosas de un verano casi perdido. Con los acordes de la vieja canción, asoman solapadamente en el esquina de la memoria, los recuerdos, las sensaciones, hasta el olor de aquella playa, el sabor del beso olvidado. “Mediterráneo”, fue la banda sonora de aquél primer beso, que en el escondido rincón del jardín, ante el portón de la casa familiar me dio Ramiro, dejando tras de sus labios el rastro goloso de su saliva en mi piel. Si cierro los ojos puedo sentir el gusto acre de una boca fresca, el tacto suave de la blandura de sus labios. El beso duró justo lo que dura la canción, tres minutos uniendo nuestras bocas, mientras él nacía en el Mediterráneo, se acercaba y se iba, besaba la alcoba, jugando con la marea, te vas pensando en volver.

David nunca sabrá porque amo esa canción, pero sí conoce la ensoñación que me produce la voz del Noi. Un día me dijo que cuando me veía ofuscada, bronca, con el ceño fruncido amenazando tormenta, sabía que me amansaba perfectamente poniéndome a Serrat. Le sonrío tras el cristal del control, me devuelve la sonrisa complacido, sabe que ha acertado.

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Seguimos el proceso del programa. Se van desgranando las horas. Llega la madrugada, la hora mágica, donde estallan los sentimientos de los oyentes. Cuando ya se han ido casi todos, quedan los fieles. Las voces se oyen entre la oscuridad solitaria de las calles desiertas. Es la hora en que el pudor se derrama como el vino, dejando al descubierto los mil caminos de la emoción, de la tristeza, de la soledad. Nunca se siente uno tan solo como en la noche, cuando la oscuridad y la zozobra del silencio acompañan el alma sin compañía y  se sueltan las palabras, que a otras horas del día nadie osaría pronunciar. Como una larga melena de silencio  van saliendo las voces que  envueltas en sentimientos profundos, desenterrados del tiempo inmemorial del dolor.

Oigo  a oyentes, que llaman con tristeza. Despidiendo lo que, dicen, ha formado parte de sus vidas durante muchos años. Son pocos, son fieles. Algunos puedo reconocerlos en su tono, en el timbre de la voz. Han estado muchas madrugadas, desgranado muchas palabras, presentidos en  el silencio de las ondas. Son desconocidos, o más bien cuerpos desconocidos, porque en sus almas he estado, las conozco muy bien, se me han desnudado muchas veces, como yo, con ellos. Son desconocidos cercanos.

Intento no emocionarme y seguir el normal desarrollo del programa, aunque ¿qué pasa si me emociono? He decidido que hoy desataría el nudo que he llevado puesto durante tanto tiempo en el corazón, o en el alma. Ese nudo que deshaciéndolo quizá deje salir mis palabras y los sentimientos que contienen se liberen, al fin.

 

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Ahora llegan las noticias, las de las tres de la mañana, la gran pausa, cuando nos permitimos estirar las piernas, salir fuera de la pecera, volver a recorrer el camino del baño, tomar la copa esperada, fumar el cigarro intermedio, que a estas horas sabe a desafío. David tiene los ojos brillantes, mojados de unas leves lágrimas que pugnan por salir, acristalando su mirada que me enfoca como preguntando ¿qué será de él a partir de mañana?. Tantos años dibujando un paisaje que ahora tenemos que deshacer para siempre. Para él habrá otros programas, otras madrugadas, o quizá otras noches. Para mí ya no. Cierro el ciclo de mi vida radiofónica. Tengo delante el cruce con el precipicio del futuro.  David me mira tras el cristal con una pregunta en los ojos, no se da cuenta que ya no tengo respuesta, que se ha acabado la Teresa Montero omnipotente, omnipresente que a todo contesta, que siempre tiene la palabra adecuada para el dolor ajeno, para la soledad ajena. Devuelvo la mirada a David a través del cristal que nos une y que a la vez nos separa, contestando que no sé, por primera vez, no disimulo. No tengo respuesta.

 

Volvemos al aire, es el último trecho del programa, perdón, de la vida.El último trecho de esta vida que a partir de ahora, va a ser otra, diferente, caminada por distintos caminos.

Mis fieles colapsan ahora la centralita. Me indica David que hay demasiadas llamadas, que quieren despedirse, que debo despedirme…acabamos la noche.

“Con vosotros desde hace tantos años, que ya ni recuerdo la fecha de la primera madrugada que desperté a vuestro lado. Mi pelo era negro, mis ojos eran ascuas de dicha, de ansiedad y de pasión, mi piel era tersa y mi cuerpo joven. Cuando el piloto rojo se encendía en el estudio, la voz se quebraba en la garganta antes de salir, los sentimientos cuajaban el trecho que va desde el corazón hasta la boca, pugnando por salir, lo que una servidora había preparado para contaros. Cada noche ha sido diferente, pero todas pletóricas de dicha., tanta que me acostumbré. Fue tanta, que nada ha podido competir con ella. No encontré  fuera de este estudio cosa alguna,  que pudiera ser ni de lejos tan placentera, como el saber que muchos oídos, bastantes corazones y alguna alma estaban prendidas de las ondas por las que, como una culebrilla, se filtraba mi voz. He sido vuestra, he vivido por vosotros, he sido por vosotros. Ahora tengo que enfrentarme al vacio que se muestra ante mí, como un lago inmenso que no sé como atravesar.

Esto es un adiós, un adiós a una vida, un adiós a una forma de vivir y un adiós a un gran amor, que he vivido. Por una parte yo misma, por la otra, vosotros, los que cada día durante años habéis permanecido pendiente de unas palabras que puede no hayan sido brillantes, pero han salido de muy adentro, tanto que ahora no queda nada. Teresa Motero, sin vosotros se ha quedado vacía”.

Adelante, David, mete la música, la que quieras tú, hoy te dejo decidir todo. Está bien, has puesto a Brahms, está bien, un poco lúgubre, pero da el tono. No quiero dejar escapar las lágrimas que se pelean por escapar de la cárcel de mis ojos, habrá tiempo para ello.

Adelante David, pongamos fin a esto. Sí claro que acepto una copa, y dos, y más, podemos esta noche ahogar la nostalgia en el champán que has puesto a enfriar, con tanto cariño. Esta noche es nuestra, ya hemos cumplido con los oyentes, hemos dejado otro sueño en las ondas. El último.

 

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Epilogo.

Miro el reloj, son las seis treinta, hace horas que acabamos, pronto llegarán los de la mañana, la botella yace vacía bajo mis pies, al igual que las copas, que lentamente hemos ido tomando conforme avanzaban las horas  caminando hacían un nuevo día.El primero de todos los demás que seguirán en tiempo al pasado.

David se ha dormido, como un pequeño, en mi regazo, amparado en mis senos, protegido del futuro que teme, sin mi protección. Quedan unas pocas gotas en mi copa, amargan mi boca ahíta de tabaco y alcohol, mientras con la punta de mis dedos acaricio los parpados del pequeño David que duerme confiado en un amanecer diferente.

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Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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