La perdición de Julia

Hoy Julia se encontró guapa al mirarse al espejo. No como veinte años atrás, eso no, cuando resplandecía aunque acabara de llegar del trabajo o de una noche de locura y la nitidez de su piel era nácar arrebolado, pero había dormido más de seis horas, de un tirón, como pocas veces ocurría y eso tersaba la cara. También el serum adquirido tres días antes colaboraba. Le costó caro, pero mereció la pena. Tres gotitas apenas, extendidas después de la limpieza del rostro, devolvían  el lustre perdido en la contienda cotidiana. Y Julia se lo llevaba poniendo tres días exactamente.

Hizo su caminata cotidiana por la costa, apretando el paso, al compás de la música que atronaba los oídos y acompasaba los pies impidiendo que escuchara el crujir de las articulaciones o el quejido áspero de un cuerpo marchito. Caminó  respirando con el ansia de acumular oxigeno que amparara las horas de cerrazón en el despacho, iluminada con luz eléctrica y la reminiscencia de la realidad asomando por la vitriólica ventana de un ordenador. Tornó a casa contenta. Había aguantado a buen paso y eso no ocurría siempre. Cansada, pero con la energía bulléndole en cada palpitación de un corazón que, a veces en los últimos tiempos, se ralentizaba más de la cuenta. Se duchó, dejando macerar el cuerpo con el calor del agua mientras sonaba en el Spotty  Starman llevándola a las estrellas mientras el agua resbalaba por la tibieza amortajada de su cuerpo. Ablandando la dureza de una musculatura puesta a tono por la caminata, para luego despertarla con el chorreón de agua fría con la que todos los días alejaba el letargo y tonificaba unos músculos en franca decadencia.

Se arregló con el mismo detenimiento que cualquiera de los otros días que componían la monotonía de una vida regulada y regular. Nada se salía del orden preconcebido y conquistado por Julia desde hacía tiempo. Justo desde que Álvaro Espinosa salió de su casa con dos maletas, unas cuantas bolsas y la dignidad envuelta en tintura de colores. Los colores de haber vivido más años de los precisos una farsa de amor no correspondido, justo hasta que Marilina se cruzó por su vida y le hizo estallar en mares de pasión. Julia había atenuado el sabor del fracaso con saliva acida, conciertos de clásica y algún amor cibernético que la calmaba el ansia y la decepción .  Más la decepción que el ansia, había que confesarlo, porque a Julia se le ensanchaban los poros de hambre, en ocasiones.

Se peinó con calma sin que ningún remolino rebelase sus fauces. El pelo obedecía a su peine sin mayor contienda.  El tono del tinte estaba en buen momento, el corte aguantaba aún. Tenía que durar aún, porque Julia aborrecía la peluquería. Tiempo perdido, se decía, sin permitirse disfrutar de ese masaje que manos mercantiles le proporcionaban, o el ojeo de revistas cotillas que la ponían al tanto del menudeo patrio cada tres meses. Cuando las mechas gritaban su desfalco y el rubio se trasformaba en albero sin brillo, Julia postergaba todo lo que podía el asistir a renovar ese pelo que la entarimaba a una edad que no quería tener. Entremedias, Julia, se teñía en casa, haciéndose retoque a cada poco. Mantenía una sorda batalla contra las canas rebeldes que asomaban por el rubio casi trasparente de su cabellera.

Hoy, en cambio estaba todo en orden. Se contempló unos instantes antes de salir del baño y se dijo: bien, estás guapa, Julia, o todo lo que se puede estar habiendo cumplido de largo cincuenta. Y cerró la puerta tras de sí con satisfacción.

 

Vistió de rojo y negro. Terno perfecto con pantalón ajustado. Aún se permitía esos dispendios. Ignoraba por cuanto tiempo, pero la talla cuarenta y dos se mantenía inamovible desde hacía años. La blusa roja alumbró su cara como luz mañanera. Se permitió el toque de un broche carmesí sobre el negro del overol. Tomó distancia del espejo que cubría el amplio espacio de la pared de su habitación  y se contempló. Sí, se gustaba aún. No siempre mostraba esa conformidad. A decir verdad, casi nunca ya. Con frecuencia  le asomaban unas lagunas moradas bajo los ocelos,  unos surcos  encerraban la boca en paréntesis de rancia amargura, y había carreritas que salían de sus ojos hacia las sienes como mil caminos que se cruzaran impíos. El serum había hecho su trabajo, se dijo, hoy mostraba alisado ese rostro bien dormido. Calzó tacón discreto, dibujo con falsete unos labios cárdenos, haciendo juego con la camisa, aplicó un brochazo de colorete en ambos pómulos mientras se los mordía para mostrar el camino al pincel;  perfumó las muñecas y el cuello, con un soplo de colonia,  tomó el portafolios y salió hacia el garaje.

 

Bajando hacia el sótano se sorprendió canturreando The great pretender, en versión Freddy, siempre en su versión. Incluso se permitió un pequeño saltito saliendo del ascensor, emulando al adorado showman. Su Freddy maquiavélico y rumboso que la animaba las mañanas, junto a Bowie, poniendo fuego a las pavesas que contenían su cuerpo, despertando las nublosas cenizas al  ritmó ascendente de Heroes. No pasaba nada especial, tan solo que había dormido bien, no le dolía ninguna parte de su cuerpo y el día estaba nubloso, con la plomiza bruma que enmarañaba la ciudad amparándola del sol, que siempre le resultaba molesto. Aun estando la calima ras de calle, se calzó las Aviator.

Amaba a esas Aviator que le habían llegado días antes. Oscuras, casi negras, con patilla plateada, se ajustaban perfectamente a la cara, velando unos ojos enramados y, a veces, llorosos por la escarcha matinal. Esas gafas ponían misterio a su rostro, que sin ellas parecía anodino, aunque fijándose bien, podría resultar hasta agradable. Amaba a las Aviator, porque eran difíciles de conseguir. Ajustadas, con la proporción exacta para dar misterio pero no parecer un viejo policía de los años ochenta. Se las puso con cuidado para no despeinarse, con gesto ensayado que conocía feliz.

Salió del garaje, sorteando el badén y los coches que, a esas horas, circulaban con prisa. Ella estaba holgada de tiempo. El despacho abría a las nueve, Julia se había ganado el derecho a llegar rezagada. Las muchas horas que amparaban su trabajo, se lo permitían. Los años de dedicación exhaustiva le proporcionaban esas licencias. En fechas punteras, salía a las diez de la noche, incluso más tarde, cuando había alguna firma tardía o quedaban rezagados  pliegues de la concordia que debían llevar al notario resueltas pero no siempre era así.

 

Don Antonio Marchena, ilustre notario de la ciudad de Villamar, a la sazón su jefe, no sabía vivir sin ella, eso le otorgaba la prerrogativa de no tener que ir acelerada cada mañana. Llegaba cuando llegaba, a veces antes de las nueve si había labor, o como hoy, sin prisa, con la calma que proporciona llevar las cosas con orden y concertadas de antemano. Hoy era un día normal, sin premuras, sin apremios ni prisas. Don Antonio conocía su disposición y la capacidad de organizar los temas sin dejar ni un cabo suelto. Confiaba en ella hasta el infinito. Una de las  conquistas de Julia, fue llegar al trabajo sobre las nueve y cuarto, pero había otras. Pedir un día de asueto si no había mucho trabajo, sin dar mayores explicaciones. O salir a media mañana a realizar compras inesperadas. No más, justo la medida de un cierto dispendio pero sin pasarse. Las mañanas como la de hoy, le daban tiempo de tomar un café cargado  mordisqueando los piquitos del croissant en la cafetería cercana al despacho. Era su ritual cotidiano y no renunciaba a él por casi nada. Así que enfiló la Avenida Galdós, se esquinó cuando doblaba para la calle de los Mártires, y poco después llegaba a la zona conflictiva cercana al despacho. La calle Pintor Zuloaga, era un ritual de zambras mañaneras y aglomeraciones varias.

Compartía parking con don Antonio, otra prerrogativa, extensible solo a los socios de la notaría,  y a ella. El resto del personal, se buscaba la vida en la maraña de aceras urbanas plenas de vehículos. O utilizaban el transporte público, cosa que a Julia le aterraba;  nunca soportó demasiado el contacto humano, en cercanía precisa y roce más que casual.

En la calle de los Niños Iguales,   paralela a Pintor Cossío, donde se hallaba el despacho, siempre había colapso. Un supermercado monstruoso cercenaba las mañanas con el desembarco de las vituallas que alimentaban al vecindario de la zona. Raro era el día que Julia no tenía que solapar furgonetas, motos, camiones en doble fila, atizar fuego al claxon para abrirse paso entre el amasijo de descargadores y vehículos.

Hoy no era excepción. La aglomeración que tenía ante sí, le hacía temer por su café, así que apretó el acelerador haciendo rugir el motor. Un camión invadía la calzada con su enorme mole. La plataforma mecánica descendía por la trasera del vehículo mientras dos tipos dentro de la cabina voceaban hacia la nada. Julia, aceleró. Le daba tiempo a rebasar el camión antes de que la plataforma bajase del todo y tuviera que perder más de diez minutos en verlos descargar. De pronto una cara asustada invadió el parabrisas con unos ojos enlodados de miedo y rabia. El tipo hizo una pirueta precisa hasta caer derrotado como juguete roto en el suelo. Julia, se apuró frenando en seco. De momento solo pensó en que se iba al carajo su café y su día normal. Luego, ya, al bajarse del coche, se preocupó un poco por el muchacho yacente.

Deprisa, intentando no escuchar las voces que desde la cabina del camión salían irritadas hacia ella.

-Es que no ve que estamos descargando. Parece ciega la tía-

El tipo que poco antes saltaba por los aires se enderezaba con lentitud y gesto contraído del suelo. Contemplaba a Julia con unos ojos encelados, envueltos en un telón negro de pestañas rizadas. Las cejas en desorden poblado, enmarcaban una suave bizquera que le hacía más atractivo. La boca amplia, contraía unos labios golosos en gesto de dolor o de rabia contenida. El pelo como la noche, zaino y azabachado, cortado a trasquilones se le desordenaba por la cabeza que sostenía una mano, intentando proteger de la contusión producida por la caída.

-No sabe usted cuánto lo siento. No le vi, de verdad, ¿de dónde ha salido?-

-Del aire, no te jode la piba- respondió por el interfecto uno de los compañeros.

-No pasa nada, Javier. Solo ha sido un susto. Estoy bien señora, no se apure. Es cierto, caminaba deprisa y es lógico que no me viera. No se apure…-

Mientras le decía estas palabras, el accidentado clavaba sus ojos en las Aviator de Julia, traspasado con su brillo los cristales no suficientemente opacos y llegando justo hasta un punto distante del cuerpo, haciéndolo vibrar un tanto acelerado. No era el corazón, se  dijo Julia, contemplando la perturbadora belleza del joven.

Le extendió la mano, para subirle. Él desplegó unas piernas zancudas y arqueadas, hasta sobrepasar en altura a Julia varios palmos. Un vaquero raído, una camiseta grisácea y rota, quizá por el accidente, la saludaron desde las alturas.

-Le llevaré a urgencias, espere que llamo a mi despacho, para decir que me retraso-dijo Julia, mientras los claxonazos de la fila que se adocenaba detrás de ellos, la despertaba.

-No se preocupe, linda- respondió el tipo.

-¿Cómo que no se preocupe? ahora mismo llamo a la policía. Te ha atropellado y tiene que dar cuenta- uno de los compañeros, desde la cabina del camión, salió al quite.

El otro compañero, se mantenía expectante, dio un toque al hablador, le susurró algo al oído y al momento, el protestón replegó las alas. Ambos, contemplaron al accidentado guardando silencio. Julia se encontraba pendiente del caído, no prestaba atención ni a las protestas ni los gestos de los compañeros. Comenzó a asustarse al pensar que le hubiera hecho algo grave, aunque el interfecto no parecía enfadado ni más dolorido que alguien que recibiera un revolcón.

-No déjenlo, de verdad. No quiero tener nada que ver con la policía- dijo el moreno.

-Ya está arreglado, suba a mi coche, le llevo ahora mismo a una consulta medica- respondió Julia ajena a todo, enarbolando el móvil que acaba de usar.

Le tomó del brazo para presionar su entrada en el coche. Julia pudo notar bajo su mano una piel con la dulzura del terciopelo, con la firmeza del plomo debajo de la misma. Un brazo nervudo, con poco vello, fuerte, de esos que pueden levantar peñascos y cuerpos solazados, arriar banderas o acariciar, con la misma soltura. Al momento, a Julia, le volvió a vibrar una parte lejana de su anatomía, que no era el corazón.

 

 

-No de verdad, que estoy bien. Mire, cuanto menos se me vea mejor-

Julia mantenía la mano firme en el brazo del muchacho, al tiempo, le contempló desde la distancia que dan dos cuerpos expectantes que mantienen la línea de seguridad. Hablaba arrastrando el idioma, tal que si fuera latino aunque por su piel parecía uno de los hijos que Alá pierde en Occidente. La mirada la desarbolaba más de lo necesario, por eso intentaba soslayar el pozo negro de sus ojos.

Al fin, entraron ambos en el coche. Julia arrancó del tirón, él se recostó en el asiento, como poniendo en orden a su cuerpo.

-¿Te duele?-

-No mucho, es del revolcón, de la pirueta que hice. Nada serio, de verdad, lo que ocurre es que llevo mucho cansancio a cuestas. Malas noches y mucho trabajo, ya sabe-

-Ya, lo mejor es que le miren por si hubiera alguna lesión interna ¿De dónde eres?-

-Soy cubano, bonita, del mismito Santiago de Cuba. Y estoy sin papeles aquí, así que no quiero mover nada que pueda delatarme-

-Vaya ¿cómo trabajas, entonces?-

-Para no morirme de hambre, querida. Y porque mi jefe contrata a veces a ilegales, le supone un buen ahorro y a nosotros nos ayuda, de paso-

-No es una ayuda, es un fraude muy grande. De todos modos, en urgencias no te pedirán nada, no te preocupes. No vamos al hospital.  Mira,  yo tengo una mutualidad privada, le llevo donde un generalista para que le haga un primer chequeo, luego, si ve algo extraño te deriva al hospital. No tienes nada que temer. Disculpa, ¿cuál es tu nombre?-

-Noël, querida. Me llamo Navidad, como dirían ustedes, fíjese, ya es chomba, viniendo de un país como el mío. Y usted, bonita ¿cómo se llama?-

-Julia, me llamo Julia. Encantada Noël, siento no poder estrechar tu mano y siento como nos hemos conocido-

-No lo sientas, a veces los malos comienzos avanzan por buen camino. Lo cierto, es que me gustaría pedirte un favor. Luego cuando paremos el coche, si me concedieras el gusto de quitarte esas gafas. Imagino que debajo hay unos hermosos ojos, una mirada inteligente y no quiero perderla-

Julia tragó saliva. Un calor se le irradiaba del fondo del bajo vientre, subía, avanzaba abdomen arriba hasta alcanzar la garganta, atenazándola un poco. Al llegar al rostro, lo tiñó de cárdeno.

Llegaron al destino, Julia no perdió tiempo en buscar sitio y llevó el vehículo al parking. Poco después subían las escaleras de la consulta del doctor Juanes, que la estaba esperando ya que le anunció su llegada por teléfono unos minutos antes.

Recocieron a Noël, minuciosamente. En silencio y prometiendo discreción, el doctor y dos enfermeras, que prestas tomaron los daros del posible enfermo, terminaron verificando que solo había contusiones sin la menor importancia. El joven se vistió, salió de la consulta, atravesó a Julia con la mirada, que al acercarse, le bizqueaba más.

-Ves como te dije, señorita Julia, no hay nada que temer. Soy fuerte, estoy hecho a pasar calamidades. Todo bien-

-Me siento aliviada, no me perdonaría que por un descuido tonto, sufrieras algún percance de salud-

-No ha sido así. Yo debo volver al trabajo de inmediato, pero me disculparás, querida Julia, si te pido otro favor, vistos tus bellos ojos, tal como te pedí antes-

-Dime, que necesitas-

-Me gustaría tomar una café o una copa, o lo que quieras, contigo. Has sido tan amable conmigo que deseo invitarte dentro de mis pequeñas fuerzas-

 

 

-No te moleste, Noël, por Dios, soy yo quien tiene que disculparse por todo-

-Bien, pues sea así. Si quieres que te disculpe, vengase esta tarde conmigo al Yukatán, que es un sitio con música latina y buen ambiente donde te invitaré con sumo gusto-

Julia contempló el brillo de sus ojos, paseó la mirada por el pecho que acababa de cubrirse con la raída camiseta, bajó hasta las piernas, sin detenerse demasiado en ninguna parte, por no parecer descarada. Volvió a subir hacia el rostro, que justo en ese momento se iluminó con una sonrisa que parcelaba la cara en dos, mostrando la sima profunda de una cueva llena de saliva donde a Julia le gustaría perderse. Entonces lo supo.

Julia Martorell de la Fuente, estaba perdida. Se dio cuenta contemplando al galán que tenía enfrente. Había atropellado, sin querer, a su futuro. Absorbió el olor a madera con mezcla de sudor fresco que desprendía el muchacho y supo que no era posible resistirse al influjo de un sexo desatado. No era la primera vez. Quizá fuera la última, dada la edad,  quizá por eso se sentía más expectante.

A Julia el sexo la perdía. En cuanto aspiraba el aroma de un hombre bello, moreno, fornido, la carne se la desleía y el fuego ardía con la consistencia de un volcán en erupción. Nadie aplacaba la fuerza de un deseo atroz que amalgamaba horas y horas de sexo profundo. Por eso Julia, le sonrió, se caló de nuevo sus Aviator y le dijo.

-No pequeño, vamos a pasar de preámbulos e iremos a mi casa. Allí celebraremos que no te ha pasado nada, que me gustas mucho, que te estoy empezando a desear como una loca. Hasta mañana tenemos tiempo de galanteo. Tú llamas a tu jefe, le dices que no puedes por el accidente, yo al mío ya lo hice. Y nos vamos a sumergir ahora mismito en un pozo de sexo salvaje hasta que no podamos más-

La sorpresa se dibujó en la cara del hombre. Era una sorpresa limpia, carecía de suspicacia. Pensó que la viejita estaba buena a pesar de los años, que aún tenía la carne prieta y se dijo que las españolas -que alguien le dijera que eran siesas- nunca dejarían de sorprenderle. Aceptó feliz de pasar unas horas de sexo y descanso en buena cama, de comer algo decente, por una vez y de habitar, aunque fuera solo un tiempo, en una casa sólida. Se sentía bastante cansado del refugio de emigrantes, de sopas de beneficencia y de amalgamar el sueño con borrachos de cualquier parte. La viejita, era dulce, parecía una loquita deseosa de dar felicidad a sus carnes y él, hacía mucho que no comía bien.

Subieron al coche, Julia conectó la radio, sonaba Bowie, que desfondaba el cubículo con las estrofas de Heroes, justo cuando se besaron por primera vez, desde la radio decía: tú eres mi reina. Se perdieron en el fulgor del tráfico ciudadano y comenzaron una historia que a ambos sorprendería.

 

FIN.

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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