La mujer que cosía calcetines

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Dedicado a María Moliner y a tantas mujeres que dentro del silencio anónimo de una vida oscura, tejen calcetines, mientras generan una obra que agradecen las generaciones futuras. Mientras ellas, solo viven en el silencio del regocijo de lo bien hecho.

María J. Toca

 

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Apenas clareaba entre los visillos anudados al silencio de una madrugada más. De lejos sonaron campanadas, que María contó con la mente, mientras silenciaba los labios, no fuera a despertar a los suyos, desperezando la calma que reinaba en la casa,  en el momento mágico en que la noche se fundía con el día, en un abrazo de estremecedor estrepito. Sacó los pies del lecho, los apoyó con cuidado en el frío baldosado, mientras  bullía en la mente, una nueva palabra. Se la sugirió el sueño. Le ocurría a menudo. Durante el día las encontraba, de forma casual, al principio, luego  las buscó con denuedo;  algunas las apresaba con rapidez, otras se le escapaban debido a la urgencia del momento. Había cosas que hacer durante el día, por eso no las atrapaba todas, o se le escapaban entre los sucesos cotidianos, revoltosas como mariposas recién llegadas. Las que, traviesas, se le escabullían, aparecían durante el sueño. Eran mariposillas, que  aleteando por su mente, se le escondían en el recoveco de un sueño difuso y desarmado. Arrullada por la respiración de Fernando, a veces, hasta la de los chicos, iban, en revoloteo cinemático,  llegando  a sus sueños. Se le escondían entre el recuerdo de las travesuras de Pedro,  las conjeturas acicaladas de Carmen, la responsabilidad de Enrique y la dulzura casi metafísica de Fernando. Todos ellos, junto con la conciencia de la cotidiana costumbre, pululaban por el sueño de María, dejando resquicio a las  diabluras de las mariposas, que en forma de palabra, la acosaban el descanso sin dejarla envolverse en la calma que el cansancio fraguaba cada día.

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Al despertar, María, agarraba con fuerza la estela de esa mariposa en forma de palabra, con cuidado, no fuera a dejar entre los dedos, el polvillo de la belleza colorista del vocablo capturado, y se la deshiciera, para no volver a encontrarla, sumida en el mar del olvido. Eso dolía. Era un pesar importante que acompañaba a María, durante un duelo doliente y espeso. Cuando alguna de esas palabras, aladas y difusas,  se  diluían en la memoria enfrentada a la vida cotidiana y a los quehaceres del día a día. En los últimos años, en cambio, una ligera querencia se apoderaba de esas mariposillas. Como si  tomaran conciencia del amor que María las profesaba, como si pudieran sentir el imán que el recuerdo de la mujer que vivía de atrapar palabras, sentía por ellas. No le huían. Al contrario, al amanecer, como ahora, se hacinaban sobre el vallado multicolor de su memoria. Se sobreponían al lánguido resoplar de Fernando, a los suspiros y contumaces sueños de los hijos. Se esperaban a que, con el sigilo acostumbrado, María encendiera una tenue bombillita, preparada para el menester, se sentara, con la congoja de quien abandona el sueño sin haberlo cumplido del todo, y arropada por la toquilla, en los hombros, un café de aguachirle, y un brasero bajo los pies, montara el carro de la vieja Olivetti, compañera de tantos apresamientos, cómplice y amiga, en el momento de capturar las vivaces mariposillas, y compusiera con el teclado, la banda sonora de la madrugada en el oscuro piso de la ciudad, frío e inhóspito,  hasta que llega el momento justo que comienza el baile de letras en la Olivetti. En ese momento, se llenaba la estancia de una cálida calima que endulzaba la frialdad de las paredes, decoradas con un papel de medallones que la mira entre perplejo e  indiferente. Porque María es feliz de dos maneras. La primera, así, atrapando palabras, que sin su tozuda calma y perenne seguimiento, podrían fenecer, en el lento camino del desuso. Y zurciendo calcetines. Reconoce que esa segunda labor, no por prosaica, desmerece. Y es que  María podría explicar, a quién correspondiera con la pregunta, la grandeza de los zurcidos calcetines, que luego, ya entrada la tarde, cuando las manos se vuelven diestras, las falanges retornan a la lubricidad, toma el huevo de madera, asaeteado por mil roces de aguja, lo introduce dentro del calcetín de turno, y se pone a zurcir, como si no hubiera un mundo tras del  balcón que bulle y escamotea lucidez a la tarde. Tarea vespertina, pues, el zurcido; cuando los niños aparecen, con los chorretones de  vida corriéndoles por el rostro,  la rodilla pelada y sangrante de alguna caída, y el pantalón bruñido del lodo y del polvo, de una jornada agotadora. Mientras les prepara la merienda, vigila con ojo avizor el calcetín, que sujetado por la aguja, dejó descansar entre sus hilos y rellenado por el huevo de madera, descansa, cerca de la  Olvetti. Ambos artilugios, son el matrimonio perfecto de sus palabras. Ella, la máquina, que yace callada en la mesa nevada de papeles y notas, guarda, en dolida espera, las palabras, que mañana brotaran y quedarán fijadas en el anaquel de la hoja de papel, de la ficha, que desperdigada yace entre cientos, en la mesa improvisada entre dos sillas, que Fernando, siempre atento, la preparó para su disfrute.

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A veces se siente culpable, por apresar las palabras, que sin ella, vagarían libres por el universo poblado de conceptos, de ideas, de sueños, en el que nacen, viven, y a veces, mueren. Se siente como carcelero, o como coleccionista que atrapa mariposas y las clava, después de desentrañarlas, abriéndolas en canal, y expurgando su interior, en un corcho, donde son expuestas a las miradas indiscretas de los viandantes, que no sienten más que una cierta utilitaria procacidad por esas mariposillas. Piensa, no sin razón, que sin ella, vagarían libres, fruto de un momento, o de un pensamiento raudo, o lento, de una historia o de un momento, con vida y muerte natural. Se siente carcelera de esas mariposas. Pero María no puede evitarlo. Siente que cada nueva palabra, la impele a buscar otra, y otra más. Como si estuviera en el mundo con esa misión, la de atrapar vocablos  y zurcir calcetines. Por eso, ahora, con las primeras luces del alba, encendiéndose, en un cielo que desecha el plomo para lucir pronto el sol, en franca escaramuza con las sombras, toma el teclado de la Olivetti, rebusca en el colmado de los sueños, aún recientes, las palabras que llegaron al anaquel pletórico de espera, y las plasma, una a una, con lenta puntada. Las deja pegadas a una hoja, trascendiendo del momento, prestas para ser usadas por el amanuense de turno, o el leguleyo, o el liberto, que las usa,  liberándolas un rato, para que se solacen, luego, una vez apresadas, las vuelve  al anaquel donde las pone María en sus madrugadas. Cada día atrapa unas cuantas. Ellas, furtivas, a veces, se le escamotean, o se difuminan en el mar de conceptos que la pueblan , pero las conoce, sabe sus tretas para eludir la aguja de la Olivetti, y las apresa con tino. Apenas se le escapa alguna.  Por la tarde, cuando vuelve del trabajo, prepara las meriendas para los chicos, los acicala un poco, para que estén presentables el tiempo que resta al día y mientras ellos chapotean entre sus libros, toma el huevo, lo introduce en el calcetín y lo zurce con la misma presteza que las palabras. Con cada puntada vuelven a revolotear las dulces mariposas, ella, en silencio, presta a no pincharse con la aguja, contempla de soslayo a la Olivetti: “Mañana os apreso”, les dice a las palabras. “Mañana, que ahora coso calcetines”. Con un ojo  vigila a los chicos, no se desmanden y le hagan un chicoleo, próximo al desastre. Mientras cae la tarde, y se funde el claroscuro en busca de la noche, como una amante.

 

Fin.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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