En Tránsito

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No sé  cómo se ha dado cuenta. Y porque me pregunta por mi estado. Imagino que debe estar usted en tránsito con mucho tiempo, para fijarse, porque a nosotros nadie nos ve. No es que nos escondamos, no, solo que a base de llevar los ojos colgados de los propios problemas y de los monitores, que escupen datos a cada momento, no se contempla nada de fuera, y nosotros somos mero paisaje urbano, como las sillas, las papeleras, tan intrascendentes para la vista de ustedes que a fuerza de estar, no se nos ve. Estamos, caminamos de forma anónima, con unos pasos que nos conducen a ningún lado, con la rutina que hace perezoso el espanto de no poseer nada, pero somos trasparentes para la vista que selecciona lo que le interesa.

Le contestaré por dos motivos. Me cae bien. Su cara sonrosada, parece de buena persona, tiene mirada curiosa, pero limpia, con unos ojos cristalinos, espesados por los años y la experiencia pero en los que no asoma la desolación. Es un punto a su favor, que reparara en mí, y pregunte. Habrá observado mi sorpresa, ante su voz: “hacía donde viaja usted, que le veo desde hace un rato sin parar” preguntó. Como si no intuyera que yo no viajo. No me niegue con la cabeza, hombre de Dios, que da igual. La sorpresa me dejó, por un momento sin fuerza para responder, tanto que usted se dejó llevar por un sentimiento rayano en la desolación, pensando en la improcedencia de su pregunta. Al contrario, le agradezco que me inquiriera. A fuerza  de no hablar más que lo justo, uno pierde la capacidad de expresarse. Eso me asusta, por eso, le contaré  con un poco de extensión, mi vida  aquí.

 

Cada día cuesta más desplegar el cuerpo. Cada mañana, desperezar los huesos dentro del saco, se hace oficio de titanes. Y no puedo demorar el levantarme. El vuelo de Berlín está anunciado a primera hora. Las salas se convierten en hervidero,  me cuesta hacer el hatillo y desaparecer de la vista de los primeros viajeros, que llegan adormilados, pero alguno, puede que entre el telón  de sus pestañas, repara en nosotros. Es curioso cómo nos llenamos de rutinas, aun en los momentos de máxima precariedad, como el que vivo ahora. Levantarme, envolver el saco, bien plegado, con los papeles y el mantón que aísla no solo del frío nocturno, sino de la dureza grumosa de un suelo impío, se convierte en rito cotidiano. Enroscadito, plegado y apretado sobre sí mismo, para que, apenas, ocupe lugar en el hatillo que luego me acompaña durante el día. De inmediato, el aseo, porque es importante no dejar cabos sueltos. La dejadez, la suciedad, son prueba segura de nuestra apariencia. Nos hace visibles, entre los miles que transitan, presurosos, atildados, cansados pero con la  resolución, de tener un sitio a donde ir, una meta clara, en su tránsito. Y es imprescindible, si queremos seguir aquí, que mimeticemos con ellos. Por eso es útil la higiene. Durante el tiempo en que me aseo, uso el lavabo,  con astucia. Cada día uno diferente,  como forma de eludir la mirada escrutadora de  las limpiadoras. A veces las oímos rezongar: que desaparece más jabón que el debido, que el suelo se encharca más de la cuenta, que falta jabón, que no hay papel. Me consta que hacen la vista gorda, las más de las veces. Algunas, otras no. Escrutan con mirada de búho, los nimios detalles que nos delatan. Como la infame Dorina. La huimos, como al diablo. Denunció a varios, consiguió que nos expulsaran, por unos días. Luego retornamos con más discreción, con pasos inseguros, hasta labrar la rutina, que le cuento.  andar.2

A pesar de todo, es un privilegio contar con techo. Caliente en invierno, sin el mordisco voraz del frío que corta el rostro, atenaza las manos, y dobla las piernas, sin compasión, ni pausa. Mientras aquí, salvo por la megafonía y el tumulto de las horas punta, se está caliente y con una gran dosis de comodidad. Y no, no rechazo ese tumulto, gracias a él, podemos mimetizar con el ambiente. Fundirnos con el paisaje de gente caminando hacia distintos destinos, acarreando maletas, bultos, paquetes varios. Como nosotros. Lo único que nos diferencia del viajero, es la mirada fija con la que caminan. Tan solo la desvían, por un momento,  al estudiar los paneles con esa fijeza obtusa y obcecada que hace buscar el destino en letras luminiscentes. En cambio, nosotros vamos de un lado a otro sin meta fija, y eso se nota. Por eso es útil, trazarse rutas, siempre cambiantes. No es bueno, cruzar los mismos pasillos día tras día, rellenar con los pasos perdidos, las mismas zonas. A fuer de vernos,  los empleados, se les queda  nuestro  rostro, en la retina. Algunos, saben, incluso amparan con su indiferencia que sigamos el paso corto de estos caminos, otros en cambio, como la perra de Dorina, nos boicotean. Y nos denuncian.

Tenemos tiempo, sabe usted, para observar. El ser humano se delata en pequeños gestos. Si uno observa al que parece gran hombre, contempla como los ojos se le extravían tras de una jovenzuela, o columpia, ente la envidia y el deseo, unos ojos lascivos que se pierden detrás de otras parejas, puede darse uno cuenta del ensamblaje moral de los prebostes. O la impaciencia con que atienden las madres, de apariencia abnegada, a los pobres niños, mientras se les abraza al cuello el aburrimiento. Observamos. Como hay tiempo, nos podemos dedicar a ese placer de entomólogo, ¿sabe señor? No hay nada más apasionante que la raza humana, cuando se explaya en el anonimato.

 

Los grandes jefes, bajan a veces. Nos echan fuera. Como medida de precaución, dicen: “Entendedlo, si os dejáramos, el aeropuerto se llenaría de los sin techo. No puede ser, esto es una empresa seria. Lo viajeros merecen respeto”. Que yo me pienso, ¿qué mal hacemos? Quizá solo es la impudicia de mostrar el desvarío de la miseria.  La sociedad, siente pudor ante lo que desecha. No sé si me entiende, señor. Damos igual, pero no quieren vernos, ni saber de nosotros. Que no se vea la podredumbre, que quede a oscuras la miseria humana. Por eso hay que cuidar las formas, como le dije. Importa el traje, el pelo limpio y cortado, las uñas cortas, nada de manchas, una maleta digna, los paquetes bien atildados, zapatos dignos y bien asentados. Así, podremos sobrevivir, sin tregua al camino a ninguna parte que supone este deambular por el aeropuerto.triste

La higiene se hace costosa. En el lavabo, se lava el cuerpo, por partes y sin mucha dedicación.  Controlando entre vuelo y vuelo, temprano. Por eso, es importante, arriar vela, antes del de Berlín. Luego esto se convierte en una convulsa sala de espera, y el baño, nunca se queda solo. En cambio sobre la madrugada, es posible, incluso a veces, lavarse entero, sin más molestias que trancar la puerta, con el palo, que guardo para ello. La ropa, también es factible, lavarla en ese momento, si no hay dinero para lavandería. He conseguido incluso un pequeño tendedero. Escuche usted, que ingenio gasto. Lavo la camisa cada semana. En los váteres de la planta principal, hay unos ventanos, que dan a la calle. Allí las dejo, aprisionadas por el cristal, a riesgo de que la roben, pero dígame usted quien va a querer una camisa usada de este pelaje. Le quito la humedad con el secador de manos, y cuando está aligerada de agua, la cuelgo fuera. Así ventila y la pongo fresca. La ropa interior, a veces, también la ventilo de esa forma. Pero no siempre.

 

La mañana es entretenida. Le cuento, señor. Nos sentamos poco, caminar es la contienda cotidiana. Por las diversas salas, contemplando la llegada y salida de más de cien vuelos. Moscú, con su pasaje lleno de mujeres altas, rubias, con ojos enfriados con el lujo y el deseo, que contemplan con lujuria los escaparates, como si fueran golosinas prestas a ser devoradas. Hombres gordos, en su mayoría, lustrados, con los ojos también verdosos, como cristales de botella. Llegan apresurados, caminando seguros de pisar tierra conquistada.  Londres, Paris, Ámsterdam. A veces nos marchamos a las salas de países lejanos. Me gusta ver a los árabes, con sus faldones impolutos y sus manteos, caminar de frente, sin contemplar nada a su paso, como si pisaran tierra hostil. Con sus mujeres, detrás de ellos, mirada baja, cubierto el pelo.  Las hindúes, con esos saris multicolores, que reflejan la luz, y ensalzan la imaginación hacia coloridos paisajes y sol calcinador. Hacia mediodía paro, descanso y como. Es posible hacerlo por poco dinero. Un bocadillo, o bien, hurtando el sobrante de algún plato, comido con  premura,  dejado al albur de la prisa por la próxima salida del avión. Hay días que rebañando se consigue una precaria comida, y algo de cena. Que guardo con entusiasmo. Hay unas horas de tranquila pausa, entre las dos y las tres. Me siento luego, oiga usted, que la mañana es muy cansada. Incluso descanso y veo la tele. Me gusta ver cómo va el mundo, aquí, bajo el paraguas de este teatro, uno se puede quedar aislado, salirse fuera. Y no me gusta. La tarde llega, y volvemos a la rutina. Vagar despacio, hacer pasillo, dejar en algún momento descansar el cuerpo. Luego la noche, que va cayendo, con el sigilo de una tenue calma, en el trasiego. Los vuelos nocturnos son escasos. Aminora el ruido, se calma la trashumancia. Llega el momento de ceder al sueño.

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¿Qué donde duermo? Ahí, amigo, va en el ingenio. Cuando todo se apaga. En el silencio, despacio, sin ruido, me introduzco en una de las salas Vip. Suelen estar cerradas, pero no sé bien como, desde hace un tiempo, alguien se deja una puerta abierta. Están calientes, tienes sofás mullidos, que mecen el cuerpo. Si no hay suerte y están cerradas, despliego el saco, y echado en una esquina, silente y solitaria, repliego el esqueleto sobre mí mismo y me entrego al sueño. Y sueño, oiga. Sueño en color, con el calor dulce y ambiguo de un abrazo, con entrelazar las piernas con otras, cálidas, mientras las manos juegan con una piel que me apacigüe. O sueño en gris, con amplios pasillos, que engullen gente, y escupen ojos hacia la nada.

 

La noche, es el momento de mayor peligro, donde se sueltan las malas artes. Es posible que alguno de los que vagamos, venga, con un cuchillo a arrebatarnos lo poco que poseemos. El sueño nos desampara. Sabe usted, a veces la miseria es poco solidaria. Ahuyenta la piedad, no tener casa ni nada, despacha la impía venganza de los más débiles. Otras, en cambio, nos hace hermanos. Depende siempre de un alma huidiza, de esa que sale por una puerta leve, que son los ojos. Por eso, observo. Es mi trabajo.

 

Fin.

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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