El Saxofonista

Contar anécdotas delante de quien tiene oficio de escribidora, es arriesgado. Todo es convertible en historia. Todo se retoma, tamizado por una imaginación enferma, que hace de lo contado un  cuento, lo pone alas e intenta hacerlo volar. Unas palabras desgranadas en una amigable charla, describieron, de forma brillante, una imagen que se anidó en mi mente. De ahí nació este cuento. A fuer de hacer justicia, el merito, la causalidad es debida a don Goyo Alvarez, que tuvo a bien, compartir y departir, con vino milagroso incluido, con la escribidora y más gente. Sirvan estas letras como desagravio, dedicatoria y agradecimiento, por la historia, los momentos y el vino. Va por usted, don Goyo.

 

 

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La luz desprendía mechones difusos que no llegaba a dar nitidez a los pasos que seguía sin tregua. Daba igual. Tejía consensuada con la monocorde memoria de lo bien conocido. Podría haber tejido la labor, a ciegas. Noche tras noche, después de despachar la cena precaria y acompañar a Stan a tocar, retomaba la labor, en la misma esquinada zona del proscenio. Amparada por las sombras de las lúgubres luces, de los ojos crispados que seguían la música a base de danzar en unas orbitas fija, peleaba con las agujas meciendo mi decepción a base de ganchillo.

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Sentía admiración por Stan Fletcher. ¡Cómo no sentirla! Todos amaban a Fletcher. Sus fraseos memorables movían las carnes más patibularias, en cuanto comenzaban. Dejaba en el intro una parte del alma. La otra,  la desgranaba lentamente, hasta el éxtasis total de la coda. ¿Cómo no amar a Fletcher? ¿Cómo no sentir admiración por la fascinación que produce en quienes, noche a noche, vienen de lejos, como en procesión sacrosanta a oírle? Lo que ocurre, es que después de tanto camino andado al unísono,  a una los oídos se le acolchan, anudando sobre sí mismos los acordes, hasta apenas oírlos, de puro oídos. Se me adormece el ánimo, durante las horas que pulula, en calzoncillos en casa, desprovisto del embrujo cicatero de las luces, del encanto que da el esquinado escenario, donde todo luce más variado, en el imaginario soñado por los que le escuchan, embrujados, por el impulso musical, no por la realidad, que es la que yo conozco. Cuando Fletcher se queda en calzoncillos en casa y ensaya hasta hacerme aborrecer los acordes elucubrados en momentos de gloria o de penuria, se me asusta el interés  y casi le pierdo, o le pierdo un poco. Así le conozco yo, desprovisto del brillo que da el genio. Cuando los churretones de sudor empapan la camiseta sucia, que se niega a entregarme para que la lave, porque dice que le da buena suerte, llevarla mechada de su propia esencia. Lo que yo veo, entonces, es un hombre poco pulido. Él, cree que la esencia musical destila por esas opacas axilas, macilentas y húmedas. Cuando el olor agriado por el vino barato que enciende su genio, le precede. Cuando su pelo ralo luce desmadejado y cubierto de un manto blancuzco de caspa. O tembloroso, dejándose atrapar por un miedo escénico que a fuerza de buches de ron, tengo que apaciguar. Así le conozco yo. Ese es mi Fletcher. No el que resuena y brilla en este escenario a base de cimentar una falsa apariencia de genio, cuando no es más que un vulgar tipo que toca el saxofón. Que es como no decir nada. Y ellas le aclaman. No le ven cuando suda, cuando mea aterido por el anonadamiento que da una noche de ron, mecida por la melancolía. Ellas acechan al Fletcher que deja la sensualidad deslizarse por unas notas que crean un falso hombre, que solo existe en la mente de quien le escucha. Por eso, me llego hasta aquí. Con la labor a cuestas, noche tras noche. Recojo los restos de un hombre enjalbegado de tristuras y vacíos, que queda, después de haberse desangrado fraseando, intentando llegar a los acordes más nítidos, más emotivos. Cuando se queda hueco y solo el ron y las rameras pueden llenar el vacío.

Entonces le recojo,  me lo llevo conmigo. Trenzo la lana de la labor, que avanza noche tras noche, en una tejida interminable, y me lo llevo a casa. Allí,  dejo el excremento, en que se convierte Fletcher, en esas madrugadas donde el aire del amanecer se filtra por los visillos hueros, y le acuesto, como se acuesta a un niño. Como se acuesta a un muerto. Me lo quedo, por si acaso, en algún momento decide regresar al tiempo en que vibraba y se reconocía en mis ojos y yo en los suyos y vuelve a tocar para mí. Mientras tanto, tejo, a su lado, en la esquina, huyendo de la vista de los que le admiran y sueñan con sus acordes. Les hace soñar, como a mí no me hace. Por eso, noche tras noche, le acompaño.

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Tomo el mismo camino, pisando sobre sus pasos, aunque él, con la mirada me censura y me odia. Sigo, unos pasos perdidos, porque sé que sin mí, él , estaría huérfano. No habría saxo, ni fraseo, ni acorde, ni coda, ni ritmo, ni nada. Se quedaría quieto, acodado en la barra, amarrado a una copa de ron, con una puta cerca, que le dijera las cosas que a él le gusta oír, pero sin el enjambre de tareas cotidianas que resuelvo para él. Se quedaría hueco a base de vaciarse en el vaso de ron. Por eso le acompaño. Por eso, para que no se pierda, aunque, ahora que lo pienso, es posible, que para no perderle.

 

 

Fin

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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