El recuerdo

 

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Me llegan esos ojos que como oscuros pozos me miran hasta dentro. El recuerdo de otra mirada azul, desagraviada, cuando lucía sin el espanto decorando unas pupilas muertas. Me llegan, con esa mirada, los recuerdos. Recuerdos de cuando abandonábamos una niñez, con precocidad y prisa, en aras de un camino, incierto e inconcluso, que todos augurábamos feliz, de tanto desearlo.  Entonces, tus ojos eran como un límpido cristal al que asomaban difusas luces, de prisa por vivir, por experimentar. Aunque ya se adivinaba el pozo de desasosiego que luego te cruzó. Quizá solo lo percibía yo, de puro deslumbramiento y añoranza. Los demás, veían unos cristales azules, como el mar más azul, de un día limpio. Donde yo intuía miedo, ellos, veían  el abismo de osadía en que todos queríamos sumergirnos y solo tú y unos pocos, os atrevíais a conocer.

 

Yo veía una boca escarchada de sonrisa y de dudas; los demás veían una sima donde saborear la miel de tu saliva. De tu piel,  amelocotonada, solo tengo un liviano recuerdo. El que robé la noche de la fiesta. ¿Recuerdas esa noche? Ni un leve vislumbre de recuerdo adivino en tus ojos. Normal, para ti, solo fue una noche. Para mí fue el atisbo de vivir el paraíso que supuso rozarte con mis dedos. Alimentar mi sed con tus labios, sentir en mi pecho la dureza del tuyo, clavado en mis costillas, mientras mi mano trémula, hurgaba por tu falda. Me sorprendió tu entrega. El que te dejaras llevar a la esquina de la estancia, por mi mano, atrevida, con el valor que dan unos vasos de alcohol, para lograr acercarme hasta ti. Luego supe, que se trataba de dar celos al otro. Al que tú seguías sin la desgana que mostrabas conmigo. Al macho alfa de la manada, que todas admirabais y nosotros odiábamos cordialmente, sin atrevernos a mostrarlo, no fuera que por ello, perdiéramos la nariz, en combate desigual. Luego lo supe, y ¿sabes qué? No me importó demasiado. Hasta ahí llegaba mi falta de orgullo, o el deseo de tenerte, aunque fuera robada. Aunque fuera un instante de tu vida, que luego se borrara, despechado como algo inexistente. Por eso no lo recuerdas. Recordarás al otro, seguro, o quizá lo mezclaste en la amalgama de otros que hay en tu cabeza.

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Esa noche, por unos minutos, fuiste mía, como nunca lo fuiste. Te robé unos instantes, mientras mi mano socavaba tus piernas, acariciaba el calor de tu sombra y entraba por tus intimidades como ochavo de pobre. Mientras el pelo, sedoso y con olor a albahaca, se enrolaba por mi cara, poniendo telón a un fondo de simientes y de calendarios hueros. Arriba en la cúpula del cielo, las estrellas tembladoras contemplaban la escena, con brillo y desenfreno. Por unos minutos fuiste mía, cómo pudiste haberlo sido para siempre.

Él llegó. Tiró de tu mano, la que quedaba desmayada colgando de mi espalda. Te gritó: “zorra”, como si gritara a algo que pertenece. Una cosa, no una persona. Yo hierático y amedrentado, me desgajé de tu piel. Desenrosqué mis manos de tu cuerpo y como un cobarde te entregué. Ni tan siquiera supe defenderte. No supe luchar por mantenerte conmigo. Quizá porque sabía que tú nunca querrías mi defensa, o porque mi cobardía era mayor que mi deseo.

 

Te fuiste con él. Me sonreíste, como se sonríe a un niño, cuando hace travesuras. Con tus ojos, me despediste sin pena, casi con desprecio. Y te miraste en sus ojos. Le sonreíste a él, que te llamó zorra, unos segundos antes, como nunca me sonreirías a mí. Como hembra aprisionada de una pasión que puede destruirla pero que le hace gozar, zamaqueando el corazón con violencia.

 

Él, era alto, más que la mayoría. Vestía unos vaqueros, prietos, que llenaban unas piernas zancudas y musculadas.  Una camisa deslavazada y sucia que dejaba ver parte del pecho, del que colgaba a modo de cadena unos oros vistosos, con medalla de amor de madre. El pelo, ralo, crecía en crenchas desordenadas. La mirada se tornaba clandestina en momento, en otros,  dura como esmeril. La boca, en paréntesis perpetuo de ofensa o de desazonada mueca de desprecio hacia el mundo.  Andaba a cojetadas, como si el suelo tuviera fuego y no quisiera pisarlo. Te tomó de la mano, como alguien siente la propiedad privada. Casi te arrastró tras sus pasos. Y tú, le seguiste, obscena, obediente, voluntaria. Mientras, yo me quedé mirando, la figura deslavazada de vuestros cuerpos, diciéndome, muy a mi pesar, que hacíais, mal que me pese: buena pareja.

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Ambos erais fuertes, desabridos, valientes, con el valor que da la obstinación de quien se siente poseedor de la fuerza, de la verdad absoluta, que da descubrir el mundo,  con el coraje de ser joven sin miedo. Sabiendo que el mundo se plegaba a los pies de los que lo miran de frente y sienten el poder de la juventud y la belleza en la mirada, reflejada de los otros. Así os vi alejaros. Poderosos. Bellos. Macizos. Valerosos.

Yo me quedé apoyado en el mismo pretil que compartí contigo.  Quedé solo, con el cielo apagado y la huella de tu piel en mis manos. El olor de hembra, de lavanda y de albahaca de tu pelo, se me anudó entre las fauces de la memoria, y hasta aquí ha llegado. Nunca volví a sentirlo en otra mujer, ni en otro amor. Nunca recuperé el tiempo de esos momentos que te tuve en mis brazos. Solo en mi recuerdo, que al filo del olvido, te encuentro ahora. Ahora, que ya no eres tú.  Te desdibujaste  en una copia mala de ti misma. Como un muñeco desvencijado, yaces en mi cama, con aire cansado, que está vuelta del todo. Que solo quiere el dinero, para salir a buscar esa vida que te compras con la sangre que dejas en cada nuevo encuentro.

Y yo me encuentro tan cansado, para intentar recordarte que fuimos en otros momentos, viejos conocidos. Que te amé en el silencio de las aulas.  Te amé en la lejanía de las fiestas a las que acudíamos, entre otros, donde yo te admiraba y tú ni me veías, entretenida, entonces, como ahora, en dilapidar una vida a golpe de  zarahúrda y algazara salvaje.

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Cuando te vislumbraba bailando, allá arriba, iluminada por las luces y los ojos hambrientos de todos lo que te contemplaban, me quedaba extasiado de aquellas contorsiones que domeñaban tu cuerpo, cimbreándolo, haciendo filigranas con la piel que quedaba desnuda, por la pequeña falda que llevabas. Cuando tus senos, se agitaban al compás de la música, yo temblaba de deseo, pero también de admiración y de respeto. Te hubiera amado allí mismo. Hubiera despojado tu cuerpo de las livianas ropas, delante de aquel mundo, y te hubiera poseído una y mil veces. En cambio, te contemplaba en silencio, tomándome una copa, ahogando el deseo en un vaso, que poco o nada aliviaba. Luego, me iba, solo. Marchaba, abandonando a los amigos, o a las otras, que se cruzaban a mi paso. Marchaba al silencio de las calles, por donde caminaba, para sazonar mi pena con tu ausencia. Luego en casa, recobraba la meliflua memoria que fue mi compañera durante décadas.

 

A veces, la rabia se contenía en el aire. Al verte manoseada por famélicos de amores sin sustancia. Te veía entregada a un ansia de vivir, como si necesitases comerte la vida a boquetones. No entendía esa prisa. El arduo correr en pos de algo, que ni yo, ni quizá tú misma entendieras. Quizá ese fuera el problema, que no nos entendimos. Que tú no entendías el marasmo de luces que era tu mente, en aquel tiempo. Estabas demasiado empeñada en vivir, en sumergirte en todo el fango luminoso que aquellos años ofrecían.

 

Empeñada en sentirte compensada por lo que la vida te arrebató, sin tú poder hacer nada. Años después, seguí tu rastro, como se sigue algo que obsesiona, porque no se puede tener. Supe, que el padre a quien amabas, emprendió el vuelo y no supiste de él, hasta que el tiempo lo derrotó, como tú estás ahora. Os dejó, apenas empezabas a vivir. Tu madre, aquella mujer que atisbábamos entre visillos, ofuscada y oscura, ahogó en el silencio de una casa que se desmoronaba, su tragedia, su amor. El no poder olvidar, ni superar la soledad vacía que la huida la sumió. Y tú quedaste sola a unos años en que todo se siembra. No te disculpa, no. Pero te absuelve el silencio, que entonces había en tu casa. Por eso necesitabas el ruido de la noche. Necesitabas el auxilio de brazos mercenarios para acallar el silencio de una casa vacía, pertrechada de palabras no dichas, enjabelgada de dolor contenido, de ventanas selladas, que ocultan al exterior, lo que filtran paredes. La soledad más hechizada te rodeó con su abrazo de lobo. Por eso, buscabas compañía, amparada en tu cuerpo. Evitabas volver  a aquella casa, que gritaba el silencio de la ausencia, de la infancia pérdida, evitando contemplar el surco que las lágrimas dejaban en el rostro de tu madre. Porque tú no derramaste llanto, lo derramó ella todo. Lloraste con sus lágrimas, sin desahogo, pero con el dolor contenido y espeso que ella traspasó a tu mente, casi de niña. Sin amparo y sin dueño, vagaste por la senda del tiempo. Nadie supo ver el dolor en tus pupilas. Nadie comprendió que cuando te desnudabas, pedías compañía a cambio de un sexo compartido,  posiblemente ni disfrutado. Nadie supo ver nada. Yo tampoco, por eso ahora te lo cuento. Buscando absolver mi pecado, aunque tú ni te des cuenta, absorta como estás en acabar ese cigarro, y marcharte corriendo, en pos de lo único que te consuela. Tu amante, desde hace años. Esa muerte que nada por tu sangre, emponzoña tu mente, evitando recuerdos, dejándote nadar en un mar de simientes ocultas que nada manifiestan, ni tan siquiera que estás viva. Porque esa ponzoña, te evita conocerte, y conocer el mundo que te fue tan hostil. Por eso te lo cuento, aunque tú no me escuches. Aunque tú estás ausente y dividida, entre el ansia de marchar, o de sacarme más dinero. Porque ves en mis ojos, la posibilidad de retenerte y de calmar esta sed insaciable . Por eso estás aquí, enmadejada en las sábanas de mi cama, fumando ese cigarro, y mirando al techo, con la mirada ida. Vacía de vida, y plena de desespero. Por eso no te vas. Y por eso te retengo, con la promesa de un dinero que puede que te entregue, aunque con él esté empedrando el desastre de una vida sin ruta.

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No me engaño. Sé que no tienes redención. Que tu piel está tan ajada, que ni mil días recuperarían el lustre de antaño. Por tus venas hay tantos caminos, que  está grabada con fuego la historia de tu vida,  aunque quisieras olvidarla, no sería posible. La historia de tu vida…esa que, posiblemente,  olvidaste, por pura utilidad. No se puede vivir embarcado en una lóbrega pasión sin pagar el fielato de un olvido, sin tregua y sin redención.

 

Cuando aún lucías en el cielo de la sociedad que te adoraba, eras rutilante. Brillabas como luciérnaga en la noche. Al hombre que te llamó zorra aquel día, le siguieron otros muchos. Todos parecían el mismo, quizá por eso los escogías. Altos, fuertes, guapos, eso sí. Tenías buen gusto, he de reconocerlo. Por eso, quizá a mí ni me veías. En mi insignificancia nunca reparaste, aunque mis ojos te siguieron por meses, por años, incluso cuando ya no rutilabas, y comenzaste a caer en la sima profunda de una degradación anunciada y prescrita. Te seguían mis ojos, incluso cuando  los tuyos se comenzaron a apagar. Cuando a tus ropas vistosas, y lucientes, le siguieron harapos sin brillo y sin estilo. Cuando andabas trastabilleando por los largos pasillos, en pos de alguna limosna de amor o del veneno que comenzaste, entonces, a tomar.

Te veía seguirlos, cada día con menos luz, con menos vida. Ellos, seguían siendo guapos, pero cada vez más siniestros. Más aviesas las miradas, con más odio en los ojos. Aún eras bella. Te costó mucho perder el apresto rozagante de una belleza que parecía impoluta. El azul cristalino de tus ojos, comenzaba a opacarse, pero aún relucía en la noche, como un espejo donde el deseo se miraba y se reconocía.

El pelo, que llovía por tu espalda, antes lustroso, brillante, como hebras doradas remoloneando por los hombros, se convirtió en guedejas sin brillo, que tú recogías en moños, quizá para disimular el destierro del lustre antiguo. Ya no brillaba, ni bailaba al compás del movimiento de tu cuerpo. Algunas veces te veía reír, acompañada de gentes extrañas que  se adherían a tu estela de mujer de mundo, acompasando el paso, al tuyo, por momentos, para luego abandonar el barco, una vez que se hallaba perdido, entre el mar proceloso de tu desvarío. La risa de tu boca, me estallaba en el oído, como un rebenque que fustigara mi rostro. Antes era risa cristalina, alegre, iluminaba. Después se convirtió en risa de hiena, mechada de tristeza. Y no hay nada más patético, que la risa  entristada, a la que se le nota, que disimula una soledad crispada. Te reías, o bailabas, como mera comparsa de ti misma, como una muñeca que intentaba parecerse a la de antaño. Sin  conseguirlo. Era insultante, el empeño que ponías en parecer alegre, en simular belleza, cuando ya la muerte y el desamparo te carcomían toda.

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Dejé de verte durante años. No te olvidé, porque es imposible olvidar lo que es nuestro, lo que forma parte de nuestra sangre. Tú eres parte de mi mismo. Desgajarte sería como amputarme un miembro de mi cuerpo. Durante años, dejé de perseguir tu presencia. No  creas que desapareciste. Busqué en otras tu figura envolvente, el terciopelo de tu piel y sumergirme en ese mar azul de tus ojos.  Perseguí la quimera de encontrarte en otros cuerpos, de sentir la seda de tu piel, en otras pieles. Atisbar el olor de hembra, de lavanda y albahaca, en otras mujeres que toparon conmigo. ¿Quieres saber lo que pasó? Yo te cuento: Pasó que cada paso que yo daba, en busca de jirones de ti, más te sentía, más presente te hacías en mi vida. Fue como intentar colocar una pieza extraña en el puzle de mi vida. Nunca nadie encajó, porque yo tenía dibujada tu silueta en mi alma, y tu risa en mis oídos. El mar inmenso de tus ojos, estaba en mis pupilas. Así, ¿cómo querías que encontrara otros cuerpos?

Dejé que el marasmo social me llevara en su lento discurrir. Me casé, ¡claro!, tuve hijos, ¡cómo no! Trabajé. Me labré un porvenir. Posiblemente soy un hombre de bien, que guarda en su pecho la herida de no haberte tenido, y de no haberte olvidado.

 

Y aquí estamos. Tú expectante a lo que pueda ofrecerte y yo contándote cosas que ni escuchas ni te interesan, más que como parte de tu trabajo. Aquí estamos. Quizá pronto  vuelvas a tu esquina, donde te encontré, a seguir con los pasos que cruzan tu vida, hoy un desecho. Quizá mañana la muerte te espere amigable, y te libere.

No quiero redimirte, porque ni me quedan fuerzas. A ti, posiblemente, te falten las ganas y la esperanza se diluyera en los caminos de tus venas, esos oscuros que diviso entre los pliegues de la sábana. Perdiste el recuerdo,  todo lo que te humanizaba. Anoche intenté hacerte recordar. Me mirabas con los ojos vacunos, de alguien que está muy lejos, que nada en otras aguas. Que tiene en la mirada otros mundos tan lejanos, que nadie los atisba. Intenté hacerte recordar, aquellos años, en que el lustre dibujaba en tu rostro la aureola del éxito, del poder, que da una belleza sin macula, un cuerpo sinuoso, donde todos deseábamos perdernos. Me dijiste, deformada tu cara con una sonrisa hueca:69883_543363689041592_838731174_n

-Si tú lo dices, será. No me acuerdo. Ni de haber estudiado. Ni de la fiesta esa que cuentas. Pero si tú lo dices, amor, será. Todo lo que tú quieras…amor;  pero fóllame rápido, haz lo que te guste, amor. Pero rápido…y paga antes. Y si puedes dame una manta, que tengo mucho frío.

Mientras desgranabas tu mano por mi cuerpo, con ansia fingida, con indiferencia en los ojos. Yo me sumergía en el pozo de tu sexo, intentando encontrar el olor profundo de hembra joven, con lavanda y albahaca. El tacto rasposo de tu piel, me bramaba en los dedos. Las crestas amaizadas y opacas de tu pelo, me arañaban la cara. Daba igual, porque en mi mente, estabas tú. Siempre estuviste.

 

Fin

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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