El Derrumbamiento

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Hoy me levanté cansada, sin más, cansada, sin motivo y sin causa. El cuerpo me pesa como lastre que cuesta desalojar, acolchados los músculos y embotada la mente, como si llevara en ella un trozo de plomo.  Rezongué en la cama, el tiempo suficiente para que todos se fueran. Me levanté a las diez, no siento mayor vergüenza en confesarlo, aquí en  mi diario, mataría si tuviera que contarlo en público. Porque soy una señora bien y conceptuada perfecta, ama de casa, buena madre y esposa…no de educación religiosa, como decía la canción de mi adorada Cecilia, pero casi. Religiosa, lo justo, para no desentonar con los tiempos ni con el círculo que me rodea. El laicismo me viene de familia, de la propia, porque en la adquirida, mantienen las formas con la delicada sinuosidad de lo aparente, sin fisurar los dogmas, pero sin profundizar en nada. Se deslizan por la religión como por la vida, de forma suave, sinuosa, dejándose mecer por las formas al uso. Se quedan en un tibio barniz, que, si bien, no es molesto, sí resulta tedioso de soportar a los que somos de fuera. Lo cierto es que ni me va ni me viene, tampoco voy a rebelarme a estas alturas. Tener que asistir a misas y a oficios religiosos, por el bien del tranquilo discurrir de los días, sin confrontaciones ni escaramuzas que cansan y no conducen a nada, es tarea cansina pero, con todo, de lo menos molesta. Lo cierto es que  a este agotamiento que me aqueja, no le encuentro motivo ni causa aparente, más que el desgaste vital o el tedio, que todo puede ser. Por eso para deshacer el nudo marinero que aplasta la garganta, cedí a tomar el primer Martini por la mañana. Incluso antes de ir al gimnasio, que ya es quebrantar normas y tomar la cuesta en picado. Con el calor  y la efusiva complacencia de ese tempranero Martini, tomé la bolsa de deporte, las raquetas de pádel y me encaminé a cultivar mi cuerpo, con amplio desapego, dejando aparcada la voz que susurraba mesura y calma dentro de la casa, para retomarlas al volver. Apenas jugué dos sets. El calor arreciando, la bajada del vermut hacia una sangre hambrienta de su efecto, debieron apesadumbrar los músculos hasta hacerlos una masa inútil, que no coordinaba ningún movimiento.  Mi compañera, lejos de apiadarse, me defenestró sin piedad, llamándome mojón, calculando el tiempo que tendría para intercambiarme con cualquiera. Una clase de aero-gym y de zumba africana no mejoraron el comportamiento de un cuerpo que se me rebelaba. O como dice la insulsa de Patri: “se te revelan los años, Puerto, se te revelan, aunque no lo parezca, rozas el medio siglo, y eso cuenta. Aunque no se note” Y me vine despacio, después de tomar un baño burbujeante y dejarme acariciar por los chorros crepitantes de spa. Que acabaron de  apelmazar un cuerpo que se quedaba sordo a mis demandas, marchitado del todo. De vuelta a casa, mientras preparaba la comida para ellos, cayeron dos Martinis, con las consiguientes aceitunas, que no es bueno tomar alcohol con el estómago vacío. Fueron cuatro, exactamente, contadas y las calorías, calculadas, a golpe de bolígrafo,  no se me vaya a estropear la cuantificación de lo que ingiero cada día. A veces pienso que me agota el esfuerzo de mantener un cuerpo que responde a mis desvelos, pero que veo despeñarse sin medida cada día. Me pregunto, a veces, por qué y para qué tanto empeño y preocupación. Luego me miro en el espejo, o mejor aún, me comparo con las muchachas que compiten conmigo en el squash o en pádel y siento,  que sí, que merece la pena, mantener el rígido control sobre todo lo que ingiero. Se me dispara la cuenta con la bebida, porque los Martinis  puntúan, eso es cierto, pero no sabría que hacer sin ellos. Puedo prescindir de muchos alimentos, inmolar el apetito en el altar de la imagen, pero no puedo evitar esas copitas que en la calma del hogar, hacen paréntesis entre un tedio y otro, entre una hora y otra, todas iguales, envueltas en un halo de displicente monotonía. Evito comer, achicando las raciones hasta lo imprescindible para no morir de hambre, ingiriendo cosas infumables, a veces. Me consuelo pensando que no se puede tener todo en la vida. Mantener un cuerpo de treinta, cuando queda poco para doblar la esquina de los cincuenta, merece los rituales y el sacrificio  al que le someto, de forma voluntaria.

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Lo malo es que Ramiro nunca parece satisfecho. Contempla mis esfuerzos, con esa mirada sibilina que le caracteriza, esbozando una media sonrisa, y piensa: “no te canses, no me importa” Lo sé, de tanto oírselo decir. Leo su mirada con la claridad de lo conocido, de quien intuye los silencios. Él nunca tiene bastante, aunque siga utilizando, con cierto esfuerzo y apretando las carnes, es cierto, la misma talla de cuando me casé. Él no tiene bastante.  Sé que me compara con las chicas que se cruzan por su camino. De forma notoria, inclina los ojos, dejando en su boca un gesto goloso de gula controlada. Noto en su mirada  la complacencia, incluso comenta, como si yo no oyera: “pedazo de cuerpo que tiene. La edad, en las mujeres, por bien que lo lleven, se les nota en la espalda, cuando se marca la tira del sujetador, cuando se descuelgan esos boñigones detrás, ya no hay nada que hacer: carne pasada, Puerto, carne pasada” Y cosas por el estilo, frases lacónicas, que deja caer al paso de cualquier mujer que no haya pasado la treintena, lanzando, al tiempo, una mirada acuosa por su cuerpo, para después dirigir la vista al mío, con desprecio.  Incluso en esa cama que más parece potro de tortura que sitio placentero, no puede evitar mostrar la crueldad de su malevolencia: “Apaga la luz, Puerto,  así puedo imaginarme a una veinteañera, porque hija, si te veo, se apaga la pasión” Si me enfado, o muestro la desazón por sus palabras, se ríe. Me acusa de no tener sentido del humor. Es difícil sentir el divertimento cuando las pullas son crueles desatino, pero debo mostrar un poco de tolerancia hacia él. Sé que no lo hace con malas intenciones. Quizá sea su forma de espolearme: “es por tu bien, riquiña, que lo hago, no te pongas seria. Quiero que te superes a ti misma, porque si te dejo, tú no haces nada”. Me dice, cuando ve el gesto de dolor en mi rostro o el enfado cierto. Tendrá razón y yo no sabré dirigir mi vida, aunque contemplar los rodillos que rodean su cintura, tampoco es plato de gusto, y no me quejo, ni utilizo en su contra, argumentos malsanos.

 

Ramiro siempre fue un exigente, hasta cuando éramos jóvenes y no había nadie que pasara a mi lado y no volviera los ojos. Entonces, él, rabiaba, torcía el gesto y me vilipendiaba, a mí, como si yo tuviera la culpa del cuerpo recibido. Su respuesta era casi siempre la misma: “a los tíos, les gustan las frescas, Puerto. Te exhibes demasiado, hija, un mujer legal, no deja que otros paseen la vista por sus carnes” Bien que notaba yo, como paseaba él la vista por carnes ajenas, pero eso es otra historia. Entonces me criticaba por ser demasiado, y ahora por ser poco. Con Ramiro, nunca se está a la altura, menos mal que yo, con el amparo del Martini, me importa poco menos que un carajo su opinión. Y si me importa, añado ginebra al dry y sigo adelante.

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Me pregunto, a veces, el porqué de esta costumbre, o el sinsentido de seguir con un hombre que desecha toda mi voluntad por ser alguien o algo. En los últimos años, cuando la niña, Lara, me mira con unos ojos donde puedo leer claramente la censura, incluso, la pregunta se hace más concisa. A veces se le escapa alguna frase crítica: “¿cómo le aguantas, mamá? ¿Cómo dejas que te humille en público, si tú vales más que él?” Como explicar a una niña que comienza a vivir, lo que es la desazón de sentirse tan sola, lo que es el desamparo de pensar que no se puede caminar sin el paraguas que amortigua el despeño de tantas ocasiones de herirte, que puede haber en una vida solitaria. Cómo explicar a una niña de dieciséis años, que una mujer sola, queda al socaire de unos vientos que hacen zozobrar. Cómo explicarle, al fin, que hice costumbre, lo que quizá es tortura, y no sabría vivir de otra manera. Cómo explicarle a una criatura, que su padre, por cruel que aparezca ante los ojos ajenos, a veces se convierte en corderito y une el desamparo con la amenaza y lo  adereza con regalo de lujo, (el brillante que luce entre mis dedos, es prueba de una de esas veces)  Fulmina mi intención de dejarle con las buenas intenciones y las vanas promesas, que acarician mi oído por unas horas, lo suficiente para seguir atada. Lo suficiente para volver al yugo, más derrotada, más frágil, más cansada del diario batallar con la desafección, con lo cual, él se encastilla y se hace fuerte. Compra con dinero y con buenas palabras el sometimiento futuro: “a dónde vas a ir tú, si no vales para nada. Si dejaste la medicina porque no podías desempeñar el trabajo y ser madre y esposa. ¿A dónde vas a ir tú con esos años y ese aspecto de vieja conculcada? Porque Ramiro, utiliza ese lenguaje. Estruja las frases, las mecha con palabras extremas para que suenen como golpes certeros. Se sienten en medio de la cara, el puñetazo semántico,  no me queda más que el silencio, y el asentimiento. Porque sé, en lo más profundo de mí, que le sobra razón, que no tendría sitio ni acomodo. No sabría cómo andar sin que él patrocinara mis pasos, uno a uno. Por eso callo;  yo misma coloco de nuevo el yugo y camino la senda trazada el día de mi boda, o mucho antes. Eso sí, lo aderezo con mi Martini bien lleno de ginebra.

 

Y es que el puñetazo es certero. Desde niña recibí el mensaje. Mi padre me inducía a estudiar, a ser la mejor. Éramos su honra y su orgullo, y yo por ser la única chica, en vez de achicarme espoleaba mi carácter, de natural, apaciguado, para que le ayudara a demostrar sus ideas, de progresista irredento. A competir sin pausa para llegar a una meta indefinida que solo él conocía, pero que trazó con la mejor de las intenciones. Era mi padre, me amaba, sus esperanzas eran el acicate que movía mi interés. Lo cierto es que mientras me impulsaba a hacerme grande, a mi madre, la rodeaba de causas familiares, de tópicos y de anclajes seguros para que no se desmandase.  Me resultaba, en ocasiones, chocante, esa dicotomía: a nosotros, los dos hermanos, y a mí, nos impelía por igual, hablándonos de libertad, de derechos de la mujer, de igualdad, mientras mi madre cocinaba o limpiaba, alejada de las vanidades mundanas que impulsaba en nosotros. Se dejaba engullir por la maquinaria de la utilería doméstica hasta hacerla desaparecer del paisaje urbano de nuestro hogar. Cierto es, que gozaba de servicio. En casa no faltó nunca, pero el acomodo doméstico, estaba en sus manos, como si las de él, estuvieran dedicadas a miras más altas. Las camisas planchadas y perfumadas, cada una en su estante, prestas a ser desdobladas, vilipendiadas y dejadas luego, sin tino, en el suelo al acabar la ducha. Las maletas, perfectas, cuando era él quien viajaba, o cuando lo hacíamos todos. Cuidó a la madre enferma, al padre paralítico. Se dejó arrugar la vida, mientras él mantenía su apresto de hombre voluntarioso, avanzado a su época y a su manera, intelectual respetado y conciso. Por él estudié medicina, impulsada por su esperanza,  deshice mis ojos unos cuantos años, estudiando la oposición: “quiero una hija cirujana cardiovascular. Pasarás a la historia Puerto, por ser de las primeras mujeres en  hacer trasplante de corazón. Serás una estrella en los quirófanos” Y así lo hice, estudié medicina, hice la especialidad, aunque me asustara ver cuerpos abiertos ante mí y no tuviera mayor atracción por la cirugía. Hoy me pregunto, si fue mi interés o solo quería complacer a ese hombre que aparecía en breves momentos por la casa, oliendo a colonia de lavanda, con el traje impoluto y un maletín siempre en su mano, no sabiendo, bien, si venía o se iba, sobrevolando con su presencia nuestra vida, como si el hogar, fuera una estación de paso. Hice los estudios, me hice  cirujana,  conocí a  Ramiro, mientras él opositaba también, a algo más sencillo, claro está. Se convirtió en funcionario mientras yo me convertí en una médico reconocida en mi especialidad. Al poco nos casamos, vinimos a su tierra, pedí mi destino aquí, y durante los tres primeros años de nuestro matrimonio, aunque hubo desafecciones varias, nunca fueron graves y se saldaban con botellas de vino, flores y alguna joya, sin la entidad de las de ahora. Luego llegaron los niños, y el descalabro.

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Y digo el descalabro, porque con ellos, llegó la prisa, el vivir con premura constante, como si no llegara nunca a nada y el tiempo se convirtió en soga que, a cada momento, apretaba el cuello,  dejándome sin fuerzas. Recuerdo  aquellos años, corriendo sin parar, de un sitio a otro, sin tregua, sin descanso. Levantarme temprano, con el sueño pegado en mis ojos, sin tiempo para ducharme, arreglar el crespo de mi pelo, mientras los pequeños tomaban el desayuno, con el grito siempre presente: “darse prisa, tomar ya la leche, no dejéis nada. Vamos, vamos…” Dejarlos en el colegio con la impresión de no llegar, de no haber aquilatado con precisión las intervenciones del día. Recuerdo las guardias, solapada de culpabilidad por no estar en las cenas, o en las comidas, o en aquellos primeros pasos de mis pequeños, que  perdí. Él, también, pero el reproche fue mío, yo era la madre, la desafecta que no acurrucaba a la prole. Recuerdo las compras, al salir del hospital, sin resuello, con el portafolios caliente en el coche, sabiendo que no podría llegar a casa, estudiar las intervenciones o los diagnósticos siguientes. La culpabilidad de saber la precariedad de mi preparación, cuando dependían vidas de mis manos, de la lucidez de mi trabajo, y  no tenía tiempo de prepararlo con la concienzuda forma para lo que fui formada. Recuerdo acercándome a casa, con el estómago contraído por el temor a que algo hubiera pasado, a sus voces, al reproche solapado o conciso: “¿qué clase de madre eres? No estás en casa para recibir a tus hijos. No estás en casa para evitar la trastada. No me extrañará que salgan delincuentes, sin una madre que los eduque”  Cada día un reproche mayor, una amenaza latente, sin palabra, pero con la mirada de hierro, mechada de rencor incandescente, presto a dejarme sin ellos, sin casa, tan solo con mi trabajo y una pujante carrera que apenas me importaba. Por eso abandoné.

 

Un día, Larita, mirándome a los ojos, como hace ella, con esa profundidad verdosa que lacera el alma, me preguntó: “¿ por qué en vez de dejar la medicina, no le dejaste a él?”. Le respondí que le quería, que era su padre, que ellos eran pequeños, que necesitaban un padre, yo un marido. Que somos una familia. Que la unión es más importante que mi bienestar. Que no me gustaba la vida que llevaba, siempre corriendo, sin tiempo para ellos. Ella respondió: “mamá, y la vida que llevas ahora, ¿te gusta? Esa vacuidad,  ese vacío que lo llenas con el “Hola”, ¿cómo puede gustarte?” A veces pienso, que Larita es un poco como su padre, hiere certeramente, con palabras rebuscadas que mechan un comentario, haciéndolo de pronto, intelectual, cuando es un puñetazo. O quizá es su reverso, a base de vivir con la misoginia por bandera desarrolló una lacerante vena  contestaría, que me duele, cuando la usa contra mí.  No la contesté. Salí de la habitación, dejándola con su desorden. Había sido la causa del desencuentro, decirle que ordenara la habitación, antes de que llegara él, que le molestaba el  caos y la música alta. Para eso tenía cascos, no necesitaba arruinar la calma del hogar con ese vocerío. Y me preguntó, que por qué no abandoné a su padre…Reconozco que lo del “Hola” me dejó un poco perpleja. Lo leo, incluso lo compro, sí. Me avergüenzo de hacerlo, intento camuflar la revista entre otras más intelectuales, pero ella se da cuenta. Se da cuenta que necesito llenar las horas con livianas lecturas, que mi mente no soporta nada espeso. Quizá perdí la capacidad de raciocinio, de pensar en alto. Con el derrumbamiento de mis días, es posible, que perdiera la costumbre de pensar o de elucubrar algo más firme que la decoración de las casas de la jet, el modeleo de la actriz de turno, o de la marquesa. Que me alivia más la soledad, comprobar como envejecen las famosas; con quien se casan, quien las opera, que pensamientos elevados u oscuros, producidos por literatura o prensa científica. Porque mi mente se derrumba cada día. Al abrir los ojos, por la mañana, comprobando el silencio que rodea mi almohada, mojada, muchas veces, por unas lágrimas furtivas, otras, con el tedio transversal que me invade ante la visión de una mente maltrecha y esclavizada. Y entonces viene a mi socorro el dry Martini y todo se vuelve más llevadero porque se me adormecen los sueños, los míos, o los de otros, porque nunca supe bien diferenciar.

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Pensaba al dejar el trabajo, que el tener tiempo, el olvidarme de la prisa, me daría lo necesario para encontrarme a mí misma. Tener un atisbo de felicidad, recobrar las lecturas abandonadas, los poemas que nunca pude saborear, la conversación interesante, las relaciones amistosas que no pude estrechar. Pensé que el tiempo sería la panacea para reencontrarme. Conocer a la mujer en la que me estaba convirtiendo, no la doctora que entraba en el quirófano y se convertía en diosa que daba vida o condenaba, sino la sencilla que adoraba el nocturno de Chopin, temblaba de placer con el coro de Carmina Burana, o se emocionaba hasta las lágrimas oyendo Tosca; aliviando el alma enmohecida con el aria que siempre conseguía emocionarme como el primer día que mi padre, allí, en la lejana biblioteca de mi casa, la puso  conquistando mi gusto musical, para siempre. Pensaba eso, cuando, con lágrimas desesperanzadas  firmé la renuncia,  colgué la bata, me desprendí de la placa que lucía, bruñida en mi pecho, contemplé con los ojos acristalados de nostalgia futura, el despacho, que durante años ocupe, cerré la puerta, me despedí, para siempre de la vida laboral. Al cerrar aquella puerta, encaminar mis pasos hacia la salida del hospital, fui diciendo adiós a un pasado escueto, a un futuro que pudo ser, mientras los compañeros, me sonreían y me decían: “Ahora a la buena vida, Puerto, nos echarás de menos, verás. Ven a vernos” Todo era para tener tiempo, me dije, sin querer confesarme que fue el miedo.

 

Porque fue el miedo el que movió la decisión. El que sentí la Nochebuena, cuando al volver a casa con las  compras realizadas en las últimas horas, acelerada, como siempre, después de doce horas de guardia, él, sentado en el sofá orejero, envuelto en las tinieblas de un anochecer grumoso, me gritó con la rabia reconcentrada de horas de espera: “quien te crees que soy, para pasar una puñetera Navidad, solo, sin cena, con tus hijos esperándote. ¿Qué clase de familia tenemos? donde una madre supedita a su trabajo el cuidado de unos hijos, a los que abandona, en estas fechas” Con los ojos  cegados por lágrimas rabiosas y cansadas, despeñándose por las mejillas, le contesté, que había comprado todo, que mi guardia era inexcusable, que era  cirujana y no podía escaquearme, por mucha Navidad que fuera. La casa estaba en perfecto orden, Mariana, la asistenta pasaba el día cuidando de que todo estuviera  controlado. Él, displicente contestó: “Pones tu familia en manos de una extraña, ¿por qué no celebrar la cena con Mariana? Tú sobras. Vete a tu hospital. No te necesitamos,  ni tus hijos, ni yo. Te olvidaremos porque no te conocemos”. En vano, justifiqué el tiempo de mi trabajo, el desvelo de intentar llegar a todo, sin su ayuda. Esa noche, no se sentó a cenar. Se encerró en la habitación, haciendo que los niños le llevaran la cena, mientras sus padres, los míos, y nosotros, tuvimos la Navidad más desolada de cuantas he vivido. Por eso abandoné, por no volver a sentir el desamparo de la culpabilidad ni el terror a perder todo lo que amaba. Posiblemente, esa noche, me derroté sin lucha. No puedo recordarlo sin sentir, aún, el mordisco de la rabia. Dejé que me achicara, culpabilizándome de un abandono que no era tal. Porque solo abandonaba a mi persona, no a ellos, suplía el tiempo que me faltaba con carreras y prisa, pero tenía todo dispuesto. Por eso dejé el trabajo, creyendo que con ello, encontraría al hombre amable, que tiempo atrás, atisbé después de las tormentas. Y por encontrar a una mujer que era yo, que a base de ir deprisa, no sabía quién era.

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Ni él ni yo nos encontramos. Yo, porque el tiempo se volvió escaso, de nuevo, a poco de dejarlo todo. Quedé sumida en un marasmo de buenas intenciones. Me apunté a un grupo literario, que pronto abandoné, ante la sonrisa sardónica de Ramiro y sus diatribas: “¿qué vas a ser ahora, escritora? La maruja desocupada se busca un hobby…Mejor harías atendiendo a tus hijos, como Dios manda. Y por cierto, como ahora tienes tiempo, despedí a Mariana, no veo la necesidad de pagar un sueldo a una criada, estando tú” En vano protesté. La casa es muy grande, tiene jardín, dos perros con sus pelos y pezuñas, motean cualquier recinto, sin descanso. Recuerdo con dolor, el primer día que me vi empuñando la aspiradora, con la bata que se ponía Mariana para limpiar. Lloré, no sé bien si con duelo o con rabia, por enterrar bajo un mocho con electricidad una carrera, que aunque el sueño no era mío, me lo había ganado. Los ojos de frustración apaciguada por la edad, de mi padre, puso colofón a esos meses. O a esos años. Aunque desde que descubrí el dry Martini, las cosas han mejorado, y ya no sabe la boca a derrota. Me sabe a alcohol recalentado con olvido y cansancio.

 

 

 

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Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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