Multiverso

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No recordaba bien cuando ni quien, pero se lo habían dicho. Le contaron en siseos, que ocurría, o que podía pasar. No era seguro, no era probable, pero sí factible. Se esforzaba en recordar quien fue, pero no lo conseguía. Su memoria navegaba entre nubes de niebla  amalgamadas con briznas de hojas secas que se entretejían entre las borlas que formaba el estrato corneo de difusas gotas que ahumaban el paisaje. Recordaba, como de niña se le quedó grabada la imagen de una puerta que se abría a tibios amaneceres de realidades difusas en irreales. Y se lo contaron. Bajito, como se cuentan los secretos más inmutables. Como se cuentan las verdades absolutas que solo están al alcance de muy pocos. De ella y unos cuantos más. Luego lo olvidó, aunque dedicó la vida a ello, olvidó el origen. El cómo y el por qué surgen las cosas, se originan las vocaciones, los fines y hasta las causas. Lo olvidó. Como se olvidan las cosas residuales, que, sin embargo, se quedan prendidas en la alacena de la memoria. Desdibujadas, difusas, pero consistentes. Hasta que una mano, cual Lázaro despierto, las saca del oculto anaquel de la evocación y las pone delante de los ojos. De esos ojos velados que ven solo lo que oculta la cabeza, sin resabios de constataciones ni demostraciones palpables que solo muestran lo menor, lo que es evidente, lo que puede no ser a fuerza de ser. Estaba segura  que había llegado el día. Todo auguraba un traslado exitoso. Sin vuelta, ni retroceso, con el abismo como recipiente, pero quizá por eso, más deseado, más llamativo.

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No podría asegurar en que basaba su confianza, o su alarma, pues ambas cosas se trenzaban en el entendimiento. Nada que fuera importante de verdad, es demostrable,  de eso estaba segura. Son esa clase de realidades que inflaman la certeza y la inteligencia. Solo lo plano, lo banal, puede demostrarse. Era frase que le repetía de constante Buba, la terrible o dulce, según fuera el día, de Buba, aunque a todos les pareciera un espectro temible, que pocos se atrevían a acercarse y mucho menos a hablarle.

En cambio para ella Buba era un recuerdo enternecedor. De las pocas cosas agradables de la infancia.  Fue su mentora, su origen, su definición, le debía haberse conformado como lo que era ahora mismo. Ahora que se paraba a pensar, quizá fue ella quien le reveló la predicción. ¿Quién si no? Solo Buba, podía acercarse a lo inmaterial con los ojos abiertos. Nadie como ella percibía lo indemostrable, lo importante, lo que no se podía ver con los ojos altaneros que veían las tres dimensiones. A Buba, no le importaba lo plano, lo que al resto de la gente. A veces se pasaba tres o cuatro día sin comer, sin dormir. Sin beber, no, eso se lo explicó un día: “Tiernita (Buba le nombraba Tiernita desde pequeña, cuando su carne era lozana y hacía honor al nombre. Luego se lo siguió llamando, aunque estuviera correosa y  tuviera los huesos calcificados con la dureza del galápago) solo lo sencillo tiene demostración. Lo importante, las cosas que de verdad valen mucho no las podemos cuantificar. Tú no sabes por qué te pones verde de envidia, o amarilla si tienes el hígado mal, o se te hincha el tobillo o las bolsas de los ojos cuando no meas. No lo sabes tú ni lo sé yo, ni esos médicos que se creen dioses y no son más que calzapelotas. Así es, Tiernita, solo lo fácil tiene cara. Nosotras vamos a buscar lo difícil, la otra parte. Llegaremos a donde no llegó nadie. Bueno, sí, el abuelo Argón, sí llegó. Allí se encuentra, esperando, con la puerta abierta, mostrando el camino. Así que anda lista, Tiernita, que llegará tu momento”.

 

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Así era Buba. A sus faldamentos negros, le sumaba la toquilla de fieltro, veteada de grandes manchas blancas. En los pies, calzaba unas polainas altas, que se perdían debajo del vahído de su falda. Cuando cacharreaba en casa, protegía el sayón con un mandil de lana. Sí, tal cual: un mandil de lana. Por mucho que extrañara a grandes y pequeños,  se ponía un mandil de lana para proteger la falda de percal. “¿Quién dice que el algodón protege y la lana no. A mí no me da la gana vestirme como todos” Y seguía su ruta, mascullando maldiciones precarias a quien osara burlarse de sus excentricidades. En verano, si el calor apretaba, como mucho claudicaba,   quitándose la capelina moteada,  calzando los hombros con un pañuelo bosquejado de ramajes en diversos colores. Su larga melena blanca, encenizada, con las puntas tronchadas y abiertas, aleteaba sobre la seda o algo similar, del pañuelo, como palomas agiles. Jamás se le vio cortarse el pelo. No se dice  que no lo hiciera, porque a los pies no le llegaba, pero jamás vio nadie que lo hiciera. Quizá, entre sus poderes, estaba el de parar el crecimiento piloso.

 

Las uñas las llevaba largas, picudas, garreaban con penuria cuanto tocaban . Era  lo que más asustaba al resto de la muchachada: sus manos. Simulaban sarmientos secos, moteados de lunas oscuras; terminaban en  esas espantosas uñas con las que señalaba a quien quería asustar. Y lo conseguía. Buba mantenía a la muchachada alejada de su hogar, a fuerza de intimidación y fuerza doblegada a su frágil figura. De no ser temida, la hubieran quemado como en tiempo de Inquisición. Por eso, Buba mantenía las defensas en guardia. Solo las traspasaba  Alierito y ella misma.  Nunca supo a ciencia cierta el por qué, aunque con el tiempo, lo intuyó.

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Alierito era frágil, blanquecino, del color de la leche recién ordeñada. Con el pelo ralo, cortado a mordiscos de tijera quebrada.  Llegaba a la barbilla al resto de los chicos, porque Alierito era raquítico. A base de hambre y abandonos, se quedó pequeño, malnacido y malcriado, porque así deben nombrarse los huérfanos que se crían, entre la soledad y el letargo del pueblo. Vivía con unos tíos que le molían a palos, comía las sobras de la familia de apego, vestía los furris que dejaban los primos después de zurcirlos varias veces. La mayor parte de las veces calzaba el cieno del camino, que pegado a sus pies, los protegía y evitaba males mayores. En cambio, Alierito, era machote  y bravo como pocos. Siempre el primero en tirarse al lago, a poco del deshielo. Trepaba, como primate, a los árboles más altos. Desde ellos vigilaba el fuerte que defendían los de abajo. Lanzaba canutazos con las piedras que cargaba en su desguazada faltriquera y casi le tenían por capitán de la escuadra y vigía protector de maleantes. Buba vio en él algo, que no pudo explicar, y decidió compartirle el gran secreto. Como a ella. Juntos les preparó para la acontecida.

 

Y la acontecida llegaría presto. De eso no le cabía duda. Se dan las señales, brotan de la tierra los templos coronados que son preludio del cambio. Emerge entre la niebla, las solapadas luces que prenden el ingenio de conocer el resto. Y se aguza la vista más de lo debido, siempre que los ojos se queden prendidos de la puerta que tan solo se muestra a ojos muy viciados en el arte de ver lo que no está. Por eso y por más cosas, sé conoce que está cerca el momento.

 

 

El camino hasta llegar aquí, fue lento, acidulado de simas y montañas, muchas veces, transitadas en precario y con cierto esfuerzo. En realidad llevaban toda la vida preparando el traslado. Desde que Buba les contara el secreto y Alierito la contemplara con los ojos muy abiertos, tal que si viera fantasmas. Lo recordaba ahora, con incierta sonrisa. Fue una tarde de Noviembre. Las campanas tañían en recuerdo de difuntos lejanos, herían el silencio del bosque donde se habían adentrado, Alierito y ella. No iba nadie más. Los otros, menos osados, retrocedieron, cuando la penumbra cruzó como rayo, la hojarasca envuelta en la bruma. Durante varios días, esa niebla, que como humo espeso, no despejó, hasta afantasmar el paisaje y hacerlo brumoso, irreconocible. Se acostumbraron a caminar entre boira, casi a tientas, intuyendo el paso siguiente, con riesgo a descalabrarse y abrirse la cabeza. Daba igual, Alierito y ella, sincronizaban los miedos, los alternaban. Cuando a uno le atenazaba fuerte por el cogote, el otro tomaba las riendas de la marcha. Y así. Hasta llegar al fondo del boscaje. Justo donde vivía Buba. En su chocita, desmantelada por fuera, que sin embargo, por dentro, acogía con brazos de calor a quien llegaba y era bien recibido. Porque eso lo tenía Buba. Recibía muy poco, y a quien le daba la gana. No en vano, se fundió en la profundidad del monte, en balde. Tal que así lo decía: “No llegué hasta aquí para aguantar a memos” A ellos, en cambio, los esperaba con la puerta entornada, con chocolate caliente y unos picatostes, que tomaban alrededor de la mesa camilla, incendiados los pies por el infiernillo de carbón ardiente. Allí les contaba su vida. O trazos de su vida, porque ellos intuían que ocultaba mucho más de lo que les mostraba. Que estuvo casada una época. Ambos se sonreían al escucharlo. Mientras ella, cejijunteaba con incierto enfado ante el son de burla que mostraban aquellas sonrisas: “Sí, mentecatos. Yo fui joven y guapa. Rara, eso sí, pero guapa a rabiar. Me amaron mucho, so memos. Aunque no lo creáis al verme con esta facha. Sí, no me miréis así, que aún si  me arreglo, gano mucho. Lo que pasa es que no me da la gana. So mentecatos” Y así seguía un rato despotricando de ellos, pero sin dejar de echarles chocolate y atizarles picatostes; tantos que Argielito, solía salir de las visitas panzudo y somnoliento de tantos que comía. Y es que quitaba el hambre para días.

Allí se reunían casi cada semana. Siempre que había tiempo, o una voz incierta y apremiante les azuzaba para cruzar el monte, rodear la hojarasca del camino preñado de ramas y troncos caídos y se acercaban. Conforme llegaban, una agitación aleteaba por sus vientres, hasta, a veces, hacerlos parar a aliviarse, de puro nerviosismo.

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Siempre era algo desasosegante acercarse a la casa de Buba. Por lo inverosímil, por la incertidumbre que prendía de cada visita. Unos días les contaba sucesos macabros, vividos por ella o escuchados; otros les hacía experimentos perplejeantes, como el día del péndulo. Buba tomó en sus manos, una cadena larga, de la que pendía una piedra verdosa, irisada, en forma de poliedro un poco irregular. Lo tomó con los dedos, apoyó los codos en la mesa, mientras dejaban escaparse el humo de los tazones con el chocolate.  Comenzó a pedirle a la piedra, con voz tronante y marcial, que se moviera. Ante la mirada irreverente de los niños, comenzó la danza del perdulario. Con ojos atónitos, asistieron indemnes al danzón del aquelarre. Hasta que la piedra salió zumbada a estrellarse contra la ventana, ante lo cual,  huyeron despavoridos, monte a través, dejando olvidados los tazones, no así los picatostes que  Argielito asiló en su faltriquera. Con ellos comería unos días, no era cuestión de que el susto le dejara con hambre.

 

Volvieron mesurados y temerosos al cabo de unas fechas. Encontraron a Buba taciturna, sin fuego en el hogar, sin carbón el infiernillo de la mesa y ¡oh desolación de Argielito! sin picatostes ni humeante chocolate.

-Sois unos memos. Me equivoqué con vosotros. Yo creía en vuestro valor, en la sincronía de nuestras percepciones, que estebáis preparados para el Gran Secreto. En cambio, me encuentro con unos mentecatos que al menor síntoma de anormalidad salen huyendo como parvos-

Los miró con la desolación pintada en su mirada. Las arrugas de su boca formaban un mullido acordeón cercando el labio, que apenas se intuía. Llevaba el pelo recogido en una trenza larga, que reptaba por su espalda en busca de las corvas. Las uñas florecían entre los dedos sarmentosos. Acarreaba leña.

-Te podemos ayudar-

La voz de Argielito, sonaba falsa, condescendiente. Era de esperar su temor a perder el pecunio alimentario del que dependía.

-Acarrearemos leña del bosque, Buba, tú no te canses-

Añadió Ildeara , apoyando la tesitura de Argielito.

-No me hace falta. Yo me valgo bien. Lo que necesito es que abráis la mente, que recibáis lo que tengo que depositar en ella, porque no puedo hacer sola lo que se demanda-

-Jo, Buba, nos asustamos. La piedra salió estampada, pudo darnos en un ojo-

-Pareces tonto. Lo pareces y lo eres, Argielito, hijo mío. El hambre te comió la sesera. ¿Tú crees que hubiera dejado yo que la piedra (que no es una piedra, zoquete, es un cuarzo) te atizara? ¿Tan tonta me crees?-

-No, Buba, de verdad. Perdónanos. Nos asustamos. Si nos hubieras dicho lo que pasaba no hubiéramos escapado-añadió con la voz más dulce que pudo pergeñar Ileana.

-Hay que dejarse sorprender, so memos. Solo quien se abre a lo nuevo, encuentra la puerta-

-¿Qué puerta, Buba?-

-La del conocimiento, sinsorga. Que eres una sinsorga-

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Buba siempre les llamaba cosas raras. Palabras que no conocían, y eso tenía su gracia. Nunca sabían si les insultaba o les decía  ternezas. Por eso, mostraban indiferencia ante todo lo que salía de su boca. De esa forma no se equivocaban y mostraban equidistancia y altura de miras.

-Venga, te traemos la leña…-

La voz de Ildeara, sonó tan falsa como la de Argielito, pero un poco más dulce.

-Venga, id a buscarla que mientras hago el chocolate y los picatostes-

No hizo falta más. Argielito trotó como un corzo en pos de su sustento. Ildeara, le siguió con incierto entusiasmo. Algo le decía que se estaban metiendo en un berenjenal de condiciones imprevistas.

 

Esa tarde hubo revelaciones. Y sorpresas. El péndulo volvió a ajetrearse con la rebelión de los demonios enjaulados. Saltó varias veces, estampó su fuerza contra otra ventana; a punto estuvo de romperla y dejar pasar el húmedo guano a la estancia. En cambio, sí, rompió un retrato, moteado de cagadas de mosca, que Buba mantenía desde tiempo inmemorial, encima de la repisa de la pequeña salita donde repostaban. Al chocar contra él, saltó el cristal en mil añicos con la fiereza de un rayo. Notaron como  Buba palidecía hasta hacerse del color del mármol. Sus manos, se aferraron al cordón, que pendía de su cuello; comenzó una jaculatoria, a la que no se pudo evitar, por el susto y el agarrotamiento producido, asistir.

-Perdóname, Agrómedo. Perdóname. Fue algo imprevisto, la pasión nos cegó. Entiéndelo, hacía mucho tiempo… Tú fuiste el único, pero él, que quieres que te diga, hijo mío. Llegó en el momento en que abandonaba la juventud, me encontró receptiva y débil, Agromédo, que quieres  que te diga. Son cosas naturales, hijo, no te pongas así. Intuyo lo que quieres, pero deben estar las cosas como están. Y si te soy sincera, estando donde estás, en la otra burbuja, no debiera importarte tanto con quien regocije. Hijo mío, que fuiste un poco lerdo en este, y por lo que veo, en el otro círculo llevas el mismo camino. Y no te ofendas, que la verdad es la verdad-

Siguió preceando de esa forma y similar durante un rato, hasta que el propio cansancio y el chocolate, que se quedó frío, reclamó la atención de todos, dejando al pobre Agrómedo, de nuevo en soledad.

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Ellos, asistían al discurso con los ojos perplejos de quien está viendo algo por primera vez en su vida. Con el tiempo y los sucesos, dejaron de impresionarse ante los percances que sufría Buba. Los sucesos que presenciaron en la escueta estancia, llegaron a convertirse en un folclore cotidiano que ni les extrañaba. Las cosas cuando pasan más de una vez, se hacen costumbre,  hasta lo más inverosímil se convierte en rutina.

 

Luego, cuando llegó el estudio, el intentar desentrañar todo lo escuchado y vivido en la cabaña de Buba, fue intenso, pero no tan interesante. Ildeara escogió salir de la aldea, caminar hasta la ciudad, con pasos inseguros pero determinada a hallar las respuestas. Una vez allí, a través de noches  acuareladas de insomnios, dar todos los pasos que desde la lejana aldea, Buba le marcó.

Estudió la teoría de la Interpretación de Mundos Múltiples. Caminó, en sordina, cercana a Richard Freyman, cuando bromeando, afirmó: “Creo que nadie entiende la mecánica cuántica”  Ileana, al escucharle, se prometió a si misma, que ella sí la entendería o al menos se acercaría lo suficiente hasta consagrar lo que Buba prometió con insistencia. Recordaba cada una de las palabras de la vieja, mientras avanzaba en el estudio de teorías diversas, a veces divergentes, hasta volver con paso decidido al inicio. A lo vagamente intuido, entre chocolate y picatostes, mientras las nieblas de Torresaltas abrumaban la escena.

 

Conocía la teoría, conocía el paso a paso del sistema burbuja por el que era posible, al calor del estudio, contemplar varios mundos al tiempo. Conocer las realidades holográficas comunes que se simultanean. Chocaba una y otra vez con el axioma de Einstein: es imposible franquear los diversos universos a menos que se viaje más rápido que la luz. Esa era la piedra angular con la que chocaba una y mil veces: La velocidad.

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Con los años, el trabajo, y la vida cotidiana que le urgió con  cosas preferentes, Ildeara, dejó aparcados los recuerdos, de cuando Argielito y ella, comían picatostes. No lo olvidó, tan solo postergó el interés en aras de las cosas urgentes.

 

Argielito, no se movió de Torresaltas. Se quedó al socaire de Buba. Cuando ésta envejeció tanto que apenas podía moverse, se trasladó  a la cabaña con el poco equipaje que acumuló en su vida de huérfano errante. De eso se había enterado Ildeara, poco antes del día presente. Mientras erraba por los mundos universitarios poco o nada supo del amigo fiel, del pequeño raquítico que pasaba hambre de forma crónica.

 

 

Cuando volvió a Torresaltas, se enteró de todo. Volvió ya cincuentona, cuando la vida se le volvió del revés. Había vivido envuelta en las seguridades de una comodidad, lo suficiente para no hacerse preguntas, para no dejarse llevar por la fatalidad. Hasta que llegó a sus vidas, la Arpía. Sí, la Arpía, porque carecía de nombre, o al menos Ildeara, se negaba a nombrarla, como forma espuria de desaparecerla. Joven, veinteañera, con las ancas poderosas de toda yegua fértil y caliente, moviéndolas al compás de un ritmo que sonaba en sus huesos. La Arpía llegó para trastocar la vida universitaria, que con orden, se vivía en el matrimonio formado por Ildeara y el doctor Schütz. Gunter Schütz, eminente físico, que trabajaba en la teoría de cuerdas, a punto de descubrir las burbujas infinitas que producen esa espuma inagotable que podría explicar todo. Gunter Schütz, que desarrolló, años atrás,  el Principio de Simultaneidad Dimensional, que dice, que dos o más objetos físicos, realidades, percepciones u objetos no físicos, pueden coexistir en el mismo espacio/tiempo. Brillante teoría que ella acuñó con él. No, más bien, reveló ella, porque, él, fue mero apéndice del estudio. Ya se sabe  lo que ocurre en la ciencia, como en cualquier otro estamento vital. Si la firma es masculina, si el descubrimiento es realizado por el macho de la especie, el recorrido de demostración, de verificación es más raudo, más liviano todo. Por eso cedió el privilegio y  dejó a  Gunter Schütz  llevarse la gloria y el portento. Como acto generoso, Gunter Schütz, estando ya en brazos de la Arpía, reconoció ante la plana mayor de sus vocingleros, que ella fue colaborada eficaz, que sin ella, nada hubiera sido posible. Ileana, recordaba sonriendo, las palabras condescendientes de Gunter, mientras una lágrima untada de rabia o desazón, se quedaba apresada entre el telón de las pestañas. Tiempo después ratificó el agradecimiento que ella descubrió leyendo el artículo de la revista de Física, donde, con profusión fotográfica y parafernalia de loores encendidos, se hacían lenguas de la generosidad del profesor Schütz por compartir el triunfo con una oscura esposa, de la  que a más, se estaba divorciando. Nada sabía la revista de Física, de los años en que mantuvo el cuerpo plegado en la silla, los ojos acuciados de escarcha, inmersa en el estudio, las ecuaciones que le llevaron al descubrimiento, mientras el bueno de Gunter, horadaba con sus manos debajo de la falda de la Arpía, que eso también era descubrir.

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Por eso decidió volverse a Torresaltas, como fin y refugio de sus pesares y como descanso al cuerpo dolorido y correoso que la adornaba. Su sorpresa fue encontrar a Argielito, paseando por el bosque, ahora enjaezado por pasarela de madera, a fin de asegurar los pasos turísticos de los foráneos. Seguía la maleza, empecinada, en ahogar la civilización. Cada primavera remozaban las empalizadas, y cada invierno, las nieblas, las riadas, el viento y el hambre del hierbajo, lo devoraba con ansia infinita. Sin compasión. Ella llegó cuando el otoño decoraba la arboleda con ocres, rojos apagados y hojas en desmadre. El camino estaba impoluto, pudo caminar sin destroncharse el calzado. Por ese lado, bien. Pasaron los tiempos juveniles en que se acorazaba trotando por las brañas. Ahora los huesos eran frágiles, se apergaminaban los músculos y tendones, haciéndose nudo indiviso. A poco esfuerzo que hiciera, ese cuerpo, poco acostumbrado al malabarismo del ejercicio, se acorazaba con dolores difusos, con agarrotamientos, con contracturas soeces, que le recordaban el paso de los años. Por eso, casi se alegró al ver la pasarela. Que se entienda, era un pegote. Decorar el monte, apergaminar la naturaleza a fuerza de hacerla cómoda era estúpido. Eso era así, inamovible, pero agradeció caminar sin esfuerzo, intentando recordar por donde se iba a la choza de  Buba, preparándose para encontrar meras zarzas envolviendo el chamizo, y con ello sus recuerdos, quedarían reducidos a las mismas cenizas que quedó su vida, después de la deserción de Gunter.

 

Por eso, la perplejidad la sorprendió en la vuelta indecisa de la senda, desvalida del camino, que emprendió, cuando cesaron las empalizadas. Andaba sin tino, dando vueltas, intentando recordar, cuando de pronto, emergió de las sombras umbrosas que pulpeaban el bosque, el casucho. Lo primero que vio fue el humo que ahuyentaba una nube descarada, que casi atrapaba la casa. Un humo que se rompía a poco de salir, en volutas precisas, en rayas de charnails, que se desintegraban subiendo la ladera. Luego vio la luz, que tenue titilaba, detrás de la ventana y una sombra difusa moviéndose por dentro. A Ileana el corazón le empezó a retumbar, tal que tambor en fiesta. Se paró, dudó un poco, para salir impulsada por fuerzas infinitas que llegaban desde un más allá. Aceleró el paso, trompeó la puerta y sintió los pasos acercarse, al tiempo que el bombeo de su corazón encalabrinado.301647_244130845624787_6731084_n

Un hombre largo, hirsuto, barbilampiño, con ojos estrellados de tristezas y soledad, piel cuarteada por vientos y tiempo, le abrió la puerta. En la mirada, además de lo dicho, volteaba la sorpresa. El pelo, ralo, como de niño, solo que blanqueado, como encalado por el tiempo y la vida. Y la cicatriz que partía la ceja, producida, en los tiempos en que las guerras a pedradas con los del pueblo vecino, eran cotidianas.

-¿Qué se le ofrece?-

La voz era bronca, como en desuso.

-¿Argielito? Tú eres Argielito. ¿No me conoces?-

La duda le surcó esa frente contrita, hasta que al segundo, como un rayo fulgurante, la sorpresa y el reconocimiento le cruzó por la cara.

-¡No…no puede ser! Si eres la mismísima Ileana-

El tiempo paró, entonces. El abrazo fundió los años, las arrugas, los huesos macerados, la estolidez de un vientre apergaminado, las canas y las caries. Argielito, olía a campo, a juventud, a risa, a rio, a pedrada. Argielito, olía a chocolate, a picatostes. A Buba.

-No sabía que vivías aquí. Vine de casualidad, paseando, recordando. Pensaba que no quedaría nada de la cabaña. Y mira tú…-

La hizo pasar. Al entrar Ileana, contempló la pequeña sala. Era curioso lo minúscula que era, tanto que, Argielito, debía mantener la cabeza doblada, quizá por eso, tuviera los hombros tan cargados. Ileana, en su memoria la recordaba más amplia, casi normal, en cambio ahora, comprobaba que era un salón de juguete, como esas casitas de muñecas donde juegan las niñas de ciudad.

Argielito, levantó una de las sillas de enea, que rodeaban la mesa camilla,  al sentarse, traspasó el calor del infiernillo que en su base caldeaba. La enea estaba casi desecha, atada con cuerdas, trenzada en mil costurones intentando aplacar el tiempo y seguir siendo útil.

 

El reloj  se detuvo, mientras ellos entrelazaron sus dedos, se contaron las vidas, con el inciso leve de Argielito,  preparando el chocolate humeante. Allí, después  de varias horas, de contrastar pareceres, descubrieron que cada uno por su lado, habían vivido pendientes de lo mismo. Las viejas historias de Buba. Los descubrimientos de ambos, ampararon la idea de la vieja, de mundos que eran burbujas, de círculos concéntricos, conectados, de hologramas universales donde era posible traspasar el instante, y vivir varias realidades.

-¿Estuviste con Buba hasta el final?- preguntó Ileana, con la presunción de descubrir algo ante lo que llevaba preparándose toda su vida.

-Sí. Hasta que ella decidió pasar-

-¿Pasar?-

-Sí, al otro lado. Ya sabes-

-No te entiendo-

-Ileana, llevas toda la vida estudiando eso. Me lo has contado, ella consiguió lo que Einstein dijo que era inverosímil-

-Argielito, no digas tonterías. Voy a dudar de tu cordura-

-Haz lo que quieras. Se levantó una mañana, los huesos apenas la sostenían. Debía andar por los ciento veinte años. Me miró, mientras horneaba la sopa. Apenas probaba un poco de caldo de pollo, no podía tragar nada ya. Me dijo, con la voz juvenil, que hacía más de treinta años, no escuchaba: “llegó la hora, Argielito. Voy a marchar” La miré con pena, porque fueron muchos años, casi desde que tú marchaste a la Universidad. Casi cuarenta, los que viví con ella. Fue todo lo que tuve en el mundo y el apego es el apego. Pero lo entendí, Ileana. Ya no podía más. Creo que demoró su marcha por mí, por no dejarme solo. Mientras tenía fuerza, me espetaba a cada momento: “eres un adán, si no fuera por mí, comerías mocos, Alierito, hijo mío. O mierda. Adán, que eres un adán” pero daba igual. Yo la quería, ella me quería. Ambos sabíamos que estábamos juntos y solos en el mundo, desde que tú nos abandonaste-

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El silencio sobrecogió la alcoba. Del bosque se colaban graznidos de lechuzas y el sonido de  alguna rama que se resquebrajaba con el peso del rocío otoñal. La cara de Ileana, se arrebolaba calcinada por el chocolate. Los picatostes la remontaron a otras tardes, a otras jornadas, en que apenas llegaba con la barbilla a la mesa, en la que ahora apoyaba los codos.

-Yo no os abandoné. Quería saber, Argielito. Conocer, desentrañar lo que Buba contaba. A ello dediqué mi vida. Y mira tú, ahora el círculo se cierra. Estoy de vuelta, con poco bagaje y algo de miedo-

-¿Te casaste? ¿Tuviste hijos?-

-Sí y no. Me casé. No tuve hijos. Me divorcié. Mi marido, un físico de mucho prestigio, se lió con una becaria buenorra que llegó al campus. Una historia vulgar, como ves. Muy vulgar-

-Lo siento-

-Y ¿tú? ¿Te casaste?-

-No, nunca salí de Torresaltas. Casi te diría que no salí del monte. Hice un cobertizo para mantener un cerdo, una cabra, algunas gallinas, un arcón con conejos, sembré la tierra de la parte trasera, para tener patatas, tomates, maíz, judías…Ya sabes, para subsistir-

-¿Todo el tiempo has estado aquí?-

Lo dijo desolada. No entendía como una vida puede languidecer sin moverse de donde se ha nacido. Él, notó un cierto desconsuelo en el tono de la voz, porque respondió raudo.

-No te engañes. He desentrañado todo desde este lugar. Entre Buba y yo, materializamos los sueños. Hicimos posible lo improbable. Todo por lo que los estudiosos, quizá ese marido tuyo, también, no pudieron hacer, fue realizado entre las cuatro paredes de la covacha-

Al tiempo, tomó la mano de Ileara. La levantó casi en vilo, la condujo afuera. El cambio de temperatura, al salir  de la casa, fue brusco. La humedad caló los huesos, empapó unos pulmones encharcados de humo viejo y la rompió una tos hosca que quebró el silencio del monte. En la parte de atrás, de la covacha, había un cobertizo, en el que al llegar, no había reparado. Argielito, lo abrió, casi a empujones, prendió una luz, que apenas desentrañaba el misterio de la habitación solapada a la vista. Al poco, los ojos se hicieron a la penumbra, mientras  una tela de araña descolgaba sus redes desde el techo, hacia una ingente cantidad de libros, apilados, en el suelo. Había más pegados a las cuatro paredes. En realidad, la alcoba, mostraba un forrado completo de volúmenes, de revistas. Una catarata de papeles, envueltos en polvo, empaquetados por más telas de araña, decoraban el habitáculo, haciéndolo casi inmaterial, cubierto de sombras inconexas.

-Aquí pasé la vida. Bajo la atenta mirada de Buba, que dirigía todo. Porque ella no sabía leer, ¿sabes? Nunca supo. Por eso nos necesitó a nosotros. Toda su sabiduría era innata, concentrada, como se concentran los milagros, en un ser privilegiado. Por eso nos cuidó. Tú desertaste, aunque ella le pareció hasta bien-

-¿Qué quieres decir?-

-Cuando marchaste, yo me emberrenchiné, no te lo niego. Vine aquí, llorando, rabioso. Le dije: “se fue Buba, Ileara se marchó. No volverá más. Triunfará por ahí y nos olvidará” Ella se rio. Lo recuerdo bien-  dirigió una mirada al vacío, como si fuera al momento del pasado que refería, complementó la frase-  me dijo. Es su camino, niño. Tiernita,  debe salir afuera, para estudiar lo que nosotros averiguaremos desde aquí. Verás cómo vuelve cuanto tenga que hacerlo” Te juro que me dijo eso mismo. Por eso, hoy, al verte, casi me da una apoplejía. Buba era sabia, Ileara, muy sabia-

-Nunca lo dudé. Te lo explicó muy bien, porque durante toda mi vida, me dediqué a estudiar los mundos paralelos. El Multiverso, Alierito. Esa ha sido mi vida hasta ahora-

-Como debió de ser. Tú fuera, yo aquí. Ella dirigiéndolo todo. Como si fuéramos sus marionetas. Nos dejó libres para hacer lo que debíamos. Y cumplir con sus expectativas-

-Cierto. Lo que no sé es lo que toca ahora-

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Le miró con cierta dosis de incomprensión y  desazón en el cuerpo. De pronto le asaltó la prisa. Ignoraba la hora, había pasado el tiempo de forma inmaterial. Desvió los ojos al reloj y vio que marcaba las doce y media.

-¡Dios santo! es muy tarde. Tengo que marcharme-

-Ahora no puedes aventurarte por el monte, no seas loca. Si te empeñas, tendré que acompañarte hasta el pueblo y no me apetece nada. Me preparo la alcoba de Buba, que está desaprovechada desde que se fue, y te quedas en mi cuarto-

-No quiero molestarte, Algierito-

-No molestas. En realidad llevo toda la vida esperándote-

Se quedó. Al día siguiente, bajaron, ambos, al pueblo, recogieron los enseres más perentorios, algunos libros, apuntes, y poco más, de la vieja casa familiar y por la tarde, emprendieron la vuelta al monte. En la casa, aguardaba el tiempo retenido, expectante.

 

A partir de ese momento, el reloj marcó las horas necesarias para conseguir desentrañar el misterio de las mil burbujas que componen el universo. El tiempo contó, tan solo, hasta encontrar el tubo que permite traspasar la realidad, dejar ese segundo fuera, hasta perpetuarse en el universo paralelo. En realidad, si Buba, consiguió acelerar el tiempo hasta vencer a la luz, ¿por qué no ellos?

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Hoy por fin, la ecuación era casi perfecta. Por la tarde, cuando la niebla disuelve el firmamento y el paisaje se diluye entre la espesura que cae del cielo en forma de rocío,  llegaría el momento. Se tomarían de la mano, caminarían juntos, hasta el tubo perfecto, formado por partículas negras, inmateriales. Justo hasta donde estaba la puerta de entrada. Poco más arriba, en ese monte que, por algo, fue elegido por Buba.

Hoy vencerían a la luz. Vengarían la ironía de Einstein y pasarían al otro lado. Juntos, como ella los quería. En realidad, a Ileana, le apresaba la esperanza más que la incertidumbre. Encontrarse con Buba iba a ser una gran noticia.

 

Fin     

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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