I,m On Fire

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A la hora en que el cielo se añilea al fundirse con la invasiva noche. Cuando la marabunta de hormiguitas pensantes salimos del trabajo con el ansia de una cena, un descanso, un beso familiar o la soledad de la butaca y el libro, justo a esa hora en que miles, millones, nos juntamos en las enrevesadas vías que conducen a casa, pongo la radio. Como gesto maquinal que ni pienso. Subo al coche y de forma automática, al primer toque de contacto, salta la emisora que, a veces cambio por puro tedio. Suelo llevar Nacional Clásica, por eso del contrapeso al maremoto que me agita después de un día trabajoso, problemático como lo son casi todos.

Creativo. Dicen que soy creativo. La realidad es que creo eslóganes de publicidad, ramplones, romos, que impulsan al resto del hormiguero a comprar cosas que, seguro, no necesitan pero engordan las arcas del cliente. Y las de mi empresa. Y las mías. Corremos contrarreloj en un marasmo de exigencias, de penurias concentradas en la mutilación de una imaginación que yo creía florecida y se quedó en nublado esparto blando, justo a la medida del mercado.

 

Por eso escucho acordes de clásica, para templar. El día y la circulación que a esa hora suele ser desesperada, abatida por el agresivo cansancio que produce la cercanía del descanso, el hurtar horas a la penuria de andar por el mundo, a base de batirse en duelo por el sitio delantero, por cruzar antes de que cambie el semáforo, antes que otro, adelantando por la derecha para llegar el primero al cruce, al parking, a la autopista… Música clásica para templar.

 

Hoy en cambio, algo me impulsó a cambiar la emisora, quizá el desencanto de haber perdido un contrato por las inefables exigencias del cliente que no sabía lo que quería. O sí. Algo efectivo, sin medios para hacerlo, sin gusto, sin plan de choque. No pudo ser. Mi frustración me agarrotaba la espalda hasta llegar al cogote. Allí me atenazaba la cabeza entera, sin dejar  sitio a la concordia. Necesitaba el dinero. Con urgencia, necesitaba aquel contrato perdido, y su comisión. Mi vida me sobrepasaba: colegios privados, vacaciones de lujo, hipoteca gravosa, nivel de vida a mantener…

 

En la empresa mi cargo parecía precarizarse por momentos. Varios fracasos seguidos, sin amparo de poder eludir responsabilidades, me pusieron en el punto de mira de los jefes. “Perdemos intuición, Millares. Perdemos ojo, Millares. Hay que inspirarse como sea, o de lo contrario habrá que traer savia nueva. Es posible que esté usted quemado, Millares, un descansito en administración, quizá le vendía bien para  reflexionar. No podemos seguir perdiendo contratos, Millares. Ya van tres en los últimos meses. No podemos. La empresa no puede, Millares, póngase las pilas, ya, porque no podemos seguir así, Millares”

Con ese arrastre de la s final del Millaressssss,  como si se le quedara prendido de la lengua, fantaseando el enlace con un insulto más grave. Con la voz nasal, casi de pito, que le hace aborrecible y machacón el tono.

 

Subí al coche, diciéndome : “a tomar por el culo la clásica. Hoy necesito algo liviano, que eluda los nubarros que andan merodeando la cabeza” Y cambié. A poco, ni tan siquiera había salido del parking de empresa -los ejecutivos lo tenemos adjudicado. En administración hay que buscarse la vida, era uno de los motivos por los que se perdían prerrogativas- sonaron los primeros acordes.

Al momento se oscureció la anochecida. Se iluminaron pequeñas estrellitas dentro de mi frente, que al observarlas con detenimiento, me di cuenta que eran los destellos de la esfera de luz, dividida en mil azulejitos, de la lámpara ochentera de aquella discoteca. Rodeé con mis ojos el recuerdo, hasta palpar los destellos, que en forma de rectángulos iluminaban una pista circular de madera, donde al momento de oírse  la melodía que estaba escuchando ahora mismo, saltaba, en resorte impreciso, ella a bailar. Como impulsada por el brío de mil aconteceres, comenzaba a mover las caderas, mientras cerraba los ojos, esbozaba una sutil sonrisa de placer y danzaba en mitad del parquet, sola, libre de la contumaz presencia de otros danzantes que, luego, a buen seguro, la molestarían.

La vi, delante, tan claro su recuerdo como la fila de luminarias que decoraban la calle que tenía ante mí y a duras penas transitaba. La vi, con aquel vestido azul, que drapeaba con un broche en la cadera izquierda, silueteando un cuerpo del que se intuía podía dar mucho más de si. Cerrado, con manga hasta medio brazo, sin más adorno que ese broche, que irisado, decoraba su baile, danzando con los destellos,  al son de la música. Con los brazos extendidos, siguiendo  los acordes con ellos, de acuerdo con sus piernas que brotaban libres al compás de su gozo. Ciega a todo lo que no fuera ella y el placer que sentía.

Sobrecogido ante la visión de un deleite puro. Sin vergüenza, sin pudor de ser contemplado por extraños. Mientras me preguntaba qué clase de mujer sería la que se atrevía, noche tras noche, a saltar la primera a la pista en cuanto sonaba The Right Thing de Simply Red. Era la melodía que daba paso a la noche, al desfogue de pasiones que amparaban aquellas minúsculas partículas de luz que bramaban en el techo, en forma esférica dejando a contraluz todas nuestras buenas intenciones.

 

Acodado en la barra cercana, asido a mi gin tonic como náufrago a salvavidas, tomaba posición, mucho antes de que sonara la voz del pelirrojo irlandés, para verla con detalle. A veces, algún obsceno visitante se colocaba delante, impidiendo la vista. Le apartaba, con peores modos que  mi conducta habitual, o si no era posible por la envergadura del  tipo, me adelantaba yo. Todo con tal de no perder  la danza que se prendía de mis ojos con su vestido azul, dejándome en estado hipnótico.

A veces, su vestido era negro, o rojo, pocas, muy pocas veces la vi vestirse de otros colores. Azul, negro y rojo. En aquelarre visionario de fantasmas soñados. Una vez me adelanté tanto, que casi toqué la pista con mis pies. Mis ojos debieron avanzar más de lo debido, porque la desperté de su éxtasis.

Abrió los ojos en varias ocasiones. No me percaté de su gesto y seguí contemplándola, embrujado como siempre, sin dejar que nada externo menoscabara el goce de mirarla. De pronto la tuve frente a mí, como una aparición. Era tal mi ensimismamiento que ni me di cuenta de su avance. Casi tocaba mi copa con sus manos.

-Oye, o nos conocemos o te vas-

Lo dijo dejando la sonrisa prendida de sus labios. Dibujando la ironía con el trazo rojo de su carmín. Mi sorpresa fue descomunal.

-¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿Disculpa?-

Azorado, avergonzado, como niño pillado en falta grave por adustos progenitores.

-Es que no puedo bailar si me sigues mirando así-

-¿Cómo, no entiendo?-

-A ver, tienes los ojos prendidos de aquí- señaló palmoteando en sus nalgas, con ambas manos- y  terminaré cayéndome porque me pones  nerviosa de tanto mirar-

Se amplió la curva de sus labios, dejando ver una dentadura irregular, con un colmillo que asomaba despacio resbalando por el rojo impreciso de la boca. Sus ojos sonreían. Lo juro. Jamás he visto ojos tan habladores. Contaban con más y mejor detalle que sus palabras lo que Juana sentía. Esa noche sonrieron para mí en exclusiva. Yo, abrazando la  copa, no daba crédito, mientras el pelirrojo, Mick “Red” Hucknall,  gritaba: I,m gonna do the right…I,m on fire.

 

 Lo que siguió a ese dialogo, forma parte del silencio amañado por el olvido. Es, con mucho, el tiempo más brioso que viví con la certeza de saber que era frágil, breve, sutil como  son los sueños. Navegaba, entonces, casi como ahora, en el despeñe que lleva a los buenos chicos a cumplir  viejas expectativas. Y como tal, me arrojé a despojarme de toda cavidad alicatada de costumbre desde los brazos de Juana.

Esa noche, salimos cogidos de la mano, camino de su casa. Como tantas otras. Con sus besos aprendí que la verdad no se dice, se practica, que el ser conservador o revolucionario no es una postura, se lleva dentro de la piel. En sus brazos, abracé un mundo muy extenso, tanto que llegó a asustarme ante el barranco que supone amar lo intangible, lo que no se abarca, que solo puede contemplarse desde la lejanía, disfrutarlo un rato y luego volverse a las tinieblas, que es patria segura, mas poco entretenida. Dentro de su cuerpo, explayé mi alma y concebí sueños que luego, al salir del mismo, de su casa, descarté por descabellados e imposibles, sin ni tan siquiera pensar en atraparlos, un poco, aunque solo fuera por la cola de esa cometa voraz que era el amor de Juana.

 

Al poco, conocí a Silvia. Me aferré a ella como si me estuviera ahogando, huyendo de la posesión imaginaria que Juana me ofrecía. Nos hicimos novios de forma lenta, convencional, como estaba mandado . Llevábamos un tiempo de suave compañía cuando Juana,  nos vio caminar de lejos, de la mano, yo, algo  más desvaído de cómo iba con ella. Nos contempló despacio desde el anonimato que le ofrecía la distancia. Sus ojos debieron de velarse, de llenarse de un infierno abrasador de orgullo malherido. Calló, pasó por nuestro lado sin que yo reparara en ella. Yo, que me imantaba su cuerpo en cada acorde de música que bailaba.

 

Al día siguiente, entré en la discoteca. Volví a pedir gin tonic, esperé que llegara -jamás quedábamos, los dos, tácitamente, o yo al menos, así lo entendí, dejábamos que la sorpresa cotidiana fuera cita perpetua- Al poco sonó, como siempre,  The right Thing…Nadie apareció en la pista. La música siguió mientras los mil retales de la lámpara esférica danzaban por el suelo,  echándola de menos. Tomé esa noche, muchos gin tonics. Escuché mucha música, hablé con  diferentes mujeres.

Siguieron muchas noches. Muchos días. Cuando mi relación con Silvia prosperaba y Juana se difuminaba en olvido precario, apareció una noche. Estaba rutilante, esplendorosa, vestía de blanco, con el pelo arracimado en un moño altivo, con los ojos rasgados con pinceles de humo, la boca fresca, no llevaba sonrisas. La vi y todo se ocultó ante su resplandor.

-Juana. ¡Cuánto tiempo! ¿Qué ha pasado?-

-Tiempo, ha pasado tiempo-

-Te necesito, mi amor-

Su mirada me disparó los dardos que sus palabras callaban.

-Cuando quieras algo de mí, buscas mi teléfono, me llamas, me invitas a cenar, me paseas por la ciudad y si me parece, si tengo ganas, si hay turno, volveré a estar contigo. Mientras tanto, sigue con tu novia sosa, esa con la que te vi hace tiempo-

Marchó. Salió de mi vida, andando con paso de reina o de paloma, porque nunca supe definir su estilo. La busqué por mil sitios, de noche, cuando la amanecida ocultaba las bajas decisiones. Alguna vez la vi, entrevista entre gente, amigos, conocidos, rodeada por  su popularidad. Intentaba acercarme, pero su gesto hostil, bronco; sus ojos que lanzaban fuego acribillándome en la amalgama de procacidades, me impidió explicarle que la amaba con el mismo miedo que los cobardes aman a los dioses. Que la necesitaba con la misma petulancia que los inanes alcanzan las metas. Que tanto la amaba que por eso tuve que alejarme.

El tiempo, y la costumbre labraron el resto. Hoy mis dos hijos adornan una relación pausada con Silvia. Un trabajo rentable, un buen coche, una casa plácida, vacaciones anuales y la especulación de un yate cubren mis expectativas. Y de momento la autopista parece desvelada, llegaré pronto a esa casa que ampara mi desidia. Bajo el volumen de la radio. Vuelvo a la Clásica Nacional.

Jamás pude gritar como entonces: I,m On Fire.

 

#MariaToca

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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