El Lazo

Ese lazo sutil que nos asombra

uniendo en vana y contumaz condescendencia

con peripuestas razones y conciencias.

Ese lazo, que disgrega y entumece

a mentes preclaras bien contritas,

me estremece cuando desde una punta

alienta el tirón y me despeja

de la propia inercia de la muerte.

Ese lazo, indiviso que nos ata

con hábitos, cincelados de rutinas,

me sonroja, me alienta y me deshace

la falacia de saber que no está muerta

la verdad, la paciencia y la costumbre.

Ese lazo que me une o me ata

según mire, es a veces trabazón

firme y segura, que me anuda y me ata

de forma indivisible

la conciencia a la cordura.

María Toca

Santander-25-12-2017, 11,23

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El Aparcamiento

El Aparcamiento©

Me di cuenta de la curvatura de la espalda, justo al apagar el ordenador. Como un caracol seco, me había ido encogiendo en el caparazón que daba cobertura a las siete horas pasadas en el chiscón donde discurría gran parte de mi vida. Con maniobra premeditada, estiré ambos omóplatos, uno detrás de otro, a la vez que aspiré el aire que llegaba cargado de polvo y menudencias del día, abigarrado de papel y miradas torcidas que habíamos pasado. Cerré la pantalla, mientras levanté mis posaderas esculpidas con la forma que la silla había moldeado a fuerza de horas. Con impulso ciego estiré la falda, intentando alisar los pliegues que se habían trazado durante todo el día, en un intento vano de recomponer un poco la silueta. Gesto inútil, porque las arrugas labradas durante horas no se planchan a golpe de estirón. La camisa había perdido la blancura inicial para ser del color del gredal, mientras en los puños y en el cuello, pasarían por negros imprecisos. Al ponerme de pie, los pies estallaron dentro del zapato de tacón al dar el primer paso. En el mismo momento que mostraron su grito, yo juré una cosa muy fea dedicada a los jefes que exigen prestancia en la oficina. Una oficina opaca, agrisada, con luz de fluorescente que deja la piel del color de cera, con muebles plastificados, archivos que revientan alimentados por la inutilidad de un papel que nadie hace el menor caso. Todo impersonal, polvoriento con la grisura que imponen años de uso.

Había acabado el día, me dije, contemplando la devastación que las horas habían provocado en mi cara. El rimel yacía maltrecho en bola imprecisa convirtiendo mis pestañas en patitas de cucaracha viva; una sombra de humo rodea la ojera y el parpado testicular pende más abajo que el visto de mañana. Los labios agrietados, se tiñen, por partes, del rojo matutino. Apaisé como pude el pelo enmarañado y con papel higiénico intenté remozar el maquillaje huero a la vez que pienso que metida en mi coche nadie contemplaría el desastre que mis ojos observan reflejado en un espejo impío.

Teníamos garaje. Mi empresa contaba con garaje para los puestos intermedios. Gran dispendio que supone no perder tiempo en buscar sitio y llegar en punto al trabajo, lo cual se agradece aunque no fuera hecho con la idea de facilitarnos la vida, sino de ahorro para ellos. Lo cierto es que era cómodo. Bajé las escaleras que me separaban del auto, con la sensación de ser la última en irme. El silencio aplacaba la contundencia de unas salas vacías. El garaje, como cualquier otro, era pardo, con la mugre vieja que imprimen coches descansando. Introduje la llave con un sueño recurrente a diario en esas mismas horas: encontrar sitio cerca de mi casa.

Vivir en Gracia, donde las calles se asombran a si mismas de puro recoletas formando maraña de abigarradas vías que apenas dan para pasar un vehículo, tiene la ventaja de contemplar el brío que mantiene a un ciudad despierta. El problema es que a la hora que vuelvo del trabajo, hallar una pequeña porción de acera donde dejar mi coche se convierte en una batalla cotidiana difícil de ganar. Días tuve que marché entre el desespero y la gruesa palabra que salía de mi boca, hacia zonas hostiles a más de media hora andando. O que arribé a algún barrio desconocido y lúgubre donde encontrar el coche intacto por la mañana se hacía harto aventurado.

Encendí el motor, impulsé la marcha con la esperanza vana de que hoy no fuera uno de esos días…Repasé, mientras avanzaba, la tabla de tareas. En una escapada había realizado la compra, que dormitaba en el maletero presta a ser colocada en casa. Cargar con bolsas portando tacones y la fatiga que mi cuerpo mostraba por momentos, me suponía desolación. La ropa seguiría tendida, ya que él, si se asoma a la ventana es para ver el cielo y las estrellas. La cena, apenas una ensalada con una tortilla francesa o similar, tendría que apañarla mientras doblaba sábanas para luego, ordenar y dejar dispuesta la ropa del trabajo que llevaría al día siguiente. Limpiarme la cara, y ponerme el serum en la piel y en las puntas del pelo para proceder a un cepillado, era promesa inquieta que todos los días al levantarme, me hacía con la resolución de un naufrafo, para ser quebrantada casi sin dilación noche, tras noche. Hoy, me juraba, que de encontrar plaza cercana, intentaría reservar una ligera fuerza para cumplir con las promesas. O al menos, intentarlo. Y poco más. Apagaría la luz entre bostezo y palabras fugaces que él me dedica y yo respondo con la misma, o más, poca dedicación.

Las luces de la ciudad despertaban inciertas mientras la vorágine del tráfico devoraba mi calma, y le imaginaba ahora, sentado en su butaca, con el vaso de whisky que se pone según llega y el pitillo que fuma, dice, que para recompensar el tiempo que dedica a la vida. Mientras Donny Hataway o Ella, desgranan sus preces en el rincón y lo diseminan por la casa como lamento ciego que podía suscribir de no estar tan agotada. Es su momento, dice. No se puede evitar. Lo necesita. Dice. Llega extenuado del trabajo, dice, dos horas antes que yo aunque salimos casi a la par y su trabajo de publicista es creativo, agotador y divertido. Dice. Llega cansado, tiene que reposar, necesita su whisky, su pitillo y su jazz mientras espera con la paciencia bienintencionada de un hombre satisfecho a que llegue yo y haga la cena. Y todo lo demás.

Mientras el tráfico se amansa, aprieto el acelerador pensando que ahora mismo, tan solo mi felicidad se percibe en un trozo de acera cercana a mi portal, donde pueda aparcar. Un puñetero trozo de asfalto se ha convertido en el objetivo cotidiano para medir el tramo de felicidad que me ha tocado. Un trozo de acera donde aparcar.

María Toca

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Como hoja…

Como agua fértil en secano

como manantial en boca de sediento

así, siento sed y no me calmo.

Como flor cubierta de rocío

y hoja desgajada en el angosto calendario,

que hago mío, sin mirarlo,

camino en vereda labrada en laberinto

y jamás encuentro quien camine

al lado mio, el resto del camino.

Sin miedo, pero cauta con el devenir

y los futuros, ansío la mano que tienda

un compañero, o un amigo,

en el largo deambular entre guijarros.

Tan sentidos, los tenues momentos de estío

y los pasos equidistantes de los míos,

siento que la vereda se hace larga,

angosta, cansada, incluso algunas veces,

el pedregal me abruma, cuando miro

adelante y contemplo la enorme soledad

de la contienda, que libro,

sola, sin escuchar ni el sonido del silencio.

María Toca

Santander 24-12-2017. 19,03

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Da igual

Da igual: aunque no lo merezcas

aunque no lo pidas

ni lo pienses, ni ansíes  tu derecho

voy a lucharla, sin pábulo ni pena.

Da igual, que no me mires

que desprecies mi lucha

da igual, aunque cierres los ojos

 y tus oídos no escuchen.

Voy a poner el puño por bandera

la mano limpia, como arma

 a empujar hacia delante

como si no fuera conmigo

tu dejadez, tu indiferencia.

Da igual, que te dé igual

ser esclavo, portar cadena

te lo voy a luchar, porque me importa

tu vida, está unida

es un barco que rema

al unísono, si te salvas

aún podremos salvarnos los demás.

Por eso, te voy a acompañar

en tu camino. Tu lucha

Y tu libertad, aunque no te importa

es la mía. Y la tuya.

María Toca

28-12-2016.

 

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Penumbra

La culpa de todo está en el gusto que le tengo  a la penumbra. Cuando llega el momento de intimidad, en el que se torna fiesta cada milímetro de piel, prefiero luz de vela, o de lámpara tenue , difusa,  que temple la realidad con los dibujos etéreos que labran las sombras en la imaginación. Aborrezco la claridad que muestra una cruda realidad de  luz rampante, dejando las irregularidades, la realidad tangible a la vista. Ese fue el problema.

Cada mañana nos sentábamos en el mismo vagón, a la misma hora, con similar cara de sueño y la sensación de no haber despegado de las sábanas aún calientes. Nos sentábamos en silencio, cada uno atendiendo a sus cosas, lanzando cada poco miradas soslayadas uno al otro. Si nuestros ojos coincidían, corrían asustados al lugar de origen, mientras el metro devoraba la distancia que separaba el discurrir diario  hasta nuestros destinos. Él se apeaba antes, yo seguía dos paradas más, envuelta en una soledad dolorosa, la que portaba de serie y la impulsada por su ausencia. Eran apenas diez minutos que recorríamos en silencio, separados por un espacio casi vacío de un metro que a poco se iban llenado dejándonos aislados de nosotros mismos. No cruzamos palabra nunca en esos trayectos. Al cabo de algún tiempo de coincidir, se convirtió en una cita tácita. Ambos, nos esperábamos hasta vernos llegar con la alegría de un deseo reprimido. Un torso fuerte, con gesto huraño y ceño de cemento, componía la fisonomía que me llamó la atención. El rostro ennegrecido por una mandíbula oscura que nunca fue afeitada del todo;  unos ojos plenos de sombras que ocultaban misterios insondables y un punto de dolor acaballado en furia. El pelo corto no podía disimular el rizo rebelde que amalgamaba algo de calvicie. Unos brazos robustos se ocultaban debajo de una chupa de cuero y un jeans apretado que daba firmeza a unas nalgas de acero. Un día que estábamos más cerca, pude oler tu fragancia. Era mezcla de silencio, con humo de cigarro y brezo, también olía a cuero y a un ligero rastro de lavanda que apenas auguraba una ternura incierta. Las miradas se iban calentando al correr de los días y poco a poco entablamos el dialogo que incurren las pupilas que se sienten amigas. Poco más.

La noche en que recibí el golpe de tu mirada oscura en mi espalda, era una noche estrellada y fría, con el aliento gélido que barre la ciudad cuando corre el solsticio en pos de un invierno desapacible y fértil.  Era noche prenavideña cuando las viejas amigas con las que me unía un cariño envenenado de complicidad caduca, nos reuníamos a celebrar la nostalgia y el recuerdo de lo que pudo ser. Poco o nada teníamos en común, más que compartir unos años -lejanos en el tiempo- de instituto y  escarceos juveniles. Cada una de nosotras había corrido mundos divergentes y nos unía las ganas de atrapar el pasado como náufragas se aferran al único salvavidas que las puede rescatar de una vieja nostalgia. A eso de las tres de la mañana sentí el aburrimiento ahogarse en la undécima copa de gin tonic. No estaba borracha, porque jamás he perdido la voluntad y el discernimiento, pero mi cabeza fluctuaba entre agarrarse a la incierta pesadumbre de un tiempo finiquitado o el desquite de romper diques y bailar sobre la barra como si la furia se hubiera desatado y no me quedara ni un rastro de pudor. Estaba debatiendo las formas de eludir el tedio que me embargaba cuando la fuerza granítica de unos ojos que imantaban mi espalda hizo que me volviera.

 

Allí estaba tú. Rodeado de tipos siniestros ,oscuros, con las chupas de cuero y extraños atalajes que conferían un incierto aire militar al grupo. Sentado, acaballado en uno de los taburetes de la barra, amarrado a un vaso casi vacío donde tintineaban dos hilos moribundos, sin parpadeo, centrabas los ojos en mí como orate en sujeto de obsesión. Me volví sorprendida por la desubicación. Sacándonos de contexto, parecemos distintos, recuerdo que pensé. Estabas envuelto entre las sombras de un chiscón aparente. Un antro conocido por amigos de músicas funks y ambientes extrañados. No un lugar común que fuera frecuente, al contrario, jamás había estado. Nos llevó no sé quién que dijo que alguien impreciso les contó que era un sitio extraño con música diferente y gente muy dispar. Y sí, allí nos encontramos.

Caminé hacia el baño, en un momento en que tu vista parecía traspapelada por la oscura visión de sombras encendidas. Al poco, una voz profunda, subsidiaria de tu sombría estampa, me dijo en el pasillo.

-Y si nos alejamos juntos y dejamos todo esto-

Te miré. Vi el fondo de esos ojos contándome las cosas que no quería saber. Observé el paréntesis que encerraba tu boca en gesto tal que si mordieras limón y me dejé llevar. Sonreí. Te pedí que esperaras un momento. Pasé al baño, retoqué el ligero maquillaje, poco, porque algo me decía que a ti no te interesaban los afeites y que tenías previsto absorber con tus besos el contorno de piel, así como devorar mis labios sin darme tiempo a retirar el carmín. Salí, comprobando que esperabas cerca de la salida, tomé mi abrigo, mi bolso y me despedí frugalmente eludiendo preguntas, saliendo a la calle tomada de tu mano.

Caminamos un trecho, paramos a un taxi en cuanto divisamos la lucecita verde y con la misma premura que rodó por Madrid, tus manos y tu boca tomaron posesión del fuerte que era mi cuerpo. Apenas hubo resistencia, al contrario, mis manos y mi boca, en justa correspondencia, tomaron también, en igualada batalla, el tuyo. Tampoco resistió. Llegamos a mi casa, con el aliento entrecortado;  el frío era algo ajeno a nuestros cuerpos que ardían tal que fuego fatuo. Subimos los tres pisos despojándome el abrigo, tú la chupa…justo al llegar a la puerta, debimos desprendernos de algo más que no puedo concretar porque para entonces mi mente se encontraba en franca ebullición con la piel que se había incendiado en fiesta sublime de goce prematuro.

 

No encendimos la luz. Te pedí sombras. Tú no solo aceptaste sino que asentiste con el ansia matizando tu voz. Los ojos se te habían convertido en ascuas que iluminaban el cuarto; las manos, omnipotentes, desgajaban a trozos la piel que se tornó arpegio de color. En minutos emprendimos un vuelo sin motor. Pocas, muy pocas veces se entona una canción tan sincopada,  existe una comunión con la fiesta que da el baile corrdinado de dos cuerpos en plena ebullición. No sabría decirte cuanto tiempo duró ni cuantas veces entraste en mi cuerpo o yo en el tuyo, porque ambos bailábamos ora juntos, ora por separado, en plena conjunción de una plegaria impía que nos dejó exhaustos pero felices. Recuerdo que apenas cruzamos palabra. No hacían falta, porque el dialogo emprendido por el cuerpo era de total comprensión que hacía innecesario, por superfluo, el lenguaje. Tal que si desde siempre hubiéramos bailado la danza del amor, uno en brazos del otro. No sabría decirte el color ni el pecado de un éxtasis complementado por ambos cuerpos en plena sintonía. Pocas veces surge el milagro y ese día, a destajo, surgió entre tú y yo.

Mientras me extasiaban los colores de los fuegos de artificio que volaban encima de nuestro lecho, contemplé un cuerpo recio tal como imaginé en nuestras citas del metro. Unos brazos musculados que me alzaban cual pluma por encima de tu cuerpo, las piernas potentes, con el glúteo firme como acero blindado. Los ojos me hablaban de incendios, de  pasiones impúdicas y hasta un poco de amor. Yo simplemente, correspondía poniendo fuego como nunca lo puse.

 

Destartalados, muertos, caímos en el sopor de un amanecer que asomaba por entre las cortinas. Recuerdo que me amarré a tu pecho, mientras tú, al darme la vuelta,  abrazabas mi culo como naufrago altivo. Al poco te sentí desperezarte, salir del lecho, vestirte y salir a hurtadillas. No dije nada porque pensé que el milagro, para ser tal debiera ser efímero. Te dejé ir sin un adiós, ni una queja. Nada, dejando al destino que escribiera su epilogo.

Era mediodía cuando me desperté. Entre vapores y una resaca dispersa,  sentí el olor de tabaco, brezo y una dispersa traza de lavanda, juntado con el olor a sexo asalvajado, en mi cama. Me refugié entre las sábanas como poco antes en tu pecho. Así pasé el domingo.

El lunes, al subirme al metro, la zozobra de verte me mantuvo en alerta. Allí estabas, sentado, justo al lado del sitio que escogía  yo siempre. Caminé hasta ti. Al sentarme, mi corazón saltó al tiempo que en mi vientre se desató la tormenta que apenas se había apaciguado la jornada anterior. Supe que estaba bien perdida al mirarte a los ojos y ver en ellos el reflejo de un deseo cegado por vana contención. Recordé mis dedos recorriendo tu pecho, anudándose entre el vello y dejándose anillar por esos rizos negros. Recordé tu boca recorriéndome entera y rogué a un dios desconocido que el milagro volviera, cuando y como fuera el destino. Me dio igual todo. Seguía sin conocerte. Ni tu nombre pregunté.

 

Durante unas cuantas semanas, has vuelto fugazmente a mi casa. Llegas de noche, das un toque en la puerta, te abro y sin más trotamos al altar donde nos inmolamos. Con el correr del tiempo, te has quedado a dormir, en penumbra, siempre con la luz tenue, amalgamando sombras, apenas sin hablar, dejando que los cuerpos se cuenten el milagro de habernos encontrado. Ayer justo te pedí que te quedaras más. Ignoro el capricho y porque se me ocurrió. Quería ver amanecer contigo. Un desayuno, un despertar calmo y algo de conversación. Quizá enterarme de tu nombre. O no, solo alargar la noche con sus secuaces formas de escanciar el deseo.

Dormías cuando la luz invadió la habitación. De espaldas. Yo había amarrado mis brazos y mis piernas a las tuyas, cuando al abrir los ojos intenté contemplar el paisaje de unos hombros ampliados,  una cintura estrecha,  una espalda fugaz, cuando lo descubrí. Allí, en el omóplato izquierdo, escondido, pequeño,  vislumbré una figura que al momento me dejó atenazada y sin voz. Lentamente, un garfio feroz atenazó mi cuello.  Una esvástica azuleada cubría el rincón donde se une el omoplato al musculo paravertebral. No era grande, estaba casi oculta,  por eso se había desdibujado durante el tiempo anterior. Ahora resaltaba ante mis ojos, pegados a la visión que ofuscaba mis miedos. A poco, le fulgor de ese pequeño tatuaje inundó toda la habitación. Yo,  militante activa del anarquismo más incendiario de Madrid , luchadora en mil calles, con voz radical, tenía en mi cama a un sujeto esvasticado y sin solución. Estaba atada a un cuerpo que fuera de mi lecho, no tendría piedad en lacerar mi cuerpo o incluso peor. Mientras el miedo subía hacia el centro justo de mi pecho, tú comenzaste a moverte, al punto de darte la vuelta, ya no me encontraste. Y ahora el problema era la luz que despertaba a pleno rendimiento el miedo que subía hasta mi garganta al punto de ahogar mi voz.

 

Fin

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Volaron

Volaron.

Volaron, salieron de la jaula,

lentas, atadas a la vida, muy inseguras.

Alzaron vuelo.

Marcharon,se perdieron ufanas

cruzando los horizontes las llamaban,

acuciadas por  la llama

y la costumbre nacido en su pecho

de volar alto

rozando el cielo,por derecho.

Solas. Henchidas de aire,

contraídas las alas tanto tiempo

que cuando desplegaron

se terciaron altivas, volaron  lejos.

 Las pájaras alegres emigraron,

huyeron de la herrumbre

dejaron atrás esas costumbres

que atan y nos  dejan como

gualdrapas de monaguillo,

en herrumbre.

Pisaron el país donde habitan esa hadas

que viven libres, sin amenazas;

tornaron en belleza cuanto veían

y desde las alturas tornan al suelo

cuando quieren comer, o solo un momento

si el ansia de amar se torna ciego

en busca de un abrazo…o de un mirar

que torna ciego al miedo

y rompe las cadenas torvas y maltrechas.

Lejos, vuelan muy lejos,

 contaron que allí, el desquicio

porta alas de colores. Tan tempranas

las ganas de volar, que se terciaron

con la osadía de estar tan alto

que apenas tocan el suelo.

Volaron.

Allá caminan, cual pájaras de luz

muy en lo alto. Aletean las alas, cubren el mar

con su sombra alargada, invitadora

para que otras aves

vuelen,como ellas. Solas,

henchidas de calma y ganas de volar.

Poema: María Toca

Fotografía: Tino Tezanos.

http://www.lapajareramagazine.com

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Cuanto hizo falta

Cuantos aldabones fueron necesarios

para condenar al cieno las brasas fundidas

de  los corazones ardientes y nunca callados

y cuantas miradas de odio, fueron conjuradas

para que el silencio llenara el vacío de sombras quebradas

… y el olor a muerto, asolara el amplio bastión de  tu falda.

Cuanto humilladero, cuanta lágrima seca

dentro de un pozo que nunca se llena.

Cuanto olor a lejía barata

cubrían tus manos, antes afinadas

y que hoy recogen las miasmas de aquella derrota

que ansias aplaca y calla la voz, que no dice nada.

Mujer ¡cuánto miedo hizo falta!

para dar por sellado el corazón roto

y los labios henchidos de rabia

se resquebrajaran, secos, mudos, quietos

cerrando palabras.

Te dejaron sola. Te dejaron seca. Te dejaron huera.

De tanto humillarte, de hacerte la vida

común sortilegio de manta quebrada

que apenas ampara la noche que llega callada,

mientras a lo lejos, suenan,  las pisadas

de cabalgaduras que atruenan la noche

y besan con fuego a la madrugada.

Mujer, ¿cuánto miedo  hizo falta?

Dedicado a todas las mujeres que sufrieron la represión macabra del fascismo.

María Toca

Santander-10-12-2017, 18,14

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