En el bolsillo

Los llevo en el bolsillo,

los poemas cansados,

los callados, silentes,

los que nunca hacen ruido.

Los llevo bien atados

como billetes grandes

para que no se escapen

para  no malgastarlos.

Los poemas heridos

que van en mi bolsillo.

Agarrados bien fuerte

cosidos con hilo fino

entre mis dobladillos.

Los poemas no dichos,

los que rezan callados

los que nadie ha cantado.

Me preguntas por qué

no los dejo salir,

te respondo sencillo:

porque si se marcharan

quedaría una oquedad profunda

socavando mi pecho…

y al punto, seguro,

el corazón y el alma

morirían de celos.

M. Toca

Santander. 16-12-2019. 10,58

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Manos hueras

Las manos se levantan como en suplica,

mas no de rezo, son lenta agonía,

porque antes de morir

dan  amplia respuesta

a la vida o guerra que termina.

Son manos, que no puños levantados,

lo que se erige hacia el cielo, tal que rezo;

manos que se quedaron yertas y se erigen

en grito o prez bien aprendida.

La tierra se reseca a cada hora,

el agua ya no cae del cielo,

ni la escarcha moja  madrugadas con recelo,

el buey muge ungido en el apero,

inútil, de la danza que no baila.

Ni se siembra, ni hay cosecha,

ni tierra que luche por barbecho

porque perecieron las manos que juntaban,

las preces con la yunta.

Hay bocas secas, con hambre de justicia,

de equidad, también de pan…

hay ojos húmedos de rabia

y el gesto agrio en unos labios

que se cierran, porque les falta

hogaza, paz y agua que manar.

Mientras las manos yacen hueras

el aire se quiebra tal que un pedernal,

porque falta simiente, hombres

que empuñen el arado y que alimenten,

 a la tierra seca, yerta, que muere inane

y  desbrozada de costumbres.

 

La esquilmaron unos cuantos,

hoy la lloran los más

mientras vagan en los cementerios

almas en pena que no supieron

defenderla o amarla tal que madre

o al menos disfrutarla sin dañar.

María Toca

Santander-14-12-2019. 11,41.

 

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Detrás del silencio…

Antes del silencio, hay bruma,

 
cansancio ciego y heridas.
 
Palabras no dichas, muertas
 
y como tal bien perdidas…
 
Antes del silencio
 
hay un pábilo muerto
 
que ha quedado muy frío.
 
Hay zureo de palomas
 
hay escarcha, vino viejo
 
y una alacena hueca
 
que nos habla de lo ido
 
en el silencio callado.
 
Antes del sigilo
 
hay mil encinas en calma
 
a las que no mueve el viento
 
ni se visten con hojas,
 
las desnuda el invierno.
 
Hay palabras no oidas,
 
detrás del silencio hay miedo,
 
se rechinan los dientes
 
y me voltea el infierno,
 
porque en el silencio hay llamas
 
que ni se ven ni olvidan
 
porque abrasan, dejan ciego
 
si te acercas lo justo.
 
Después del silencio hay brasas
 
que nadie puede apagar
 
y queman, y te abrasan
 
cuando el amor se va.
 
María Toca
 

Santander 8-12-2019. 22,45.

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La Buena Casa

                                                              I

Sacudió la pereza como quien sacude las migas que restan de comida plena. Con furia contenida y sin dejarse ganar por la inercia. Hoy debía hacer el  traslado, no podía haber más dilaciones. Debió aprovechar el fin de semana pasado, ir  llevando cosas que no eran perentorias pero se dejó ganar por la inercia de pensar que  sobraba tiempo. Disculpó su galbana pensando hacer cada día un pequeño traslado cuando sabía de sobra que durante la semana el tiempo se encontraba encerrado en cajas caducadas. Se rompía a media tarde. Debía madrugar  tanto para llegar al trabajo que a eso de las seis sus fuerzas se mermaban de golpe y solo le restaba buscar en la reserva la justa capacidad para acabar la jornada con un mínimo de dignidad.

Quizá el lunes y hasta es posible que el martes mantuviera la energía acumulada del descanso dominical  pero al cruzar el meridiano de la semana le restaba energía justa para tomar el metro, efectuar los tres trasbordos antes de que la boca caliente y presurosa de la estación de Aluche la escupiera con el ardor que lo hacía con miles de personas que, como ella, caminaban exhaustas hacia el nido o la continuación de una jornada insulsa. Todo lo que conseguía era llegar casa, después de trepar los cinco pisos hasta su escueta buhardilla, con el ímpetu justo para hacer una frugal cena y embrutecerse ante el televisor.

Tal como pensó, el lunes recogió algunos libros, los discos caducados por el tiempo mas no por los recuerdos, empacó artilugios no muy urgentes y volvió a sumergirse entre la multitud para ir rellenando los huecos de su nuevo hogar. Fue cuando la conoció.

 

Subía con el peso colgado de los hombros cuando la puerta se abrió saliendo por ella una señora con aspecto apacible de abuela dulce. El  pelo bien cuidado,  azuleaba de puro blanco haciendo ondas sobre la frente, los ojos envueltos en neblina pero que sonreían formando un ramillete de arrugas a su alrededor . Las manos, sarmentosas, empuñaban el pomo de la puerta, mientras los pies calzaban unas babuchas con pompa que habían visto ya varios lavados. Vestía una pasada bata de guatiné azul con lunarcitos blancos escarchada de tanto lavado y uso.  Su voz tan dulce como los gestos inspiraban confianza. O al menos eso le pareció a Lola. Quizá también se dejó convencer por el agotamiento que calzaba sin menoscabo de la curiosidad.

-Perdone ¿ha llamado a mi puerta- dijo la anciana con amabilidad.

-No, quizá  he debido chocar con alguna bolsa de las que llevo encima. Disculpe si la he molestado-

-Que va, al contrario, hasta me ha hecho ilusión pensar que alguien venía a verme-

-Lo siento, estoy trasladando mis cosas al piso de arriba. El fin de semana traeré  el resto porque me quedo ya en él a vivir de forma definitiva-

-¡Ah!, qué alegría, por fin se ocupa. Llevaba tiempo vacío; aquí somos muy pocos, sabe. A una le gusta recordar cuando esta casa se poblaba de gritos de chiquillos, de familias que le daban vida. Ahora solo la habitan ejecutivos y gente de paso y una vieja como yo-

-Ya,  es algo raro porque es una buena casa y el precio no es muy alto-

 

-La zona es muy tranquila, verá que barrio tan amigable tenemos, la gustará, seguro. Me alegro que sea usted. Prefiero que sea una chica antes que un hombre de esos distantes que no hablan con nadie-

-Gracias. Ahora debo subir, perdone las molestias. Voy muy cargada-

-Claro, querida, y yo dándole conversación impidiendo que acabe su tarea. Mire, déjeme ayudarla, luego la invito a  café y a un bollito que acabo de sacar del horno. Así se alivia un poco del trasiego-

-Gracias, pero debo irme pronto. Vivo en Aluche, está distante  y mañana trabajo. Me tengo que levantar a las seis. Por eso me traslado aquí, por la cercanía con el trabajo-

-Como quiera, querida, pero no tardará mucho,  le ayudo a colocar y luego se lo preparo rápido, de esa forma al llegar a casa no tendrá que cenar-

A la vez, la amable viejecilla le tomó una de las bolsas de la mano, mientras que con la otra dejó resbalar la puerta de su casa hasta entornarla. A Lola la idea de tomar un café caliente con un bollo casero se le hizo agradable, además  sintió piedad por esa amable anciana que vivía en soledad. Era hermoso encontrarse a vecinos condescendientes en la ciudad sin alma de la que siempre se quejaba. Como la anciana comenzó a subir hacia lo que sería de pronto su nuevo hogar, no le quedó más opción que ir tras ella.

Al llegar, sacó la llave, la introdujo en la cerradura mientras notaba los ojillos vivaces de la anciana saltando de alegría.

A Lola la sorprendió ver moverse a la mujer con soltura por el pasillo. Parecía conocer la casa.

 

-Sin duda usted habrá estado aquí-

-Alguna vez, con otros inquilinos…pero es que esta casa es igual que la mía. Con algunas reformas, claro está. Mi hogar es heredado de mis padres, antiguo, sabe usted, que las pensiones no dan para dispendios y no lo he modernizado, está como siempre estuvo. Esta casa suya está bonita, la mía no es así pero los huecos y las estancias son las mismas-

 

Colocaron las cosas en medio de lo que habría de ser el salón de la escueta vivienda. No era nada del otro mundo, pensó Lola, aun con todo le parecía un palacio comparado con sus anteriores habitáculos.  Veía flotar  cortinas en los amplios ventanales mientras los  cojines se diseminaban por los rincones dando calidez al conjunto. Flores frescas, retratos y adornos que pensaba adquirir en próximas  visitas a Ikea completarían el conjunto hasta convertir esa casa en un hogar autentico. El hogar que buscaba desde que llegó a Madrid hacía casi seis años. Merecía este premio, se dijo Lola, mientras intentaba poner algo de orden en el cúmulo de bultos diseminados por el salón recibidor. Merecía tener un nido confortable después de tantos tumbos.

 

Su precariedad laboral la impidieron asentarse. Los  tres primeros años compartió casa con sucesivas compañeras que la dejaron el mal sabor de boca suficiente para aligerarse de mala conciencia e irse a vivir sola aunque el dispendio absorbiera gran parte de su sueldo. Era financiera en un banco estatal, pero había sido muchas cosas hasta llegar a ocupar el puesto relevante que tenía ahora. Camarera de pub, de restaurante, había comenzado desde abajo en el banco con sueldos míseros y responsabilidades variadas. Ahora era un cargo intermedio con perfil y camino amplio para subir peldaños. No es que su trabajo la entusiasmara pero era interesante y no mal pagado. Pasaba el día manejando cifras. Entre números y parámetros de finanzas se le diluían las horas. Le gustaba a Lola la precisión de los números,  prefería de largo la frialdad de una pantalla y la exactitud de las cifras a las incongruencias del personal. Refugiada en su cubículo se le pasaban las horas en calma y con cierto interés porque su labor resultara perfecta y rentable para los clientes que confiaban su dinero a la gestión de su banco, que era decir ella misma y un somero equipo.

Al terminar la jornada laboral se sumergía en la vorágine ciudadana como alguien  extraño que hubiera llegado de un mundo alejado del ruido. Cuando consiguió el ascenso al puesto que desempeñaba ahora  pensó que llegaba la hora de una vivienda cercana y digna. Con los metros suficientes para no ahogarse y no dejarse las horas en el trasiego de idas y venidas. Un hogar en donde, al fin, se sintiera a resguardo de la tropelía que la ciudad  somete cada día a quien la habita.

 

El apartamento que la esperaba era todo lo buscado y más. Con un salón abierto que daba entrada al resto del recinto.  En la parte derecha una puerta conducía a la escueta cocina que a pesar de ser pequeña permitía cocinar y hornear a gusto, de seguido se abría otra al dormitorio principal con baño completo y bañera que permitía inmersiones relajantes…y la última, cerrando el círculo del salón, conducía a  una pequeña alcoba en la que pensaba adecentar una camita turca, por si en algún momento alguien de Villamar se acercaba a verla, poder ofrecer hospitalidad. Además de alcoba complementaria servía de cuarto de plancha y de vestidor ya que forraban sus paredes un empotrado corrido que prometía espacio amplio a la ropa mal guardada de Lola.

En el centro del salón, un balcón se abría  a la calle, casi se posaba sobre las copas de la arbolada acera. En alguna de las visitas de reconocimiento Lola, comprobó como  en las tardes  cálidas el salón se dejaba inundar por esa boca abierta a un sol que  caldeaba las estancias hasta el último rincón. El piso estaba recién pintado, cuando Lola lo alquiló, los electrodomésticos nuevos, el suelo de linóleo agrisado que la pareció encantador también era nuevo. Con todo, fueron  los altos techos finalizados con un artesonado de escayola lo que la deslumbró. Unas rosetas esculpidas en medio del cuadrado que formaban las estancias  recubriendo los bordes las mil  filigranas de una escayola añeja restaurada con primor.  Los techos daban empaque a la vivienda y plenitud a las habitaciones. Un lujo asequible, pensó Lola cuando la  vendedora de la agencia se lo mostró.

-Esto no lo encuentra usted en ningún lado. Se lo aseguro. Es un chollo. Esta zona es tranquila, con el metro a dos pasos, servicios de todo lo que necesite: mercado, cine, cafeterías, la calle poco ruidosa ya lo ve y el parque cerca tal que si viviera en medio del campo siendo como es centro. Y sobre todo el espacio interior de la vivienda, que sin ser grande, está tan bien aprovechado. Son solo sesenta metros pero tiene usted un piso en condiciones. Y solo por setecientos euros, que como ya sabe para Madrid es algo inverosímil-

-Cierto…no me lo puedo creer. Tendrá algún fallo, seguro-

-No, no sea desconfiada. La propietaria, que no conocemos puesto que todo se ha realizado a través de intermediarios, quiere que sea una chica sola, como usted. No desea explotar a nadie con alquileres excesivos. Es consciente del gran problema de la vivienda en la ciudad y desea colaborar para ofrecer  un hogar a alguien confiable. Usted nos ofrece las garantías justas que pueden convencerla. Ese es el único secreto, la buena voluntad de la propietaria. Un milagro en estos tiempos, la verdad-

 

 

Cerraron el trato allí mismo, sin más dilaciones porque Lola era consciente de que ese milagro no duraría mucho libre. Marchó a su casa con alas en los pies. Al entrar en lo que hasta el momento fue el hogar, le pareció minúsculo y anfibio. Unas cuantas goteras adornaban las paredes desde hacía un tiempo haciendo lóbrego su visión y cercenando el ambiente con un incierto olor a guano viejo.

El agotamiento de la búsqueda junto con el trasiego del trabajo la impidieron hacer el traslado mayor en el fin de semana anterior, pero de este no podía pasar. El lunes entregaba las llaves de su antigua vivienda y deseaba vivir en la nueva con una cierta comodidad.

Había adquirido previamente algunas cosas caprichosas que pensaba podía permitirse. Con la ilusión de novicia adquirió los visillos soñados en la primera visita. Encargó un sofá cómodo que sirviera de cama para esos sábados en los que vegetaba con algún libro o se dejaba envolver en series de esas que apasionan y no se dejan soltar…Unas baldas que fueron colocadas por Sergio, el amigo, medio amante y en ocasiones novio que deslumbrado por la adquisición se prestó a ayudarla encantado.

El balcón se llenaría de geranios, incluso había pensado buscar unas sillitas minúsculas para poder contemplar el cielo desde la altura, incluso hacer cenas en verano o desayunos gloriosos viendo amanecer. Un goloso edredón floreado y alegre decoraba su cama y en la alcoba pequeña fue dejando las cosas que no tenían aposento prometiéndose en firme poner orden en cuanto organizara lo esencial.

Tenía pensado colocar una chaise longue y un pequeño escritorio para hacer las veces de despacho en una de las esquinas del generoso salón. No es que la gustara trabajar en casa pero había posibilidades ciertas de que a poco tiempo se pudieran cruzar las jornadas laborales, en la financiera y en casa. Complementaba la vivienda  un hueco en la escalera, a modo de zulo, que hacía las veces de trastero donde podía guardar enseres incluso viandas de uso esporádico. Todo eran alegrías en la nueva casa y Lola pensó, mientras colocaba los últimos atalajes que por fin iba a disfrutar de un autentico hogar en la ciudad. Había tenido suerte con el hallazgo y ahora esa vecina tan amable corroboraba su intuición.

Mientras colocaba los libros en las estanterías, la ropa en el armario de su habitación, la buena mujer zureaba por las estancias colocando y ordenando con brío lo que encontraba a su paso. Lola sintió apuro ante la explotación de la pobre anciana, cosa que le expresó.

-No se moleste, mujer, que  lo iré haciendo yo poco a poco-

-No te preocupes, si es un gusto ordenar  cosas tan bonitas en esta casa tan acogedora. Que buen gusto tienes, chiquita, que bonito y luminoso  está quedando tu hogar, porque esto es un verdadero hogar ¿Vives sola, verdad?-

-Sí, ¿por qué lo dice?-

-Como no veo nada referente a hombres entre tus cosas. Sin embargo el otro día creí sentir a un chico hablando por aquí-

-Sí, es un amigo que me ayuda en la instalación, ya sabe de las luces, estanterías. Esas cosas se le dan mejor a los chicos, ¿cómo se ha dado cuenta de que Sergio estaba en casa, gritamos mucho?-

De pronto el rubor subió al rostro de Lola. Cierto que habían colocado cosas. Cierto que hablaron mucho. Y cierto que acabaron haciendo el amor entre las sábanas recién llegadas estrenando con vigor la nueva cama.

-No mujer, no se azore. Estas casas silenciosas ya se sabe, se escucha todo. Y sentí el taladro y una voz masculina-

-Ah, sí, claro. Sergio es un buen amigo-

-¿No será novio?-

-No, tanto como novio no es. Algo parecido, quizá-

-Claro, usted es joven y muy guapa, no le faltarán pretendientes. Quizá se case y todo ahora que tiene casa-

-No tengo intención de casarme nunca. No he nacido para ello, sabe. Me gusta demasiado la independencia, la libertad, poder viajar, aprender, progresar en mi trabajo, sin ataduras matrimoniales-

-Que buen pensamiento, hijita. Los hombres son muy molestos, sabes, no hacen más que incordiar. Yo no me casé nunca, pero lo he visto constantemente. Un puro incordio que nos cortan las alas, querida, así que me parece muy buena opción-

-Es extraño que una mujer de su edad piense así-

-No todas las viejas somos carcas, querida…por cierto, me llamo Eulalia, pero todos me llaman Laly, tú te llamas Lola ¿verdad?-

-Sí, ¿Cómo lo sabe?-

-Escuché a la vendedora de la agencia llamarte un día por teléfono y pensé que bonito nombre tiene la inquilina. Que español, como Lola Flores, que la admiraba mucho. No se imagina usted el disgusto que tuve el día que se murió y su pobre Antoñito, que pena más grande-

-Ya, yo era una niña cuando aquello,  apenas tengo recuerdo-

-Claro, que es usted muy joven…-

-No se crea, ya cumplí los treinta-

-Ay, querida, la mejor edad de una mujer. De los treinta a los cuarenta se está en la flor de la vida, créame-

-Eso espero-

Salió la mujer en busca de la merienda prometida. Al poco tiempo apareció con una bandeja, la cafetera y dos tacitas melladas de porcelana antigua, labrada con polvo de oro haciendo filigraneos por la superficie blanca un poco agrisada por los años. Un apetitoso bizcocho templado resaltaba en la bandeja y unas frutas escarchadas que a Lola le parecieron acordes con la edad de la anciana. ¿Quién servía frutas escarchadas en estos tiempos? se preguntó divertida Lola.

 

Se sentaron en el nuevo sofá, la viejilla de lado, casi sacando el cuerpo del territorio acolchado, sin tocar el respaldo, por miedo a mancharlo, le dijo a Lola. El café las tonificó el cuerpo. Estaba delicioso, concedió Lola: de puchero, tal como su abuela se lo hacía en el pueblo. El bizcocho sabía a mantequilla artesana, a huevos de calidad a gustos  perdidos en la infancia. Mordisqueó alguna fruta escarchada, más por condescendencia que por ganas  confesándose que no estaban malas. Demasiado dulce, se dijo, lo compensó con el amargor del café al que no puso azúcar. Le gustaba el sabor de café auténtico, sin los aditivos que falsean los sabores recios naturales y también porque no quería pasarse de dulce. Con el bizcocho y las frutas tenía de sobra.

-Ahora, ¿tiene que irse a su otra casa? es tarde y de noche ¿por qué no se queda aquí ya y mañana se levanta pronto y retorna con lo que resta? –

Dijo la anciana con buen sentido. Lola no aceptó aunque le daba pereza volverse a su inhóspita buhardilla, más desolada aún por la falta de objetos cotidianos, donde las goteras y la soledad se le hacían más perentoria una vez conocida la nueva vivienda. Pero debía volver, tenía a su gato solo,  debía recoger mañana todo lo que restaba. Sergio pasaba con la furgoneta a fin de traer los últimos enseres y habían quedado pronto. Es posible que se pasara de noche, de esa forma, además de dormir juntos ahorrarían el tiempo de espera.

Bajó con la anciana, que se despidió de ella desde su casa, con la bandeja en la mano y la sonrisa de condescencendencia en la boca.

-Como me alegro, querida, que ya mañana seamos vecinas. Cualquier cosa que necesite me tiene aquí. Lo sabe ¿verdad?-

 

-Sí, Laly,  lo mismo digo. Muchas gracias por todo-

Salió a la calle, un viento frío le acarició el rostro caldeado por el café humeante. Lola sonrió pensando en su buena suerte. En el metro  caviló que sería bueno completar el día haciendo un amor suave y cálido con Sergio. Al llegar al portal, divisó la furgoneta y un calor inesperado la subió desde el vientre hasta el pecho. Identificó perfectamente el jolgorio de su  abdomen y se alegró de tener cerca el abrazo y el cuerpo disponible de Sergio. El día se corroboraba de una forma magistral, se dijo Lola, aprestada al disfrute.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                            

 

 

 

 

                                                                     II

Los días se sucedían con la placidez de quien deriva por buen camino. Lola aprendió a caminar hacia el trabajo cada mañana disfrutando de un paseo envuelta en hojas que alfombraban la acera con la tibiedad de un otoño soleado. No le hacía falta tomar el metro, en diez minutos llegaba al despacho después de haber escuchado al despertar  la pajarada que arremetía con el amanecer. A mediodía podía ir a casa a comer, pero no lo hacía, prefería acometer en el silencio del despacho la tarea restante, tomar un refrigerio sencillo y continuar la jornada hasta media tarde que salía hacia el gimnasio donde durante dos horas dejaba el agotamiento mental para usufructuar el físico y cultivar su cuerpo que tomaba la forma adecuada y perdida en los años de ciudad y descuido.

Sobre las nueve de la noche, encaminaba los pasos a la casa con ganas. Sentía la atracción de su nuevo hogar como si fuera algo placentero que le propiciara la paz perdida.

Laly andaba presta, en cuanto sentía los pasos de Lola por la escalera que madera que marcaba con sus aullidos las pisadas, abría quedamente la puerta y con su verborrea habitual le entregaba el consabido tuper con tortilla, sopa, verdurita estofada, pechuguitas con nueces, croquetas recién hechas, incluso los más de los días, añadía flan o arroz con leche, también ¡oh! delicia, con leche frita que rezumaba calor dentro del recipiente.

-Laly, ¿para qué me mato yo en el gimnasio si luego usted me da estas cosas?-

 

 

-Con lo guapa que estás niña. Seguro que has comido un sándwich de mierda o similar, por lo menos que estés bien alimentada en la cena, guapa. Y deja de preocuparte por la línea que eres muy bonita además  trabajas mucho-

No podía negarse a aceptar los víveres de Laly. Eran pura delicia, Lola se confesaba que los esperaba cada día. Se había hecho costumbre y necesidad los regalos de la viejilla.

Los fines de semana se reunían a comer, las dos solas. Laly preparaba platos exquisitos: rabo de toro estofado, carrilleras con puré de manzana, lubina a la sal, dorada con patatas panadera, paella de marisco, patatas a lo pobre como guarnición de carne mechada, cocidos invernales con su sopita, carne y verduras con garbanzo suave cual terciopelo…No sabía cómo era posible hacer tanta comida y de tal variedad.

 

Las visitas de Sergio se habían espaciado, no por nada en concreto. Lola le seguía apreciando pero no encontraba acomodo en su nueva vida. Los fines de semana, que antes eran compartidos, ahora se dividían entre el limpiado de la casa, las comidas con Laly y las carreras matutinas por el parque que cercaba las calles adyacentes. A Lola la encantaba calzarse las zapatillas y salir a trotar de mañana, los sábados y los domingos, cuando no sesteaba en la cama impelida por el mal tiempo o iba a realizar compras para llenar la nevera de Laly que era vaciada al poco tiempo , sin mayor piedad.

Las tardes se pasaban envuelta en la manta de pelo amoroso visionando alguna serie interesante o leyendo, esperando la llegada de Laly con el café o chocolate humeante y el bizcocho, o magdalena (que no mufin, esa palabreja no tiene sentido, según aseveración de Laly)

No había pasado nada con Sergio, simplemente se autoexcluyó, sin más, pensó Lola. Alguna vez cuando se dejaba caer por la casa, era recibido más como el amigo molesto que como antaño, con las pasiones revueltas y el abrazo henchido. Lola lo añoraba a veces, incluso tuvo tentaciones de llamarlo cuando el cuerpo reclamaba algo más que lectura y series,  cualquier accidente ocurrido entre medias: una aparición inesperada de Laly con alguna golosina, un regalo que la viejilla le hacía sin pensar o simplemente la indolencia que acogía los momentos de disfrute en el preciado hogar.

Lola, dejaba discurrir el tiempo aislándose cada día un poco más de forma imperceptible, incluso   en alguna ocasión un compañero del trabajo la insinuó que se estaba convirtiendo en misántropa a pasos agigantados. Negó Lola, con determinación, indicando que tendría vida social cuando y como quisiera, que se trataba de disfrutar de un hogar cálido y duramente encontrado después de vagar por pisos compartidos y viviendas insalubres. Nada malo había en quedarse los sábados por la noche en casa, en vez de sumergirse en la voraginosa noche madrileña, que dibujaba diversión a golpe de locura, alcohol y drogas. La respuesta del compañero fue que hablaba no como su madre, sino como su abuela. Lola, al principio se enfadó un poco con el exabrupto para luego cavilar si no tendría algo de razón el metomentodo.

 

Se le había llenado la casa con cojines, lienzos antiguos que Laly  subía de vez en cuando y libros de la antigua biblioteca de los padres de la anciana. Fue colocando las figuritas de Lladró que abundaban en su casa por los rincones de las, antes, escuetas estanterías de Lola. De noche, a veces, los ojos cristalinos de los niños Lladró sobresaltaban a Lola de forma algo desagradable pero no podía despreciar los regalos que la viejilla le hacía con tanto amor. Los libros dejaban en el ambiente la pátina de guano y un halo de polvo recomido de años.

-Son incunables muy valiosos, hija, que a mí ya no me hacen gracia. Solo almacenan polvo y a ti te gusta leer, total yo ni veo las letras. Tienen mucho valor, si algún día necesitas dinero puedes llevarlos a un anticuario del Rastro, verás que sorpresa te llevas. Y mejor están aquí que en mi casa. Un día me muero y aparecerán sobrinos de algún sitio para  saquear mi  casa que nunca han visitado. Mejor te los dejo a ti, que mira los buenos ratos que pasamos juntas y la compañía que me das-

Y así, apenas sin darse cuenta la moderna casa de Lola iba tomando el cariz de antro de ocultismo, cubriéndose de la pátina que conllevan unos libros y unos cuadros de más de cien años. Lentamente el balcón se cerraba cada vez más pronto, para que no se enfriara el habitáculo porque la anciana necesitaba calor, las contraventanas ofrecían resistencia al sol que pugnaba por entrar en la casa. Lola dejó de correr las mañanas dominicales para ayudar en la producción de los platos que luego servirían en el comedor anejo al salón, que fue invadido por las sillas decimonónicas y la mesa de patas torneadas en sufriente madera que Laly la regaló uno de los días en que bajaba sin ser esperada.

De vez en cuando, Lola, al regresar al hogar, sentía una presencia incierta, algo imperceptible que no podía demostrar pero que la perturbaba. Un cuadro torcido, un cojín fuera del sitio, un plato movido del anaquel, la taza del desayuno que dejó en el fregadero y ahora descansaba lavada en el escurridor, los platos de la cena nocturna que mágicamente aparecían lavados y ordenados. El gato, tan unido a Lola, se mostraba huraño, enfurecido, incluso llegó a arañarle en dos ocasiones en que se acercó a él, como hiciera siempre, con la misma actitud de amorosa familiaridad.

Rufo, el gato, erizó los pelos y con furia desconocida la saltó hasta la mano que se tendía con afecto para dejar las señales de sus garras de fiera ancestral. Lola no sabía qué hacer con el cambio de actitud del felino. Hasta que desapareció. Rufo huyó sin que Lola se diera cuenta cuando ya era demasiado tarde.

Lo notó una mañana antes de ir al trabajo. Sintió una soledad más acuciante que nunca, el soplo frío indescriptible le soplaba la nuca. Entonces echó en falta a Rufo, le buscó en sus rincones, entre los cojines del sofá  donde le gustaba esconderse, debajo de su cama, que era el lugar donde se  huía cuando había hecho alguna travesura y no quería ser encontrado. En los armarios de la cocina, entre las sábanas y toallas de los  armarios. Por último, abrió con temor el hueco de la escalera que le servía de trastero improvisado. Nada, no había rastro de Rufo. Un olor nauseabundo la hizo apartar la cara al tiempo de abrir la alacena para descubrir horrorizada el cuerpo de Rufo en estado de descomposición dentro del silencioso armario que sirvió de mortaja. Lola no entendía como se había introducido en ese espacio. Había huido de forma inverosímil ya que llevaba con ella desde que era un pequeño abandonado en un vertedero por manos impías al que tuvo que alimentar con cucharita.  Siempre estuvo con ella, jamás salió de su casa ni la perdió de vista.

Desolada y llorosa llamó a Laly.

  • Rufo ha aparecido muerto en la alacena de la escalera. Es increíble como se ha podido colar si la puerta está siempre cerrada –

-Dios santo…que desastre. ¿En la alacena, dices? Se habrá colado por algún hueco, ya sabes lo flexibles que son los gatos…y luego no podría salir. Pobrecito muerto de hambre y de soledad –

 

-No tiene sentido Laly, si  entra puede salir. Era un gato muy inteligente-

-Pues ya me contarás quien lo ha metido ahí. Nadie tiene llaves de ese hueco salvo tú y el administrador…y no creo que don Prudencio se dedique a matar gatos-

A Lola el disgusto de la muerte de Rufo la duró más tiempo del esperado. Llevaban juntos más de cuatro años y le quería como parte integrante de la familia. Laly, compadecida de su dolor, incrementó la producción de dulces y de comidas exquisitas, para compensar la perdida.

Y se preocupó porque Rufo no regresó nunca. Lola lloró su pérdida como la de un familiar muy querido. Cada día se acrecentaba más la sensación de extrañeza al regresar a casa. Lentamente el hogar soñado se estaba convirtiendo en prisión o mazmorra destemplada e inhóspita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

 

Lola tuvo que ponerse a ello si no quería ir al trabajo en chándal o en pijama. Salir de compras. De forma desagradable tuvo que enfrentarse al hecho incuestionable del cambio de talla. Durante meses se había engañado corriendo botones, llevando las chaquetas desabrochadas, estallando cremalleras a cada poco de puro prietas. Reforzando costuras desparramadas por sus kilos de más. Hasta que no quedó más remedio que salir de compras. Se lo dijo a Laly, primero con corrección, luego con tono desabrido. Debía dejar de cocinarla las exquisiteces porque no podía seguir así. Se acercaba peligrosamente al cuerpo de matrona que detestaba. Ya pasaba de la talla 44, se probaba con desgana la 46 entre miradas de conmiseración de las dependientas que poco antes admiraban sus formas atléticas. En una ocasión  se encontró con Sergio por la calle notando su asombro. Lo percibió entre molesta y dolida. No chispeaban sus ojos de deseo al verla, como antaño,  ni ensombrecía la cara con las respuestas que ella le daba eludiendo las citas. Al contrario, le notó preocupado y su preocupación la molestó más que su falta de interés.

-De verdad Lola, estás bien del todo-

-Sí, claro ¿por qué iba a estar mal?-

-No lo sé, estás muy distinta. Como dejada ¿has estado enferma?-

-No, ¿tengo aspecto de enferma acaso?-

 

-No…pero hay algo que no entiendo. Tú antes te cuidabas mucho ¿vas al gimnasio?-

-No tengo mucho tiempo, eres esclavo de la imagen, Sergio, no puedes entender que me preocupen otras cosas. Sí, he engordado, y ¿qué? acaso no puedo hacer con mi cuerpo lo que me da la gana-

-Claro, Lola, pero no lo entiendo. Tú antes te preocupabas del aspecto, de la salud, amabas el deporte. Ahora no te reconozco-

-Porque no entiendes que haga cosas distintas-

-¿Qué cosas Lola? ¿En qué pasas el tiempo libre? Has dejado de salir con amigos, has dejado de llamarme, si voy a tu casa parece que sobro. No haces ninguna vida social, te encierras en tu casa con esa vieja siniestra a comer y a pasar horas y horas viendo series y leyendo sus libros de vieja. No lo entiendo Lola-

-No tienes derecho a llamar vieja siniestra a Laly, es de gran ayuda para mí, Sergio-

-¿Ayuda? tú no necesitas ayuda, lo que necesitas es volver a ser joven. A vivir como joven-

-No lo entiendes, Sergio-

Lola marchó dejando a Sergio parado contemplando las caderas rozagantes que reventaban las costuras de un pantalón dos tallas menores de lo requerido, contemplando el pelo descuidado de la otrora melena briosa, el descosido de la chaqueta que lucía un botón de menos y el caminar pausado que se tiene cuando se soportan diez o doce kilos de más.

 

Lola pensó que Laly tenía razón. Los seres humanos eran como los gatos, abandonaban los afectos demasiado pronto, justo cuando no se obraba tal como apetecían. Caminó con esfuerzo el tramo final pensando en la cena que Laly habría preparado y diciéndose a si misma que el próximo día tomaría el metro hasta el trabajo porque andar la cansaba demasiado.

 

Cada día le resultaba más pesado salir de casa. Como si su cuerpo se le llenara de plomo al despertar y llevara un lastre durante cada vez más pesado, durante la jornada. Suplicó que le pasaran trabajo a fin de poder, al menos, hacerlo dos días desde casa.

Al principio se sintió feliz cuando consiguió el favor. Ponía el despertador a la hora acostumbrada, abría los ojos y rebullía dentro del  maternal útero del lecho. Se dejaba llevar de la indolencia, hasta que Laly subía con el café y unas tostadas recién hechas rezumantes de mantequilla y mermelada casera. Con los dedos brillosos del desayuno se sentaba al ordenador, mientras la vieja atildaba la casa casi de puntillas para no molestarla. No le gustaba abrir ventanas, entraba el aire frío de la calle y ya se sabe, en invierno las corrientes son peligrosas, decía Laly ante las protestas de Lola por el aire viciado. Vientos descarriados se colaban en el hogar a poco de abrir. Mejor guardar la esencia vital de la intimidad. Con ello, la casa reconcentraba un aroma a cerrado, a cuerpos en reposo, a comida recalentada, a chocolate viejo, a bizcocho reseso. Pero la calidez se conservaba de esa forma,  insistía Laly.

 

 

Al principio Lola abría en cuanto la vieja salía de la casa ventilando de forma clandestina, luego lo dejó porque al volver –en poco rato, no la gustaba dejarla mucho tiempo sola- notaba la frescura del ambiente y durante horas la recriminaba con voz sufriente los peligros del exterior. Lola dejó de abrir la casa por no molestarla y porque seguro que debía tener razón. Mejor cerradas en la matriz de su hogar que traspirando aire contaminado de la ciudad.

 

Al cabo de pocas semanas, los dos días de trabajo domiciliario se le hicieron escasos. Los días que tocaba despacho, marchaba con la galbana tatuada en el cuerpo hacia el trabajo y durante el día se paseaba por  la oficina como exiliada de la verdadera patria. La que quedaba en casa, a resguardo de riesgos innecesarios. Perdió algún contrato porque la destreza mostrada antaño se la diluía mechada por una pereza imposible de soltar. Fue  recriminaron con fuerza. Poco después amenazaron con el despido. O espabilaba o el olfato mercantil de Lola Restrepo había huido para no volver. Cabizbaja atendía las recriminaciones sin mayor dispendio de ánimo.   Deseando tornar al nido.

 

El día que fue llamada al despacho del director, caminó los pasillos como si no fuera con ella la intuición que la amordazaba. Recibió el finiquito con la misma indiferencia que se recibe una nota inútil, sin estridencia. Se daba cuenta que su vida se tambaleaba de golpe. Había recibido una cantidad que  daba tranquilidad por poco tiempo. El paro cubriría tan solo un año y con una reducción importante de ingresos. Pensó en su casa, en como haría para pagar el alquiler…

La sobresaltó la idea pero se sobrepuso pensando en que pasaría unos días sin salir, dedicada a buscar un nuevo empleo desde el domicilio. No sería difícil, era una reputada financiera, tenía contactos útiles que revisó embotada en la misma pereza cotidiana.

Al llegar a casa, Laly notó enseguida que algo no iba bien. En cuanto sintió los pasos en el piso de arriba llamó a la puerta.

-Has venido hoy muy pronto, querida, ¿traes tarea?-

-No Laly, no traigo tarea. Nunca más traeré tarea, me han despedido-

-Ay mi niña, que pena ¿Cómo han podido hacerte una cosa así con lo que tú vales?-

-Me dicen que en los últimos meses estoy dispersa, he perdido varios contratos de importancia, los inversores aceptan pocos errores, Laly, en este mundo capitalista vales justo lo que ganas. Y yo llevaba perdiendo un tiempo-

-No te preocupes, descansa y verás como encuentras algo mejor. Tú vales mucho-

-Sí, eso espero. Lo que ocurre es que últimamente me noto tan floja, tan cansada y apática que temo enfrentarme a la búsqueda sin motivación-

-No pasa nada, verás como encuentras algo mejor-

-Debo adelgazar, Laly, estoy como una bola. Me han insinuado que mi aspecto es impropio de una ejecutiva de cuentas…Impropio-

-Son unos degenerados, unos chupa sangres. No hagas caso, cariño, estás preciosa como siempre-

Lola no estaba segura de que Laly hablara con objetividad pero la escuchó. No tenía fuerzas para cuestionarse su aspecto ni sus ganas. Pensó que en breve se pondría a dieta, volvería al gimnasio, a las carreras matinales por el parque. Lo  haría en breve, en cuanto tuviera la suficiente motivación y fuerza… ahora que tenía tiempo, podría dedicarse a cuidarse como antaño.

Con esa resolución se acostó en el sofá, Laly la subió una taza de caldo que estaba preparando con sus garbancitos y su ropa vieja, al que añadió un buen chorrito de Jérez seco. Fuera por el vino o por el sopor matinal, Lola durmió como una bendita hasta la hora de comer.

Siguieron días en que el sopor matinal se encadenaba con el de la tarde. Los días se enhebraban unos a otros sin que Lola se diera mucha cuenta de la marcha febril del calendario. Las fiestas navideñas pasaron sin pena ni gloria aunque las viandas que Laly subió a la casa de la amiga fueron memorables. Un asado de solomillo mechado con pasas y beicon, con guarnición de calabaza asada y patata a lo pobre. Pescados variados asados con patata panadera y dulces exquisitos adquiridos por la mujer en una pastelería exclusiva de Entrevías. Fueron un aquelarre de comida, sesiones de televisión y series encadenadas entre sí mientras en la calle el frío azotaba la calzada, en el ámbito seguro del hogar de Lola se comía y se disfrutaba de lo que la vida traía.

 

Comenzó Enero y Lola se inquietó al ver su cuenta mermada a límites extremos. Era preciso conseguir un trabajo o tendría que abandonar su maravillosa casa y a Laly. Volver a una buhardilla pesarosa o compartir piso eran soluciones que la aterraban por apuradas en tiempo pasado. Se pasa mal del paraíso a lo terreno se decía Lola mientras saboreaba una onzas de chocolate negro con almendras y pasas que Laly la subía con frecuencia para endulzar la amarga búsqueda infructuosa.

Sumida en una desesperada espera le espetó a Laly una de las tardes.

-Voy a tener que dejar el piso Laly, ya no me quedan fondos para pagar el alquiler…No te imaginas que impotencia siento pero no podré aguantar mucho más-

Laly se volvió hacia ella. Andaba cacharreando por la cocina, introduciendo el asado en el horno mientras pelaba a la vez, las patatas para la fritura.

-No te preocupes. Tengo una idea que será tu solución ¿qué te parece si te bajas a vivir conmigo? Total, estamos siempre juntas, qué más da donde duermas. Así estaremos más unidas y tú no tendrás gastos-

-Laly…no sé qué decirte. Te agradezco mucho pero no me parece lógico. Es tu casa y si bajo será con la condición de pagarte una parte-

-Cuando encuentres trabajo, tontina, entonces me pagas todo. De momento no hace falta. Haremos el traslado esta misma semana, de esa forma no gastas más en el alquiler-

Lola bajó los enseres que  entraban en el escueto cuarto que le habilitó Laly. Poco cabía, el resto fue a un guardamuebles en espera de mejores momentos. Forraron el sofá con tela protectora, comprimieron los cojines, el edredón, las sábanas y toallas de Lola en bolsas que se arrinconaron en un hueco del guardamuebles. Lola levantó las baldas, los libros, los cuadros que con tanto mimo colocara Sergio para apilarlos en espera de resurrección. La última mirada que sobrevoló por lo que fuera su hogar llevaba más pereza y abulia que tristeza y eso la preocupó bastante. Había perdido todo lo que amaba y lo que le costó tanto obtener y no sentía ni rabia ni tristeza. Tan solo un embotamiento mental que le hacía refugiarse en la cama o en la cocina caldeada de Laly que siempre humeaba alguna delicia.

Al llegar la primavera, la arboleda que se desnudara en el invierno se poblaba de hojas y flores. El zureo de las palomas que retozaban por el parque la despertaba con gritos alegres, invitadores a asomar el cuerpo fuera del lecho y del pequeño habitáculo dispuesto para ella. Laly, la desaconsejaba salir…y al probarse la ropa eran las costuras de sus faldas o pantalones las que gritaban su desafección. Solo le restaba ponerse el chándal que utilizaba en casa. No había dinero para ropa y aunque lo hubiera era tal el apuro de Lola al tener que solicitar la talla 48 o 50 que prescindió de cualquier dispendio. En adelante solo vestiría chándal oscuro.

Salía de noche. Daba una vuelta por el barrio y volvía rauda a casa. El agotamiento después del escueto paseo era de tal magnitud que necesitaba horas de descanso para reponer las fuerzas. Y el chocolate con churros y palmeras de chocolate que Laly la preparaba para antes de dormir, que le compensaban de tanto sofoco.

En el verano el calor sofocaba la vida. Las ventanas solo se abrían de noche, y poco. En la casa de la vieja, repleta de atalajes decimonónicos reinaba una bruma opaca de calor apelmazado con el sudor perpetuo de los cuerpos. Lola manaba por los poros de su cuerpo miasmas, su peso debía rondar los cien kilos de humanidad apelmazada y se hacía notar en el ambiente.

 

 

No recibían visitas. Nadie llamó a la puerta de la casa en meses. Y de haberlo hecho es altamente posible que Lola no se enterara. Vivía un sueño perpetuo. Despertaba para comer, cenar, merendar o desayunar y ver algún capitulo de alguna serie sabida de pura repetición.  La vida era algo que pasaba fuera del dintel de la puerta y ellas se encontraban seguras viviendo a su manera.

Laly, no dejaba de preparar el ponche matinal de todos los días con la consiguiente dosis de Sedonat, que a veces si la notaba algo alterada le añadía al chocolate de la merienda, incluso cuando mostraba deseos de moverse o de volver a la vida, le administraba de noche. Todo por tener a su querida vecina tranquila, feliz y a su merced y cuidada con el esmero de una madre solicita sin interferencias de nadie. Con la devoción de la exclusividad.

Después de comer, una vez fregados los platos y puesto en orden la cocina, Laly se sentaba en el salón frente a Lola  sintiendo que era de su total y absoluta propiedad. Trazaba las hebras del ganchillo con sus dedos sarmentosos, los ojos fijos en la pantalla y de vez en cuando la contemplaba con arrobo. Lola, regurgitaba la comida  cabeceando mientras un hilillo de baba cubría sus labios deslizándose por la comisura. En la tele el griterío vespertino era la banda sonora de las dos mujeres.

Fin

 

 

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Herrumbres

Herrumbres de ceniza, basalto y moho viejo

nos cubrirá el olvido, cuando hayamos pasado.

Así será el futuro, mientras volamos alto.

El polvo del camino será nuestro paisaje

cuando con alas largas, horademos las nubes

y las sombras de escarcha dibujarán el alma

de nuestros cuerpos idos, de nuestras venturanzas.

Así serán las tardes en que volemos raudos

en pos de conocer la luz y hacernos uno en ella,

mientras, abajo, los humildes mortales

se afanarán con prisa, esperarán la vuelta

y el anatema umbrío de saberse  caducos.

Mientras, nosotras, hueras, hermosas en la nada

volaremos muy alto, casi tocando el cielo.

María Toca

Santander- 07-12-2019. 23,37

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5 minutos tan solo

Me gusta llevar mochila ligera

y tener la puerta abierta.

Me gusta cruzar el lecho

con mis piernas, sin reserva…

Me gusta comer despacio

a la hora que yo quiero

y cantar como una loca

a cualquier hora del día.

Dormir, reír o marchar

sin cuenta ni parsimonia

como  pájaro en libertad

 haciendo a toda hora

mi santísima voluntad.

Sí, todo eso y más.

Me gusta, volar en paz.

Seguro, aunque he de confesar

que cada día que pasa,

cinco minutos, no más,

añoro el abrazo cálido

o la voz que me reclame

con sutil banalidad

que soy su vida y me ama

por encima y por demás.

Son solo cinco minutos,

lo juro, solo y no más,

en que me dejo llevar

por esta debilidad…

Luego repongo mis fuerzas,

zureo presto mis alas

y me vuelvo presta a volar

sin pausa ni equidad.

María Toca

Santander-1-11-2019. 21,03

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