Países

Se desvela el infierno

con las anchas caídas

y nublados de cielos

escarchados de plomo.

 

Se levantan telones

de los escorzos hueros,

como esquirlas de hielo

que pueblan, sin un ruido

los caminos hollados

 borrando viejas huellas.

 

Porque son los nublados

de un país, donde poco o nada

se oculta de ese sol

que todo lo celebra

y se quiebra a poco

que la luna se asoma

detrás de las viejas quimeras

que panzudas, cual nubes

caminan hacia el fin.

 

Un país sin palabras

donde medran los fines

 de destinos banales,

nos decoran simientes

que siembran sementeras

para luego crecer flores

que se visten de azul.

María Toca

El Camello, 6-05-2018, 14,58

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Crepúsculo

Me gusta ese momento

cuando el sol alardea,

justo antes del ocaso,

en que se tiñe, fiero,

de purpura, y relucen

las nubes, que le rodean

haciéndose mayores.

 

Cuando la pajarada

emprende viaje raudo

hacia el nido precoz,

justo, antes de que todo

se tiña,  se añilea

y se viste de sombras

ante el altar mayor

 

que anuncia, con sus luces

que la luna prepara

sus galas, y la noche

augura  sueños fértiles

y se apaga el rumor

 

de la vida, mientras las almas

solitarias, se aprestan a sentir

el hueco más preciso

que hace grito en la sombra

y clama soledades.

María Toca

Santander-6-05-2018. 18,41.

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Añoranzas

Añoraré las esperanzas

que nacieron al florecer unos almendros

que se perdieron entre brumas

que fueron contingente de olvidos.

Añoraré las esperanzas

que corrían como escarchadas por mis venas

con el fulgor de la alegría

y  las banderas en mi casa.

Soñaré con la tersura

que la juventud, ponía entre mis penas,

las condensaba y diluía

entre marasmos de esperanza.

Y la casa olía a espliego,

a libertad, a lontananza

cuando el beso se fugaba

y anidaba en otras ramas.

Dejaré los sueños bien calzados,

la añoranza bien templada

para que me crezcan los esquejes

de una vida nueva que ilumine

la senectud abandonada.

María Toca

Gran Vía, Madrid- 14-04-2018. 13,18

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Escapadas

Ha sido demasiado. Sentada frente a ella, me doy cuenta que no debí traerla, ni tan siquiera venir yo, porque esto es excesivo. Me mira con los ojillos de pájaro asustado que no consiguen proteger ni las bifocales que ha estrenado no hace mucho. Cierra la boquita tras cada bocado, con cuidado de seguir el correcto código de las buenas maneras. Subsume sus  labios enrabietados del rojo de costumbre, impidiendo que ni un grano de arroz se le escape , para luego, con gesto comedido pasar la servilleta suavemente por ellos, con el mismo cuidado con que, a ratos y de forma convulsa, limpia sus gafas. Se la empañan a cada poco, y lo comprendo, porque la atmósfera es agobiante. Estamos en hora punta, comiendo en el restaurante barato que otras veces he utilizado yo, en diferentes condiciones, con otras personas que diferían mucho de ella.

 

Quisiera poder llevarte a algún lugar excelso, querida, tal como te merecerías en tu primer viaje, en esta iniciación que pretendo y siento que ya nació frustrada.  No puedo permitirme dispendios, ya lo sabes. El sueldo congelado, la hipoteca en su meridiano más costosos y los meses, querida, que caen como piedras de molino engrasado. No puedo permitirme más de lo que hago, y bien que lo siento, porque aceptaste la invitación con un incierta alegría que me hizo concebir esperanza.

 

Fue un error traerte. Al contemplar tu figura enjuta, casi encogida mientras comes esta paella banal, casi insultante, me doy cuenta de que no debía precipitarme en sumergirte en plena marejada, precisamente en este barrio. Tú eres de otra pasta, y lo sé. Tu sutil persona acostumbra a rincones pequeños -cuatro son aglomeración para ti- a cuarto de labor, a estudio en biblioteca de pueblo y luego tomar cañas o mosto, porque ahora que recuerdo, tú tomabas mosto, con limón y guinda, que bailaban en tu vaso como adolescentes enrabietados con las dos piedras de hielo. Tú, querida, eres provinciana por convicción y suerte. Sigues rezando cuando la tormenta asoma a tu ventana, y cruzas la calle mirando a ambos lados, solo cuando el semáforo lleva mucho rato abierto. Y te encuentras aquí, en el barrio por excelencia donde todo exceso es costumbre, donde cualquier dispendio es ley y todo se permite. Mezclada con la pareja aquella que mantienen la mirada y las manos cruzadas, con un pegajoso deseo enredado en sus ojos, a pesar de que uno pasará largo la sesentena y el otro apenas ha cumplido los veinte. En medio,  una mujer de complexión tan fuerte como un estibador, que contempla arrobada a la dulce rubia que tiene enfrente, como le cuenta alguna historia truculenta.  Tú, destacas por inane, entre  la barahúnda de gente que mantiene su presencia en este restaurante de menú como avituallamiento hacia cotas de mucha más altura.

Creí que sumergirte en el marasmo de vida que supone este lugar, barrería para siempre la constricción que te impones y de rebote, me impones. Suponía que al enseñarte una parte del mundo, real, como la nuestra por lo menos, solo que sin corsés y sin las pétreas ataduras que cinchan nuestra vida diaria, responderías con un grito a la llamada de este oasis de libertad total.  Esperaba que te soltaras, amiga, eso era lo deseado; ahora me doy cuenta que erré el tiro de forma claudicante. Me he equivocado. Y temo que el error cancele para siempre la nube en que encerramos la sutil forma en que nos entendemos.

 

Te veo esquiva, solitaria aunque vengas conmigo. Cerrada a la visión de gente en libertad. No quieres mirar alrededor y lo entiendo. Temes encontrarte el espejo donde se ven reflejados cada uno de tus días, cada una de tus mentiras y las mías, comprobando que se pudo hacer de otra manera. Tienes el miedo cerval que nubla el entendimiento, lo reprime y lo obliga a seguir ensimismado dentro de esa zona oscura, infeliz, que llamamos de confort. Ha sido contraproducente, lo sé, mientras contemplo tu figura de pájaro ensimismado mientras comes ese atisbo de paella, que mantiene tus manos ocupadas mientras tus ojos intentan sobrevolar el campo de visión sin querer mirar los detalles, no sea que te sorprendas a ti misma deseando besar alguna boca indebida  o rozar piel que no debes.

Amiga, cuanto siento no haber sido sensible para premonizar tu miedo, tu escasa defensa ante la realidad. Me gustaría explicarte que son las ganas de soltar uno a uno los lazos de esa soga que aprieta y no tiene sutura. Que son las ganas de ti, comprimidas por años de miradas secretas, de roces inconexos entre las sombras y la incertidumbre de si te habrás dado cuenta, o se la dan los de fuera. Años de soportar besos indebidos, pasiones desfogadas en un cuerpo que está muerto para todos menos para ti. Tiempo en que tan solo me consolaba de esta soledad ciega, la visión de aquella tarde, en que envuelta entre risas puberales, tú y yo, nos bañamos en el río. Y cuando nadie nos vio, cuando andábamos lejos de las monjas y de cualquier humano, te propuse quitarnos el bañador y pude ver tus senos incipientes. Sentí el hambre inmenso de ese botón oscuro, de esa piel nacarada que se hundía en el agua, diluyéndose entre las pequeñas olas que formabas al moverte. Que te apreté en abrazo, sintiendo piel con piel, en un momento en que tú parecías perdida por el frío mientras intentaba arroparte con mi calor, que brotaba como caldera ardiente entre mis muslos, deseando que el tiempo se parase sintiendo  el palpito de tus senos enfrentados a los míos, y el vello púbico enredado, también, entre el mío. Fueron pocos segundos, pero valieron el mundo que siguió después de ellos. Por eso te he traído, querida mía, por ver si desatamos el tiempo y anudamos nuestros cuerpos en uno, como en aquel río hace más de cuarenta años. Por eso y porque ya está bien de sufrir. De recoger los mantos de nuestra cómoda existencia y volvernos del revés. O al menos intentarlo, querida. Por eso te he traído, aunque ahora compruebo que tu susto es tal que poco o nada conseguiré con ello. Quizá sea al contrario, ver este dispendio de libertad a secas, de bocas que se juntan, de manos que entrelazan el deseo con algo similar al amor, te deje exhausta aun antes de experimentar la discordancia que llevamos años postergando.

Me miras, desvalida,  adivino en tus ojos la herida profunda que he labrado con mi imprevisión. El reproche que lanzas con esa mirada huidiza es comprendido perfectamente por mí. No lo dudes, querida, te entiendo. Sé que hubieras querido seguir dentro del contraluz donde nada se espera porque hay unas cuantas seguridades que conforman el mundo. El tuyo, el mío ya no. Porque yo vine hace tiempo. Tú no lo sabes, querida, pero esto lo conozco mucho antes de esta vez, que para ti es la primera, y para mí ha sido furia y escape de un pueblo que a base de no tener cumbres los ojos se escapan hacia el horizonte y una se pregunta ¿qué hay más allá?

He venido desde que dejé a Manuel, dos o tres veces al año, querida, te lo confieso en este silencio mudo en que comemos. Me he perdido por las calles de Chueca, esquinada en sus sombras, bajando a los infiernos de las lóbregas noches donde todo es posible. Y luego he vuelto. He frotado mi cuerpo con esparto fruncido para sacar las muescas de esas noches en que perdía el pudor y sacaba a la calle toda la triste desesperación de meses envuelta en el velo de la normalidad. Dos, tres días a lo sumo y luego tornaba a compartir contigo espacio en la sala de profesores,  o mesa de comedor, mientras los alumnos vociferaban expectantes. Te pedía mil perdones, muda, como ahora,  por no haber sido tu cuerpo en el que me había envuelto.

Volvía renovada, casi feliz, te lo confieso amiga, porque el lodazal donde me retorcía salvaba la poca cordura que quedaba en mi mente, para seguir impartiendo mes a mes, las clases de biología que era mi especialidad y arrastrando una vida entre la calle Mayor, el cine del pueblo y la compra diaria. Tu especialidad, es literatura. Nunca sabrás, querida, como me recreaba mientras te veía, absorta, releyendo a los clásicos, o corrigiendo exámenes, mientras cabeceabas cuando algo no te gustaba. O cuando leías poemas o ensayabas la función de teatro, de cada fin de curso. Para mí la literatura eres tú. Los poemas eran tu boca moviéndose al ritmo cadencioso de las palabras de amor, que tú decías al viento y yo sentía que me los dedicabas.

Por eso te he traído. Lo he intentado, con esta rabia ciega que me lleva a quemar unas naves que nunca fueron mías, en aras de unas intenciones que quizá ni compartas. Te he traído, querida, buscando ese milagro que hiciera mecha en tu pecho dormido.

Yo me casé. Tú no. Asististe a mi boda como penado marcha al cadalso, de eso estoy segura. Me besaste, al acabar la ceremonia y dijiste las mismas palabras que todas pronunciaron: felicidad Matilde. Te deseo que seas muy feliz. Vi en tus ojos, que aún no calzaban los lentes ni se habían apagado las lucecitas de mica que anidaban en ellos, el dolor sordo de una cruel redención. Fue un vano intento, querida, lo sabes. En cambio, tú, fuiste en eso más fiel. Soltera, sin novio. Jamás un escarceo, más que los de la pubertad, o los que impulsaba tu juventud tan exuberante y bella como la que más.

 

No se te conoció varón. Ni uno. Del colegio a casa. Lecturas, teatro en la ciudad, cine, mucho cine, eso sí. Viajes culturales, y creo que nada más. Pusiste mil cerrojos a tu cuerpo para que no escapara ni una sola esencia que el tiempo, quizá, apolilló. Yo, en cambio, probé mucho. Intenté una y mil veces torcer lo natural. En vano intento, querida, lo confieso, porque esas cosas nunca salen bien,  pero eso tú ya lo sabías de antes. Quizá esto no te guste, pero es posible, que mi forma de vivir, te gustara menos. Ahora que lo pienso, al negarte al mundo, fuiste más fiel que yo. Por eso te he traído, por si podemos juntas, volver a aquel río y retomar el camino. Ya sé que no es posible, que el tiempo camina hacia delante y nada lo puede parar, pero al menos lo intento. O caminar lo que resta sin miedo al porvenir. Por eso te he traído, y por eso me callo, mientras tú que ya has acabado la infumable paella, esperas el postre con callada actitud.

Epílogo

Al pagar algo parecido a una sonrisa me has dedicado, tocaste con el cuidado de quien no quiere molestar, mi mano, y me dijiste: déjalo Matilde, ya has hecho bastante. Pago yo.

Hemos caminado por el barrio, mientras te explicaba los entresijos y los pormenores de la vieja historia que florece en cada esquina. Alguna bandera irisada floreaba a nuestro paso en balcones perdidos, tiendas de musculación, sex-shop variados, puertas cerradas que se abrirán como fauces a la nocturnidad, dentro de unas horas, cafeterías chic, tiendas de ropa insultantemente cara y el ruido de una calle que vive a toda hora convulsionada y en perpetua lozanía.

De pronto, tu mano ha tomado la mía. La has dejado caer como paloma herida. La he tomado, sintiendo el calor de un cuerpo cercano, pero a veces, tan lejos como el mundo. Hemos seguido andando, hasta el museo del Románticismo que recorrimos contemplando sus excesivas salas. Tu mano ha seguido en la mía, como si fuera apéndice seguro que nunca se desprende. De pronto, has parado, te has vuelto hacia mí.

-Matilde, no niego que estoy aterrada. Este barrio es hermoso pero su ambiente me cansa. Tienes que comprender que nunca he visitado un sitio así. Aunque he viajado, tú sabes que soy de Viena, de París, de Londres, moviéndome en zonas seguras, culturales y turísticas. Pero no te equivoques si crees que estoy asustada por lo que ha de venir. Hemos pasado una vida como naufragas en islas cercanas pero distantes, hora es ya de acercarnos. Matilde, llévame despacio al hotel y mañana seguimos con el turismo. Vamos a  reiniciar nuestra vida como si no hubiera pasado más que un rato y aún siguiéramos mojadas por el agua del río. Matilde, vamos, no perdamos más tiempo que ya llevamos demasiados errores cometidos.

FIN

María Toca

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Gente de orden

Se dicen gente de orden.
De creencias firmes, consistentes, perdurables.
De orden burgués, apelmazado
por apellido de raigambre, sonoro, evanescente. De orden.
No como nosotras, tan dispares
que empezamos la jornada con café y prisa bien peinada
corriendo de casa a la oficina,
a la fábrica, al paro o la mierda, calladas,
en desorden, o algo desmandadas.

No somos de orden. No robamos,
ni tenemos putas esperando en la puerta
o maletas de sangre bien colmadas.
No somos gente de bien,
somos normales, descastadas…

ni tenemos apellidos rimbombantes,
tenemos un idioma, o dos lenguas,
los usamos como forma de entendernos.
No robamos , ni nos regalan títulos
ni uniformes. Ni maletines,
ni brillo falso de brillantes.

No somos más que puta gente
que nos mueve vivir y ser solo importantes
para los que amamos,
ganandonos el respeto a cada paso.
Gente sencilla. Gente corriente,
nada que ver con ellos: los del orden,
importantes…
María Toca

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Contar una historia

A veces contar una historia demuestra más que varios estudios sociológicos las verdades que se pretenden demostrar. Bien, dejemos los ensayos a los expertos. Les contaré una historia:

Erase una vez una joven mujer, atractiva, con el poder que ejercen  la juventud y una cierta benevolencia de la naturaleza, con carácter alegre, comunicativa, seductora y empática,  en los tiempos en que salir de noche contenía el halo de aventura indeterminada y feliz de una seducción falaz y  sin mayores compromisos. Tiempos de juventud, risas y vientos destemplados que desgarran tabúes y rompían moldes establecidos. Estamos a finales de los ochenta.

Nuestra heroína, le había visto unas cuantas veces. Alto, delgado, con el pelo trigueño bien cortado, un bigote a la moda de la época loca que referimos. Unos profundos ojos esmeralda, que parecían pozos de incertidumbre y una boca seria, aunque a través de la insistente mirada de la joven, dejaba, a veces, entrever una sonrisa. Los ojos captadores de la joven le habían invitado varias veces. Él parecía resistirse, aunque no apartaba los suyos de la figura pizpireta y bailona de la chica. Noche a noche, se produjo un mudo acercamiento que culminó en una madrugada donde se conocieron. Hablaron poco, él parecía hermético, misterioso. La heroína de la historia tenía una clasificación para los hombres:

Buenorros y agradables pero con pocas luces= noche de sexo loco y poco más.

Buenos, con algo de cerebro y conversación amena= mucho sexo,  peligro de enamoramiento y apertura a más.

Interesantes=lo que surja.

El tipo de ojos verdes pertenecía al último baluarte, aunque tenía algo de los anteriores. No era lo que se considera un tío bueno, pero sí interesante, con la belleza decadente de un personaje de Visconti. La languidez de su mirada, su soledad nocturna y una cierta dificultad en conseguirle le aureolaban con el arrebato del romanticismo, porque nuestra chica era rompedora y revolucionaria pero romántica cual ovejita Dolly.

Para nuestra heroína, las relaciones entremezclaban sexo, conversación e interés, en caso que lo hubiera. Pero el sexo era patrimonio fundamental de aquellas noches locas de la década ochentera donde  se conocía poco al VIH y demás pejigueras que nublaron la fiesta poco después. La chica liberada por carácter un poco selvático, por lecturas feministas y procaces de la cultura que entonces  imponía, no era de perder el tiempo. Decidió proponerle pasar el resto de la velada en su casa, que era como decir en su cama. Bien. Él aceptó encantado. Era un correcto caballero, con mirada de esmeralda y modales de marqués; esbozó una media sonrisa a lo Gable que quedó diluida debajo del trigueño bigote. Omitimos el nombre, porque la heroína, lo olvidó pronto.

Llegados a la casa, la chica observó que la falta de destreza al besar  rebajaba su interés unos enteros, pero decidió tener paciencia. Los ojos del tipo seguían brillando acaramelados.  Al poco, ambos, dejaron las ropas, un tanto desordenadas, por el cuarto y pasaron a residir debajo de las sábanas. La torpeza y brusquedad del tipo era alevosa. Los ojos de esmeralda se tornaron nubarrones de acero mechaditos con hilos de sangre y el caramelo se tornó azúcar quemado. Mi heroína, comenzó a sentir un desagrado intenso. Intentó, con suavidad corregir los brutales envites del otrora correcto caballero, convertido de pronto, en lobo hambriento. No consiguió nada. Hasta que, sin previo aviso,  se intentó una penetración en seco. El dolor, la rasgada de piel, llevó a la chica salvaje y feminista a encorajinarse, apartando la corrección que hasta el momento mantuvo.

-¿Qué crees que estás haciendo?-

-Lo que hemos venido a hacer… follar ¿qué si no?-

-¿Tú crees que son formas? Me haces daño, no me gusta nada como lo estás haciendo-

-Disculpa, chica, es que estoy ansioso. Estás muy buena-

-Ya, querido, pero no es disculpa. O lo haces bien, o de inmediato sales de mi cama. Esto no es un asalto-

-Vaya. Soy brusco, es mi forma de actuar. Me lo han dicho antes que tú, pero no pasa nada. Tú te dejas ahora, yo desahogo, y luego ya, calmado, lo hacemos a tu modo-

-¡Cómo! ¿Crees que esto es el sarampión? que hay que pasarlo para disfrutar. Por si no lo sabes, aquí o lo pasamos bien ambos desde el principio, o no se hace nada y tú te vas con viento fresco-

-Estoy en tu cama, estamos desnudos. Tú has querido. Tú me has traído a tu casa-

-Sí, para disfrutar, no para darte placer mientras lo paso mal-

-Pero si no tardaré casi nada. Me desahogo rápido y ya está, ¿no lo entiendes? Es solo un momento, no sé qué problema tienes, chica-

-Tío, tú eres un tarado. Eso que dices es una jodida violación-

-La loca eres tú-

Con esta última frase, él antes considerado correcto caballero de  ojos esmeralda,  embistió de nuevo a la heroína, con ardiente vigor. Ella, como era previsible, saltó de la cama, se zafó del brazo de oso, le miró bien fijo a los ojos y le sopló cerca del rostro.

-Hijo de puta. Puedes violarme, porque tienes fuerza, porque eres un tío grande y yo pequeña. Puedes, pero te juro por lo más sagrado, que no volverás a tener un minuto de tranquilidad. En cualquier esquina, es cualquier calle, te vas a encontrar a alguien que te haga lo que intentas hacerme o más. Te juro por dios, que en tu puta vida dormirás tranquilo, porque te destrozaré. Piénsalo-

La desesperación hizo que las palabras silbaran cual acero entre las paredes de una habitación solitaria de una casa solitaria. Se cortaba el aire.

Él la miró. Comprobó que en los ojos de ella brillaba la dignidad, el odio infame a la vejación y la creyó.  No se dio cuenta de que la heroína jugaba de farol. Era tal su rabia que le trasmitió un odio infame y la certeza de machacarle.

Se levantó del lecho. Comenzó a recuperar la ropa. Al punto la miró fijo. Ella seguía en la cama, tapada hasta el cuello, con la mirada fiera y un ligero temblor en las piernas, que apenas se notaba.

-Solo te pido una cosa- dijo el tipo, acercándose de nuevo- me voy a ir, porque eres una zorra asquerosa, pero hazme un solo favor y no te molestaré más. Tienes que prometerme, jurarme por lo que más quieras, que no le dirás a nadie lo que hago-

-No te preocupes. No ha pasado nada, si te vas, no hay problema. Aquí no ha pasado nada-

-No, lo que quiero que te calles, es que me voy. Lo que me da vergüenza y no quiero que nadie sepa, es que me das miedo, tia. Que estás muy loca y me voy por eso. Lo que me avergüenza es no tener valor para follarte mil veces hasta que sangres por los ojos-

La heroína de la historia, comprendió entonces que la lucha sería larga, que había algo terrible, que luego supo que se llamaba patriarcado, que había arado la historia haciendo que un hombre correcto, normal, prefiriera que le llamaran violador a que supieran que ante la negativa, optaba por irse. Que no era un loco, ni tan siquiera agresivo. Era un tío normal y hasta amable.

Nuestra heroína, siguió conquistando chicos guapos. Incluso se enamoró alguna vez, precisamente del más feo de los que ocuparon su lecho. Nuestra heroína siguió con su vida, tuvo muchos encontronazos con el patriarcado, pero aprendió la lección que la vida le dio. La lucha no era contra un comportamiento concreto, no. La lucha era contra la historia.

María Toca

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La fotografía

Un instante, una visión, una foto

de un momento. Una emoción emancipada,

un minuto, o menos. Casi nada…

entrevisto en el marasmo

de las cosas bien guardadas

que saltan a la vista, escarmentada.

Una imagen que me conduce

de la mano, hacia un tiempo pasado

en reproche con éste, solitario

y en retroceso con la nada

que auspicia la desolación anticipada.

Un momento que fue feliz

quedó plasmado por la cámara

un minuto, apenas nada

que hoy me vuelve los ojos

hacia el tiempo en que las cosas

caminaban por la cuesta de bajada.

Un instante. Un lugar,

una imagen fugaz,

apenas carencia que me invade.

Me sonríen los fantasmas

de aquel día enmarañado en la memoria

bajo el auspicio de un mañana

que me llegue, al fin,

en desolada confluencia con la nada.

María Toca

Santander- 19-04-2018, 14,47

 

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