Los Solitarios

528235_558747140836580_497253521_nEl sonido crujiente de las hojas, al pisar, la desperezaba de la somnolencia que cubría sus ojos como un telón que bajaba a cada instante, dejando detrás de su manteo, la visión de una ciudad despertando, abriendo los ojos, aún adormilados, a una bahía que a esas horas tenía el aspecto terroso de un mar que comenzaba a nacer. A veces cambiaba de camino, o equivocaba los pasos, como era el caso. Sin saber porque, en su camino de vuelta a casa, después de la jornada agotadora,  enfiló la bocacalle que atravesaba la avenida, buscando el respiradero de la bahía. Quizá porque la noche fue densa, como el humo que acompañó las horas en que, servía mesas, encendía cigarros, mechaba de sombras aquiescentes las miradas embarradas de miedo o de lujuria, vaya usted a saber, de los que visitaban la Cantina del Sordo.

 

Cierto es que a ella apenas la veían, encerrada detrás de la amalgama de botellas medio llenas o medio vacías, dependiendo del acercamiento, de vasos amalgamados por la espuma de una cerveza o el rastro de bebidas más fuertes, algunos, incluso, con el dibujo atrapado de una boca en el vidrio, que poco antes lo había acariciado. Eran  otros cuerpos los que atrapaban las miradas, no el suyo, que a fuerza de compararse con los demás, era insignificante.  Los ojos de los parroquianos apresaban, hambrientos, otros rostros; otras anatomías,  que se ofrecían con generosa petulancia encima de unos altos taburetes de cáñamo, para ser vistas, expuestas en el mirador donde los compradores de tiempo y carne humana las tasaban, a golpe de lujuria apelmazada por la soledad y las horas encerrados entre las alcayatas de una estrecha camarilla, donde el rebufo de sudor y de lastimeras preces humanas se compartían sin pudor.

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Las miradas se quedaban prendidas de los escotes aliñados de falso pundonor, y no llegaban hasta ella, porque no tenía nada que destacase, más que una belleza sutil, apenas perceptible por el ojo avieso, que busca carne fácil y rostros con afeites invitadores. Ella, en cambio, es menuda, con el pecho escurrido, aunque en su pequeñez se yergue enhiesto.  Las caderas, livianas, y sus piernas, aunque agiles, viven apresadas por unas medias que cubren la piel de ámbar. El pelo enmaraña y enmarca un rostro aniñado, acharolado por el sudor que la prisa y el hacinamiento provoca en ella. Su expresión, dibuja, a duras penas, una vida contumaz, vivida a golpe de desesperanza, con unos ojos que gritan de soledad y a veces, de furia. Con todo, la boca es golosa, cárdena, gordezuela, invitadora al beso o a la confidencia. La prisa hace que el liviano cuerpo se multiplique para llegar a todo, desviviéndose ante las voces que  demandaban más copas, más rápido, más dinero, más presteza.

 

Quizá, por eso, hoy, se dejó llevar por unos pasos que la condujeron hacia el puerto, casi sin sentir, amostazada por el sueño que la aprestaba a llegar a un hogar triste, que la acogía, a esas horas, con el abrazo sórdido de la soledad y el desamparo. Sin embargo, llevándole la contraria al cansancio y al hastío, se dejó conducir por un destino que ignoraba, hacia ese puerto que surtía de generosos parroquianos a la Cantina del Sordo.

 

Pudo parecer un disparo sordo, lo que sintió en su espalda, pero fueron unos vidriosos ojos, que amalgamaban un azul intenso con el aguamarina turbia de un mar en calma. Volvió el rostro, impulsada por el vértigo de la muda llamada  que los ojos extraños la hicieron. Se quedó enredada entre las luces que  apagaban el suave nacimiento de un amanecer que cercenaba la oscuridad;  hasta hace poco, campaba por las calles, cubriendo la miseria del velo de misterio que dan las luces de neón, cuando la bruma del mar escarcha su fulgor. El velo de sueño que calzaban sus ojos,  desdibujó la presencia que avanzaba hacia ella, con pastueño paso y una liviana sonrisa dibujada en un rostro que se cuarteaba por el moreno cobrizo de brisas y soles impíos. A la vez, una jerga de susurros inconexos acompañaban los pasos que el extraño cruzó con los de ella. Ajustó los ojos, cerrándolos, forzando un reconocimiento que no consiguió y debió quedarse en mueca de extrañeza. El desconocido, sonrió más, quedándose parado frente a ella, que le contempló entre sorprendida y somnolienta, briosa y aquiescente, a lo que intuía, iba a pasar. Su pelo se volteó levemente al paso de una brisa mañanera, que la hizo estremecer, por el susurro apagado, de una caricia que cercenó su espalda. Ignoraba  si el escalofrío venía de ese golpe de viento , o de la certeza de que el destino llegó en barco de carga a su encuentro, para torcer su vida, para enredarla en un amasijo de sentimientos desconocidos pero atrayentes.

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-No preocupar, yo conozco de tasca Sordo. Yo pedir copas todo el rato a ti, para verte cerca. Tú no fijar. Tú no ver, pero destino caminó por ti-

Corroboró las palabras deslavazadas, con una carcajada que atronó, con el eco, las paredes de la sucia callejuela. Al sonido de esa risa, varios gatos escaparon de sus aposentos nocturnos, aterrados por el trallazo de un sonido inesperado.

Ahora, al ver de cerca el flequillo rebelado que tornaba una y otra vez hacia una frente, que era despejada de un leve movimiento de cuello,  sus ojos se familiarizaron con ese rostro. Al acercarse y ver la mellada sonrisa, donde uno de los dientes, estaba roto, mostrando un canto picudo e irregular, pudo encontrar en los anaqueles de la mente, el recuerdo vago de unas copas servidas una y otra vez, de ron con hielo, picado por favor, y zumo de lima…de lima, por favor, no de limón, con una cadencia de erres arrastradas y el esfuerzo de buscar palabras desconocidas en un idioma poco practicado.  Sí, posiblemente se trataba del extraño que  pasó la noche contemplando el paisaje de la Cantina, dejando ingentes cantidades de dinero en copas, sin aceptar más compañía que la de la soledad ruidosa de un recinto amurallado de desesperanza, alcohol y mujeres en derribo, esperando la redención por unas horas, pagadas con regateo. Ahora, que lo tenía cerca, observaba la protuberancia generosa de un vientre amplio, unas piernas torcidas que mantenían, como columnas, el cuerpo denso, aprisionado en unos pantalones que vistieron más liviandad y un jersey de nudos gruesos, que dibujaba unos ochos a lo largo de la anatomía de un pecho protuberante. Al acercarse más, la claridad de la madrugada, desveló que el pelo se atrigaba, pareciendo casi  rubio, cercano al heno,  con unos remolinos que a duras penas, las manos poderosas, los amainaban,  con fuerza. Comprobó que la piel oscura era fruto de brisas y soles despiadados, recibidos desde mucho tiempo atrás, porque no se bruñía en unos meses una tez trenzada de mil caminos que acercaban historias y destinos concluyentes,  como la suya.

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Al verle de cerca, la chiquilla, despertó de pronto, de su letargo. Contempló unas  manos ásperas, que podían ser garras que destrozaran un cuerpo o amainaran deseos con la suave cadencia de la caricia, deseando, de pronto, refugiar en ellas, las suyas, magulladas por la desesperanza, el detergente, el agua fría y la lejía con que vadeaba, al acabar la jornada, el recinto avejentado y polvoriento de la Cantina del Sordo. Deseó, al momento, que esas manos, atravesadas de cordones de esparto inexistente, dejaran el rastro de su levedad en los rincones oscuros de su anatomía, mientras que de vez en cuando enjuagaran alguna lágrima, por lo que no fue, por lo que pudo ser y por los olvidos. Conforme se acercaba al desconocido, la joven, se dio cuenta, que estaba caminando hacia unos recuerdos que iría forjando con mano firme, durante unos días, quizá unas horas, o unos años, pero que  durarían la vida entera. En los segundos que caminó hacia el hombre, que la esperaba, se percató de que el tiempo se había parado, dentro de ese pasadizo.  La calle sombría, escasa, teloneada por edificios grises como la noche, se asomaba, por una de sus salidas, al puerto, donde seguro, tenía destino el hombre, que la contemplaba con ojos achispados y sonrisa mellada. Avanzó hacia ese destino, ciega de lo que no fuera la presencia del hombre grande, que la esperaba con unos brazos abiertos, como si desde siempre, ese fuera el amparo que ella buscaba. Se dejó caer entre ellos. Al momento, atenazaron como un oso, el cuerpo enjuto de la muchacha. Estrelló el rostro contra la lana que separaba el latido de un corazón  grande como su dueño, con su piel, recibiendo en pleno rostro la rugosa complacencia de una lana calentada por un cuerpo amplio, el olor indeciso a mar, a alcohol y humo, amalgamado con un lejano atisbo de espliego, que quizá viniera de otros cuerpos, abrazados, antes que el de ella, pero que conforme  restregaba su rostro contra esa lana, desaparecían, formando un humo espeso, que ascendía por la callejuela, en pos de unas nubes broncas, que amenazaban agua. A la vez, tomaban posesión, ambos, de sus cuerpos. Se reconocían en una presencia entrelazada de esperanzas ciegas.

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Las palabras inconexas e incomprensibles, salían de la boca del hombre mientras entre sus brazos, reconocía la anatomía y el paisaje que muy posiblemente, a partir de ahora, sería su mundo. Las manos grandes, rasposas, cálidas, caminaban adueñándose del cuerpo liviano de la muchacha, reconociéndolo, él también, haciéndolo suyo, comenzando a amarlo, como forma de compartir soledades y mares desconocidos. Esas manos, que a veces se trababan con los hilachos de un abrigo que vistió muchos invierno, daban calor y acomodo a un cuerpo quebrado por el frío y la vida trascurrida, desde que con no más de once años, se quedó sola frente al mundo conocido, inhóspito pero amado, que era el mar y su gente. Esas manos, la rescataban de aquel naufragio que mordió sus carnes con el dolor de la soledad y el desamparo, llevándose a un padre que sustentaba un hogar que poco después se desgajó del todo. La madre, sucumbió a la desesperanza y dejó la cordura entre las redes de pescar y el afilado cuchillo con que abrió unas venas livianas, que expulsaron la vida ante los ojos de una pequeña que no supo cómo contener el líquido rojo que desmelenaba un cuerpo amado. Se quedó cerca de ese mar que le arrebató lo poco que recibió, sin esperanza, porque no conocía más mundos que el que se abría a sus ojos, en aquella bahía, que huroneaba con diferentes caras, cada día estrenando vestimenta nueva. La cálida y cruda caricia de esas manos, que recorrían su cuerpo, mezclando la lujuria con la placida complacencia de reconocer lo que se busca. Reconoció la tranquila calma que inunda de amor un corazón gélido hasta entonces.

 

Exploraron sus miradas. En el silencio de esa callejuela, se contaron, con las mudas palabras que dan los ojos, sus soledades. La lucha del hombre por salir de un pueblo calcinado por el viento, la nieve y la soledad, que ampara la maldad humana, haciendo que se yergan barrotes donde sopla el viento, y cadenas donde debiera haber pasos libres. Se contaron, en el silencio del abrazo sin palabras, que él también tenía muertos, que la tormenta de unos hombres malos, pueden ser tan fuertes o más, que la de un mar enfebrecido. Se contaron que él embarcó, huyendo de unos recuerdos, como ella se quedó en el puerto, buscando los suyos. Y se contaron, por fin, que se habían encontrado, justo allí, entre vidrios rotos, gatos hilarantes y los detritus de una ciudad que despertaba, ajena al vientre que de noche contiene la desesperanza y la mugre de unos habitantes sombríos que apenas ven el sol.

 

Durante un tiempo, impreciso por lo intenso, se contemplaron mientras dejaron hablar a sus ojos que se entendieron perfectamente. Poco después, caminaron abrazados, unidos como un solo cuerpo, en pos de un puerto, al que ya había visitado la claridad matutina. Envueltos en brumas, ascendieron por la escalinata de aquel paquebote que se mecía con un suave susurro de cuerdas, con la cadencia que da el mar en calma. Subieron la escala,  se perdieron entre los pasillos estrechos que comunicaban los huecos de aquel catafalco, que a partir de entonces se convirtió en hogar.

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Años después, cuando desembarcaron en el puerto donde se encontraron, dejaron el rastro de pasos a la inversa, como desagravio al destino que los unió una madrugada común, como tantas otras. Se dirigieron a la Cantina del Sordo, como quien peregrina hacia una meca sonriente y socorrida. Ahora hablaban y sonreían, aunque a veces seguían quedándose mudos, como entonces, dejando que las miradas volvieran a hablar, lo que las palabras omitían. Consiguieron entenderse, después de mucho esfuerzo y horas de dejar hablar a la piel, para aclararse.

 

Caminaron con calma, recordando los silencios del día del encuentro, de camino a la Cantina, esperando encontrar algún atisbo de la vida pasada, quizá para recogerla y unirla a lo vivido. La esquina, donde florecían en los atardeceres de antaño, las mujeres sin futuro que poblaban la calle donde se comerciaba con carne, estaba acristalada. Unos vinilos lustrosos sustituían al viejo neón, que amparaba los pasos de tanto descarrío. Ya no se llamaba la Cantina del Sordo, ahora era simplemente: The Deaf Bar. Sonrieron, ante la visión y siguieron caminando. No buscaron más recuerdos, los llevaban impresos en la piel, escritos con  el salitre de mil mares.

 

Fin.

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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