Los Mansos

Subía la cuesta sintiendo el ritmo de los pasos acompasando al corazón. El repecho acababa y se presentaba el llano, ante él, tintineaban con la tristeza de las casas pobres, las escasas luces del pueblo, a lo lejos.  Ya estaba hecho, se pensó, mientras procuraba no encenagar el escuálido calzado que portaba en el barro del camino.  No se negaba que al principio tuvo dudas, que fueron cayendo desnudando la realidad a la que atendía con más razones que escrúpulos. La realidad era que la penuria vestía con ropajes de esparto y frío una casa, de por sí, maltrecha  desde siempre, ya que pocas fueron las pertenencias y menos en los tiempos presentes en que se diluían las escasas provisiones cayendo en el desamparo, a cada poco,  casi en la inanición.

¿Qué responsabilidad tenía él de que las cosas fueran como son? No sentía mayor alegría  del triunfo de los suyos;  tampoco le embargaba ni la culpa ni la pena por los desafueros que contemplaba. Al fin y al cabo, la vida es así, se decía cada poco,  unos ganan, otros pierden y unos montan sobre otros. Siempre ha sido y siempre será se confirmaba saltando el empedrado que dividía las lindes del pueblo. Tampoco lamentó mucho los desatinos anteriores ni le salpicaron más de justo. Era gente de orden.

Su familia desde los ancestros  estaba habituada a la jerarquía, sencilla y de iglesia, atentos al amo que les proporcionaba comanda y lucro. Quizá fuera el motivo de no dejarse embaucar en los cantos de sirena de la revolución: libertad, pan para los pobres, mueran los reyes, gritaban los desalmados,como si eso fuera posible. Como si no fuera el estado normal de las cosas mantener un escalafón de las clases. Los ricos siempre arriba, en lo más alto; los pobres abajo, sujetando la pirámide para que no caiga, labrando como hormiguitas el peculio de los ricos a cambio de migajas. Cuanto más servil, más grande la porción. Así fue y así seguirá siendo por los siglos de los siglos amén.   No se sentía culpable de apostar a ganador. Por una vez en su historia la vida se le puso a favor y podía cobrar los intereses de pasadas humillaciones. Habían ganado los suyos, buena hora era de que se repartieran las prebendas y mordieran el polvo los que antes se pavoneaban por el pueblo con los cintos preñados de munición y las chamarras arremetiendo contra la burguesía.

Mucho meditó él, intentando encontrar razones para unirse a la contienda. Y no hallo consenso, porque la lógica de las cosas y de la historia le decían que no podía ser. Se mantuvo firme, sin destacar ni a favor ni en contra, para ser sinceros. Sin sacar mucho la cabeza durante el tiempo de la destemplanza; sin ir a la iglesia, callando y levantando alguna vez el puño (justo lo imprescindible) y poco más. Por eso ahora, siente que algo tiene que hacerse perdonar, no sea que…alguien recuerde su discreción, su pasar desapercibido o aquella vez que en el patio de la Plaza los hicieron cantar la Internacional con el puño a ras de frente. Intentó  salir reptando del entuerto pero no pudo ser. Los vigías  del Frente Popular vigilaban de cerca a los tibios, eran los mismos  que repartían racionamiento y paseos, que también. Qué difícil es estar en medio de dos aguas sin saber bien de cual beber, se dijo, intentando no tropezar con los cantos enlodados del camino ya aplanado del tramo anterior al inicio del pueblo, aguzando la vista y trepando por el descampado, que oscuro como boca de lobo, amenazaba con engullirle.

No buscó contarlo. No buscó saber ni juzgar en demasía los sucesos anteriores.  El acomodo anterior fue complaciente pero no activo, por eso debía dar este paso, por definirse. Algo le decía que estos llegaron para quedarse, estaban en el orden de las cosas. De las cosas de siempre, sin romper ni querer saltar el escalafón como los otros. Había prisa en demostrarles  afinidad e intentar sacar tajada de ello. Hacerles ver que su frialdad no fue tal, que sus buenas intenciones estaban intactas. Era necesario convencerles de que a la chita callando contribuyó a la causa como quintacolumnista silente y preciso. Por eso debía contar lo que sabía y lo visto en el pueblo. No fuera a adelantarse otro vecino, que bien sabía él la calaña de los moradores del pueblo. No, debía andar bien listo y así fue como lo hizo.

 

En las primeras horas, cuando aún el olor a pólvora y los vítores a los vencedores no se habían apagado, corrió al cuartelillo. De noche, entre las sombras enrejadas del invierno,  como un buen Judas, amparado en la oscuridad y el silencio de un pueblo callado, no sabía bien si por el terror o por el alborozo. Tomó el camino del Junquillo, que era el más alejado del cuartelillo y el más embarrado y difícil, por aquello de toparse con otro y que intuyera… No es bueno que nadie sepa nada, se decía cuando tomó la decisión,  al menos al principio, mientras que todo se asiente, no fuera a ser que luego las tornas cambiaran, que bien seguros se encontraban los otros y mira cómo se volteó la tortilla.

Mejor en silencio y amparado en el ocultamiento. Pero corrió, eso sí, no fueran los del Mazorcas a adelantarse, ya que los vieron como él. Intuía el ansía de  tierras y prebendas de los desarrapados del Mazorcas. Envidiosos y con la justa pretenciosidad para aprovecharse de los tiempos. Y no. Él no podía dejar pasar la oportunidad. Era momento de valientes, se dijo no sin sorna, porque hasta a él mismo le asombraba llamarse valiente en esas lides y se tiró al sendero, que embarrado y lluvioso le condujo a la hora cercana de la medianoche a las puertas del cuartel, viejo caserón de piedra ensamblada que solo verlo producía el estupor del miedo,como si las piedras pudieran ahogar el contenido de los gritos de espanto que  se intuían en el interior.

Llamó con el estómago contraído y el corazón en un puño; eso que él estaba fuera de sospecha, o al menos así lo creía. Intuía lo que sería llegar a esas puertas como condenado y un amplio escalofrío le recorrió el cuerpo. La intimidante puerta con las piedras contrachapando el infortunio le saludaron como un sudario. El guardia de puertas le abrió con semblante nubloso, embozado en la capa y cubierto el rostro con un verdugo también verde. Apenas dejaba los ojos al aire, con una  mirada de hielo que parecía provenir del mismo infierno.

“Quien va”, le dijo antes de abrir el portalón. “Sixto Ayala”, respondió, simulando un valor del que carecía. “Sixto Ayala, por mal nombre El Rastrojo, que quiero hacer una confidencia al comandante de puesto, señor guardia, de suma importancia y arto urgente. Avísele por favor, porque depende de ello el que unos malhechores sean detenidos.  Es urgente, porque en breve ponen alas a su delito y se irán sin recibir el justo castigo”.

Los ojos del embozado, contemplaron su humilde presencia, en silencio,  dándole entrada  y llevándole en silencio a una sala escueta, con una bombilla en el techo, pegada de puntitos negros que le parecieron cagadas de mosca. Unas sillas destartaladas y mal pareadas, y una estufa de leña que borboteaba entre estertores, componían la estancia. Mientras contemplaba las desconchadas paredes, que algún día fueron verdes, distinguió un calendario que mostraba la fecha de 1937,  Enero, nadie había osado arrancar las hojas hasta llegar a ese mes de Noviembre que ahora moría, entre frío y un acelerado invierno que todo lo hacía más duro. Arrimó su cuerpo enjuto a la estufa, mientras sentía a lo lejos los pasos renqueantes del guardia que iría, seguro, a la búsqueda de su jefe. Unos perros ladraron afuera,  rompiendo el silencio de una noche negra, donde hasta la luna parecía huir por los cerros vecinos.

Se le hizo larga la espera. Al rato, cuando casi dormitaba mecido por el tenue calor de los rescoldos de la estufa apareció un hombre pequeño, con bigote escueto, tal que el Caudillo que les contemplaba desde un cuadro torcido en la pared de enfrente.  Llegaba atándose las cinchas, con alevosía portando  en la cara un gesto adusto envuelto en las brumas del sueño.

-Usted dirá. Espero que sea algo de interés porque a estas horas, presentarse aquí no es de recibo-

-Lo siento, señoría, pero no he querido hacerlo de día. Esto es un pueblo, nos conocemos todos, ya sabe. Usted perdone pero la urgencia lo demanda-

-Bien,  dígame usted-

Y le dijo. Abrió la boca durante un buen rato, mientras el sargento tomaba notas, y poco a poco se le distendían los vapores del sueño para acerar una mirada de zorro y abocinar sus labios lengüeteados de vez en cuando como un niño saborea un dulce.

Le hicieron firmar un papel. Con la desconfianza debida, y bajo la promesa de secreto total, de no trascender lo contado entre aquellas paredes.

-Ya sabe, mi sargento, esto es un pueblo, no quiero que se sepa que esto lo cuento yo, aunque estoy muy honrado de librar a la Cruzada de los enemigos, ya sabe usted, que hay emboscados en cualquier sitio. Lo mejor es que yo siga anónimo, de esa manera, mi sargento, le puedo aportar más pruebas de algún enemigo que vuelva a ver y le cacen ustedes. Lo que espero, mi sargento,  usted me perdonará la franqueza, es la recompensa que dicen ofrecen a quien colabora. Las tierras del Fierro que están en barbecho desde que se fueron, si me las pueden ceder yo les tendría al tanto de los movimientos del pueblo. Ya sabe usted que aquí hubo mucha rabia, mucha revolución. Esas tierras apenas tienen valor, están descuidadas desde que salieron , dicen que para Francia. Las cultivaría y daría a mis hijos lo que se merecen, señor. No quiero parecerle interesado, porque mi interés es meramente favorecer a la Cruzada, pero hemos sufrido mucho cuando la horda roja campaba en el  pueblo. Nos arrebataron lo poco que había. Tuvimos que dar de comer a esos desarrapados durante unos meses, llevándose cosechas y animales, decían que para los combatientes. Justo es que ahora que ganamos la guerra, señor, algo nos beneficie. Yo le juro a usted que he de tener ojos y oídos y tal como el cuento lo de esa pareja, le traeré todo lo que llegue hasta mí. No ha de tener queja, señor, que más fiel que la familia Rastrojo, no encuentra, pregunte los años de servicio que llevamos en las fincas del conde que reparte a tercios y verá como le confirman nuestra buena ley. En los tiempos pasados, luché dentro del pueblo, callado, con la discreción debida, a favor de la causa-

Calló, advirtiendo el gesto adusto y cansado del sargento que le miró con hartura e incredulidad.

-Bien, Rastrojo. No tengo cuenta de lo que me dice, de su colaboración anterior, digo. Si todos los que dicen que eran adeptos hubieran hecho algo, seguro que la guerra hubiera durado dos días, pero en fin. Bienvenida sea esta información y su implicación con la causa de la nueva España. Pasaremos por donde dice y serán detenidos no solo la pareja de maestros sino los de la casa que los ampara. Queda pendiente la demanda que usted me hace. Se la pasaré a las autoridades que tienen jurisdicción sobre las tierras de los huidos y se verá. Ahora firme la declaración que será guardada y no trascenderá. En eso tiene mi palabra, espero de su colaboración mucho más que esto. Al fin y al cabo, son solo dos maestros, rojos, sí, pero inofensivos. Lo que nos hace falta es conocer más las evoluciones de los del monte. Porque esos sí son peligrosos, así que póngase a ello y en cuanto detecte cualquier movimiento, nos lo avisa. Venga  a horas prudenciales, hombre de Dios, que me ha sacado de la cama, con este frío-

 

El Rastrojo, salió del recinto con mil parabienes y varias inclinaciones, tal que si saliera de iglesia en misa mayor. Al cerrarse la puerta tras de sí, se sintió aliviado por abandonar el recinto, un viento gélido y un golpe de lluvia le rozó la cara. Avanzó raudo por el camino más corto ya que ahora no necesitaba esconder su finalidad, quizá amparado en la sensación de que daba un poco igual que alguien le viera. Sentía que  estaba en la parte correcta. En la de los vencedores. Su nombre figuraba como colaborador y eso le daba una cierta y tranquila seguridad.

No es que tuviera gran cosa contra los maestros. Ni a él ni a los suyos le hicieron nada.   Cierto es  que sentía la separación de clase, incluso, en ocasiones, percibió su mirada por encima del hombro, porque los maestros ponían una  distancia  entre el cambalache de su vida cotidiana y la de los que no comulgaban con sus ideas, aunque a decir verdad, él, se había mantenido en tierra de nadie. Sin identificarse. Los Rastrojos, de siempre, eran  de quien mandaba. De herencia le venía la sumisión y el arrimo al poder que les permitiera arañar las migajas que caían de las buenas mesas.

Ocurría que los maestros no tenían nada, solo el poder de la palabra y libros. Nada de valor, se entiende, desgranaban conocimientos como quien tira granos en baldío, pero poco o nada podían, por tanto su presencia fue difuminada por la indiferencia que los Rastrojos ofrecían a quien nada podía sacar. Eran altaneros, eso sí. Quizá no fuera premeditado pero utilizaban palabras escogidas para referirse a las cosas normales. Comprobó con cierta molestia que en su casa en vez de un vasar con loza había estanterías plenas de libros, que le gritaban al entrar su propia ignorancia. Siempre fueron altivos, pensó ahora, con la distancia que genera pertenecer a un mundo desconocido e inescrutable que encontraría acomodo en aquellos libros del anaquel, en las reglas de escritura que él desconocía.

Ella, morena clara, con la sonrisa que  usaba a modo de engaño y anzuelo de incautos, sedujo a muchos vecinos, sobre todo a los niños que la seguían como hipnotizados, incluso los suyos, con gran disgusto por su parte. A él, en cambio, y al resto de los integrantes de los Rastrojos no les engañó. Detestaban su porte y su lenguaje ahíto de palabras cultas que les sonaban extrañas. Entendía que de esa forma  mostraba el desprecio de saberse superior a ellos. La distancia que da ser  letrada en zona de burdos.

El marido, o compañero, como ella le nombraba, maestro también de los chicos mayores,  con el panamá cubriendo sus ralos cabellos, tornando sobra en los ojos verdosos como iluminados por rayas de brea parecía un inglés de esos que se perdían por los caminos en verano. Siempre trajeado e impoluto, con las manos finas que dan los libros, exentas de la dureza que curte el apero y los animales. Sus ojos se quedaban fijos ante cualquier sorpresa y su sonrisa se congelaba a cada poco.

Eran extraños,  así se lo hicieron saber a poco de llegar al pueblo. Maestros. Querían instruir a los niños, decían, y al resto de los habitantes por mandato del gobierno. Como si fuera lógico instruirlos o como si fuera útil. ¿Para qué? les preguntó  el cura, con tino, si estos rapazuelos  no digamos los mayores,  van a ir a la era a poco que levanten un palmo del suelo. “Dejemos las cosas estar”, les dijo el abate, “en su orden, como siempre fueron, que están bien . Si Dios nos hubiera querido iguales no hubiera creado riqueza, ni clases sociales. Tiene que haber de todo, don Martin”, le dijo, mientras el maestro, con su panamá en la mano y la perenne sonrisa en sus labios desdibujados y resecos, le miraba con calma. “Entienda don Benito, los tiempos cambian. Ahora la República potencia la cultura, quiere que estos niños vayan a la escuela, que aprendan y crezcan como personas libres que serán en un futuro. Mi compañera y yo estamos aquí para eso, para educarles. No está reñido ni con el orden ni con Dios, es más, creemos que Dios está de parte de estos pequeños, de su libertad, de su independencia, de la cultura, de la humanidad. Don Benito,comprenda, nos envía el estado para educar a los hijos del pueblo”.

Don Benito, cabeceando,   les escrutaba de cotidiano . Visitaba la escuela cada poco, sin avisar, blandiendo la biblia y el rosario como estandarte. Salía del aula negando con la cabeza  y triturando palabras que parecían injurias a los que se cruzaban por su paso.

 

La tipa esa, doña Lucía, los hacía cantar, que lo tengo oído: el himno de Riego, que ya son ganas. Incluso en otra ocasión, ya empezada la guerra: A las barricadas, que  dejaron a la gente de orden del pueblo con el pelo escarpiado ante el fragor de los gritos infantiles. A las putas barricadas, les enseñó la  tipa, que eso no se hace con niños, como dijo don Gañán Monsalvo, el amo. Los niños son almas puras, joder, y no se les pervierte.

Por eso no está mal lo hecho hoy. No puede estar mal, además era necesario. Una nueva España se yergue orgullosa sobre las ruinas de los enemigos de la Patria. La historia ha de dar la razón a la gente de orden que conocen su lugar en el escalafón y se dejan de monsergas y revoluciones. “Al final seremos grandes, como alemanes o italianos, tal como repite don Gañán, con los ojos encendidos de furor patriótico, mientras agita su muñon derecho, el que perdió en la guerra, dice él, -se comenta en el pueblo que fue lance de amores;  un mozo de Tresmijares, le pegó un escopetazo por querer virlarle la moza y hubo que amputar ante la infección que se presentó- Tal como sea, si él dice que es mutilado de guerra, va a misa. Y amén”.

Dentro del bolsillo rozándole la pierna, sentía las monedas bailar y el billete que, doblado, plegaba los picos arañando la piel. Fueron la paga que a modo de anticipo le concedió el sargento.  Sixto Ayala, apodado de siempre El Rastrojo, de los Rastrojos del pueblo vecino al cuartelillo, no le pesaba el alma. Bueno, quizá un poco, pero tan liviano que contrapesaba el saber que hoy y durante varios días se comería pan blanco en su casa. Y legumbre limpia de cochambre, no como la que servía la Casta, que parecía agujereada de bichos malsanos. Habría leche fresca de las vacas de Hipólito que vendía a precio de oro, el mal nacido, haciendo negocio con el hambre del pueblo, que eso sí es delito y ahí andaba con palio en el altar mayor. La Casta  con la nata  haría  galletas, que en tiempo hacía la abuela y buena mantequilla para untar en ese pan blanco tan soñado. Se le llenó la boca de agua, mientras avanzaba entre el lodo que le embarraba sin piedad los pies, divisando ya cercana la chamiza que le servía de casa y acomodo para su prole.

Al Rastrojo, si le quedaba algo de pesar por haber contado que los vio de noche, salir de la sima de aquel oquedal, para robar unas remolachas y matar el hambre, se le pasaba pensando en las galletas o el pan con mantequilla y azúcar. El tintineo que notaba en su bolsillo derecho, justo al lado de la vieja petaca,  le ocultaba el pesar al saber que por unos días, comerían bien. Lo de las tierras vendría a poco que él insistiera y de ahí a la abundancia.

 

Era madrugada, el Rastrojo se levantó con el alba como cualquier día, debía ir a la finca de don Gañán, como todos los días de su vida desde que guardaba memoria. El frío le cortó la cara y recordó como ese mismo frío, la noche anterior, le pareció gustoso al salir del cuartel. Apretó el paso, al tiempo que postergó los recuerdos, de la contienda   del cuartelillo, en un rincón muy oscuro de su memoria, lo aherrojó con un fuerte candado para que no saliera jamás y siguió su camino.

A la altura del Cerro Vinatero sintió el estallido. Unas ráfagas y varios  destellos. Un ruido que quebró el silencio de la madrugada y de las gotas de lluvia que caían lentas, mancillando la tierra convertida en barro. El ruido venía de lejos.  Extendió la mirada hasta donde le llegaba el ruido y confirmó para sí que llegaban del cementerio.

Ya está, se dijo, Sixto Ayala. Los liquidaron. Trabajo cumplido.  Puedo ir tranquilo; nadie sabrá nunca que fue un Rastrojo quien los delató. Volvió a  subsumir los recuerdos dentro de la memoria. Esa mañana había pan blanco en su casa.

 

María Toca

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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