Las noches viejas

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Será mejor que cierre la ventana, el olor a pólvora me llega a borbotones. El resoplido de los cohetes inunda el cuarto, me hiela, no el frío, que no puede afectarme forrada como estoy con la bata de viejo guatiné, es el helado aliento del tiempo que se diluye en el recuerdo, aunque me pese y no quiera. El canto desesperado de una ciudad que celebra un año que llega, mientras en mi mente germinan recuerdos que atosigan el sentimiento y ahogan la garganta con la sensación de que todo acaba, de que nada podré vivir ya de forma nueva, pues se vivió todo,  apurándose la copa de la certidumbre. Como si el tiempo me hubiera secado. A partir de ahora, nada parecerá nuevo nunca.

 

La corte de luces que estallan frente al balcón, donde estoy situada, en la esperanza de contemplarlo todo sin dejar huella, produce una tibieza  en el pensamiento, como intuyendo algo parecido a la algazara, pero que no lo es. El humo que desprenden, al estallar, los cohetes, me recuerda otras noches, como ésta, cuando el tiempo se paraba en el momento que chocábamos las copas, cerrábamos los ojos bebiendo, dejando que las burbujas se posaran en una lengua sedienta de bebida y de besos. Después de las uvas, nuestros labios se buscaban, e intuían como se entrelazarían los cuerpos poco después. Fueron varias las Nocheviejas que celebramos, Arturo. Varias, desde aquella primera, cuando las campanas de la Catedral de Santiago arrullaron nuestras cuerpos entrelazados, mientras las piernas se enzarzaban con las sábanas y las risas, queriendo escapar de la cama, para alcanzar las uvas que preparamos por la tarde, previendo la noche que nos esperaba.

 

Recuerdas, Arturo. Llegue a las seis de la tarde. Te vi de lejos, paseando, apretando las manos mientras los ojos vigilaban la puerta de Labacolla. Salí hasta ti, mientras tus brazos me apretaban hasta hacerme desaparecer dentro de tu cuerpo. Sentí el olor a madera, lavanda y hombre que desprendías. Enraizada en tu pecho,  intuí lo que después, y ahora, y en el futuro, supe y sabía. Que ese pecho donde a poco que apretara el oído, me llegaba el latido de un corazón fuerte, era mi puerto. Allí era donde debía estar. Oliendo el aroma amaderado y de lavanda, que tu overol desprendía, mientras con ansia, tus brazos me apretaban muy fuerte, como si quisieras introducirme en tu diafragma. Dentro de ti.

Luego en el coche, arrebatándonos las palabras que decíamos, pisando las frases entrecortadas, queriendo contar todo lo callado, lo asumido como propio, y que ahora queríamos transmitir a borbotones. Mi mano reposando en tu cuello, anillando mis dedos con los cabellos que te sobresalían del suéter, de cuello alto, que entonces tanto te gustaban. Tocaba, la cálida sensación de tu nuca mientras el revuelo de tu perfume me envolvía lentamente, haciéndome desvanecer el conocimiento, fundiéndome en un énfasis tan extraño como el desaliento.

557009_599730143404946_537044806_nAl llegar a la casa, donde habitabas entonces, tibio nido de paso que nunca olvidaré. Era un barrio como cualquier otro, no podría precisar ni donde ni como era, porque llevaba los ojos prendidos de ti, me sentí ciudadana de una patria: la tuya, porque donde tú estuvieras estaba mi país, mi casa, mi morada. Nada fuera de tu boca, de tus ojos, de tu voz, me producía atención. La indiferencia rodeaba al mundo, para mí. Tomaste mi maleta, y entre risas, te burlabas, preguntando si llevaba un muerto, o un equipo de rugbi  envuelto entre mi ropa. Una maleta, Arturo,  que fue llenada con la ilusión de vestirme para ti. Escogí la ropa pensando en tus manos cuando me la quitaran, en el deseo encendido de tus ojos, cuando arrebatados me desprendieras de ella, como de capas que impedían el goce de la piel paseada por tus dedos golosos. Subimos, raudos. En el ascensor, el hambre de nuestras bocas, nos hizo besarnos, acariciar las lenguas, como si la distancia pudiera ser alterada por esas bocas que se juntaban después de meses. Te amé antes de conocerte. Te amé desde siempre, porque te busqué durante mucho tiempo. Y en ese momento, nuestros cuerpos chocaron en un descubrimiento atroz por la sorpresa.

Abandonamos el equipaje nada más entrar. Teníamos urgencia de amedrentar nuestra piel con las caricias; las manos trémulas se prestaron a ello con prisa. Tu voz, apaisada por el deseo, se pegaba como baba a mi oído. No puedo saber cuánto tiempo permanecimos amándonos, enreligados en aquella cama mal hecha, que preparaste con prisa para recibirme. Solo recuerdo oír las campanadas de la Catedral, como ahora oigo otras, en la soledad sulfurada de mi casa, y levantarnos apresurados para tomar las uvas. Las maltragamos y durante un rato, la risa nos ahogó junto con las pepitas. Acabaron las campanadas con retumbos de petardos y fuegos artificiales, nos quedaron varias en el fondo del vaso que preparaste. Nos dio igual. Volvimos al lecho que nos reclamaba con su cálida dulzura y nos olvidamos que afuera, el jolgorio de una ciudad casi en llamas, plena de fogonazos y alegría celebraba el cambio de año, como se celebran las grandes ocasiones. Nosotros anidamos por unas horas, exiliados de la alegría foránea, nacionalizados en nuestro placer. Sin mostrar más atención que a nuestros sentidos.

A veces el amor, nos desfondaba tanto, que parábamos, ahítos. Entonces nos contamos la vida, los detalles que aún nos faltaban para completar una historia que refundábamos juntos. Nos sentíamos exiliados de lo que desconocíamos, como si fuera posible fundir el pasado, introducirnos como meras comparsas para así, reunidos, compartir todo lo vivido. Las palabras brotaban en unas paredes embotadas de amor, plenas de lujuriosos momentos llenos de vida, risa o esperanza.

 

De madrugada, el hambre nos acució. Envueltos en sábanas, para ahuyentar el frio del resto de la casa, asaltamos la cocina. Tu nevera estaba devastada. Apenas unos yogures, algo de queso, un recipiente que abrimos. Con sorpresa descubrimos carne asada de algún condumio olvidado. Sentados muy cerca, chocándose nuestras miradas, degustamos aquello, juro que nunca comí bocados más exquisitos. Como si el paladar se abriera a sabores impregnados de las emociones que nos sobrepasaban.

549930_516221898423189_998526586_nAsí pasamos esa noche. Y esa mañana, porque no supimos desprendernos de nosotros hasta muy tarde.  Como mendigos, salimos a  merodear por una ciudad devastada por la celebración nocturna, buscando algún sitio donde nos dieran algo de comer. Recuerdo, Arturo, como reíamos al ver las caras de sorpresa, al encontrar algo abierto, ante nuestras pregunta de si  tenían comida…Nadie en su sano juicio busca comer un día de Año Nuevo en una ciudad pequeña y provinciana, azotada por un viento que vadeaba una lluvia persistente que calaba sin darnos cuenta. Se supone, que todo el mundo se encuentra ahíto, arracimado en familia, celebrando el Año Nuevo, con la cansina alegría de una función tardía.  Al final de nuestro peregrinar, alguien se compadeció de nuestra precariedad y nos hicieron un sándwich mixto que devoramos como si lleváramos días hambrientos. Caminamos por las calles empedradas de humedad y moho. Nuestros pasos resonaban en el adoquinado suelo, en la soledad de esas horas de nocturnidad adelantada que  los días lluviosos producen. Los cuerpos muy juntos, dejando que el mutuo calor nos empapara y se mezclara como nuestros alientos, al hablar.

 

Había mucho que contar. El tiempo que pasó desde que nos conocimos, en aquellos días fugaces del verano anterior. Tú viniste a dar el curso a mi pequeña ciudad. Nuestros ojos se cruzaron por un instante; te quedaste callado sobrevolando la sensación de conocerme de mucho antes. Así lo contabas, aquella tarde, caminando debajo de una lluvia persistente entre las brumosas luces de mercurio de Santiago. Las rúas oyeron lo que contabas en el silencio sepulcral levemente incordiado por una fina lluvia persistente. Las piedras que formaban empedrado pisado por nuestros pasos, oyeron como se te quedaron mis ojos prendidos de tus pestañas, y no tuvieron descanso esa noche, ni las siguientes. Hasta que te atreviste y te acercaste un día, a charlar informalmente conmigo, mientras tu interior ardía de deseo o te sentías al filo de un abismo endeudado de sombras. Yo, a mi vez, te contaba, como sentí la mirada trasparente de tus ojos, y ya no tuve paz. Una indolente sensación de emoción contenida me embargó mientras asistía a tus clases, escuchaba tus disquisiciones sobre los movimientos sociales del XIX en la Europa Occidental, como si oyera un laúd de opereta. Luego las citas escuetas en cafés, desafiando el duelo de nuestras manos por tocarse, cercando  las miradas en el deseo conciso de estar cerca, de no despegarnos. Haciéndose el tiempo eterno hasta encontrarnos de nuevo, al día siguiente en la clase, buscándonos como náufragos por los pasillos de la Facultad. Te fuiste a los diez días. Fui a despedirte con el silencio y la desolación pegada a mis carnes, sabiendo que estaba perdida sin ti. Después los mails, las llamadas, los mensajes. El tiempo sembró nuestra presencia que no era, de algo inmaterial pero tangible. Nos conocimos como pocos. Al no vernos, desnudamos nuestras mentes sin la interferencia de los cuerpos. Nos soñamos, nos acariciamos, nos amamos. Hicimos el amor más enfebrecido, en la distancia, tan solo alumbrados por la imaginación que llenaba de flecos luminosos nuestra vida opacada hasta entonces.

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Tú rompiste un matrimonio de años. Yo dejé un noviazgo lánguido y marchito pero acomodado a una vida resignada de antemano. Nuestra ordenada   existencia se trastocó, en el trascurso de aquellos pocos meses, que entonces nos parecieron un desierto de espera. Decidimos entrar en el año nuevo juntos. Materializar el deseo de  reunirnos en unos pocos días que pasamos encerrados en el piso que alquilaste para la ocasión, alejado de tu familia a la que dejaste envuelta en preguntas, que no te atrevías a contestar. Como a mí ahora. Fueron seis días. Seis noches que pasamos en Santiago. Los escasos momentos que dejamos de hacer el amor, para comer, pasear un poco, por desentumecer las piernas, más que nada, nos perdimos en el laberinto de historia empedrada de cantería húmeda, jalonada de rincones que cuentan en el silencio de los años el devenir de un mundo enloquecido pero que se repite. Un día fuimos al cine, recuerdo bien, que nuestras manos no se soltaron ni una sola vez mientras duró la proyección. Sé que era una película de Woody Allen, que tú adorabas, pero nunca podría precisar cual fue.  Volvería a verla, como si fuera la primera vez. Mis sentidos estaban demasiados llenos de ti para ver y oír nada fuera de nosotros.

 

Al volver a mi casa, ambos tuvimos claro que no podríamos reiniciar nuestra historia, después de haberse conocido los cuerpos. No era posible, retomar los mensajes, los mails, la imaginación. Conocíamos el sabor de nuestro deseo y de la comunidad de unas mentes gemelas. Nos delataba el sentimiento de querer permanecer juntos, sin remisión. Decidimos tramitar mi traslado de Universidad, y el tuyo, de catedra, a la vez. Entre tanto, gestionabas lo más duro. Dejar a esa familia que formaste en la juventud,  que, como mi noviazgo, se había convertido en  cómoda costumbre. Tardamos, ambos, menos de lo previsto. Entre medias, proyectamos escapadas a ciudades intermedias, o pueblos que  conocimos de semana en semana, al encontrarnos a mitad de camino para ambos.

 

Nos llegaron las noticias esperadas, del destino, del cambio, de estrenar una vida, que no habíamos ensayado. Llegamos aquí en pleno verano. Recuerdo bien, el olor a tierra húmeda y a mar que inundó mi olfato cuando me bajé del coche. Estallaron, ante mis ojos, el verde de este mar, los esmeraldas de unas montañas que casi besaban esa costa punteada de rocas que como liviano encaje,  rodean la ciudad. Me gustó tanto como ahora la aborrezco. Cuando mis ojos se chocan con escenarios comunes,  me cuentan la historia que deseo olvidar, pero que no consigo más que empecinarme en ella, como piedra remota que se encuentra al pisar. Encontramos acomodo los dos. Yo  con mi carrera, que estaba en la recta final, tú en la Catedra que no te costó obtener, debido a los contactos y las buenas referencias que tenías. Nos instalamos cuando el mundo veraneaba, viviendo de espaldas a una  villa que ardía de diversión, sol y verano. La vorágine de la ciudad en plena eclosión de un Agosto caluroso para estas tierras, donde todo costaba el doble, porque o estaba cerrado o la inercia de las vacaciones dilataba cualquier trabajo, haciéndolo costoso en exceso. Durante semanas nos duchamos en agua fría, porque no nos dieron servicio de gas. Reíamos al  recibir la gélidez del agua, juntos, envalentonandonos uno con el otro, el abrir los grifos. Dejando que la destemplanza del agua resbalara por nuestro cuerpo mientas las manos enlentecían y calentaban la piel. Un colchón en el suelo fue nuestro refugio en las noches de aquel Agosto. Contemplamos, desde el lecho, la luminaria que la luna llena nos ofrecía, tendidos desnudos, ahítos y cansados de amarnos o de reír, mientras inventábamos la vida que seguiría al dislate que vivíamos día a día.

64242_517804861598226_562713945_nEran días luminosos, Arturo. El sol brillaba en lo alto de día, la noche se esmerilaba con la luna reflejada en la amplia bahía que contemplábamos ensimismados desde este mismo balcón, dejándonos embriagar por la visión de las luces capitalinas, y en el fondo el brillo acerado del reflejo lunar en el agua. De día, madrugábamos, para comprar los muebles, pintar las paredes, decorar mínimamente una casa que deseábamos llenar de libros y de vida. A veces, agotados, nos íbamos a la playa, abandonando nuestros cuerpos bajo el sol, durmiendo durante horas el agotamiento de noches en vela y días de trasiego. Volvíamos a casa, pletóricos,  recargados por la energía de ese sol acariciador, que mezclado con la suave brisa, nos dejaba en brazos de un sueño tibio. Nos arreglábamos,  acabábamos el día comiendo unas sardinas gloriosas en uno de los lupanares del puerto, acicalados por el humo de las brasas,  la alegría de estar juntos y descubrir cada día una sorpresa nueva.

 

Los días se acortaron de pronto. El brioso viento del norte comenzó a barrer las calles, de forma sorpresiva, dejando rastros de hojas y de atardeceres dorados y cálidos. Lentamente tomamos el pulso a una ciudad que se nos hacía extraña y por descubrir. Comenzamos la vida rutinaria: yo el curso, tú las clases. Apenas coincidíamos, durante el día. De noche, retomábamos la fiesta y así vagamos durante meses en una duermevela que nos mantenía, impertérritos, anclados en la felicidad.

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¿Qué nos pasó Arturo? ¿Cuándo se jodió todo? Se perdieron las risas en los atardeceres  o en los rincones de una vida que comenzó como aventura y lentamente fue acomodándose como las que vivíamos anteriormente. El devenir del tiempo transcurrió sin que mediaran dramas, sin que yo notara el paso de los tiempos más que por el desgaste de las palabras que pronunciábamos, cada día más escasas, reñidas con la sorpresa, impregnadas de costumbre. Los rituales del amor dejaron de ser nuevos, para convertirse en repetidos, desgastándose con el uso y la asiduidad. A veces nos amábamos, sin la consistencia desesperada de los primeros tiempos. Es cierto, Arturo, eso te lo concedo, pero en vez de refugiarte en otros brazos, o buscar otros limites a los ojos, pudiste esforzarte en renovar intenciones, como yo hice. Me decías, en la calma apaciguada de los años siguientes, que en el amor no hay que esforzarse, surge y se detiene con el paso de camino, sin palanca que lo mueva, ni brazo que lo moldee. Yo me rebelaba, Arturo, y me rebelo, ante ese fracaso anticipado con el regusto acido del desamor. Me rebelo, ante el abandono de la batalla antes de pelearla. Tú me decías que el amor no cuesta esfuerzo. Entonces, Arturo, ¿por qué el desamor sí? Porque se me desgarra el recuerdo enzarzado en la memoria de aquellas noches que trémulos anticipábamos el silencio de nuestra alcoba aun estando en el evento más exclusivo. Y los sucesos del día, no tenían valor hasta que los contábamos, compartiendo hechos mutuos, haciéndolos nuestros, cada uno el del otro. Lo vivido no tenía entidad hasta ser compartido. Mientras que ahora, Arturo, lo que ocurre se queda en la inmensidad de la nada cotidiana que me abruma con su insensata memoria, chocando en todo momento con el recuerdo de aquel tiempo. Compartíamos vida, hasta perder la propia identidad, que sabía se diluía en la tuya sin mayor contención por mi parte. El amor sí cuesta, Arturo. A mí me costó desleír mi persona en la tuya, casi sin darme cuenta, tanto, que al abandonarme no supe ni quien era. La imagen proyectada en el espejo, es un mero espectro de lo que yo recuerdo de mi misma. Una mujer alegre, riendo risueña, esperando el roce de tu mano para despertar. Lo que ahora refleja ese espejo, cada mañana cuando entro en el baño, es una mujer de casi cuarenta años, con el rictus de cemento en la frente, la boca enmarcada en un paréntesis que vuelve hacia abajo las comisuras de unos labios resecos a base de no sonreír ni ser besados. Una piel bastardeada de restos de caricias, un pelo enmadejado de plata que no florece ni aunque lo peine con denuedo. Lo que ofrece mi imagen al espejo, Arturo, es un no ser, un reflejo dorado de un fantasma que sobrevuela el suelo con una levedad de cuerpo inanimado.

 

El tiempo se pasaba deprisa. Volaron los meses, los años. Nos fuimos acostumbrando a la experiencia de vernos cada día, de pensarnos y de adivinarnos. Con el convivir y la costumbre, te llegó el tedio. Hoy lo sé. Entonces lo intuía y me escapaba furiosa de aquellos pensamientos, cuando me albergaban. Me refugiaba, temerosa, en la dulce complacencia del discurrir diario y seguro de una vida encapsulada como una mariposa, en un capullo de irrealidad. Hasta que chocaron mis ojos con el despertar reciente de una cruel destitución. Llevabas tiempo huyéndome la mirada, espesando  los momentos que vivías conmigo. Marchando con prisa hacia la calle, conteniendo la respiración, macerando de silencios las presencias comunes. Y no quise darme cuenta, que te ibas escapando, como el agua se desliza entre los dedos, que osan retenerlo. No quise darme cuenta, porque acuciaba el dolor irremediable de una soledad augurada y espesa. Dejé pasar el tiempo, y tú cada día te alejaban en pos de algo nuevo. Vivir nuevas historias, renovar la vida con la aventura de un nuevo cuerpo, de una sonrisa fresca, de unos ojos de renovado fulgor, donde mirarte. Como antes conmigo. No supe ver, Arturo, que necesitabas  renovar una vida que a fuerza de vivirla te ahogaba en el tedio cotidiano. Ya no había sorpresa en el gredal de nuestros besos, ni en la vorágine de una vida conocida y augurada antes de ser contada. Nos invadió el silencio, como invaden las termitas la casa donde antes habitaba una dulce esperanza. Fenecieron las horas compartidas, las mirada cómplices, los sentimientos intuidos. La pasión incendiaria de los primeros años, dio paso a una dulce monotonía que a mí me compensaba, pero que a ti, simplemente te ahogaba. Y se murió el amor. Se te murió a ti, porque en mi sigue latente, o quizá sea el hueco dejado por tu enorme presencia, lo que duele, Arturo, y no el sentimiento.

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Ahora, cierro la ventana por donde asoma la vida. Se espesa de pólvora el futuro que esta noche rota por una alegría lejana, me augura. Escucho el lamento de una ciudad, que alegre, recibe el nuevo año, con fuego,  con gritos de esperanza, con la algazara de quien recibe el futuro con ansia renovada. Yo, aquí, cerrada, contemplo el desgaste del tiempo, oyendo el ulular de los cohetes, mientras el eco de las campanadas me resuenan en el pasado que viví y en un presente que no quiero probar. Por desusado, por cruel, por vacío.

 

Dejamos de amarnos, o dejamos simplemente de reconocernos. Cuando una nueva sensación apareció en tu vida y se llevó la mía de rehén. Al marchar dejaste la puerta semiabierta a la esperanza. Luego comprendí que fue tu propia cobardía lo que propició esa lúgubre premisa, de que quizá…algún día, cuando se aposentaran tus sentimientos, cuando encontraras lo que buscabas con denuedo, volvieras a mi vida. Me aferré, durante un tiempo a esas palabras. Dejé que los trazos de cuadrada esperanza germinaran en espera desolada. Hasta que por la propia inanición de las palabras, abandoné el rescoldo que aviva la amostazada espera de tu vuelta. Dejé de esperar, para anclarme en la clara deserción de tu palabra. Comprendí que el capítulo que escribimos los dos juntos, había finiquitado, para siempre. Y el hueco se hizo más y más grande. El hueco de la cama, de la esperanza, de la cotidiana vida que llevaba. Se hizo inexpugnable la desazón y  los ambages de sentir desolada. Se me hizo amarga la experiencia de vivir atenazada por el miedo a no verte nunca más.

Hace días que supe que te fuiste. Saliste culebreando de la ciudad, para no despertar sospechas a mis intuidas intenciones de controlarte, de buscarte, de sentirte cercano, con las más peregrinas intenciones. Te busqué, a veces en falso, lo confieso. Otras, en cambio, necesitaba tu presencia, como se necesita el aire al respirar. Si pasaban unos días, me acadabraba la sensación del abandono y corría al despacho, al café, donde sé que parabas, a merodear la casa que habitabas con ella. Como antes conmigo, decorada de pasión y aquelarres de buenas intenciones. Te buscaba, aunque viera la mueca de tedio en tu boca, y la mirada esquiva de tus ojos. Daba igual. Te buscaba, porque necesitaba la presencia cercana, aunque fuera huidiza, o fraterna, que ambas cosas dolían como espadas. Necesitaba, por un momento, respirar el aire que tus pulmones echaban por tu boca, aspirar el aroma de lavanda y madera de tu cuerpo. Rozar, aunque fuera en escorzo una liviana parcela de tu piel, de la mano, desvaída, huyendo de la mía, del rostro, apaciguado por la lejanía de una barba incipiente. Daba igual, me huías. Escapabas a la presencia desentonada de mi imagen cerca de la tuya. Y te fuiste. Huiste, casi sin darme cuenta. Abandonaste la ciudad que estrenamos juntos, dejándome en ella, cuajada de recuerdos, decorando mi vida con rescoldos de un pasado que me niego a perder. Que me niego, simplemente, a negociar que haya acabado.

 

Hoy, aquí, sentada, dejando que los fuegos de artificio que reciben el nuevo año, me invadan de pereza por comenzar de nuevo, te pienso, y mis ojos se pierden mientras la memoria se fuerza en recordarte. Porque si yo te olvido, si de mi mente se van los recuerdos vividos, mucho me temo, Arturo, que con ellos se deslíe mi vida, como se diluye el azúcar en el agua, casi sin dejar rastro.

FIN

 

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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