La Vieja Becaria

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Acaban de avisarme.  Escuché el sonido del teléfono con sobresalto, quizá debido a la ansiedad por recibirlo. Aunque le esperaba, no creí que llegara tan pronto. El malaje del jefe se debió  desvelar, tal como auguré. Apenas habían dado las ocho y no esperaba su respuesta a esta hora intempestiva para él.  Acababa de llegar a la cafetería, mis ojos recorrían la barra en demanda  de ser atendida, con la modorra encaramada en la cabeza, hasta la llegada del primer café que me sacaba del anodino despertar de todos los días. El teléfono, sonó, mientras esperaba ser atendida,  di un ligero respingo, antes de tomar con precipitación el aparato. La respuesta era la prevista, no por ello, menos bien recibida.

Al tiempo de leerlo, sin haber probado aún el café, que el camarero  había dejado frente a mí, un momento antes, la modorra se disipó de golpe, dejando paso a una euforia templada, que me enervaba el ánimo. Confirman que se acepta. Mi intrincado trabajo de tantos meses era reconocido. Se publicaría. No sé si mi rostro reflejaba la satisfacción que sentía, incluso, es posible que hasta mi cuerpo se ampliara ante el baño de  regocijo recibido con el menguado mensaje. Imagino que esbocé una sonrisa al leerlo. No es para menos. Por fin vería reconocida una labor ingente, que realicé callada, ensimismada en el silencio que ampara las cosas importantes.

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Fue labor de investigación, de recabar datos como una hormiga diligente, acumulando, escrutando hasta los recovecos más inciertos de la lúgubre historia, luego plasmarlos con lenguaje críptico, como a ellos les gusta, buscando la forma de crear ambiente de suspense, generando incertidumbres, dudas razonadas, y al final la certeza indisoluble de la verdad. Sin mostrarla del todo. No es tarea del informante, hacerlo. Pasé muchas horas dando  sentido a la intrincada historia, con la paciencia  que una ardua tarea de averiguación requería. Tomando los diferentes flecos, uniendo el puzle hasta hacer algo concreto, que me llevó a la conclusión de una verdad que asustaba. Llevaba trabajando en la investigación más de ocho meses,  olfateando detalles que pudieron escaparse a los demás, que pasaron de largo por lo que  a mí me dejó estupefacta. El desaliño de la investigación, fue pieza importante para darme la pauta y fijarme en lo que otros, ocupados de cosas más nombradas, dejaron pasar. Al fin, había dado en la diana, descubriendo minucias que  me condujeron a  intuir el caso, a dejar desnudos los hechos ante la ineludible claridad de los descubrimientos. Lo que al principio fue una intuición, una llamada de inesperada curiosidad,  se convirtió  en obsesión, en lucha pertinaz tras de verdades que, a modo de muñecas rusas, me llevaban unas a otras y a otras, haciendo que un enorme y endiablado silencio se tornara en grito de justicia.

 

Lo  llevé al director la tarde anterior. Casi al final de la jornada, cuando los pasillos se despoblaban y el silencio guardaba tímida compostura ante el final de la jornada. Llamé,  sin darle tiempo a contestar, me introduje en el despacho. Me contempló como si me viera por primera vez. Una becaria de cuarenta y seis años. Una jodida becaria en plena madurez premenopausica, en la que no había reparado hasta ahora, osaba interrumpirle a unas horas en que la mente fragua el descanso. Imagino que fue este su pensamiento cuando me vio ante él, con la carpeta de folios bien apretada bajo el brazo: “Una becaria madura entre pipiolos, me trae algo nuevo sobre el asunto del crimen de los Robledales que ya está más pasado que un baile agarrao”. Lo pensó, juro, que en su cara se dibujaba el escepticismo  que produce la desconfianza ante lo pueril, ante lo inaudito. Y yo era todo eso y más.

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Estudiar periodismo cumplidos los cuarenta, es algo infantil, me consta que así lo entendían los compañeros. Quizá se hicieran cábalas de  las causas ante el choque de un silencio pertinaz por mi parte. A nadie importaba los motivos de haber cumplido un sueño tardío, cuando la mayoría tienen la vida contrachapada de realidades. Justo en la etapa donde se recogen frutos, no se comienzan carreras, me consta que pensaban con extrañeza, al verme. Pretender hacer el trabajo aguerrido de una reportera joven y díscola, les haría sonreír, como ahora, lo hacía el jefe. Por eso mantuve en secreto  la investigación, sin pedir ayuda ni colaboración a nadie, guardando los descubrimientos para mí sola, esperando el momento de destapar la efigie. Me dediqué a desentrañar el misterio de los Robledos,  con el empeño de los empecinados, entre café y café, entre folios que fotocopiaba y faxeaba, en el silencio de las horas bajas, cuando la redacción dormitaba, llevándome a casa los intrincados vericuetos por donde discurría la historia de un crimen  incomprensible, fortuito, como son todos los que no se resuelven y dejan el cadáver abierto a la incertidumbre. Estaba convencida que la chica de los Robledales, no descansaba. No podía hacerlo mientras el malandro que la asesinó siguiera libre, campando feliz, mientras ella habitaba la nada inescrutable de los muertos. Descubrí los flecos de una historia que no convenció a nadie, pero aplacó a la policía y los medios que dejaron pasar mucho de lo que saltó a mi vista. Quizá consideraron la historia tan poco importante, que apenas le prestaron atención.  Nada más leer las informaciones que fueron cayendo en mis manos de forma tan fortuita como casual, tomé conciencia que faltaba atar los cabos importantes. Llegó hasta mí,  tal que si hubiera estado predestinada a tirar de los hilos irresolutos de los Robledales.

 

Me encomendaron pasar las noticias que llegaban, seleccionar lo más importante, dar forma, poco más que a cuatro titulares. Mis ojos se pasearon, sin querer, por el texto, mientras visionaba, entendía las contradicciones, la falta de rigor con que se encaró el caso. Vi las fotos del cadáver, la postura inadecuada para morir, en el supuesto de que hubiera alguna postura adecuada para morir a los veinte años, que tenía la víctima. Leí, con interés creciente, las dudas,  los desmentidos de los testigos. Saltaron a mis ojos, la controversia entre familiares y amigos, hasta dejarme sin sueño, pasando las noches enmadejada de  conjeturas, de suposiciones. Pensando cómo era posible que yo me diera cuenta de la incongruencia de los detalles, mientras ellos, los expertos, los profesionales, dieron por buenas tantas inexactitudes.

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Al principio, mi propia desconfianza fue tenaza que atoró mis deducciones, hasta que di el salto. Quizá era yo la que se percataba de todo, por ser la última en llegar, por ser la marginada, la Vieja Becaria, como sabía me llamaban los que me negaba a denominar compañeros, porque en todo momento, tenían claro y demostraban, que  era para ellos, una subalterna, cuando no un ser diáfano, invisible. Precisamente por eso, por mi transparencia en la redacción, tenía la libertad y la fantasía para desatar la madeja de coincidencias estúpidas que rodeaban al caso. Por mis pocas expectativas hallándome  fuera del ámbito profesional, tenía la libertad justa para mirar el suceso, con perspectiva. Y eso hice. Observar todos y cada uno de los ángulos de la historia,  dedicarme a escrutar los recovecos que dejaba colgando como flecos indeterminados un crimen que quedó inconcluso, a falta de móvil, de culpable, de testigos. Hasta la víctima estaba desdibujada en el cuadro impresionista de la crónica.

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Ocho largos meses pasaron, durante los que entrevisté a testigos, como sin querer. Sin identificarme, buscando las disculpas más peregrinas para conocerlos, haciéndome  la encontradiza, arrebatando horas al descanso, al sueño, a mi pobre vida personal, que quedó reducida a comer, dormir e indagar.  Me hice amiga de  la madre del novio, una mujer solitaria, aquejada de logorrea, que me abrió las puertas a mayores indagaciones y a la personalidad convulsa del que parecía  chico ejemplar, su hijo. Pude concluir que no era una pareja tan modélica como daba a entender el recogimiento y desolación mostrados en el entierro. El tipo de más de treinta años,  fue  novio devoto de la víctima durante tres años. Hasta su muerte. Comprobé que no vivían juntos. Hacía dos  meses atrás de la muerte hubo un amago de ruptura. Caminé los pasos de amigos, de colegas, de parientes, intentando desentrañar la madeja enrevesada por caminos, que al llegar a un punto, se diluían, para tener que volver a empezar de nuevo. Hasta dar con el hilo perfecto de donde tiré hasta que salió solo el desenlace. Que no era otro, que el asesinato alevoso.

 

Sí, la devoción y la tristeza mostrada por el hombre que decía amarla hasta el final, escondía un temperamento convulso, encrespado por una infancia solitaria. Amedrentado por la vida errante de unos padres que malvivían como feriantes, dejándolo a su suerte, creció salvaje, sin medida ni disciplina. Hasta que la madre abandonó al padre, quedándose a vivir  en la ciudad. Desde entonces una precariedad social y anímica le agobió. El hombre que lloraba junto al féretro con desolado candor, se adueñó de una chiquilla justo en el momento que medraba a mujer. Al crecer, él, simplemente, no soportó perderla como había perdido todo. Quedaron un día, en un parque solitario. Solo quería hablar con ella. La desafección mostrada por la chica, junto a la sospecha de una infidelidad, le abrumaron, lo justo para golpearla, sin tino, sin preparación. La mató, sin premeditar. Solo quería hablar. Justo por eso, fue tan difícil determinar el móvil, y las pruebas. No hay crimen más difícil de solucionar que el imprevisto, el que se piensa en un minuto y cuenta con la aquiescencia de la soledad de la víctima. Soledad, la chica, hacía honor a su nombre. Huérfana, acogida en orfanato y diversas familias que no cuajaron por diversos motivos, quizá el principal, el talante depresivo y esquivo de la muchacha. Había cumplido la mayoría de edad,  poco después de conocerle. Intimaron en una clase de inglés. Él era el profesor.

Había conseguido eludir la vida precaria de su infancia, labrándose un buen destino. Funcionario por la mañana, profesor por la tarde. Colaboraba con la Consejería en formar a chicos marginados. Y conoció  a Soledad. Se enamoraron, como lo hacen los primerizos. Al salir ella de la institución, la recogió con amplitud de miras, haciéndose la cuenta de que era suya para siempre. No fue así. Y la mató, sin cuidarse de dejar huellas, sin móvil aparente, sin conjeturas. Luego, con la frialdad que da la paciencia y el tiempo, preparó todo, para hacer desaparecer cualquier atisbo de verosimilitud. Cargó con el cuerpo, en un coche ajeno, la introdujo por una ventana abierta, en un hotel de las afueras. De noche, entre las sombras de una carretera vecinal que nadie transitaba. No hubo testigos, no hubo miradas que auscultaran el desvío de las pruebas. Durante meses, restregué mis ojos por el tiempo transcurrido, hasta dar con los detalles que se les pasó a los que llevaron la investigación, quizá, amparados por la mediocridad de una muchacha sin familia, sin pasado, y casi sin futuro.

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Anoche, cuando los ojos de la plantilla del periódico,  se plegaban del cansancio de un día duro en noticias, todas desagradables, que son las que más cansan, tomé todo lo archivado, me encaminé  al despacho de la última planta, esa que solo pisé el día que firmé el contrato draconiano de becaria. Entré, después de acariciar con los nudillos la puerta, colgándome de los labios una sonrisa que intentaba ser poderosa y posiblemente se quedara en mueca agria. Llevaba el informe debajo del brazo, rozando mi pecho, mechando las letras impresas con los latidos de un corazón que cabalgaba a lomos de un desbocado caballo. Entré en cuanto él, con su voz aflautada me lo indicó.

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-Buenas noches, espero que me perdone. Quería dejarle el informe de una investigación que he realizado sobre el crimen de los Robledales. La chica aquella, ¿lo recuerda?, que apareció muerta en una habitación de hotel, que nadie vio entrar, ni tenía constancia de haberse hospedado-

 

Su cara, mostraba más que sorpresa, anonadamiento. Imaginaba cuál sería su pensamiento: “Que coño dice la Vieja Becaria del crimen de los Robledales. Eso caducó hace meses, cancelaron la investigación. No hubo detenidos, ni sospechosos. Nada, y me viene esta cutre a tocar los cojones cuando cerramos la edición y estoy a punto de irme”

En cambio, sonrió, con cierta pereza y me dijo:

-A ver… ¿Cómo se llama usted? Disculpe, no recuerdo-

-Isabel Puente. Me llamo Isabel-

-Bien, Puente.  Perdone, aquí nos llamamos todos por el apellido. Como le digo, Puente, el caso se cerró, no había nada. Lo dejamos hace meses. La policía lo archivó hace tiempo-

-Lo sé, señor Ramibrian. En  mi tiempo libre, decidí, al ver los flecos que no me cuadraban, investigar por mi cuenta. Ahí está mi informe-

-Así, que usted, la becaria último modelo, que tiene el periódico, ha decidido investigar por su cuenta. ¡Vaya, vaya! eso es amor a la profesión, Puente. O estupidez, si me lo permite-

Mostraba una mueca que pretendía ser sonrisa, y se quedaba en bostezo caballuno.13179246_587491254759083_5167496641248426110_n

-Le permito lo que quiera, señor Ramibrian, usted es el jefe. Tan solo le ruego que lea el informe, luego puede descartarlo, si no lo considera. Léalo, estoy segura de que  tenemos un bombazo. Se lo traigo a usted primero, si no le parece interesante, no pasa nada, alguien le hará caso. O lo llevo directamente a la policía, porque en el informe,  está implícito el asesino-

Las gafas de pasta atigradas, se le deslizaban por la ganchuda nariz, hasta casi llegar a la punta. Una vez allí, una mueca que encogía de forma simiesca ojos, nariz y boca, las repuso un poco más arriba, para de forma inmediata volver a deslizarse.

 

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-Vaya, tenemos a una  Woodvard y/o Berstein en plantilla y yo sin enterarme-

-¿Se lo dejo, o no?-

-Sí, mujer, déjelo ahí. De camino a casa lo echaré un ojo. No me mire así, voy en metro. No conduzco, todo el mundo lo sabe. El director del Impío, no conduce desde hace más de veinte años. Un niñato me tiró fuera de la carretera y casi me mato, cosa que me formó una fobia absoluta a conducir. Lo sabe todo el mundo, querida Puente, quizá usted como ha estado inmersa en la investigación de los Robledales, no se haya enterado. En el metro, leeré su informe. A ver que me trae-

Las últimas palabras fueron expresadas con más ironía si esto era posible, aún, que las anteriores. No me tomaba en serio. No me sorprendía. Llevaban casi un año sin verme.

-Gracias. ¿Cuándo me dirá algo?-

-¡Eh reina! sin apretujar. Ya le digo que lo leeré. Si hay algo interesante se lo hago saber si no, lo tiraré a la basura y no me pregunte por ello. No suba a mi despacho más que a traerme café. ¿Estamos?-

-De acuerdo. Si lo lee en el metro, le auguro que esta noche no pegará ojo-

Me respondió, una risa que más parecía aullido de hiena. Dejé el informe sobre la mesa, le contemplé seria, intentando helar mis ojos sin dejarme avasallar por su sardónico regocijo.

-Me gusta su estilo, Puente. Para ser becaria tiene usted cojones. Será por la edad…Disculpe, por la grosería, ya sé que a las mujeres no se les debe recordar la edad…-

Otra risa, esta ratonil, corroboró sus palabras.

-No señor Ramibrian. A las mujeres, se les puede recordar la edad, lo que no se debe hacer es menospreciarlas. Está muy feo. Recuérdelo-

Hice una salida lo más teatral que pude, dentro de la estrechez de una puerta que estaba atestada de paragüero, estantería, libros caídos, papeles en desorden. Cuando la cerré tras de mí, de camino al ascensor, se me fue deshojando la compostura que hasta entonces, en plena filigrana hipócrita, había mantenido.

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Al cerrarse las puertas correderas del habitáculo que me llevaba a la planta de abajo, sentí como las rodillas se aflojaban, al igual que los músculos, hasta el momento en tensión. Se algodonaron  las extremidades, al tiempo que huía la energía simulada hasta entonces. “Ya está”, me dije, “si ese cretino lo lee, seguro que se queda prendado de la historia y me llama. Es un cabrón con pinzas, pero no es tonto, hizo mucha calle antes de acaballarse en el despacho. Sabe lo que es una buena crónica. Y esta lo es”.

 

Caminé hasta casa, rompiendo el rastro de silencio que me precedía, con mis pasos, articulando el cloquear del tacón. Porque como Vieja Becaria, que era,  iba al trabajo en tacón. Nada de playeras y  jeans, eso quedaba para las jovenzuelas. Calzaba tacón de cinco centímetros, traje de chaqueta, camisa bien planchada, moño alto, y pintada como una puerta. Que se viera donde había estilo. Así era yo: La Vieja Becaria.

 

Esta mañana, como todas, me arreglé para salir. Con más esmero, si cabe, que otros días. Tenía la piel apaisada de buen sueño. Me maquillé con decoro y vestí color, para variar. El tacón de seis centímetros, no fue perdonado, como debe ser.  Por fin había pasado  una noche donde el sueño llegó para quedarse, hasta que el sonido del despertador rompió la calma comatosa que me regaló la sensación de descanso y de haber cumplido con mis expectativas. Al despertar tuve la sensación, de emprender, por fin, el camino, que comencé seis años antes. Justo el día que dejé de pertenecer a Martín de Villavicencio y Ordanosa. Mi ilustre e imbécil marido. Me matriculé en la Escuela de Periodismo, compartí piso con varios estudiantes, dejando la dulce y cómoda vida de señora de Villavicencio, que había tenido desde los veintidós. Ese día nací para hacer justo la escena de la fui protagonista la tarde noche anterior. Por eso, dormí del tirón, sin macula ni interrupción. Como duermen las que viven a gusto.

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Encaminé mis pasos a la cafetería de siempre. Justo al servirme el café, con la sonrisa prefabricada del mismo camarero de todos los días,  sonó el móvil, dejando el rastro de unas palabras, no por esperadas, menos agradables:

“Es una historia cojonuda, Puente. Ha hecho usted un trabajo niquelado. Enhorabuena, vamos a publicar en tercera página…y porque es becaria, que si no iba a primera”

Le respondí, de inmediato:

“Da igual que sea en tercera, mientras lleve mi firma.  Pronto llegará a la primera, seguro”

“No sé si es usted una prepotente o una imbécil, pero está bien. Llevará su firma. Se lo ha ganado”

“Ni lo uno ni lo otro, señor Ramibrian. Solo soy la Vieja Becaria, ya lo sabe”

Siguió a mis palabras un  emoticono de guiño con lengüita afuera y un: “juas, juas” Tan vulgar como su dueño.

 

Mi café se estaba quedando frío. El croissant, yacía desvaído en el plato a medio morder. Contemplé la escena de un desayuno desaprovechado, cuando el imán de unos ojos azules, me levantaron la vista.

Haciendo esquina con mi barra, estaba un hombre, del que me llamó la atención, nada más contemplarle, además del azul de sus ojos, el cabello entrecano que poseía y una nariz partida al medio, con un puente maltrecho y montaraz, tal que si hubiera boxeado toda la vida. Estaba moreno, con ese tono aceitunado que se genera en alta mar. Los ojos pequeños, navegaban entre las sombras de unas largas pestañas, dejando un rastro de azulado esplendor. Noté que al  colisionar nuestras miradas, esbozó un amago de sonrisa, que podía ser saludo o invitación.

 

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Levanté mi taza, donde se posaba un café aguachirlado y frío, a modo de copa, brindé contemplando su torso, que asomaba por una camisa desabrochada. Escurriendo mis ojos, por el vello que  escapaba, descarado entre la camisa. Mis ojos, respondieron a su sonrisa con una invitación al acercamiento. Él, apoyó el periódico deportivo que ojeaba, yo mi móvil. Emprendió el acercamiento hasta mi sitio. Sus ojos, conforme se acercaba me iban pareciendo más y más azules.  Decididamente, hoy era mi día de suerte.

Fin

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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