La Tieta

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Allí, donde guarda las cartas, o el juguete roto de latón que muestra abolladuras y desconchones varios, en esa sima que ofrece el mandilón, a modo de bolsillo,  sobre su bajo vientre, queda abollado por el destino, el tiempo y la costumbre, la hoja arrugada de la que nunca se desprendió, por tiempo que pasara, por suceso, por dolores que acidularan su cara, llenándola de surcos sin piedad, marcando con el cincel del tiempo, la historia que poco tiene que aportar al mundo porque se desarrolló en el silencio de unos montes, entre cuatro paredes que cincelaron una vida a golpe de costumbre, de vientos, de nubes, que corrían en pos de otros cielos, mientras ella, se quedaba quieta.

Cuando todos se fueron,  se quedó en silencio la casa, tan solo abatida por el canto alegre de pajarillos que llegando la primavera, sucumbían a la alegría del renacer nuevo. Fue entonces cuando los fantasmas volvieron, se asentaron en las alcobas, acobardados, al principio, campando, después, a sus anchas y dándole la compañía que ella añoraba. Durante los años que duró la soledad, le acompañaron voces infantiles, alguna canción de esas que no suenan en las radios de ahora, pero que retumban con constancia en su mente. La voz quebrada y varonil, de hombre joven,  es la misma siempre, entona las jotas que conoce de otras voces, que sabe oyó en los tiempos remotos donde se adentra con el tridente de una memoria desgajada que apenas encuentra lo que busca, enmarañada, la vida, como está en una espesa nebulosa que parece merengue. No  reconoce esa voz, ni podría precisar quien canta o qué, pero  un enternecimiento surge en sus ojos cuando la oye. Sabe que ese sonido varonil supuso mucho. Se le perdió en el légamo de la memoria los detalles, siempre bastardos de las canciones,  pero a Manuela, la suenan bien, como a caricia, como si una leve pluma le recorriera la espalda, hasta estremecer la raíz del pelo, amojiconado con las horquillas que ciñen un escueto moño en la nuca. La escucha y se le pierde, como se pierden o difuminan los recuerdos guardados en ese armario difuso que ella, abre de vez en cuando para atizar un rayo de alegría a la espera frente a la chimenea. Espera que no sabe bien a que o a quien.

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En ese lejano armario guarda las risas, las miradas escrutadoras de los pequeños, que a fuerza de ser tantos, perdió la costumbre de nombrarlos, incluso de identificarlos. A veces, sumergía la mano, mientras ellos, siempre distintos, sucediéndose de generación en generación, niños con caras sucias, con grito fácil y con lágrima que ella se empeñaba en enjuagar a golpe de sonrisa, se paraban, quedando quietos y expectantes, ante la novedad de que la Tieta, sacara del escondite que llevaba en esa faltriquera mágica, que hurgaba a poco que la tentaran. Sacaba el bolo de naipes, los cercenaba con mano diligente, haciendo juegos varios, que fascinaban los ojos infantiles, como si al voleo de sus manos surgiera la magia inconcreta y vacilante que los atrapaba. Otras veces, salía de las profundas oquedades del bolsillo, algún juguete desconchado, enfermo de tiempo y manoseo, que ponía ante los ojos atónitos de los muchachos con la parafernalia de quien hace misterio de lo que es solo un juguete gastado y maltrecho. Para ellos, los pequeños, era un tiempo de risa, de aventura, de magia encelada de encanto, pues en las manos callosas, trenzadas por la deforme artritis, que las volvieron sarmentosas hace años, surgía el misterio, la incertidumbre de nuevas aventuras que ella, trazaba con el voleo de unos dedos enjutos y arrugados. Otras veces, introducía la mano, la dejaba vagar por la sima, y parecía como si el leve crujir de un papel maltrecho, la arrullara. Mientras los pequeños, observaban el rostro ensimismado, que deshojaba, el curiel de arrugas trenzadas alrededor de ojos, de boca, de frente, como surcos encebollados que atenazaban la expresión de su rostro, dejando, para siempre, el reflejo de una vida azuzada por buenas intenciones y frustraciones varias. Se quedaban expectantes, mientras ella, acariciaba aquel papel que guardaba en la fosa de la faltriquera, como se guarda un tesoro mil veces acuñado y mecido con el amor de la ausencia y la entelequia de haber sido frustrado en mil pedazos. Ellos, atentos, con la mirada quieta, no se fueran a perder en un parpadeo la salida a escena de un nuevo milagro, esperaban minutos que se alargaban, hasta prorrumpir en grito la paciencia, y romper con ello el encantamiento de la Tieta acariciando con mano trémula y un acristalamiento en los ojos, augurio de emociones tardías, el papel que a todos intrigaba. Nadie supo ni cuándo ni donde encontró o nació aquella esquela que guardaba la esencia de una alegría marchita por caduca, pero no por apurada.

 

Mientras el tiempo discurría entre los goznes de generaciones que pasaban por sus manos, de cuidadora nata, de ensalmo de lágrimas, de decepciones o soledades varias. Luego marchaban, cuando a base de crecer, se abandonaba la infantil aquiescencia con la fantasía y se llegaba a proclamar en alto, que el tiempo de soñar había acabado. Con el primer bozo, en los chicos, los botones que sobresalían por las blusas, en ellas marcando un símil de femineidad, se abandonaba el juego, la premura de comprobar como las manos sarmentosas, volaban a cielos inescrutables y rellenos de una fantasía preclara. Era el mejor síntoma de ser adultos, dejar a la Tieta en soledad, esperando el recambio de nuevos mozalbetes.  Ella se prestaba a seguir cuidando, como gallina clueca, a los ajenos, ya que no empolló los propios.

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Con el tiempo, envuelta en los mantones infamantes de una vejez que la cubrió como velo enjoyado, apoyada en el dintel de una chimenea que caldeaba el frío de sus huesos y mantenía a raya a la muerte, alejada, mientras el fuego la protegiera, perdió la poca memoria que quedaba, pero no la sonrisa. Fue entonces, cuando con constancia irresoluta, mantuvo la mano dentro de la faltriquera, acariciando sin pausa el papel arrugado, que de tanto manoseo, apaisando unas letras azules, picudas, hermosas, como es todo lo que se hace para dejar huella.

 

El día que la Tieta no despertó, quedó arrugado entre sus dedos, el papel que todos intuían y nadie conoció hasta entonces. La levantaron de la suave mecedora, mientras el fuego crepitaba inútil en la chimenea. Era Julio, afuera hacía calor. Llegaban las primeras visitas a un pueblo olvidado, salvo en la fiesta o en la canícula. Fuera el sol amancebaba a los perros que yacían, lánguidos con la cabeza a la sombra, y dejando la pajarada muda, al socaire de las hojas de árboles sarmentosos. Dentro de la casa, en el comedor, donde la Tieta reposaba, se respiraba el aire mechado de madera recién cortada, de humo, de habitación cerrada y de viejo. La encontró Chenel, el cuidador, el último que quedó apresado en la costumbre y en un amor casi filial, que le llevó a cuidar a la Tieta cuando todos se fueron. Sacó su mano de la profunda faltriquera, llevando entre los dedos, apresado, el papel tantas veces acariciado. Antes de llamar al médico de guardia y a la funeraria, Chenel leyó:triste 4

“Santiago de Cuba, veinticinco de Septiembre de mil novecientos cuarenta y siete:

Querida Manuela, espero que al recibo de ésta estés bien, como yo lo estoy.  Siento la seguridad que tu amor seguirá en la constante en que lo dejamos. Yo así lo aprecio y prometo, que en cuanto solucione lo que vine a hacer a estas lejanas tierras, consiga fortuna, una casa digna de una princesa, como tú, te haré llamar para que embarques en paquebote de lujo y nos encontremos, para nunca jamás separarnos. Estoy seguro de tu paciencia y tu amor, querida Manuela, porque tus ojos, y tu boca me lo juraron en la primavera en que bailamos las primeras marzas, antes, mucho antes de que la vida se volteara, el mundo se volviera loco y tuviéramos que matar o morir por una idea. Porque es lo que pasó, Manuela, en aquel tiempo, el mundo se volvió loco, nos trastocamos todos con las ideas, el corazón se acorazó y no quedó otra que matar o morir. Yo solo quería cantar y arroparme cerca de tu seno para apaciguar el hambre de amor que padecía, querida Manuela. Solo quería cantar, y tuve que tomar un fusil y matar o intentarlo, al menos. Todo se torció entonces. Sigo intentando enderezarlo para el reencuentro, que ha de ser, por necesidad, un milagro que nos lleve a vivir juntos por siempre jamás.

Conozco la dificultad que nos separa. Lo que me cuentas de tu madre, que impide el viaje, que no ve con buenos ojos, nuestro reencuentro, es comprensible, querida Manuela. Yo tuve mujer, es cierto, que no siento mía, porque unas leyes dijeron que no lo era, y ahora, las nuevas, quieren juntar lo que no puede ser. Porque no hay más lazos que los de un amor, aunque no sea legal, como el nuestro. No reconozco más familia que tu cuerpo, querida Manuela, ni más patria que tu vientre. Entiendo y te pido que seas fuerte para conseguir que ellos, tu familia, entiendan que solo estando juntos podemos ser fértiles. Lucha por mí, como yo lo hago por ti, en estas tierras, por ese amor que hizo palidecer al sol, cuando corríamos por los maizales en busca de nuestras bocas, mientras las manos se juntaban en una eucaristía de pasión y muerte. Sigo trabajando en mil cosas, ahorrando hasta el último centavo que me da  este nuevo mundo, generoso pero impío con los recuerdos. Dame tu promesa de que cuando te llame, cuando consiga el dinero para vivir una vida digna, tú estés dispuesta a dar el salto.

En eso baso mi vida. Mis sueños de abrazarte, desplazan el cansancio, la soledad y la nostalgia que me envuelve, acordándome de las brañas, de los colores de nuestra tierra, del musgo que recorre los troncos de esos árboles que corona las mieses. Añoro tu cuerpo, como añoro el respirar la humedad de esos prados que de madrugada despiertan escarchados, como si un manto de cristal los recorriera. Añoro el cobijo de tu pecho, como añoro respirar hondo, mojar mis pulmones con el aire siempre mojado, que refresca y diluye el mal sabor de boca que produce vivir encelado en la pobreza y la injusticia. Añoro el olor fresco que desprendía tu cuello, cuando me acercaba a besarlo, como añoro esos olores a hierba recién cortada a estiércol fresco, al muladar del establo de la hierba seca de estío. Y añoro, mucho, el verde, los ocres, los marrones de los picos destemplados, al poco de caer la nieve. Esos colores, Manuela, como el de tus ojos, los llevo clavados en la memoria y mucho me temo, que me acompañen hasta la muerte, como compañeros idílicos y fieles.

Tuyo, porque no puedo ser de nadie.

Antonio Caureles”

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El tio Chenel, plegó el papel, enternecido, lo guardó entre sus manos,  llamó al médico, que certificó la muerte. Llegaron los enterradores, que apañaron el cuerpo, lo laceraron con manos certeras para que luciera presto en un féretro humilde, no fuera a desencantar el velorio. Mientras,  Chenel, fue recordando los suspiros, las veces que a la Tieta se le iban los ojos, tras las nubes que corrían fuera de los montes, en pos de futuros abiertos. Entendía el desamparo que en momentos observaba, mientras jugaban  o saltaban con ella,  al corre corre que te pillo, en el semblante siempre dulce de una mujer a la espera.

Entendía los susurros de las comadres, cuando decían: “Pobre Manolita, el Toñín, se cansó de esperar y se ha casado. Tanto años, tanta penuria, tanta prohibición de la madre, que se aburrió y se buscó una  cubana guapa que le dio hijos y la felicidad que ella no pudo. Pobre Manolita, él allí, feliz, y ella tan sola” De golpe, el tío Chenel entendió tantas palabras que se le desdibujaron por la distancia de muchos años. Cuando el cuerpo de Manuela estuvo preparado, la puso entre las sarmentosas manos, la que, quizá, fuera la última carta recibida. Debía acompañarla en el morir lo que fue custodiado por una vida rota.

 

FIN

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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