La sombra

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El sonido chirría como cualquier mañana, quizá el oído acabó acostumbrándose a los ruidos familiares, que se esperan con la tranquilidad apesadumbrada de lo cotidiano. Hoy las ruedas gritan más de lo acostumbrado. El soniquete truena por el pasillo, despereza los cuerpos amostazados por el silencio, a veces truncado por toses lejanas. Se escucha, algún exabrupto que corta el velo de la noche como un rebenque y algún grillo escapado de su prisión de tierra que canta a la madrugada. Hoy será un día como cualquier otro. Amanece, tiñendo de azul, lo que solo un momento antes era negrura, desfila por la lejanía una raya rosada que adivina un sol esperado. Hará calor. Lo noto en la consistencia pegajosa de unas sábanas que amortajan el cuerpo abrazándolo demasiado, casi apresando los miembros, dejando sin movimiento la figura que yace inerte la mayor parte del tiempo. Como si no perteneciera a la mente que lo dirige,  que no obedece. Como una cárcel que apresa los movimientos pensados de un cuerpo amostazado por los años y la inactividad,  atenazando una mente que amalgama recuerdos, escarchados de malos deseos. Apenas mecido por el vaivén de unos sueños que se entrechocan con la amarga realidad. El despertar es duro. Cada día se aposenta un poco más la costumbre de engañar a la realidad alargando la  modorra, que los carros chirriantes vienen a desbaratar. Me gustaría quedarme enmadejado en los sueños,  ir encadenando uno tras otro todos los recuerdos que pueblan los años, de forma continua, apagando la realidad, vistiéndome de la onírica sensación de que todo sigue como entonces.

 

La sonrisa plastificada de  la enfermera se acerca. Contemplo su cara acartonada y gris como gredal, a través del telón de mis pestañas. Lleva colgada de los labios una sonrisa plastificada, una  voz  acharolada de buenas intenciones que apenas trasluce el tedio de un trabajo desagradable. A nadie le gusta cuidar la destemplanza que hay entre la vida y la muerte. A nadie le gusta estar en la antesala de los esperpentos en que convertimos una vida gallarda y altanera. Imagino que poco antes de entrar aquí, sus labios se  tuercen con la mueca del desagrado, ante la jornada que la espera. Imagino, que antes de entrar, se le impregna el cuerpo con el olor a viejo, que desprende el edificio entero. Se perfumará, encharcará sus rincones ocultos con perfume barato, para apaciguar el manto de guano y desesperanza que impregna su piel y su nariz,  al poco de entrar. Inútil todo. No es posible acallar el ruido de la desazón, ni el rastro que la miseria deja a su paso. Por mucho perfume y sonrisa plastificada que se cuelgue del rostro,  no puede disimular el desagrado y el miedo. Porque acercarse a los que estamos a un paso de cruzar el umbral, da miedo. Espanta, la incertidumbre de no saber en qué momento, su mano tocará el frío amortajado de la muerte. Dicen que se acostumbran, pero no lo creo. Nadie se acostumbra a la miseria de unos cuerpos calcinados de vida o de tedio. Nadie se acostumbra al contacto con la obviedad del fin de la vida. A menos que se acolche la conciencia con la vana sensación de la desafección ante la muerte. Que sería como estar muerto.

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Mejor no abrir los ojos, de esa forma no tengo que escuchar sus palabras amables, que pronuncia cada día, en un tono similar, como si planchara las palabras antes de pronunciarlas. No me da la gana de deshacer el gesto de mis labios, para esbozar una sonrisa,  momificada como la suya. Otros lo hacen, yo no.  Nunca me acostumbré a sonreír, ni a hacer lo que se esperaba de mí. Lo mío fue vagar por la vida a contrapié, haciendo el trabajo sucio para los demás, como forma de tenerlos atados a mi antojo, pero sin que se notara. Yo hacía lo que otros no querían saber, a cambio, me dejaban en paz. Me pagaban con el temor reverencial de quien sabe que puede destruirlos, pero no lo hace porque disfruta con ello. Por eso, ahora no sonrío, ni contesto a sus amabilidades, a las de nadie. Ni  a las que dispensan ellas, con su amañada costumbre, ni a las de los que se mantienen lúcidos en este cementerio de elefantes olvidados del mundo. De esa forma me abstraigo de quejidos a deshora, sin tener que escuchar los lamentos que no siento ni quiero comprender.

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Están los abandonados, los que tienen hijos y fueron almacenados con el egoísmo de quien traza un camino serpenteante de ida y vuelta. Añoran lo que tuvieron, o añoran lo que desearon. Por eso, yo me quedo quieto, refugiándome en mis sueños, sin ningún deseo, ni prevención. Nunca quise ataduras ni asientos.  Tuve  amores hostiles y mercenarios que cumplían con creces el hambre de piel, sin dejar recuerdos, ni labrar destinos al unísono, que al principio, pueden ser golosos, para luego volverse lastres desalmados. No quise, y no me arrepiento. Al contrario, hoy me siento satisfecho de la desafección, de esa forma no añoro, como estos imbéciles. Que se pasan el tiempo trasegando la vista por los ventanales, en busca de algún rostro conocido que les haga sentir que fueron amados. Cuando nadie ama nunca, porque el amor, es solo necesidad de caminar en compañía. El alma se ensucia nada más nacer con el dispendio del grito de la vida. Busca el amparo del seno de la madre, para comer, para morder. No encuentra dispendio en amar, solo en satisfacer el ansia que cada uno trae, que suele ser copia del egoísmo de un dios que nos creó para contemplar la obra y no aburrirse. Nos mantiene esclavos de las penurias y vicios que nos impulsan a obrar como hormigas, caminando sin descanso en busca de sustento, poder, o compañía. Por eso ni amé, ni dejé que me amaran. Nunca quise ser diversión de nadie que me sobrecogiera. Solo la mía, primó sobre cualquiera. Mi propio placer o el afán de supervivencia que pobló mi vida de fantasmas que temían mi poder o mi mano. Ni hijos, ni sombras, decía entonces y digo ahora. Ni hijos ni sombra, porque de tenerlos: traicionan, se marchan, dejan el nido vacío y es entonces cuando el alma añora lo huido. Ni hijos, ni sombras, como forma de vivir en paz.

 

Deja en mi boca las pastillas, con la soltura de quien teme que la reciba un mordisco. Sabe que poco le haría, pues mi dentadura, atrás alimañera, hoy está orificada por todos los lados, dejando la pasta salitrosa en mi boca, y mi garganta seca. Se regocija con voz de falsete, como si hablara a un niño o a un orate: “ Lucio, trague la pastilla, no vaya a atragantarse. Que se que no duerme” Y sigue sin pararse a comprobar si trago o las escupo, que es lo que hago la mayor parte de las veces. Nos quieren atontados, sumidos en el letargo plácido que las deje en paz. Y no me da la gana. Solo cuando la fatiga me sube al pecho, las tomo. Prefiero el letargo a ese lento agonizar de la fatiga, cuando no llega el aire a los pulmones y parece que se encharcaran por momentos. Hoy es uno de esos días, las trago. Intuyo, por la musgosa humedad que habrá fatiga.

Empujo las vainas que tengo en la boca, con un trago de orujo, que guardo en la bata, llevándolo encima para que ni por un momento, se quede a mano de los que supervisan. Dios sabe el esfuerzo que cuesta tenerlo. Conseguirlo, ya es mucho, solo con dinero, con sobornos varios, o descubriendo los sellados secretos que muchos de los que nos cuidan, guardan solapando ruidos. Callando me pagan. Los observo, casi todo el día, ellos se sorprenden: “¿Cómo viejo cabrón, sabes todo eso?” Me dicen a veces. Entonces, sí que sonrío. Despliego mis labios,  no tengo chucho en mostrar los dientes que simulan una derruida muralla. ¿Qué cómo lo sé? Es largo explicar, y no voy a hacerlo para tu placer. No dejo que nadie descubra mi juego, esa fue la forma en la que viví, amalgame mi tiempo en conocer lo que los demás ocultaban.  Fue mi poder. Es una costumbre de antaño, les digo, callo y les escucho. Con eso es bastante. Con eso, y el miedo que luego muestran. Ahí sé que toqué diana. Cuando me temen.coral-2

Por eso puedo tener el botellín de orujo. Hacen la vista gorda, incluso alguna monja, que esas son más  duras de sujetar, se sienten por encima del bien y del mal, al amparo dentro de sus faldones y togas. Tienen el poder, y lo ejercen sin miedo, como si sus faldamentos las confinaran en las esquinas de un mundo intocable. Se sienten intangibles dentro de ese hábito que las protege. Aún con todo, yo las espío. Sé, por ejemplo, que sor María bebe a escondidas. Trasiega a cada rato, con el solapado silencio de sus pasitos cortos, encumbrados en la levedad de un cuerpo enjuto. Entra en clausura,  sale con la mirada turbia, acristalada, alzando la voz más de lo propio. Y huele a aguardiente dulce. El día que se acercó a tomarme la tensión alterada, por no haber tomado la pastilla, cuando se disponía a echar la bronca, aticé el golpe.

-¿Qué tal hermana, calienta el aguardiente?-

-¿Qué dices Lucio? Anda y toma la pastilla,  mira cómo te desbaratas la tensión. Luego viene el soponcio, el dolor de cabeza, las palpitaciones y dar la lata-

– Hermana, no quiero tomar esa mierda. ¿Lo entiende? Como a usted, me gusta pimplar un poco, hermana. Si tomo las patillas me sienta mal el aguardiente. Debería de traerme un poco de lo que guarda en clausura. Sí, allí en el altillo. Si se entera la superiora, la manda a África, por lo menos. ¿A qué sí, sor María? A África o a la India, a coger muertos en el Ganges. No estaría mal, ¿verdad hermana? así se hace usted santa antes-

La lividez de un rostro acartonado, que disputa blancura con la toca que lo enmarca, el rictus de cemento que se la forma entre las cejas,  me dicen  mejor que mil diatribas que di en el blanco.

Marchó con paso diligente, como perseguida por perros rabiosos. Imagino que correrá hasta la capilla para, a base de jaculatorias, ganarse el perdón de su Dios, y seguir con el trasiego de vez en cuando. Ya es mía. Como las otras. Tracé un sutil hilo que concadena un servilismo que me hace la vida más cómoda. Quizá sea costumbre, de haber vivido de esa forma. Uno es viejo, pierde movilidad, incluso el habla, pero el germen que lo impulsó a lo largo de una vida, no se pierde. Soy yo, Lucio Rendueles, el Clint Estwood, como me nombraron, hasta la prensa, en los últimos tiempos, cuando las cosas dejaron de pintar bien y hubo que replegarse. Fue jodido, no lo niego.  Al final del camino se torció todo. Cuando debía recoger los frutos de tantos años dando juego a los jefes, dejándome la piel  y el estómago en los sótanos alucernados y siniestros, donde formé mi vida, entonces, precisamente entonces, se torció todo. Recuerdo como al llegar a los  tugurios, porque eso es lo que eran, aunque los nombraran, calabozos, los que estaban bajo el foco, se restituían con el miedo. Eran huecos horadados en el sótano impío y húmedo, más apropiado a ratas que a hombres. Allí abajo reinaba yo, era mi imperio y mi ley. Cuando mis pasos resonaban en las baldosas, clack, clack, clack,  bajaba el tono de las conversaciones. Olía el miedo, a mi paso. Olía el temor animal, no solo de los detenidos, que a veces, estaban tan diezmados sus entendederas, que ni sabían, ni conocían. No, el miedo era de ellos, de los que me servían como fieles esbirros o cobardes subalternos. Sin darse cuenta, acomodaban sus idas y venidas a mis pasos, subían el tono, o lo bajaban, según conviniese. La sensación de poder, cuando entraba al calabozo y todos callaban era de borrachera jocosa.8

-¿Le dejamos con el detenido, inspector Rendueles? Está bastante castigado, no creo que pueda sacar mucho más-

Y yo asentía. Sí sacaba. Siempre se saca, cuando sabes jugar con el miedo, a lo que venga. Cuanto peor es la vivencia presente, más se teme a lo que llega. No hay saturación para el dolor. Solo algún valiente, que escaseaban, pero los había, al llegar a un punto ya no temían. Escupían odio, intentaba sacarme de quicio, reconozco que a veces lo conseguían. No soportaba el que no me temieran. Alguno de los que  calló por la ventana, fue por eso. Por no temerme. Ahora sé que era infantil, hasta pueril, diría. Fueron riesgos innecesarios, como me advertía el cabrón de  Márquez: “Rendueles, se pasa usted de la raya, un día se nos va a ir algo de las manos, algún cabo suelto y se forma la de Dios es Cristo. Ya no son los tiempos de antes, Rendueles, tiene que hacerse cargo. Ahora hay que hilar fino, hacen caso a esos cabrones. La prensa, ya sabe usted. No podemos detenerlos a todos. Nos quedamos sin país, Rendueles, si detenemos a todos. Hile fino, no me haga enfadar, hombre.”  Luego, es cosa bien sabida, no repudiaba los resultados. Cuando caían las medallas eran, mayoritariamente, en su pechera, no en la mía.  Es cierto que a mí las medallas me la traían floja. Mis  condecoraciones eran el acrisolado miedo en la mirada que contemplaba con placer en ellos, bajo la luz cenital. El ver que se meaban cuando entraba en el calabozo era tan dulce como mil medallas. Me emborrachaba  sentir los ojos encelados de miedo, acristalando el temor con la súplica, como si eso pudiera ablandarme. Pobres ilusos. No sé que situación me estimulaba más, si el verlos rotos o que se enfrentaran a mí, para poder hacer faena.

 

Es curioso como el tiempo cura los desmanes. Hoy estoy aquí, callado, espeso, abriendo la boca cuando me dicen, escupiendo o tragando, según se tercie, unas pastillas, que me amansan como a las fieras, me dejan capón y alicaído, como pieza de caza. Dejando los recuerdos que se paseen por mi mente, ajando los caminos a base de rodarlos. Si ellas, las que me miran con vacuna mirada, a veces con cautela, otras con piedad, a pesar de todos, supieran lo que fui, a buen seguro saldrían espantadas. Hoy, sin embargo soy un apacible anciano, que rueda por los pasillos, en busca de soledad, enredado en miserias de viejo, dejando la huella de unas ruedas que empujan mi cuerpo por los pesados senderos de la vida. La que quede por vivir. En desconsuelo, frente a los fantasmas que esperan mi llegada, para danzar como malditos alrededor de un cuerpo que ya no es. Y que no queda nada. Solo los recuerdos que se enredan en la memoria como légamo de algas, la embarran de sombras que nacen de lo que fue calabozo, y me visitan de tiempo en tiempo. A veces, de noche,  sigilosos, envueltos en los altisonantes ronquidos que rebotan en la pared, me visitan. Entran, encelados de sombras, se acercan a  mi frente, me sonríen de lejos, con la mirada hueca. Son dos cuencas vacías y cóncavas. Siento el frío férreo de una mirada revolucionada por el resentimiento,   o el odio. Son ellos, lo sé. Los que pasaron por la Puerta del Sol, que me visitan en espera de que llegue mi hora. Los muy cabrones, esperan, en silencio, acodados en la antesala, con las cuencas vacías y las fauces hambrientas de mi carne. Por eso, de noche,  tomo las pastillas. Para sumirme en el pozo infamante de un sueño y eludir su visita. A veces, ni con ellas. Se acercan igualmente, con más furia, con la boca más amplia, con incisivos punzantes y raudos a devorar mi carne o mi alma. Las noches en que aparecen y sobrevuelan entre las sombras de la habitación, mientras yo me siento atenazado por un sueño profundo y converso, son las más tétricas. No puedo gritar, aunque alguna vez, la voz salió de muy adentro, como si la garganta se partiera y dejara mi voz suelta, desprendida. Grito y vienen las cuidadoras. Las que de día nos contemplan con cansina paciencia, vienen de noche, apaciguadas sus buenas maneras con el resquemor del despertar. Llevan colgadas aún de las pestañas la legaña del sueño y propician el estertor que me alivia y necesito. Doblan la dosis. Hasta apagarme los fantasmas que se retiran derrotados con las fauces hambrientas, en espera de una noche definitiva, que me lleve con ellos. Los muy cobardes, no plantan cara a la batalla, como cuando vivos.  No presentan batalla, solo esperan.

 

Fin.

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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