La pérdida (para todos los que perdieron un ser amado, el dolor une por similitud y porque nos hace humanos)

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El viento mueve las cortinas con un silbido suave, como si las acariciara, a la vez, me llega la brisa hasta la cara, me agita levemente el pelo, noto esa vivaz zalema como si unos dedos me rozaran apenas. Intento encontrar una postura que deje a mi espalda liberada. Cosa difícil, porque se hace notar en cada movimiento que hago, lo que conlleva que un cambio de postura, quede en vano intento,  como si mil cuchillas con afilado filo entraran en los músculos, hurgaran en ellos, dejando el rastro de un dolor ciego y seguido.  Afuera, se abronca el aire,  me llega amortiguado por la espera, con un sonido liviano, como las palabras que ascienden tenues, para colarse en mi salón haciendo que esta mortaja cobre, apenas, vida. El sol en franca retirada, estira sus brazos hasta la mitad de la habitación, casi llega hasta mí, por dos pasos, apenas, no lo hace, y sería de agradecer sentir la suave caricia de esos rayos escasos. Porque el año fue lluvioso, bronco, ácido y espeso como saben serlo las épocas en que pasa de todo y todo malo. El invierno se va, lo noto en ese olor que entra por la ventana; un aroma afrutado de los pinos, que enhebran vida  tras los visillos, en el jardín, donde lentamente se espesan  las madreselvas y las rosas silvestres, mechadas de caléndulas hirientes. Una primavera que llega con paso sigiloso, como otras, como las anteriores, solo que desolada y espesa como engrudo. Florecen los almendros, como otros años. El sol muere más tarde,  con pereza de acostarse, los días comienzan a crecer, como cualquier primavera que viví  hasta ahora. Solo que en ésta, mi cuerpo rechaza el insulto obsceno de  la alegría que brota de la tierra. Añoro, en cambio,  los días tenebrosos de lluvia y viento, oscuros como pozos, donde el gris no se desnuda de la tierra por días y semanas. Añoro los meses en que, abrigada, salía apenas de la casa, sin menoscabo del tiempo que pasé envuelta en el manto, enharinada de pesadillas, mientras la sal de las lágrimas opacaban mis ojos. Llega la primavera como todos los años, tal cual si la vida siguiera. Y sigue, no hay duda, llegó la primavera para quedarse, pero que distinto es todo a cuanto viví hasta ahora. Lo bueno del cambio de estación,  es que podré secar los huesos, dejarlos al sol,  que los bizarros rayos, sequen la osamenta que amortajada me huele a guano y suena con el cocleo de la pereza.

 

Las tarde son como flechas que me acobardan, me guarezco aquí, como anidando sobre mis alas, dejando que el tiempo vuele, deje sus señas y llegue la noche con la premura de los deseos insatisfechos. Luego, cuando viene, la desazón, el desasosiego, que templa y deja el cuerpo desnudo al socaire de un sueño que es renuente. Cuando todo se queda quieto, vago por la casa, desnuda de sentimientos, dejando que los pasos sombríos marquen el camino perdido de los recuerdos. Él, duerme, la abuela también, al igual que los vecinos. Mientras, yo me yergo en la penumbra, vagando por las esquinas, buscando respuestas donde ni hay preguntas, contemplando el tiempo feliz, en  fotografías de color sepia, cuando apenas intuía que lo era. La veo sonriendo, asomando unos dientes mellados, mientras contempla no sé bien que. Mirando al frente, dejándome entrever  en sus  ojos, una alegría innata que resultaba molesta por lo centelleante. ¿Cuantas veces intenté acallar aquella risa que parecía cascada de agua cristalina?

Llevo clavado el sonido del jolgorio de aquellos tiempos, en los tímpanos, como si fuera un perenne estado de ingravidez. Eduardo, me dice que también lo siente. Al cruzar el rellano de la escalera, la oye, como si fueran cascabeles enjaezados en jaca de domingo. Al dormir, dice, que es lo último que escucha, eso y mi voz, que le acompaña. Nunca imaginé que el dolor uniera tanto, como para hacer espejo de lo que poco antes era, casi, un extraño. El dolor une más que el amor, es calle de ida y vuelta, tal como le decía ayer mañana.

249303_443071259064077_1826016151_nContemplo desde el sitio donde reposo, su rostro juvenil en las fotos,  que cercanas, penden de la pared, seguidas de las que alientan el recuerdo de cuando era niña. Contempla, con gesto serio, aunque chispeando sus ojos con la mirada perdida en el horizonte de un futuro que promete, envuelto en incógnitas desechadas poco después cuando fueron llegando las certezas. Los primeros tiempos de un noviazgo precursor de furiosos vendavales que amainaron con la suave calma que da la lucidez y la buena educación. Por aquel tiempo, conoció a Eduardo. En el viaje de estudios, cuando nos sorprendió a todos dejando Derecho, matriculándose en Bellas Artes, mientras Santiago, clamaba al cielo:

-¡Qué estupidez es esa, niña! Cómo coño te vas a ganar la vida estudiando Bellas Artes. Sigue en derecho, mujer. Entras en el bufete cuando acabes la carrera, si luego te apetece pintar, o esculpir, lo haces, como hobby, pero comiendo todos los días, pagando la hipoteca, como todos, hija. Del arte viven dos, y porque son famosos o tienen influencias. Créeme-

-Papá, no tengo necesidad de pasarme  dos años de mi vida, estudiando leyes, aburriéndome con el Código Penal, no me compensa, de verdad. Entiendo tu desasosiego. Como poco, ya lo sabes. No tengo mayores necesidades, soy austera, no te preocupes por eso. En el supuesto que necesite dinero en un futuro, siempre podré ser tu secretaria-

-No te burles, no sirves para secretaria. Tienes demasiado carácter. ¿Qué pasará el día que quieras formar una familia? Añorarás, entonces, no tener una carrera que te permita vivir como has vivido con nosotros. Sin lujos,  Dulce, pero con decoro-

-Siempre me puedo buscar un marido rico-

En ese momento, rompiste a reír, Dulce,  con ese sonido de cascabel que rompía los tímpanos y la seriedad. Le abrazaste como hacías siempre que él te mostraba un desacuerdo, dejándole cautivo y desarmado, con el ejercito de las buenas intenciones en franca retirada. Como harías con Eduardo, imagino.

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Lo hiciste siempre, desde niña, con todo lo que te impacientaba o te contradecía. Desplegabas la sonrisa de luz que partía tu rostro en dos mitades, echabas el destello brillante  por los ojitos pardos, festoneados por una nube negra de pestañas, que a modo de telón dejaban entrever la lucernaria de una alegría que desbordaba el espacio donde te movías.  Se te alumbraba la cara, dejando en tu mejilla derecha el hoyito como huella de tu júbilo. Y nos dejabas sin defensas, con el acharolado brillo de tu sonrisa colgado del recuerdo, mientras  corrías a hacer lo que te daba la gana, con la aquiescencia de todos los que te rodeábamos. Así fue siempre, hija.  Forjaste un yugo que hoy es difícil deshacer.

 

Quizá por eso, es  difícil,  que nadie que tuviera contacto contigo, pueda olvidarte. No ahora, que pasó tan poco tiempo de tu marcha, apenas cinco meses. Estoy segura que más adelante, seguiremos con el escollo. Cuando las imágenes se tornen más etéreas, y no estés de continuo en nuestra mente, estoy segura, Dulce, que la risa, el aleteo nervioso de las pestañas, la voz cristalina, seguirá tañendo nuestros recuerdos, tal como ahora. Quizá no sintamos  el rizo trágico del dolor, pero, se encalabritará en nuestras mentes la nostalgia de esa alegría que, sin apenas darnos cuenta, iluminó el tiempo que pasaste con nosotros. Cuando la evocación quiera huir, lo retendrá entre los barrotes de esa algazara que nos impregnó y hoy desespera.

 

Porque cuando llega el recuerdo, lacera, Dulce. Entra en el cuerpo como las lanzas, suave al principio. Comienza,  con un amago de dulce recordatorio de esa risa, de alguna frase, de un atisbo perdido de memoria, como fleco colgante de un pedestal umbrío donde te coloqué. En cuanto toca piel, entra a degüello, sin piedad y con brío, para enseñorearse de la casa completa. Y duele, duele hasta dejar sin aliento el pecho, sin aire donde ensanchar el tórax y seguir adelante. El recuerdo se hace puñal que daña hasta en lo más hondo. Y recurro a él, a Eduardo,  como costumbre. Claro, que él hace lo mismo conmigo. Cuando no puede más y su pecho estalla, acalla las voces que le encumbran por encima del abismo insondable de la desesperanza. Recurre a mí, como un náufrago al salvavidas que le tiran  manos anónimas, aunque no sea el mejor, ni el más útil, ni tan siquiera el más apropiado. Y ambos, con la aquiescencia del dolor compartido, acallamos a base de palabras, las penas, los recuerdos y hasta la desesperanza. Un anclaje profundo y arriesgado, Dulce, lo sé. Puedo oír tu susurro, que me pide que deje el cordón umbilical que me une a él. No puede ser, hija querida, no puede ser. Él me trae la vida que no tuve contigo, el dolor de saberte lejana, después de aquel despegue que pegaste el verano aciago, donde le conociste, dejaste la carrera y decidiste, por cuenta y riesgo tuyo, vivir de diferente forma a como decidimos que vivieras. Yo me mantuve al margen, lo sabes, pequeña. Te apoyé, sin mucha fuerza, es cierto, pero posicioné  mi liviano brío a tu lado, enfrentándome a tu padre como no lo hice nunca. Él, desacostumbrado a tenerme de frente y a tu favor, mostró más que sorpresa, estupor.coral-2

-Déjala vivir, Santiago. No puedes forzarla a que haga unos estudios que no le gustan-

-Se trata de asegurarle un futuro,  Isabel, luego que haga lo que quiera. Es importante que pueda ganarse la vida-

-Lo que es más importante es que sea feliz. Está claro que haciendo Derecho, y no digamos, ejerciendo, no lo es-

-No será muy feliz pasando hambre, si no tiene el suficiente talento o yo las suficientes influencias, y no vende un cuadro-

-No confías en ella, Santiago. Déjala que viva su vida. Si tiene que fracasar, lo hará y aprenderá. Yo sí creo que tiene talento.  De verdad ¿no puedes confiar en ella un poco?-

-Confío, pero la sensatez Isabel, no está reñida con el arte. Si es buena, triunfará, si es mediocre, podrá vivir y alimentarse. Solo es eso, no quiero que queme etapas-

Asistías impávida a nuestras diatribas, como si no fueran contigo. Tomaste la decisión sin cortapisas, era inamovible, yo lo sabía, tú lo sabías. Todos lo sabíamos. Y entre medias, apareció Eduardo.

 

Llegaste a ella, cuando debiste llegar. Justo al producirse el cisma entero. Quizá fueras la consecuencia o la causa, que no sé, pero completaste el cuadro de desafueros de esa época. Justo el yerno que Santiago, seguro, aborrecía. Tu desaliño, la torpe indumentaria, que te hacía llevar una desarrapada bufanda en el verano y camiseta agujereada en invierno, aunque silbara el viento con desespero. Las manos siempre impregnadas de rastros de pintura, el olor a aguafuerte precediendo tu llegada. Y esos cuadros inconexos que presentaste como si no tuvieran importancia, y de hecho, Santiago, decía que no la tenían, que eran manchas incomprensibles e inconexas de un truhan que no sabía cómo ganarse la vida. Pero te la ganabas muy bien. Vendiste todo lo  expuesto en la ciudad, y no es fácil, vender en Villamar, no sobran entendidos en arte ni dispuestos a invertir. Aun así se vendió todo. Santiago cabeceaba contemplando los carteles de vendido debajo de cada uno de los lienzos.

-Eso lo ponen de gancho, a mí no me la dan-539531_434365066624039_504755516_n

Fue, sorprendido, por la niña, cuando con alborozo, le contó atropelladamente, como era su costumbre, que de la colección solo quedaron tres sin vender, y más por estar reservados que por falta de candidatos. Seguía cabeceando, pero sin convicción. Yo, sonreía solapando las comisuras de los labios. Confieso que me complacía comprobar que mi sacrosanto e infalible marido, se equivocaba, aunque fuera por una vez. Nos le presentó la misma tarde de la inauguración, con la ceremonia personal de Dulce. Nos tomó del brazo, esbozó la sonrisa de los momentos especiales y con voz metálica nos dijo:

-Papá, mamá, venid, os quiero presentar a Erduardo Vidal Flots, pintor y amigo muy especial-

Nos  arrojó ante ti, como si fuéramos fardos caídos. Su padre la miró con unos ojos que destellaban cólera e incomprensión,  yo sonreí con la deferencia del protocolo social, y un atisbo de ironía. A Santiago, la niña, le estaba dando de su propia medicina a cantaros llenos. Eso pensé, mientras estrechaba la mano cálida de Eduardo, inundada por la  sonrisa acogedora, el tacto amigable de unas manos firmes y rugosas, que dejaron la mía impregnada con ese aroma, que luego, se me haría familiar, y entonces me costó identificar: disolvente, pintura, guano… Dulce se rezagó dejándonos a la vera de Eduardo,  ahuyentándose de la mirada feroz de su padre. De regreso a casa, Santiago bullía con el ceño de cemento, los labios prietos y mirando al suelo.

-Ahora entiendo lo de Bellas Artes. Ese mindundi la llevó al huerto. Es una niña consentida, a la que él, ha deslumbrado y quiere emular para estar a su altura-

-A tu hija no hay quien la lleve a ningún lado, Santiago, no elucubres. Busca culpables, si eso te hace sentir mejor, pero no  creo que ese chico sea responsable de nada. Él,  tiene talento, y tu hija también. Además,  parece un artista consagrado, la puede ayudar a introducirse en el mercado del arte. ¿No era eso lo que tú le decías…? “Si no se tienen influencias no eres nadie”. Pues él vendió todo, parece tener éxito, es conocido. Observé el respeto con que lo tratan-

-No sabes lo que dices Isabel, deja ya de divagar, reina. ¿Ese… influencias? Vamos, anda. Pinta garabatos en un lienzo,  lo vende, debido a la estupidez humana, que hace valorar todo lo que no se entiende y tiene marchamo de modernidad, pero de arte ni fu ni fa. Isabel, te lo digo. Ni fu ni fa-424941_517536431625069_1901872453_n

Sonreí para mis adentros, porque cuando Santiago divagaba abruptado por malos presagios todo lo que se diga se vuelve contra una. Callé de momento, poco después busqué en la red los antecedentes de Eduardo Vidal Folch. Quedé impresionada, al comprobar su prestigio. Varios críticos coincidían en apuntarle como joven promesa, casi consagrado a fuer de una labor exquisita en su composición y con una expresividad emocional y trasversalmente estética. Según palabras de la crítica, que a decir verdad no entendí mucho. Lo que sí hice fue dejar el archivo abierto, para que Santiago lo viera. Nada dijo, si lo leyó, manteniendo durante tiempo la mirada torva y el ceño acementado de sus días de preocupación. Diversas comidas, algún encuentro casi casual, fueron acomodando los sentimientos sin más divergencias en la nueva vida que Dulce abría ante nuestros ojos, sin poder hacer nada por impedirlo. Santiago se resignó a ceder el bufete en su jubilación a algún pasante aventajado, y quedarse sin descendencia en el viejo despacho, que mantenía su incólume ascendiente aun sin descendientes que lo acreditaran. Fueron tiempos huracanados, que me hicieron sentir una alegría vagamente infantil, como cuando contrariábamos a nuestros padres y nos salía bien. Santiago nunca apreció al maleante que se llevaba a su niña, según su opinión, y ahora menos que nunca. Aunque no hubiera pasado lo de Granada, no le apreciaba. Y no lo hará nunca, a tenor de todo lo ocurrido. Quizá más por ello.

 

La postura lacera sin piedad la espalda, me duele y me apremia volver a mover el cuerpo, levantarme es una necesidad más que una opción. Ya se cuela por la ventana el rocío que en la tarde cercena la contienda que se traen el día con la sombras acechantes de la noche. La brisa, antes amante ahora se ha convertido en hiriente viento que desnuda del tibio calor  vespertino. Al levantarme y cerrar la ventana, moveré los huesos que lacerados están dejando huella en un cuerpo demasiado maltrecho y desalmado. Es preciso que me levante, el tiempo discurre sin cesar aunque apaciguado por la espera de nada, que no es espera, pero sí lo es. Los días se volvieron espesos, con horas calcinadas por un tiempo que ya no me pertenece, como si me hubiera salido del guion de una vida que cerró el telón el día diecinueve de enero. Ahora estoy fuera de hora, en la misma esquina de una vida que ya no es la mía. Sin embargo, sigo aquí, los huesos doloridos y los músculos enjutos y clamando un estiramiento, me recuerdan que sigo aquí, con todas las consecuencias que ello comporta. Mi cuerpo está en un estado calamitoso, mientras la mente se mantiene, bien a mi pesar, lucida, sin las espesuras ni las pérdidas de los primeros días, al contrario, se  abrieron amplias bocas de donde salen cantos rodados de la memoria, desbocada desde el suceso. Esa memoria que no consigo apaciguar ni con la química, ni con la consigna repetida de querer olvidar, perderme en el laberinto excelso del olvido, aunque en ello se me fuera lo mejor de mí misma. No lo consigo, sin remisión estoy condenada a recordar y a vivenciar lo sucedido una y otra vez, sin descanso, sin pausa.

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Me levanto, despacio y  con la arenga de dejar que toda la osamenta se coloque en su sitio, sin la premura de antes, temiendo deslavazarme sin contemplaciones. Al acercarme a la cocina, los ojos se me chocan con el retrato de Dulce, recibiendo la graduación, y en la siguiente, Dulce embadurnada de pintura, envuelta en harapos deshilachados y casi obscenos por lo que muestran, con el ceño encogido, los ojos preñados de sombras mirando al lienzo. Recuerdo, al darnos la foto, como nos explicaba, con la ampulosa verborrea de la que hacía gala, el sentimiento levemente placentero, en lo sufriente, que se produce al enfrentarse a la tela, cuando las imágenes bullen en el interior, y no se sabe cómo plasmarlas. Si será posible dar rienda suelta a lo que, en forma, amalgamada e inconcreta se tiene en la mente, o se intuye si será  factible, al dejarlo ir, dar forma a las fantasías inconcretas de esa vana ilusión que llamamos inspiración. Su miedo, el terror que sentía ante la mediocridad, a no estar a la altura de sus propias expectativas, a tener que dar la razón a las tajantes palabras del padre. Eduardo,  hizo la foto, como muestra de su obsesiva presencia ante el lienzo, su enemigo, por momentos, para poco después convertirse en aliado. Ni en eso hubo suerte, pequeña, ni en eso. Serás para siempre, la joven promesa del impresionismo del nuevo siglo. Solo eso. Tu primera exposición puede considerarse un éxito relativo, como supiste aceptar. Sin él, es probable que nadie se hubiera fijado en tu obra. Fue una exposición conjunta, Eduardo Vidal Foch, apadrinando a la promesa, Dulce Teixidor. Buenas críticas, aunque tú las consideraste meramente condescendencia. Mostrabas el mismo ceño  arrugado,  que en la foto. No estabas de acuerdo con exponer con él, fue un hecho económico, así lo reconociste. Entre pedir dinero a tu padre, y exponer con él, preferiste lo último, cosa que aplaudí. Seguía estando de tu parte, alegrándome calladamente del precario éxito que suponía poder ser autosuficiente, comer todos los días, gracias a lo que pintabas, sin necesidad de claudicaciones ante él. Claro que Santiago compró dos obras, callado, sin alharacas, sin que nadie, ni yo misma, nos enterásemos, adquirió las dos piezas más caras de la exposición. Justo la que está en ambos despachos, aquí, en casa y en el bufete. Uno de estos días le sorprendí, al ir a avisarle para la cena, con los ojos clavados en el cuadro, imagino el dialogo emprendido con esa muda pintura. Todos los reproches sordos que se haría a sí mismo, mirando esa obra silente que le hablaba de ti más que ninguna otra cosa en el mundo. En la oscuridad del despacho, apenas alumbrado por los tibios atisbos del claroscuro de la tarde que ya se juntaba con la noche, con las manos, como banderas derrotadas sobre la mesa, dentro de una penumbra que  acrecentaba su soledad, ante  el ruido creciente de la ciudad . El filo del recuerdo venció al tiempo. Al verme, levantó las manos, cubrió el rostro y con un sonido que emanaba del fondo impío de su garganta, sollozó. Apenas sin ruido, fue como un  aliento exhalado sin voluntad, saliendo de un alma atormentada y sin quererlo, en medio de la nada, de la sinrazón de un dolor contenido demasiado tiempo.

-Esto no tiene remedio, Isabel, el dolor no se va. Mucho me temo que no nos deje vivir aunque  no nos mate, y eso es lo peor de todo-

Me dijo. Fue la única queja que salió de su boca, lo juro. Ni una palabra que no sea de  ánimo, apaciguadora. Calmando, propiciando un quejumbroso consuelo, que no consolaba, es cierto, pero aplacaba levemente el dolor. Ese día solo, manifestó su tormenta interior, que debe ser grande, Dulce, muy grande, porque desde que te fuiste, él enfrió el trato hasta un punto insostenible, y le tiene que pesar ¿Cómo no? si todos los recuerdos confluyen en tu ausencia. Sé que le atormenta cada día lo que no dijo, todos los abrazos que evitó, los besos que escamoteó por culpa de una responsabilidad de padre malquerido y contrariado, que tomó como postura, ante tu inflexible decisión de cambiar de forma definitiva el rumbo de tu vida. Eso le pesa como una losa, indescifrable, pero calla. Oculta el dolor que le abate, con el aplomo del que siempre hizo gala, solo que ahora se le muestra en el rostro como una máscara de contraída congoja que le deforma y le hace parece veinte años más viejo. Él, no tiene como yo, el consuelo de oír dos o  tres veces al día,  la voz del compañero, del mentor, del que relata como nadie sus últimos meses, de Eduardo. Para mí no solo es bálsamo, que lo es, es el asidero de cada hora. Al oír su voz es ella la que me habla, es el atisbo de una vida que no  fue truncada del todo, porque él está cerca, aquí al lado. Está conmigo, para mí. Me relata cómo era ella con él, tan diferente y tan igual. Cuando me describe su risa y el esperpento que hacía de los ridículos eventos a los que iban por complacer al mercado del mecenas de turno. La veo dibujada en cada una de sus palabras,  me siento espectadora de la película que la vida de mi hija dejó grabada en la mente de un hombre que la amó, que la ama, como a nadie en el mundo. Siento que él se complace en compartir conmigo los momentos felices, las dudas, los problemas que quedaron irresolutos. Me hace partícipe de una vida que sigue de algún modo en sus palabras, que revive cuando me cuenta la vida cotidiana que vivía con Dulce. Al compartir conmigo exorciza la muerte, la vence  y me ayuda, de paso, a vencerla a mí. Me entrega  la parte de ella que no tuve. En ese mutuo regalo nos completa la vida, y nos mece el dolor de compartir un sentimiento mutuo. Amar a la misma persona, une mucho.

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Por eso siento pena por Santiago, aunque a veces la pena se me mezcla con una cierta rabia. Ellos, aunque divergentes, siempre estuvieron  unidos frente a todo. Padre e hija, formaron un tándem que  en ocasiones, me excluía. Podría decirse que en tiempos sentí celos. No me avergüenza ahora, confesarlo. Cuando se desunieron y yo tomé el papel de defenderla,  me desquité de un tiempo que me sentí aislada del buen entendimiento que padre e hija sintieron siempre. El mismo sentido del humor, socarrón y escarchado de ironías que a todos nos dejaba indiferente y a ellos los tronchaba. Amaban los caballos, la velocidad en todo, en el coche, en las motos, en el barco. Siempre deprisa, corriendo, como si no hubiera un mañana. Quizá ella intuía…y quería vivir rápido, sin perderse nada en el intermedio. Ahora, a Santiago, en cambio, la cachaza lo envuelve, no tiene objetivos y la prisa ha sido sustituida por un tiempo encenagado de calma casi tangible y desesperante. Como si la vida hubiera dejado de interesarle, y le quedara todo impregnado de indiferencia.

 

Le iré haciendo la cena, aunque con lo que come, podría evitarme el desvelo. Desde el día que sucedió todo, la frugalidad se ha enseñorado en mi cocina, salvo cuando viene Eduardo, que degusta los platos como si fuera la primera vez en su vida que toma exquisiteces. Noto la mirada censora de Santiago, cuando él celebra lo que cocino, como si le molestara que, ida la niña, él disfrutara y fuera yo la causante del disfrute. Lo noto en sus pupilas, en ese punto de misteriosa fuga que le hace evitarnos, encerrarse en el despacho, cuando él está aquí, evitando mirarle, evitando mirarnos, como si el regodeo que sentimos, ambos, al hablar de ella y con ella, le molestase y le arrebatase parte de su hija. En la mirada de Santiago hay celos de sentirse fuera del recuerdo que labramos juntos, Eduardo, la niña, y yo misma. Lo noto y hasta lo palpo. Yo le cuento como era, de pequeña. El jolgorio que formaba ante cualquier novedad, siempre presta a descubrir y a amparar humanos y animales decrépitos o necesitados. Como cuando subió con los gatitos, que a mí me horrorizaron. Los escondió en la antigua fresquera. De noche oía maullidos, atenuados por el silencio nocturno, me levanté varias veces, busqué, entré en su habitación, ella arrebujada bajo las mantas se hacía la dormida, me lo confesó después. Seguí con el desasosiego hasta que el olor de las heces que los pequeños mininos llegaron hasta la parte noble de la casa, y la peste que producía la comida que les servía, inadecuada para su poco tiempo, me hizo descubrirlos, deshilachados y famélicos. O las veces que recogía en casa a amigas descarriadas, o amparaba con sigilo a alguna que padecía desafecciones familiares. Siempre presta a la ayuda, al despiste, al olvido. Él, me refiere, con la cautela confiada, de tener como oyente a su madre, sucesos de su vida en común. Cómo se conocieron, en la exposición a la que acudió como peregrina de una admiración callada, de una propuesta de vida intuida pero no concretada hasta tiempo después, cuando fue reconociendo la limitación de haber nacido en una familia burguesa, sin problemas, con las necesidades cubiertas. Le decía: “Eduardo, para generar arte hay que haber sufrido, o vivido intensamente. ¿Cómo voy yo a pintar algo trascendente si mi vida es de una frivolidad aplastante? ¿Cómo voy a crear algo vivo, si no he vivido nada, acolchada en la seguridad de un hogar feliz? Él, intentaba darle seguridad, conducir sus manos hacia esa parte oscura de la mente que todos poseemos,  que en ella estaba oculta por nubes de tranquila felicidad. Porque Dulce era una mujer feliz, como fue una niña feliz, sin aspavientos existencialistas, sin negruras puberales, como otras. Fue feliz y eso la pesaba, según me confiesa Eduardo. Se entregó, quizá impulsada por ello, a una vida de experimentos y de viajes arriesgados que pusieron su salud en peligro. Un recorrido por Senegal, alejado de ruta turística, deteniéndose varios meses en Bignona, quedándose con Alberto Bellerini, atendiendo a sus pequeños, fue una loca aventura de la que apenas tuvimos noticias, hasta que acabó. De no  ser por la insistencia de Eduardo, con sus compromisos contraídos con galerías, se nos hubiera quedado allí. El padre le culpó a él del desatino, cuando fue su rescatador. Paradojas de la vida. Nosotros preocupándonos por estar en zona conflictiva y viene a morir aquí, a nuestro civilizado país, en una de las carreteras más seguras que existen. Sí, paradojas.

Mientras nos contamos los respectivos recuerdos, la tenemos cerca, como lazo inescrutable uniéndonos a ella, uniéndonos nosotros. A veces, las lágrimas furtivas salan nuestra boca, entonces, uno u otro, indefectiblemente, cierra  la nube del recuerdo lacerante para contar una nueva anécdota que nos haga sonreír. Así pasamos el tiempo de su recuperación, que ya no queda mucho, mejora cada día, ya camina con soltura.481346_545596368818324_235295407_n

Comencé yo, visitándole, en el hospital, luego en la casa. Me hice cargo de la utilería de ese hogar escueto que formaron ambos, con la presencia perenne de tubos de pintura, disolventes, tinturas, acrílicos, tablas, lienzos, bastidores…Y mil pinceles diseminados por cualquier rincón del pequeño apartamento que compartían. Era  lugar de trabajo y vivienda. Intentaron reducir el estudio de ambos, a una sala diáfana, abierta por amplios ventanales a la luz matinal, que inundaba de escorzos afantasmados la estancia. Lentamente los útiles de pintura fueron invadiendo el resto de la casa. Compartían una habitación escueta, con una amplia cama, un espejado armario que iba de pared a pared, dos mesitas llenas de libros de pintores, de cuadros, un galán y poco más. La cocina y el baño completaban  el apartamento. No había salón. Cuando recibían visitas, era en el estudio donde pasaban el rato. En él, se afincaba un holgado sofá cubierto por una mortaja blanca, que ocultaba los manchurrones y el desconchado de la tapicería, había delante, una mesa baja, donde solía haber restos en platos sucios de horas y comida, latas vacías, bolsas arrugadas y migas yaciendo bajo el faldón de la mortaja. Así vivían, sin más. Eran felices, Eduardo, añoraba las horas, los días, los meses trascurridos desde que ella, decidió, ante la impavidez de Santiago, dar el salto total, e irse a vivir a su lado. Dulce fue feliz hasta cuando quiso ser desgraciada. Por eso su pintura rebosaba color, era diáfana, colorista, explosiva. Se quejaba de que quería hacer cosas intensas, expresar la negrura de una profunda sima de dolor que no conocía, ni intuía. Adoraba la pintura macabra, intentaba empaparse de lo negro, lo oscuro. Peregrinaba como hipnotizada por los aquelarres de Goya, los grabados, los desastres de la guerra. Todo lo que oliera a tremendismo, imagino, que intentando impregnarse de la esencia de esa pintura. Cuando lo trasladaba al lienzo, salían pinturas impresionistas, sí, es cierto, pero sin dramatismo, con trazos felices y llenos de color. Quizá ese fue su único problema, no sufrir. Se fue sin darse cuenta. Imagino que donde esté, gozará de la eterna inocencia de un ser que no vivió más que la sonrisa tenue de una vida tranquila.

 

Dulce no sufrió ni al irse. Quizá unos días antes, sí. Aunque duela recordar, la discusión fue lastimosa, para ambas. Parecía que todo había encajado, entre nosotras, después de la desafección de Santiago. Hicimos piña, se vio protegida y amparada por mí frente a las incomprensiones del padre, pero poco antes de la fatal fecha, todo saltó por los aires. La Navidad fue halagüeña. En Nochebuena pasamos una velada agradable. Llegaron de Basilea, con el alma esponjada por el éxito vivido allí en la exposición de Eduardo. Las críticas y las ventas fueron las mejores que se podía esperar de una ciudad fría en lejanía y en cultura. Llegaron el miércoles por la tarde, la Nochebuena era el jueves, apenas tuvieron tiempo de asentarse en su casa, cuando celebramos la cena en la nuestra, con el resto de la familia. La abuela, dentro de su mundo impelido por la ausencia de ruido, Marga y Emilio, como siempre, alborotando con prisas para salir después de la cena. Dulce miraba con unos ojos deshilachados, carentes de vida, como si la alegría inherente a ellos, hubiera huido lejos. Mantuvo silencio durante la cena, apenas mitigado por monosílabas pronunciadas con mesura,  dejando escapar las palabras por los dientes apretados, que mantuvo durante la cena. Observé con cautela la mirada apagada y baja de ambos. Hoy sé que antes de cenar mantuvieron una discusión aguerrida y opaca. Eduardo, me explicó con ahínco el entresijo de aquellos días incomprensibles para los que conocíamos a Dulce. ¿Qué pudo pasar por su cabeza para decidir aquello? Nunca lo sabremos porque todo son conjeturas, después de que los hechos se decantaran al lado que lo hicieron. Se amaban, parecían felices, nadie lo duda,¿ entonces por qué el empecinamiento de Dulce en no tener al niño que estaba en camino? No podré entenderlo. La disputa saltó el día diecisiete por la noche. Ante la despedida, iban a Granada a ver a lo que quedaba de familia de Eduardo, estalló una tormenta, provocada por mis preguntas sin piedad. Pocos días antes, Dulce, ante mi insistencia, me confesó su embarazo y la firme resolución de abortar, la perplejidad me dejó sin palabras. Durante los días siguientes, maduré el enfado de la sinrazón, que a mi forma de ver, tenía su aptitud. El día que salían de viaje hacia Granada, vinieron a comer, recogiendo los platos, en la soledad de la cocina, retomé el tema. Ante mi incredulidad, se defendió como supo o como pudo.532529_459904354047434_726184475_n

-No puedo entenderlo, Dulce. Un hijo con la persona que amas, no es lo mejor que te puede pasar. ¿Hay problemas entre vosotros?-

-No lo hay, nos queremos mucho, mamá. Por eso, quizá lo hago-

-No te entiendo-

-Es fácil. Eduardo y yo formamos una pareja sin ataduras, sin cortapisas. Nos une el amor profundo, la admiración que yo le proceso, y la que él (nunca entenderé por qué) me profesa a mí. No tenemos más horario que el de nuestras necesidades vitales, ni más norma que el amor al arte…Sí, aunque parezca una frase tonta, es cierta. Tener a un niño trastoca todo lo que amo, lo que necesito, lo que soy-

-Hay que madurar, Dulce, las relaciones evolucionan. De un amor romántico y anárquico, se pasa a formar una familia, con método, horario, dulzura. Sustituyendo la pasión por el amor reconcentrado y responsable. Pura evolución-

-Yo no quiero eso, madre. No lo entiendes porque tú has vivido inmersa en ese tipo de relación. Yo no puedo pensar que mi hombre se mantiene a mi lado por un sentido de la responsabilidad, o yo al suyo. Me revienta solo de pensarlo, madre-

Nunca me había llamado madre, siempre mamá, o tata. Hoy erigía sus argumentos con el nuevo nombre, me daba altura o envejecía a sus ojos. Nunca lo sabré.

-Por mucho que te reviente, es así. O se progresa en esa dirección o el amor se rompe, Dulce, es así. Y no tiene por qué acabarse el amor, al contrario, evoluciona hacia formas diferentes-

-Nosotros somos artistas, madre, vivimos al margen de la normalidad. No tendré ese niño-

-Los pintores han tenido hijos. Creo que Picasso tuvo varios-

-Sí, así le salieron. Yo no los tendré-

-¿Qué dice Eduardo de todo esto?-

-Él, prefiere tenerlo, pero respeta mi decisión-

-Me parece de un egoísmo atroz, Dulce. Si yo hubiera pensado igual, no estarías aquí. Por otro lado, Eduardo merece ser respetado: es su hijo-

-Es mi útero, madre. En cuanto a lo de no estar aquí, eso nunca lo sabremos, creo que las personas llegan cuando deben llegar, nadie premedita nada, aunque nos creamos creadores de vida, somos mero transporte-

-Bueno, yo te trasporté, entonces, hasta aquí. Tú deberías hacer lo mismo con tu hijo-

La discusión subió a borbotones de tono. Nos fuimos encalabritando, cada una en su posición de forma que cuando vino Eduardo a buscarla, nuestras miradas destellaban dardos de rabia, y las palabras herían como estiletes. Nos despedimos fríamente, con un ligero roce en la frente a modo de beso, que le di, y ella apenas aceptó. Salió por la puerta, mientras Eduardo sujetaba la del ascensor, con condescendencia apaciguadora, mientras yo, le insistía que lo pensara, que recapacitara y me diera una buena noticia. Los ojos de Dulce, al entrar al ascensor, clamaban una dura respuesta que sus labios silenciaron. Nada dijo, se llevó con ella las palabras doloridas, que posiblemente la corroyeran por dentro. Hoy sé que estuvo en silencio toda la noche, que durante el viaje hacia Granada, apenas cruzó palabra con Eduardo, solo cuando apenas quedaban unos cuantos kilómetros, le dijo que yo la había decepcionado. Tuve que presionar mucho para que él me confesara sus palabras. Me dijo: “ me ha decepcionado, te juro que pensé que después de la defensa que hizo de mi cambio, de mi relación contigo, entendía que la vida era algo más que mantener las formas, el estatus y una vida burguesa. Me he engañado, Eduardo, ella es tal como parece, una puñetera burguesa” No dijo más, confesó Eduardo.

-No dijo más, Isabel, porque estaba rabiosa, pero no sentía lo que decía. Te amaba y eras una pieza importante en su vida, su ancla con la lucidez. Se parecía tanto a ti, que precisamente por ese motivo, chocabais. Ella aborrecía cualquier adocenamiento. Temía que su vida no fuera lo suficientemente intensa, que todo acabara sin sonar los timbales de la profundidad. Tu vida, ejemplar, por otro lado, la servían para cimentar una rivalidad que la utilizaba como escape-

-No soy una burguesa decadente, Eduardo, aunque pueda parecerlo. Tuve mi momento revolucionario. Viví los ochenta como se vivieron entonces, corriendo delante de los grises, haciendo panfletos, bailando hasta el amanecer, yendo a conciertos marginales. Luego llegó el apaciguamiento, como la llegaría a ella, como, le hubiera llegado de no haberse ido el día diecinueve. Posiblemente se replanteara el tener al niño, entonces entendería-

-No, Isabel, tu hija no se hubiera replanteado nunca tener a ese hijo. Íbamos a aprovechar el paso por Madrid para el aborto. Todo estaba decidido-

 

Las horas pasan lentas, entre llamada y llamada, con el sigilo de un tiempo de plomo que me persigue con los recuerdos a flor de piel. Las lágrimas dan sabor salado a mi boca, de forma perenne, como si el líquido que desprenden mis ojos brotara sin descanso y sin atisbos de acabar. Los huesos resuenan a cada paso, la oscuridad en la que me sumo, al estar sola, y apaciguar los sonidos se convierte en una función casi constante, porque los recuerdos se oyen mejor en el silencio aparente de una casa en orden. Solo lo rompe el sonido del teléfono cuando llama él. Entonces recojo las alas de la tristeza para dejarme engullir por la nostalgia compartida.

 

FIN

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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