La mano

LA MANO

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Llegaba la hora justa en que aparecía la mano. Alberto, erizó el cuello, como ave al acecho, a fin divisar detrás de los rayos difusos de ese sol matinal, la llegada del auto. Se podría decir, que sus días discurrían entre la espera de verla, el rápido placer de contemplarla, y el recuerdo que la tersura tibia de esa mano, antesala de placeres mayores, le dejaba colgado de la retina, para solaz de un día taciturno. Era el festín diario, con el que Alberto, decoraba una vida metódica y escueta, que  de no ser por esto, sería anodina, casi invivible.

 

Como todas las mañanas, sobre las diez, paraba en  paso peatonal, que tenía al lado de la ventana,  un  vehículo conocido y esperado con el ansia de lo deseado. El rostro, oculto, por el cristal opaco, deslumbrado de reflejos, del coche, así como el resto de un cuerpo adivinado, era el consabido estimulo del hombre, que esperaba, apresado, tras los vidrios, que le alejaban del objeto deseado. Sus ojos llegaban a ver solo una mano que apoyada en el volante, esperaba  el cambio de color en el semáforo. Esa simple visión, le comunicaba sensaciones contrapuestas, todas sugerentes, compensatorias de una vida sin apenas color.

En alguna ocasión, cuando la temperatura lo permitía, la mano, caía desvaída,  asomándose  por la ventanilla abierta. Gran día  para Alberto,  que divisaba en su totalidad  la superficie de ese mundo imaginado, labrado en una mano.  Adivinada, las pequeñas pequitas que hacían resaltar la blancura nívea de la piel, los caminos azulados, serpenteantes, que daban vida a un apéndice que sería muy dulce acariciar. Era una mano normal, ni grande ni pequeña, de aspecto liviano. Los dedos largos, finos, distinguidos, con articulaciones  salientes, alineados sin nudos. Las uñas, impolutas, maquilladas, con un brillo  discreto, a veces, con una raya blanca, simulando y exagerando la uña natural. En otras ocasiones, iban pintadas de un color fuerte, cárdeno, como la sangre. Llevaba un pequeño anillo en el dedo anular. Brillantitos que rodeaban  un ónix diminuto. El anillo bailaba en el dedo, cambiando a veces la posición del ónix. Con todo, eran los gestos de esa mano, lo que fascinaba al hombre. La decisión que mostraba,  a la vez que la suavidad con que manejaba el volante o se apoyaba en la ventanilla esperando el cambio del semáforo.  Más que movimiento, era vuelo litúrgicos y evanescentes. Manos  distinguidas, se decía Alberto, manos que deben acariciar como seda.

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Podía imaginar el cuerpo que seguía a esa mano. Distinguido, bello. Sería una mujer evanescente y licuosa , la propietaria de esa extremidad. Imaginaba, una mirada distante, el porte distinguido, los andares cadenciosos y elegantes.De noche soñaba con esa mano paseándose por su cuerpo, deteniéndose en las zonas ocultas, casi sin tacto, como un suspiro. El desasosiego junto con el placer conformaba aquellos sueños, haciéndolos a la vez, deseados y arrepentidos. La visión de esa mano, era el momento esperado, hacia donde giraban las horas, que en su espera, se convertía en mero intermedio entre la vida y la nada. Conforme se acercaba la hora del paso del vehículo, en Alberto, se producía un ansia troquelado de incierto desasosiego. Postergaba cualquier labor, por urgente que fuera, expulsaba de su despacho a clientes que osaran incordiar el momento esperado. Desarrolló una estrategia para encontrarse solo, sin incordios presentes, a fin de asistir a la liturgia cotidiana de contemplar la mano.

 

Alberto, tenía suerte, era uno de esos semáforos que cambian cada momento, dejando pasar un tiempo impreciso, hasta volver a dar paso a los coches. Tiempo, que a él le parecía escaso, porque siempre el placer nos parece difuso. Algún día, avieso el destino, pasaba de largo, sin parar, por tener paso libro. Alberto, en esa jornada, se le nublaba la vida, se le hacían eternas las horas hasta la próxima visión.

Con el paso del tiempo, se le albergó en la mente, como una lombriz que correteaba: la curiosidad, el deseo de más, de ampliar el espacio conocido. ¿Cómo era el brazo que sostenía esa mano?  Soñó, un rostro enigmático, de rasgos profundos y elegantes. En sus sueños, la veía con un sombrero inmenso que casi tapaba unos ojos velados.  Vestida de negro, eso sí. Toda de negro, enfundada en un vestido que como un guante ceñía  una silueta entreverada de lujuria y respeto. La voz, también la  soñaba. Profunda, cavernosa, con un sonido quedo y grave, que articulaba palabras lentamente. Impartiendo órdenes, dirigiendo, con una suave pero firme tonalidad. Hablando como  reina, con la distinción y el aplomo que da el saberse bella y efímera.

Cada día era  mayor la incertidumbre. Vestía sus sueños con nuevos atavíos que entreveía por la ventana, o simplemente imaginaba en su soledad. No tenía edad, ni familia, ni historia, porque le pertenecía. Los sueños solo se adornan de los aconteceres que apreciamos, lo accesorio nos llega con la realidad y esa Alberto, aún no la conocía. La imaginaba con una lozana madurez que le daba atractivo y serenidad. La belleza que da el haber visto muchas cosas, el haber vivido intensamente, con amores frustrados, quizá dibujando en su rostro el rictus de la fatalidad. Una vida intensa y plena. Así era la dueña de esa mano mágica, para Alberto Martínez Puyol. Contable segundo de un banco de provincias, sin más aventura que contar que una ligera oposición ganada con ayuda de las buenas influencias,  de un tío militar.

 

Alberto, vivía en un caserón en zona noble y descascarillada, de la ciudad. Una calle con posibles, en tiempos, que hoy se desalentaba con la llegada de intrusos y la muerte de los vecinos de siempre. Era la única compañía de una madre anciana. Por su condición, de hijo único de madre viuda,  hacía de él, el centro de su existencia y con mano firme,  controlaba sus idas y venidas, con la fuerza de un espía. Alberto, se sentía preso en una tela de araña vigorosa, que atenazaba con  viscosa consistencia su pies, sus pequeñas ansias de vida. Vigilado y cautivo, envuelto en el halo de un amor asfixiante pasaba el tiempo, con pequeños dispendios. En tiempos,  intentó alguna escapada, fuera de la órbita materna. La mujer, se alicaía, con amplios suspiros y ayes condenatorios. Llegado el caso,  enfermaba de verdad;  hubo veces que hasta la fiebre le subió de forma real y hartera.  Lentamente, la madre consiguió, que él  perdiera la capacidad de escapar, venciéndose antes de comenzar la batalla de puro agotamiento, intuido. Se sometió, perdiendo el terreno que debía pelear con tanto ahínco. Simplemente Alberto, no tenía energía ni ganas de tomar impulso.

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Llegado el momento de la derrota, Alberto, abjuraba de sus planes de escaqueo, para recluirse con la madre en los juegos de canasta o visita a iglesias varias. También, en ocasiones, acudían a casa de viejas amigas de la anciana, cargados con milhojas y  buenas intenciones. Milagrosamente, sanaba la mujer, en cuanto él, comunicaba su aquiescencia. Cubriéndolo de besos y de mimos maternales, que iban desde un bizcocho borracho a algún plato que le gustara mucho, como unas kokotxitas bien salteadas o un zorropotun de antología. Porque eso era notorio. El genio maternal de los fogones y el gozo sublime filial en degustar los placeres de la gula iban parejos, en madre e hijo, dando consistencia magra a una amplia anatomía. Así se desarrollaba la vida de Alberto  Martínez Puyol. Hasta que llegó la mano a su vida, y su mente se le desató en sueños.

 

Su madre, doña Isaura  Puyol,  viuda de Martínez, como se hacía llamar, y como rezaba el rotulo de la puerta, así como el del buzón, notaba algo raro en estos últimos tiempos, que no sabía identificar. Si se ponía enferma, como otras veces, Alberto solicito la cuidaba, pero como con descuido, sin los cinco sentidos, que ella necesitaba de él. Si le preguntaba, él distraído, le contaba su día, sin nombrar la visión de esa mano. Ella intuía que había algo que se  escapaba, pero no daba con ello. Preguntó directamente, sin obtener más que las amorosas respuestas esperadas y dichas en el tono conocido.

 

Los domingos se le hacían eternos a Alberto. Comían temprano, después de misa de doce y de una pequeña caminata por el Paseo, encontrándose con viejos conocidos, saludados todos los días, con las mismas palabras, volvían a casa, regodeados con el paseo, y de adquirir los dulces del postre en la pastelería Roiz, que eran diestro en el hojaldre y donde se reunían   las amigos de doña Isaura, con los mismos fines, de golosas convictas . Intercambiaban conversaciones escuchadas mil veces, con pocas o ninguna variación: “Qué tiempo tenemos, doña Isaura,”, “que usted lo diga, don Marcial, así va mi reuma”, “pues está usted  cada día más joven”. “¿Como es usted, don Marcial?, un adulador”, “no doña Isaura, que no. Vaya con Dios, hasta más ver doña Isaura, un saludo Albertito, que da gusto verle tan solicito con la madre…”. “Gracias don Marcial, usted siga bien”. “Que ustedes lo vean”.

 

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Después de comer, mecidos por la lenta y copiosa digestión, la luz difusa de sol anciano, la madre, cabeceaba en el salón, mientras él ojeaba el periódico, de forma desvaída. Cuando despertaba la mujer, con renovado ímpetu, salían de visita a la casa  familiares enfermos, amigas, o sin más disculpa, que  tomar  chocolate con churros, de rigor dominical. De vuelta en casa, Alberto preparaba invariablemente, bicarbonato sódico, para ayudar a digerir la merienda. La madre, con quejidos mayestáticos, eructos y suspiros  daba explicaciones prolijas de lo mal que se encontraba. Él respondía, invariablemente, con tenues reproches, que a su edad ya se sabe, el chocolate no sienta bien: “Mejor haría, madre, poniéndose a dieta, que está usted muy gorda y a su edad debería cuidarse un poco”. “Hijo, si no como nada, ya me ves. Mi sopita, mi bistecito. Todo a la plancha, todo cocido. Esta salud, que tengo, hijo. ¡Que poco me queda ya!”.

Y así hasta entrar en la  noche, cuando invariablemente Alberto se animaba. La llegada del lunes, suponía ver su mano. Sentir la emoción de la espera, la llegada del vehículo, la visión durante esos segundos mágicos que compensaba el tedio de unos días tan hueros. Cuando entraba en la intimidad del dormitorio, preparaba con esmero la ropa, acaldaba en el galán el traje, con la corbata colgada de uno de sus hombros, la camisa descansando, con los brazos caídos a lo largo del galán, la aprestaba con su mano. Mientras desgranaba los sueños que cada vez se le agrandaban. Poco después, apagaba la luz, después de rezadas las oraciones y besada la cruz del rosario que pendía de los barrotes del cabecero.

 

Uno de los días, decidió, mirar para abajo, al paso de la mano. Perder alguno de los preciados segundos de éxtasis, en comprobar algo más que le pudiera acercar a ella.  Llegado el momento, bajó los ojos, miró al coche, a la matricula, por anotarla,  quizá aprendiéndosela podría reconocerla en algún  momento fuera del banco, se dijo a sí mismo. La disyuntiva era difícil. Si miraba la matricula, perdía unos segundos de contemplar la mano divina. Optó por anotar cada día un número, y así dividir el tiempo perdido de la visión. Al final comprobó, que era un Opel Corsa negro, ADX 7755. Se lo aprendió, de tanto mirar el papel con los números anotados.  Tomó la manía de ir recitándolo, como una jaculatoria en todo momento, a la vez   que comprobaba, las matriculas de coche negro, que encontraba a su paso. Su madre observó esa costumbre que tomó, afeándoselo como si fuera un acto impuro. Albertito se le estaba escapando, decía para sus adentros de madre amantísima, pero no encontraba motivo alguno que concretase su  sospecha.

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Un viernes por la noche, sonó el teléfono en casa de Martínez Puyol a hora intempestiva. La madre se hallaba dormitando, mientras contemplaba, a ratos, la jauría en  la televisión. Alberto recogía los platos de la cena. Un grito proveniente del salón le aceleró el pulso.

Voló hasta donde se encontraba la madre, que se había despanzurrado en el sofá con el teléfono aún en la mano.

-Madre, ¡por dios!, ¿qué ha pasado? No me asuste así-

-¡Ay, hijo mío!, que desgracia más grande, ¡por dios, que va a ser de mí!-

– ¿Qué ha pasado?-

Alberto con los guantes de fregar en las manos, y el paño de cocina blandiéndolo como un ariete,  le preguntaba casi con enfado . Acostumbrado, como estaba a las escenas melodramáticas que luego quedaban en nada.

-¡Hijo de mi vida! Margarita, mi amiga, mi hermana, la mujer de coronel de infantería, amigo de tu padre desde niño, ¿recuerdas?- .

-Sí madre. Claro que me acuerdo. Doña Margarita. Estuvimos el domingo con ella tomando el chocolate.  Hemos comido en su casa varias veces. ¿Qué le ha pasado?-

-Hijo, ¡por dios! parece que te enfadas conmigo por este disgusto- la mujer lanzaba miradas lastimeras.

-Madre, no me enfado, pero  cuente usted, el motivo de este desafuero. Estoy en ascuas. Explíquese por favor–

– Ha muerto, así de golpe, con lo bien que estaba –

-Madre tenía ochenta y tres años-

-Cuatro más que yo, hijo. ¿Qué nos espera ya?, solo morir…-.

-Ve madre, cuantas veces le digo lo mismo, y no me hace caso. Doña Margarita, comía mucho, esos chocolates, esos cocidos del domingo. No es sano comer así, a sus edades, hay que cuidarse-

-Estaba  bien, muy sana y muy guapa. No somos nada, Albertito, hijo mío, cualquier día yo te abandono así-

Le tomó de la mano enguantada y con rastros de agua de fregar.

-Calle madre, no diga eso, a usted le queda mucha vida. Pero con menos chocolate le quedaría más-

-Mañana tenemos velatorio.  Iremos por la tarde, después de comer, nos acercamos-

-Está bien, madre. Mañana  le acompaño-

Alberto se incorporó a las tareas, mientras la buena de  Isaura Puyol, lloriqueaba más por la soledad, que por el sentimiento de la muerte de su amiga. Compañera de meriendas y de escapadas a la pastelería  Roiz.  Compartió con ella, parte de su vida y  aficiones. El chocolate, el merengue, las trufas y la brisca.

 

A la mañana siguiente, Alberto, acompañó como cada sábado de su vida, a la madre al mercado. Cargando las bolsas de la compra, asistiendo impasible al regateo sistemático de doña Isaura con  pescaderos, carniceros y demás avitualladores de viandas. Escogiendo y volviendo a escoger el pescado más lustroso, el de mejor color. Haciendo que desempaquetaran la carne por la mínima sospecha de engaño. Repitiendo los mismos argumentos, semana tras semana, obteniendo  las mismas o parecidas respuestas. Ritual sabatino, que hoy, se aderezaba con el cuento, varias veces repetido, de la muerte de la amiga: no somos nada. La vida es así de ingrata. Cuando mejor estás,  te abandona. Albertito, asentía a la conformidad de las mujeres que se cruzaban los comentarios, dibujaba una sonrisa conmiserativa en la  boca, ponía la mirada de comprensión y aquiescencia y dejaba volar, mientras tanto, su imaginación a sitios recónditos y vergonzantes de su mente.

3

Después de comer y de dormitar en el sofá doña Isaura, con sus mejores galas de luto riguroso, y Alberto con corbata negra,  y terno gris marengo, salieron para el tanatorio municipal. Entraron, una vez aposentada la madre, entre los allegados a la difunta,  en franca conversación sobre los avatares de la muerte, sus condicionantes y fatalidad,  confiado en el entretenimiento de doña Isaura,  se retiró a la puerta a fumar un cigarro , escamoteando su presencia unos minutos. Justo el tiempo que le permitía la madre, de libertad vigilada.

 

Y entonces lo vio. El Opel Corsa ADX 7755, negro. Aparcado frente a la puerta del Tanatorio. Clavado en el suelo, con los ojos fijos y alunados, contemplando en la matricula, sin pensamientos en la mente. El cigarro encendido unos momentos antes, le quemó los dedos, haciéndole salir de ese letargo hipnótico  en el que le sumió la vista del vehículo. Decidió, raudo, buscar en todo el tanatorio. La mujer de la mano, estaba allí, sentía aletear el corazón en el pecho, con el augurio de ver cumplido un sueño. En algún lugar de ese antro de cadáveres se albergaba  la poseedora de su mano.

Caminó por las salas, poseído de una furia que ponía alas en sus pies. Escrutó a las personas que se encontraba en su camino con avidez. Miraba las manos de unas y otras con ojos  afiebrados. Se le fue el tiempo sin sentir, hasta que alarmado se acercó al salón de la muerta amiga. Comprobó que la madre seguía con el divertimento compartido, del dolor ajeno y aún no había notado su falta. Desesperado, repitió el proceso de visitas, incluyendo baños, rincones y zonas ajenas al público, hasta que los ojos de los demás, le miraron con desdén no exento de desconfianza.

 

Vagando por pasillos, como enloquecido, por la visión de coche, y la falta de resultados de sus pesquisas,  sintió que tras de él se abría una puerta. Paró, quizá alumbrado por algo parecido a una intuición. Esperó  que la persona le adelantara, comprobando que era una mujer con una  bata  blanca  cubierta de manchones de colores  desvaídos.

Al adelantarle, la mujer por el pasillo, Alberto dirigió su vista hacia la mano, como  hizo antes, con todas las que encontró. La mano que mecían  unos andares firmes,  rotaba a su compás. Los ojos  de Alberto, se quedaron enganchados de unos dedos finos, largos, con un anillo que tenía brillantitos rodeando  un ónix. Andaba delante de él. Afantasmado e hipnótico, fue siguiéndola por el pasillo, hasta que ella, sintió la insistencia de los pasos tras de sí, volvió el rostro, con la curiosidad dibujada en sus ojos.

Lo que Alberto vio ante él, era una mujer de edad indefinida. Sus ojos los velaban unas gafas de montura de pasta marrón. Apenas traslucían  un color agrisado. La boca fina, en gesto un tanto agrio. El pelo corto, con mechas sueltas, cardadas y picudas.

-Señor,¿ busca algo?- le dirigió una voz atiplada y exigente.

Alberto no sabía si de su boca saldrían las palabras que buscaba el cerebro.

-Sí, a usted-

-A mí, ¿para qué?-

Una sorpresa desabrida saltaba de su boca.

-Perdone. Creo que la conozco, pero no se dé que. Si me pudiera decir. ¿No trabajará en la sucursal del Banco Castellano, en la  Plaza Mayor?-

No pudo encontrar mejor disculpa, era todo lo que su cerebro procesaba. Mientras el aleteo de su corazón, bombeaba sangre en su rostro.

-No, se equivoca. Trabajo aquí, y no creo haberle visto antes-

-Aquí, ¿en el Tanatorio?… ¿en qué trabaja?-

Ella le miró, un tanto sorprendida.

– Soy la Tanatoestilista, y no sé qué importancia puede tener mi trabajo-.

-No entiendo, ¿qué es eso?-

-La que maquilla a los muertos, la que los prepara. Entre mis funciones está también  hacerles la manicura, cortarles el pelo. En fin, hago estilismo a los muertos. Así que no soy la persona que busca, lo siento-

Dejó de mirarlo, para seguir su camino

Marchó pasillo adelante, sin volverse a mirar a Alberto. Él se quedó en el recodo del largo pasillo sin pensamientos, ni sangre. De pronto, sus piernas se le flojearon. Aquellas manos, con la sortija de ónix, maquillaban los muertos. Sus dulces manos, pulían las uñas de cadáveres, cortaban su pelo, los vestían.

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Al cabo de un tiempo indefinido, porque no tuvo conciencia de cuanto estuvo parado en el pasillo, oyendo los pasos de la mujer hasta que se perdieron en el recinto, retomó los suyos, encaminándose hacia la sala donde estaba la madre esperándole, alarmada. El cortejo fúnebre  se había puesto en marcha. Y doña Isaura  no era mujer  a la que gustara perder esos festejos. Alberto, llegó hasta ella, la tomó de la mano. Comenzó a caminar tras el féretro, camino del cementerio y del resto de su vida. Mañana, a la hora de salida del banco, volvería. Seguiría el lánguido revuelo de esa mano, por toda la eternidad, si hiciera falta. O volvería al lugar donde la encontró. En cualquier caso, mañana decidiría. Ahora tocaba entierro y plañideo.

 

 

FIN

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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