La distancia

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Si el talento se midiera por la indiferencia, Santiago, tendría mucho, que lo tiene, a ver si me entiendes, Rosa. Si algo tiene Santiago, es talento, pero en él lo que domina es esa sensación de que sobrevuela, de que nada es lo suficientemente importante para tomarlo en cuenta. Incluso a mí, Rosa, quizá por eso siento el resquemor este, que me abrasa por dentro y se convierte en rabia algunas veces, hasta parecerme insoportable y creer que le odio. Pero no, Rosa, no te asustes, ¿cómo podría odiar a Santiago si hice de él mi compañero, mi vida, mi destino? Sería como aborrecer mi vida entera.

 

 

Y no es eso, pero se le parece. Cuando le veo absorto en sus estudios, o mirando papeles que le cuentan mil cosas interesantes, escuchando a pacientes, observando el microscopio, sentándose en la cama de cualquier habitación, estrechando la mano del enfermo, escrutando sus ojos, contemplando el dolor como algo suyo. Siento envidia, Rosa, te lo confieso. Envidia de que ellos, o la cosa que sea, ganan su atención. Cosa que nunca conseguí, a pesar del empeño. No cabecees, Rosa, te juro que a mí Santiago, no me deja entrar en su mundo, ni un instante. Ni un momento, me pertenece. Siento, al estar junto a él, que es agua y se diluye entre mis manos. Que nunca está conmigo, aunque estemos pegados, piel con piel.

 

Ni al principio, Rosa, ni entonces. Cuando aún me cortejaba a su manera, con miradas, con roces de su mano sobre la mía. Cuando me miraba a los ojos, contemplando mi cuerpo desnudo junto al suyo, como si fuera un milagro y él, fuera el actor supremo de esos momentos en que el cielo caía y descorchaba una botella de champán para regar el amor que nos dejaba exhaustos y sin tino. Ni entonces, Rosa, ni entonces le sentí mío. Y no es porque la tuviera a ella en casa, presidiendo una vida que a mí se me escapaba. No, era todo más difuso, más evanescente.544372_543902015654426_1037601158_n

Ella siempre fue otra cosa. La esposa, el baluarte, con quien se pasa Navidades, se cría a los hijos, se pasan noches en vela cuando se ponen malos. Eso lo asumí desde el principio, Rosa. Me costó, quizá menos de lo esperado, pero dejé que el tiempo curara la herida que hace saberse la segunda. O la primera, que eso es muy cuestionable. Ella residía en una vida que vivía escasamente unas horas. Yo estaba en el despacho, en el laboratorio, con los enfermos, con las dudas, con las incertidumbres, contando las horas de espera para ver resultados de una analítica, leyendo en sus ojos el desespero cuando la noticia al enfermo no podía ser buena, o cuando las esperanza se diluían en unos papeles que él miraba una y cien veces, intentando leer entre líneas una esperanza vana.

Ahí estaba yo, cubriendo muchas horas, a su lado, Rosa, y son casi veinte años. Ahí estoy yo, pero no estoy. Porque a fuerza de verme, me  convertí en decorado de su vida. Dejó que fuera como un mueble cómodo, que alivia sus horas de destemplanza o de zozobra. Para él, es una costumbre cotidiana que enjuague su sudor, que libre a su frente de pensamientos desaforados, cuando le invade la desesperanza. Un mueble, Rosa, poco más que el archivador o el armario donde guarda sus carpetas. No rías, que el dolor que produce convertirse de amante en costumbre, es lacerante, Rosa.

 

Porque yo estaba preparada para el olvido, para la dejación, para que volviera con ella, o con otra, más joven, más nueva su piel, cuando la explorara. No me preparé para esto, Rosa, para ser invisible, y seguir siendo. Para que él me convirtiera en la primera y ser solo costumbre.

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El tiempo deja huellas en el cuerpo, y no se van por mucho que uno quiera jabonarse el alma, hasta hacerlo tiras y sacar de dentro los recuerdos. Que laceran, como el primer día que entró, llevando el aire del prestigio, de su luz, a través de su bata. Le divisé al llegar y me dije: “vaya, tenemos aquí al genio. No es gran cosa, casi calvo, con las gafas deslizándose por su nariz, con ese aire despistado y ausente. No es gran cosa…” Me dije, y volví a mis quehaceres, sin más, sintiendo tras de mí una mirada ausente, como de indiferente admiración. Durante meses, Rosa, solo mediamos palabras amables, compartimos el tiempo dilatado de un trabajo, a veces, sin resuello. Codo con codo, admirando su entrega, contagiándome, como todas, de su entusiasmo, de su febril búsqueda del ansiado remedio, mientras  cubría con una sonrisa el rostro de desespero de los enfermos, de la familia. Llenando con su atenta mirada, con sus quedas palabras, trufadas de un cierto vaho de esperanza, la soledad de casi todos. Así comencé a amarle, Rosa, casi sin darme cuenta. Con un amor que se parecía demasiado a la admiración o al respeto que él sabía exprimir para que diéramos todo cuanto éramos capaces. Comencé a amarle, nunca sabré cuando, ni precisar la fecha.

Un día me vi, pensando en él, comparando sus ojos miopes y perdidos, con los de otros que se cruzaban por mi vida, entraban en mi cama, complacían mi cuerpo. Mientras mi cuerpo era entretenido por otros cuerpos, solo veía sus ojos, escuchaba su voz, que queda me pedía la historia de fulano, la analítica de mengano, las pruebas…Un día, Rosa, tuve que salir corriendo de una cama. Porque no era él quien entraba en mi cuerpo. No eran sus manos las que acariciaban mi piel, ni su boca poseía la mía. Oía susurros en mi oído, mi sexo latía con placer. En mi cerebro solo quería sentirme cerca de él, aunque no me tocara, ni me dijera nada. Sentirle cerca, era más prometedor, que todo el amor y la pasión del que tenía al lado. Y me fui, Rosa. Salí de aquella cama, anudando el dolor que sentía por la ausencia de un hombre que nunca podría pertenecerme. Ahí comenzó todo. Porque supe pronto, que a él, le ocurría lo mismo y al tiempo. Que añoraba mis manos, que sentía apego de un cuerpo que solo conocía vestido de azul y de uniforme. Que sentía la tersura de mi piel, sin haberla tocado, y el calor de mi cuerpo sin saber siquiera la geografía de mis formas. Chocamos, un día, los ojos, Rosa, como quien desata tempestades. Nos miramos y nos reconocimos. De pronto, como ocurren todos los milagros, sin esperarse, sin tregua y sin preparación. Así surgió el milagro, Rosa, como te cuento.

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Nos quedamos temblando, ambos, con los ojos pegados, con las manos entrelazadas, mientras nuestros cuerpos mantenían la distancia. Sin atrevernos siquiera a tocarnos. Hasta que yo cerré la puerta, de un portazo y me quedé colgada de su cuello, buscando beber de sus labios. Sellé en ese momento mi destino. Porque después, en el silencio cómplice de mi casa, a la admiración que sentía por el ilustre médico, se unió una pasión loca, que renunció a pensar, que se enlodó entre sus brazos, y se quedó prendida de su cuerpo para siempre jamás. Intenté, Rosa, te lo juro, mecerme en otros brazos, dejarme llevar por otras pasiones. Cuando la desesperanza y el atisbo de no poder ya más, se hacía irrespirable,  salía de caza. Sí, como te cuento. Salía de noche, a veces, sola, otras, acompañada de amigas, buscando otros brazos, otros labios, y otras palabras en mis oídos, que no fueran las de él. No pudo ser, Rosa. Se había tatuado en mi piel, y no salió nunca de ella. Aunque amara a otros, aunque deseara a otros y pusiera distancia, y me entregara por  semanas a otro intento de amor.  Al volver  los ojos hacia él y ver su rostro indiferentemente dolorido, me opacaba, y se acababa todo. Volvía a sus brazos, envuelta en arrepentimiento. Él nunca reprochó nada. Entendía mis huidas, incluso a veces hasta las propiciaba. Estábamos unidos por lazos inexpugnables que atan más que cadenas.

 

Tampoco pedí nada, y él nada prometió. Nuestros encuentros tienen la suerte de ser inesperadas entregas perentorias de amor encadenado. Sin futuro, y casi sin pasado. Nos amamos silenciosos y opacos, como si fuera la última vez y nos fuera en ello la vida. Luego, cada uno vuelve a su vida. Él con ella, sus hijos, yo con mi soledad, con la perentoria sensación de que la vida se me fue de las manos.

 

Tú sabes, Rosa, que presencié dos partos. Recogí con mis manos dos hijos suyos, mientras ella se quejaba y se dejó mecer por la suave caricia de las manos de él, que acariciaban su cabello. Y yo bañando a sus bebés. Dos fueron, Rosa, como dos heridas las tengo, lacerándome el alma. Yo tuve dos abortos. No pude concebir hijos de un hombre que no era mío. Pude hacerlo, él siempre me apoyaría, lo supe, al ver sus ojos acristalados cuando le dije que no quería tener nada que me uniera a él. Que prefería ser libre de amarle y o dejarle para buscar otra vida. Sí, Rosa, no te asustes. No mentía, entonces, como no miento ahora. No quería atarme a un hombre que no me pertenecía.

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Perdí aquellos hijos que no tuve, ni desee tener. Los perdí y a veces aún los oigo como gritan el silencio que me corrompe el alma. Cuando al caer la tarde, entorno los visillos de mi casa,  me dejo llevar por el cansancio y me arropo en el sofá que nunca compartí con él. Entonces, cuando cierro los ojos, los veo. Correteando por las esquinas del salón, dos pequeños, que llevan su mirada, a veces hasta su media sonrisa. Los llamo, pero se van, Rosa, en cuanto despierto se volatilizan. Y yo los añoro sin quererlos.

Nunca hablamos de ellos. Nada se dijo entonces, nada se dice ahora. Como si no hubiera pasado. Como si la historia de nuestra vida fuera volátil. Como esas burbujas de jabón que explotan en el aire formando esferas de brillante color. Todo se obvia entre nosotros, Rosa, como si no existiera. Las cosas que no se nombran, no existen.

 

Ahora le veo, encerrado en su silencio, estudiando las historias, desmenuzando analíticas, preparando diagnósticos, estudios y le siento lejano. Como si no me viese. Ya sé, me dices, que sin mí no sería quien es, que le ayudé a crecer, que sembré su camino de facilidades para que él pudiera  hacerse grande. Lo sé, Rosa, me empleé a fondo en el intento. Da igual. Ni el éxito es mío, porque se diluye todo en sus manos. Lo absorbe con su afán de seguir, de no dar importancia a lo logrado, de ampliar el camino hacia el más allá. Porque él, solo contempla sus papeles, sus enfermos, sus cosas. Y yo estoy en el lado ciego de su vida.

 

Fin

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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