La Cárcel

tristeContemplo con los ojos de sueño, la luz difusa que cruza los barrotes, como si ella quisiera estar encarcelada, entrar, por noble compasión, cuando todos queremos salir de estas rejas y volar alto; anidar en las montañas lejanas, amparándome en  las sombras en movimiento de los arboles que casi he olvidado. Tumbarme en la tierra, que a estas horas, huele fresca, macerada por el rocío mañanero, apelmazada por la rutilante desfachatez del brillo de las hojas, con ese verde cegador, que enciende el humo de los recuerdos. Hoy solo me queda recordar, emanciparme de la realidad y contemplar en el silencio escaso de la promiscua soledad, esos rayos que cruzan, descarados, la tenue ventana, que apenas les anida, para difundirlos por la oscuridad de la celda. Y me escapo, detrás de ellos, justo hasta el origen mismo de su nacimiento, allí, en las alturas del monte, cuando llegan con la prisa de la amanecida y se desparraman por la sierra. Allí, donde escondía mi cara entre las hojas del otoño y dejaba enterrar mis manos en la húmeda tierra, como si quisiera profanarla, poseerla hasta hacerla mía, quedándome, después, dormido y sin aliento, mientras los rayos, no contraídos, como éstos, sino libres y emancipados,  me calentaban los huesos, ahítos de la húmeda madrugada.

Hoy, en cambio, el olor a cardenillo viejo, a lejía y a desinfectante, se interioriza en mi piel, haciéndose uno con ella, impregnando hasta las células. Hasta la comida me sabe a desinfectante, mezclado con el orín, como si el condimento de estos alimentos necesarios, estuviera compuesto de lo que nos rodea. Quizá lo esté, ahora que lo pienso. Quizá cocinen con el excremento que cotidianamente expulsamos de nuestros cuerpos, de esa manera cierren el círculo  de la vida. Comer, defecar, comer…Como nacer, vivir, morir, abonar una tierra hambrienta para dar vida a nuevos seres, tan mediocres y mezquinos como nosotros. La rueda que mueve el molino de esta vida absurda en la que, irremisiblemente, estamos condenados.

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Tengo que remontar la memoria muy lejos, casi al tiempo indefinido que se funde con la neblina que me aqueja, cuando quiero, como ahora, recuperar un atisbo de lucidez. Las más de las veces, uno se sumerge en la niebla gelatinosa de la desmemoria, huyendo de los recuerdos, o forzando con un poco de química, la huida. Como ellos, los cobardes, esos que no tienen motivos, ni fines, ni patrias a las que defender o por las que matar. Al fin, no nos diferencia tanto. Ellos y nosotros. Ellos luchando como bestias contra el empuje de una civilización que los expulsa, como si fueran pus infecto sin cabida en un mundo, que se quiere impoluto y ordenado, sin seres malsonantes que quieren solapar el orden conocido  y seguro de los que se visten con trajes caros, enredan el cuello en prietas corbatas y nos roban con sonrisas y firmas muy legales; y nosotros luchando por una idea, por banderas, que si lo miras bien, no dejan de ser trapos sucios, encallecidos con la sangre de muchos, inocentes o no. Por eso, de vez en cuando, no  tengo más remedio que recurrir a ellos, cuando los gritos y las palabras escuchadas en la memoria de mi mente,  me hacen más pequeño, dejándome al desnudo de las voces oscuras que siembran de incertidumbre el sitio donde habito.

 

Me adormezco,  siento que la noche impregna esa memoria, que como prostituta casquivana y vieja, insiste en poseerme, cuando yo solo quiero evadir el flujo de la vida. Salir, sin prisa, pero sin dejar paso detrás de esta parsimonia que me nubla hasta el entendimiento. A veces aparecen, como surgidos de la sombra, llegan y quedan prendidos de las ramas de esa memoria traidora, que en cuanto me despisto, llama a la puerta. No queda más que abrir, apoyarse en el quicio de esa cancela y contemplar el desfilar de sombras que pueblan los recuerdos. Como ahora, dejándome mecer, por la lánguida suerte de recordar aún y no haber perdido toda la identidad, que sería, casi deseable, si con ella se fueran los aguerridos recuerdos, llenos de incertidumbre.

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Nosotros, los valientes, los que apretamos el gatillo sin preguntas ni miedo, sin dudas, como hacen los hombres, que llevan en la frente la señal de la muerte, o del patriota, que para el caso, viene a ser lo mismo. Por eso, ahora mismo, con esa tibia luz que irradia el día, atravesando los barrotes, me sueño en libertad. Me sueño libre y besando la tierra, esa que no necesita de trapos, de banderas, ni  sangre, para dejarse amar, y reportar la savia que ilumina la vida. Daría tanto por desandar el camino que esa luz anduvo,  volver al monte, donde amanecí a veces, sin saber, apenas sin darme cuenta, que era feliz, oliendo la humedad y la hierba mientras mis manos paseaban por el cuerpo de Gloria. Ese cuerpo, que hoy añoro, como antes, cuando lo poseía, cuando era mío, y solo anhelaba la muerte de los otros. No me conformaba con hundirme en su vientre y desaparecer en su carne tibia, mientras me susurraba que era mía y de nadie más,  y yo de ella. Al poco de sentir el descalabro que la pasión produce, dejaba de amarla, como se abandona un barco, cuando se está hundiendo. Salía de su cuerpo, pensando en la aventura, en los compadres, en la gloria y el triunfo,  dejaba los besos colgados de una rama, para que ella los cogiera cuando tuviera a bien, subir al monte, a recobrar las sensaciones viejas. Y hoy, daría mucha vida por tener un ratito su piel entre mis manos. Daría tiempo y años por saborear el gusto de su boca, oler su sudor añejo, mientras hundía el rostro en ese hueco naciente de su axila. Hoy no abandonaría los besos en la rama, al contrario, los devoraría con el hambre de tantas madrugadas como llevo en la solitaria nube de la ausencia. Hoy, que no puedo tenerla, conozco el valor de un cuerpo tibio mecido junto al nuestro, de una voz, de unos besos, de un caminar pausado, entrelazadas las manos, sin hablar, porque el silencio, a veces, es más explícito que las palabras.

 

En cambio, aquí pasan los días con la contundencia de un badajo parado, que no marca el tiempo, porque el reloj al que está unido, hace tiempo que se averió, quedando agazapada la hora, prendida del minuto, del segundo, en donde se dejó de contar. En mi minuto de parada, se descolgó la vida con apariencia de escueta libertad. Cuando llegaron ellos, recuerdo que pensé: bien, se acabó la incertidumbre, el tener los oídos alertas, el olfato en celo, y la mirada de lobo atisbando el devenir del enemigo. Llegó, ya está aquí, tan solo queda esperar que el paso por los  eslabones previstos, no sea muy dramático y yo aguante. Porque me aterraba la idea de no dar la talla. Dejar frustrados y con la decepción pintada en el rostro a los que me llevaron hacia el punto donde estaba. Los esbirros que me acercaron el arma y los cartuchos hasta el odio domeñado por siglos de incertidumbre y vejaciones varias. Sentía defraudarles, lo que no sentí al empuñar le arma y colocarme frente al objetivo. En realidad, eso fue lo más sencillo. Se cumplían las órdenes, sin cuestionarse nada, como hacen los soldados frente al enemigo, aunque el general fuera mediocre y no tomara iniciativas. Se trataba de disparar o accionar el mecanismo que hace que salten por los aires los odios, y las invectivas. Sin mayores ambages ni sentimentalismos. En cambio, la detención  fue diferente. En los momentos que siguen a la puesta en escena del aparato del Estado, estamos ellos y nosotros, sin espectadores presentes, pero muy vivos, sintiendo todo lo que hacemos, juzgándolo con la mira puesta en alimentar a una patria, que si bien, nunca supe lo que era, en realidad, era consciente de que se alimentaba del honor de sus hijos. Si delataba o no aguantaba bien, “la patria” era defraudada, quedaba a merced del enemigo. En cambio, los héroes se forjan  en estas circunstancias, cuando arremete le miedo, los gritos, el desaire y los golpes. De esos momentos se alimentan los mitos. Se llenan las bocas de los gritos que mecen la soledad y el miedo. Y eso era el cometido del que no estaba seguro. Estar a la altura del mito, del alto minotauro, que esperaba de mí, valor, silencio y dignidad.

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Ese pensamiento me atenazaba entonces, y durante muchos meses, hasta que también me desasí de él. Quizá al comprobar que al acercarme a los mitos, desprendían un suave polvillo dorado, de salvas de honor con aldabonazos de misteriosa cobardía, en las cosas pequeñas, y justo cuando no hay espectadores. Cuando los hay, en las vistas, en las salas de prensa, delante del enemigo,  se mostraba la cara más vitriólica de un valor tan falso como las ideas que nos trajeron aquí. Por eso, contemplando el polvo de pan de oro que desprenden los mitos, me di cuenta, que la patria es solo una palabra; la bandera, un trapo de color que agita el viento, meciéndolo con falaz disposición, capaz de emocionar a las almas predispuestas. Dejé de estar temeroso,  al paso de los meses, mientras el adocenamiento y el polvo de oro se desprendía cada vez que me acercaba a ellos. Eran de  metal aparente pero falso, como falso, fui comprobando, era todo lo que rodeó la farsa de la que fui actor principal. Después de los años, ya no queda más consuelo que ver pasar los días en el calendario, las horas en el viejo reloj y los años en mi pelo y en mi piel, que resiente el paso de los abrumados días, del aburrimiento y de las preguntas que no tienen respuesta, mientras siguen los fantasmas sin nombre deambulando por la celda. Aquellos que se fueron cuando mi mano empuñó el revólver, segando la vida, dejando lágrimas secas y un dolor emponzoñado, como el mío, de antes, que durará siglos, hasta que una mano, maldita, como la mía empuñe otro arma contra mis descendientes. Y así continuemos, en esta terrible historia que nos mata pero no calma el sinsentido del odio, de las banderas, de los signos que marcan el destino de un pueblo. Una y otra vez, cruzando las balas de lado a lado. Hoy toca a otros, mañana serán los míos y así impunemente por los caminos de la historia.

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El sol, ahora,  se asoma con desvergüenza, los ruidos amanecen con él. El tétrico cacharreo de vida enjaulada me eriza, como cada día, el poco pelo que me queda. Un día más. Un día menos, que queda para salir del pozo, encontrarme, de nuevo, con la tierra, con lo que dejé o lo que queda de ello. Se me atraviesan los recuerdos, mientras cosecho la franca decepción de saber que al salir, poco o nada estará esperándome. Tendré que labrar una nueva tierra, suplir con ahínco, si me queda, el salto de  más de veinte años que pasé encerrado, mientras fuera, el mundo sigue su camino. Y yo sigo anclado en los recuerdos, en los muertos, que caminan despacio, por esta celda alucernada, tejida de vana memoria y de sarmentoso resentimiento, hacia lo que me hice, o me hicieron, o ambas cosas. En el tiempo que me queda, intentaré dejar limpio el pensamiento de reproches, dudas y vanaglorias, para intentar nacer de nuevo, en cuanto el calendario se deshoje lo suficiente y abran las cancelas al filo de mi paso. Intentaré domeñar los fantasmas, o hacerlos míos para siempre. Serán mis compañeros de libertad, como fueron de cárcel y luego, quedo, sin hacer ningún ruido, labraré la tierra, socavaré su aliño para sacar algún fruto, que sirva para comer y seguir caminando.

Más tarde, cuando caiga la tarde, me pondré con ello, ahora toca limpiar las letrinas, hacer pasillos. Sí, y también hoy, usaré un poco de química, no sea que los fantasmas me asalten demasiado. No está de más compadrear con lo que nos ofrece el enemigo, para domar la fiera del dolor, la soledad y el desespero.

 

Fin.

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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