Hilo invisible

260380_207681502603055_5259745_n

Estimada hermana

Te extrañará que me dirija a ti. Hoy, después de tanto años en que pusimos distancia la una de la otra, perdiendo con ello, la posibilidad de caminar en paralelo, como cuando éramos niñas y el tiempo nos explotaba de pura zarahúrda. Han pasado los años,  también las vidas, sobre todo la tuya, que imagino dispersa y entretenida. La mía, la de los que nos quedamos en el pueblo, discurre por enraizados caminos que nada tienen que ver unos con otros. Marchaste hace casi dieciocho años, para ser exactos, diecisiete años, ocho meses y doce días. No necesité hacer cuentas, hermana, llevo en la mente la fecha exacta de tu marcha. Están tatuados en la memoria, los días que pasaron,  con la lentitud del tiempo amojamado, cosa que sabes, quizá por eso saliste de nuestras vidas, apenas sin palabras. Pocas, casi ninguna, has dicho, hasta ahora, aunque a fuer de ser ecuánime, te reconozco que nosotros, yo, más bien, tampoco pusimos empeño en saber de ti o en encontrarte.

 

Cierto que hubo noticias, huroneadas por algún vecino o pariente de pariente, pero sin consistencia, casi silabeadas. Sabes bien como son los pueblos, hermana, todo se enreda y se amostaza conforme pasa el tiempo. Las palabras van y vienen, llegan susurros pronunciados con miedo, o con recato, no a hacer daño, que eso preocupa más bien poco, el temor es  a resultar trasquilados con  alguna respuesta improcedente. Por esas lenguas espurias, supimos que te abriste camino. Alguien, no sé quién, nos alentó a conocer tu galería de arte. Esa que abriste con boato en el centro de la ciudad. También nos llegó la noticia de tu buena boda. Lo que ya ignoramos y bien que lo sentimos, es si tuviste descendencia y cuál es tu situación ahora. Imagino, hermana, que el éxito sigue acompañándote, disfrutarás del resultado de  años de trabajo y de tu natural brillantez. Siempre destacaste, hermana. Las piernas largas, interminables, que danzaban al mínimo atisbo de música. Recuerdo, ahora, casi, siento la música, las verbenas floridas del San Pantaleón. Escondidas, para que ella no sintiera nuestra alegría, salíamos en cuanto las luces de la alcoba se apagaba. Te emborrachaba el baile, hermana, bien lo recuerdo. Danzabas sin descanso, pieza tras pieza, amarrada al brazo de las amigas, mientras ellos, los palurdos, como los llamabas, te contemplaban embelesados. No perteneciste aquí nunca, ni de pequeña. Te quedabas ensimismada, yo te interpelaba y tú contestabas: “¿Cómo será el mundo, Tati? Seguro, que habrá praderas, tierra verde, un mar azul, no polvo endomingado, como aquí”.  Desde siempre quisiste huir del aquelarre que nos tocó en suerte. Claro que yo también, y ya me ves, sigo encerrada. En tus ojos se dibujaba la estola imperturbable de la huida. Me daba miedo, te sabía lista, con los sentidos alerta, aguzado el ingenio ante lo nuevo, lo diverso, lo diferente. No perteneciste al pueblo, más que prestada en la infancia. Por eso, pienso, que te va bien. Habrás rodeado tu vida, de la cómoda aquiescencia pausada de una vida burguesa  pero nunca monótona . Sin altibajos, rodeada de comodidad, viajes, amigos interesantes que te harán soñar aún. Te pienso, con la piel tersa, los ojos vivos, esa mirada, azul aplomado con que discernías lo que antecede. El pelo, recogido, veteado de hebras blancas, o bien teñido, porque te cuidas, eso es seguro. Y te imagino respetada, y respetable. Habiendo pasado ante tus ojos, muchas historias, ciudades que ni imagino, paisajes acicalados con la diversidad que buscaste siempre. Lo diferente. ¿Recuerdas, hermana, como soñábamos cuando el estío nos arrojaba en brazos de una modorra sedienta? Aquellas tardes, perniquebradas,  cuando el calor aprieta hasta el entendimiento. Tú, me decías: “¿Habrá mundos donde no aplane el calor, donde se pueda andar a cualquier hora, donde se vea cine, donde haya bibliotecas, donde se piense? Allí nos iremos, Tati, cuando sea hora, más pronto que tarde. Juntas, haremos la vida. Dejaremos el polvo y el estío aparejado con ella, y nos iremos”. Hoy te pienso como soñamos, libre, alegre, desdibujado tu rostro por los años y la distancia, pero dibujo en la memoria esa risa sonora que te adornaba.

 

Deseé mucho, que llegara el día en que el reencuentro nos llevara a conocer la vida, la una de la otra. Más bien, la curiosidad es mía. Puedes imaginar que  mi vida no varió apenas, desde tu marcha. Exorcizaste desde la puerta mi futuro, hermana. Tengo grabado en la memoria las palabras, que con tono áspero, pronunciaste: “No me impidas salir, Tatiana, deja la puerta libre. Tú debieras hacer lo mismo, si no quieres enterrarte en este pueblo. Ellos te atarán con cadenas de hilo, invisibles, pero fuertes. Si no marchas pronto,  estarás apresada en la maraña que tejen para nosotras. Deja la puerta libre, y haz la maleta tú también”.

 

71910_598424133519927_414183047_n Resuenan tus palabras, como latigazos, en mis oídos, hermana. En realidad, zumbaron durante todo este tiempo, desde que te fuiste. No pasó día que no sintiera la quemazón de la cicatriz que tu marcha dejó en mí. Ni momento que dejara de sentir la tentación de imitarte. Salir corriendo, sin volver la vista atrás. Emprender la marcha, dejando esto, sin más miramiento que  la huella que levantaría en el polvoriento camino detrás de mis pasos, justo hasta la estación. Huir, fue la  razón que me ayudó a vivir. ¿Por qué no lo hice? te preguntarás, al leerme. Podría darte mil razones, todas ellas bien justificadas, pero hoy no quiero engañarte, o no quiero engañarme: Tuve miedo. Esa es la verdad, hermana. ¿A qué? Lo ignoro. Imagino, tu dulce sonrisa, irónica y breve. Yo, la más audaz. La que saltaba la pértiga más alta, y se escabullía de los Mazogones, cuando cogíamos fruta, mientras todos huíais aterrados, por la fama de bravos y la vara de avellano con que nos medían las piernas, si nos cogían. En cambio, yo caminaba erguida, con la dignidad que da la vergüenza. Yo, la misma de antes, no pude salir de lo conocido. Algo ató mi cuerpo o mi mente, con hilo invisible, como tú decías. Me quedé, prisionera de la costumbre, anclada en unos pasos que enmadejaron mi vida atándola a una vida anodina, y no vivida. Ahora, quizá ya es tarde para emprender vuelos, más bien, porque las alas se quedaron galvanosas de no usarlas y no sé si sabrán volar.

 

No te escribo para recabar tu ayuda, nada más lejos de mi intención. Si algún día salgo de la pereza de vida que llevo en el pueblo, será sola, sin más peso que el de mis recuerdos o la falta de ellos, nunca como lastre tuyo, o de nadie. Te escribo, porque madre está cerca de la muerte. Vuelvo a ver esa sonrisa de fruta agria, en tu boca. Sí, esta vez va en serio. No es uno de esos teatros con los que amenizaba la rebeldía o la mera contradicción por nuestra parte o la de padre. Se muere, irremisiblemente. Así lo comunicaron los médicos que la atienden, hace días. Hubo falsas alarmas, por eso no te avisé antes, quería estar segura de que iba en serio. Algo me dice que tus dudas las amplias a mí. Piensas, quizá, que de estar tan apegada me hago cómplice de sus desmanes, creyendo sus interpretaciones, o peor, haciendo de vocero de sus cuitas. Aún con las palabras de los médicos,  necesité comprobar por mí misma lo que te comunico.

1012_451306441573892_2042322556_nDurante los últimos años, diezmado su opulento carácter por la enfermedad, aún le quedaba luz de   mirada envilecida, que seguía crepitando con el contrapunto de sus enchalinados ojos, saliéndose de las orbitas, cuando le sugería tu llamada. O el rictus amargo, corajudo, que cerraba su boca, como en paréntesis. La fuerza de sus manos, que apresaban las mías, mientras con palabras que se escapaban por los desvencijados dientes, me recriminaba la actitud: “Marchó. Déjala estar. No la necesitamos para nada… ¿o tú sí la necesitas? El día que franqueó la puerta dejándonos solas, se abrió la sima que nos separa. No quiero verla, a menos que vuelva redimida y pidiendo perdón. Nos valemos bien, solas, Tatiana. Te prohíbo que la llames”

Conoces bien, que el amedrentamiento no sale solo de sus palabras, sino del poderío que desprende el tono metálico, aguadañado, de su voz. Mientras llevara un rastro de vida en su ser, no admitía replicas, ni contradicción. Aunque el tiempo se me apesadumbrara cada día más, hasta hacer de las jornadas, plomo, no pude guarecerme de su poder: “cadenas de hilos invisibles” Rememoro tus palabras, sin tregua.

 

Las horas se sucedían con la lentitud de un tiempo que no gira, de un reloj parado. Hasta ahora, hermana, en que las piernas se me amadejan entre los faldones de la camilla, mientras la galvana me atora la mente y el cuerpo le va parejo. Ahora se muere. Sin duda. Se le apaga la mirada. Con cada parpadeo, su luz va extinguiéndose con la lentitud de una bombilla vieja. A veces levanta la mano, que se mantiene derrotada sobre el embozo, con aire de mando, para quedarse suspendida del aire, a poco de emprendido el vuelo. Si me llama, lo hace con voz muy queda, casi suplica mi presencia, hermana. Si tardo ya no me grita, como hasta hace poco. En los últimos tiempos, llegaba a derramar la bacinilla, si dilataba unos segundos mi presencia. O la comida, si no andaba presta a sus remilgos. No te cuento la de veces que tuve que amalgamar toda la ropa, enfangada de restos de miasmas. Ese era su poder ahora. Esclavizarme a su dolencia, sin dejarme parar un solo momento, sin más vida que cuidar su aliento. Los dos últimos años, hermana, tuve que colocar la turca a los pies de su cama. Dejé de dormir en el cuarto propio, al comprobar que nada más sentir el crujido de la cama y de mis huesos, me llamaba con voz rapaz. Descansó, dejó de quejarse vociferando, al verme dormir debajo de su recinto. Solo emitía quejidos suaves, lo suficiente para mantenerme en vilo sin pegar ojo. Alguna vez exploté, hermana. Te lo confieso. Exploté con gritos, que en la furia brava de la desesperación, me parecían perversos, al verla llorar desconsolada, dejando las maldiciones, para amedrentarme el entendimiento con su dolor. Luego las venganzas eran más grandes, más elaboradas, tal como imaginas. Esperaba a estar recién bañada, las sábanas limpias, para, con esfuerzo amplio, no me cabe duda, provocar un vómito, o dejar caer la bandeja con el chocolate, que me exigía. Terminó por no compensar el exabrupto, hermana. Me amojamé ante sus tiranías, sin queja, casi sin fuerza.389786_542659495778678_668524638_n

 

Todo eso terminó, hace semanas. Ya no se queja, aunque esté sola. Mantiene un silencio denso, que asusta más que el chicoleo de antes. ¡Cuántas veces entré, sigilosa, en la habitación pensando encontrármela muerta! Su silencio es más sonoro que los truenos anteriores, con los que demandaba mi presencia sin dilación. Compruebo, como caminan sus ojos por el techo,  con la perplejidad de una sorpresa, como si no conociera el universo donde  desarrolló su vida en los últimos años.

 

Se quebró al poco de irte tú. Los dos primeros años, aunque a cojetazos, aún andaba. Luego ya no. Abandonó la silla, el silbeante paso quebrado por los pasillos, para dejarse mecer por el destino desde la cama. Los primeros años, conseguimos, levantarla a duras penas, durante un tiempo. Luego, su peso infame, los destellos ruidosos de su ira, las miradas encenagadas de odio y sus venganzas, hicieron que la abandonáramos a su suerte, en esa cama, dentro de la habitación que será su mortaja.

 

Si te hablo en plural, hermana, es por don Fausto Medellín, el médico que ha cumplido con su visita diaria, durante años. Es y ha sido, el único ser de mediana edad que participó de nuestra vida, mellada, únicamente,  por las ancianas, que de vez en cuando la visitaban con la desgana de ver languidecer a quien las vería morir a casi todas.

 

Él, don Fausto Medellín,  fue, hermana, el único contacto con humano y coherente que he tenido en estos años de soledad refractaria. Me suministraba libros, música, a escondidas de ella, porque nada más ver algo de complicidad entre nosotros, enfurecía con saña, como si mi avenimiento la quitara, a ella, tiempo o cuidados,  recrudeciendo sus síntomas a voluntad. Él, decía con sorna que madre era sicosomática. Como fuere, teníamos que soportar su fiscalidad, aún así, mi agradecimiento al doctor Medellín es grande. Gracias a él, pude mantener el don de la palabra, el pensamiento, y hasta la voz, ya que desde tu marcha, y la de tantos, comprenderás que mi mundo se estrechó hasta casi desaparecer.

31453_526281987417180_1133302082_n

Con esta misiva, quisiera hacerte recapacitar. Da igual lo que pasó, da igual el tiempo. Quedó diluida la historia, en el rio de años que han pasado. Las diferencias, las elecciones que hicimos, los desafueros, que los hubo, quedaron descoloridos al paso del tiempo, y del cariño que siento, no ha perecido. Quizá se aquietara por la distancia, pero estoy presta a avivarlo, a poco que tú me dejes. Entiendo que nada malo puede hacerte venir a enterrarla. Rezar, si quieres o si sabes, por un ser que derramó fatalidad, es cierto, pero en su descargo diré, que no tuvo descanso ni día feliz. Nació con la amargura pegada a la piel, quizá fue eso lo que dejó secos sus huesos en la infame enfermedad que sufrió. Ni fue feliz ni dejó que nadie lo fuera cerca de ella. Deja que el tiempo entierre junto a su cuerpo la fatalidad de su carácter, olvidemos el taciturno pasado que nos tocó y reencontremos un presente que puede ser plácido. Entenderé que teniendo una vida plena, como imagino que tienes, te de pereza, revolver en la guarida de los afectos para volver a un pasado anónimo y casi olvidado. Imagino tu desgana a volver a pisar el polvo acre de gredal y esparto del pueblo. Acostumbrada a los filamentos almohadillados de casas modernas, de tu galería, de tus amigos de sociedad. Volver, siempre da pereza, hermana. Lo entiendo, sobre manera, cuando se vuelve a un punto de partida lejano y gris. Tú, acostumbrada al color.

Entenderé que desatiendas mi ruego. Y que calles, como hasta ahora. No te niego que sueño con el reencuentro, que para mí, supone luz, dejar un túnel y abrir la puerta, no sé a qué, pero me da calor, solo el pensarlo.

Tuya, que te espera.Tu hermana.

Tatiana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querida hermana:

No esperaba tu respuesta tan rápida y las noticias que das en ella. La alegría de saber que es casi seguro que hayas emprendido la vuelta, antes, incluso, de recibir ésta, no me impide contestarte.

Entiendo la desolación en que te  encuentras. Nadie mejor que yo para entender la soledad que te  hirió de forma tan consistente. No imaginaba, hermana, que la vida se te pusiera tan espesa en los últimos años. Casi mejor no saberlo, hermana, no me tildes de egoísta. Tus triunfos, aunque dilatados y poco conocidos por mí, se me extendían en la mente como rocío ante el secano de mi propia vida. Me desconsuela no haber sabido el desaguisado de una vida que, imaginaba plena, y me cuentas ahora,  que la visitó el dolor y el desamparo con cierta insistencia… Siento la muerte de tu marido. Siento el dolor de la viudedad, el verte tan pronto arrojada al manto de una soledad dolorosa por inesperada. El dolor que destilan tus palabras, me hace pensar mejor que nada, el amor que le profesabas y lo gran compañero que fue. Hermana, la coyuntura  fue cruel, pero has vivido. Durante ese tiempo yo fenecía, hermana. Amaste, has sido amada. Creaste, como bien dices, una red de galerías donde tuvo cabida el arte en todas sus formas. Aunque lo perdieras, y no quede nada. Respiraste el aroma del éxito acompañada de la salubridad de un amor pleno. Has paladeado el sabor agridulce de unos besos compartidos. Tus ojos, complacidos, se deleitaron con cuadros, con belleza, con arte. Tus oídos y entendimiento, engrandecieron, con palabras, conversaciones. Solazaron  un alma, que  después le tocó sufrir. Te agrandaron la  vista, para dar cabida al mundo, hermana. Aquí todo se hizo tan estrecho que a fuer de empujar, apenas cabe lo que había: tu cariño, el apego a unas tierras cruentas en donde nada crece y poco más.

 

Como no voy a perdonar tu ausencia. Nadie mejor que yo para entenderla, hermana. El odio ciego, que destila madre, es contaminante. En eso tienes razón. Marchaste para evitarlo, yo opté por la cobardía. Nada que perdonar, fueron opciones. También recabo mi perdón por no  intentar verte antes de ahora. Imagino, que algo tendrá que ver, el ciego sometimiento que ella  ejerce sobre los que  tiene cerca.  Eso y las cadenas de hilo, hermana, que son sutiles, pero  pesan. Solo la tumba, puede desmadejar la tenue red que tejió pespunteada de odio y dolor.

 

En cuanto llegues, haremos planes. Si quieres, puedes quedarte en la Casona. Hay espacio de sobra. Rehabilitaremos juntas las alcobas cerradas, hoy, a cal y canto, por inservibles. Alentaremos la casa, abriendo balcones y ventanas a una nueva época. Juntas, con el apoyo mutuo, mi soledad y tu penuria hallarán consuelo.  Créeme, no puede nada, ella se derrotó, no hiere ya.  Si te apesadumbra la Casona, no te preocupes, marchamos, en cuanto la tierra la de descanso. Las fincas, hermana, no valen nada, solo la casa, que tiene porte, aunque no te sorprendas, cuando la veas; no estará como en tus recuerdos. El parterre del jardín, ahora es un tejido de brozas secas que fenecen junto con el resto del arbolado. Sin los cuidados que merece, amacerado por la desgana y el poco tiempo que la atención a madre me dejaron,  pereció el viejo lustre, junto a mis ganas. Los limoneros, y el magnolio, que bien recuerdas, son meros escajos, que nada dan. El mecedor, que amparó tardes de amigas, confesiones y cotilleos, junto con las sillas, del velador, yacen desportillados, sin mano que amanse su decrepitud. Así las cosas, podemos escapar de esta caduca vivienda, o intentar entre las dos, fortalecer un espíritu que nazca nuevo. Como el reencuentro.

 

Ella sigue ahí, la mirada cada vez más perdida, ya sin fuerzas. No  temas, no se repone, eso seguro, emprendió el camino a la muerte, no hay vuelta atrás. Don Fausto, se asombra cada día, de que siga viva. La llama: “fuerza telúrica”. No sé muy bien si quiere decir algo bueno o no, más bien lo segundo, viendo su sorna. Y no, hermana, no des aire a tu imaginación, el doctor está bien casado. Mantenemos una cordial confianza y complicidad en asuntos como la poesía, la música (amante, como yo, de Verdi) Ha supuesto, en todos estos aciagos años, el único soplo de aire que entraba en la Casona. Tan solo eso, no imagines. Con él, me atrevía a dar algún paseo, sin que ella aullara, por el respeto que le tenía. Aunque luego, me hiciera pagar, conforme el tiempo del abandono.

 

Estaré pendiente del teléfono para ir a recogerte en tu llegada. Es posible, como dices, que verte  aquí, en mi amigable compañía sea su mortaja. No lo deseo, hermana, no vayas a pensarlo, pero no te niego que estoy cansada del constante sansirolé de medicamentos, sondas, sangrías, del olor a orín y a guano que impregna la casa entera. Estoy cansada, hermana, con gran deseo de tu llegada, de abrir ventanas y ventilar. Labraremos un futuro en los cimientos de unas vidas maltrechas por la fortuna, pero engrandecidas por la enseñanza y la soledad. Como antaño, hermana, soldaremos la voluntad de estar juntas, apoyándonos en los años que nos quedan por vivir, que algo me dice serán muy buenos.

 

Un gran abrazo.  En espera de tu llegada.

Tatiana

 

 

 

Fin

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.