Ensoñaciones

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La primera vez, vi su figura mutilada por los visillos del cuarto que ocupaba. El fugaz pitido de un coche veloz que atravesaba la avenida me desperezó de un día que se había ensanchado más de lo prudente. Sobresaltado, miré por la ventana, sin descorrer del todo las cortinas que alejaban las miradas de vecinos curiosos o de mis propios ojos, lacerando el estío de una tarde cualquiera. Una figura alta, sesgada por el frio, cruzaba la calle, en el mismo momento que yo la contemplaba. Enjuta, enlutada, indiferente a todo lo que no fuera sus propios pasos y lo que llevara en la mente. Llevaba el pelo recogido en la nuca, con hebras blanquecinas que apenas suavizaban el zaino de un pelo que retozaba por su frente con ondas insumisas, aplacando una mirada de hielo, como si llevara en los ojos un telón, alejándoles del tiempo en que osaban vivir.

 

Se me quedaron los ojos colgados de aquella figura que avanzaba con paso rítmico, meciendo, en suave bamboleo, unas escasas caderas que daban paso a unas piernas muy largas, vestidas también de luto. Los ojos se me fueron  detrás de su figura mientras se diluía en el camino; en las manos llevaba un bolso apretado, como si quisiera poseerlo con  fuerza. La cabeza distante, mirando al frente, sin ver nada más que lo que tuviera en esa mente que apenas traslucía en su presencia. Sería el porte,  el andar pastueño y señorial, o la indiferencia que mostraba, como si la vida no tuviera ya nada que decirla, pero me quedé mirando su persona hierática, segura, con arrobo. Y con curiosa incertidumbre  espié sus pasos, atravesando las cortinas echadas que velaban mi mirada.

Se fundió en el camino, hasta ser casi una línea oscura en la distancia. Aparté los ojos, entré en el cuarto, me puse a mis quehaceres y casi olvidé la visión de aquella mujer que caminaba por mi calle.

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Una mañana, lucía un sol descarado y radiante, que me hacía entrecerrar los ojos, y maldecir no haber bajado las gafas de sol, por lo fútil del viaje. Iba a por pan al kiosco de la esquina, por tanto, mi indumentaria y mi propia presencia estaban impregnadas de  la banalidad que se muestra en la casa, cuando nadie nos ve, cuando no queremos agradar, ni buscamos aprobación, solo la dulce comodidad de lo visible. Llorosos los ojos, apenas repararon  en una mujer alta, con la que casi choco. Musité un entrecortado: “perdón”, mientras mi mirada  se deslizaba por la figura enjuta y espigada con la que había chocado. De pronto, di un respingo: era ella, la vislumbrada aquella tarde desde casa, el día de mudanza, cuando mi  hogar no era más que un amasijo de enseres desperdigados y muertos, por rincones. La mujer de negro que caminaba prieta, con la mirada fija en otra parte. Hoy, en cambio, no vestía luto, recuerdo que fue lo primero que me desconcertó de su figura. Llevaba un vestido color hierba, ajustado a su cuerpo, ciñéndolo como guante al que desbordan sus costuras, calzaba  tacón fino, que hacia sibilina su figura; en la mano un pequeño bolsito,  simulaba más bombonera que objeto de uso. El pelo, lo llevaba suelto, con un desparrame que lamia la espalda con afecto, ondulado, con  las hebras que clareaban el circunspecto moreno. Los rayos del sol irisaban ese cabello, lo hacían brillar casi con rabia. En la cara, la boca iba emparejada por una mueca de desamparo o de amargura, y los ojos de un color indefinido, quizá verdosos, con motitas de mica, brillaban sin decir nada con ellos.

 

Me  contempló largo, ante mi estúpida mirada, y mis palabras que musitaban torpes disculpas;  no cambio el sentido de sus ojos, al contrario, los posó en mí como pozos vacios sin ninguna presencia, ni pregunta, ni nada,  contemplando hastiada a alguien que chocaba con ella. Siguió su camino, mientras yo contemplaba su marcha con la dulce sensación de querer conocer más, de penetrar en el misterio de esos ojos vacios, que quizá llevaran la templanza en el alma. Suspiré con la incertidumbre de haber cruzado el paso con alguien que quizá hubiera vivido los sueños y al despertar quisiera volverse al sueño, y no abandonarlo nunca.

 

Compré el pan y quizá algo más que olvidé, salí de nuevo a la calle, encaminé mis pasos, tras los de ella, por el mismo camino que viera que siguió, por si los adoquines me contaban su historia o pudiera toparme en cada esquina con retazos de una mujer que parecía muerta.

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En vano, ese día di vueltas, buscándola en calles adyacentes. No apareció, ni en los días siguientes. Cuando otra vez la tenía casi olvidada, una voz metálica, como si fuera sonido de roca, sonó a mi espalda:

-Señor, puede apartar la moto de mi puerta- dijo, mientras  me volví hacia atrás enfrentándose mis ojos de nuevo a un rostro ajado pero no menos bello, o quizá más, por eso.

-¿Cómo dice?, perdone-

 

-Si puede ayudarme a cambiar esta moto, no puedo entrar en mi portal, con esta carga que llevo-

Me di cuenta que acarreaba un bolsón completamente lleno de viandas, asomaba por él un pan, manzanas verdes, el cuello de una botella de vino, y pequeñas cosas que completaba su contenido al máximo.

-Sí, lo intento, deje, no se preocupe-

Contemplando el amasijo de la moto;  no sabía ni por donde cogerla. Nunca  fue mi especialidad las demostraciones de fuerza, ni el aplomo, pero era menester que hiciera algo, ante la mujer de la bolsa.

 

Empujé con ahínco, desplacé el cabestrillo, y como mal pude, conseguí apartarla de la entrada  del zaguán,  enfrente de mi casa.  El portal, mostraba un empaque trasnochado, con obscenos desconchones en la pared estucada de algo parecido a un gris aplomado y opaco. Una escultura a modo de lámpara presidia el recinto; a un lado, la puerta agranatada de un ascensor moderno, que rompía el hechizo de un espacio casi decimonónico. Las escalera, se mostraban al frente, majestuosas, de granito, coronadas por un balaustre de mármol, con pasamanos dorado, con manchurrones y veteado de oxido, pero que no conseguía quitarle empaque.

 

 

 

Se disponía a entrar en el ascensor, cuando como un rayo, me cruzó una idea por la mente.

 

-Deje que la ayude, por favor, va muy cargada-  dije, echando mano a su bolsa.

Ella paseó la mirada por mi cuerpo, con cachaza, como si analizara con detalle lo que veía. Debió pensar que no había nada ofensivo en mi presencia, o calibró con claridad mi escasa anatomía, tendiéndome la bolsa, con una mueca, que alguien experto en mímica podría interpretar de  sonrisa. Los ojos seguían hieráticos, espesos, huecos de vida.

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Tomé la bolsa que me extendía  con mi mano libre, en la otra llevaba un periódico, recuerdo que pesaba como si estuviera completada de plomo. Hice como si tomara una pluma, disimulando el esfuerzo, encaminé mis pasos hacia el portal, seguido de su presencia que todo lo colmaba. Adelantó la mano, llamó al ascensor, mientras yo aferrado a la bolsa,   hacía como si fuera un hecho cotidiano, el ayudar a la mujer con su compra, y acompañarla a casa.

 

-Puede dejarlo ahí, en el ascensor- dijo, hablando a mi espalda.

-No se preocupe, no tengo prisa, la ayudo hasta arriba- dije, temeroso que me diera un bufido para que dejara su soledad reposar y se volatilizara, como las otras veces.

 

No dijo nada. Abrió la puerta, me dejó entrar, luego de una sola zancada, entró ella., Pulsó el sexto, me fijé bien, aunque mirando de soslayo, no quería mostrar la expectación que corroía mi mente. Esa mujer guardaba más vida en su memoria de la que yo pudiera vivir en cuatro mías, es lo que pensaba mientras con pesado chirrido nos elevábamos hasta la casa.

 

El zumbido lento del ascensor nos sumió en un silencio sazonado de dudas, mientras yo observaba su presencia casi pegada a mí. La piel, estaba ajada, como si fuera hoja de árbol en otoño, mostrando un color acenizado y opaco. Un mar violeta surcaba su mirada, sumiéndola en un matiz de sueño. El paréntesis que rodeaba su boca, se horadaba hacia abajo, pero no podía disimular unos labios aun jugosos, que quizá besaron demasiado y sonrieron poco. Llevaba una blusa liviana, que se dejaba mecer por unos movimientos sutiles, casi inexistentes, mientras desprendía un aroma afrutado, que rodeo todo el habitáculo, haciendo la subida placentera, casi fantasmagórica.

 

Llegamos,  se adelantó para sujetarme la puerta mientras yo salía y esperaba,  después se dedicó a hurgar  en el bolso, buscando el manojo de llaves que presto sacó. Seleccionó la de casa, la introdujo en la puerta, mientras yo rebuscaba en mi mente, un dialogo, palabras precisas y brillantes que prolongara mi presencia.

-Puedes dejar aquí la bolsa, te agradezco mucho tu esfuerzo- me indicó nada más entrar.

-Si quiere la ayudo a colocarlo- dije torpemente.

-Ya has hecho bastante, gracias- contestó lacónica, pero sin rastro de incertidumbre.

-No importa, tengo tiempo-

-¿No trabajas?-

-Sí, en casa, soy escritor. Periodista free lance y escritor-

-Ya, eso explica todo-

Comenzó  a sacar las cosas de la bolsa, que deposité, por indicación suya en la mesa de la cocina.

-¿Todo?, ¿qué explica?-

Me intrigaba la superposición de pensamientos.

-El que estés a estas horas por ahí, el que salgas a buscar el pan y el periódico, cuando todo el mundo está trabajando, el que te choques con mujeres a unas horas que cualquier ciudadano trabaja- dijo, esbozando una tenue sonrisa que dibujó unas rayas verticales en su rostro.

-Mi trabajo es diferente, pero es un trabajo-

Maticé con cierta desazón, no exento de mala conciencia.

-No lo dudo- me dijo, indiferente a mis maquinaciones.

 

Siguió sacando las  viandas de la bolsa,  decidí colaborar como forma de prolongar mi tiempo con ella, mientras observaba la cocina y la entrada. Era una casa que aparentaba un lujo caduco y trasnochado, con una cocina impolutamente blanca. Los azulejos  trepaban hasta el techo, donde lucía un fluorescente, ya que la ventana apenas dejaba entrever la luz matinal. La entrada de la vivienda, mostraba un suelo alfombrado de una moqueta oscura, matizada de amarillos raidos por pisadas y tiempo. En la pared colgaban fotos antiguas: un señor con bigote,  varias con sonrientes niños de épocas pasadas. Un arcón que debía contener un zapatero, y un paragüero con dos paraguas, como olvidadas reliquias de un invierno impreciso, conformaban la entrada.

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Acabamos de colocar el contenido de la bolsa. Se volvió hacia mí, los ojos seguían huecos, como pozos de una inmensa profundidad que nada decían, me contempló con una curiosidad mechada de indiferencia. No había en ellos sorpresa, incertidumbre, ni duda, solo una profunda oquedad sin interrogantes.

 

-¿Quieres un café?- dijo, mientras manipulaba una cafetera plomiza y repulida.

-Sí, si lo hace para usted y me acompaña, encantado-

Hablaba apoyado en una mesa de formica amarilla, con los bordes mellados y las patas de acero moteadas de negruzcos lunares, esperando la indicación para sentarme.

-Ven al salón, y espera-

Tomó  mi mano, encaminándome a una estancia que se abría al pasillo, con amplios ventanales que daban a la calle. Descorrió la cortina de una cretona ruda, que impedía que pasara la luz, dejó la estancia atenuada por la tibieza de unos visillos que atenuaban el descaro del sol de mediodía, producían una liviana ingravidez que invitaba a sentarse.

 

 

-Siéntate ahí, ahora traigo el café-

Abandonó  la estancia, dejándome huérfano de una presencia que comenzaba a añorar.

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Dejé que mis ojos pasearan por la estancia, enjalbegada de libros que lucían sus lomos descarados, a mis ojos. Un cuadro de una mujer  apoyando una mano en un sofá, que bien podía ser el que yo ocupaba ahora,  vestida, con un ligero vestido negro, con velo en la cabeza; contemplando su rostro me quedé un tanto perplejo. Una cara que tan parecida a la mujer que trasteaba en la cocina, que bien podía ser la misma con muchos años menos. Una larga melena se traslucía por el velo, los ojos chispeantes de vida y de esperanza, mientras una leve sonrisa alegraba un rostro juvenil, sonrosado. Debía ser su madre, o alguien muy cercano porque el parecido era grande, solo difería la época de la ropa, la frescura juvenil de las facciones. Ensimismado contemplaba la pintura, mientras una voz metálica me interrumpió la mirada y el pensamiento.

-¿Le gusta ese cuadro?-

-Sí, es fascinante el parecido, ¿es su madre?-

– Sí, podríamos decir, que sí –

Mientras, ponía una bandeja sobre la mesa que tenía enfrente. En ella, había dos tazas, blancas, con alguna desconchadura, una cafetera que casaba con ellas, y sendas cucharillas.

-Si quiere  leche sírvase, yo lo tomo solo-dijo, sentándose a mi lado.

-Yo también-

Me sumergí en su rostro;  de vez en cuando trasladaba mis ojos al cuadro, examinaba las minucias que pudieran diferenciar a ambas mujeres, intentando encontrar las diferencias que el paso de los años había ejecutando en la mujer que tenía ante mí. Dejando el espíritu, pero perdiendo el vuelo de una mirada viva, de una sonrisa alegre, mostrando un rostro, el de ahora, surcado por la vida.

 

Tomó mi mano, como se toma la de un compañero de juegos, con desgana, casi con desamparo, mientras sus ojos jugaban a escapar de los míos. Yo turbado, mostraba una sumisa deferencia a la vez que dejaba mi voluntad en ella. Con la otra mano, acarició suave, como si fuera pluma en vez de mano, mi rostro. Pasó la punta de sus dedos por todas mis facciones, como si quisiera verlas con el leve aleteo de sus yemas. Retiró el pelo, que nublaba mi frente, y de pronto, poso sus labios en los míos,  primero sorprendidos,  luego hambrientos devolvieron un beso que la emoción me hacía más apetitoso.

 

Las manos se desataron en caricias, en la búsqueda de una piel que rozada parecía que se quebrara al paso de mi mano hambrienta y de mi boca. Sus ojos abiertos, parecían sorprendidos y obscenos en su desamparo. La tomé en mis brazos poco después,  la conduje a lo que su mirada me mostraba como el cuarto donde podríamos poseernos con tranquila pausa.

 

 

Fueron horas, o quizá días los que estuve entre las sabanas de hilo que desprendían un olor a lavanda, mezclado con el sudor y los efluvios de unos cuerpos que no se hartaban de  encontrarse en una mutua soledad, como si desde siempre nos hubiéramos buscado en el bosque de una maraña de vida, entrecortada de historias, de voces que no nos pertenecían. Como si llegáramos a puerto seguro, al encontrarnos.

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Era de noche cuando abandoné el portal, saludé con la mirada a  la escultura de mármol, cuya mano alzada portaba una lámpara macilenta que envolvía de grisura las paredes, afantasmando el resto del recinto. Volví a mi casa, y durante toda esa noche me mantuve alerta, escribiendo, haciendo que las manos volteasen un teclado que hasta entonces  estuvo yerto de ideas, vacío de historias, cuya presencia me atenazaba con cada mirada, pensando que nunca más volverían a mí las palabras que alimentaban mis novelas.

 

Escribí sin parar durante horas, como antes la amé, sin prisa, dejándome fluir, muriendo entre sus piernas, deslizando mis manos por sus senos, como un naufrago se adhiere a un salvavidas. Alimentando mi boca con la suya,  vertiendo el placer en su cuerpo, como si fuera el último momento de mi vida y quisiera pertenecerla todo. Así escribí, como un poseso en periodo de crisis. Brotaban las palabras por mi mente, en directo contacto con mis dedos, que raudos se vertían en el folio, dejaba la virginal blancura llena de vidas y de palabras enfebrecidas.

 

Las primeras luces del alba entraron por la ventana. Agotado, exhausto, espesada la mente con lo vivido, con lo expresado, me dejé caer en la cama, vestido, calzado, con el aroma aún de su cuerpo impregnado en el mío. Así me despertó el mediodía, cuando las voces de la calle se imponían al silencio de una estancia en la que aún volaban las ideas. Mientras desperezaba mi cuerpo sentí un hambre atroz. Hambre de comer y hambre de ella.

 

A tropezones, me duché, casi con pena, deje que el agua y el jabón borraran las huella de sus manos, de sus besos de su sudor y casi de sus lagrimas, pero esperaba pronto, volver a tenerla entre mis brazos, no dejarla salir de mi vida ni un momento, porque me daba cuenta que una especie de veneno me  atravesaba el alma entera, haciendo que necesitara su cuerpo como antídoto.

 

Comí algo, mientras me vestía, apresurado, por volver a encontrarme con ella. Salí raudo de casa, paré en una esquina de la calle. Una vieja vendía unas flores medio marchitas, pero en la vorágine de la emoción me parecieron bellas. Compré varias, las apreté entre mis manos y encaminé los pasos hacia el nido que dejara hacia unas horas, pero que el ansia me lo hacía añorar como si fueran años.

 

Subí en el ascensor,  mientras mis piernas temblaban con su ausencia, y la incertidumbre de su intuida presencia. Al llegar a la puerta, llamé,  el timbre estaba mudo. El silencio respondió a mis llamadas, aporreé la puerta. Nada. Con saña seguí dando golpes y más golpes, mientras mi emoción se iba tornando en miedo, casi en desespero, por si la felicidad entrevista entre una piel y unas sabanas de hilo se tornara espasmo deslucido de espera.

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Me dolían los puños de tanto aporrear la puerta. Pensé en llamarla por su nombre, dándome cuenta que no sabía ni siquiera como se llamaba. De pronto la puerta de enfrente se abrió, dejando pasar la luz por ella, dibujando el contorno de  una figura de anciana que se asomaba.

 

-A qué viene tanto escándalo, ¿por qué aporrea la puerta de esa manera?- dijo mirándome con cierta censura.

-Estoy llamando y no me oye, no funciona el timbre-

Contemplaba a la vieja desde dentro de mi desolación.

-Con razón no contestan. No vive nadie-

-Sí que viven. Una mujer vive aquí, yo  la conozco-

-Lo dudo, joven, la última vez que  vivió alguien en esta casa, fue la señorita Azucena, con su marido y su hijo, hace muchos años, hijo –

La vieja,  me contemplaba con unos ojos saltones y extraños.

-¿Quién es la señorita Azucena? Me refiero  a una señora, de mediana edad, morena, delgada ayer le subí la compra-dije azorado.

 

-Imposible, hijo, no vive nadie. Esta casa lleva cerrada más de  treinta años. Tengo las llaves, hace años me las dejaron por si la vendían, pero no viene nadie a verla. Se ve que los herederos no se ponen de acuerdo, fue una desgracia muy grande, joven. Pase, no se quede ahí, parece usted un  fantasma- dijo, franqueándome su puerta.

 

La vieja me condujo a un salón lleno de tapetes blancuzcos, a los que el tiempo les había raido la mayor parte de la tela. La tarde caía, mientras, una suave somnolencia entraba a modo de luz, por la ventana. Me hizo tomar un caldo que tenía preparado. Yo, con ojos vacunos contemplaba las escenas que pasaban ante mí, como si no me pertenecieran, como si fuera espectador de una absurda obra de teatro.

 

-Fue un drama muy grande. La señorita Azucena estaba casada con Don Antonio Burrull. Él, tenía negocios, viajaba constantemente. Ella pasaba sola mucho tiempo, quizá se le fuera la cabeza, quizá le amara demasiado, no sé, el caso es que un día él no volvió, envió una carta de despedida, que amaba a  otra, cosas de hombres, usted. ya sabe. El caso fue que la señorita Azucena enloqueció. Un día sentimos todos los vecinos un fuerte olor dulzón en el edificio, que casi nos duerme. Llamamos a la policía y descubrimos con espanto que había abierto la llave del gas, muriendo ella y el pequeño Antoñito. Fue un drama que aún recordamos con dolor. Vinieron familiares de los finados, sabe usted, y don Antonio, que cerró la casa y hasta hoy. Han pasado más de treinta años. Fíjese, ahí tengo la llave. Jamás nadie entró en la casa-

Con los ojos me mostró el colgador, donde pendían varias llaves, entre las que estaba la de la casa de enfrente.

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Al llegar a mi casa, me di cuenta que aún llevaba entre mis manos las flores compradas ese mediodía con la esperanza teñida en mi piel. Se habían convertido en  un amasijo de  pétalos escasos y quebradas, amarillentos, sin vida. Los arrojé con furia a la basura, como se arroja un sueño sin sentido. Entré en el baño, la imagen que  el espejo de bordes oxidados, mostraba, era  una cara blanquecina, con ojos alucinados, opacos, de sorpresa ante mi propia presencia, como si la vida me hubiera pasado de golpe, muy deprisa. La imagen del espejo, devolvía a un hombre con veinte años más que el que  por la mañana lucia una sonrisa enmarañada de esperanza y de sueños.

 

Volví a sentarme ante la pantalla, volví contemplar lo escrito ayer mismo. Me encontré con algo que no parecía escrito por mí, ni mis palabras fértiles eran las mías, no me pertenecían. Quizá el alma de Azucena se hubiera filtrado en mis dedos mientras desde la mente me dictara las palabras que ella no pronunciaría ya nunca.

 

 

FIN

 

 

 

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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