El viaje a los cien Universos, (comienzo de la novela)

EL VIAJE A LOS CIEN UNIVERSOSportada redes sociales

María Toca

El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es.
Marcel Proust
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A los que se fueron, a los que no estaban, a todos y a ninguno.

Dedicado a Tasio y a Juan Cañedo, ya muchos más como ellos. Como veis desde el dulce sitio donde os encontrais al fin reunidos y reencontrados, la sabia y la sangre han dado  por fin sementera al viento. Orgullosa de llevar vuestro linaje y de tener algún talento, que de ser, viene del pensamiento que labrasteis en mi mente, aunque solo conociera a Juan, y poco ; sembrasteis la semilla de libertad y amor por la palabra. Va por vosotros, perdedores de todas las vidas.

 

Para ti Luis, por siempre y para siempre.

 

Capítulo I

Lo primero que encontraron lo ojos de Clara Pacheco, en cuanto tuvo pensamiento y razón, fue una bruma densa que concentrada sobre la montaña que ponía freno al futuro, la envolvía como un suave manto, de dulzura y humedad. Un bosque cercano, circundaba la casa, y llenaba el ambiente con el rumor que hacen las hojas al crujir, mientras una suave brisa mecía los brazos amigables de los arboles que lo pueblan. En el patio empedrado y cubierto de barro de la casa, campaba un lánguido perro atado a una cadena, que ni asustaba ni imponía respeto. La gallinas ponían coro a un silencio terroso y olvidado, un hombre alto pero encorvado por el peso de los años y la vida, caminaba con una ristra de yerba en los brazos, dirigiéndose con paso cansino hacia el cobertizo donde mujía una vaca, reclamando al ternero desaparecido en pos una feria donde se hizo escueto dinero, que servía para pertrechar un hogar en invierno.
Los ojos de Clara se abrieron al futuro, pero de momento, solo tenía ante sí, el monte, los arboles, un pequeño campo sembrado con coles, lechugas, patatas y mazorcas, como amigos los animales de la casa, que en silencio y con mirada terca contemplaron sus pasos.
Nació de madrugada, cuando un grito rasgó el naciente sol que entreveía Ángela Pacheco por el ventano de la alcoba mientras el dolor desgarraba el cuerpo maltrecho de mujer , entre dientes maldijo el rato de placer que solapadamente tuvo esta consecuencia. Al tiempo, dos comadres ayudaron a nacer a la chiquilla, en tanto calmaban el alarido de la madre y templaban su frente, con paños empapados.
Al salir del vientre, la niña Clara, contempló con esmero a las mujeres que en brazos la sostenían absortas; ambas quedaron prendadas de unos ojos abiertos, perplejos que recibieron la luz matinal sin apenas parpadeo.

Nació Clarita Pacheco, con los ojos abiertos de par en par; no lloró, no sopló, contempló el mundo con una mirada acharolada y curiosa ; posiblemente la gustara lo que vio, aunque se la quedara corto. Mientras la partera la adecentaba para presentarla al abuelo, las comadres seguían con curiosa perplejidad los vaivenes de la casa, contemplando la cara amarga por el recuerdo, quizá, del que se fue, de Angela.
Los ojos fijos, quietos, de la chiquilla terminaron asustándo a la partera, por la precisión con que la niña la escrutaba en silencio, como si llevara demasiado tiempo a oscuras y quisiera ver sin perderse nada de lo que pasaba ante una mirada curiosa. La comadre sabía que los recién nacidos no ven, pero habría podido jurar que la niña que tenía entre sus manos, cuajada de sangre y restos de placenta, contemplaba el mundo y se enteraba de todo lo que acontecía. Así lo contó años después, cuando ya Clara Pacheco estaba muy lejos. Comunicaron al abuelo la feliz nueva y la particularidad de la naciente. El absorto en las tareas de la casa, alimentando y ordeñando las vacas, poco tiempo tenía de contentar la curiosa presencia de la nueva habitante de la casa. Cuando entró en la alcoba de la hija, la pequeña yacía entre toquilla y manta en una desvencijada cuna que había servido antes a otros. Los sonrosados mofletes, la mirada vidriosa y un cierto desamparo, conquistaron al viejo, que se dijo a si mismo, que hoy las tareas podían esperar.
-Ha nacido ya, es niña, sin llorar, con los ojos abiertos como platos, como si viera el futuro por ellos. Ha de ser algo grande esta chiquilla, se lo aseguro, Aquilino -dijo la que hacía las veces de ayudante de la abuela, curandera de vivos y de animales, partera cuando terciaba y siempre escrutadora del mundo donde se movían. -Con tal que viva y esté sana me conformo; lo de ser algo, se verá- contestó el prematuro viejo atisbando el tropel que las mujeres recogían en la alcoba

. -¿Cómo van a llamarla? -preguntó la comadre. -Clara, Clara Pacheco, se va a llamar -contestó Aquilino, el abuelo. -¿Y a fe de qué se te ha ocurrido ese nombre, padre? -preguntó la madre, con la voz débil. -Se me ha ocurrido ahora mismo. ¿No decís que nació con los ojos abiertos? Y al amanecer, pues Clara, se llamará-dijo el hombre, alejándose para dar unas brazadas a los animales que mugían sin piedad en el establo. No estaban muy convencidas las mujeres de la casa, con un nombre foráneo, pero fue el abuelo quien asentó a la chiquilla en el registro, y ése fue el nombre que la puso de por vida: Clara Pacheco, con ese nombre entraría en el mundo y se manejaría por él. Con el correr de los tiempos, descubriría la pequeña que heredó de su abuela Aurora el poder de sanar con las manos o, al menos, producir paz con ellas, con la levedad de su gesto acariciador. De muy pequeña la acompañaba en la búsqueda por los montes de hierbas, raíces y semillas que curaban los males del cuerpo y de la mente. Aprendió esos poderes que más tarde la darían de comer, unidos a algunos más que fue asimilando en el correr del tiempo. Sus manos, su mente y ese salvaje gusto por la libertad, labraron la personalidad y también una vida, como un cantero esculpe la piedra.

La abuela, silenciosa y opaca como la tierra que los arropaba, mostraba las plantas, y ella con sus ojos punzantes observaba cómo la vieja curaba roturas, esguinces y los males del alma a los que la medicina no llegaba, pero sí las manos nervudas de la mujer, que con sus silencios y miradas descubría las dolencias del cuerpo y de la mente. Clara asistía a ese aquelarre de prácticas silenciosas y clandestinas, como si de ellas dependiera la vida de los vecinos que reclamaban las prácticas de la vieja Ángela. Eran mundos lejanos de la civilización y hasta de Dios. Unas vidas encerradas en los montes, que tenían por techo las nubes muy cercanas cargadas de agua. Sin la mano diligente y precisa de la abuela Pacheco, el dolor y la enfermedad hubieran pastoreado por la zona con más contundencia; su diligente sabiduría era legendaria en los valles cercanos y, durante años, peregrinaron gentes de variados lugares para recibir el auxilio de sus emplastos y manipulaciones. Eso iba aprendiendo Clara mientras era muy niña, cuando aún no sabía que el mundo se prolongaba detrás de las montañas en las que vivía. Hasta que la historia rugió y les alcanzó la muerte, el miedo y el desastre. Clara Pacheco era hija de Ángela Pacheco que en mal día conoció a Eusebio Puente no se qué… Nunca supo más apellidos de su padre, pero tampoco la hizo falta. El amor y la pasión nublaron la mente de la pobre Ángela en un tiempo de cólera y miedo en el que amar a deshora estaba muy mal visto. Eusebio Puente iba de paso, de pueblo en pueblo, como marino de secano, regando con palabras bonitas, canciones de amor y muerte a las mujeres sedientas de vida en aquellos pueblos montañosos.

En cuanto Ángela se dio cuenta de que su sangre no salía con la frecuencia de otros meses, lo supo. Supo que había engendrado un ser, a los pocos días notó un rugido de las tripas, a la vez que el vientre se la convulsionó: era una señal de vida, un pequeño ser que estaba dentro con ganas de vivir. Pasaban días en que se quedaba quieta, como si no tuviera un habitante su seno, para de pronto convulsionarla con un vaivén imparable. Cuando Ángela comunicó a Eusebio Puente la buena nueva, le faltó tiempo a éste, para coger sus pocas prendas y salir huyendo hacía otros lugares donde encontrar a nuevas Ángelas Pacheco a quien contarles los avatares de sus viajes, cantarlas al oído las viejas coplas y seducirlas en tardes aburridas de estío. A la niña Clara no se la oía llorar, salvo un día que por un viejo camino alguien estampó una piedra contra un muro. El estrépito fue de tal calibre que asustó a la pobre Clarita, dando rienda suelta a un llanto seco, agudo, preciso como aullidos de animal herido. Horas estuvo aullando, el pueblo entero pasó por casa de los Pacheco para ver a la niña en su sonoro desatino. Fue una expectación. Desde entonces se sabe que lo único que hace que Clara Pacheco se irrite son los ruidos violentos. Con los años y el raciocinio fue controlando ese dislate, pero nunca la abandonó del todo. Su mundo era feliz cuando el silencio lo embargaba. O, más que el silencio, los ruidos de la naturaleza que en sana armonía velaban sus pensamientos en la tierra que la tocó nacer. Tiene suerte Clarita: en su pueblo hay poco ruido. El de los pájaros, el rumor del río, suave y cantarín en verano, bravío y descollado en invierno. Los sonidos imprecisos del monte, con sus animalillos que pululan bajo la vista de los hierbajos. El soplo de viento cuando mece los árboles en suave murmullo que unifica todo lo anterior dando lugar a una sinfonía de sonidos que en los oídos de la niña Pacheco sonaban a brisa y seda. Esa melodía fue la que Clara Pacheco añoró durante toda su vida. Los sonidos del monte eran el idioma que entendía a la perfección; muchos años después cerraba los ojos intentando oír los susurros de las hojas al ser volteadas por el viento, el agua discurrir por senderos y el pedregal caer al paso de las bestias. Subir, alto, tumbarse en la tierra húmeda, cerrar los ojos hasta fundirse con ella, mecerse en las hojas secas, deslizarse como un caracol por el tronco de los árboles. Ahí está en paz, donde no ve ninguna mente, ni oye sonidos de los demás, solo se desliza por la vida como un sueño plácido. Envuelta en la suave nebulosa que levantan sus montes repletos de humedad y vida. El día a día es más duro, a veces se cruza con vecinos que la evitan con reparo. Ha corrido la voz que la niña Pacheco, la que nació con los ojos abiertos, puede leer las mentes, oír sonidos lejanos y ver más allá de lo que mira. Si se cruzan con ella en solitario por algún camino, esa mirada profunda y oscura de los ojos de Clara los hace temblar; en sus mentes se forman fantasmas engordados por las palabras desconocidas y no dichas. Los vecinos temen que adivine sus secretos, que escuche las conversaciones que mantienen, que herede de la abuela los poderes difusos que tienen los Pacheco desde lejos.
Para Clara, los pensamientos ajenos, son sonidos lejanos e inconexos que nada la interesan y que la agotan, pero están ahí, entremezclados con los ruidos de la tierra, no puede evita oírlos. Intentó su madre mandarla a la escuela de niña, vana tarea. No había nada que la interesara en los libros de entonces. Incapaz de aprender lo que la maestra enseñaba con esfuerzo, adivinaba los comentarios antes de que se produjeran, las maldades y los deseos de los compañeros que aprendieron a apedrearla de lejos y a temerla de cerca. Nada interesaba a la niña de los conocimientos que se enseñaban en la escuela del pueblo, era mucho más apasionante para ella el aprendizaje que la daba el monte. Allí leía la bruma, escuchaba los pájaros y el rumor de los árboles contoneándose a su paso. Pronto la madre la sacó de la escuela. A empellones y pedradas la descoyuntaban de mala manera, Clara no se quejaba, no decía nada, cuando llegaba sangrante a casa con la cabeza molida y los palos marcados en la espalda, sonreía beatíficamente como si de carantoñas se trataran los empellones de los animales humanos que habitaban aquellos lugares donde residían. No sentía apenas el dolor, no gritaba ni se rebelaba, pero Ángela Pacheco temía que de tanto descalabro un día habría una desgracia irreversible. Por lo tanto, la dejó en casa, al abrigo del cariño de los abuelos, de ella misma, de los animales que cuidaba y con los que se comunicaba como nunca lo hacía con los humanos. Creció Clarita…

 

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Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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