El Vestido

Referir aconteceres que llegan a la memoria forzados por resuello ajeno, es harto difícil. Una busca la forma de dar vueltas con  el cuento adentro,  intentando encontrar plano y ensamblado que  hilvane, de forma coherente, o al menos con cierto decoro, la historia, que aunque vivida en primera persona, se fundió entre las nubes del olvido.

Reconozco que  anduve con ella a cuestas durante días, bien es verdad que el devenir de estas jornadas fueron harto complejas, tuve que enfundarme en buzo que tenía olvidado para tomar la batuta que llevaba abandonada un tiempo. Justo el que vagaba por el desafuero de un dolor mal apagado. Por tanto, aunque la literatura, o la mera ambición literaria, es amante celosa, oclusiva, posesiva, intenté eludir la historia, hasta que al final, derrotada por la insistencia con que volvía al recuerdo, llamaba a la puerta de la creación, mugía con lloro de neonato para que le diera vida, se me salió por los dedos y aquí ando, en tan ardua tarea de recordar algo que me recordaron, cuyo personaje es un vestido…Y no un vestido cualquiera, no, ni uno de fiesta, no. El personaje de mi cuento es nada menos que un vestido de novia. Aunque las vivencias son personales, los recuerdos no son míos, que vinieron de mente amiga  como equipaje de retorno a mi vida.

 

Dedicado a mi querida Gema Bouzo, por traer ese recuerdo perdido, a mi memoria. Una de las utilidades de los amigos, es esta: recordar retazos de vida, conformar las pinceladas de ese cuadro que llamamos vida. Nacernos a nuestra memoria. Gracias Gema, por tanto.

 

 

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El Vestido©

 

El coche emprendía  la cuesta con el esfuerzo esgrimido en escalas mayores. La ciudad de Villamar, es abrupta en subidas, bajadas, badenes, desencuentros y curvados ensanches que atendieron a la furia inmobiliaria más que al acomodo vecinal o al simple decoro de hacer una ciudad bonita. La cuesta, pindia, se curvaba en el punto más alto, justo el que se toma con el último impulso de un motor que llevaba años languideciendo. En el preciso momento, en que la conductora introdujo la marcha más corta para rebasar el  recodo, le vi. Allí estaba, blanco, resplandeciente, vistiendo a una maniquí peluscona que miraba al exterior con ojos aplanados por la desidia. Cansada de ver subir o bajar gente sin que se fijaran en su vestimenta, como oferta callejera al mejor postor. Me estaba esperando, de eso estuve bien segura, al verle. Con un grito salido de garganta de humo, hice parar el coche. El susto de los que ocupaban el vehículo se sobrepuso cuando, más que explicarles el motivo, lo adivinaron por mi entusiasmo. Los ojos desorbitados que portaba mi rostro y el dedo señalando, cual lanza, al escaparate: “es ese, es ese” dije, con emoción que entrecortaba la frase. “Es ese” repetí, tomando el brazo de la conductora para que parara.  En el coche venía, junto con la conductora, alguien más que olvidé, ambas, contemplaron mi entusiasmo con cierto escepticismo.  Me acompañaban en la búsqueda de vestido, durante unos cuantos días, los suficientes para sentirse hartas de pruebas, desalientos, desencuentros y gestos de desvarío, mientras yo me probaba  y desdeñaba a otros que no eran él. No eran el del escaparate de la escarpada cuesta.

 

Al fin se aparcó. No eran estos tiempos, que la ardua tarea de acomodar un vehículo, puede hacer languidecer las mejores intenciones. Al bajarme del coche, imantada por el recuerdo de la vestimenta, corrí hasta el escaparate. Ahí seguía, esperando la mirada que ahora le acariciaba con mimo. El cuello era redondo, ajustado, bordeado por ondulado guipour  que merodeaba una garganta dichosa. El pecho justo. Llevaba un corte,  debajo del mismo, que entallaba el seno, con el mismo guipour que el del cuello, solo que en forma de flor completa, ciñendo el talle, dejándose caer en abierto abanico hasta el suelo, paseando una tenue cola por el mismo,  haciendo suave sugerencia a un cuerpo  de contornos delicados. Con  ser bello, en su estricta sencillez el cuerpo del vestido, eran sus mangas  las que me cautivaron. Estrechas en el antebrazo, se ceñían al codo, con el mismo adorno que el seno, esta vez,  con flores más pequeñas. A partir del adorno, se abría cual campana una manga enorme, a modo de los vestido medieval. En reciente reposición teatral de las que eran frecuentes en el Estudio Uno, de la televisión de entonces, vi a una Julieta luciendo ropaje similar. Entrelazaba las manos, con las del amante Romeo, dejando caer en abanico las mangas grandilocuentes, mientras su talle se ceñía con lo escueto  del corte. Todo eso recordé frente al escaparate, mientras los que me acompañaban, llegaban a mi altura, superados por mi prisa, y mi decisión clara.

 

 

Entramos en la tienda. Los demás escépticos y aburridos, yo con el entusiasmo pintado en el rostro, sabiendo que era él. Que no me podría casar con otro diferente, porque se hizo para mí, para esta boda subrepticia y anómala. La dependienta, envuelta en el aburrido tedio de una tarde otoñal, en que nadie se casa, me contempló con un velo de aturdido tedio, en los ojos. La sorprendió mi decisión, la firmeza que mostraba. Le dije: “saque ese vestido. Sí, el del escaparate… El mismo. No, no me probaré otros, quiero ese. Da igual, si solo tienen el que está expuesto, me lo llevo. Sí sáquelo, por dios” Los demás contemplaban la escena con cierta mueca de incredulidad, mechada de sorpresa, al ver el despertar de alguien, la dependienta y yo, que habíamos languidecido hasta entonces.

 

Lo probé, más por complacencia ajena que por la mía. Cuando me lo vi puesto, el amor me creció más aún. No hizo falta tocarle una costura, ni subir bajo, ni estrechar sisa. Nada. Envuelto en finos celofanes, taciturno por dejar desnuda, por un tiempo, a la maniquí expectante,  me lo llevé ese día con la felicidad vuelta de lado.

Quince días después,  lucía la prenda una mañana de sol ensimismado, pisando las hojas de una entrada de iglesia, adornada con flores, del brazo de mi padre, macerando la emoción con una marcha nupcial interpretada por genio local y amigo.

 

El cómo llegó ese mismo vestido, que lucí en boda, con militar sin cargo y carácter leonino, a arropar las actuaciones de drags- queens locales es historia que nos llevaría tiempo, y que prometo cuando sea  viejita, contar. Quizá fue desagravio, quizá fue venganza ciega, la que me dio el impulso para regalarle, pasados varios años del primer encuentro, a los que hacían de la farándula, vida; de la trasgresión, forma de respirar, en una España vieja que despertaba de un letargo de décadas. Una suave venganza me impelió a tomar la bolsa desvencijada por el polvo y los años, del altillo del armario, llevárselo en ofrenda a aquellos personajes que poblaban mis días entonces. Con perplejidad asistieron al obsequio, insistieron que les parecía demasiado, entregar en ofrenda el vestido que lucí en uno de esos días, que la propaganda, anuncia como el más feliz. Insistí. Era un desagravio. Ese vestido no podía lucirse en mejor sitio que en un escenario, enfocado de luces, moviéndose al son de caderas falseadas, cubriendo unos globos a modo de senos. El vestido, merecía la caricia solapada de tantas miradas como le lanzaría un público fiel, entregado a la loca nocturnidad preñada de sueños y de libertad. Lo que no mereció es ser deslucido por las manos que lo desprendieron la primera vez. Eso, juro, que no lo merecía.

Desde entonces, creo, que lució esplendores por variados escenarios, haciendo mofa, befa y escarnio de un sacramento que tan mal me sentó.

 

 

 

FIN

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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