El Paseo sanador

El día se prestaba. Veinte grados marcaba el termómetro, poco que hacer y algo que pensar, por tanto, una vez realizadas las compras más urgentes, repasada la ciudad con sus calles aglomeradas de gente presurosa de camino a los últimos regalos, los pequeños escarceos de la próxima cena navideña, me encamino a la costa.

Decir en mi ciudad: me encamino a la cosa, es hacer oximorón, pero lo hago como forma literaria, ustedes me entienden. Vivo en una penisulita en que el mar hace presencia constante. O se ve o se huele desde cualquier esquina, por eso tenemos tanta fijación con él. El espejo de la bahía es compañía  constante en la mayor parte de la ciudad. En mi caso más, porque forma cuadro permanente en mi casa. Desde las ventanas delanteras la veo de continúo, jamás bajo las persianas (a menos que  trombas de agua feroces me lo pidan) para pasear mis ojos a cada momento por el espectáculo cambiante de la bahía,  mientras vivo dentro de casa. Fue sueño perenne tener una casa con los ojos abiertos hacia  ese prado de agua tranquila y variable como animo de amante. El deseo se cumplió con creces, puedo jurarlo.

Hoy, en cambio, necesitaba mar bravo. Ver las olas rompiendo y besando cual fiera amante las rocas abruptas de la costa cantábrica es, en mi ciudad,  espectáculo y terapia posible y gratuita a cualquier ciudadana a poco que camine. Sí, es privilegio concedido a las chicas buenas, quizá por eso tengamos que pagar algún diezmo en otras esferas de la vida. Y saber apreciarlo, claro está. Yo les juro que lo sé. Aprecio y valoro este mar que nos rodea por todas partes menos por una, desde que en los lejanos años en que el alma era habitada por la melancolía y me abrazaba la depresión con brazo infame. Tomé esos caminos que me conducían a ella, como medicamento. De forma invariable, acompañando los pasos con una sonata de Chopin, o de Beethoven, o Vivaldi, o los versos de Hernández o Machado serrateados. Incluso con  David Bowie (me suena en este momento, su Star Man), Queen, no, que vino más tarde.

Como les decía, hoy, caminando hacia la costa, dejando arrasar la vista por las olas salvajes que arrimaban su furia a las rocas indemnes a su loca carrera, me salvó sabe dios de que cosas, quizá fue que por su embrujo supe ver un camino pleno de belleza encontrado  ente las palabras escritas o las hojas de un libro. De cualquier libro. Y me salvé. Varias veces. Aún me sigue salvando, por eso en fechas señaladas o cuando intuyo tormentas me encamino, tal que peregrina con fe inquebrantable, a la costa cantábrica.

Hoy  anduve por senda cercana al acantilado, con el único arrullo del mar batiendo montaraz contra las rocas, cruzándome con algún corredor esforzado o paseanta con perro y simpatía. Un pescador con aperos en recogida me saludó afable con la sonrisa mecida por la brisa marinera que le forjó mil arrugas en un rostro tatuado por la vida. Hoy caminé como tantas veces, mientras las olas me escupían a poco su raudal de lágrimas de sal y me salpicaban de savia que revivía el alma dolorida. O magullada por algo que llamamos vida y que tiene un remedio seguro pero que alejamos con mano torpe cuando asoma por la esquina. Por eso, para espantar temores di mi paseo por la costa y les aseguro que surtió efecto. De ahí que venga a contarlo.

María Toca

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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