El paseador: II Premio Narrativa, Cultura Bajo Cinca. Finalista del Premio Internacional Hemingway.

El paseador©

 

 

 

Antonio Flores

 

Que te voy a contar hoy que no lo haya hecho ayer, Dionisio, hijo mío, que de puro hablado ya tenemos todo dicho. Tú ahí con los tuyos, en el banquito, desperdigándolos con tanta correa, apretaditos, los pobres. Yo en cambio,  prefiero soltarlos un poco, que me obedecen los chuchos, por la cuenta que les trae, porque ya saben que no engaño. Correr no puedo mucho, pero saco la vara y se quedan quietos paraos, al instante. Por la cuenta que los trae, que son muy cabrones ellos, no tengo ninguna duda, en cuanto te ven que te achantas , lo notan, y se desmandan, como todos los animales, Dionisio, como todos,  y como nosotros, que también somos así. Nos sueltan un poco y a desmandarnos, a hacer de nuestra capa un sallo. Como decía el maestro Morenito, que Dios tenga en su gloria, que era muy de mandar, muy gobernón, el maestro Morenito de Córdoba, Dionisio. ¿Te he hablado de él? Es posible que sí, porque miras con eso ojos de asentimiento, parecen lumiacos, en tu cara de luna, Dionisio, y  usted perdone por la comparación tan fea que hice.

 

El maestro Morenito, de cuantos tuve, fue el de más tronío, con diferencia, Dionisio, pero con mucha. A planta,  figura compuesta no le igualaba nadie. Desde que salía, en el paseíllo, se hacía notar. Vestía casi siempre de macareno y oro. Casi siempre, es cierto, porque a veces se calzaba el blanco con azabache, o el grana y oro. Entonces sabíamos que había conquista en las gradas, porque le quedaba muy guapo el blanco, en contraste con esa tez morena, el pelo ensortijado y azabachado que coronaba su cabeza. Pero el macareno era su color preferido, nos decía, que le iba bien a su color  amelocotonado de piel. Ya ves tú, Dionisio, fijarse en el color de la piel cuando uno se viste para morir o matar, pero así era el maestro Morenito. Y que garbo, desfilando en el paseíllo, que ya sentíamos los demás,  los gritos de las mujeres, allá en la grada o en barrera. Le decían “¡guapo!”, y “¡torero!”. ¡Cómo se lo decían Dionisio! A los demás se nos derretía el gusto solo de oírlo, y la tez se nos ponía verde, de envidia pura. Como al  Macario de Puebla Grande.  Rival, desde que empezaron ambos, casi a la vez, en la plaza y fuera. Fue el que corrió el bulo, cuando las cosas se pusieron malas para el maestro. Que se pusieron muy malitas, después. Pero al principio, en la gloria, Dionisio. En la gloria estábamos nosotros, cuando la tarde salía bien, cuando a Morenito  le cuajaba la faena. En la mismita gloria, recogiendo solo sus sobras, no te digo más, Dionisio, con las sobras de Morenito, comía un príncipe, sin duda.

Antonio Flores

Tardes como la de aquél San  Isidro, última ya de feria, con la gente cansada de ver, de aplaudir, con el sol calentando en lo alto, que se sentía en la cabeza como una furia de fuego. El día anterior el Macario había triunfado, de ley, con su tercio. Había cuajado faena, con un morochito pajizo y feo. Hizo faena, pero en frío, como decía Morenito. “El Macario cuaja en frío, Bola, (el maestro me tenía confianza, hablaba mucho conmigo), lo hace todo bien, pero no tiene encaje, Bola. No emociona, todo muy limpio, hasta el valor”. Él, en cambio ponía  la plaza en pie, Dionisio. ¿En pie digo? ¡No!, ponía a la plaza a volar de pura emoción. Porque bailaba, te juro, Dionisio, que bailaba con la muleta, le pasaba por delante, por detrás, achicaba los pies de rondón, volteaba, y el toro ensimismado le seguía como un enamorado. Y cuando desplantaba hacía la grada, era el delirio, Dionisio. El delirio total. Se iba, dejaba al toro encelado detrás, mirando como embobado con los ojos alunados corriendo tras su figura. Componía el desplante mejor que nadie, Dionisio . Entonces corrían flores, gritaban las mujeres, “¡guapo!”, “¡torero!”. El delirio, no te digo más, que a nosotros mismos nos embelesaba. Había que forzarse para no perder el ripio y estar al quite. A mí me costaba desprenderme de ese encanto, tomar los rehiletes y echarme a andar.

 

La tarde esa de San Isidro,  fue la cumbre. Cuando la puerta se abrió, que salimos todos, Dionisio, todos, a mí me cogieron en andas también,  de pura emoción se me alimentó el alma para semanas, Dionisio. No te digo más que ahora, a veces, cuando no queda nada, o cuando estos chuchos se ponen magros, echo la mente atrás y me voy a esa tarde, y alguna otra. Cuando toqué el cielo. Dionisio, porque se toca, te lo juro. Cuando la puerta se abre, cuando rielas un buen par, cuando se quedan ahí enhiestas,  el clamor sube, y es para ti, que tú lo oyes cuando acabas. Cuando las has puesto, cuando se quedan firmes y el toro alegra, muge de rabia. Voltea el testuz con aversión,  mira a los ojos y ves la furia. Vuelas, Dionisio, que te lo juro.

 

Por eso guardo y repito tanto esos recuerdos. Que no se vayan, para que no se diluyan por el recuerdo, Dionisio. Cuando me cagan a la vez varios y tengo que recoger con la bolsita la mierda perro, ¿cómo si no puedo seguir? Por los recuerdos. Me paro y digo: “¡Ey, Bola, que tu estuviste en tardes grandes, tocaste el cielo, abriste puertas, volaste por el cerviguillo de Apoderao, de Anochecer, de Sultán, de Zahino”. Y tantos otros, que ya he perdido en el recuerdo, solo nombro los más sonados. Que fueron muchos, Dionisio, muchos y grandes, en tardes de oro, toqué el cielo, también el suelo, que no lo niego, Dionisio, a fuer de sincero. Hubo malas faenas, que sí, confieso,  bastantes, pero esas las borro, guardo las otras, las que me sirven.

 

La tarde de San Isidro, la que te nombro, fue la mejor, Dionisio. Él , Morenito, estuvo pleno. Con el capote, recibe de rodillas, espalda al tendido. El toro arranca, le nombraban Anochecer, por negro, por zahíno, por moracho. Las astas fieras, con punta roma que mira al cielo, los ojos   llevan la furia de casta, engalanados con fuego y rabia. Recibe el maestro, en los medios, de rodillas, de frente al toro, luego levanta, voltea el capote al viento, enlaza verónica y el mundo ruge. Como si fueran orates, te lo juro. El público ruge de entusiasmo al ver al hombre, volteando al toro. Nosotros detrás gritando: “ Maestro, que trae peligro, mírele los ojos, maestro, que lleva furia”. Él nos aploma con la mirada, nos dice: “mierda, callarse, que visten plata”. Era cojonudo, el  Maestro, eso sí, mandaba en lo suyo, como debe ser. Callamos todos, y él enhebrando capotazos de arte. Aquí, allí, con la figura quieta, los pies muy juntos, pequeñitos como los tenía, mirando al toro, que derrotado baja la vista. Lo vi, lo juro,  “Anochecer” bajó los ojos, ante el valor de ese valiente. Por eso me dolió tanto cuando el Macario contaba cosas, y otros, de pura envidia, seguro, de pura mierda que le tenían.

Luego se volvió a la presidencia, pide el cambio, me mira a mí: “Bola, ahí te lo dejo, que me lo alegres con los garapullos. Cuaja par, ¡por dios! que el toro es guapo, hacemos faena. Hoy es mi tarde, Bola, afina el arte”. Yo le miré de firme, como a él le gustaba, que me tenía mucha ley, lo sabía yo muy bien, y no como decía el Macario. Esas guarradas, no, que me apreciaba de buena manera. Sabía que yo era serio,  me la jugaba en cada salida, que afinaba y tenía arte. Porque también se tiene arte, sabes Dionisio, y mucho valor en mi faena. No se aprecia, quizá, por ir de plata, por ser muy breve el tiempo que pasamos en el morro del toro, pero como todo en la vida, hay gente que nace para eso como para otra cosa. Como el Maestro, que cuando acabó, se quebró todo, como cabo de vela, se fue apagando. Luego dijeron…, contaron mucho, pero era lo otro: había nacido para torear, y en mala tarde se quebró el pie.735151_541688029209158_459324546_n

Salí, Dionisio, te juro,  borracho como una cuba de la emoción. Mirando al toro, oyendo al Maestro a mis espaldas: “Bola, cuaja y alegra, ¡por dios!, Bola, que hacemos tarde”. Tomé los palos, por la empuñadura. El arpón brillaba como un rayo mirando al cielo, coronado por el arponcillo como un cincel. Con ambas manos, tensé los brazos, levanté el par, llamé al morlaco, él despistaba, miraba al graderío, aun no repuesto de las alzadas del capote y del rugido del respetable. Se hizo el silencio. El sol arriba, dando en la espalda. Yo le llamaba. Él que me ve, se arranca lento, luego apresura, chocamos mirada, yo sigo oyendo la voz de atrás: “Bola, cuaja, ¡por dios bendito!”. Rielo ambas manos arriba. Había visto que el mejor era el pitón derecho,  hacía traición por el izquierdo. Me digo: “no me da la gana, voy por el otro, a lo difícil, por el izquierdo”. Me grita, el Gitano “Bola, por el derecho, que va mejor, no te despistes”. Ni caso hago, Dionisio. Estaba ausente, como embobado, como un borracho, mirando al toro. Por el izquierdo, mirando firme, de poder a poder, echo a correr, no mucho, suave. Mis manos se prolongan en los rehiletes como si fueran apéndices que las siguieran. Aprieto el paso, engarzo cuarteando por el pitón derecho, en pleno cerviguillo del toro, que como picado por tábanos de acero muge con rabia. Enhiesta la cabeza, vocea, y da vueltas sobre sí mismo. Culmino con postura erguida, como tiene que ser, pisando sobre las puntas. Luego aprieto el paso. Pasó el peligro, me acerco al chiquero, mientras la plaza ruge ahora para mí. Te juro que entonces, Dionisio, tocas el cielo.

Quedaron quietos el par, enhiestos, firmes encima, como dos velas mirando al cielo. El maestro mira, sonríe con esa facha que ponía a todo: “Grande, Bola. Has puesto un par grande. Anda a saludar, que te reclaman”. Salí a los medios, a recibir el aplauso, que te juro alimenta, alimenta el alma, siembra recuerdos que ahora aprovecho, no veo mierda, ni veo el miedo. Oigo el aplauso, cuando me quedo quieto y escucho.

Después los timbales anuncian la hora. Se  para el mundo, sale el maestro. La plaza calla. Se oye el silencio. Frente al toro, despacio, quedo, camina tenso, enhiesto el cuerpo. Caracolea frente al morlaco, engarza capotazos de arte sublime, emboba al toro, que le sigue hipnotizado, como un muñeco. En un momento, hace un amago, se oye un ¡ay!, que hiela el alma. Toda la plaza. Te juro Dioni, que toda la plaza está pendiente, de esa figura. Suena la música, que rompe el tiempo. El Maestro mira al toro, como miraría a una mujer, en caso, de que fuera mentira lo que se cuenta, que no lo sé. Enamorado, como un amante, mira a ese bicho, y él lo mira también. Arrebolados de emoción estábamos  en los chiqueros. Se oye la música, algún mugido que rompe el aire, se inicia el duelo. La danza de la muerte comienza ahora. Los aplausos rompen la música, rompen la tarde. Él, para con su mano las explosiones: “quiere silencio, quiere cordura”. Pisa un terreno que es peligroso, el Gitano, intenta gritar: “cuidado”. Le doy un toque, en plena jeta: “calla Gitano, que te mata si le desconcentras. Él sabe bien donde pisar, tiene permiso del toro, no lo ves, ¡cojones!”. Calla el Gitano, ante mi mano. Asisto bobo a la danza del Maestro. Eso es arte, eso es toreo, me digo entre los dientes. Por eso  descalcé el oro, Dionisio, porque yo no tengo el temple. Era mediocre. De oro era mediocre. Con los palos no, con esos, ¡gloria!, pero torero no pudo ser. Cada uno nace para una cosa, decía mi padre, que en paz descanse. Yo nací para banderillero, no para matador, Dionisio,  y eso no tiene vuelta de hoja.Copia de 301217_439214306139115_1247214124_n

Cambió de terció, sonó el clarín, los timbales le siguieron, hubo un respiro en el coso. Respiramos todos, el respetable y nosotros: “Cuaja faena, si mata, cuaja la tarde”, decimos quedo. Se acerca, cambia el palo, toma el estoque, nos mira, casi sin vernos, iba borracho, ahora era él, que estaba en trance. Toma el estoque. Camina suelto hacia las gradas. Allá está ella, como una reina, sonriendo ligeramente, con abanico negro, abanicándose. El pelo tirante, con moño alto, los ojos verdiazules, como el cielo. Escote amplio, mueren los senos aprisionados en una cárcel. Lo mira altiva, cierra el abanico, lo posa en el regazo, toma una flor en sus manos que alguien le pasa. Él, llega a su altura: “Va por ti, reina” la dice chulo. Ella sonríe de aquella forma, que abre los cielos, y rompe cadenas. Besa la flor que blanca se tiñe de rojo, con el carmín de sus labios. El la recoge al vuelo, a cambio envía la montera, que pasa a la fila de atrás. Ella la reclama, se la pasan, la acoge en el regazo, donde antes tuvo la flor. Él, va hacia el toro, como si le dijera: “no te celes, que voy contigo”.  Parado, quieto ha contemplado el brindis con ojos achinados de duda. Huronea el suelo cuando lo ve venir, mece las patas,  en pie de guerra. Al verlo llegar ante él, arranca a andar, suave al principio. Morenito, lo recibe, como un amante, con galanura fina, lo lleva cerca de los tendidos, quiere matarlo en zona amiga. El otro va tras del hombre, con la inocencia que da la vida de bestia, aunque algo se intuye, vela sus ojos tras unos parpados que caen cansados como persianas o como telones.

 

Mantea un poco, encierra al toro, le empuña el hierro hasta la bola. Cae  “ Azabache” como un fardo, al suelo, sale un bramido, crujen los palos, sale la sangre por una boca que expira y muere. Nos echa fuera, cuando corremos hacia la fiera: “dejad que muera, solo, tendido. Ha caído como un valiente”. Allá quedó, agachado y frío, sin descabello, sin más zarandas, muerto y tendido.

El grito fue ensordecedor, te juro Dionisio, que te lo cuento y se me ponen los pelos de punta, solo de recordarlo. Todo el gentío puesto de pie. Él, Morenito, en medio del coso, saluda y mira a la mujer, que en su regazo guarda  la montera, la abraza firme, sonríe y se levanta a aplaudir como una diosa. Él, desvaído, vuelve al chiquero. Le damos agua que se la tira toda, por la cabeza. El traje lleva sangre, y pelo pegado. Muestra segura de su valor, por más que la boca sucia de los otros dijeran cosas, Dionisio, cosas de espanto. Lava sus manos, se seca todo, mientras el gentío pide lo máximo, pide el rabo, con gritos piden. El presidente resiste, pero se cubre toda la plaza de un manto blanco, parece nieve, te juro Dionisio, parece nieve, todo el tendido volteando antorchas blancas, pidiendo el triunfo.

Se lo conceden y se forma el taco, la algarabía atruena al coso. Ha terminado, era el último toro. Con él la tarde acaba, y se oye el rugido: “que se abra”, “que se abra”. Gritan, le dan el triunfo, él mira arriba, donde está ella.  Muy quieta, sonríe y se abanica, como una reina. Comienza el desfile, de la vuelta al ruedo, flores, botijos, pañuelos, caen del cielo a su paso. Él saluda, complacido. Detrás vamos nosotros, coreando al héroe también, como borrachos de dicha ciega. Abren las puertas, lo alzan muchachos, corren con él. En un momento, miran para mí, y el Maestro dice, que yo le oigo:269250_543283922382902_293163948_n

“cogerle a él, coger al Bola, sin ese par, no hubiera sido lo mismo, alegró al toro, lo dejó pertrecho. Coger al Bola, que salga conmigo”. Los muchachos perplejos, me tomaron en andas, que te lo juro, Dionisio. Me tomaron en andas, en Las Ventas, en San Isidro. Aunque ahora me veas cogiendo mierdas y paseando perros. Salí en hombros de unos chavales, con el maestro, como los héroes. Dionisio, como te cuento.

 

Luego fue todo, una locura, de noche fiesta, no te imaginas, Dionisio, como era aquello. Se abrían salones a la voz del maestro, se abrían mujeres como las flores. Él no tenía ojos para nadie. Solo para ella, bailaban juntos, pegados, como si fueran un solo cuerpo. ¿Quién era ella?, me preguntas, Dionisio. Era una diosa. Clara Pacheco, la decían.Una real hembra. Con una mirada que te dejaba quieto, parado, mudo. Sus caderas bamboleantes, que al andar conformaban una sintonía perfecta. Las nalgas prietas, los pechos firmes, como si fueran cantaros de agua. La piel morena, pero fina como la seda, la boca jugosa,  sonriente, cuando miraba al maestro, se le hacían agua sus labios. No era casada, pero sí amancebada, se decía entonces. Con un diplomático inglés, para más señas, embajador de Inglaterra. Era elegante, el embajador, fino, alto, enjuto, serio, distante. A veces la acompañaba a las fiestas, a las corridas no, claro.¡ Inglés!, odian los toros, Dionisio, ¿o no lo sabes? Se retiraba pronto. Ella en cambio, se quedaba con Morenito. Se hundían en la noche. Marchaban juntos, a bailar, a jugar, porque jugaban, como unos locos, en timbas ocultas. O sabe dios, donde se iban. Juntos siempre. Por eso cuando dijeron aquello yo me rompí el alma negando.

 

Al maestro le llovían mujeres, a cual más guapas, a cual más bellas. Marquesas, actrices, putas, de toda laya. El mariposeaba mucho, es cierto, hasta que llegó Clara Pacheco, le embrujó todo. A veces ella se iba con otros hombres. Era muy hembra, muy brava y libre. Él, se quedaba quieto mirando como marchaba. Con ojos turbios y mueca amarga. Pero se amaban,  lo juro, Dioni. Se amaban mucho. Si no, a que cuando las cosas se volvieron en contra, ella estuvo a su lado, siempre, yendo a Nueva York a por él, cuando ya era un recuerdo de lo que fue. Le cuidó en su casa,  durante la enfermedad. Como una madre más que como una amante. Otros le  abandonaron, como cobardes, o como ratas. Entre ellos yo, Dioni, que lo abandoné a su suerte, porque me daba miedo, esa es la verdad.295502_545000632211231_1934090830_n

 

¿Qué cómo era ella?, me preguntas: una hembra de las que dejan huella, no lo dudes. Entraba en una habitación y al momento callaban todos, dirigían las miradas a su persona, todos, sin exclusión. No sé porque. Había mujeres mucho más guapas, con mejor cuerpo, pero ella, era ella. Tenía una voz firme, quebrada, espesa, de esas que con su solo sonido te entran ganas de poseerlas; al hablar torcía un poco la boca, de medio lado, en la mejilla se la formaba un hoyito, pequeño, apenas perceptible, y los ojos se la achinaban. Cuando lanzaba una mirada intensa, de esas que hablan, te dejaba quieto, impávido, mudo. Morena, el pelo azabachado y recogido casi siempre, aunque a veces, pocas, lo soltaba sobre los hombros. En un lado le hacían hondas que contorneaban el rostro, ocultando casi un ojo. No sabría decirte como estaba más guapa, si con el moño o con el pelo suelto. No sabría, porque cada vez que la veía me decía: “hoy es más guapa que ayer, donde va a parar mucho más”.

Tenía clase, Dionisio, clase, de eso que no se aprende en la escuela, ni se compra, se trae de serie, se nace señora como se nace puta. Eso es lo que creo, Dionisio, aunque se puede nacer con ambas cosas, como ella. No diría que era puta, no perdón señora, nada más lejos de mi intención, es una forma grosera de hablar. Puta no era, porque elegía. El Maestro el primero, eso es cierto, pero luego elegía, según el día. Iba a una fiesta, con él del brazo. El embajador se quedaba en su embajada. No salía, era diurno decía Morenito,¡ diurno!, que bueno era el Maestro, yo diría que era, manso. En la fiesta ella miraba, bailaba, reía…y elegía al más fornido, al más solicitado, al más garboso. Un juego de miradas, unas sonrisas, un caer de ojos, un poderío Dionisio, que era para verlo, como una buena faena. Salía a los medios, recibía, capoteaba, banderilla, rejón, muleta, y a matar. Por lo fino, con clase, con estilo, pero a matar. De madrugada se diluían todos, los íntimos, los más cercanos.

 

Yo era espectador, Dioni, mero espectador. Ya me hubiera gustado a mí entrar en el círculo, pero no, faltaba clase y dinero, que lo tiraban a manos llenas. Me quedaba hasta el último momento, eso sí, a contemplar la gloria de todo aquello. El reír, el mirar, las palabras que a veces no entendía. Todos inteligentes, gente de cuna, intelectuales, músicos, novelistas, pintores. Toreros pocos, Morenito,  Macario, y pocos más. Por eso El Macario soltó la bilis.

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Por envidioso, por feo y agrio. Porque era feo, sin garbo, con un hombro más bajo que otro, enjuto, seco. Había que reforzarle el traje para que luciera y ni con esas, que escoraba a la izquierda. La cara  llena de ángulos, con pómulo alto, cerco en los ojos, oscuro como la noche. El gesto de la boca, siempre hacia abajo, con mueca de asco, y una nariz… ¡Dionisio!, ¡que nariz!. Parecía  una trompa más que un apéndice. Entre nosotros, para entendernos, le decíamos, Macario el Trompa, por la nariz, y por las que cogía, que eran de trueno. Llegaba a las fiestas, cuando coincidíamos, iba a la barra, con algunos fieles que le aguantaban, pocos y secos, la verdad sea dicha, porque aburría, siempre con penas, siempre con queja: “El toro cojo, no embestía  nada”. “La paga floja, pagada en veces”. “El público quejoso, quiere mi sangre, no quiere faena, quiere mi sangre”. “Las mujeres, todas son putas, menos la mía que es una santa, que en casa está, no como otras que se pasean para el escándalo”. Por eso le aguantaban poco, porque a ver quién puede, siempre con queja, nunca sonriente, con la cara de vinagre. No como el otro, mi Morenito, que era el cascabel más risotudo que pueda verse.

 

Macario el Trompa, acodado en la barra mirando todo, con ojos torvos, con boca amarga, así lo recuerdo, con whisky seco, uno tras otro. Cuando la dosis del alcohol se le subía, trastabillando se acercaba a ella, a la Señora. La requebraba, con voz muy queda, casi si labios. Un día ella, paró su baile, lo miró fijo, de hito en hito. Le dijo alto, que lo oímos todos: “Tú ni te acerques, baba de gato, ni muerta, ¡oyes! Ni muerta voy contigo a nada. Por feo, por malo, y por mal torero. Y si te oigo una vez más decir lo  que has dicho, te mato, lo oyes, con estas manos, te mato, así de firme. No te me acerques”. Se volvió a mirar a la pareja, con quien estaba bailando, enhebrándose en sus brazos como si no hubiera pasado nada. ¿Qué la diría el malnacido? No lo oí, pero con los años pude imaginar lo que fue, imagina Dionisio. Algo sobre la hombría del Maestro. Por aquella época ya se oían cosas. Quedaba tiempo de gloria aún. Tardes de miedo, tardes de triunfo, noches de vino, y noches de llanto. Quedaba tiempo.

 

Al otro año le cogió el toro. Yo no estaba esa tarde con él. Pura chiripa, porque  me apreciaba, era fijo en la cuadrilla, casi siempre le rehilaba. La mala tarde no estaba yo, ¡mal rayo parta al toro Pernicioso! Con ese nombre, ya era premonitorio. Hizo faena, como una gloria, contó el Gitano. Fue en la última suerte, no más, matando. De forma tonta. Una embestida. Posó mal el pie, crujió la rótula, partió de pronto, que oyeron todos el crujido, dijo el compadre . Mató al toro, como Dios quiso, me dijeron que veían el hueso roto, torcido todo, él contraído de dolor, pero mató de dos pinchazos. Se lo llevaron, luego de matar a la enfermería, se ve que equivocaron algo en la cura. Se quedó cojo, renqueante y azorado. ¡Fijate Dioni!, torero y cojo. Siguió toreando, intentó todo, pero sin arte, sin galanura. La pata firme, se la jugaba en cada faena. Era un desastre, ya sin apresto, ya sin figura. Se retiró dos años más tarde, de aquel percance.

 

Seguía con ella, de fiesta en fiesta. Se desataron los chismes, los cotilleos, las malas babas; que si bebía, que se drogaba y lo peor, Dionisio, y lo peor. Que si en sus juegos perdía aceite. El Maestro, el más galán: mariconcillo, dijeron muchos. ¡Qué disparate!

Atiende Dionisio, que no los vemos. Los tuyos, vienen, de los míos, solo veo dos. Vamos por ellos, que en cuanto pegamos hebra nos despistamos. Lo que faltaba, que se perdieran. Tú, tienes paga, yo ni miaja que nada  queda de lo ganado, y lo que dan al mes, no sirve ni para comer una semana. Así, que si pierdo esto, tú me dices, mozo ¿de qué vivo? Me muero de hambre. ¡Qué malos tiempos! Con lo que fuimos, ¿verdad Dionisio? Tú más humilde, lo sé, hombre, lo sé. No hay oficio bajo. Minero fuiste, hombre, te la jugaste, como yo. Tú, resistes,  con silicosis, yo cosido a punzadas de toro. Y nos lo bebimos, y lo vivimos, Dionisio, que lo vivimos, los dos, hombre que tú también harías lo tuyo. Eso otro día, me cuentas, con calma.

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Te decía Dioni del alma, que al quedar cojo, se torció todo, mira y  mi suerte corrió pareja con la de Morenito. Casi a la vez, me  empitonó a mí, un novillo, pequeño, suelto, de pitón fino, el malnacido. No, ni me acuerdo de su nombre. Lo borré, Dioni, salió de la mente. Me cuadró todo, entró por el vientre. Casi  trepana el pulmón derecho, lo desinfló,  por poco palmo. A la par con el Maestro, como para no quererle, si fuimos gemelos hasta para eso. Bueno, él ya no está, y yo con perros, con esta vida.

 

Dejó los toros, o le dejaron, cuando las tardes se le volvían agrias memorias. Luego marchó con ella, lejos, a Nueva York, estuvieron meses. Dña. Clara  volvió, sin él. Un día de fin de verano, me la encontré por la Gran Vía. Tenía negocios allí. Un sitio de lujo, donde ponen guapas a las mujeres, un Salón de Belleza, de esos, Dionisio. Cuidaba princesas, marquesas, vamos, lo más granado. La encontré, caminando como una reina, toda de blanco, con tacón fino y un sombrerito. Me la acerqué, con paso cauto, no veas que empaque Dionisio, llevaba ella.

-Hola Sra. No me conoce. Soy  el Bola, banderillero de la cuadrilla de Morenito…- dije con tiento.

-Claro, que te conozco, ¿cómo va a ser que  me olvide del más grande banderillero de la cuadrilla?, Bola, ¿Cómo andas?- dijo sonriente, parándose frente a mí. El sol se me abrió allá arriba. ¡Qué boca! ¡Qué olor llevaba!.

-Tirando Sra. Me cogió un toro, casi a la par de Morenito-

-Lo sé, Bola, el Maestro siempre ha estado muy pendiente de ti. Él me lo dijo y bien que lo sentía, que lo sentimos –

-Sí, me ayudó mucho, sin él no se que hubiera sido de mí. Mandó un jornal, mientras estuve en el hospital ¡gran hombre el Maestro!- dije, casi con lagrimas.

-Grande, Bola, muy grande, con el corazón más grande que su valor, lo juro. ¿Qué tal estás ahora Bola?-

-Tirando, toreo poco, me canso, no tengo fuelle, el pulmón sufrió con la cornada-

-¡Vaya!, ¿necesitas algo Bola?-

-Voy tirando, señora, pero agradezco su buena ley. Yo solo quería saber del Maestro, que no lo veo, que no sé nada- pregunté.299879_539976092713685_933293946_n

-Quedó en Nueva York. Yo vine,   por mi trabajo. Él  quedó allí.Haciendo sus cosas, pasando la vida- contestó, y te juro Dioni, que se la enturbiaron los ojos, que yo lo vi.

-Le va bien, está contento entonces, eso es lo que importa, señora.-  dije por decir, con ganas de seguir allí con ella.

-Está bien, gracias, muy feliz, le gusta mucho esa ciudad, está alegre. Vive su vida- contestó ella, con voz jovial, de nuevo recompuesta.

-Me alegro. Le da usted  un abrazo cuando le vea, o si le llama. Del Bola, con todo mi cariño-

-Hablo con él casi a diario, Bola, no te preocupes, yo lo trasmito- dijo tomando mis manos.

-Gracias señora.  Y encantado de saludarla. Sigue usted tan guapa o más si es posible- la dije tiritando, aunque hacía un sol que quemaba el alma.

-Bola, querido, que amable, con los años que han pasado…le agradezco. Si necesita algo, no dude  en llamarme- dijo extendiéndome con su mano una tarjeta dorada y grana ribeteada con una guirnalda de flores, y su nombre en medio.

-Que torera, digo, la tarjeta, señora.- añadí, de forma tonta.

-Sí, hijo, ya sabes que soy taurina- contestó ella, riendo alegre.

 

Te juro Dioni, que tuve ese olor en mis manos horas. Impregnó todo. Olor a reina, a señora a hembra. El soniquete de su voz, como eco de cascabel en el oído. Aún ahora puedo sentirlo.

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Seguí viviendo, seguí malviviendo mejor  decir. Las tardes de gloria, acabaron para mí, los años, la cornada y el cansancio, que de todo hubo, me apartaron. Me alejaron de todo aquello, que era mi vida, que me nutría.

Ahora ya ves, paseando perros, que no es mal chollo. No me quejo, Dioni. Te doy las gracias, por haberme conseguido este trabajillo ; al contrario, trabajo poco, recojo mierda, pero no cargo, ni aguanto jefes.

 

¿Qué fue del Maestro?, preguntas Dionisio. Tuvo un final de mal recuerdo, muy triste, solo. Un mal día, guardando el pan con un periódico pasado, de una semana, vi la noticia, recuadro y esquela. Aún lo recuerdo, con el sabor de bilis en la boca y un dolor en el pecho. Aquí la tengo, espera, en la cartera la llevo siempre. Te leo Dioni: “El gran torero que triunfó en tardes de gloria, la pasada década, Morenito de Córdoba ha fallecido en su domicilio, después de una larga enfermedad. La que fue su compañera y amiga de muchos años, Clara Pacheco importante empresaria dueña de Salones Villamar, se ha encargado de un sepelio de lujo, y de su entierro en el cementerio de la Almudena, en panteón costeado por sus admiradores. Morenito de Córdoba de recuerdo imborrable, llenó de gloria tardes inolvidables, como aquella de San Isidro, donde abrió la puerta grande con todos los honores. El torero residía en Nueva York desde hace un tiempo. Había regresado a España unos meses antes de morir, acompañado de Dña. Clara, enfermo ya terminal. Ha muerto acompañado de sus amigos y familiares más fieles. Descanse en paz el Maestro y realice para los ángeles una faena de las que acostumbraba a dedicarnos”. Mira Dionisio, la noticia, casi en un breve. Así despide el país al héroe, al hombre grande que fue el Maestro. Yo supe que estaba malo, supe que solo tenía a la señora. Supe mucho, demasiado y fui cobarde, te lo aseguro. Tenía el mal, ese que se contagia tanto, y tuve miedo, no fui a verle.

 

Se dijo mucho, de aquella muerte. Se dijo tanto… Yo pregunté, en cuanto leí el periódico. Salí corriendo  a “Casa Salvador”, ya sabes, la de Barbieri.  Me refirieron unos rumores que mejor no cuento, Dionisio. Baba caída del  Macario y sus acólitos. Mejor me callo.

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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