El debil

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El portazo hizo que las paredes temblaran y que a mí se me nublara la vista con el sobresalto. Teresa siempre fue impetuosa. Eso, quizá, junto con sus caderas poderosas y vibrantes cuando las sentía encima, fue lo que me impulsó a ella, el día que la vi andando por la calle, con ese caminar pastueño, que atrapó mi mirada para dejarla colgada de sus ancas, sin reparo ninguno. Sin embargo, su carácter la perdía. Siempre se lo dije, aun en lo buenos momentos, los pocos que tuvimos, la verdad, salvo los que pasábamos  entrelazados en una jauría de sudor y poder.

 

Salió de mi vida, como había entrado, removiendo paredes y alma, haciendo una revolera con mis pensamientos, pausados y lentos que ella aborrecía.  Si soy sincero, yo también. No me gusta mi forma de ser. Cada paso que doy me tiembla la incertidumbre, me pesan las consecuencias de lo realizado; tanto que mi indecisión se trufa de tibieza. ¡Cuántas veces, Teresa, con los ojos llameantes y brumosos, me gritó!: “¡pusilánime!” O cosas peores.  Ante su mirada lobuna, se me encelaba el cuerpo.  Lo disimulaba bajando mis ojos, mirando hacia el suelo, dejándola desbravarse, con su furia, mientras mi deseo se precipitaba por el ansia de que me poseyera su desprecio. Aprendí pronto a saber cómo conducirla de la violencia a la cama, con sutileza, haciendo que pareciera un reconciliación, cuando yo lo que deseaba era su furor. Contra mí.

Con el tiempo se percató del  juego, Teresa es muy lista. Tenía la perspicacia de los grandes caracteres, pero la perdía su impetuosidad, por eso, aunque intuyera mis tretas, caía en ellas una y otra vez. Así  vivimos unos años. Yo arropado por su fuerza. Ella manejando el timón de mi vida a su antojo. Todo parecía ir bien, hasta que según dijo, se  cansó de llevarme en el hombro, de conducir ella sola  la zarahurda de nuestra relación, de tener un compañero con el alma coja y perniquebrada, casi un orate, según sus palabras. Porque hoy, Teresa,  desencadenó una tormenta verbal de dimensiones colosales. Me  dejó más atocinado que de costumbre,  con  hambre insaciada de su cuerpo.

Sé que con el portazo, Teresa  derrotó su confianza en mí, estoy seguro de ello. Ha bastardeado unos sentimientos durante el tiempo que duró nuestra unión; a ella también le aletea el cuerpo con nuestra pasión.  Podía sentirlo en cada uno de los asaltos que seguían al mellado dislate de nuestras batallas campales.  Se le cimbreaban las carnes con el calor que provocaba mi callada sumisión ante sus gritos, ante los insultos que cada día se atrevían a mellar más una dignidad ya tullida de antemano. Recuerdo con ansia los ojos encendidos, ennegrecidos sus contornos, como si los hubiera pintado con pincel de humo. Su cuerpo entibiado,  la carne palpitando ante mí,  cuando arreciaba el desprecio en sus palabras, en su mirada, en su boca carnosa, que con furia desplegaba las comisuras hacia abajo, con mueca, casi de asco.

Luego la fiesta llegaba, directamente proporcional al descalabro producido. Era más gozosa, cuanto más dañina y pérfida  fuera la antesala de la discusión. Teresa, gozaba, eso no lo dudo, aunque lo desmienta ahora. Aunque me lo niegue o me pida otra forma de vivir. Ella lo sentía,  como yo, aun con la divergencia de ser antagónicos. O quizá por eso.

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Ya acabó todo, eso no lo dudo. Ella, quizá se ahogara en el mar de desazón que la embargaba cada nuevo despertar, viéndome a su lado, callado, perplejo, aún, de tenerla cerca. Porque cuando abría mis ojos, veía su pelo, besando el rostro, desmadejado sobre la zenital blancura de la almohada, me embargaba la sensación de estar solapando un tiempo que no era mío, de estar de rondón en una casa, en un lecho, del que en cualquier momento se me expulsaría. Como así ha sido.

No me quejo, al contrario,  duró años,  sintiéndome  extranjero desde un principio. Cuando mis ojos chocaron con las ancas poderosas, con el poder que emanaba toda ella, me sentí anonadado  ante su respuesta al reclamo difuso que mis ojos le hacían. Ella, aún sufría por el amante esquivo que me precedió. Fue el introductor. Sin ese dolor, nunca, bien lo repetía: ¡nunca!  hubiera respondido a mi voz. Se sentía herida, frágil, dolorida, por eso cedió a mis suplicas. Lo que nombré amor y quizá no fuera más que deseo, carnalidad y desprotección. Posiblemente, se curara, al tiempo que nuestra propia ansia tejía sus redes, el tiempo fue largo, su convalecencia duró tres años. Lo que nosotros estuvimos  juntos.

Hoy, al marchar, justo  cuando dio el portazo, he comprendido que se liberó de mí y de la historia anterior que la ató a un sucedáneo de amor, desleído y humillado. Desprecia demasiado lo que tuvimos. La marea de nuestra relación  la ahogó. Ya no puede más. Sin embargo yo, me siento profundamente entregado a la maraña pérfida que me labré  a lo largo de los años de dependencia ciega y satisfactoria.

El camino que he de seguir a partir de ahora se me  trazó de golpe, con esa puerta golpeando y las paredes temblorosas por el estrepito. Indiscutiblemente he de emprender un camino que no quiero dirigir, que no deseo me pertenezca. Es preciso que busque una dueña o un dueño para mi destino. En ello va mi felicidad,  aunque en este camino que recorro, eso es una falaz premisa, pero sí, un calmar la tormenta que me bulle dentro. Obtener el sino, para el que creo haber nacido.

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Uno debería saber porque está aquí,  no es mi caso. Yo quiero atravesar el camino de la vida, sin hacerme notar. Con el paso cansino, de puntillas, atravieso los días. No quiero trascender, ni ser notado, ni dirigir mi vida, ni sentirme autónomo, o dueño de mis días. Desde chico, siempre  fue así. Cuando los demás afirmaban su personalidad, yo dejaba la mía a merced del más fuerte. Seguí a la masa, como un  cordero ritual, camino del desolladero. Ese ha sido mi fin, mi meta añorada. No quiero trabajos, ni destacar en nada, al contrario. Deseo hundirme en la masa oscura e inerme que ofrecen los mediocres, amalgamarme con los demás. Sin voz, sin apenas presencia, con la difusa pertenencia de lo no sentido. Mi mayor deseo es difuminarme entre los demás.

Cierto que eso supone un desprecio que socaba el tiempo. Al mirarme de cerca, me observo, casi me relego al sutil género de los detestables. Sé que no soy digno de recibir nada, ni amor, ni recuerdos, ni caricias, nada.  Mi placer es dolor, mi alegría, la difusa sensación de ser  desairado.

 

Siempre fue así, desde que los recuerdos se hunden en la profundidad de la distancia. Me recuerdo, detestando mi reflejo en el espejo, que devolvía la imagen de un niño con ojos de garza, remolinos en un pelo ralo, desconchones variados en un rostro hirsuto, pulposas protuberancias, que yo, en momentos de ensañamiento variado, estrujaba con saña. Produciendo el dolor. Sacando el pus de la piel, se me aplacaba el ansia que el reflejo del rostro, portaba ante mis ojos. En el instituto,  los compañeros, volteaban bizarros a las hembras dispuestas. Yo, desde lejos, siempre, contemplaba el espectáculo de aquellos cortejos, bruscos, casi barbaros, recreándome más en el desprecio que en la posesión. ¡Cuánto desee, entonces, ser sujeto de las burlas crueles!, de los deseos insanos, incluso de las vejaciones. Tapaba mi pulsión, mimetizando con ellos. Tapaba el dolor de no poder mostrar el cumulo de ansia que producían unas hormonas desordenadas y obscenas, nunca satisfechas.

Solo Teresa calmó, en parte, el temporal cambiante y tumultuoso de mi sentir. En parte, pero no del todo. Algo faltaba en ella. Ese último escalón, que nunca se atrevió a subir, ni yo a pedírselo. Por miedo, como pusilánime que soy.

 

Yo sí lo subí. Llegué hasta él. A ese escalón perdido, entre las miasmas de lo más oculto, de mis más oscuras vergüenzas. Lo subí y eso me costó perder a Teresa. No me arrepiento, era inevitable el descenso a un infierno añorado desde siempre. Teresa tocó  techo en el dislate de nuestra relación. Yo percibía que sus heridas viejas estaban curando. Ya no era necesario el servilismo, que aplacaba la ira del desamor antiguo. Me di cuenta que el reloj corría hacia mi desgracia, porque deseaba evadirse de mí. Lo acontecido, en los días anteriores al portazo, se lo sirvió en bandeja.

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Las cosas se desencadenan en cascada, como un alud de acontecimientos que se dispara con la fuerza de un cañón y nos petrifican de pura perplejidad. Llevaba mucho tiempo buscando, hurgando en las cloacas de la ciudad, de la red. Incluso en el vestidor de Teresa. Al principio no sabía que buscar. Me guiaba una sed que no identificaba, pero que acuciaba mi mente, en momentos insospechados. Tenía hambre de sentir…y no sabía qué.  Probé con la ropa de Teresa. Cuando ella salía de casa, mientras yo atendía la utilería domestica, en los ratos perdidos que el tiempo  regalaba. Incursioné mi curiosidad por su  ropa interior, por sus vestidos ceñidos, que se ponía, cuando deseaba ir de caza. A veces tuve que desvestirme apresuradamente ante la inminencia de su vuelta a casa. Recuerdo el latido de mis sienes, con fuerza, comprobando que el tiempo se me diluía   entre la seda y el encaje de un sujetador o unas braguitas tibias. Al llegar ella, husmeaba como si intuyera que algo no andaba bien. Miraba mi rostro, contraído por la desazón y la prisa y encogía sus hombros ante la duda. A veces revisando los cajones, me preguntaba extrañada, el porqué del desorden, incluso se permitía abroncarme para que aprovechara el tiempo, organizando bien su vestidor. Yo sonreía para mis adentros, pensando: “pobre Teresa, si supieras como aprecio esa orden”. Y me volvía tan contento, a mis quehaceres cotidianos, que eran la fuente principal del contento de Teresa y de mi somera paz.

Siempre me habían deleitado las páginas traseras del periódico. Leyéndolas, en la tranquila calma del desayuno solitario, envueltas mis horas en la paz del hogar, recreaba la fantasía de atreverme a cruzar el umbral que mostraba el papel. Horas que me regalaba su marcha al trabajo, en las que el tiempo se me encogía de no usarlo. Un día reparé en la sugerencia de  un anuncio de páginas web, que arremolinaron la atención, como si salieran antenas de mis ojos. Quizá  la mirada paseara por las palabras muchas veces,  sin reparar en ellas de forma especial, teniendo entretenidos mis sentidos con Teresa. Hoy, el reclamo de  aquel  anuncio, desencadenó  en mí volcanes de imágenes lubricas. Supliqué,  hasta la humillación a Teresa, que adquiriera un ordenador para la casa, con la disculpa de realizar cursos online de idiomas y poder ser de ayuda en la documentación de temas de su trabajo. Al final, claudicó, ante mi insistencia y lo compró. Recuerdo el leve temblor de mis manos, mientras lo instalaba. Observaba la pantalla con  las pupilas beodas de incertidumbre.

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Los momentos de felicidad más absoluta siguieron a esa instalación. A veces la desesperación se apoderaba de mí, al no obtener, por mi incapacidad  y desconocimiento, lo esperado. Lentamente fui haciéndome un experto en el descubrimiento de los más oscuros preámbulos, de una pulsión que a partir de ese momento, me acadabraba la mente, más de lo que nunca hubiera pensado, llenando mis horas de asueto de un incierto sabor a pasión encadenada de pecado.

 

Rastree sin pausa  los rincones que guardaba la red de las salas oscuras, de los miasmas más lóbregos, que podía ofrecerme ese universo encerrado en una pantalla. Hasta que llegué a ella. Ella  configuró los sueños, los pasados y los por venir.  Materializó ese lado oscuro que nunca me  atreví a traspasar, salvo de su mano.

 

Ella es Venus de Montparnasse. La conocí cuando me aventuré a espiar las direcciones que encriptadas se ofrecían en la web. Un día, de los muchos, que  me acerqué al recinto donde sabía que se encontraba la materiliadad de mis sueños, entreví la puerta de aquel antro. Antes  tomé el dinero  guardado por Teresa, en previsión de alguna necesidad o de gastos imprevistos y urgentes. Estaba enloquecido, sentía una sed abrasadora. A cada paso, el temblor de mis sienes se acentuaba, con el loco crepitar de  la sangre alterada. De alguna forma intuía que  ese día, se me abrirían las puertas de paraíso.

Y se abrieron,  llamé previamente, por teléfono. Concerté una cita. Sabía que no tenía suficiente dinero para ella. Daba igual. Un atrevimiento intempestivo me impulsaba con largueza.

 

Al pulsar aquel timbre, la llama de mi pecho casi me hace desbordarme de placer y de miedo. Abrió una chica joven, cubierta media cara con un antifaz oscuro, mientras unos ardientes ojos, me contemplaban casi indiferentes. Fui inundado por un aroma a cuero, a cuerpos sudorosos, a guano antiguo, que emborrachó mis sentidos. Frente a la joven solo pude musitar unas leves e ilegibles palabras. Me hizo pasar, con un gesto displicente de su mano, sin palabras. Mientras sus ojos me regalaban un desprecio que era más audible que cualquier comentario. Esperé en una sala oscura, adornada con fotos en blanco y negro de mujeres poderosas, ataviadas con cuero, pieles. Agitando todas ellas, fustas, látigos, rebenques. Un amplio sofá  con las marcas de años en su piel, era el único mueble de la estancia. El olor apreciado a la entrada se agudizaba por momentos, embriagando el entendimiento. Pronto, una puerta lateral se abrió, dando paso a un ser confuso, confabulado con las sombras de la estancia. Era robusta, fuerte; corpulenta hasta casi la gordura. Una larga capa de piel azul cobalto la cubría entera. Bajo la máscara del rostro, el verdor vidrioso de unos ojos vacios me contemplaban con hastío.catsuit-sado-vinilo-body-abierto-en-pierna-mujeres-lenceria_MLA-O-2686671575_052012

No cruzamos palabras. Tomó mi mano. La seguí con la impunidad que da la inconsciencia, hubiera ido al infierno si ella me lo pidiera. Una tromba de sentimientos se adueñó de mi mente. No recuerdo casi nada de aquella tarde celestial, solo la sensación de bajar a un infierno muy placentero, de ascender a la cumbre de un placer inconmensurable y la placida sensación de hastío al acabar.

Cuando salí a la calle, había anochecido. El cielo mostraba una oscuridad templada sin estrellas ni nubes. Una bóveda oscura, casi lóbrega, cubría las calles, que deambulé en una inconsciente laxitud que bien pudiera ser  felicidad.

 

Teresa no estaba. Comprobé con tranquilidad que no había vuelto ese día a casa. A veces ocurría, desaparecía una noche o dos. Volvía contrita, enfurecida y maltrecha, con mucha rabia, con mucha frustración que volcaba sobre mí, con desespero. Hoy no estaba. Podía recrear lo vivido, durante las horas de vigilia, de esa noche en que entreví un infierno pavorosamente placentero y feliz.

Mientras duró el dinero, guardado con tenacidad por Teresa, pude disfrutar de Venus de Montparnasse, con tranquila irresponsabilidad. Hasta que  cayó la tormenta. Teresa, descubrió la bolsa vacía. Preguntó, lanzó gritos al aire, hasta pataleó, dejándose llevar por la desesperación de ver, como su apaciguada vida domestica se evaporaba. Poco después, recogió su ropa, con aullidos salvajes y marchó descoyuntando la puerta con la intempestiva fuerza de su brazo.

 

Dije a Venus que mi dinero se acababa. Que mi vida sin ella no podría ser, que estaba dispuesto a la más disparatada aventura por verla y poder vivir unas horas el dulce frenesí, que encarnaba. Envuelto en su sudor, en sus juegos y en su poder, dejándome arrastrar por el frío verdoso de unos ojos, apenas entrevistos.  La mirada vidriosa, esmerilada, de un verde aguamarina,  se tornó más oscuro. Como si pensara, me dijo: “espera, ven otro día, veremos que hago contigo”. Esas simples palabras colmaron mi esperanza. Atisbaba, que ella sentía la aquiescencia de complementar una pasión y un fin. Venus de Montparnasse, no deseaba perderme.

 

He vuelto a verla. Con voz bronca, mientras las velas ardían iluminando su cuerpo tenebroso y cubierto de piel, el rebenque espoleando sus altas botas, mientras con voz monocorde e indiferente, me ha ofrecido servirla. Limpiar todo el recinto, dormir en él, ser guardián de su cárcel, contemplar su trabajo. Ajustar los goznes, limpiar la sangre, bruñir todo el material, pulir el rescoldo de sudor viejo de las paredes desconchadas. Todo a cambio de servirla, de ser su favorito. De contemplar cómo actúa con sus otros amantes.

Hoy, he abierto un cielo de profundas tinieblas. El fuego  me consume. Hoy me siento feliz. Encontré mi camino.

 

 

 

FIN

 

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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