El Candidato

Ahora que se apagaron las luces, que los últimos pasos dejaron el poso del eco que se desvanece a base de perderse entre las esquinas de los escalones de madera. Ahora llega el momento del recuento. De pasar revista al tiempo dedicado, a la entrega, a la armonía que descerrajé por llegar aquí y ya me he ido. Es tiempo de recuentos y de rabias. Porque  trago a cucharones  una rabia ciega, sorda, que no puede gritarse. Estaría mal, caerían críticas sobre mí, por no saber perder, por no templar. Callo porque no queda otra, pero ganas hay de arañar con gritos y con uñas. Mañana,  la carnaza de los titulares rematarían el desfalco realizado por la Judas que supo apuñalar justo a tiempo y en el sitio preciso y bien determinado. No, mejor calma y retroceso. Cuando se confíen amparados por el tiempo volveré, daré las puñaladas precisas , pero no ciegas. Bien medidas.

 

Ella. La mediocre, la que tejió sombras como si fueran redes de pescar hasta hacerlo, con precisión cirujana. Ella. Trajo debajo de su brazo la baza del arribismo rastrero que se diseña en Madrid y aquí no queda más que tragarlo con la eficacia de las cosas consumadas. Ella, que la encumbré yo mismo sin fisuras. Creció bajo mis piernas, indefensa, sencilla, pulcra,  de puro mediocre pasó casi inadvertida. Ella. La que medró al amparo de mis despropósitos (dice ahora; antes los coreaba). Ella, la traidora.

 

Y yo, mientras con la enjundia de quien se siente detrás del parapeto, caminaba en la confianza de ser bien amado. Cierto es que perdí los nervios. Cierto es que perdí elecciones. ¿Y qué? Todos pierden. Todos pierden hasta que a base de empeño y fidelidad, ganan de nuevo. El jefe es buena prueba. Tres, perdió tres. No por eso fue apuñalado, aunque muchos lo intentaron, aún recuerdo los Congresos donde se calentaban los cuchillos y brillaba el filo de las facas. Fui yo, precisamente yo, quien le apoyó con la soltura del aprecio insobornable. Ahora no se pone al teléfono. No responde las sucesivas llamadas que de forma concisa le hice durante el periodo desaforado que vivimos. Hasta consumarse la huida.

 

Justo ahora, que debemos mantener la unidad, la calcárea y férrea armonía frente al enemigo. Que se muestra remiso a entregarse, es cierto, pero no vale nada. Sería  carne de desafuero a poco que me empeñara. Como tantas otras veces, que de refilón, casi sin querer, gané, o al menos en los pactos,  conseguí forzar la cuarentena del poder en mis manos. Pero ella  serpenteó con finura hasta hacer estallar la situación, desató la alternativa, desmontó lo que creí atado y bien atado, hasta confabular contra mí a los que antaño me adulaban y reían mis gracias. Justo las mismas que ahora muestran como desafueros de mi carácter (dicen) que despótico.

¿Despótico? Me dicen. Los mismos que antes, amparaban los excesos, que pudo haber y hubo, no lo negaré, porque es tal mi dedicación al partido, es tal la lealtad que mantengo al poder, que, sí, confieso: se me calentaba la boca, el ánimo y hasta las carnes cuando la vil oposición o esos descamisados, me apelaban.

No se dan cuenta, los canallas, los tiempos difíciles que corren. No entienden que en cada acto oficial, hay un recua de podridos imberbes o maduros de barba y melena empobrecida, llenos de desconchones, camisetas reivindicativas, odio en la mirada y grito en la boca, que abochornan mi poder. No se dan cuenta, que mis exabruptos son mera respuesta viril a esos mentecatos que osan increparme apenas abandono el coche oficial.

 

¿Qué será de mí, ahora, sin escolta y sin coche? ¿Cómo defenderé mi integridad cuando me cruce con ellos: los desarrapados, los que van por las calles, mirando de encontrarse con la presa adecuada para el insulto o la frase feroz? ¿Cómo caminaré solo, navegando por aceras y corralas con el temor a ser increpado por los del cuello retorcido?

Escoria humana. Ella, no entiende lo que significa el poder. No sabe los desmanes y el gusto que se toma a llevar los cristales tintados, a no tocar el volante,  a ampararse en que siempre hay alguien esperando para abrirte la puerta, con la sonrisa de la gratitud almibarada en la boca.

¿Cómo volver a caminar por las calles como si no hubieran pasado estos diez años? No se dan cuenta que es demasiado tiempo, que el cuerpo se acolcha al poder, hace muelle y confabula con él. Uno discurre los dos primeros años, como de regalo, correspondiendo a los honores con cierta sensación de advenedizo, para luego hacerse  a la idea de que solo es un escalón para seguir subiendo y que ese escalón nos pertenece.

 

Demasiado tiempo anclado en esta Comunidad. Debí exigir con más ahínco el puesto en Madrid. Silvia me lo reprocha cada noche: “no sabes darte a valer, Enrique. No sabes exigir lo que nos corresponde. Tito Cárdenas va camino del ministerio mientras tú aquí, varado en la presidencia del partido que es como no ser nada. Porque ya no eres nada. Al dejar de presidir la Comunidad, no tienes cargo. Perdiste y no te llevaron a Madrid en compensación. Y eso Enrique, es porque tú no sabes exigir, no sabes darte a valer”

 

Silvia tiene razón, aunque me enfada que apriete. Me acosa con la exigencia de crecer hasta ahogarme con su exigencia. Y ahora, ¿cómo explicarle que hasta lo poco que tenía se acabó? ¿Cómo decirle que debo comenzar a buscar algo fuera del partido, porque las ofertas que llegan de ahí son miserables? ¿Cómo decirle que tengo que  llamar a puertas desconocidas para subsistir? Espero que aquellos que beneficié a riesgo de dejar la honorabilidad, recuerden que fui yo quien gestionó subvenciones, o inclusiones en partidas que de otra forma no hubieran, ni tan siquiera, olido. Espero que no me sea ardua la tarea de encontrar  acomodo. Mejor fuera de esta maldita tierra que solo me provoca sinsabores. Y no fue así siempre, que va. Antes amaba hasta los adoquines. Cuando el paseo en coche oficial se hacía entre el honor y el triunfo y había unos cuantos prestos a salir a saludarme cuando los descamisados, los pelos sucios, se me acercaban con la intención de escrachear. Entonces me sentía en la cima de esta tierra que parecía amarme y yo, en justa correspondencia, la amaba también.

 

Fue ella. Ella, la que tramó este trago de vinagre a mis espaldas, apoyada por los que creía fieles, y hoy me consideran acabado. “El fin de un ciclo, Enrique, debes aceptarlo. Nuevos tiempos, nuevas caras.” Así me despiden los traidores. Alentados por ella, que maneja los hilos con la costumbre de yacer en catacumbas y batirse entre el lodo. Ella, es la causa última del desaguisado que será mi vida a partir de ahora. Y es lo que me ahoga. Ella.

Ella, tan pequeña, mediocre, con esa voz atiplada y la nariz ganchuda que junta pico con la boca, como si en cualquier momento se la fuera a tragar. Ella, que cavó la sima,  en la que  caí con el equipo intacto de entusiasmo y ganas por seguir, o por medrar.

 

¿Qué le diré a Silvia al llegar  a casa? Seguro que lo sabe. No en vano el teléfono no para de sonar asomando su nombre por la pantalla iluminada, como reclamo de lo que acontece. No lo cojo ¿para qué? Conozco perfectamente  sus argumentos, no en vano los  esgrime cada noche de estos últimos meses cuando las cosas comenzaron a ir mal.

Porque el descalabro, llegó de forma inesperada. Algunos me dijeron que desde mucho antes comenzaron a labrar el destino que hoy me quiebra. No lo creo. Ella, estaba cercana, sonriente, cual serpiente sesteando bajo piedra horadada por el sol. Despertó al calor de la última derrota. O no, quizá sea cierto, permanecía agazapada, hirsuta, calma, hasta poder atenazar el cuello y lanzarse como alimaña vieja en busca de carroña.

Ella, la traidora. Detrás de la que hoy corrían todos con la sonrisa torpedeada por la frase ocurrente, prestos a dar la palmada más fuerte, a labrarse el lugar cercano donde poder arañar las migajas que irá soltando, como todos lo hicimos. Limpieza, dice. Como si fuera posible gobernar sin pringarse, sin atar al cuello las diferentes presiones que ejercen las familias que antes nos auparon. Dan para recibir. Andan prestos al encuentro del rastro de poder que dejamos bajo nuestra suela en cuanto tocamos mando.

 

Limpieza, dice y se queda tan ancha. Se le llena la boca hablando de reajuste, de acicalar la respuesta ciudadana, ocupando parcelas que arropen al votante para que vuelva al redil. No entiende que el tiempo pasa, que han llegado los que gritan, los que provocan el desorden y son escuchados. A veces, solo a veces, les escuchan, les oyen, sienten que algo de razón llevan. Aunque les teman, saben que con ellos el desastre está garantizado, porque las castas, son y están bien distribuidas, tal como debe ser.

No es posible, alterar  el orden eterno, casi diría que emanado de ley divina. Nosotros gobernando. Ellos produciendo. Sin mezclas extrañas que nos lleven al desastre del pasado. Con el orden de las sociedades civilizadas. Medrar, sí, pero cada uno en su sitio, sin demasiadas mezclas.  Pero les oyen y algunos se embelesan sin darse cuenta de que es una entelequia . Escuchan sus gritos y silban sus propuestas, quizá es que están muy desesperados y por eso aúllan, aunque estoy seguro que  con fuerza, disciplina y poder todo vuelve a su cauce.

 

Lo mejor hubiera sido atrincherarme en un puesto en Madrid. A salvo, como bien dice Silvia. Un puesto administrativo, como han repartido a tantos. Ni tan siquiera un ministerio como el de Tito de Villalba. No pido tanto. Soy consciente que pertenece a una élite que yo, advenedizo al fin, no debo ni asomar. Cuando les convino,  apreciaron mi pertenencia al pueblo llano, mi apellido simple: Rodríguez…Sin casta, sin la urdimbre de testa coronada de un  de  Villalba…Valoraron lo que ahora defenestran.

Claro que ella, tampoco es de postín. Solo tiene la capacidad de reptar por la cloaca, de colocar la palabra precisa en el lugar común. Y sonreír con esa boca subsumida que hace de sus labios sima de puro inexistentes. Ella es ahora la nueva cara del partido, una cara pérfida, fea, con ojos encapuchados como si el sueño les adueñara y el gesto desabrido en la boca, como oliendo a toda hora mierda pura. Pero ya está entronizada, casi al tiempo que yo, defenestrado. Y tengo que salir de aquí, es más de media noche y  volver a mi casa.

 

Volver por mis propios medios, que no tienen el detalle de dejar el coche oficial ni un minuto de más. Silvia lo notará. Se acostumbró demasiado a la cómoda pertenencia a la élite. Calentó, demasiado pronto, sus posaderas tan trilladas de gimnasio al coche oficial, al tiempo en que el chófer cubría cualquier imprevisto.  Ahora, habrá que dejar lo superfluo para hacerse a la idea de que volvemos al barro. Aunque Silvia no estuvo nunca en él. Bien que lo afirman sus padres. Don Benito, con sus diatribas de gran señor, y doña Pura, con sus chaneles a toda hora. Da igual la temperatura, da igual el sitio, ella acordona su cuello con las perlas,  viste el trajecito, que  parece siempre el mismo, aunque con variaciones de color. Con que sordina don Benito, preguntaba en los últimos tiempos: “¿qué cómo andamos, ahora que se acabó mandar?” Al perder la presidencia de la Comunidad, le cambió el semblante. Porque antes la sonrisa no la apeaba, y menos cuando solicitaba algún favor para él, que fueron cumplidos a rajatabla, o para sus amigos, que le crecieron a mi calor. Hoy lo negará, porque a él le llegará también el desfalco.

 

Me lo hará pagar, como al principio, cuando era solo un militante de base sin más raigambre con el poder que ser escudero de los poderosos.   Se dirigía  a mí con el tono despectivo que pone cuando no concede posibilidad ni chance al contrincante. Así me hablaba, con el desprecio pintado en un gesto adusto y señorial.

Las manos. La tomó con mis manos; me decía que eran manos de cabrero. “Las tienes bastas como un cabrero, Enrique, hijo mío, como si hubieras cuidado cabras toda la vida. No sé mi pobre hija que vio en ti” Y yo mordía la rabia, mientras  las palabras  se acongojaban en la garganta esperando salir y vomitarle encima el coraje sentido. Luego cambió. Cómo las serpientes cambian de piel, así mudó la faz don Benito de las Heras y López de Haro. Con la rimbombancia de sus apellidos enterraba mi Rodríguez. “Menos mal que al Rodríguez, le sigue el de Las Heras, porque pobres nietas mías, con ese apellido vulgar, Enrique, hijo, no te lo tomes a mal” Y yo tragando. Como ahora. Tal que volverán las cosas al principio, porque la vida es circular y siempre se vuelve al punto de partida.

 

Ella, que nació dentro. Comenzó la militancia con tan solo dieciséis años. Creció, medró y se mantuvo al calor del poder desde siempre. Y propugnan una cara nueva con alguien que fue joven cachorra de interés difuso y lo tengo que escuchar sin que la risa me cuartee el rostro, sin que un leve atisbo de sarcasmo socave la mirada para que no lo noten. Ella, ¿la novedad? Que se amamantó de todos los que la precedimos en el cargo, fue dejando el rastro baboso, cual medusa, embadurnada de intereses a nuestros pies, alfombrando el terreno para que al pisar nosotros no se notara. Ella ¿va a renovar? Y yo tengo que tragar el desfalco de irme por la puerta pequeña, al amparo de males mayores, en busca de Dios sabe que , a partir de ahora.

No me preocupa más que lo justo, a decir verdad. La escalada se hará, que creé lazos incombustibles, y deberán pagar favores o al menos pagar silencios. No, ese no es el problema, es otro. Me desacostumbré a pisar el terreno sin que me lo allanaran. Perdí la costumbre de caminar holgado sin escolta y sin chófer que abra mis puertas y las de los míos. Perdí la costumbre de ver por mis ojos y no por los de los subalternos, perdí todo eso, en aras de amar el poder. Y no es que fuera tanto, no, que tan solo era el pequeño poder de mi reino de Taifas, pero era el mío, el que labré a base de librar batallas con los otros. Los de enfrente, eso duele y más de lo que creo. Porque en mi desprecio no calibré este tiempo. Y me lo harán pagar. Ya lo hacen. Ayer mismo los vi cercenar sus ojos con indiferencia ante mi paso. Ella y  los otros  iban en comandita, sonrientes, con la mano del nuevo presidente encima del hombro de ella, mirándola arrobado en la confianza ciega de estar compenetrados. Y yo, allí, lejos, tragando bilis, porque no hay cetro más aborrecible que el que se abandona.

 

Eso y no lo otro es lo que pesa ahora. Y ella, que con su sonrisa de labios subsumidos me contempla de lejos, con la mirada encapuchada de desprecio. O al menos, así me lo parece.

Mañana será otro día, quizá vea de diferente forma los rincones que ahora se me ofrecen inhóspitos cenagales plagados de abismos. Mañana recompondré mi vida, la de Silvia y las niñas, que eso es a tener bien en cuenta. Ellas que me nacieron cuando el poder estaba, que están acostumbradas a sentirse especiales, a verme como un padre ausente, envestido de un poder que les decora el alma. Silvia será el problema. Con el deseo vivo de volver a Madrid, de envolverse en la suave caricia de lo bien conocido, de lugares comunes donde yo nunca encajo. Silvia se irá, lo intuyo. Y la verdad, es que apenas me importa. A base de conciabulos en donde yo pintaba más bien poco, se me quedaron huecos los afectos que, quizá, algún día, sintiera. O los deseos, que de todo hubo y con eso me quedo. Ahora todo es vacío.

Mañana, quizá, me piense en el reencuentro con la que dejé ir, para trepar peldaños. Porque en las noches aciagas, como ésta, que ya hay varías, me llegan los recuerdos, me vienen los hastíos a la vida que llevo y se me vuelve el ánimo, envuelto entre recuerdos, como si me pesaran, como si me dolieran. Renuncié y ahora que lo pierdo todo, me llega la añoranza. Lo pierdo y me doy cuenta, que de todo lo obtenido, quizá lo que más aprecio es lo que no he tenido…

 

Fin.

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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