El Autor

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Sigo dentro de la cama, observando tu despertar, diluyendo la languidez que me implora  seguir en el lecho, con la desidia que me da contemplar tu aguileño perfil. La nariz se te hace más  prominente cada día; al avejentarte se desploma la punta que la corona, como si los años pesaran sobre ella, hasta  hacerla parecer pico de loro. Te cuelgan los mofletes, que no hace tanto  permanecían lozanos, prietas las carnes  de tus papos que achinaban los ojos.

Los ojos. Me espanta verlos,  recién despertada, cuando se muestran desnudos, sin los cristales que los visten y disimulan su estolidez.  Al despertar, permanecen encapuchados por el telón de un parpado que amenaza con ocultarlos del todo a poco que lo intente. Siempre fueron ojos caídos, por mucho que intentabas a base de sujetarlos con celo, en un imposible y ficticio lifting casero y repudiado. Fueron comas que descendían de tu frente sin compasión. Intentaste disimularlo con triquiñuelas infantiles: tus gafas que siempre mantenían una línea ascendente, forzando el gesto hasta hacer mueca de ello, para intentar levantarlos. Vano intento, Tivo, vano intento. Jamás reconocí, en voz alta, cuan ridículo me pareció tu lucha por levantar una mirada de pez. En cambio, en el silencio que precede al despertar mañanero, me atrevo a pensarlo,  hasta a musitarlo. Sin que te enteres, claro, porque eso supondría un tiempo despreciado en lamentaciones y descalabros planos. Te miro de soslayo, mientras te desperezas y levantas, como cuelgan, impías, esas carnes de las que tú te sientes orgulloso, narciso feliz que jamás verá la realidad por más que le pise los talones. Aunque, ahora que lo pienso y me sonrío por ello, anoche te asustaste.  No te esperabas,  comprobar en el vídeo, que se te descuelga el mentón de forma precisa y sin remedio. O como decimos el vulgo: la papada. Querido Tivo ¿quién te iba a decir a ti que tendrías papada? Algo tan burdo, tan vulgar: una papada. Un colgajo deforme que pende, como piel macilenta y sobrante de una barbilla, que a fuer de caer, casi anula el cuello, juntándolo con el pecho. Anoche viendo el vídeo de nuestras últimas vacaciones, sí, las que propiciaron el descalabro, te diste cuenta que engordas, que tu cara muestra con amplitud el paso aciago de los años. Te quejaste, buscando el consuelo en mis palabras. No puedo evitar sonreírme, Tivo: buscar consuelo en mí es intentar ampararte en un árbol de la tormenta. Parece que ignoras (como ignoras que engordas, no quieres ver que tu ropa se estrecha sin piedad) mi desafección, que ya no miento para aplacar tus necedades ni burlo las palabras para labrarte una amable realidad donde florece tu autoestima con  tranquilidad. Ese tiempo pasó y tú no te das cuenta, vuelves una y otra vez en busca de amparo, cuando solo te puedo ofrecer gotas de este desprecio que me inspiras.

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Sí, querido Tivo Vùlgar. Tú, el sublime, Vúlgar, que no vulgar, como apostillas siempre que conoces a alguna jovencilla, sea alumna o lectora entregada, que quieres subyugar con ese ingenio que crees tener, y para mí se queda en  narcisismo trasnochado . Sí, Tivo Vúlgar, tienes papada. La tienes porque hace tiempo sobrepasaste la frontera cerril de la cincuentena. Y te pones fondón, querido.  Has engordado, aunque te niegues a reconocerlo con las armas de un presunto ingenio que dices poseer y a mí, tan solo me parece fuego fatuo de intelectual pacotillero. Esa es mi opinión, avalada por años de convivencia, de callar, de hacer como si escuchara tus peroratas de ensayo, porque sé bien, que conmigo tan solo ensayas lo que luego, con el despliegue de tus alas seductoras de galán trasnochado y senil, muestras a las jovencitas o maduras fondonas, como tú, pero rendidas de antemano a tus encantos intelectuales o senilmente intelectuales, que es lo que parecen ahora.

Sales de la ducha, inundas la habitación con la amalgama de olores que tu cuerpo desprende: el del champú especial anticaída, la crema hidratante, el antiojeras, la loción capilar fijadora, crema reafirmante de cuerpo…Te cuesta elegir la ropa que ponerte, veo que dudas entre las bermudas azules, con la camiseta de azaleas, o la ¡magenta! con camiseta negra. Odio esa forma tuya de disfrazarte cada día. Apenas asoma la primavera, realizas el ajuste de vestuario, haciendo de tu vestidor una aleación de un panton completo de colorido. Tu vestimenta se apayasa y frivoliza hasta el límite del ridículo, tanto, que a veces, cuando voy a las presentaciones (tan pocas veces ya, por otro lado) me niego a acompañarte si no te vistes con el recato debido a tu edad. Cosa que te enfurece, si te lo indico, pero cedes porque conoces bien mi tozudez en esos temas. Hoy, en cambio, te veo discreto al fin, quizá influido por el despeñe de anoche, por la despiadada realidad que te mostró el vídeo de nuestras vacaciones y la constatación de que engordas, que tienes una monumental papada y envejeces. Sales, dejando el rastro de tu olor que sé, durará un tiempo, se fijará en mi memoria hasta la náusea, como todo lo que viene de ti, querido Tivo.

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Apenas me dedicas  más miradas que las imprescindibles para mantener el decoro de la convivencia, Tivo Vúlgar, por mucho que te esfuerces en mechar de sonrisas y miradas cómplices el tiempo que pasamos juntos, intentando tender los puentes que sabes se rompieron hace años, y son incuestionablemente insalubres. Lo sabes y lo sé. Como sabes que no ignoro tu promiscua apetencia de jovencitas. Crees, en tu impostura, Tivo Vúlgar, que sufro por ello, por eso intentas disimular y apaciguar el ansia que te genera cualquier nueva pieza que aparezca en tu horizonte. Disimulas tan mal, que me produce una hilarante sensación, mezclada con la vergüenza ajena, de tu actitud.

Cierto que son pocas las que resisten. Nunca entenderé  a esa recua de jovencitas o maduras trisconas que revolotean a tu alrededor. Son guapas, algunas tienen el atractivo de la inteligencia, pero caen rendidas a tus ensalmos de falso intelectual que es el velo con el que cubres la vacuidad de tu egolatría. Porque en ti, todo es banal y falso, querido, no hay ni un ápice de verdad en tu apariencia.

Comenzando por el nombre: Tivo. Te parece interesante, sugestivo: “Tivo Vúlgar, no vulgar, por favor, todo menos eso” les dices a todas el mismo mantra con el que decoras una presentación con mano extendida, amohinando los labios, achicando tus pacatos ojos tristes, que tras el vidrio de unas gafas caras, parecen asomar inteligencia y solo es miopía. No te llamas Tivo, querido, eres Tiburcio Vúlgar, esa es tu primera  realidad, que descubrí al contraer matrimonio, después del tiempo que compartí contigo, en la ignorancia. Restallan aún en mis oídos, la risa solapada del juez que nos casó. Tu mosqueo ante el descalabro de mi risa, al contemplar el impreso, y oír la voz aflautada del juez que decía: “Tiburcio Vulgar, quiere usted por esposa a Irene de Villavicencio…!

Al momento, corregiste: “Vúlgar, por favor, no vulgar…” Dejaste la amarga sensación del ridículo que te corroía, dentro del disimulo que la ocasión requería. Recuerdo que volví mi rostro para mirar el tuyo, como se mira a un extraño.13669180_1623151594662384_7356718737281181201_n

-¿Te llamas Tiburcio? ¡Dios Santo! Ahora entiendo por qué  ocultabas los impresos ¡era por tu nombre! y retrasabas la boda –

-Irene, deja las ironías para otro momento, a este señor no le interesa mi nombre ni nuestros problemas. No ocultaba impresos, y nunca he deseado casarme porque amo la libertad, el amor no necesita de ataduras burguesas, que para ti parecen importantes. Jamás se me ocurriría ser tan frívolo para huir de una  realidad como es mi nombre-

Las gafas se te deslizaron nariz abajo, por ese pico aguileño que se va inclinando por meses, mientras a los ojos se les asomaba la rabia que la risa del juez y la mía, te producía. Siempre te ha perturbado ser sujeto de ironías. No soportas que se menoscabe tu solemnidad. Al contrario de tu actitud  hacia los demás, a los que siempre encuentras sujeto de chanza o burla. Con poca gracia, si me permites, que te apunte, Tivo querido,  cada día más menoscabada por la subida de egolatría  que, contumaz, exhibes.

 

Tiburcio Vulgar, te llamó el juez y no se lo perdonaste. En momento solemne dejaste escapar el enojo que tu nombre te producía, se fisurò tu entereza por la sensación de desnudo ridículo que sufriste. La sensación se agrandó por la sonrisa de papá, al que odiabas y admirabas a partes iguales, al saberle poseedor de un ingenio que tú jamás tendrías, de un carisma que le brotaba por la piel y de una prestancia, que aún con sus ochenta y tanto años, que tenía el día de la boda, eclipsó a la mayoría de invitados.  Jamás volviste a pronunciar tu nombre al completo aunque yo, a modo de chanza vengativa te llamo así algunas veces. Nunca en público porque eso conllevaría las pequeñas venganzas mezquinas a las que me sometes cuando las cosas no son de tu conformidad, ni me atengo al esculpido guion que decantas sobre tu genialidad.

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El señor catedrático don Tivo Vúlgar: “Por favor, no me pongas tratamiento, no lo merezco, soy pueblo, querida, llano y sencillo, como la palabra. Apéame el tratamiento, o llámame, amor, que es mi religión, la que profeso y por la que hago proselitismo. Amor Tivo Vúlgar, puedes llamarme, querida” Mientras baboseas y acaricias con una mirada de lumiaco, a la joven de turno. Pintas con un pincel libidinoso de mirada obscena su anatomía, mientras le hablas, dibujando palmo a palmo su cuerpo con tus ojos, esperando que tu mano pueda tornearla en breve, entrando a hurgar sus lugares secretos con la misma ansia que un niño chupa un dulce. Diríase que la lascivia alimenta tu ego más que la propia lujuria. Las amas a ellas porque te desean, las buscas para que te deseen, es la forma estúpida de autoafirmarte que tienes.  La admiración que produces a las alumnas, o a las admiradas participantes de conferencias, cursos, talleres, tertulias literarias,  asustadas por tu grandilocuente prestigio de mago de vanidades. Las deslumbras como los conquistadores de América hacían con los pobres indios, mostrándoles los espejitos de su ingenio, que no son más que baratijas vacuas. Así haces con ellas, enseñarles el espejuelo banal de tu supuesto ingenio, realizando juegos de palabras, adjetivando de forma sibilina y falsa, frases carentes de sentido, de interés y de gracia, pero plasmadas con la almibarada grandilocuencia con que lo haces, deslumbra a las incautas.

 

No dejará de sorprenderme la facilidad con que logras atrapar en tu red de viuda negra a las gacelitas que pululan por los dominios donde reinas. Haces de la Facultad tu feudo. Un reino de Taifas que gobiernas con el antojo de un ego exacerbado al que sacrificas todo arte, cualquier calidad literaria. Produces poesía, relatos, novela, ensayo, todo tan vacío como tú. Sin miga ni entramado que sostenga la mínima consistencia literaria. Es coreada por los corifeos que ovejean a tu paso, se publica en tu editorial, creada con mi patrimonio a mayor gloria del autor don Tivo Vúlgar, no vulgar, por favor, eso nunca, todo menos vulgar.

 

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Se me hace viejo el antiguo rencor que me corroe. Se me pudre dentro a base de cerrar la puerta con los goznes de la corrección y el disimulo. Si alguna vez te amé, ya no me acuerdo, si sentí admiración por el supuesto genio que te adornaba, se me perdió en el largo camino de desafección al que me ungiste como a un buey se le cincha el carro del que tira por tiempo inmemorial.

 

Eras ingenioso cuando te conocí, eso lo reconozco. O al menos lo parecías. Entonces tus maseteros estaban apretados en sonrosados pómulos que al reírte escondían los ojos. También tus glúteos se mantenían firmes, no eran colgajos en movimiento, como ahora. Reías con constancia, recuerdo que pensé que como intelectual no debías valer mucho, ya que no adornabas tu ingenio con el vaho de la seriedad, o al menos, un ligero manto de solemnidad. Luego lo adquiriste, te apropiaste de las formas, dejando, posiblemente, el fondo fuera, no distorsionara al personaje que, a mi sombra, decidiste crear.

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Me fascinó tu desvergonzado ímpetu por querer convertirte en lo que eres: tu mejor personaje. En ti, la creación literaria dio frutos, incluso, debo reconocerte el ingenio. En crearte, desplegaste las alas que debiste utilizar en menester más firme: una obra literaria, al menos una sola, con cierto valor intrínseco, que no fuera fuego fatuo, como lo es todo lo que sale de tu pluma. Decir pluma es decir algo cierto, porque la tienes en abundancia, tanto, que temo en cualquier momento, nos des un estallido y aparezcas liado con algún bantú de dotación egregia. Porque a femenino, a melifluo, a evanescente, no te supera nadie, querido. Tus manos se voltean contrachapando las frases, los gestos exagerados, cayendo en la mueca, que haces con la boca, tensando ese cuello que a poco que le engroses, casi desaparece, uniendo tu papada con el pecho colgón, pellejudo y maltrecho que te supone pasar la cincuentena. Caminas al declive, y lo sabes, por eso te enfurece y aprietas el paso, buscando jovencitas, cada día con menos años, con menos experiencia, que son las que puedes deslumbrar con tus pasos de viejo trasnochado.  Temo que en cualquier momento, pierdas el decoro y tengamos que lamentar algún desafuero que se salde con algo más que un ridículo manifiesto y público.

Digo lamentar  en plural, porque eres mi empresa. Formamos un tándem, mal que me pese, y bien que lo lamento. Estamos unidos como univitelinos desde que comprometimos nuestro futuro, uniéndonos. Dejé mis fuerzas y mi ingenio para seguirte, intentando dar forma consciente al entramado falso de tu mente y tu obra. El patrimonio de los Villavicencio, que con esmero labraron los que me precedieron, está hipotecado en tus obras falaces con las que no sacamos ni para pagar el papel con que se imprimen. La editorial se sufraga con fondos familiares. No permites que nadie publique, en ella si te hace la más mínima sombra, más que tú y los que te halagan y te inciensan los suficiente.  Hemos detectado sombras de ingenio en manuscritos varios que nos llegan a veces. Los desprecias por todo: que son espesos, ásperos, sin argumento, enrevesados, o fútiles…A todos pones pegas, quizá porque sabes que son muy superiores a los tuyos. Lo intuyes, por eso ninguneas, cuando no los desprecias sin ambages, casi sin disimulo. Si son de alguna mujer, le das pábulo el tiempo justo en que te la beneficias, si puedes, o es lo suficiente atractiva. Para luego, en cuanto aparece  otra, o te cansas, o te agota su ingenio y ya no puedes deslumbrarla, o intuyes que está a punto de descubrir tu vacuidad, la abandonas con las palabras justas para dejarla herida y sin fuerza para emprender el camino. Las dejas en un abatimiento que las impide escribir. Has malogrado, seguro, algún talento. ¿Cómo osar competir con el genio Vúlgar? se dicen cuando las abandonas.

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A los hombres, ni les das oportunidad. La excepción es  VanGhi. No pudiste buscar uno más oculto y retorcido. En tu rebuscamiento, consideras que es fuente de prestigio, por lo errático y críptico de  su prosa. Al ser desconocido, es un autor vietnamita, que descubriste, imagino, hurgando por librerías inexpugnables de Paris, después del viaje iniciático que hicimos al poco de conocernos, no te hace sombra. O quizá lo encontraste en el mismo Vietnam cuando hace cuatro años lo visitamos. Ignoro el momento que decidiste emplear tu impulso, mi dinero y la fuerza que acompaña nuestra unión en encumbrar a un desconocido.  Descubriste a VanGhi, a la vez que el filón de mostrarte un autor tan “humilde” para rendir pleitesía, admiración y gloria por un  extraño, que desde entonces, propugnas al Nobel, en cada ocasión propicia, supeditando (imaginas) su estrella a la tuya.  Al darlo a conocer, te consideras su descubridor, te arrojas el derecho de su gloria con el deseo de compartirla, sabedor, como eres, de que tu obra, jamás pasará los anaqueles de los cuatro incondicionales que te siguen en la facultad o en las redes sociales. Impartes conferencias, charlas, talleres, tertulias, promocionas sin tregua sobre él, con heroicidad digna de mejor causa. VanGhi es tu buque insignia, tu baluarte, tu pendón, tu puta, y tu Dulcinea, por quien bates inexistentes molinos, como si fueran enemigos de la esencia del poder y la gloria. A él te supeditas, le dedicas un tiempo, que debiera explayarse en descubrir otras literaturas. Todo sacrificado en el templo de tu esnobismo; incurable dolencia, en donde se inmersionan los mediocres que como tú,  medran, fagocitando otras mentes y cuerpos.

 

VanGhi, te sirve, como te sirvo yo. Meros peones para alimentar el enorme horno donde se cuece tu ego exacerbado. Ese que te exige parecer numen, cuando todo es fachada, fuego fatuo y burdel. Por eso te desprecio. Podría respetarte si al menos mostraras un poco de verdadero genio, como al principio de conocerte, cuando recibía los inciertos chispazos de tu inteligencia con sorpresa y emoción. Pasaron raudos, hasta convertirse en estereotipos; algo repetitivo, como esa canción que al escucharla te fascina, pero a la tercera o cuarta vez, aburre, para convertirse en detestable. Eso me ocurre, querido Tivo Vúlgar, que me resultas detestable, aunque de verdad, quisiera poder recuperar un cierto tono de respeto. Amarte ya, es imposible, tu meliflua carne caída, tus ojos abesugados, tu boca salivosa, tan solo me produce un sibilino rechazo. Si al menos, mostraras un apunte de originalidad, algún atisbo de fulgurante ingenio, aunque fuera breve, podría, a base de admiración, dedicarte respeto y de esa forma ganar, yo misma, la dignidad que me niego, quedándome atada a tu presencia vana.

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Ves, yo tampoco me entiendo, rodeándome en este mar de dudas indignas. ¿Por qué sigo contigo? Por dinero, me digo, sin dar más que un ligero matiz de vana consistencia al argumento, pero no me convence la explicación. Apuré mi patrimonio en aras de tu carrera; está todo empeñado, hipotecado, alzado. Vivimos por encima de toda cordura amparados en tu prestigio y mi apellido, que aún sigue rentando réditos si se esgrime ante puertas concluyentes. Nos queda poco tiempo, querido, para que el descalabro haga la suficiente mella y todo salga a la luz: nuestra ruina y tu vacuidad. Te endiosas con la lejana hipótesis de un Nobel para VanGhi. Ahí placan tus respuestas: el Nobel de VanGhi…Nos sacará de apuros, me respondes, cuando aprieto las cuentas, intentando, como consecuencia refrenar el ritmo de los gastos: “No pasa nada, amor, el próximo Nobel es para VanGhi, y nos hinchamos. Seguro. Con los dos recopilatorios reeditados, con el ensayo sobre el lenguaje críptico de la literatura vanghiana y análisis crítico sobre su prosa poética. Al recibir el premio, nos los quitarán de las manos, más las conferencias, los artículos, panegíricos, entrevistas, televisión. Imagina, me llamarán de la televisión, al momento del premio. Soy su mayor valedor, el experto por excelencia. Con todo, nos hinchamos, amor. No desesperes. No puede retrasarse más el Nobel, se lo merece de largo, tengo noticias de Suecia, y esta vez se lo dan, seguro” Un año y otro repites argumento. Y el Nobel, nunca llega. Otro espejuelo, que pones ante mis ojos para seguir desangrando un patrimonio inexistente que se mantiene sobre cimiento de papel.

 

Es un motivo para no salir de esta jaula en que se convirtió la relación. ¿Y si cuando me vaya, recibe el Nobel VanGhi? Después de haber aguantado años, tus engaños, tus burlas, tus melifluas intenciones, esos asaltos de madrugada, casi clandestinos, cuando tienes que consolarte con mi cuerpo desgastado, por no tener nada más joven y apetecible que llevarte .  Si me voy y se lo dan ¿cómo soportaría la sensación de pérdida de tiempo? me digo, intentando convencerme de que ese es el motivo para quedarme, pero sigue sin convencerme. Cuando soporto las sonrisas plenas de conmiseración de los que presencian tus coqueteos, o tienen que entretenerme mientras te tiras a alguna en despachos, baños públicos, incluso en el coche. No pregunto por ti, eludo tu presencia cuando intuyo la desafección, tan solo me molesta la incomodidad ajena, el ver que ellos rebullen mis ojos, huyendo de mi mirada con pena. No saben la indiferencia que me apresta, porque nada que venga de ti me afecta, como no sea tu sola presencia. Agradezco  a las jovencitas con las que te acuestas,  que me descarguen de soportar tus babas, tu piel rasposa y meliflua, tus comentarios obscenos, las ideas que sugerías hace tiempo (ya no, al ver mi falta de entusiasmo) sobre innovar nuestras relaciones. Me gustaría  perder el decoro y gritarles: no se apuren, ya sé que está follando con otra. No ven que no me importa, no ven que lo prefiero. Todo antes que soportar sobre mi vientre, sus carnes flácidas, su piel gallinácea y colgona,  su boca húmeda que va dejando un rastro de baba de caracol cuando cree que debe recorrer mi cuerpo para seguir demostrándose a sí mismo, lo buen amante que es. Que se folle al mundo entero, hombres y mujeres, háganse con ese esperpéntico intelectual y que me deje en paz. No disimulen, que no me importa.images (14)

Callo, sonrío, mantengo el tipo, hasta que vuelves, con la satisfecha mirada del triunfador, de alguien que sabe que su valor cotiza al alza, porque volvió a hacerlo. Volvió a tirarse a la jovencita, a la divorciada hambrienta y deseada por el rector, por el cuerpo académico. “Se la tiró Tivo Vúlgar”, sabes qué dirán al día siguiente, en el claustro o por los pasillos. Incluso los alumnos comentan tus proezas: “a esa se la tiró el Vúlgar, con lo viejo que es el cabrón, no veas que pivones se calza”. Con el incierto tono de prepotencia testosterónica que tanto te enerva y te reconforta.

 

Creo que lo haces por eso, solo por eso. Tu deseo es el de un degustador profesional, un catador subrepticio que olisquea, paladea con un buchito y luego escupe el vino, porque en realidad es tarea profesional. La que impele ese bajo concepto de ti mismo que tienes. Ahí radica todo, querido: lo poco que te estimas. Conoces bien las limitaciones que te adornan, lo inútil e inepto que eres, por eso necesitas alimentar la egolatría sin ningún recato.

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Intento explicarme por qué sigo contigo,  en estas mañanas en las que el letargo invernal, me sume con encanto, y divago más de la cuenta. ¿Es solo por dinero? ¿Mantengo este simulacro de pareja por recibir algún día el pago a mis desvelos? Esta conversación es solo conmigo, no hace falta que mantenga mis mentiras, por tanto sé que no es así. Sobrellevando el naufragio de nuestra economía saldría adelante, me sobran recursos. La galería da perdidas, es cierto, pero es que le dedico poco entusiasmo y tiempo. Se lo roba la editorial, que se supedita a tus obras, y a la de los que asumen tu favor o te esculpen el ego a base de lisonjas. Se lo roba, el representarte, buscar eventos para mantenerte erguido dentro de esa nube de ego falso que te construiste y habitas con satisfacción. Y se lo roba, al fin, este agotamiento que me acecha cada día como losa firme que no deja moverse a mi cuerpo. Me asusta la vejez, me asusta perder el tronío que no hace tanto, me hacía estar en diferentes sitios sin inmutar mi tiempo. Tomar el coche, el avión, salir de casa sin pensar ni en tiempo ni en cansancio. El vigor que animó reuniones, eventos, trabajo y que ahora huye de mí, dejándome maltrecha y desbaratada. Todo me cuesta un mundo. Permanecería arropada en esta cama horas y horas, sin moverme, tal como ahora, apaciguada por el calor de mi cuerpo, escuchando, lejano, el sonido de la calle, que zozobra en sombras detrás de los visillos de mi ventana. Lejos, fuera de tu órbita, mientras aquí, en el calor soberano del  hogar, desplazo los problemas a otro tiempo, a otro lugar.

 

Quizá sea esa la respuesta. Este cansancio que me acecha como animal herido. Me faltan fuerzas y me sobra costumbre, por eso no te abandono. No dejo este matrimonio, no te expulso de las pocas pertenencias que aún poseo, porque me faltan fuerzas para hacerlo. Y me sobra complacencia contemplando nuestra mutua decadencia. De ambos, la tuya es irrisoria, la mía tan penosa que me deja sin aliento cuando compruebo el compendio del desbarajuste.

Me busco en  las fotos de antaño. Miro a la mujer joven, sonriente, con el pelo que acaricia la espalda, con ojos acristalados de entusiasmo, con la boca jugosa y riente, y no me reconozco. O al revés. No reconozco a la que encuentro en el espejo, ajada, con nieve en un pelo que a fuerza de no domeñarlo, se volvió lacio, quebrado. Con los ojos apagados, la sonrisa hiriente que solo se pronuncia cuando el sarcasmos asoma y es muy evidente. No reconozco el cuerpo que muestran las fotos de la playa, del tiempo que ceñía vestidos a riesgo de estallar las costuras,  fibroso, atlético, en el de ahora, con los senos vacíos, colgantes como caireles sin luz. Estas piernas que han corrido, trotado,  caminado por ciudades, sin atisbo de cansancio, están dobladas, sin fuerza; las manos, que simulan garras nudosas mechadas de lunas diminutas y oscuras. No reconozco a la señora que me mira desde el espejo, con ojos sorprendidos. ¿Cuándo pasó el tiempo? ¿Qué hicimos de él? No me di cuenta, no comprendí la precariedad de las horas que pasaban sin dejar poso ni duda, como se diluye de forma fortuita los días y los meses, sin percatarme de lo fútil y escaso que era la juventud y la belleza. Una se cree que todo es para siempre, que dura y que vuelve. Una se cree inmortal, o al menos que su cuerpo no decaerá en lo importante.

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Yo era bella. Contemplando las fotos me admiro de mi vientre tan plano, de las piernas torneadas y firmes, de mi pelo y de la luz de mis ojos azules que siempre deslumbraron. Era bella y apenas me enteraba. Es ahora, cuando lo veo y me altera la rabia de no haber disfrutado del poder que da ser joven y bella. O haberlo disfrutado un poco más de tiempo. Porque viví una juventud gloriosa, hasta que llegaste Tivo Vúlgar.

A los treinta y nueve años, te conocí y con ello se hipotecaron las premisas que movían mi vida y mis actos. No fue culpa tuya, no pretendo responsabilizarte de lo que solo a mí concierne. Me deslumbraste, lo confieso. Como a las jovencitas que crítico y de la misma forma que a ellas, con tu falsa sutileza, con la misma estrategia de donjuán trasnochado.

He pensado muchas veces que fue premeditado, la  atención que me prestaste ese día, cuando te levantaste para venir directamente a mi sitio. Alguien debió avisarte, señalarme como rica heredera, talludita, pero atractiva, un poco mayor que tú, pero sin levantar demasiadas sospechas, candidata ideal a resolver las cuitas que te afectaban: profesor sin mucha proyección, escritor con libro, pero sin lo necesario para romper el dique que separa al batallón de cola, de los fulgentes que brillan en las estanterías. Pasabas de los treinta, por tanto, ya resultaba sospechosa tu soltería, y sobre todo las finanzas. Siempre manirroto, con ínfulas de rico sin autodisciplina, tu economía escoraba hacia el desastre a poco que no pusieras presto remedio. El remedio, fui yo.

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Fue demasiado evidente, el interés que mostraste hacía mí, desde el primer momento. Tus miradas se anclaron en mis ojos, nada más comenzar la conferencia; al terminar te levantaste raudo, hasta llegar a donde me encontraba, posaste las manos en mis hombros, volteaste los ojos contemplándome simulando arrobo y  dijiste: “me deslumbraron tus ojos desde el atril. Al acercarme veo tus hombros y ya quedo rendido a tu belleza, sin remedio ni reducción de pena” Recuerdo las miradas atravesadas  que me lanzaron las que me circundaban. Lo he visto luego tantas veces, que me sonrío al recordar. Cuando dedicas  atención a alguna que consideras posible. Como el cazador avista presa, eliges la pieza entre todas.  La más vulnerable, la más codiciada, por dinero, por influencias, porque te apetezca intimar. Te diriges a ella, buscas argumentos que deslumbren, que atenacen de emoción a la elegida, tomas sus manos, su brazo, sus hombros (como a mí) y sueltas la frase lapidaria. Siempre en medio de gente, para que sintamos que somos las elegidas, las favoritas. Nuestro ego se encarga de labrar la tela de araña. Tú sabes  lanzar los hilos con los que tejemos nosotras mismas la madeja en la que quedamos enredadas  a tu sombra. Fue así, conmigo, como es así con las otras. Luego vino el café en el lugar elegido para la ocasión.

 

Hay varios lugares selecionados. Los tienes clasificados por categorías: hippy, burgués con ínfulas de cultureta, cultureta a secas, elitista, proletario. En los últimos tiempos, te especializas en marginales, brotadas directamente del 15M. Sus pantalones rotos, las rastas de su pelo, las camisetas raídas, parece que te atraen de forma especial y despliegas unas alas, de marginal,  existencialista de vuelta ya de todo, que me produce risa, y a veces hasta pena, por el patetismo que trasparenta.

Diferentes locales para diferentes personas.  A mí, me llevaste al Limbo, terraza con posibles, cócteles enigmáticos, música de blues, revistas en las mesas,  de arte, decoración, literatura, pintura; dejadas al socaire de un descuido muy estudiado. Al sentarnos, desplegaste las alas de seductor, que ahora me parecen irrisorias y entonces entumecieron mi entendimiento. Recuerdo bien tu constante sonrisa, ampliada a veces cuando reías tus  gracias. Debió servirme de aviso, debió alertarme de tu frivolidad. Jamás me gustó la gente que sonríe de forma constante, conformando el gesto a esa apertura de dientes que parece mueca esculpida a golpe de estupidez rampante.

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Había cumplido treinta y nueve  el día anterior. Comenzaba a sentir el rumor de la cuarentena, con la premura que ofrece el sentirse cerrando etapas. La soledad que jamás asomó por el horizonte, me amenazaba. Hacía poco que descubrí las primeras patas de gallo, los surcos que  el tiempo labraba con paciencia junto con la risa, los gin-tonigs y las madrugadas. Me sentía frágil en ese  momento. Por eso tejí la maya en la que me apresaste sin darme cuenta ni tener mayor remilgo en hacerlo. Volvimos a quedar, llamabas con la insistencia medida de quien tiene todo bien premeditado. Eras un joven profesor, promesa firme de las letras, con una novelita corta (petulante, pretenciosa, rica en adjetivos y parca en ideas) editada, algún ensayo sobre literatura. Poco conocido, más que por los compañeros de facultad y la claque que ya te rodeaba. Suficiente para darte lustre a mis ojos. Me preciaba de tener un ojo crítico especial, avalado por una vida rodeada de pintores, arquitectos,  respirando arte y buen gusto. Papá fue considerado más que arquitecto, artista. Constructor de idearios, soñador de edificios, le decían. Yo, que leía, tocaba el piano, contemplaba obras de arte con la misma costumbre con la que me peinaba, me dejé subyugar por el escritorzuelo que eras, por el becario en busca de cátedra que soñaba con firmar libros en grandes almacenes a tanto el millar. Caí, o me dejé caer. Es posible que las hormonas me jugaran la baza cómplice con tu mediocridad. Lo cierto es que a la semana hicimos un amor pretencioso, grandilocuente y morboso, que es como a ti te gusta, despreciando los placeres sencillos, pasionales e intempestivos, que son los que yo prefiero. Luego se fueron apilando los hechos, sin pausa ni mesura. Lentamente entorpeciste mi tiempo, ganaste a base de sobresaltos, de jugar con maestría el lloro, con el abandono, la tristeza con el regalo, el agasajo con el desprecio. Hasta hacerte insufriblemente necesario. Y ahí quedé atrapada.

 

Cuando viste que intentaba salir del cerco, te envalentonaste. Dos intentos de suicidio tan medidos que hoy me asusto de mi propia estupidez al no darme cuenta del engaño. Una amenaza de quemar un manuscrito; luego me percaté que solo  tenía contenido en doce páginas, aunque llevara cien folios como comparsa. Durante un tiempo estuve receptiva a casarme contigo, incluso, te insistí.  Luego descarté la idea porque iba descubriendo la verdadera cara de tu persona: plana, difusa, huera. Pensando en alargar nuestras citas, hasta conseguir una indiferencia medida, llegó la gran  traca final. El anillo de compromiso que me ofreciste en público, en la cena de hermandad de tu logia, a la que me invitaste como estrategia de iniciación. Un discurso medido, agravado por tu seriedad fue el colofón perfecto para mi resistencia. Ni una sola vez sonreíste, tú que utilizas la sonrisa como arma arrojadiza en cualquier ocasión y lugar. Casi recuerdo palabra a palabra lo que recitaste:578976_372655466105657_1173393389_n

“Hoy quiero dedicar unas palabras a Irene, aquí presente, que me acompaña en los últimos meses. Tú, que eres belleza en estado puro, has bajado a la tierra para colmar mi tiempo de alegría, serenidad y cordura. Eres lo más importante, junto con mi lengua, que pasó por mi vida. A mi lengua, mi idioma, le debo poder expresarme, sacar de mi corazón y de mi intelecto ideas que de no   hacerlo, me ahogarían. Tú, Irene, haces todo lo demás. Contigo soy mejor persona, escribo mejor, pienso mejor. Contigo, Irene de Villavicencio, soy. Por eso quiero pertenecerte. Tú no me pertenecerás a mí, porque eres aire, eres luz, eres inteligencia, y eso no tiene dueño, tiene disfrute. Yo sí quiero ser tuyo, para que dispongas, hagas de mí y conmigo lo que desees. No tengo más meta ni más utopía que hacerte feliz. Por eso delante de mis hermanos, te pido humildemente matrimonio. Quiero formar una sociedad de vida contigo, Irene, quedarme cerca de tu estela, para recoger algo de tu ingenio. Tan solo deseo conformarme con los posos de tu amor”.

 

Lo llevabas escrito, debiste meditarlo mucho, medir cada palabra, calibrando el efecto justo que produciría en los demás…y en mí. No niego que me halagaste. Llevar una petición de matrimonio a la logia, entregarte delante de los hermanos a una loa hacia mi persona, que no negaré, me miraban con desconfianza, por mi estatus, por mi vida anterior y por mi congénita desconfianza a cualquier gregarismo, tuvo su valor. Ese fue el golpe de efecto que movió la balanza a tu favor. Mi ego, mi desconchado ego, ante el halago extraordinario que me hiciste ese día, me venció. Pusiste el anillo en mi dedo, esperaste de pie, expectante, la respuesta que, intimidada y poco segura, te di.

 

Nos casamos meses después; la ceremonia fue sencilla en Los Carmenes. Papá, a contrapié y sin convencimiento, me llevó del brazo al altar,  en una ceremonia civil pero alentada por la parafernalia que te adornaba. Poco antes, cuando le anuncié mi compromiso contigo, mostró su desacuerdo de forma tajante: “cometes un error, Irene, ese tipo no te hará feliz. Es un sinsorgo (papá utilizaba palabras extrañas, definía conceptos gracias a un español arcaico, lejano de su encumbramiento) Haz lo que quieras, pero sé consciente de que cometes un error. Cuida tu parroquia, solo te digo eso. Tu independencia, tu patrimonio, tu libertad. Ese tipo es un mediocre, absorberá de ti hasta dejarte sin nada”

Cuantas veces he recordado las palabras premonitorias de papá. Su videncia ¿Cómo consiguió analizarte y extraer la esencia de tu personalidad en las pocas veces que te vio? Se mantenía en silencio, contemplando tus gestos, escuchando tus palabras, de vez en cuando, le veía hacer una negación con la cabeza, o levantando la vista, queriendo apartarla de ti.

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Esa boda fue tu consagración. Lo supe poco después de  celebrarla. Dedicaste tiempo y esfuerzo al evento,  en tu fuero interno sabías, (como así ha sido) que tu futuro como escritor, dependía de que el mayor número posible de personas de nuestro entorno conocieran la alianza entre Vúlgar (nunca vulgar, por favor, soy todo menos eso) y los Villavicencio. Después del desposorio, las presentaciones, las conferencias, las charlas y las tertulias literarias en las que participabas, se veían adornadas por lo más granado de la intelectualidad pudiente (es la que a ti te interesa). Tejí una red de influencias para  el cercado donde he gastado vida y entusiasmo. A tu vera, me ensombrecí, posé mi luz en tu antorcha para que alumbrara tu obra y ni así pudo ser, porque no hay obra. Todo es una absoluta vacuidad que nos rodea e impregna, por contagio, mi vida.

 

Debía levantarme ya. En realidad debía haberlo hecho hace horas, pero no tengo ni ganas ni motivo aparente. El sol hace tiempo que se aploma sobre los visillos con insistencia, haciéndome notar que el día avanza mientras yo sigo adormecida por recuerdos y reproches. Son más de las once, oigo el trasteo de la interina por la casa. Desde hace rato  escucho como sube la música; el sonido de la aspiradora, aunque lejano (tiene orden de no molestar mientras cualquiera de nosotros no se levante) se escucha y adormece. Hice propósito de volver al gimnasio, pero lo pospongo día tras día, mientras esta incierta desidia me acompaña arrojándome a los brazos de la pereza y la inacción.

 

Si no estuviera tan cansada, seguro que encontraría la motivación para ir, para levantarme,  emprender alguna acción que me pusiera en pie de una forma determinante. No encuentro ni motivo ni causa para forzar el esfuerzo que me haga salir del lecho.

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Sentí este desplome después del viaje que hicimos intentando recomponer los trozos del material inerte que es nuestro matrimonio.  Nuestros viajes, son una forma de escape. Desde el principio, dejamos claro, que dedicaríamos un mes, al menos, al año, para ir a algún sitio exótico. En los primeros años,  marchábamos dos, incluso tres meses.  Decías que lo rentabilizabas con la publicación de una colección que formamos al pairo de los viajes. Relatos, ensayo o novelita, basada en cada uno de los que hacíamos. Así  tenías coartada para aventurarte en lugares insólitos, buscar aventuras imposibles o bacanales que a veces nos rompían por dentro. Todo era literatura, decías,  experiencias que luego  plasmabas en la colección. Me pareció una idea excelente, a la que me entregué con la misma pasión que ponía en todo. Conocimos Irán, Palestina, Israel, Sri Lanka, Guinea Bissau, Papua Nueva Guinea (viaje a los ancestros, donde estuvimos durante un mes conviviendo con nativos que convivían con el periodo prehistórico) Tanzania, Egipto, Malaysia, Taiwán, Noruega, Suecia. A China le dedicamos tres inmensos viajes, al igual que a Rusia, junto con alguna de las antiguas repúblicas soviéticas. A, EEUU, volvíamos cada poco, con viajes de quincenas, aunque durante un mes hicimos la ruta 66, con un coche alquilado, quedándonos en moteles oscuros, o incluso al raso, alguna vez. En la India estuvimos  mes y medio, hasta agotar nuestras fuerzas y casi nuestra salud (una enorme gastroenteritis que nos duró a ambos, dos semanas y arrasó con la poca carne magra que aportamos al viaje).

Las publicaciones, salían, a la vuelta,  después de ordenar apuntes, correcciones de las que yo me encargaba, y aportes novelísticos como forma de afianzar la historia que contabas en cada uno de ellos. Al principio se vendieron  bien. He de reconocer que tuvimos alegrías con aquella colección, al menos con los tres primeros volúmenes. Tejiste historias divertidas, rocambolescas con el fondo de las ciudades o países que visitábamos. Luego se agotó el ingenio, los relatos se convirtieron en algo repetitivo, retorcido, con historias grandilocuentes hasta hacerse inverosímiles. Los últimos volúmenes, decayeron hasta la inanición. Al fin, optaste por hacer un libro de viajes, sin más aditivo que el exceso de adjetivación que adorna tu prosa, hasta hacerla inviable al entendimiento por pura modorra. Y eso que tu maestro VanGhi, profesa la escritura zen, que llamáis, donde lo más es menos, y el concepto resuelve la retórica. Tú no, te enrevesas en descripciones vanas, en portentos de retahílas incoherentes, que intentan, sin triunfo, disfrazar la falta de argumento, de idea y de forma.

De aquel tiempo nos quedó el gusto por viajar, por incluirnos, durante  un tiempo, en universos extraños que nos depararan formas de aventura, quizá, para disipar la atonía que sumía a nuestro matrimonio.

 

El último viaje que hicimos fue a Viena. Anoche vimos el  compilatorio de vídeo de las jornadas vividas allí, en el que te diste cuenta de que estás fondón. Tu barriga te preocupa, tu papada te obsesiona. Se desdibujaron el resto de problemas, las finanzas, el fracaso de tu último libro de relatos. Pasó todo a segundo término, tan solo quedó, para ti la preocupación  de que estabas engordando. Te acostaste con el disgusto pintado en el rostro y la firme determinación de recurrir a los servicios de la clínica Estirate. Una lipoescultura sería tu solución, y un levantamiento de mentón, complementando una blefaroplastia. Pensándolo,  haciendo balance del tiempo de estancia en el hospital, conformaste un sueño placentero, mientras yo recurría de nuevo al Orfidal para no ahogarte.

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No deseaba hacer ese último viaje. Estábamos demasiado agotados y porque no decirlo, viejos, para emprender aventuras a lugares recónditos del planeta, que además, estaban casi todos visitados. Nos decantamos por la decadente Viena. Un viaje cómodo, visitar lo conocido, pasear por lugares comunes, ir a conciertos, excursiones no muy cansadas e intentar tender puentes en nuestra comunicación.

-Cariño, debemos alejarnos de la rutina unos días. Comunicarnos, volver a encontrar los puntos comunes que tenemos. Somos un gran equipo, Irene, que se está desgajando,  siento que debemos unir fuerzas en estos momentos-

No me engañabas, querido, es lo que tiene tanta vida en común, conozco hasta tus pestañeos. Estabas asustado, tenías miedo. Tomaste  conciencia de las finanzas, de cómo el barco se hundía, de la distancia que te  ponía, de la mueca de desagrado que adornaba mi rostro  con cada caricia tuya, de mis silencios ante tus argumentos, de la mirada displicente a  tus ironías que pretendías graciosas y se quedaban en mera estulticia. Tenías miedo. Reculaste y propusiste el viaje a Viena, donde años atrás fuimos felices, para intentar retrasar el reloj ineludible de nuestra vida en común.

-No estamos para viajes, Tivo, ayer te pasé un mail con las cuentas. Detallé el estado de todo el patrimonio. No hay fondos para nada-

-La Universidad me ha propuesto dar unas charlas en diferentes puntos de Viena. Todo está pagado, tan solo tendrás que abonar la diferencia del vuelo, el hotel incluye habitación doble. Las comidas, intentaré pasarlas de forma subrepticia y no gastaremos nada. Es una buena oportunidad, cariño-

Te miré largamente. Mis ojos te preguntaban el por qué no llevabas a cualquiera de tus acólitas, como en otros viajes universitarios, siempre acompañado de la barragana última, en fase de deslumbramiento o de culmen de relación. Mis ojos te preguntaban el por qué no partías solo, como alguna otra vez, en busca de amores furtivos, de noches enfundado en el traje de profesor excéntrico y novedoso que llega a un claustro por primera vez y se enfrenta a ojos y oídos a estrenar. Mis ojos te preguntaban todo eso, por eso bajaste la mirada, la hundiste en el fango de tus oscuras intenciones y me tomaste la mano. Estaba blanda, húmeda. Su contacto tuvo el señuelo de hacerme sentir sucia. Aun así, preparé el viaje. Me dispuse a disfrutar de lo conocido, a pasear por Kolmarkt, perderme en Graben, acunar mis oídos en la Opera, hacer pequeñas compras, en la Kartner, tomar un café en el embrujo del Mozart Café. Caminar y caminar sola, entre gente desconocida, perderme entre pasos difusos, por ver si encontraba salida al laberinto en que se desarrolla mi vida.paaaaaaaaaaaaa

Desde que salimos de Madrid tomé conciencia del error. Tu empeño en ablandar el muro de mi indiferencia, me redujo el ímpetu, que juro, llevaba implícito, al comenzar el viaje. Saliendo de casa, lanzaste una mirada profunda, con los ojos encapuchados de somníferos, y me dijiste.

-Amor, vamos a poner de nuestra parte todo para que salga bien este viaje. Reforcemos el amor que nos seguimos profesando. Y la amistad que sentimos, Irene, por favor, muéstrame un poco de cercanía. Somos náufragos de la vida-

-Tu intensidad me aburre, Tivo. Ahórratela, por favor y ahórrame la molestia de asentir a tus chorradas-

-Eres intolerante Irene. ¿Por qué no sueltas tu rabia de una vez?-

-Si soltara mi rabia, en vez de viajar contigo te molía a hostias, así que mejor déjame contenida-

-No seas vulgar, querida. ¿Por qué esa animadversión, esa ira? Yo sigo amándote aun con los vaivenes de la vida, tanto o más que al principio-

-Por eso te tiras a todo lo que huela a mujer-

La risa asustó al taxista que nos llevaba al aeropuerto.

-O de la que vas… a hombre…que también- ratifiqué el anterior argumento.

-Eres imposible Irene. No sé de donde sacas tanta rabia y animadversión-

-Pregúntatelo-

 

A partir de ahí todo empeoró. Los tanteos nocturnos para conquistar parcelas de mi cuerpo que se negaban con un rechazo mudo pero efectivo. El intento de persuadirme de entrar en el grupo que se formó una noche, entre copas y conversación distendida, para acabar, como tantas veces, en aquelarre sexual ayudados de química infame que  ni mi cuerpo ni mi mente resistían sin pagar una enorme factura. Sentía rechazo a ti, a tu sexo, al de los demás si era compartido contigo, incluso si era sin ti. Desde hace un tiempo entré en un espacio asexuado muy cómodo. No quería volver, en caso de que se pudiera, a sentir la sevicia sexual, que me ató tanto, a ti y a tus consecuencias. Aborrecí el sexo, porque  recordaba tu intimidad. Podía sentir el olor a lejía de tu eyaculación en la de otros. Podía sentir el golpe de tu pelvis en mi vientre aunque quien estuviera encima o debajo fuera un joven cazado a desmano. No, esa etapa pasó por mi vida, dejando secuelas muy arduas, por eso la cerré o se cerró sola, sin querer ni asomar la cabeza de nuevo por ella. Reconozco tu esfuerzo en el vano intento de recomponer conversaciones, momentos intensos. Me llevaste a los sitios donde estuvimos quince años atrás, cuando recién estrenada nuestra vida en común, aún te veía aureolado de éxito y de ingenio. Con la comparación, la desolación más absoluta invadió mi mente. Comencé a sentir el agotamiento que ahora me impide vivir. Recuerdo que fue al levantarme. Me abandonaron las fuerzas, la curiosidad dio paso a un tedio infamante que invadió mi cuerpo. Me quedé esa mañana en el hotel. Al volver, tú, al mediodía, me encontrarse en la cama. Creo que en la misma postura de cuando te marchaste.

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-Irene, ¿estás enferma?-

Tu cara mostraba la preocupación que supondría acarrear hasta el fin del viaje un lastre.

-No, solo indolente. No tenía ganas de levantarme ni motivación. Conozco tan bien Viena que no me apetece salir-

-Cariño, he quedado para comer con el decano. Arréglate, te mandé hace rato un mensaje para que lo hicieras, hemos quedado a las dos-

-No. Tú, has quedado a las dos. No pienso moverme de aquí-

Intentaste persuadirme de que cambiara mi decisión. Volví el rostro hacia la pared, que entelada mostraba unas flores desvaídas en tonos granates, y dejé de oír. Al poco mi respiración lentificada por un sueño profundo te convenció de lo vano de tus suplicas.

Enfrentarme a los recuerdos, me desfondó. Es posible que fuera eso y no algún problema de salud, que por otro lado, he mirado y auscultado cualquier posibilidad de enfermedad para descartarla. No hay nada físico, me dijo Fermín Aceves, amigo y doctor. “Nada físico, Irene, quizá estés cansada de la rutina o de la vida en general, cosa harto frecuente en nuestras edades” Así me dijo, contemplando el desaguisado que era mi persona, ante lo que se erigía su recuerdo de aventura a  los incipientes veinte años, cuando tuvimos un tórrido amor, dejado atrás por mi tiempo y mis ganas de vivir sin ambages.

 

Volví de ese viaje con la certeza de saberme incapaz de afrontar lo que queda de mi vida contigo. En la certeza de no tener fuerza para desligarme de un ser que ató su supervivencia a mi persona, porque sabe que se alimenta de mí.  Abrasaste mi fuerza, quemaste  las intenciones de vivir entre riesgos y asumir que la belleza y el arte son camino, meta y fin de mi vida. Estoy presa de inacción, esa misma sensación es la que me lleva al odio. Porque siento odio profundo al escultor de mi decrepitud, de mis miedos, de enfrentarme a una vejez galopante sin esperanza. Siento que todo esto es obra de las cadenas que me atan a Tivo Vúlgar, no vulgar, todo menos eso…Precisamente eso es en lo que convirtió mi vida: una suma precisa de vulgaridad.

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Siento que hoy o mañana emprenderé una nueva discusión para impedirte que te operes, esa papada, esos ojos de besugo atrasado, esa panza que empieza a sombrear tu torso. Volverán las discusiones pequeñas, sobre temas pequeños, sobre dinero, pagos, ingresos. Nada para lo que nací, nada para lo que forjé mi vida. Nada con lo que soñé. Lo peor de todo es que esas pequeñas luchas me agotan para hacer la más grande, la que me llevaría la libertad, la que abriría, por fin, la puerta a la persona que olvidé. Yo.

 

 

FIN.

 

 

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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