El aplaudidor

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Al bajar del metro ya me di cuenta que  iba desacertado. El golpe de aire helado, de la sierra, me golpeó la cara, con el canto afilado de una navaja, a la vez que un  escalofrío, recorrió la columna vertebral, como un suspiro leve y conciso que me desconcertó. Llevaba puesto el plumas azul, de todos los días, lo que ocurría es que  mostraba heridas en su coraza frente al frío. Trabones, de tiempo inmemorial, un rasguño en la parte frontal, que lo cruzaba como una cicatriz de puñal, y los codos gastados de apoyarlos en los mostradores, en las mesas, o simplemente de un uso excesivo. Hacía tiempo que notaba que el calor se diluía entre el acolchado de la prenda, que la sensación de aislamiento y de protección, experimentada al principio, desaparecía con el uso. El jersey de cuello alto, protegía, aunque con el rigor de una lana gorda, áspera como arpillera y maloliente, después de tenerlo puesto tantas horas, mientras me embobino en la cocina viendo cocinar a Manuela, como artífice de una complacencia que a poco que dure, es la única permitida en esta vida de anacoreta forzado que tengo. Los pantalones filtran el aire, como si mis piernas caminaran desnudas, amparadas por una leve tela que oscurece las extremidades pero no protege ni da calor. Los pies, en cambio,   parecen resguardados. Dos pares de calcetines, de tacto aborregado, que agarrotan  la extremidad, pero protegen de esa lenta sensación que impregna uno por uno a los dedos, luego toma el pie y emprende subida hasta el resto del cuerpo, como batallón triunfante. La temperatura se derrota pronto. Si los pies están al socaire de la naturaleza. Las botas, gastadas, corroídas por  innumerables pasos recorridos en estos tiempos, donde el andar se hizo condición casi exclusiva de vida,  aguantan.  Son de lo poco que queda del naufragio. Casi lo único que resta del recuerdo de la vida pasada, cuando yo era normal, y la vida discurría, apenas, sin más sobresalto que el vivir cotidiano. Las botas, alguna camisa, que queda en el viejo maletón que uso por armario, los pantalones que dejo para ocasión especial, y poco más. Lo demás fue cayendo por el uso o el olvido en las sucesivas mudanzas que llevo repartidas en los dos años de precaria subsistencia.

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Sentí, nada más salir por la boca del metro, que escupía gente, malhumorada, enrollada en bufandas, que embozan el rostro, guantes y abrigos deslucidos, no tanto como mi vestimenta, pero casi, que el enemigo, hoy, además del aburrimiento, sería el frío. Notaba sus garras atenazarse al cuerpo hasta dejarlo huero, sin vida, agarrotado, y sin soltarlo en todas las horas que durara el espacio. Que serían muchas, más de las comprometidas, era seguro. Conocía el programa, conocía el percal del presentador, con sus aires de muñeco enlodado en perfume caro, que impregnaba el set, cuando con leves circunloquios de cadera, entraba en olor de multitudes, aclamado, bajo la batuta del regidor, por nosotros y su coro de acólitos. Conocía el titubeante responso, que decía al principio, a modo de presentación  y a mayor gloria de su persona. En perorata desigual, desbrozaba el programa, intentaba que los espectadores supuraran impaciencia con la basura enlodada, que esa noche, vomitarían bocas obscenas. Tenía que repetirlo varias veces, porque se encasquillaba, al empeñarse en pronunciar  palabras inusuales. Sabía de su complejo evidente. Querer demostrar a toda costa lo culto, lo listo, lo improcedente de verse presentando un programa basura, cuando él, era, cuanto menos capaz, de mayores lides y de escenarios más altos. Intuía que en esa repetición, mal calculada, perdería la paciencia el director, que a su vez, exigía al regidor, mayor entusiasmo en los aplausos, en los jadeos, en las incursiones por un entusiasmo más falso que el propio presentador.  A veces se acercaba, contemplaba con sus ojos de gacela encelada, la fila de los que estábamos arriba. Su mirada nos recorría con la calma del que se siente por encima del bien y el mal, y a salvo de penuria. Conocía bien esa mirada, porque, en tiempos, la utilicé también. No con tanta irónica superioridad, tan solo,  sintiendo que nada me podía perjudicar bastante, como para verme en la situación de tener que reír y aplaudir por dinero. Y lo peor, por tan poco dinero, que apenas llega para malcomer una comida.

 

Las palabras del presentador,  se encadenan entre sí, con la mirada aquiescente de invitados, que expropiaban su vida, a cambio de una fama efímera como sus palabras, como su historia, que desgranan sin pudor, ellos sí, a cambio de dinero, pero mucho más que nosotros, meros comparsas en un circo que emociona al que lo ve desde casa, sin intuir que todo es falso,  que los dramas están en las sillas donde cuerpos y rostros, sonríen festivos a las ironías insulsas de un presentador estrella que luce cejas escalfadas y ojos de ciervo acuartelado.

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Hoy, sería uno de esos días en que la medianoche me daría en el cuerpo, con la postura encadenada a un esqueleto inmóvil, enfriado y cautivo de un aburrimiento feroz. Hoy, sabía, que la lucha estaría en combatir el sueño y el frío, a partes iguales, con una voluntad muy deteriorada, por las batallas anteriores.

Aun así, salí del vientre complaciente y cálido del metro, con paso decidido camino de la esquina donde  veo, a varios conocidos, esperando el autobús que nos lleva, aborregados y maltrechos, hacia el polígono donde se fabrican los infames sueños de un pueblo que yace el desamparo de la melancolía, mientras ve la vida pasar por una pantalla que le engaña, le insulta, a veces, pero a falta de otra compañía, es pieza angular  de hogares desalentados. Como el  mío, de antes. Ese que recuerdo con nostalgia, a veces, otras con la desafección de lo perdido: con rabia e impotencia concentradas. Porque mi vida anterior, contemplada desde esta tarde gélida de un Madrid malhumorado, por donde pululan vidas tan anodinas como la mía, puede parecer un oasis pero, a fuer de ser sincero, nadaba en la inconsistencia y en el aburrimiento de no querer saber más que lo conocido. Hasta que la realidad se choca con los ojos, y uno ya no puede evitarla. Se sumerge en ella, con la inconsistencia de una vida rota en mil pedazos.

 

Cada paso que doy, me confirma la primera impresión. Hoy, el frío aprieta más de lo acostumbrado. En la espera ante el portón de la nave, que anida los sueños, me crujirá la gelidez, sin empacho ni piedad. Porque ni en eso se molestan, los fabricadores de esas plazas mediáticas que hacen llorar a muchos, arrellenados en sus sillones, amparados por la calefacción y el abrigo de una manta gastada, mientras los ojos y el entendimiento se embotan contemplando el impudor ajeno. Ni tan siquiera somos merecedores de que abran las puertas y habiliten para nosotros un recitáculo cómodo, con sillas. Nada de sofás ni mesas con comida, no sea que nos sintamos tan bien, que luego no queramos abandonar el oasis. No, tan solo unas sillas, de esas que veo, yaciendo  en los rincones del set, como objetos en sufrido abandono. Unas simples sillas, donde poder estar hasta la llamada. Donde podamos arrebujar las manos, acuclillar los pies, y contorsionar el cuerpo sobre sí mismo, para concentrar el calor que producimos y que no se nos escape. En cambio, nos dejan esperar en la calle, mientras  la helada y la noche nos acoquinan con saña renovada. Como paciente y amansado ganado, esperamos  que se abran las puertas, y el regidor, él sí, con un plumas refinado, guantes, amparadas las orejas por unos cobertores, a modo de auricular acolchado y azul, nos indica, con gestos apresurados y teatrales, que caminemos raudos, sin pausa, sin remilgo, a ocupar nuestros sitios. En el pasillo, una parada, para firmar, darnos el bocadillo y la Coca Cola, que enfría, más si cabe, nuestras manos ya amoratadas y casi sin postura.  Guardo ambas cosas,  en el bolsillo del plumas, para la noche. Cuando llegue al cuarto,  en la soledad, de la covacha que tengo por hogar, lo comeré, amparado en el vientre de una cama, que ayuda a recobrar el calor perdido en tantas horas de desamparo. Así, mientras  calmo el aullido del hambre, porque el día que vengo, no ingiero otra cosa, me hago a la idea de que las cosas, alguna vez, volverán a ser normales. Y sueño que yo también puedo contemplar los impudores de otros, y el aplauso aborregado que dan unos insensatos, a un presentador inane, mientras desgrano la vida cotidiana, amparado por la seguridad de unas paredes propias, un trabajo y una familia. Sin contemplar, lo que fuera de las ventanas, discurre como un río, sin pausa. Que es la vida.

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Aprieto el paso, porque veo, que los que me preceden están acordonados por la impaciencia. El bus, abre la puerta, que como boca infame, nos absorbe. Será un rato agradable, espero que Manuela haya venido. Con ella, el aburrimiento y el frío se atenúan, como si su sola presencia encendiera una fogata en mi estómago, haciendo que el calor inflame el cuerpo, de una dicha desesperada. Vamos a entendernos: yo no espero nada de Manuela, solo agazaparme tras de su sombra, cobijarme detrás de su sonrisa y dejarme impregnar de su calma que rueda por la desesperanza sin contaminarse, casi sin darse cuenta que vive inmersa en ella. Sentado al lado de Manuela, en el autobús, siento que podría recorrer la tierra entera. Abocinado en el asiento, sintiendo el calor de la calefacción, que trémulo, asciende por mis piernas, y oyéndole contar los desafueros de su jefe, que la arrincona contra el fregadero, mientras restriega su entrepierna contra ella, hasta que arremete con un grito de furia y sale escaldado, un día y otro. O cuenta con la bisoña gracia, y ese ceceo andaluz, las tardes de destemplanza escuchando la misma historia de un borracho, que le cuenta por enésima vez, como la mujer lo fríe a sartenazos, por vago, por no traer jornal, o bebérselo, mientras la desidiosa tarde la acongoja,  sirviendo cafés y sol y sombra, a los parroquianos. Hoy es domingo, su día libre. Le aprovecha viniendo a aplaudir. Como un vicio, dice ella que es. O que se encariña de la gente, como de mí. O por añadir algo, a la bolsa de la hermana, que camina todo el día, repartiendo publicidad, por buzones de casas sin nombre, en jornadas exhaustas. Mira, Ramiro, por lo que le pagan, hijo, no tiene ni para el alquiler. Hoy Pablito, se le rompió una playera. La pegué con super glu, Ramiro, tú crees que es manera de mandarle al colegio. Cuando no se puede, no se puede. Yo con esta mierda que saco aquí, tengo para hacer hucha. En unos cuantos días que venga, le puedo comprar unas nuevas. ¿Tú sabes la cara de Pablito, cuando ve las playeras nuevas, Ramiro? Eso paga el frío y la burla a la que nos someten estos descerebrados, Ramiro, que cualquiera de nosotros podíamos contar más drama que los sosos que llevan. Un día de estos, me remango, Ramiro, y les digo que se vayan a la mierda. Cuando nos griten y nos digan que levantemos los brazos, o que bailemos con alegría…en pleno directo. Salto y digo bien alto: irse a la mierda, casposos, que sois unos casposos. Y se parte de risa, escuchando su propio argumento.  La escucho, y siento que la música de sus palabras impregna mi corazón,  me da calor, mucho más que la calefacción del autobús que ahora funciona a pleno rendimiento. Mientras escucho a Manuela, el tiempo se detiene, el cuartucho donde vivo amparado por la misericordia del Largo. Oyéndola reír, se me escapa el miedo a que el Largo se canse y me eche de su casa, porque entonces el despeño sería inevitable.

Aún mantengo cierta dignidad, prestada por el Largo. Su cuarto, su cocina, su baño, me permite tener un techo que no pago, acogido a la bondad de un hombre solitario que no necesita compañía. Ni a mí, tan solo, apadrina a algún desgraciado, que ahora soy yo. Muy buena gente el Largo.

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Oyendo a Manuela, se me escapa el miedo a quedarme definitivamente, descolgado de esta sociedad, que me empuja hacia fuera, poniéndome al borde de un precipicio, al que oigo llamarme con voz insidiosa. Sin él, sin su pequeña covacha, la calle sería mi destino, el cielo mi techo y un portal, mi asilo.

Manuela hace que desaparezca la añoranza de los que consideré míos, y calzaron los ropajes de la indiferencia , con el rápido despeño de quien se lanza a un abismo sin red ni lazo que lo una al mundo.  Ellos, los hijos, que apenas veo, porque noto en su mirada, como el velo de la desconfianza y la vergüenza,  les invaden. O de Lola, que se enhebra a su desprecio para arrojarme al vacío de la soledad. No vales nada, Ramiro, no eres más que un pobre hombre, que no sabe imponerse a la vida. No te mueves, Ramiro. Te dejas ganar antes de haber luchado, Ramiro. Así no, Ramiro. No llegamos a ningún lado, porque yo me canso de tirar del carro, sola, con el trabajo, los niños, la casa. Mientras tú, brujuleas de aquí allá, sin patrón y sin tregua. Para ti es fácil, te encierras en tu mutismo, te quedas encerrado en tu nido, mientras yo salgo a la lucha. El alquiler, Ramiro, no se paga solo. No con lágrimas y desesperanza. Se paga con dinero, con el que yo gano, Ramiro, porque tú, no vales para nada. Eres un triste Ramiro,  con los tristes no puedo. El último día, cerró la puerta, tras de mí, sin ni tan siquiera dejar que mis ojos acariciaran lo que fue mi casa, cuando aún mantenía la cabeza erguida y debía madrugar los lunes. Entonces,  salía de casa con prisa, y volvía con el alma cansada y la mente aturullada de cifras y proyectos.

Salí de casa, esa tarde,  de la vida de Lola, de los niños, con la presteza que vuela un pájaro fuera del nido. Pensé, al principio, que era mejor así. Solo, sin nadie que formara un revuelo de palabra altisonantes, a mi espalda. Con cada movimiento, un reproche, ¿qué haces ahí a oscuras Ramiro? vas a dar en tonto, hijo, sentado horas,  sin luz, envuelto en sombras, sin hacer nada. Mejor estarías en la calle, buscando empleo, que mira mi cuñado, tres meses en paro, y ya tiene trabajo. No se quedó como tú,  anonadado por la situación, esperando un milagro o que algún ángel alado le llevara el pan a casa. Ahora podría dejarme llevar por el rio de la senectud sin culpabilidad, me dije, al emprender el camino de la soledad. Salí caminando, entregué las llaves del coche, del garaje. Para que los quieres tú Ramiro, si no te mueves, hijo. Yo necesito el coche, para llevar a los niños, para hacer la compra. Tú te buscas algo en el centro, y te mueves en metro. Total, para lo que haces, Ramiro, te sobra todo, con una silla y un rincón tienes bastante. Y yo asentía, porque tenía razón. Sin embargo, ahora, al sentarme al lado de Manuela, se borran los recuerdos ante el olor, a cocido, limón y canela que desprende su piel, como si conservara los vapores de su cocina. Esa, donde la acorrala el malnacido,  pero que la mantiene, y a su hermana, y a Pablito. Que voy a hacer, tal como están las cosas, Ramiro. Si le doy una cachetada, como me apetece, Ramiro, cogerle los huevos, así, mientras su mano, se muestra abombada, como si contuviera unas pelotas grandes, y retorcerlos hasta que bramara, dice mientras convulsiona la mano, hasta darle la vuelta. Mientras, pone los ojos en blanco,  sonríe de medio lado, intentando parecer cruel, y solo me produce hilaridad. Porque Manuela, no puede ser cruel. Su cara más redonda de lo deseable, remoloneada de rizos rebeldes que la asaltan, sin piedad, sus ojos escabechados de gotitas de mica, con la purpura de la alegría brotando de ellos, y su sonrisa, que tintinea y llena de luz el lugar más siniestro, no puede engendrar más que simpatía. El cuerpo lo tiene apelmazado, con un seno robusto, unas piernas contundentes, que arremeten hacia las caderas que escapan enfurecidas a las costuras que las apresan. No es ni guapa ni fea, Manuela, pero da calor. Su cuerpo  caldea la soledad y  siembra de claridad,  los días oscuros. Como hoy. Ella también, me dice, alguna vez: eres un triste, Ramiro. No sonríes, apenas, Ramiro, hijo, necesitas una novia, o un novio, que eso hace sonreír a cualquiera, Ramiro. Y se ríe. A mí sus palabras, me suenan a cascabel enjaezado en la crin de un caballo alazán.

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El autobús está lleno cuando llego hasta la puerta. Oigo a mi espalda el reproche del conductor, vamos, que salgo ya, a ver si se cree que estamos aquí a su servicio. Que vamos con retraso. Mientras ojeo  las cabezas que asoman sobre los asientos, tapizados en un azul moteado, atenuado por el paso de innumerables cabezas sobre ellos. A lo lejos, diviso la maraña de rizos, que apenas sobresalen por el cabecero. Manuela está allí. Ha venido. Siento que luego, la espera de dos horas, a la puerta de la nave, que permanece cerrada a nosotros, mientras se abre al trasiego de otros, a los que la fortuna les sonríe de forma acidulada, será liviana. Que el frío, que inexorablemente atenazará mis pies, luego mis piernas, para abrazar, el cuerpo, me dejará inmune, si ella está cerca. Hasta la cabeza, me llegaré el frío y  la dejará a merced del viento de la sierra. Todo esto,  será liviano, si tengo al lado a Manuela, y sus ojos me dirigen miradas de soslayo, mientras me cuenta alguna historia divertida. Pasada o por pasar.

 

Hoy estuvimos dos horas, al socaire de vientos. Cuando abrieron el portón, cruzamos el pasillo, con los pies almohadillados del espanto que produjo el granizo que calló, un momento antes. Abrieron con la rabia de precipitarnos hacia algún sitio donde estorbáramos lo menos posible. Arrincónense ahí. Ya es mala suerte, tiene que caer granizo, en estos momentos, justo cuando  deben estar ustedes afuera. Procuren molestar lo menos posible, si hay algún ruido en el set, me la cargo yo. Y si me la cargo yo, ustedes se van con viento fresco, sin cobrar, a sus casas. ¿Entendido? Entren y pónganse en un rincón. No, no pueden sentarse, lo que faltaba, una sentada. No ven que ya abultan bastante de pie, imaginen sentados. Y ni una palabra, hasta que llamen. Hoy hay que mostrar mucho entusiasmo, viene Florita de la Cruz. Ya saben la Reina del cante. Le descubrieron una amante, le hicieron fotos y ella, muy digna viene a desmentirlo, porque está casada y con hijos, y como va ella a ser bollera. Esa indignidad, vamos a ver. Deben aplaudir con ganas, abuchear a quien ose juzgar a Florita. Saben que está en nuestra cuadra, forma parte de la cadena. Hoy es el desmentido, pronto, vendrá la amiga, con quien la pillaron. Luego otra vez Florita. Ya saben, pero que más les da a ustedes. Solo aplaudan, con entusiasmo, que no tenga yo que parar para darles indicaciones, que eso pone al director de mala leche. Y no digamos nada, a Pecho Trueba. ¡Por Dios!, hoy  no se me salgan del guion ni una coma, que Pecho riñó con su novio, y está atacadito. Ya saben cómo es…le vieron alguna vez enfadado, la paga con cualquiera, así que intenten no joderla. Con orden, se me arrinconen y en silencio.

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Las últimas palabras se pierden en el rumor de la lejanía porque el regidor, marcha pasillo adelante, mientras yo me quedo pegado a la pared, rumiando el frío y el desapego. Manuela viene a mi encuentro. Mira de cerca y me dice.

-Un día, Ramiro, la monto. Estoy del Pecho, ese, hasta arriba. ¿Se creen que somos ganado?-

-Manuela, no me interpretes mal ¿Por qué vienes tú? con tu sueldo tienes bastante. Lo que nos dan éstos,  es una mierda, diez euros, a veces menos. Salimos tarde. Yo no tengo otra cosa, Manuela, pero tú…-

Enfila los ojos hacia los míos, que se sobrecogen ante el puñal de luces que desprenden. Arrastro la mirada por el suelo, temiendo que mi pregunta desencadene un enfado, que no deseo.

-No lo entiendes, Ramiro. El dinero viene bien siempre. Luego están las horas huecas. Las horas en las que las sombras se acrecientan, Ramiro. Y me puede ese silencio, esa zozobra de que mañana, al despertar será igual a hoy y a ayer. Cuando vengo, vuestra compañía, aunque lúgubre y sombría, me da calor. Luego en el set, contemplando los focos, los invitados. Siento que la suerte algún día puede tornarse. Siento que los que salen ahí, a contar su vida, o a divertir, como bufones, a otros bufones con más suerte que ellos, o menos, según se mire, vuelven a casas cómodas, se ponen ropa nueva cada día. Si a su sobrino se le rompe una playera, tienen varias en el armario, para elegir. Siento que acaricio la suerte, que por un momento, puedo ser yo, la que vuelva a una casa cómoda, con sillones de cuero, y jardín con flores. Porque los veo,  son normales, Ramiro, son como nosotros. Tienen piel y huesos, ojos y boca. Y me digo a mí misma, que a lo mejor, cambia mi suerte. Por eso vengo. Por si cambia la suerte y me coge bien cerca-

 

La contemplo, como se miraría un milagro, y me digo que soy yo el que tiene suerte. A pesar de todo, tengo suerte. Aplaudo por dinero a unos bufones impúdicos. Vivo de prestado en una alcoba sin ventana, sin armario, pero con techo, y oigo pensar en alto a una mujer. Y, aunque sea un triste, siento que tengo suerte, que mi ladina vida, encontró color en una sala llena de gente a la que unos bufones, pagan por aplaudir a otros bufones.

 

FIN

 

 

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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