El Abrazo

13659072_1623656721278538_5148443212400995675_n

Movía el aire a su paso, mientras la cola de caballo que coronaba su cabeza hacía olas al compás. Rubia, con el pelo sedoso de buenos cuidados, los ojos de un azul topacio, chisporroteaban risueños. En la boca, una sonrisa abierta que  invitaba al acercamiento,  a hablar. Entró, me abrazó, a modo de saludo, dejándome un poco perpleja ante su exuberancia. Dijo: “hay que abrazarse, María, que las mujeres nos abrazamos…”. Me dejé apresar por sus brazos cálidos, sin mayor recato. Olía a perfume de flores y cítricos. Me enseñó el pecho floreado, a golpe de tatuaje que escondía los mordiscos del miedo. A poco que una se fijara, veía debajo de las alas del pájaro tatuado, un cordón que surcaba la piel, encogiéndola, amalgamándola. Se rió: “Qué tal lo ves, las tengo de jovencita, a que sí?” Afirmé, admirándome de su risa, del esfuerzo que habría tenido que hacer para curar su espanto de  noches en vela, temiendo lo peor. Mientras la miraba, pensaba en  cuantas lágrimas habría tragado hasta poder reír de su prótesis mamaria, de ese tatuaje que intentaba ocultar el camino seguido por el escalpelo para sacar al enemigo de dentro. Luego, mientras la trataba,  hablamos mucho, como hablan las mujeres a poco que se miren. De nuestras cosas, de los hijos, de las enfermedades, de la vida. Llegó un quiebro poco esperado:

-Me voy a divorciar, sabes. Ya lo tengo pensado. No le aguanto. No le quiero. Cuando me diagnosticaron, tuve que tragarme el miedo y socorrerle a él. Al darme  la noticia, se desmayó en la consulta, ¿puedes creértelo?  Se despatarró delante del médico. No volvió jamás  a acompañarme. Ni a consultas, ni a la quimio. Nada. Jamás pude contarle el miedo, ni el ansia que pasaba. Había que callar, como si no fuera con él la cosa, como algo ajeno.   En la sala de quimio, estábamos solas. Al lado estaba la sala de los de la próstata. Llena de mujeres acompañándolos.  Ellos sí tenían compañía. Nosotras estábamos  solas, esa es la diferencia, por eso me cansé. Es simbólico, sabes.

Él no me toca, aunque me hayan reconstruido la mama, aunque disimule la cicatriz con este pájaro tatuado. Da igual.  Antes tampoco me tocaba, no te creas. Calza el hastío desde hace mucho, tan solo se deja querer y cuidar, eso sí, porque hay que darle todo hecho. Jamás regala un beso, ni una mirada alegre. Ni a los niños, que los mira con el rigor de un enemigo. Le hago la maleta, marcha a sus viajes eternos, de los que vuelve cansado, nos cambia la rutina de la casa y vuelve a irse. Los niños le miran como a un extraño.  Por eso le dejo, estoy cansada, agotada de frialdad, de no ser vista, de no ser oída. Ya no le aguanto. No puedo con su egoísmo, con su debilidad cubierta por los músculos que cuida con empeño.

Lo dejé todo por él, sabes. Yo era abogada, de éxito. Al casarnos,  dijo que él trabajaba para los dos. Yo a casa, él de viaje. Gana mucho, pero ya no lo necesito. Necesito miradas, un abrazo, una conversación. Le dejo, me agoté. Le desprecio por su debilidad, por su infame incapacidad de sentir.

Volvió a reír. Lo que yo respondí no viene a cuento. Cuando marchó, la abracé yo. Porque sí, porque las mujeres nos abrazamos mucho.

 

Fin

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
Esta entrada fue publicada en relato corto y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.