Deshauciada

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Habría tiempo para entender. Entender cómo y porqué se llegó a esto. Ahora no es el momento. Solo me dejo caer por la pendiente embarrada de sebo, en caída libre y sin red. Los acontecimientos de las últimas horas, no por previstos, me dejaron  sin fuerzas y emplazada en uno odioso lugar, en la nada. Sentada, sobre lo que fue refugio y sueño hasta hace unas horas y ahora solo son bultos de embalaje, esperando sin esperar una furgona que traslade los enseres, los guijarros de lo que fue mi vida, a un lugar que los albergue, en un rincón oscuro, al socaire de emociones, en espera de que algún día, la mano temblorosa del destino se apiade de estos muebles, de las ropas, de  lo que creí propio y que formaron regazo a mi vida y los devuelva de nuevo a su destino: servirme de acomodo.

 

Ellos esperarán cubiertos del polvo  de lo inane, pero ¿y yo? ¿Podré sentarme a esperar que el tiempo doble la esquina, se maquille de nuevo y salga a mi encuentro de forma apacible? Es dudoso que este algodón pringoso que me embota el alma y la resolución, me abandone algún día y pueda volver a luchar como si no hubiera pasado nada. Porque ha pasado que se me ha roto el alma, o se me perdió  la persona que conocí hasta hace poco, y me creía yo.

 

Solo necesito un rincón, da igual como sea, con tal de que ampare este tiempo hostil y desapacible. Da igual el color de la ropa que me vista, que las paredes estén encaladas o que la desnudez de los ladrillos decoren unos sueños que auguro grises, exentos de color por mucho tiempo.

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Dejé hace rato de preguntarme como llegué hasta aquí. Los sueños, cuando se rompen pueden cortar con filo biselado. Construí, como tantos, un imperio de cristal, muy sutil, que yo creía seguro. Estaba hecho con piezas sueltas, con lamas de vidrio finas y muy perecederas. Las palabras que produjeron seguridad, estaban disfrazadas de un apergaminado barniz de mentiras, envueltas en papel de regalo. Debajo, todo eran trampas, que yo no supe ver, ni intuir, tan siquiera, emponzoñada, como estaba de alegres conjeturas, de medrar, de poseer un techo mío, de salir de la penuria que rodeo mi infancia.  Por eso durante tanto tiempo, me culpé y me culparon. Por no saber leer entre líneas, por no recelar de tanta sonrisa falsa y de una seguridad vendida a buen precio. Por no haber intuido el desastre anunciado.

 

Pasó el tiempo de la rabia, de la lucha, de la búsqueda, de enconarme contra los elementos. Pasó el tiempo de que cada sobre, el sonido del teléfono, incluso hasta el timbre de la puerta, sonaban a disparo certero sobre un corazón helado por la rabia, la indefensión o el miedo. Pasó hasta la tristura que precede a lo inevitable. Las noches veladas por las sombras mientras de vez en cuando, el torrente de lágrimas visitaba mis ojos, hasta volverlos carmesí del desamparo. Del miedo, apenas queda poso. Al perder lo que nos hace dignos, según cuentan: la casa, las pertenencias, los objetos en los que apenas reparamos de puro vistos, se queda una vacía, yerta, como si al despojarse de todo lo que nos dio seguridad, el desnudo nos helara hasta el alma. El miedo se pierde cuando se cumplen, inexorablemente, los peores augurios. Cuando nada se espera, porque pasó lo peor, se acaba el miedo. Llega, entonces, la sensación de estar cayendo lenta, pero inexorablemente, en un pozo muy negro, donde  no hay fondo, ni miedo, ni desastre. Porque no hay nada.

 

Fin

 

Santander 1-8-15, 10,21. 560 días sin ti, pero contigo.

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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