Cadaqués

Fue una sorpresa. Sabíamos que llegaba un nuevo director y las expectativas no eran muy altas. Alguien que envían desde la capital, con ínfulas de novedad que pretenderá arreglar los entuertos pasados y recalificar lo que andaba con el orden incierto de las cosas sencillas. El día que llegó levanté la vista con la curiosidad justa para saludarle con la corrección indiferente que se da en esos casos. Algo noté en su andar que resultaba familiar aunque me diera la espalda. Un aire desaliñado y firme que encendió una luz en la memoria aplastada por años de vivencias. Y su pelo. Esa melena corta me recordó de pronto, a otra más larga y ondulada, un pelo rotundo que llegaba a veces a besarle los hombros. De pronto  di un respingo que  sobresaltó a Martina que trasteaba en la mesa de al lado.

-Es David- dije .

-¿Quién?-

Contemplé a Martina, sorprendida. En realidad me lo dije a mí misma sin esperar que nadie me escuchara. Negué con el consabido, nada, nada, porque era evitable  que supieran que conocí a ese hombre en tiempos, cuando a ambos no nos horadaba la sien las canas que ahora nos adornan, cuando la piel era tersa y el cuerpo cimbreaba musculado y seguro.

Al avanzar, tuve la certeza de que él reconoció mi cara. Me miró con la perplejidad reflejada en sus ojos. Se detuvo y solo avanzó cuando yo bajé la cabeza intentando demostrar que no le recordaba o si lo hacía no quería menciones. Caminó raudo hacia el despacho. A partir de ese día nos hemos visto mucho, evitando que los ojos chocaran o quedarnos solos en la intimidad del ascensor.

Hoy no ha sido posible derrotar a la casualidad y cruzamos el baño común que compartimos. Él, replegaba las mangas de la camisa. Hacía mucho calor en la oficina. Era pronto, pero el sol arrasaba  el ventanal que iluminaba la sala común. Yo caminaba decidida con el vestido mojado después de haberme enjuagado la frente y el escote. Una desvergonzada gotita corría en pos del interior de mis senos, caminando hacia abajo. Esa mañana al mirarme en el espejo me vi guapa.  Hay días que una no se soporta y otros que el espejo devuelve la sensación que reconcilia con el recuerdo. Hoy. Le sonreí sin mayor pretensión, habían pasado meses desde su llegada y jamás hizo falta corregir su desmán. No pensé que hoy podría ser distinto.

Se paró ante mí.

-Es curioso, mantengo el recuerdo de la vez que te vi corriendo mojada por la playa –

Sentí como el rayo de la evocación me inundó toda entera. De pronto llegaron en tropel los recuerdos. Un verano. Cadaqués. Un tiempo de cerezas que compartí con Simona y  Pablo, mis amigos del alma. Le conocí cuando faltaban cuatro días para marchar. Fueron cuatro días con mezcla de agua, sol y sudor de nuestros cuerpos desmadejados y sorprendidos por el empuje de un deseo con alas. Conversaciones sin freno debajo de la sombra alucernada de una luna de Agosto que auguraba la decadencia del verano, miradas furtivas que reavivaban  los rescoldos de un deseo que acababa de saciarse.  Noventa y seis horas juntos, porque no nos separamos más que los momentos de intimidad en el baño, y no todos. Al marcharme le dejé somnoliento mientras su figura se me desdibujaba entre el asfalto del autobús de vuelta.

No nos dimos ni teléfono, ni dirección, ni nada que atara ese verano a algo más concreto. Nada que pudiera romper el prosaico encanto de lo breve, de lo milagroso. Con los años, creí que todo fue un sueño. Una fantasía de mente puberal en verano glorioso. Y no le volví a ver.

Hoy le tenía ante mí, me mira y me recuerda lo que fuimos y de pronto aquél verano me ha dejado presa. Han pasado treinta años. Él lleva un anillo en su mano derecha, yo otro que lacera mi dedo y pesa más de lo conveniente. Su melena clarea, y muestra unas sospechosas entradas; apunta su cintura una no desdeñable  laxitud y sus ojos no reflejan el agua clara de ese azul añilado que tiene el mar en Cadaqués. Da igual. He respirado cerca, he olido su perfume y he sentido otra vez la borrachera de un verano perdido envuelto en buganvillas, deslumbrados, los dos, por el blanco perpetuo de aquellas callejuelas.  Por unos segundos, Cadaqués ha vuelto  a revivirse en un baño de una oficina de un edificio inteligente.

Y él, recuerda los detalles.

María Toca

Acerca de Maria

Escritora María Toca: 1ºPremio Ateneo de Onda Novela, 2016: Son Celosos los Dioses 2ºPremio de Relato Ateneo de Fraga: El Paseador, 2014 Finalista Premio Internacional de Relato Hemingway, 2013 Finalista de varios premios más de relato. Poeta Articulista/Coordinadora/ Fundadora de LA PAJARERA MAGAZINE. Obra publicada: Novela: El Viaje a los Cien Universos Son Celosos los Dioses Relatos coral: Vidas que Cuentan
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